¿Puede alguien que rompe con Pedro seguir llamándose “defensor de la Tradición”? ¿Qué significa realmente ordenar obispos contra la voluntad del Papa, sino repetir el mismo cisma de 1988? La Fraternidad San Pío X insiste en presentarse como salvación de la Iglesia, pero su soberbia los coloca fuera de la comunión católica desde hace décadas. ¿Cómo puede invocarse la Tradición mientras se desprecia el Magisterio vivo? La unidad de la Iglesia no se negocia, y quien la traiciona carga sobre sí una responsabilidad gravísima ante Dios. [En la imagen: fragmento de "La Excomunión de Roberto el Piadoso", óleo sobre lienzo, 1875, obra de Jean-Paul Laurens, conservada en el Museo de Orsay, Paris, Francia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 4 de febrero de 2026
La Iglesia no se negocia: el caso FSSPX
“Ellos salieron de entre nosotros,
pero no eran de los nuestros” (1 Jn 2,19)
¿De qué estamos hablando?
La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX) no es un grupo católico en plena comunión con la Iglesia desde hace décadas. Sus miembros viven objetivamente en cisma, como lo están los ortodoxos y los protestantes, aunque con la peculiaridad de seguir reclamando para sí el título de “defensores de la Tradición”. En rigor, deberían ser tratados por la Santa Sede en el ámbito del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, pues su situación eclesial es la misma: separación de la comunión con Pedro. Sin embargo, la benevolencia pastoral de los Papas del postconcilio ha llevado a tratarlos bajo la competencia del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, en un intento generoso de diálogo y reconciliación.
Pero esta decisión pastoral no debe hacernos olvidar la realidad: los adeptos de la FSSPX, tanto los que permanecen bajo su estructura como los que se han separado de ella, están muy lejos de la recta y plena fe católica. El problema no es —como ellos pretenden— la aceptación de la Misa de 1962. El problema es doctrinal: no aceptan el Concilio Vaticano II ni el desarrollo que este Concilio y el Magisterio del postconcilio han aportado al conocimiento de la verdad de fe. Ahí está la raíz de su desviación.
Desde 1988, cuando Marcel Lefebvre consumó la ordenación ilícita de obispos contra la voluntad expresa del Papa, la FSSPX se encuentra formalmente en cisma. Por eso, el anuncio de nuevas consagraciones episcopales sin mandato pontificio para el próximo 1 de julio no cambia sustancialmente su situación: seguirán siendo cismáticos y sospechosos de herejía, mientras no haya una conversión explícita y sincera.
El anuncio del 2 de febrero de 2026
El 2 de febrero de 2026, festividad de la Purificación de la Santísima Virgen, la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X volvió a mostrar su verdadero rostro: el del cisma. Ese día, en el Seminario Internacional de San Cura de Ars, en Flavigny-sur-Ozerain (Francia), el superior general, padre Davide Pagliarani, anunció públicamente que la Fraternidad procederá a nuevas consagraciones episcopales el próximo 1 de julio.
No se trató de un gesto de dolor ni de una decisión tomada con pesar. Fue la reafirmación explícita de una ruptura que dura ya décadas. En su comunicado oficial, la FSSPX no habla de obediencia al Papa ni de comunión con la Iglesia, sino de “asegurar la continuidad del ministerio de sus obispos” y de responder a los “fieles apegados a la Tradición”. En otras palabras, se arrogan el derecho de decidir por sí mismos qué necesita la Iglesia, como si fueran ellos —y no Pedro— los guardianes de la sucesión apostólica.
El argumento es siempre el mismo: un supuesto “estado de necesidad” que justificaría la desobediencia. Pero ese recurso es una falacia repetida hasta el cansancio. La Iglesia nunca ha reconocido semejante excusa, porque la necesidad pastoral jamás puede legitimar la ruptura de la comunión jerárquica. Ordenar obispos sin mandato pontificio es un acto cismático, y lo será siempre, aunque lo disfracen de “servicio a las almas” o de “fidelidad a la Tradición”.
La retórica de la FSSPX es hipócrita: hablan de filialidad hacia el Papa, pero en la práctica lo desprecian cada vez que sus exigencias no son satisfechas. Invocan la Tradición, pero la reducen a las palabras de Lefebvre, ignorando el Magisterio vivo de la Iglesia. Pretenden servir al bien universal, pero en realidad se sirven a sí mismos, consolidando una estructura paralela que se erige en juez del Papa y del Concilio.
El anuncio del 2 de febrero no es un “nuevo capítulo” en la desdichada historia de los lefebvrianos: es la repetición del mismo pecado de soberbia y desobediencia que los marcó desde 1988. Y como entonces, la consecuencia es clara: quienes consagren y quienes sean consagrados incurrirán en excomunión.
La enseñanza de la Iglesia sobre este acto
No se trata de una opinión personal ni de un juicio subjetivo: la Iglesia ha hablado con claridad meridiana sobre lo que significa ordenar obispos sin mandato pontificio. San Juan Pablo II lo declaró solemnemente en 1988, tras la decisión de Marcel Lefebvre de consagrar cuatro obispos contra la voluntad expresa del Papa. El documento es el motu proprio Ecclesia Dei, breve pero demoledor, que no deja espacio para interpretaciones caprichosas.
En ese texto, el Papa afirma que la ordenación ilícita de obispos constituye una desobediencia gravísima al Romano Pontífice en un asunto capital para la unidad de la Iglesia: la sucesión apostólica. Y añade, sin rodeos, que esa desobediencia implica un rechazo real del primado de Pedro y, por tanto, es un acto cismático. No lo dice un teólogo “progresista”, ni un canonista de segunda fila: lo dice el Papa, con autoridad suprema y en ejercicio de su ministerio petrino.
La raíz de este cisma, explica Juan Pablo II, está en una noción deformada de la Tradición. Los lefebvrianos hablan de “defender la Tradición”, pero lo que entienden por ella es una caricatura: un museo congelado en el tiempo, reducido a las opiniones de Lefebvre y a la repetición mecánica de fórmulas. La Tradición auténtica, en cambio, es viva: nace de los Apóstoles, progresa en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo, se profundiza cuando los fieles meditan la Palabra y se proclama en el carisma de verdad de los obispos unidos al Papa.
Por eso, dice el motu proprio, es contradictorio pretender ser fiel a la Tradición mientras se rompe la comunión con Pedro. Nadie puede invocar la Tradición contra el Magisterio universal de la Iglesia, porque Cristo mismo confió a Pedro y a sus sucesores el ministerio de la unidad. Quien se separa de Pedro, aunque cite a Santo Tomás o a los Padres de la Iglesia, está traicionando la Tradición que dice defender.
Los lefebvrianos pueden repetir hasta el cansancio que “no son cismáticos”, pueden inventar verborrea canónica o insultar como siempre insultan a quienes los contradicen. Pero la verdad es inapelable: la ordenación de obispos sin mandato pontificio es un acto cismático, y quienes lo realizan incurren en excomunión. Lo dijo Juan Pablo II en 1988, y sigue siendo válido hoy.
Los esfuerzos de la Santa Sede por la reconciliación
Durante casi cuatro décadas, la Iglesia ha desplegado una paciencia extraordinaria frente a la Fraternidad San Pío X. No se les ha tratado con dureza, ni con imposiciones, sino con diálogo, concesiones y gestos de benevolencia que difícilmente se encuentran en otros casos de ruptura eclesial.
San Juan Pablo II, inmediatamente después del cisma de 1988, creó la Comisión Ecclesia Dei para abrir un canal formal y estable de diálogo. El objetivo era claro: ofrecer una instancia de alto nivel, presidida por un cardenal, que buscara el retorno de la Fraternidad a la plena comunión. Era un gesto de apertura, no de condena.
Benedicto XVI fue aún más lejos. No solo levantó la excomunión de los obispos ordenados ilícitamente por Lefebvre, sino que promulgó Summorum Pontificum, ofreciendo enorme libertad de celebrar la liturgia según el Misal de 1962 y los rituales anteriores al Concilio Vaticano II. Con ello, respondía directamente a una de las banderas históricas del lefebvrismo. Fue un acto de generosidad que muchos consideraron y consideran excesivo e imprudente (yo también estoy entre ellos).
Francisco, por su parte, dio un paso que nadie esperaba: primero declaró lícitas las confesiones de los sacerdotes de la FSSPX durante el Año de la Misericordia, y luego extendió esa licitud de manera estable. Con ello, mostró que la Iglesia no quiere abandonar a los fieles que, de buena fe, se acercan a esas comunidades buscando los sacramentos.
¿Y cuál fue la respuesta de la Fraternidad? La soberbia. Ninguna gratitud, ninguna conversión, ninguna señal de obediencia. Solo la actitud arrogante de quienes creen que la Iglesia siempre les debe más, que todo lo concedido es apenas una migaja frente a lo que ellos consideran su derecho.
La verdad es que la Santa Sede ha hecho todo lo posible, y más de lo que humanamente cabría esperar, para sanar la herida del cisma. Pero la FSSPX ha respondido con petulancia y con la reiteración de su desobediencia. No se trata de un problema litúrgico, como ellos pretenden. Se trata en su raíz de un problema de fe: el rechazo sistemático del Concilio Vaticano II y del Magisterio vivo de la Iglesia.
El verdadero punto de quiebre: rechazo del Vaticano II
El núcleo del problema no es la liturgia. No es la Misa de 1962, ni el latín, ni las rúbricas antiguas. El verdadero punto de quiebre es doctrinal: la negativa obstinada de la Fraternidad San Pío X a aceptar el Concilio Vaticano II como parte del Magisterio vivo de la Iglesia.
Seamos claros: no hablamos de críticas legítimas a abusos o interpretaciones defectuosas del Concilio, que ciertamente han existido y siguen existiendo. Hablamos de un rechazo frontal, de raíz, a un concilio ecuménico legítimamente convocado y promulgado, que forma parte de la enseñanza oficial de la Iglesia. Negar el Vaticano II equivale a negar la autoridad del Papa y del colegio episcopal en su conjunto. Es, en términos eclesiológicos, un absurdo.
La FSSPX pretende que toda la Iglesia universal —en todos los continentes, culturas y lenguas— renuncie a más de sesenta años de camino recorrido, para acomodarse a la visión estrecha de una minoría elitista y autorreferencial. Esa pretensión no solo es irreal, es soberbia en estado puro. Es la actitud de quienes se creen jueces de la Iglesia, dictando condiciones al Papa y al Magisterio, como si fueran ellos los custodios exclusivos de la verdad.
La Tradición que ellos invocan no es la Tradición católica. Es una “tradición” mutilada, reducida a un conjunto de fórmulas rígidas y a la nostalgia de un pasado idealizado. La Tradición auténtica, en cambio, es dinámica: se profundiza bajo la guía del Espíritu Santo, se enriquece con la reflexión de los fieles, se proclama en la enseñanza de los obispos unidos al sucesor de Pedro. Quien rompe con Pedro rompe con la Tradición, aunque cite a Santo Tomás o a los Padres de la Iglesia.
Por eso, el rechazo del Vaticano II no es un detalle secundario ni una diferencia de matiz. Es el corazón del cisma lefebvriano. Mientras la FSSPX siga negando la validez y la autoridad del Concilio, seguirá fuera de la comunión plena, aunque se disfrace de “defensora de la Tradición”.
Consecuencias eclesiológicas y espirituales
La Iglesia ha hecho todo lo posible para tender la mano a la Fraternidad San Pío X. Se les ofreció diálogo, se les concedieron privilegios litúrgicos, se les reconoció la validez de sus confesiones y sacramentos. Se les trató con una paciencia que, en otros ámbitos, habría parecido inconcebible. Y sin embargo, la respuesta ha sido siempre la misma: soberbia, exigencias desmedidas y un rechazo sistemático de la autoridad del Papa.
El problema no es sólo que celebren y quieran seguir celebrando la Misa de 1962. El problema es que han decidido vivir en una fe mutilada, amputada de la plenitud católica. Han convertido la Tradición en un eslogan vacío, en una bandera de oposición, en un arma contra la comunión eclesial. No evangelizan en las periferias, no se desgastan por los pobres ni por los alejados. Su misión se reduce a custodiar una identidad cerrada, construida en torno a la nostalgia y al enfrentamiento.
La consecuencia es clara: la FSSPX funciona como una secta que se erige en juez del Papa y del Magisterio. Sus líderes han decidido que la Iglesia universal debe someterse a sus condiciones, y cuando el Papa no accede, rompen la comunión. Esa actitud no es fidelidad, es chantaje. Y la Iglesia no puede ceder al chantaje sin traicionarse a sí misma.
Por eso, la eventual consagración de obispos el próximo 1 de julio no será un “nuevo comienzo” ni un “gesto profético”. Será la reiteración del mismo pecado de soberbia que los marcó en 1988: un acto cismático, con todas sus consecuencias. Quienes lo realicen y quienes lo reciban incurrirán en excomunión, y seguirán siendo cismáticos y sospechosos de herejía mientras no haya una conversión explícita.
La gravedad de esta situación no debe hacernos olvidar a los fieles que, de buena fe, se acercan a la Fraternidad buscando los sacramentos. Muchos de ellos son personas de vida virtuosa, con auténtico deseo de santidad. Pero están siendo arrastrados por un liderazgo que los coloca en una posición eclesial irregular, con peligro real para su salvación. Por ellos debemos rezar, para que descubran que la Tradición no es un museo ni una trinchera, sino la vida misma de la Iglesia en comunión con Pedro.
La unidad de la Iglesia no se negocia. Quien la rompe, aunque se disfrace de defensor de la fe, asume una responsabilidad gravísima ante Dios y ante la historia.
A modo de conclusión
La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X lleva décadas fuera de la plena comunión con la Iglesia. No son “católicos tradicionales”, como gustan llamarse: son cismáticos, y lo son desde 1988, cuando Marcel Lefebvre decidió erigirse en juez del Papa y consagrar obispos contra su voluntad. Desde entonces, viven en una situación objetiva de ruptura, semejante a la de ortodoxos y protestantes, aunque con la arrogancia añadida de proclamarse la “auténtica Iglesia”.
El anuncio de nuevas consagraciones episcopales para el próximo 1 de julio no cambia nada en el fondo: confirma lo que ya son. No se trata de un gesto heroico ni de un acto profético, sino de la reiteración de un pecado de soberbia y desobediencia que los mantiene en el cisma. Quienes consagren y quienes sean consagrados incurrirán en excomunión, y seguirán siendo cismáticos y sospechosos de herejía mientras no haya una conversión explícita y sincera.
La Iglesia, por su parte, ha hecho todo lo posible para tenderles la mano: diálogo, concesiones litúrgicas, reconocimiento de sacramentos. Se les ha tratado con una paciencia que para muchos raya en lo pastoralmente imprudente. Pero ellos han respondido siempre con petulancia, con exigencias desmedidas y con el rechazo sistemático del Concilio Vaticano II. El problema no es la Misa de 1962. El problema es de fe: no aceptan el Magisterio vivo de la Iglesia, no aceptan el desarrollo doctrinal legítimo que el Espíritu Santo ha suscitado en el Vaticano II.
Está anunciado para la próxima semana un encuentro entre el prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el líder de los cismáticos lefebvrianos, pero no se trata de una negociación como la entiende la FSSPX, pues la unidad de la Iglesia no se negocia. Quien rompe con Pedro rompe con Cristo. Quien desprecia el Magisterio universal desprecia la Tradición que dice defender. Y quien arrastra a miles de fieles de buena fe a una situación irregular carga sobre sí una responsabilidad gravísima ante Dios y ante la historia.
Por eso, debemos llamar las cosas por su nombre: la FSSPX es un grupo cismático, y sus líderes actúan con soberbia y desobediencia. No hay justificación posible, ni litúrgica, ni pastoral, ni doctrinal para el cisma. Y mientras no se conviertan, seguirán fuera de la comunión plena.
A nosotros nos corresponde dos cosas: afirmar con claridad la verdad, sin eufemismos ni rodeos, y rezar con caridad por los fieles engañados, para que descubran que la Tradición no es un museo ni una trinchera, sino la vida misma de la Iglesia en comunión con Pedro.
Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 4 de febrero de 2026
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