¿Puede el Concilio Vaticano II haber confundido las fuentes de la Revelación, o más bien las ha unido en continuidad sin falsificación doctrinal? ¿No es cierto que las doctrinas nuevas, aunque no definidas solemnemente, son sin embargo definitivas e infalibles, porque se relacionan con la Palabra de Dios? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos recuerda que el Papa, asistido por el Espíritu Santo, no puede ser herético en cuanto Papa, y que las enseñanzas doctrinales del Concilio deben ser recibidas con fe eclesiástica. ¿No es absurdo pensar que Cristo haya engañado a su Iglesia permitiendo una ruptura en el Magisterio? ¿No deberíamos más bien reconocer que el Vaticano II introduce un progreso homogéneo, un conocimiento más explícito y profundo de las mismas verdades inmutables? Frente a quienes ven discontinuidad, se propone la verdadera continuidad evolutiva, que distingue lo pastoral de lo doctrinal y asegura la infalibilidad de lo nuevo en fidelidad a la Tradición.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 25 de febrero de 2026
Una carta a Mons. Gherardini
Una carta a Mons. Gherardini
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 12 de febrero de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/una-lettera-a-mons-gherardini-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Estimado monseñor Gherardini,
he leído sus objeciones a mi libro sobre el Concilio Vaticano II. Me ha dado placer ver con cuanto interés Ud. ha leído en tan poco tiempo mi libro y les agradezco que le haya prestado tanta atención. Le confieso, sin embargo, que hubiera esperado que apreciara mi esfuerzo por motivar e ilustrar, aún con sus límites y sus defectos, la fórmula del Papa "progreso en la continuidad", tarea, esta, urgente e importante para nosotros los teólogos en este momento en el que están en curso las tratativas de la Santa Sede con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en la esperanza de que ella, como le ha solicitado el Pontífice, a fin de estar en plena comunión con la Iglesia, quiera aceptar las doctrinas del Concilio.
Todos sabemos muy bien lo que todavía impide a estos hermanos aceptar dichas doctrinas: la convicción que ellos tienen de que ellas constituyen una ruptura respecto a aquellas del Magisterio precedente de la Iglesia, es decir, en palabras más claras, que ellas son falsas. Por eso, el Papa pide a los teólogos integralmente fieles al Magisterio pre y postconciliar no de hacer propias y quizás reforzar las dificultades de los lefebvrianos, sino de resolverlas. Yo me he prefijado este objetivo con mi libro. Pero Ud., querido Monseñor, ¿qué cosa está haciendo?
Sus objeciones son muchas. Respondo a aquellas que me parecen más importantes.
1. Doctrinas infalibles
Por "infalible" entiendo "lo que no puede o no podrá estar equivocado". Lo infalible se refiere a aquella doctrina de primer nivel y de segundo nivel, las cuales, según la Instrucción Ad tuendam fidem, "deben retenerse en modo definitivo e irrevocable" (n.8). Aquí la Instrucción hace explícita referencia a la "infalibilidad del Magisterio" (ibid.). En el n.9 se habla de doctrina "enseñada infaliblemente". Las doctrinas nuevas del Concilio Vaticano II son infalibles sólo en el segundo nivel, dado que en el Concilio están ausentes nuevas definiciones dogmáticas solemnes, pertenecientes al primer nivel.
¿Puede ser falible una doctrina especulativa o moral que hace referencia ya sea a la Escritura o a la Tradición o al Magisterio precedente, retomando o explicando o en todo caso relacionándose directa o indirectamente al dato revelado, como hace el Concilio en muchos casos? ¿Puede estar equivocada ahora o en el futuro? ¿Puede estar en contraste con la Tradición? ¿O no deberíamos en cambio admitir una continuidad, aún cuando esta continuidad, a primera vista puede no ser evidente? Ciertamente esa continuidad se puede demostrar, pero en cualquier caso el católico debe darla por descontada, de lo contrario debería admitirse una inadmisible falsificación de la Palabra de Dios.
Veo que Ud. insiste en decir que yo sostendría la infalibilidad de todas las enseñanzas del Concilio Vaticano II, cuando ya otras veces le he dicho que eso no es verdad. Como saben todos aquellos que discuten conmigo sobre este tema, yo admito en el Concilio Vaticano II, siguiendo las enseñanzas de los mismos Papas, una parte doctrinal y una parte pastoral. En este segundo campo, también un Concilio puede equivocarse y cuando la Santa Sede en las tratativas con los lefebvrianos ha dicho que algunas doctrinas del Concilio Vaticano II son "cuestionables", se está refiriendo precisamente a las pastorales.
En cambio, enseñanzas como las que he presentado en mi libro no son pastorales sino doctrinales y por lo tanto son "infalibles" en el sentido muy simple de que son verdaderas (podrían ser, al menos algunas, del tercer nivel), porque tienen relación con la Revelación.
2. Doctrinas nuevas
Concuerdo perfectamente con cuanto Ud. dice a propósito de las nuevas doctrinas: "Se tratará, en efecto, de una penetración en profundidad de lo que fue dicho de una vez para siempre, por el descubrimiento de cuanto haya permanecido en zona de sombra o en alturas demasiado superiores a la capacidad del intelecto humano, para que, en beneficio de él, la verdad revelada se despliegue en su integralidad y en todos sus matices".
No se trata de contenidos nuevos, sino de conocimiento acrecentado, mejor, más explícito, más preciso, más claro, más avanzado, más desarrollado de las mismas inmutables verdades. Nada se agrega al dato revelado, sino simplemente se lo conoce mejor. El aumento se refiere al modo del conocer, no al contenido. Un nove, no un novum. En tal sentido, se puede y se debe hablar de "nuevas doctrinas" del Concilio, por las cuales los Papas del postconcilio hablan de "desarrollo", de "progreso", de "renovación".
Nuevas doctrinas pero en continuidad con las precedentes, porque los contenidos son los mismos. En tal modo, por ejemplo, el conocimiento de la luna hoy es mejor que el que se tenía en el Medioevo, pero la luna es la misma. Aquí reside el sano progresismo -que es un deber-, que nada tiene que ver con el modernismo -que es una herejía. Este progresismo se une muy bien a un sano tradicionalismo, como era por ejemplo aquel del Siervo de Dios Padre Tomás Tyn [1950-1990], que es aquel que no ve en las novedades doctrinales del Concilio ninguna ruptura con el Magisterio precedente.
Concuerdo con Ud. en esta alternativa: "Todo depende de la naturaleza y del sentido del adjetivo nuevo. Si con ello se entendiera algo heterogéneo respecto al dogma ya definido, se estaría frente a la prueba de la discontinuidad doctrinal. Si en cambio se entendiera algo plenamente homogéneo y ya contenido, aunque en modo latente, en la definición precedente, se estaría frente a un verdadero y propio ejemplo de progreso dogmático 'in eodem sensu eademque sententia' ". ¡Pero es precisamente esta segunda alternativa la que se verifica en el Concilio! La primera es impensable porque supondría que el Concilio dice lo falso o lo falsificable.
En tal sentido, he dicho que "en campo dogmático no se puede admitir una ruptura en la enseñanza del Concilio frente al pasado". Y también en tal sentido he dicho que "el Vaticano II presenta un nuevo concepto de Revelación respecto a aquel del Vaticano I". Por tanto, "debemos retener por cierto que también el Concilio Vaticano II, aunque de contenido conceptual diferente, sea a su vez infalible".
3. Relación con el pensamiento moderno
Ud. se pregunta, haciéndome decir: "Dado que el Vaticano II estuvo animado no por la intención de poner en el centro 'los problemas de doctrina o de disciplina cristiana', sino por un 'espíritu de integración, de asunción y de conciliación', ¿no se derivará de ello el resultado reprochado por los lefebvrianos, de un cristianismo que integra en sí mismo el siglo, que asume su forma mentis y se concilia con sus errores?".
Yo no separo en absoluto las dos cosas, sino que las pongo juntas. No se trata de "integrar a sí el siglo tout court", sino de hacer en el siglo un discernimiento a la luz del Evangelio tomando los peces buenos y tirando afuera los malos. Debería ser evidente que cuando hablo de "integración" me refiero a lo que puede ser integrado.
4. Magisterio ordinario, extraordinario, simple, solemne
Ud. me hace este reproche: "Vaticano II: de Magisterio solemne y supremo, como es todo Concilio ecuménico, viene degradado a Magisterio ordinario, aún cuando un Concilio ecuménico no pueda en absoluto, por su intrínseca naturaleza, ser reducido a Magisterio ordinario. Encontramos confirmación de tal degradación también algunas páginas después: "El Vaticano II ha hecho avanzar (?) la doctrina de la fe en la modalidad de la enseñanza ordinaria". ¹
Me parece que solemne no debe contraponerse a ordinario, sino a simple, como se da en los grados de las profesiones religiosas, y referiría estas calificaciones al modo de la enseñanza. Solemne es la enseñanza propuesta con solemnidad, como las definiciones dogmáticas solemnes (primer nivel). Pero se podría también decir que un Concilio propone con solemnidad tanto contenidos ordinarios (habituales, ya enseñados) como contenidos extraordinarios (nuevos). Para los contenidos nuevos, los del Concilio se podrían llamar extraordinarios.
En cambio, las calificaciones de ordinario y extraordinario las reservaría para los contenidos, aún cuando estas calificaciones también pueden referirse al modo de enseñar. En tal sentido he hablado de doctrinas nuevas pero con modalidad ordinaria de enseñanza. Reconozco que no siempre he sido coherente en el lenguaje, también porque no he encontrado coherencia en este caso entre los teólogos. Basta con entenderse.
Habría podido hablar de doctrina extraordinaria, o sea nueva, expuesta en lenguaje simple (segundo nivel), no solemne (primer nivel): la así llamada "definición solemne". En tal sentido he dicho: "La enseñanza extraordinaria es una enseñanza nueva; lo ordinario es lo corriente (…) Este es precisamente el caso del Vaticano II", en el sentido de que con lenguaje simple contiene enseñanzas nuevas, es decir, extraordinarias.
5. Las dos fuentes de la Revelación
Ud. dice: "Hablo del Vaticano II, que opera una reductio ad unum de la Revelación escrita y de aquella oral, anulando la evidente distinción declarada y enseñada por el Tridentino y el Vaticano I". Le hago notar que coalescere, utilizado por el Concilio, no significa "confundir" sino unir, dejando distintos los términos.
Debe ser claro que aquel unum no debe entenderse como unidad numérica sino como unión, tal como en el Génesis se dice que varón y mujer son una sola carne. Pero esto no quiere decir una absurda mescolanza de los sexos. Por consiguiente, su preocupación de que el Concilio Vaticano II confunda lo que el Concilio Vaticano I distingue no tiene razón de ser. Aquí tendríamos una falsificación doctrinal impensable.
6. Los grados de autoridad de las doctrinas
Ud. reprende mis afirmaciones afirmando que no le van bien: "Doctrinal no en el sentido de la repetición de los dogmas ya definidos, sino también en el sentido de enseñanza de doctrinas nuevas, que también son infalibles aunque no definidas". "Se trata de las así llamadas doctrinas definitivas que, a la par de aquellas definidas, son inmutables, infalibles e irreformables". Pero aquí no hago más que retomar el dictado de Ad tuendam fidem (nn.8-10).
7. Los errores de los Papas
Los casos que Ud. cita son bien conocidos por la apologética precisamente para mostrar cómo en cambio el Papa, cuando enseña como Maestro de la fe al pueblo de Dios (confirma fratres tuos), no se equivoca nunca, ya sea que enseñe solo o como presidente del Concilio Ecuménico, sin que para ello sea necesaria la circunstancia de la definición solemne. El segundo nivel es suficiente.
El Papa puede equivocarse también en la fe cuando habla de hecho como doctor privado, y son aquellos precisamente los casos que Ud. cita. El cardenal Cayetano tiene un interesante estudio sobre el Papa hereje, el cual con eso mismo se aparta de la autoridad pontificia. El Papa hereje carece en este mismo acto del derecho de enseñar la fe, precisamente porque enseña la herejía que es lo contrario de la fe.
Pero es evidente que el Papa como Papa, gracias a la asistencia del Espíritu Santo, no puede ser absolutamente herético porque es una contradictio in terminis. El cardenal Tomás de Vío Cayetano sostiene que el Papa hereje (como doctor privado) puede ser depuesto por el colegio cardenalicio. Por consiguiente esos ejemplos que Ud. cita para sostener que el Concilio se ha equivocado no tienen ningún valor. ¡¡Extrañamente, Ud. que es anti-modernista se encuentra aquí junto al modernista Küng!!
Con viva cordialidad.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 5 de febrero de 2012
Notas
¹ Sorprende que un teólogo del calibre de monseñor Brunero Gherardini hable de "degradación" refiriéndose al magisterio ordinario. Da la impresión que muchos teólogos han quedado atrapados en la falacia lefebvriana de que la infalibilidad se reduzca a las definiciones solemnes, cuando el propio Concilio Vaticano I declara la infalibilidad también del magisterio ordinario. Al respecto, la constitución dogmática Dei Filius, del 24 de abril de 1870, afirma explícitamente la infalibilidad del Magisterio ordinario y universal de la Iglesia. El texto se encuentra en el Denzinger-Schönmetzer en los números 3011–3012. Allí se enseña que: 1. La Iglesia, como “columna y fundamento de la verdad” (cf. 1 Tim 3,15), tiene siempre la asistencia divina en el ejercicio de su oficio de enseñar. 2. Por esa asistencia, el Magisterio ordinario y universal, cuando propone doctrinas de fe o de costumbres como divinamente reveladas, es también infalible. 3. En consecuencia, los fieles deben recibir estas enseñanzas “definitive et irrevocabiliter” (de modo definitivo e irrevocable), no sólo cuando son definiciones solemnes, sino también cuando son enseñanzas ordinarias vinculadas directamente al depósito revelado. De este modo, el Vaticano I fundamenta que la infalibilidad no se limita a las definiciones extraordinarias, sino que se extiende al Magisterio ordinario y universal, lo cual refuerza la tesis de continuidad que vienes trabajando. (JG)
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum doctrinae novae Concilii Vaticani II sint infallibiles vel potius sint fallibiles
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod doctrinae novae Concilii Vaticani II sint fallibiles.
1. Quia non fuerunt definitae ut dogmata sollemnia, et ideo non possunt haberi pro infallibilibus.
2. Praeterea, progressus doctrinalis potest inducere confusionem inter fontes Revelationis, tollens distinctionem a Tridentino et Vaticano I traditam.
3. Item quidam tenent quod novum in Concilio est interpretandum ut pastorale vel iuridicum, et ideo pertinet ad tertium gradum doctrinae, qui admittit fallibilitatem et opinabilitatem.
4. Denique afferuntur casus errorum Pontificum, ut concludatur etiam Concilium posse errare.
Sed contra est quod constitutio Dei Filius Concilii Vaticani I docet Magisterium ordinarium et universale Ecclesiae esse infallibile etiam in rebus fidei et morum, quia Ecclesia, columna et firmamentum veritatis, errare non potest in traditione doctrinae revelatae. Praeterea epistola Ad tuendam fidem confirmat infallibiles esse non solum doctrinas primi gradus definitae, sed etiam secundi gradus, etsi non definitae, quatenus sunt de fide vel proximae fidei. Papa Benedictus XVI loquitur de continuatione in reformatione, intellecta ut progressus doctrinalis in continuatione cum antiquo. Negare infallibilitatem novi debilitare est vim thesis continuisticae et minuit magnitudinem Concilii.
Respondeo dicendum quod doctrinae novae Concilii Vaticani II sunt infallibiles ut progressus homogenei praecedentium doctrinarum fidei vel proximarum fidei. Non sunt doctrinae primi gradus definitae, sed sunt secundi gradus definitivas, et ideo tenendae sunt fide ecclesiastica. Continuatio non est mera repetitio, sed continuatio evolutiva, analogica, quae veritatem in novo sicut in antiquo confirmat. Concilium non se limitat ad repetendum antiquum, sed introducit progressum doctrinalem in continuatione cum praecedenti, quod novum ut tale est infallibile sicut antiquum. Continuatio demonstranda est, sed impossibile est demonstrare eam non existere. Si videtur non existere, hoc est quia nos non intellegimus, non quia obiective desit. Alioquin concludere deberemus Christum Ecclesiam suam decepisse, quod absurdum est. Conceptus rectus progressionis dogmaticae confirmat quod novum non est ruptura, sed legitimus progressus. Ideo continuatio est analogica, non univoca, et tamen vera.
Ad primum dicendum quod, etsi doctrinae novae non sint definitae, sunt tamen definitivas et infallibiles, quia derivantur ex doctrinis iam fidei vel proximis fidei.
Ad secundum dicendum quod Concilium non confundit fontes Revelationis, sed eos unit in unam realitatem, sicut vir et mulier sunt una caro, sine amissione distinctionis.
Ad tertium dicendum quod non agitur de doctrinis mere pastoralibus vel iuridicis, sed de doctrinis dogmaticis, quae requirunt fidem ecclesiasticam et non solum obsequium religiosum.
Ad quartum dicendum quod casus errorum Pontificum referuntur ad eos qui loquuntur ut doctores privati, non ut magistri fidei Spiritu Sancto assistiti. Papa ut Papa hereticus esse non potest, quia esset contradictio in terminis.
JG
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