Entre fines de 2010 y principios de 2011, el padre Giovanni Cavalcoli intercambió varias cartas con publicistas y teólogos acerca de la interpretación de los documentos finales del Concilio Vaticano II, sobre todo focalizadas en el tema de la infalibilidad de sus enseñanzas doctrinales. Reúno aquí algunas de ellas, pues considero que tienen un gran interés eclesiológico y siguen siendo sumamente actuales. En esta primera parte de la serie, incluimos dos cartas del padre Cavalcoli al Dr. Paolo Deotto, director en esos años de Riscossa Cristiana, y una tercera dirigida al padre Serafino Lanzetta. Más cartas del padre Cavalcoli sobre el mismo tema en nuestras próximas entradas.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 5 de febrero de 2026
Cartas sobre la interpretación del Concilio Vaticano II (1/3)
La continuidad en la novedad. Al margen del
Congreso de Roma sobre el Concilio Vaticano II ¹
Estimado Dr. Deotto,
mi artículo sobre el progreso de la doctrina católica hace una referencia implícita al Congreso de Roma ². Me alegra que haya sido publicado junto con el informe de Cannone ³, un conocido periodista católico de valía, amigo mío. De hecho, será el propio lector informado quien notará la relación entre los dos escritos.
El congreso de Roma marca un paso adelante en la investigación desde un punto de vista histórico de lo que ha sido realmente el Concilio, y esto es ciertamente mérito de Roberto de Mattei (él también amigo mío), contra la lectura modernista de la escuela de Bologna de Alberigo y Melloni, que ven en el Concilio Vaticano II una novedad que rompe con el pasado, poniendo en contradicción a la Iglesia del Concilio con la del preconcilio.
En cambio, el congreso no ha dado claridad y se ha movido sobre el equívoco por cuanto respecta a la consideración de las DOCTRINAS del Concilio, de las cuales no se ha puesto en luz, es decir, no se ha destacado, la continuidad en la novedad, según las indicaciones del Papa ⁴, sino, tomando como pretexto el hecho (aunque verdadero) de que el Concilio no ha definido nuevos dogmas, y siguiendo aquí la inexacta interpretación de monseñor Gherardini (que también es mi amigo), se ha tendido a minimizar y relativizar la importancia del aspecto doctrinal-dogmático como de cosas extrañas o ajenas a las verdades de fe, una especie de opcional, cosa que no es en absoluto cierta y conduce a rechazar las doctrinas del Concilio.
Y esto es así porque no se ha alcanzado a poner en luz, no se ha podido destacar, la CONTINUIDAD de estas doctrinas con las del preconcilio. Pero en tal modo nos acercamos peligrosamente a los lefebvrianos.
Estamos en un momento de extremización del conflicto entre lefebvrianos y modernistas, correspondiente en algún modo, en en el ámbito político, al contraste entre derecha e izquierda. Es absolutamente necesario que el mundo católico, tanto en la Iglesia como en la política, recupere el sentido de la universalidad de los valores cristianos, más allá de la legítima pluralidad de las opiniones. Es necesario un sano tradicionalismo y un sano progresismo en la plena común pertenencia a la única Iglesia, así como en el respeto de la Constitución italiana y de los comunes valores de la Nación. Por lo demás, los contrastes no solo no son nocivos, sino normales y constructivos. Es la ley de la democracia. Pero democracia no tiene por qué significar extremismo y facciosidad prejuiciosa, especialmente para nosotros los católicos.
Ustedes desde Riscossa Cristiana están dando un ejemplo de corrección en este sentido: una derecha sana y católica, en plena comunión con la Iglesia. La izquierda, para ser verdaderamente católica y tener un verdadero sentido del bien común, debería, aunque sea desde su punto de vista (no está prohibida una izquierda católica), seguir vuestro ejemplo.
Con viva cordialidad,
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 26 de diciembre de 2010
La disgregación del mundo católico y la unidad de la Iglesia ⁵
Estimado Dr. Deotto,
retomando aquellas consideraciones que hacía en su última carta acerca de los eventos de algunos grupos católicos, quisiera agregar algunos de mis pensamientos, considerando que podrían serle útiles para mitigar esa sensación de amargura, por no decir consternación, que usted, y yo junto con usted, sentimos al constatar, sobre todo a partir del '68 (¡que también fue el año de la "Humanae vitae"!), la desintegración del mundo católico dividida por la discordia y la herejía.
En primer lugar, se debe recordar que este fenómeno triste y desconcertante no afecta en absoluto la unidad, la catolicidad y la santidad de nuestra Santa Madre Iglesia Católica, asistida por el Espíritu Santo y peregrinando bajo la guía del Papa.
Sin embargo, a la par de este hecho y al mismo tiempo con él, la indicada disgregación es innegable: ella representa el aspecto humano, aspecto de fragilidad y de pecado, aspecto propio de la Iglesia terrenal (la Iglesia celestial está exenta de ello).
Un punto de inflexión histórico en la vida eclesial ocurrió con la transición de la era de San Pío X a la del Concilio Vaticano II en lo que respecta al problema de la herejía. San Pío X denunció una vasta presencia de herejía en el interior de la Iglesia ("modernismo") y tomó severas medidas. Pero el modernismo, permaneciendo en la clandestinidad, surgió abiertamente en el período postconciliar con arrogancia y, de hecho, considerándose y presentándose como una Iglesia de vanguardia ("progresismo").
Hoy el modernismo es más grave, más poderoso y más extendido que el de los tiempos de san Pío X. El cambio, desde el punto de vista pastoral, desde sus tiempos a los nuestros, es que entonces se trataba de aislar a los herejes y de evitarlos. Hoy esto es imposible, porque ahora están en todas partes: entre los pastores, entre los teólogos, en las instituciones de la Iglesia, en las escuelas, en la cultura, en la política, en las familias, en los lugares de trabajo, en las diócesis, en las parroquias, en los movimientos, en las comunidades religiosas. El "haereticus vitandus" hoy es el católico verdaderamente fiel a la Iglesia.
Debemos habituarnos a convivir con los modernistas con discernimiento, con caridad y con prudencia, sin dejarnos influenciar, sino dándoles un buen ejemplo de resistencia o de firmeza según sea el caso, tratando de refutar sus errores si ello es posible, defendiendo las verdades que ellos niegan, denunciando los escándalos, luchando por la justicia y las buenas costumbres, apoyando a las fuerzas políticas que sostienen a la Iglesia (aquí Riscossa Cristiana está haciendo una labor preciosa), con la esperanza de su arrepentimiento, rezando y ofreciendo sacrificios por su conversión, con la certeza de que Cristo no abandona a su Iglesia, sino que la conduce, como dice el Concilio Vaticano II, a la plenitud del Reino.
Con amistad,
P Giovanni Cavalcoli
Bologna, 28 de diciembre de 2010
Carta abierta al padre Serafino Lanzetta ⁶
Estimado P. Serafino,
lo que se dijo en el congreso ⁷, y lo que informas en la recensión publicada recientemente en este sitio, me encuentra en gran medida de acuerdo: la necesidad de no hacer del Concilio Vaticano II una especie de absoluto, sólo para luego interpretarlo al propio arbitrio, a la manera modernista, como si este Concilio hubiera inaugurado un modelo de Iglesia absolutamente nuevo, en ruptura con la concepción magisterial precedente; la situación de grave inquietud que hemos estado viviendo desde hace muchos años nosotros los católicos, estorbados y obstaculizados por esta fuerte presencia modernista en el seno de la Iglesia misma; la duda de que no todo lo que ha dicho el Concilio Vaticano II sea verdaderamente sabio y esté de acuerdo con la Tradición; la necesidad de dar de una vez por todas claridad acerca de sus enseñanzas, a fin de conocer verdaderamente su valor vinculante y poner así término a las instrumentalizaciones y al doble juego de los modernistas.
Dicho esto, sin embargo, quisiera expresar también un cierto disenso con cuanto ha sido dicho, continuando un fraterno debate que desde hace tiempo hemos estado llevando a cabo, tanto en privado como públicamente, entre nosotros.
Ante todo la cuestión de la novedad del Concilio Vaticano II. No hay duda de que el Concilio contiene novedades tanto doctrinales como pastorales. Lo reconoces tranquilamente también tú al retomar cuanto ha dicho mons. Gerardini: "característica del Vaticano II fue la de transmitir una enseñanza renovada (o tal vez innovada por ciertos acentos), en el ámbito dogmático y sobre todo en el ámbito pastoral".
El problema es el de cómo concebir estas "novedades": ¿rompen con el pasado o están en continuidad con el pasado? "Los teólogos, -dices tú- sobre todo los peritos del Concilio, nos dicen que el problema de la ruptura es en el que gira el propio Concilio: es el Concilio el que ha fundado la 'nueva dogmática', la 'nueva moral', que ha tenido éxito en el post-concilio, ya que es en el Concilio donde ha arraigado, en la estela de la Tradición, el progreso teológico de las nuevas doctrinas del Vaticano II".
Lo que tú refieres aquí son dos tesis opuestas. Una tesis que dice que la "ruptura" la habría hecho el Concilio mismo; la otra tesis, que dice que el Concilio, en la huella de la Tradición, ha elaborado nuevas doctrinas estimulando el progreso teológico. La verdad está ciertamente en la segunda tesis, no ciertamente en la primera.
En segundo lugar, me parece que el congreso de Roma no pudo demostrar la afirmación del papa Benedicto XVI, "continuidad en la reforma". En particular, no ha demostrado cómo la novedad no ha sido una novedad de ruptura, como sostiene Alberigo, sino una novedad en la continuidad y en el respeto por la Tradición.
En tercer lugar, el congreso habría hecho una contribución más eficaz a la cuestión de la interpretación del Concilio y del postconcilio, si se hubiese distinguido claramente el aspecto pastoral del aspecto doctrinal. La teoría tan difundida según la cual el Concilio habría sido sólo pastoral no se corresponde con la verdad. Como han dicho en cambio los Papas del postconcilio, el Concilio Vaticano II también ha sido doctrinal y, como tal, infalible. La tesis sustentada por el padre Kolfhaus, según la cual el Concilio no contendría doctrinas infalibles, es muy peligrosa, porque puede generar la sospecha de que contiene errores, lo cual, para un católico, es de hecho absolutamente inadmisible.
Y no basta con decir con mons. Gherardini que "el Vaticano II es infalible en la medida en que apela a los precedentes concilios dogmáticos y a definiciones dogmáticas o cuando reitera una doctrina de fe definitiva", sino que se debe reconocer con franqueza que también las doctrinas nuevas del Concilio son infalibles, en cuanto son explicitación o desarrollo de doctrinas dogmáticas ya definidas, incluso es bien cierto, como dijo Pablo VI, que el Concilio no contiene nuevos dogmas solemnemente definidos, como sucedió, por ejemplo, con la proclamación del dogma de la Asunción o de la Inmaculada Concepción.
Es cierto que todo el Concilio está impregnado de un lenguaje pastoral, y es cierto lo que dice el padre Kolfhaus, que se trata de una especie de predicación homilética semejante -diría yo- a aquello que es el lenguaje de los Padres de la Iglesia, un lenguaje adecuado a la gente común del propio tiempo. Ahora bien, incluso las doctrinas dogmáticas están expresadas con este lenguaje y no con un lenguaje escolástico que fuese apropiado, por ejemplo, como ocurre con el Concilio de Trento o con el Concilio Vaticano I.
Sin embargo, esta modestia o carácter popular del lenguaje del Concilio no debe llevarnos a subestimar el valor dogmático de sus doctrinas, así como aceptamos cada palabra de nuestro Señor Jesucristo, incluso si Jesús no se expresó en el lenguaje de Aristóteles o de Cicerón.
Por esta razón, una enseñanza como esa, por ejemplo, con respecto a la libertad religiosa, presente en el Concilio Vaticano II, hoy invocada con tanta insistencia y vigor por el Santo Padre, no puede no considerarse una enseñanza infalible, o sea una enseñanza de fe. Y lo mismo se aplica a otras nuevas enseñanzas del Concilio. Encontrar en ello una ruptura o una contradicción con la Tradición no tiene sentido, dado que la doctrina de cada Concilio es siempre una confirmación, quizás más avanzada y más desarrollada, pero siempre fiel y coherente, de la Tradición. Cada Concilio hace dar un paso hacia adelante a la Tradición. Podemos decir con el gran teólogo dominico Francisco Marín Sola, opositor del modernismo, que en el Concilio Vaticano II se da una "evolución homogénea del dogma".
Por consiguiente, juzgar el Concilio "a la luz de la Tradición", como era el propósito del congreso de Roma, es correcto, pero con la condición de que se entienda por "Tradición", no la fase precedente al Concilio, sino la misma más avanzada y más desarrollada, establecida por las doctrinas del mismo Concilio.
Este es el sano progresismo que el Concilio ha favorecido y del cual ha estado inspirado, que no tiene nada que ver con el modernismo, que es un falso y engañoso sometimiento a la modernidad y es una herejía.
Otro tema es el de las disposiciones o de las prescripciones pastorales. En este plano, ciertamente ni siquiera el Magisterio de un Concilio es infalible. Es por eso que aquí al católico se le concede expresar, siempre con prudencia, reservas o críticas. Aquí también un Concilio puede tomar medidas menos oportunas o incluso equivocadas, que posteriormente pueden ser corregidas también por un nuevo Concilio, como lo demuestra la historia de los propios Concilios.
Por esta razón, cuando se habla de "modernidad" debemos entendernos: está claro que si por modernidad entendemos los errores modernos, la modernidad no puede sino ser rechazada en bloque. Pero si por modernidad, con mayor sentido histórico y más amplia y concreta visión, nos referimos al conjunto de las doctrinas de los tiempos modernos, debería ser evidente que en la modernidad existen también valores, que como tales deben asumirse e integrarse en la visión católica. Y este ha sido uno de los grandes méritos del Concilio Vaticano II, al que debemos estar extremadamente agradecidos. En cambio, lo que debe rechazarse es la interpretación modernista, por ejemplo, la interpretación rahneriana de la modernidad.
A propósito de Karl Rahner, estoy complacido con tu posición crítica confrontada a la de él, que, como sabes, es también mi posición. Pero precisamente para liberarnos del rahnerismo debemos tener en cuenta los principios y los criterios que he enunciado en esta mi carta, para no exponerse a las críticas y no parecer rezagados respecto a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, cosa que sería del todo contraproducente y llevada al límite -téngase en cuenta a los lefebvrianos- ni siquiera conforme a un pleno catolicismo.
Espero que reflexiones sobre estas cosas junto con quienes comparten tu punto de vista. Debemos agradecer a Riscossa Cristiana, anfitriona de este debate entre hermanos en la fe, en la común certeza de que la respetuosa y leal confrontación de las opiniones conduce a la verdad.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 13 de enero de 2011
Notas
¹ Esta carta al Dr. Paolo Deotto fue publicada en el blog Riscossa Cristiana, el 26 Diciembre 2010. El lector interesado puede ir a su original en lengua italiana en el siguiente enlace: https://www.ricognizioni.it/la-continuita-nella-novita-a-margine-del-convegno-di-roma-sul-concilio-vaticano-ii-di-p-giovanni-cavalcoli-op/
² Se trata del Congreso de estudio sobre el Concilio Vaticano II, que se desarrolló en la ciudad Roma, durante los días 16 al 18 de diciembre de 2010.
³ El citado artículo del profesor Fabrizio Cannone en el blog Riscossa Cristiana, el lector interesado lo puede hallar en el siguiente enlace: https://www.ricognizioni.it/convegno-a-roma-sul-concilio-vaticano-ii-di-fabrizio-cannone-da-corrispondenza-romana/
⁴ En referencia al papa Benedicto XVI.
⁵ Esta segunda carta al Dr. Paolo Deotto, director del blog Riscossa Cristiana, fue publicada en ese sitio web el día 28 de diciembre de 2010, y el lector todavía puede encontrarla en el link: https://www.ricognizioni.it/la-disgregazione-del-mondo-cattolico-e-lunita-della-chiesa-di-p-giovanni-cavalcoli-op/
⁶ Esta carta abierta al padre Serafino Lanzetta fue publicada el mismo día 13 de enero de 2011, en el blog Riscossa Cristiana. El lector todavía puede hallarla en el siguiente enlace: https://www.ricognizioni.it/lettera-aperta-di-padre-giovanni-cavalcoli-a-padre-serafino-lanzetta/ También se ha publicado esta carta en este sitio: http://www.internetica.it/lettere-Cavalcoli_Lanzetta.htm
⁷ Siempre se está haciendo referencia al Congreso de estudio sobre el Concilio Vaticano II, que se desarrolló en la ciudad Roma, durante los días 16 al 18 de diciembre de 2010.
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