martes, 10 de febrero de 2026

Respuesta a "La Tradizione Cattolica"

Un nuevo artículo de suma actualidad del padre Giovanni Cavalcoli abre el debate con la Fraternidad de San Pío X y responde a las interpretaciones que se le atribuyen en torno al Concilio Vaticano II. ¿Es legítimo reducir su pensamiento a la etiqueta de “católico conservador”? ¿Puede un Concilio ecuménico romper con la Tradición doctrinal de la Iglesia? ¿Dónde se sitúa la verdadera continuidad: en las doctrinas o en las prácticas pastorales? ¿Qué significa confiar en la palabra del Papa cuando se trata de la fidelidad a la Tradición? ¿No es acaso el Magisterio el único intérprete autorizado de la Tradición, frente a quienes pretenden juzgarlo desde fuera? Este avance invita a leer con atención la respuesta de Cavalcoli, que desmonta caricaturas y reafirma la necesidad de una hermenéutica fiel, lúcida y sin concesiones. [En la imagen: fragmento de "Interior de la basílica de San Pedro en Roma", óleo sobre lienzo, que data de 1858, obra de Pedro Kuntz y Valentini, conservado, aunque no expuesto, en el Museo Nacional del Prado, Madrid, España].

Respuesta a "La Tradizione Cattolica"

(Traducción literal y fiel al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 11 de septiembre de 2011 en el blog Riscossa Cristiana. Artículo original en italiano: https://www.ricognizioni.it/risposta-a-qla-tradizione-cattolicaq-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

En el número 2 de este año de la Revista "La Tradizione cattolica" (año XXII, n.2 [79] 2011) de la Fraternidad de San Pío X de Spadarolo (RN), apareció un artículo de Stefano Falletti titulado "Monseñor Gherardini y el discurso fallido sobre el Concilio Vaticano II", en el cual se presenta mi posición acerca de la cuestión de la interpretación del Concilio Vaticano II que requiere algunas aclaraciones y correcciones.
En primer lugar, se me atribuye el apelativo de "católico conservador". No sé cómo el articulista ha llegado a tal denominación, que no me desagrada en absoluto. Lo entiendo como conservación de las buenas tradiciones. Me lo ha asignado recientemente el padre Giandomenico Mucci de la Civiltà Cattolica en un sentido positivo, ya que él también se considera tal. Sin embargo, eso el padre Mucci me lo ha dicho en una correspondencia privada. Entonces no sé, repito, cómo y por qué razón el articulista haya llegado a llamarme así.
En cuanto a lo que a mi respecta, si precisamente debo definirme, me llamaría más bien un "católico maritainiano", dado que desde hace cincuenta años he venido cultivando y seguido el pensamiento de Jacques Maritain. Sin embargo, no me reconozco, si no sólo parcialmente, en el retrato que el articulista hace de mí como "católico conservador". Este modo de malinterpretar mi pensamiento me asombra, ya que sobre todo en estos últimos tiempos he podido expresar mis ideas al respecto en diversas publicaciones, como por ejemplo en este sitio o en el blog "Settimo cielo" de Sandro Magister y cualquiera que lea atentamente mis declaraciones se dará cuenta de la inexactitud de cuanto se me hace decir. De cualquier modo, si no siempre he sido claro, entonces aprovecho ahora para aclarar. Enumeraré algunos puntos.
Primer punto. Es cierto que no me considero un seguidor de la Escuela de Bologna de Alberigo, sino que tengo cuidado de no hacer del Concilio Vaticano II una especie de "super-dogma" en el sentido condenado por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, vale decir, como compendio total de la doctrina cristiana que invalida o considera superadas todas las doctrinas precedentes. ¿Dónde estaría aquí el conservadurismo?
Segundo punto. Es cierto que sostengo la perfecta continuidad de las doctrinas conciliares con la Tradición y en tal sentido soy conservador. Sin embargo, ¿cómo, en cuanto católico, podría sostener lo contrario? Para un católico no es posible que las doctrinas de un Concilio ecuménico lleven fuera de la verdad enseñada por la Tradición; eso significaría que la Iglesia no cumple con la tarea que le ha encomendado Cristo de conservar intacto el depósito revelado hasta el fin de los siglos, lo cual es absolutamente impensable para un católico.
Tercer punto. Si por cuanto respecta a las doctrinas, también comprendidas las doctrinas nuevas del Concilio, es impensable una ruptura con la Tradición, no existe problema en pensar una ruptura (oportuna o inoportuna sobre ciertos puntos) de la tradición pastoral o disciplinaria, porque en este campo la Iglesia no es infalible y la historia lo demuestra. Aquí un Concilio puede cometer errores, por lo cual el Concilio que lo suceda deberá corregir sus errores. Aquí a veces es necesario "romper"; otras veces el romper es incorrecto.
Cuarto punto. Cada Concilio es intérprete de la Tradición así como en general lo es el Magisterio de la Iglesia. Esto no quita que sea lícito interpretar un Concilio a la luz de la Tradición, salvo que de esta verificación se pretenda encontrar en las doctrinas de un Concilio desviaciones de la Tradición, cosa que, como he dicho en el punto precedente, es imposible. Por lo demás, la pretensión de ponerse en contacto con la Tradición sin la mediación del Magisterio con la pretensión de sorprender en fallo al Magisterio en cuanto no fiel a la Tradición, es un método erróneo desde el punto de vista católico, porque el Magisterio es intérprete infalible de la Tradición y ningún particular puede permitirse juzgar si un magisterio conciliar es o no conforme a la Tradición, porque todo católico da por descontado que las doctrinas de un Concilio son conforme a la Tradición, aun cuando puedan presentar aspectos de novedad. Sin embargo, la novedad no quiere decir necesariamente la ruptura o la traición, sino que puede significar también desarrollo o explicitación.
Quinto punto. La comparación con el salón del automóvil puede parecer ingenua o tosca, pero da una idea de cuanto sucede en el progreso doctrinal realizado por los Concilios. ¿Acaso la tradición no compara a la Iglesia con una "barca"? Bueno, ¿por qué no comparar el progreso de la Iglesia en la historia con las mejoras que la técnica humana inventa para hacer más cómoda y segura la navegación? Indudablemente la comparación puede ser algo imperfecta en cuanto, mientras nadie hoy usaría un automóvil de principios del siglo XX, está claro que los primeros Concilios de la Iglesia conservan intacta su validez y utilidad y, de hecho, hoy más que nunca, dada las devastaciones provocadas por el modernismo. Sin embargo, se mantiene siempre cierto que el conocimiento que, por ejemplo, nos da de Cristo el Concilio de Calcedonia, aunque sigue siendo verdadero, es atrasado en comparación con el que nos da el Concilio Vaticano II con la Dei Verbum o la Lumen Gentium.
Sexto punto. No debemos pedir al Papa y mucho menos a una "comisión científica" que nos "demuestre" la existencia de la continuidad, casi como si ella pudiera ser dubitable y como que eventualmente pudiera demostrarse que no existe. En todo caso, podemos pedir al Papa que ilustre o esclarezca los motivos, pero debemos creer al Papa sobre su palabra de que la continuidad existe, pues de lo contrario, ¿a dónde va a terminar nuestra reverencia hacia la autoridad del Papa? Y no se debe decir que aquí se trate de materia en la que el Papa puede equivocarse, ya que, por hipótesis, se trata de la doctrina de la sagrada Tradición, en el enseñar y en el desarrollar la cual ningún Concilio y ni ningún Papa pueden equivocarse.
Este es exactamente mi pensamiento. Espero haber sido claro. No tengo dificultad en que también se discuta acerca de mí, pero sobre la base de lo que verdaderamente he dicho, no sobre la base de aquello que se me quisiera hacer decir.
   
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 7 de septiembre de 2011

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