¿Puede la doctrina católica progresar sin traicionar su inmutabilidad? ¿Es el Concilio Vaticano II un salto en la continuidad o una ruptura con la Tradición? ¿Qué significa realmente “continuidad en la reforma” frente a las lecturas modernistas y lefebvrianas? En su artículo El progreso de la doctrina católica (2010), el padre Giovanni Cavalcoli nos invita a redescubrir el verdadero sentido de la evolución del dogma: no un cambio en los contenidos revelados, sino un crecimiento en la comprensión y en la formulación de las mismas verdades. Con ejemplos históricos y una crítica lúcida a los errores de interpretación actuales, Cavalcoli muestra cómo la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, avanza en el conocimiento de Cristo sin perder jamás la fidelidad a su Palabra. [En la imagen: fragmento de "La disputa del Sacramento", pintura al fresco, entre 1509 y 1510, obra de Rafael Sanzio, conservada en los Museos del Vaticano, en la Stanza della Segnatura].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 4 de febrero de 2026
El progreso de la doctrina católica
(El artículo original, en lengua italiana, fue publicado por el padre Giovanni Cavalcoli
en el blog Riscossa Cristiana, el 23 de diciembre de 2010: https://www.ricognizioni.it/il-progresso-della-dottrina-cattolica-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
El progreso de la doctrina católica
Cristo ha revelado a su Iglesia un complejo de verdades salvíficas inmutables: "cielo y tierra pasarán -dice Jesús a los suyos- pero mis palabras no pasarán". Al mismo tiempo, Cristo ordenó conservar esas enseñanzas inmutadas hasta el fin del mundo, garantizando a los suyos que, en el curso del tiempo, con la asistencia del Espíritu Santo, las habrían de conocer siempre mejor y siempre con más claridad: "el Espíritu Santo -dijo- les guiará a la plenitud de la verdad".
Por lo tanto, esas verdades son siempre las mismas; pero se van conociendo cada vez mejor. Por consiguiente, tenemos progreso en la continuidad. No son los contenidos revelados los que evolucionan, sino que somos nosotros, la Iglesia, la que evoluciona conociendo de Jesús siempre mejor y más profundamente las mismas verdades y formulando siempre cada vez mejor su expresión conceptual y lingüística de una manera adecuada a la evolución de los tiempos y a la diferencia de las culturas. He aquí lo que se denomina la evolución del dogma.
Cristo, por ejemplo, es el mismo, heri, hodie et sempre, y, por lo tanto, inmutable es la noción que la Iglesia tiene de la persona de Cristo; pero esto no quita que haya existido y exista un progreso dogmático en el conocimiento del misterio de Cristo, por lo cual nuevos conceptos se agregan para aclarar y explicitar los precedentes. De ese modo, el Concilio de Calcedonia explicó la "consustancialidad" de Cristo con Dios Padre introduciendo la distinción entre "persona" y "naturaleza": Cristo es una persona divina en dos naturalezas, una humana y la otra divina.
El progreso del conocimiento teológico cristiano, el progreso doctrinal o dogmático se lleva a cabo indagando, reflexionando y meditando sobre lo que ya se conoce de la Palabra de Dios y extrayendo consecuencias o conclusiones teóricas o prácticas a través de un correcto razonamiento y una experiencia vivida de esas mismas verdades. Este es el trabajo de todo piadoso cristiano, en particular de los teólogos y de los santos.
Ellos formulan nuevas interpretaciones u opiniones teológicas, las cuales, si son correctas y verdaderas, eventualmente son aprobadas y canonizadas por el Magisterio de la Iglesia en forma de "dogmas". El dogma es precisamente una interpretación o un desarrollo de la doctrina de Cristo propuesta infalible e irreformablemente por la Iglesia.
La doctrina de fe que la Iglesia infalible y definitivamente propone en nombre de Cristo implica dos niveles de autoridad o credibilidad: un nivel superior y otro inferior. El superior concierne a la misma doctrina de Cristo tal como está formulada en el Evangelio y en la Tradición cristiana. Esto es el dogma, formulado ante todo en los Símbolos de la Fe (el "Credo") y refleja directamente las enseñanzas de Cristo, el dato divinamente revelado, la Palabra de Dios.
El nivel inferior es la explicitación o la clarificación, a lo largo de los siglos, de las palabras de Cristo o su conexión con hechos o valores humanos, históricos o racionales, sin la verdad de los cuales incluso la fe en las palabras de Cristo se volvería imposible.
Esta es la doctrina de la Iglesia que, si la Iglesia lo considera oportuno, por motivos pastorales, puede ser por ella solemnemente confirmada y luego elevada a la dignidad de dogma. Mientras no es confirmada, sino aprobada en todo caso por la Iglesia de forma ordinaria, se trata de verdad próxima a la fe; mientras que, en cambio, cuando es solemnemente confirmada (Magisterio "extraordinario") se convierte en verdadera y propia verdad de fe. Pero tanto el dogma como la doctrina de la Iglesia son doctrinas infalibles y definitivas. Deben creerse no con fe divina, como los dogmas, sino con fe en la autoridad divina de la Iglesia ("fe eclesiástica").
Por ejemplo, la existencia de la verdad o del libre albedrío o la inmortalidad del alma o la existencia de Dios, son de por sí verdades filosóficamente demostrables, pero la Iglesia las ha elevado a doctrina infalible o doctrina de fe por el hecho que si se negasen esas verdades, la fe cristiana sería imposible.
Así también para ciertos hechos históricos, negando los cuales, incluso en este caso, la fe católica se volvería imposible, como por ejemplo la legitimidad de la elección pontificia de Benedicto XVI, o la legitimidad del Concilio Vaticano II, o la historicidad de los Evangelios, o la existencia histórica de Jesucristo.
Estas consideraciones son importantes en relación con el debate actual con respecto al significado doctrinal y sobre la interpretación de las nuevas doctrinas contenidas en el Concilio Vaticano II. Existen al respecto, en el mundo católico, dos posiciones, equivocadas ambas, y por varios motivos: existe la corriente neo-modernista, la cual exalta las doctrinas conciliares, pero las interpreta mal y las pone en contraste con el Magisterio precedente y con la Tradición católica, rechazando por otra parte la inmutabilidad de los conceptos dogmáticos y cayendo por ende en una concepción relativista de la doctrina católica. Estos llamados neo-modernistas tienden a reducir el elemento doctrinal a pastoral, agravando así aún más su relativismo, dado que en el campo pastoral efectivamente la Iglesia puede cambiar y no es infalible.
Y existe una corriente tradicionalista, cercana a los lefebvrianos, la cual, tomando como pretexto el hecho de que en el Concilio no se definieron nuevos dogmas, sostiene que se trata de un Concilio solo pastoral, para el cual, también, consciente de que de hecho en pastoral la Iglesia puede equivocarse, se toma la libertad de relativizar las doctrinas conciliares, acusándole eventualmente de estar en ruptura con la "Tradición" entendida no como una etapa avanzada de la Tradición interna al Concilio, sino como fase precedente al Concilio, en nombre de la cual quisieran rechazar la fase más avanzada representada por el Concilio.
Este tipo de tradicionalistas son incapaces de reconocer el progreso doctrinal operado por el Concilio Vaticano II y, por lo tanto, no consiguen ver la continuidad de las doctrinas conciliares con las del precedente Magisterio.
La posición correcta en cambio, como nos sugiere el papa Benedicto XVI con su fórmula "continuidad en la reforma" (o en el progreso), es afirmar, contra los neo-modernistas: 1° la inmutabilidad de los conceptos dogmáticos y al mismo tiempo un sano progreso dogmático en los términos a los cuales he mencionado anteriormente; en el progreso dogmático no cambian los conceptos, sino que los nuevos se suman a los precedentes en continuidad con ellos; 2° por lo tanto, la continuidad de las doctrinas conciliares con las del Magisterio precedente; 3° que la teología no se resuelve en la pastoral, por lo demás de naturaleza relativista, sino que la pastoral es aplicación de la teología dogmática; y contra los filolefebvrianos1: 1° el Concilio no es solo pastoral sino también dogmático; 2° por consiguiente, aún cuando no se definan nuevos dogmas en el Concilio, en sus textos se contienen doctrinas infalibles, es decir, absoluta y perpetuamente verdaderas; 3° las nuevas doctrinas no están en contradicción con las del Magisterio precedente; 4° estas doctrinas no están en contraste con la Tradición, sino que son una etapa más avanzada.
El trabajo que hoy se impone para nosotros, los católicos, es doble: 1° la recepción convencida de las doctrinas del Concilio Vaticano II, rectamente interpretadas, vale decir, en la fidelidad a la interpretación hecha por la Iglesia del postconcilio; 2° nos es lícito hacer reservas o incluso críticas a ciertos aspectos de la pastoral del Concilio Vaticano II, es decir, a aquellos que muestran una excesiva indulgencia frente a los errores modernos y, por lo tanto, no proporcionan adecuadas indicaciones sobre cómo discernir esos errores, criticarlos y refutarlos.
Después de cuarenta años de aplicación de esta pastoral, hoy se han vuelto siempre más claros los efectos negativos de ella en el campo de la liturgia, de la espiritualidad, de la teología, de la moral, de la disciplina eclesiástica, de las costumbres, de la conducta personal y social de individuos y grupos, en el campo de la cultura, de la familia, de la economía, de la política, y de la misma ortodoxia de la fe.
Aparece por lo tanto cada vez más necesaria una intervención orgánica de la Iglesia y de la Jerarquía: 1° para aclarar definitivamente cuáles son los puntos de la doctrina que deben ser mantenidos con respecto a la fe católica, a fin de evitar todo tipo de instrumentalización y todo malentendido; 2° para corregir los errores pastorales, no para retornar a la excesiva severidad del pasado, sino para saber acompañar mejor el ejercicio de la misericordia con oportuna vigilancia y energía que puedan defender al pueblo de Dios y, sobre todo, a los débiles y los simples de las astucias de los falsos maestros y de los escándalos de los pastores indignos.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 23 de diciembre de 2010
__________
Anexo
He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
Articulus unicus
Utrum doctrina catholica possit progredi manendo immutabilis
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod doctrina catholica non possit progredi manendo immutabilis.
1. Quia omnis progressus mutationem implicat; si autem mutatur, iam non est immutabilis.
2. Praeterea, Concilium Vaticanum II novos dogmata non definivit; videtur ergo quod nullus fuerit progressus doctrinalis, sed solum pastoralis.
3. Item, si doctrinae conciliares differunt a magisterio praecedenti, videtur esse ruptura et non continuatio.
Sed contra est quod Christus Ecclesiae suae promisit Spiritum Sanctum, qui eam deduceret in plenitudinem veritatis, et affirmavit verba sua non transitura. Ergo, licet veritates revelatae sint immutabiles, Ecclesia eas semper melius et clarius cognoscere potest.
Respondeo dicendum quod doctrina catholica est immutabilis in suo contento, quia est revelatio divina et perpetuo vera. Nihilominus Ecclesia, Spiritu Sancto assistente, proficit in intellectu et in formulatione conceptuum. Hic progressus non consistit in mutatione veritatum revelatarum, sed in earum profundiori cognitione et aptiori expressione secundum tempora et culturas. Sic intelligitur evolutio dogmatis: continuatio in substantia, progressus in comprehensione.
Ad primum dicendum quod progressus non significat mutationem substantiae, sed augmentum in intelligentia et expressione earundem veritatum.
Ad secundum dicendum quod, etsi Concilium Vaticanum II novos dogmata non definivit, tamen continet doctrinas infallibiles et perpetuo veras, quae repraesentant progressum in continuatione cum magisterio praecedenti.
Ad tertium dicendum quod doctrinae conciliares non sunt in ruptura cum prioribus, sed sunt earum explicitatio et organicus progressus, secundum formulam “continuationis in reformatione” a Benedicto XVI propositam.
J.A.G.
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