martes, 10 de febrero de 2026

¿Por qué motivo el Papa debería autorizar la consagración de Obispos que rechazan su autoridad y su magisterio?

¿Con qué coherencia puede la Fraternidad San Pío X pedir al Papa autorización para consagrar nuevos obispos, si al mismo tiempo rechaza su autoridad y el Magisterio de la Iglesia? ¿No es hipocresía sentarse a dialogar con Roma mientras se publican ataques contra el Concilio Vaticano II y el Papa? ¿Qué sentido tiene invocar la Tradición mientras se niega la continuidad viva de la fe en el Magisterio ordinario y universal? El problema no es la Misa, sino la Fe: una fe que se resiste a crecer y que se atrinchera en el pasado, rechazando las explicitaciones doctrinales que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia.

Esta semana tendrá lugar el encuentro del cardenal Víctor Manuel Fernández con el padre Davide Pagliarani, líder de la comunidad cismática fundada en 1970 por el obispo Marcel Lefebvre, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. En representación del Santo Padre, el purpurado intentará hacer comprender al superior lefebvriano que, hoy por hoy, no existen razonables motivos para que el Papa les autorice la consagración de nuevos obispos, dado que la hermandad lefebvriana no ha dado un sólo paso para llegar a cumplir aquella condición que el papa Benedicto XVI les recordó debían salvar para lograr la comunión plena con la Iglesia y con la Sede Apostólica: la aceptación total y sin cortapisas de las doctrinas del Concilio Vaticano II, las que, en cuanto parte del Magisterio ordinario del Papa y de los Obispos en comunión con él, son siempre infalibles. En cambio, el papa Ratzinger también les dijo que, en referencia a las directrices pastorales del XXI Concilio Ecuménico de la Iglesia, era lícito mantener disensos y plantear honesta y respetuosa discusión.
Pienso que para muy extensas áreas del Pueblo de Dios, estas vicisitudes de la Iglesia permanecen totalmente desconocidas, y los pocos que llegan a tener alguna vaga información probablemente la tienen reducida y parcial, creyendo por ejemplo que los reclamos de estos cismáticos se limitan a querer que se les permita celebrar la Santa Misa con el rito litúrgico anterior a la reforma promulgada por el papa san Pablo VI.
Está claro que no es así. El problema no es en absoluto el modo de celebrar la Misa; el problema de los lefebvrianos es ante todo la Fe. O, en todo caso, siendo la Misa expresión de la Fe en Cristo, el apego a los ritos litúrgicos preconciliares que sufría el obispo Lefebvre, lo llevó a expresar su oposición a todas esas doctrinas nuevas que, en cuanto mejor conocimiento de la inmutable Palabra de Cristo, han sido explicitadas en el curso de los últimos tiempos y han tenido expresión en el Novus Ordo Missae.
Este rechazo de la "nueva Misa" y de las "nuevas doctrinas" ha pasado a los actuales seguidores de Lefebvre y, en gran medida, a todos aquellos que suelen llamarse filo-lefebvrianos, es decir, aquellos "indietristas" -como los llamaba el papa Francisco, o "pasadistas" como los llama el padre Giovanni Cavalcoli- que, sin formar parte formalmente de la FSSPX, sin embargo comparten muchas de sus ideas heterodoxas, y reclaman el permiso para celebrar la Misa preconciliar precisamente como bandera de rechazo a las nuevas doctrinas conciliares, que es precisamente lo que expresó el papa Francisco, en su Carta al Colegio Episcopal del 16 de julio de 2021: "...me entristece el uso instrumental del Missale Romanum de 1962, que se caracteriza cada vez más por un rechazo creciente no sólo de la reforma litúrgica, sino del Concilio Vaticano II, con la afirmación infundada e insostenible de que ha traicionado la Tradición y la verdadera Iglesia".
Ciertamente, el problema con los lefebvrianos y los filo-lefebvrianos no es la Misa, sino la Fe o, para decirlo con más precisión: el celebrar la Misa de un modo que expresa una fe retrasada en su comprensión, una fe que se ha quedado atrás en el tiempo, rechazando por ende las nuevas explicitaciones que de la misma fe en la verdad inmutable de nuestro Señor Jesucristo, ha venido haciendo el Magisterio infalible de la Iglesia. Y la pregunta es, entonces, ¿por qué motivo los lefebvrianos solicitan al Papa autorización para consagrar nuevos obispos? O como está planteado en el título de este artículo: ¿por qué motivo el Papa debería autorizar la consagración de Obispos que rechazan su autoridad y su magisterio?
¿Acaso es que los lefebvrianos están pidiendo autorización al Papa para llevar a cabo un acto que de todas maneras cumplirán, haya autorización o no, sólo para ver tranquilizada su conciencia legalista, tal como cumplen en el rito de la Misa tridentida, por ejemplo, después de la consagración del pan y del vino, el cumplir la norma de mantener unidos el pulgar y el índice de cada mano —los dedos que han tocado directamente la Hostia consagrada— como signo de reverencia y cuidado hacia las partículas eucarísticas?
¿O es que su pedido al Papa es sólo una marquesina publicitaria en orden a que sus fieles sigan pensando que son "católicos" porque no pasan por alto al Papa, aunque de todos modos lo que ellos entienden como el "estado de necesidad de las almas" los obligue en definitiva a pasar por alto al Romano Pontífice y a vivir separados de Roma, como iglesia separada? Si así fuera, y todo parece indicar que lo es, esta actitud no puede sino inscribirse en un vicio tan antiguo como el hombre: la hipocresía, la doblez.
De hecho, la hipocresía y doblez lefebvriana no es un fenómeno reciente. Ya en tiempos de San Juan Pablo II y Benedicto XVI, mientras la Fraternidad San Pío X participaba en conversaciones doctrinales con Roma, uno de sus obispos, Bernard Tissier de Mallerais no tenía ningún pudor en lanzar esos mismos días a la imprenta un libro —La foi en péril par la raison. La théologie de Benoît XVI— en el que acusaba al Papa de ser responsable de una “deriva postconciliar”. Es decir, este obispo lefebvriano, mientras se sentaba a dialogar con la Santa Sede, publicaba un ataque frontal contra el Magisterio de la Iglesia que sin embargo esos mismos días decía estar dispuesto a escuchar.
Y hoy los lefebvrianos mantienen la misma actitud. Por ejemplo, el padre Alain Lorans, en un artículo titulado ¿El Concilio Vaticano II es conocido solo “de oídas”?, y que estos días ha sido reproducido en muchas páginas divulgadoras del pensamiento oficial y oficioso de la FSSPX, repite la misma estrategia: mientras la FSSPX solicita al Papa autorización para consagrar nuevos obispos, la misma FSSPX difunde artículos que niegan la autoridad magisterial del Papa y rechazan el Concilio Vaticano II. Entonces, ¿para qué piden esa autorización, si rechazan la condición esencial de la comunión con Roma, que es la aceptación del Magisterio vivo de la Iglesia? Este doble juego —gestos de acercamiento y publicaciones de ruptura— revela una incoherencia de fondo: pretenden mantener vínculos formales con la Iglesia, pero se sitúan de hecho fuera de la comunión con la Sede Apostólica.
El panfleto escrito por el padre Lorans no merece mayor atención, debido a su falta de argumentos serios que fundamenten los reclamos -que de todos modos no existen- o a causa del uso recurrente de eslóganes que son archiconocidos de los lefebvrianos. Pero, para una mejor divulgación, acaso para lectores que quisieran estar un poco más enterados de estas vicisitudes actuales de la Iglesia, menciono al menos cinco pasajes problemáticos de lo publicado con Lorans, a las que añado mi correspondiente respuesta.
1. Comienza diciendo Lorans con todo inocultablemente irónico y despectivo: “A comienzos de este año, el papa León XIV ha iniciado una serie de catequesis que «estará dedicada al Concilio Vaticano II y a la relectura de sus documentos», como él mismo anunció, explicando que desea comentar los textos conciliares para «redescubrir la belleza y la importancia de este acontecimiento eclesial». Más concretamente, el Sumo Pontífice desea que se redescubra el Concilio Vaticano II «de cerca, no a través de “comentarios de oídas” o de las interpretaciones que se han hecho de él, sino releyendo sus documentos y reflexionando sobre su contenido». En su opinión, el Concilio sigue siendo «el Magisterio que todavía hoy constituye la estrella polar del camino de la Iglesia».”
Respuesta: Lo primero que Lorans debería tener presente es que lo afirmado allí por el Santo Padre no se trata de una mera “opinión” personal del Papa, como si se tratara de algo sobre lo cual el fiel católico pudiera permanecer ajeno y no vinculado. Por el contrario, se trata del Magisterio vigente desde hace sesenta años. El auténtico fiel católico reconoce que las enseñanzas del Concilio Vaticano II —sobre todo sus nuevas explicitaciones doctrinales— son, como ha dicho el papa León, la estrella que guía el camino de la Iglesia en nuestro tiempo.
2. Inmediatamente continúa diciendo Lorans: “Y entre los beneficios de Vaticano II [el Papa] no duda en situar «una importante reforma litúrgica, que pone en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el pueblo de Dios».”
Respuesta: Lorans ironiza sobre la liturgia, pero la Constitución Sacrosanctum Concilium, de la que brotó toda la reforma de la Misa y de toda la liturgia, por promulgación de san Pablo VI, fue el primer fruto del Concilio, el primer documento brotado del aula conciliar y que orientó todos los demás documentos, que han ido explicitando mejor la Fe de siempre, que se expresa en el Novus Ordo Missae. Como bien dice esa Constitución sobre la Sagrada Liturgia, y lo repite también la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia, la liturgia es fuente y cumbre de la vida de la Iglesia. La reforma litúrgica no es un accesorio, un simple optional, sino la base que ha orientado toda la renovación conciliar.
3. Sin abandonar su tonalidad despectiva, sigue diciendo Lorans en su discurso: “También [el Papa] señala que el Concilio «nos ayudó a abrirnos al mundo y a captar los cambios y desafíos de la época moderna en el diálogo y la corresponsabilidad, como una Iglesia que desea abrir los brazos a la humanidad, hacerse eco de las esperanzas y angustias de los pueblos y colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna». En este océano de felicidad litúrgico-filantrópica, uno duda en verter una gota de amargura realista.”
Respuesta: Aquí se caricaturiza la apertura conciliar como ingenua. En realidad, el Vaticano II buscó discernir los signos de los tiempos, distinguir errores y méritos del mundo moderno, y dialogar para evangelizar. Rechazar el mundo en bloque es una postura defensiva y estéril, que la Iglesia ya ha dejado atrás desde hace décadas. Ahora bien, es cierto que, a nivel de directrices pastorales (no a nivel de enseñanzas doctrinales), los documentos del Concilio pueden ser achacados de un impulso pastoral quizás excesivamente optimista o ingenuo acerca de las actuales condiciones del mundo. Pero una cosa es plantear ese eventual disenso acerca del optimismo pastoral de los Padres conciliares, y otra cosa muy distinta es rechazar, como hacen todos los lefebvrianos -siguiendo las para ellos sagradas ideas de Lafebvre- el ecumenismo, el diálogo interreligioso y, en general el diálogo con la sociedad civil, incluso con los no-creyentes, la libertad religiosa, etc. En otras palabras, los lefebvrianos no distinguen entre modernidad y modernismo. El modernismo forma parte de los errores de la modernidad. Los errores de la modernidad deben ser individuados y rechazados; pero también deben discernirse los valores y aspectos positivos del mundo moderno, que son la base común a partir de la cual se puede ir construyendo el diálogo con el mundo.
4. En los pasajes centrales de su artículo, Lorans se refiere a los que él, junto con todos los lefebvrianos, lleman “los frutos del Concilio”. Dice: “Sin embargo, es útil que el Santo Padre sepa que no conocemos el Concilio «por comentarios de oídas» ni por «interpretaciones», sino precisamente por los efectos concretos de todas las reformas introducidas en la vida de la Iglesia desde hace sesenta años. Como nos invita a hacerlo Jesucristo, el árbol debe juzgarse por sus frutos. ... Ahora bien, el Concilio Vaticano II nos prometía una primavera de la Iglesia, y lo que vino fue el invierno … la «estrella polar» de la que habla León XIV ... la estrella conciliar más bien ha dejado caer un frío polar sobre instituciones ahora golpeadas por la esterilidad...”.
Respuesta: Los frutos negativos que Lorans describe son reales, pero no provienen del Concilio, sino de interpretaciones erróneas, abusos y secularización. Tanto los modernistas como los lefebvrianos malinterpretan el Concilio: ambos sectores extremistas lo entienden modernista, y de ese malentendimiento (los primeros complacidos, los segundos fastidiados), brotan las malas consecuencias que vemos hoy. Ni los unos ni los otros logran comprender que es el propio Magisterio infalible de la Iglesia el que nos dona la recta y auténtica interpretación de los documentos conciliares. Ni comprenden que de la plena actualización de sus doctrinas brotará la verdadera renovación que el Espíritu Santo desea infundir en la Iglesia, el mismo Espíritu Santo de cuyo impulso brotaron los documentos del Concilio.
5. Y termina diciendo Lorans: “Entonces, ¿ningún catecismo pontificio para los fieles apegados a la Tradición? ¡Al contrario! Abramos el Catecismo de San Pío X... Compare­mos la enseñanza clara del santo papa con la de sus sucesores, veamos lo que no dicen, lo que ya no dicen o lo que suavizan. El Concilio sexagenario frente a la Tradición bimilenaria: ¡efecto tonificante asegurado!”
Respuesta: Contraponer Catecismo antiguos, como el de San Pío X, de principios del siglo XX, al actual Catecismo de la Iglesia Católica, implica rechazar explícitamente el Magisterio vivo, cosa que los lefebvrianos vienen haciendo desde hace más de cinco décadas, manteniéndose de este modo en el cisma y sospechosos de variadas herejías. El Catecismo promulgado por San Juan Pablo II en 1992 es la presentación autorizada de la Tradición en continuidad con el Vaticano II y con todo el Magisterio precedente y bimilenario. Volver a un catecismo de inicios del siglo XX es negar las explicitaciones doctrinales posteriores, incluidas las del propio Concilio y de los Papas del postconcilio.
En definitiva y a modo de conclusión, el artículo de Lorans refleja la incoherencia lefebvriana: describen crisis reales, pero las atribuyen falsamente al Concilio y al Magisterio actual. La fidelidad católica exige reconocer que el Vaticano II es un acto auténtico del Espíritu Santo, en continuidad con la Tradición, y que sus enseñanzas son infalibles y vinculantes para todo fiel. Rechazarlas equivale a permanecer fuera de la comunión con la Iglesia.
   
Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 9 de febrero de 2026

2 comentarios:

  1. Comprendo que se hable de incoherencia en los lefebvrianos. pero también veo que es incoherente que Roma les niegue su autorización y a la vez permita consagraciones de obispos en China sin autorización.
    Rodolfo Benítez Loredo

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    1. Estimado Rodolfo,
      comprendo lo que usted dice, pero las dos situaciones no son parangonables.
      En primer lugar, debo decirle que no estoy particularmente al tanto de la actual situación de la Iglesia católica en China. Sé que existe un acuerdo con el gobierno chino, pero el contenido de ese acuerdo nos es secreto.
      Aún así, dicho eso, si se diera el caso de que el gobierno chino dispone sin mutuo acuerdo quién debe ser consagrado obispo, eso no puede ser nada bueno, y es impensable que la Santa Sede haya acordado tal irregularidad.
      En segundo lugar, resulta evidente que la de los cismáticos lefebvrianos y la de la Iglesia católica en China no son comparables. Los lefebvrianos piden consagrar obispos dentro de la Iglesia, pero permaneciendo en una actitud de ruptura con el Papa; Roma no puede legitimar esa incoherencia. En cambio, en China la Santa Sede se ve obligada a negociar con un régimen que controla la vida religiosa, y algunas concesiones se hacen como medida de supervivencia, no como principio doctrinal. Por eso, la incoherencia está en los lefebvrianos, mientras que Roma actúa con prudencia pastoral en circunstancias excepcionales.
      En tercer lugar, debe notarse en los lefebvrianos otra incoherencia grave, que también pone de manifiesto la doblez y la hipocresía en ellos, de las cuales hablo en el artículo. No hay ninguna duda, como he dicho, que es equivocado que el gobierno chino decida la consagración de obispos sin la autorización de la Santa Sede. Y de hecho los lefebvrianos, en años recientes, también han denunciado esta eventual anomalía (o real irregularidad, si es lo que realmente sucede). Pero el caso es que en estos días están propalando por sus medios de comunicación el mismo sofisma que usted menciona, vale decir, justifican en algo que está mal (y que ellos mismos afirman que está mal) su pedido de que Roma les autorice sus consagraciones.

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