¿Puede acusarse al Concilio Vaticano II de antropocentrismo? ¿No sería contradictorio pensar que el Magisterio asistido por el Espíritu de verdad haya caído en un error tan grave? ¿No es más justo hablar de un humanismo integral, nacido de la Encarnación, que reconoce la grandeza del hombre como imagen de Dios sin olvidar sus límites y su necesidad de gracia? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo el Concilio purifica la modernidad de sus venenos y ofrece un humanismo abierto al Evangelio. ¿No es acaso el cristianismo algo más que un humanismo, una vida de hijos de Dios llamada a la visión beatífica? Una reflexión que interpela a quienes sospechan excesos en lo humano y recuerda que la verdadera novedad del Concilio es la armonía entre dignidad humana y vocación sobrenatural. [En la imagen: la asamblea sinodal en una de sus sesiones plenarias].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 17 de marzo de 2026
¿Antropocentrismo en el Concilio Vaticano II?
¿Antropocentrismo en el Concilio Vaticano II?
(Traducción a la lengua española del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 23 de marzo de 2012 en el blog Riscossa Cristiana, proponiendo algunas reflexiones sobre el ensayo "La cristologia antropocentrica del Concilio ecumenico Vaticano II", de Paolo Pasqualucci. Versión original en lengua italiana: https://www.ricognizioni.it/antropocentrismo-nel-concilio-vaticano-ii-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
El profesor Paolo Pasqualucci, a quien conozco desde hace algunos años por haber leido un libro suyo sobre el discurso inaugural del Concilio Vaticano II pronunciado por el beato Juan XXIII, es un atento y docto estudioso del significado del Concilio y de la Iglesia del postconcilio, una persona que suscita en mí admiración y respeto por su información histórica, su método crítico y su sincera fe católica.
Sin embargo, debo expresar con franqueza mi perplejidad, por no decir desaprobación, al saber que el título de un estudio muy reciente habla de "antropocentrismo" respecto al Concilio Vaticano II, coligándose con el pensamiento del ilustre teólogo monseñor Brunero Gherardini. Digo de inmediato que no he leído el estudio, pero me interesa, por lo que aquí, en el espacio de este breve artículo, quiero limitarme solo a hacer algunas breves consideraciones sobre esta nota de "antropocentrismo" dada al Concilio, juicio que ha sido expresada también desde otras partes en ambientes tradicionalistas, hacia los cuales tengo una viva simpatía, sin seguirlos por ello en ciertas posiciones que me parecen resistir injustificadamente en nombre de la "tradición" a posiciones innovadoras y modernas de la Iglesia y de los Pontífices del postconcilio, injustamente acusados de filomodernismo y de ponerse en contraste con la Tradición y la verdad inmutable de la doctrina católica.
No habiendo leído el estudio de Pasqualucci, confieso que no sé exactamente qué cosa él entiende con este nombre. Por eso sólo me detengo solo en el nombre en sí mismo, tal como es usado por los historiadores de la filosofía y de la teología. Después de lo cual, quisiera expresar, en base al significado del nombre así definido, mi pensamiento acerca de la oportunidad de hablar o no de "antropocentrismo" a propósito del Concilio.
A decir verdad, este nombre puede tener un significado innocuo, como referencia a una visión que da una cierta centralidad al hombre o que pone al hombre en el centro del propio interés, en suma, una visión que reconoce al hombre su grandeza y que sabe ponerlo al centro de muchos intereses vitales y culturales.
En tal sentido ha sido usado también por el beato Juan Pablo II ¹, quien ha querido sostener la necesidad de acompañar una visión de la realidad que combine el "antropocentrismo" con el "teocentrismo", haciendo arrugar la nariz a ciertos católicos amantes de la precisión del lenguaje, cualidad que a menudo se acompaña de las debidas distinciones conceptuales y los méritos incomparables de la sana doctrina. Pero no creo que podamos dudar, al respecto de ello, de un Maestro de la fe como el beato papa Juan Pablo II. Pienso, sin embargo, que se nos permite tener algunas reservas sobre el lenguaje.
En efecto, queriendo ser rigurosos desde el punto de vista filosófico y metafísico, es necesario decir con claridad que el centro de la realidad es uno solo: Dios. Poner dos centros, propiamente hablando, sería como poner dos absolutos, cosa metafísicamente y teológicamente imposible. Desde el punto de vista moral, surgirían los famosos "dos señores" de los cuales nos aleja Cristo en el Evangelio, y esto, lamentablemente, es una cosa posible, pasible de punición divina, lo que en moral se llama "duplicidad" o "doblez" y en el lenguaje más corriente y actual, "doble juego", el don de los astutos y de los que intentan quedar siempre a flote.
Ahora bien, indudablemente estará muy lejos de nuestra mente incluso sospechar que un santo como el papa Wojtyla pueda haber sucumbido, incluso en mínima parte, a un vicio tan grave y odioso. Sin embargo, en mi opinión, permanece la infelicidad, por no decir la inconveniencia o impropiedad de su modo de expresarse, que puede dar lugar a peligrosos equívocos, ya que a decir verdad, el hacer malabarismos en la realidad entre el hombre y Dios, como si fueran dos absolutos o dos chances que nos permitan pasar arbitrariamente de uno a otro, según las conveniencias y nuestros gustos, es lamentablemente un vicio demasiado frecuente en la incoherencia y falta de linealidad en nuestra conducta moral.
El antropocentrismo, en su significado propio, actualmente consagrado por los estudiosos, es en realidad esa tendencia cultural y moral cuyos orígenes están señalados por el surgimiento del Humanismo italiano del siglo XV, cuyo emblema principal y más conocido es el tratadito de Giovanni Pico della Mirandola "de dignitate hominis", también conocido por los estudiantes de la escuela secundaria. Ciertamente Pico della Mirandola era católico y, para ser más precisos, terciario dominico, probablemente motivado por las mejores intenciones, aunque quizás, consciente de sus prodigiosas cualidades intelectuales, no privado de una pizca de vanidad.
También los estudiantes de secundaria saben cómo el Quattrocento italiano registra un renacido interés por el mundo y por la literatura clásica pagana, inicialmente flanqueada por la cristiana, ya con quince siglos de antigüedad, una literatura que, por lo demás, en sus mejores documentos, ya había sido cristianizada por precedentes generaciones medievales. Y sin embargo reaparecen tendencias religiosas y filosóficas, poco compatibles con el cristianismo, sobre todo de tendencia neoplatónica (pensemos en Marsilio Ficino) o incluso de tendencia materialista (pensemos en Bernardino Telesio), o bien podemos pensar en el cinismo político de un Nicolás Maquiavelo, fenómenos que no pueden no despertar alguna preocupación. No falta tampoco la difusión de la cábala judía y el interés por la magia, tendencias todas que, aunque en modos diversos, atestiguan una exaltación exagerada del poder y de la inteligencia del hombre tanto en la vida personal como en la vida social.
Este retorno del paganismo se produce principalmente a través de la seducción del arte que, como es sabido, alcanza cotas de altísima calidad en este período. El gran Savonarola intentó en vano oponerse a este movimiento salvando la belleza del arte, mientras se oponía al avance de la soberbia, de la avaricia y de la lujuria.
También es bien sabido por los historiadores que al fenómeno del Humanismo sucede el del Renacimiento, en el cual el antropocentrismo, es decir, el poner el hombre demasiado al centro, en detrimento del primado de Dios, se acentúa progresivamente con el surgimiento de otros pensadores y escritores que no hace falta aquí enumerar. Es cierto que en el siglo XVI tenemos la reacción luterana, que parece un fuerte llamado a la fe, a la gracia y a la Escritura contra las tendencias del hombre carnal y orgulloso que se jacta de sus propias obras y que se glorifica a sí mismo delante de Dios.
Pero también ha sido notado cómo incluso Lutero, bajo la corteza de una fogosa e intemperante religiosidad, esconde sin embargo un yo orgulloso y rebelde, tanto que es a este yo "absoluto", como habría de decir Fichte tres siglos después, que Lutero debe su desafortunada separación de Roma. Al yo de Lutero seguirá después el yo de Descartes. Si el primer yo pretendía dictar la ley en el campo de la fe, el yo cartesiano pretenderá ser el origen primero de la racionalidad. Y muchos seguidores tendrá la escuela de estos que son considerados por muchos como los fundadores del pensamiento moderno, aunque, si Descartes pretendía renovar, Lutero quiso volver a los orígenes del cristianismo.
Ya san Agustín había visto que el hombre tiene ante sí dos caminos: el del amor sui, que conduce al contemptus Dei, y el del amor Dei, que conduce al contemptus sui. Con Lutero y Descartes surge una "modernidad" que toma el primer camino y abandona el segundo. El siglo XX vio la trágica salida de este camino: la segunda guerra mundial.
Indudablemente, no es la modernidad como tal lo que está en causa, sino que es la modernidad tal como ha sido concebida por los seguidores de esos dos reformadores. La verdadera modernidad no contiene no solo errores y horrores, sino también valores. La Iglesia católica no ha abandonado el segundo camino, siguiendo la escuela de la Escritura, de la Tradición, de los Concilios, de los Padres, de los Doctores, de los santos y de los buenos teólogos, y también hoy ella sigue siendo, según la promesa de Cristo, "luz del mundo" y "sal de la tierra".
Vengamos ahora al Concilio Vaticano II. ¿Podemos, a la luz de esta definición del antropocentrismo, acusarlo de haberse dejado seducir también por el antropocentrismo? Respondo con extrema decisión: absolutamente no. Es un hecho, y es una imposibilidad. Es un hecho, porque basta una atenta, benévola y desapasionada lectura de los textos y de la interpretación que la Iglesia ha dado, para darse cuenta de esto. Es una imposibilidad, al menos para el católico, porque, si efectivamente existiera el antropocentrismo, que es gravísimo error, sería como si el Magisterio de la Iglesia con el Concilio hubiera perdido esa asistencia del Espíritu de verdad que en cambio Cristo le ha asegurado para todos los siglos hasta el fin del mundo.
Sin duda, como supo decir Paulo VI, "una corriente de afecto y de admiración se ha vertido desde el Concilio sobre el mundo humano moderno… Mensajes de confianza han partido desde el Concilio hacia el mundo contemporáneo: sus valores han sido no sólo respetados, sino honrados, sus esfuerzos sostenidos, y sus aspiraciones depuradas y bendecidas" (Discurso de clausura del Concilio, del 7 de diciembre de 1965).
Pero si también el Concilio estuviera afectado por antropocentrismo, sería como si la medicina que debe curar el mal, estuviera ella misma envenenada por ese mal. Cristo con el Concilio nos propinaría, en lugar de la medicina, una ulterior dosis de veneno. En cambio, la medicina conciliar purifica la modernidad de sus venenos y nos da una modernidad pura y sana, perfectamente conforme al Evangelio, animada por el Evangelio y abierta al Evangelio.
Por consiguiente, a propósito del Concilio yo no hablaría de antropocentrismo, por más que tomemos esta expresión en un sentido atenuado, sino que hablaría de "humanismo de la Encarnación" o de "humanismo integral", según la expresión de Maritain: un humanismo por el cual el hombre sigue siendo criatura, sigue siendo imagen de Dios, ciertamente con su grandeza, pero también con sus límites y las miserias derivadas del pecado original y de los pecados personales, hombre al cual todavía le viene ofrecida la luz de Cristo, "hombre perfecto", que "revela plenamente el hombre al hombre y le da a conocer su altísima vocación" y la gracia de Cristo, que eleva al hombre "a una dignidad sublime", por lo cual "con la Encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre" (Gaudium et Spes, n.22). Así, la grandeza del hombre, imagen de Dios, implica que el hombre "en la tierra es la única criatura que Dios ha querido por sí misma" (n.24).
El beato Juan Pablo II en su primera encíclica, Redemptor Hominis de 1979, retoma con entusiasmo y desarrolla estos conceptos, dejando sospechar que el dictado conciliar al respecto conserve una impronta de su contribución, que sabemos que ha sido ingente (nn. 8, 10). Se insiste en el hecho de que la obra redentora hace conocer a fondo las riquezas de la dignidad humana y conduce al hombre al máximo de su perfección.
Una verdad ciertamente sacrosanta. Y, sin embargo, algunos han observado que si no encontramos el antropocentrismo nacido del Renacimiento y hoy representado por el rahnerismo (el llamado "giro antropológico"), es posible notar en estas entusiasmantes consideraciones sobre la dignidad humana del cristiano, sobre la armonía entre humanismo y cristianismo y sobre el cristiano maestro de humanidad, la ausencia de la temática de la filiación divina del cristiano, como plan de vida divina y sobrenatural, del todo por encima incluso de las aspiraciones también más bellas del hombre, fruto de una purísima liberalidad divina, vale decir, de un Dios no sólo misericordioso que salva del pecado, sino también de un Dios generoso que quiere hacernos partícipes de su misma vida íntima trinitaria, más allá de una felicidad simplemente natural, que también habría satisfecho plenamente los deseos y las necesidades del hombre sin que él, como hombre, tuviera nada más que desear naturalmente.
Indudablemente, la ausencia de todo esto suscita cierto asombro y también podríamos preguntarnos por qué el Papa no ha querido recordar estas verdades cristianas fundamentales, que dan al cristianismo su inconfundible originalidad, ya que después de todo el deseo y la voluntad de ser perfectos en humanidad está arraigado naturalmente en el corazón de todo hombre en cuanto hombre o ser razonable.
La respuesta a la pregunta anterior puede estar determinada por una preocupación pedagógica del Papa ². En este documento inicial de su ministerio pontificio, él probablemente ha querido iniciar con la propuesta de un ideal, el humanista, que podría constituir una base para el diálogo con todos los hombres, reservándose para tocar los temas más altos y más específicos del cristianismo en las etapas posteriores de su ministerio, cosa que él efectivamente ha hecho, por ejemplo, con sus posteriores encíclicas Salvifici doloris o Dominum et vivificantem o Veritatis splendor o Fides et Ratio.
Sin embargo, el deseo y la posibilidad de ser hijos de Dios, a imagen de Cristo, movidos por el Espíritu Santo, es característica exclusiva de quien es tocado por la gracia de Cristo, gracia que, por tanto, según el lenguaje tradicional de la teología, no es sólo gracia sanante, salvífica, perdonante, perfeccionadora o liberadora, sino también gracia elevante en orden a la dignidad de hijos. No solo gracia humanizante, sino también divinizante. Y entre lo humano y lo divino hay un buen salto. Por lo tanto, el discurso del Papa parece disminuir el alcance y el ideal de la vida cristiana.
En efecto, el cristianismo, visto en la plenitud de su divina perspectiva, aparece no solo como un humanismo, sino también y sobre todo como una vida de hijos de Dios, una vida infinitamente superior a la simple vida humana, por más que sea virtuosa y perfecta y curada por la gracia del perdón. Esta visión hace así que en el cristianismo el fin del hombre sea doble: un fin último natural en cuanto hombre y un fin último sobrenatural (la visión beatífica de la Santísima Trinidad), en cuanto cristiano e hijo de Dios.
Por otra parte, esto implica la distinción entre las virtudes humanas o morales, que el cristiano comparte con los no creyentes, y las virtudes cristianas o teologales (fe, esperanza y caridad), que le pertenecen por derecho propio. Esto, por lo demás, conlleva una ulterior responsabilidad en el cristiano por cuanto respecta a la difusión del Evangelio: el deber de educar humanamente a sus semejantes (lo que el papa Paulo VI llamaba "promoción humana") en vista a introducirlos después en el camino de la santidad, hacia la superior vida de los hijos de Dios como miembros de la Iglesia.
Esta insistencia un tanto unilateral sobre la finalidad humana del cristianismo, si bien se trata de verdades indiscutibles y de fe, puede dar la impresión, en las enseñanzas conciliares, de una cierta insistencia excesiva en lo humano en detrimento del aspecto sobrenatural. Pero esta impresión se disipa si nosotros contextualizamos estos pasajes en el conjunto de las enseñanzas conciliares, conectando estos pasajes con aquellos -y son muchos- que en cambio desarrollan el discurso referido a la vida de gracia, a las virtudes cristianas, a los estados de vida, a los sacramentos, a los carismas del Espíritu Santo, a la vida eclesial, a la santidad y a la perspectiva de la vida futura.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 23 de marzo de 2012
Notas
¹ El padre Giovanni Cavalcoli habla del "beato" Juan Pablo II, porque en la fecha en que se publicó este artículo, el papa Wojtyla aún no había sido canonizado como Santo (JG).
² Esta preocupación pastoral del papa san Juan Pablo II por transmitir verdades antropológicas, es la misma preocupación que se ha advertido en el papa Francisco, en todo su pontificado (JG).
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Concilium Vaticanum II in anthropocentrismum inciderit
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Concilium Vaticanum II in errorem anthropocentrismi inciderit.
1. Quia quidam studiosi traditionalistae eum accusant quod hominem in centro posuerit, in detrimentum primatus Dei.
2. Praeterea, ipse Ioannes Paulus II locutus est de coniunctione anthropocentrismi et theocentrismi, quod duplicem centrum inducere videretur.
3. Item, insistentia conciliaris in dignitate humana et in promotionis hominis videretur interpretari ut forma anthropocentrismi similis humanismo renascentiali.
4. Denique, absentia expressarum mentionum de filiatione divina in quibusdam textibus conciliaribus et pontificiis impressionem dare posset nimiae insistentiae in humano.
Sed contra dicit Christus in Evangelio quod Spiritus veritatis Ecclesiam usque ad finem saeculi assistet. Ergo impossibile est ut Concilium oecumenicum, sub assistentia Spiritus Sancti, in errorem tam gravem quam anthropocentrismum ceciderit.
Respondeo dicendum quod Concilium Vaticanum II in anthropocentrismum non incidit. Anthropocentrismus, in proprio sensu, est inclinatio culturalis orta ex Humanismo et aucta in Renascentia, quae hominem in centro ponit in detrimentum Dei, et quae in modernitatem signatam a Luthero et Descartes desinivit, cum tragicis consequentiis saeculi XX. Concilium autem modernitatem venenis purificat et humanismum integrum, Evangelio conformem, offert.
Concilium docet Christum plene hominem homini revelare et altissimam vocationem ostendere, atque per Incarnationem Filium Dei quodammodo cum omni homine coniungi. Agnoscit hominem esse unicam creaturam quam Deus propter seipsam voluit, sed semper ut imaginem Dei et gratiae destinatarium. Ergo non est anthropocentrismus, sed humanismus christianus, humanismus Incarnationis vel humanismus integralis, ut dicit nota locutio Iacobi Maritain.
Certe, quidam textus conciliares et pontificii magis in dignitate humana quam in filiatione divina insistunt, sed hoc ex intentione pedagogica et pastorali provenit, ad dialogum cum mundo moderno ordinata. In universitate doctrinarum conciliarum, dimensio supernaturalis vitae christianae plene praesens est: gratia, virtutes theologales, sacramenta, sanctitas et vita aeterna.
Ad primum dicendum quod accusationes anthropocentrismi humanismum christianum cum humanismo saeculari confundunt.
Ad secundum dicendum quod locutio Ioannis Pauli II analogice intelligenda est, non ut duplicitas centrorum, quia unum centrum absolutum est Deus.
Ad tertium dicendum quod insistentia in dignitate humana legitima est, quia Christus ipse vocationem homini revelat, sed semper in relatione ad Deum.
Ad quartum dicendum quod absentia expressarum mentionum de filiatione divina in quibusdam textibus negationem non implicat, sed rationem pedagogicam et pastoralem, completam aliis documentis quae vitam supernaturalem explicant.
JG
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