Un artículo del padre Giovanni Cavalcoli del año 2010 nos permite advertir los conceptos litúrgicos que se debatían a pocos años de que el papa Benedicto XVI promulgara el motu proprio Summorum Pontificum. Es posible que los lectores no concuerden plenamente con lo que el docto teólogo dominico expresa en esta nota. Al respecto, sin embargo, téngase en cuenta dos cosas. Primero. En gran medida, nos encontramos en un tema pastoral, vale decir, en el ámbito de lo opinable. Segundo. El propio padre Cavalcoli, años después juzgaba de modo diferente lo que en este artículo había considerado, particularmente acerca de la imprudencia del papa Benedicto al dictar su famoso motu proprio. [En la imagen: fragmento de "La misa de pontifical", óleo sobre lienzo, 1890, obra de Marceliano Santa María Sedano, conservado en el Museo Nacional del Prado, Madrid, España].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 4 de febrero de 2026
¿Existe un progreso en la Liturgia?
¿Existe un progreso en la Liturgia?
(El artículo original, en lengua italiana, fue publicado por el padre Giovanni Cavalcoli
en el blog Riscossa Cristiana en el mes de diciembre de 2010:
La actitud de ciertos católicos hacia la Misa del antiguo rito romano, llamada hoy por el papa Benedicto XVI forma "extraordinaria" ¹, es verla como una cosa vieja y superada, ya no practicable, y sustituida por una forma moderna, que por lo tanto les parece mejor y más avanzada ², un poco como sucede en la práctica médica, por lo que a nadie hoy se lo trataría como eran tratados los enfermos en el siglo XVII o en el siglo XVIII, o como sucede con los productos de la técnica, por los cuales nadie hoy iría de Bologna a Roma a caballo o cruzaría el océano en una carabela, a no ser para hacerse pasar por original.
Pero en el caso de la Misa tridentina, el mencionado rechazo es a menudo exasperado por una atmósfera de emotividad, que en ciertos casos personalmente yo no dudaría en llamar psicótica a causa de su irracionalidad, en una sociedad pluralista y libre como nuestra sociedad moderna, en la cual conviven las religiones más diversas y también a veces los ritos más extraños, por no decir dudosos o peligrosos ³.
Para algunos católicos tocar el tema de la llamada "Misa tridentina" ⁴ suscita una irritación despechada, casi de repugnancia o de horror, similar a la que en el Medioevo era provocada por el contacto con el apestado o con el hereje. Naturalmente estoy hablando de casos extremos, pero que hoy no son infrecuentes. En los mejores casos se prefiere cubrir los eventos de las Misas antiguas, aunque recientemente liberadas por el Papa, con un embarazoso silencio, como si se tratara de una cosa vergonzosa o que pudiera crear disturbio o desorden o que en cualquier caso va contra el propio "moderno" vivir tranquilo.
Y no basta que haya intervenido con autoridad el Papa con su ya famoso motu proprio Summorum Pontificum en un intento de llevar paz y tranquilizar a todos. Por el contrario, hay quienes se atreven a despotricar contra el Romano Pontífice como si hubiera sido manipulado o presionado por quién sabe qué grupos conservadores o retrógrados que harían bien en desaparecer de la historia. En este clima, como sabemos, algunos Obispos son contrarios a la celebración de la Misa tridentina en sus respectivas diócesis. Pero también es necesario preguntarse cuántos Obispos trabajan sinceramente para asegurar que el decreto del Papa sea respetado y exista entre los católicos auténtica libertad religiosa.
No busco explicar los motivos psicológicos (ciertamente anormales) del estado de agitación emotiva de los católicos contrarios a la Misa de san Pio V, cuando tal vez no tienen dificultades para mirar con simpatía o al menos con respeto a otros ritos, incluidos los ritos protestantes. Es difícil entender por qué se la han tomado precisamente solo contra la Misa del papa san Pío V, completamente ortodoxa, con un pasado espléndido y perfectamente en línea de continuidad, por propio reconocimiento del Magisterio, con la Iglesia de hoy.
Me conformo aquí tan solo con dar, sobre el fenómeno anómalo, una explicación de tipo meramente teórico. Detrás de la mencionada reacción, que no excluye a ciertos liturgistas, se tiene en mi opinión un concepto erróneo de la liturgia, que precisamente viene homologado con un fenómeno como la historia de la técnica o de la medicina.
Se piensa que en la historia las formas de la liturgia, y por lo tanto de la Misa, deben estar sujetas a un progreso, por el cual las formas antiguas y superadas se vuelven inservibles, así como hoy nadie usaría el reloj de sol cuando hay relojes a cuerda o relojes digitales, o nadie usaría viejas locomotoras a vapor cuando existen los trenes de alta velocidad. Aparte del hecho, como ya he dicho, que ciertos productos o métodos antiguos puedan seguir siendo adoptados junto con los nuevos y los modernos.
En realidad, la liturgia católica, y por lo tanto pienso de un modo especial en la Misa, no puede estar sujeta en sí misma a un verdadero y propio progreso. La Santa Misa, fundada en la institución de Jesucristo, es en su esencia o sustancia un todo divino en sí mismo perfecto, completo e inmutable, que por consiguiente no puede ser mejorado ni perfeccionado; lo que ciertamente nada quita a la mutabilidad, a la contingencia y a la variedad de aquellos aspectos facultativos, ceremoniales y rubricísticos.
Si se puede hablar de progreso en la liturgia, eso debe ser referido a lo que debe ser un mejoramiento continuo en la diligencia, devoción y piedad con la cual los fieles y los celebrantes deben participar en los Misterios divinos, a fin de extraer de ellos frutos espirituales siempre más abundantes de santidad y de buenas obras.
Por esto, considerar la Misa del rito ordinario o rito de Paulo VI como una sustitución más avanzada de aquella de san Pío V, juzgada, esta última, hoy ya no utilizable o no celebrable, no tiene sentido. Y lo demuestra precisamente el reciente Motu proprio del Papa sobre este tema.
A propósito de las variaciones y mutaciones de la liturgia, si propiamente queremos encontrar un referente humano a un valor por sí sobrenatural y de fe, convendría parangonarlo ante todo con la variedad y evolución de las formas del gran arte, por las cuales no existe ningún problema, en un museo o en un templo católico, para considerar igualmente válido y actual, aunque sea por diversos motivos, una obra de arte del medioevo o del siglo XVI o del siglo XX. Ciertamente existe un progreso en las técnicas del arte, pero la poesía o el gran arte siempre tienen el mismo valor, sin importar su antigüedad o modernidad.
Las pinturas de Giotto ya no son más "progresistas" o "avanzadas" respecto a los frescos de la antigua Roma o del antiguo Egipto; las pinturas de Rafael ya no son más "avanzadas" respecto a las pinturas de Giotto; y los cuadros de Monet o de Matisse ya no son "progresistas" respecto a los de Rafael: son simplemente diferentes y responden a gustos diferentes, igualmente legítimos. Por esta razón, todas estas obras deben poder coexistir en el gran mundo de la cultura de todos los tiempos: son siempre actuales.
De modo similar, como hoy se está demostrando siempre más claramente por parte de aquellos liturgistas serios, equilibrados e imparciales, las dos modalidades de la Misa son de por sí recíprocamente complementarias, teniendo la una cualidades donde la otra tiene límites, y viceversa. El misterio de la liturgia es de por sí demasiado rico en aspectos para poder ser actuado en una única forma de rito y solo en un momento dado. De ahí la tradicional multiplicidad y variedad de ritos siempre admitidos en la Iglesia Católica Romana.
En cuanto a la oposición de los lefebvrianos a la Misa de rito ordinario o rito de Paulo VI, ello surge de un malentendido sentido de la tradición litúrgica, que no distingue aquello que en la Misa no puede cambiar de aquello que sí puede cambiar, y no puede ver que la Misa nacida del Concilio Vaticano II es sustancialmente la Misa de siempre, la única Misa del rito católico, solamente modificada en algunos aspectos accidentales para hacerla pastoralmente más eficaz en el mundo moderno. Por supuesto se trata de celebrarla bien, en el respeto de las actuales normas ceremoniales y litúrgicas. Por esto los lefebvrianos no tienen justificación para tomar como pretexto ciertos modos modernistas e indisciplinados de celebrarla, para rechazar la Misa de rito ordinario como tal.
La facciosidad de los lefebvrianos y de los modernistas respecto a la Misa es una señal de que ni los unos ni los otros tienen la percepción de la catolicidad de la liturgia y que carecen de obediencia a la Iglesia, mostrándose apegados a un concepto de liturgia no como una aceptación, en la fe, del misterio de Cristo Redentor y Sumo Sacerdote unido en su Sacrificio a la Iglesia su esposa, sino como un culto "totalmente humano" en el cual al fin de cuentas no nos fundamos en su catolicidad que une en la pluralidad, más allá del espacio y del tiempo, sino en una arbitraria y arrogante toma de posición ideológica y particularista que pretende imponerse, bajo diferentes pretextos, a la Iglesia en lugar de obedecerle, y que, por lo tanto, corre el riesgo de terminar en superstición o en magia.
Las tensiones existentes entre los partidarios de los dos modos del rito de la Misa deben cesar lo antes posible, porque es escandaloso e inconcebible que los católicos litiguemos y nos excluyamos unos a otros precisamente a causa de este valor supremo de la piedad cristiana, precisamente la Santa Misa, que ha costado la Sangre divina de Cristo y que en sí misma debería ser el principio, la fuente, el eje, el vértice y la cumbre de la comunión con Dios y entre los hermanos. La facciosidad y el sectarismo existentes en los dos partidos contrapuestos es la señal desalentadora y desconcertante que ni los unos ni los otros entienden cuál es el significado profundo de la Misa y de la misma virtud de religión.
Indudablemente, la cuestión de la relación concreta y jurídica que debe existir entre las dos formas de celebración aún está en discusión y, dada la gravedad del problema, sería deseable un documento de la Santa Sede que reglamentase puntualmente la coexistencia de las dos modalidades del rito ⁵. Esto, en mi opinión, contribuiría a la pacificación, llevaría a razonar y garantizar, al menos para los católicos de buena voluntad, la necesaria y benéfica coexistencia pacífica entre los dos modos de decir Misa.
Espero que esta clarificación se produzca cuanto antes. De hecho, se ve afectada la dignidad y la credibilidad del mismo nombre católico, que ahora ve escandalosamente la división y la recíproca falta de respeto, precisamente donde debería tener lugar la máxima manifestación de la unidad, de la concordia y de la comunión.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, diciembre de 2010.
Notas
¹ Es necesario que el lector contextualice debidamente lo que expresa el padre Cavalcoli. Escribe esta nota en el año 2010, poco tiempo después de promulgado por Benedicto XVI el motu proprio Summorum Pontificum (2007), cuyas medidas han quedado modificadas, y en parte abrogadas, por el motu proprio Traditionis Custodes (2021) del papa Francisco, que sigue vigente. Por ende, la expresión “forma extraordinaria” de la liturgia de Rito Romano ya no tiene sentido desde 2021 (JG).
² Efectivamente, el Novus Ordo Missae, promulgado por San Pablo VI en 1969 es una forma más avanzada, que expresa una conciencia de la Iglesia sobre sí misma mejor que la precedente, fruto de una evolución del conocimiento que la Iglesia va teniendo de la divina Revelación. Como he dicho en la bajada de título de esta nota, se publica el presente artículo de 2010 porque este blog pretende cumplir también la función de archivo de todos los textos del padre Giovanni Cavalcoli, vertidos al español. Pero este texto de década y media de antigüedad expresa un estadio anterior en la visión que el docto dominico italiano tenía de los problemas sobre los que aquí se reflexiona. Como he dicho, años después llegó a modificar severamente el juicio optimista que aquí manifiesta acerca del motu proprio Summorum Pontificum del papa Benedicto XVI (JG).
³ El padre Cavalcoli se refiere a la posibilidad de que coexistan diferentes ritos de la misma Misa instaurada por Nuestro Señor Jesucristo, lo cual es plenamente cierto, legítimo, y además es una realidad que muestra la historia de la Iglesia. Pero otra cosa muy distinta es la posibilidad de que coexistan diversas formas de un mismo rito, una de ellas nacida para superar y solucionar los errores pastorales y lagunas o falta de adecuación a la fe de la Iglesia, de una forma anterior (JG).
⁴ Para ser más precisos, en el período de vigencia de Summorum Pontificum, y también de Traditionis Custodes, en lugar de “Misa tridentina”, mejor debe hablarse de “Misa según el Misal de 1962”, precisamente porque no faltan quienes malinterpretan tales documentos disciplinares, y celebran con cualquier Misal, no precisamente el único admitido como excepción: el Misal de 1962 que, al fin de cuentas, fue establecido de modo provisorio por el papa San Juan XXIII, hasta que el Concilio Vaticano II estableciera “los principios más altos” que regirían la liturgia de Rito Romano (JG).
⁵ Como se sabe, posteriormente, esto no ocurrió, pues durante el pontificado del papa Francisco, el Romano Pontífice constató la evidencia de que aquellos fieles que sentían particular atracción por la Misa del rito extraordinario, la usaban como bandera de batalla contra la Misa de Paulo VI, contra el Concilio Vaticano II y contra el magisterio de los Papas del postconcilio. Sin dejar de reconocer cierta severidad en la medida disciplinaria del papa Bergoglio, el diagnóstico de la situación realizado por el Papa estaba más o menos bien fundado en los hechos de la realidad (JG).
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