miércoles, 4 de febrero de 2026

Concilio Vaticano II: Continuidad en la reforma

La interpretación auténtica de los documentos finales del Concilio Vaticano II corresponde, como no puede suponerse de otro modo, a su autor, vale decir, el Magisterio infalible de la Iglesia. Esta verdad simple y raigal es básica para cualquier fiel católico digno de su nombre. Sin embargo, no han faltado en estas seis décadas extremistas de uno y otro polo que lo han entendido distinto: los modernistas, con su concepción relativista e historicista del dogma, pretenden ubicarse más allá de las doctrinas del Vaticano II, a las que consideran superadas; y los pasadistas, como los lefebvrianos y filolefebvrianos, acusan a las nuevas doctrinas del Concilio como modernistas, con lo cual no hacen sino caer en herejía. En esta breve conferencia de fines del 2010, el padre Giovanni Cavalcoli ilumina con su habitual claridad esta cuestión. [En la imagen: una fotografía de los Padres Conciliares saliendo desde la Basílica a la Plaza de San Pedro, tras una de las sesiones del Concilio Vaticano II].

Concilio Vaticano II: continuidad en la reforma

(Transcripción y traducción de tres pequeñas conferencias, ofrecidas en video, al parecer grabadas los días 31 de diciembre de 2010, y 9 y 10 de enero de 2011. Los enlaces a los cuatro vídeos aquí: http://www.arpato.org/tv/concilioII/conciliovaticanoII.htm)

La cuestión de la interpretación del Concilio

Emprendemos un camino que espero les pueda interesar a los lectores, un camino de cuatro pequeñas y breves conferencias sobre temas complejos, objetivamente interesantes sobre todo para nosotros los católicos, no tanto para los no-católicos, que son los siguientes: la cuestión de la interpretación de los textos del Concilio Vaticano II, cuestión no meramente histórica que se está desarrollando prácticamente desde el final del Concilio, en 1965, y que continúa todavía muy viva. Una cuestión delicada y compleja, que ha dado lugar a varias tendencias, lamentablemente también a ciertas tensiones, que si bien quisiéramos que no sucedieran, se trata de fenómenos que son característicos de la historia.
Todos los grandes acontecimientos de la historia, pensemos en la Revolución Francesa, pensemos en algunos grandes personajes como Napoleón Bonaparte, por verdadera gloria (dice Manzoni después de la muerte de Bonaparte) tienen grandes consecuencias para la posteridad. Y lo mismo puede decirse respecto del Concilio Vaticano II.
Ciertamente, para nosotros los católicos existe la guía, y esta guía es el Magisterio de la Iglesia bajo la guía del Papa. El Magisterio de la Iglesia es el que ha producido al Concilio, los Padres del Concilio, al fin de cuentas, representaron al Magisterio de la Iglesia. Por consiguiente, en línea de principio, no debería ser muy difícil saber qué cosa ha dicho verdaderamente el Concilio. Sin embargo, de hecho, como revelan actualmente muchos estudiosos católicos, también serios y equilibrados, los textos del Concilio, que por otra parte son muy abundantes, de una abundancia que nunca jamás se había verificado en toda la historia de los concilios ecuménicos, y ya esta misma abundancia de textos presenta dificultades interpretativas.
Y luego no faltan estas dificultades también a causa del lenguaje mismo del Concilio, cuyo propósito ha sido, como se dice, pastoral, pero ¿en pastoral qué sentido? El Concilio ha querido utilizar un lenguaje moderno y, por lo tanto, tomado del modo moderno de expresarse, que no es siempre muy preciso, por lo cual ha sucedido que objetivamente (no juzgamos las intenciones de los Padres conciliares) el caso es que algunos textos del Concilio se prestan a varias interpretaciones, incluso contradictorias. Por añadidura, algunos textos parece (y hay que subrayar el parece) que tuvieran, podríamos decir, un carácter modernista. Ciertamente, para la fe de los católicos esto es inadmisible, pero el hecho subsiste.
¿Qué cosa ha sucedido? Lo sabemos bien todos: ha sucedido que en estos cuarenta años han existido reacciones. Por ejemplo la famosa reacción de monseñor Marcel Lefebvre y sus seguidores, que existen todavía, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Como sabemos, Lefebvre estaba entre los Padres del Concilio, pero estos católicos que son sus seguidores se han mantenido rechazando ciertas doctrinas del Concilio Vaticano II por sus expresiones de sabor modernista y, por lo tanto, creyendo ellos que estas doctrinas están en contraste, o sea en contradicción, con la doctrina tradicional. Este es el problema planteado por los lefebvrianos.
Como sabemos, la Iglesia ha usado una cierta severidad frente a la Fraternidad de mons. Lefebvre, y ha decidido la excomunión, que recientemente el Santo Padre ¹ ha decidido levantar a los cuatro obispos lefebvrianos ². La situación nos da alguna esperanza, pues se llevan a cabo en el presente unas tratativas, y se da bien a esperar que luego de estos procedimientos emprendidos por la Santa Sede, se llegue a algún resultado positivo, si Dios lo quiere ³.
Pero también ha sucedido que se ha producido otro fenómeno así llamado progresista. Ciertamente el Concilio ha querido ser un progreso, el Concilio ha sido un progreso. Las doctrinas del Concilio nos hacen conocer mejor la Palabra de Dios. Por ejemplo nos ha hecho conocer mejor lo que es la Iglesia, también en el campo cristológico, el concepto de la Revelación, el concepto de Tradición. Pero lo que de hecho ha sucedido, es que existe otra corriente, que ocupa también puestos elevados en la vida de la Iglesia, corriente que de hecho ha venido a interpretar el Concilio en un sentido modernista, en variada medida, en variado grado, y este hecho ha llevado al Santo Padre, pero también a todos los Papas del postconcilio a diversas intervenciones. Ya Paulo VI en su tiempo lamentaba un "magisterio paralelo", pues estos modernistas son todos teólogos, y algunos han sido peritos del Concilio, que se atribuyen a sí mismos con arrogancia la interpretación del Concilio. Esto ha sido un abuso, porque la interpretación del Concilio, como he dicho al inicio, no le compete a los teólogos, sino que le compete al Magisterio.
Pues bien, esta corriente neo-modernista ha interpretado algunos pasajes del Concilio en un sentido modernista y ha creado graves problemas, no solamente desde el punto de vista doctrinal sino también desde el punto de vista pastoral o desde el punto de vista moral, con consecuencias negativas en el ámbito de la conducta de los fieles católicos, en el ámbito de la Iglesia. He aquí que recientemente el Santo Padre ha lamentado, en las huellas de precedentes intervenciones, la existencia de este magisterio paralelo, no autorizado y, de hecho, rebelde al Magisterio de la Iglesia, de algunos teólogos. Y el Papa ha lamentado la existencia de rupturas. Es decir, estos teólogos interpretan el Concilio como si la novedad de sus textos, las novedades doctrinales, estuvieran en contraste con el Magisterio precedente.
Sin embargo, para el católico esto no es admisible; de hecho eso refleja una mentalidad modernista que, como bien se sabe, es una mentalidad característica del modernismo, que habla de la multiplicidad de conceptos dogmáticos. El Papa, con su sabiduría de Vicario de Cristo, nos ha sugerido una "hermenéutica de continuidad en la reforma", o podríamos decir "en el progreso", o sea, un sano progresismo, tal como se puede entender en esa fórmula, que espero explicar en el siguiente punto. Pero que, en pocas palabras, se trata de tener presente que el Concilio nos ha hecho conocer mejor (he aquí el progreso: conocer mejor) la misma verdad (y he aquí la continuidad) que Cristo ha confiado a su Iglesia conservar intacta hasta el fin del mundo.

El criterio de evaluación

Habiendo tratado ya de la cuestión de la interpretación del texto conciliar, una cuestión no fácil que ya viene planteada puede decirse desde el inmediato postconcilio y que en ciertos aspectos no ha sido todavía asumida, una cuestión lamentablemente también difícil en el mundo católico, ahora vamos a tratar de considerar conjuntamente cuáles deberían ser aquellos criterios de evaluación y, por lo tanto, de valoración del texto conciliar. En el próximo paso mostraremos cómo ante todo en los documentos del Concilio Vaticano II tenemos dos grandes tipos de enseñanzas: que son, por un lado, las enseñanzas más doctrinales o dogmáticas, y por otro lado, las enseñanzas más bien pastorales o disciplinares.
Comencemos con un discurso general acerca de los criterios de interpretación. Para un católico el criterio fundamental es la escucha de aquella interpretación que nos viene dada por ese Magisterio de la Iglesia que precisamente ha producido al mismo Concilio. Para un católico, las enseñanzas doctrinales de un Concilio son ciertamente verdaderas, y podemos decir infalibles, y por lo tanto sobre este plano un católico no puede hacer más que escuchar dócilmente y con espíritu de fe aquello que dice el Magisterio. Diferente es el discurso para las enseñanzas de tipo pastoral o disciplinar, donde la Iglesia no es infalible y, por lo tanto, puede aquí existir el disenso. Ya retomaremos esta distinción en el próximo subtítulo.
Retornando entonces al tema del subtítulo, decimos entonces, que el criterio fundamental de interpretación del Vaticano II para un católico es la escucha del Magisterio de estos cuarenta y cinco años, Magisterio que como sabemos ha intervenido muchas veces y a varios niveles, pensemos en los discursos de los Papas, pensemos en las intervenciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pensemos en tantos documentos del Sínodo de los Obispos, en las Encíclicas, todos documentos que en variada medida interpretan el Concilio.
Ciertamente, aún con todo eso, permanecen puntos no del todo claros, y esto también por motivo del lenguaje del Concilio. Pues el Vaticano II ha querido tener un lenguaje pastoral un poco para todo, podríamos decir, incluso para los mismos documentos doctrinales. Ahora bien, "pastoral" en el sentido de un lenguaje adaptado a la cultura de nuestro tiempo, cultura que se expresa sobre todo en modos un poco aproximativos, metafóricos, modos no escolásticos, por lo cual el Concilio se ha hecho todo para todos, podríamos decir, y ha adoptado este tipo de lenguaje que presenta algunos equívocos.
Y de hecho se ha dado un grueso equívoco, y es que el Concilio ha querido iniciar un diálogo con la modernidad, pero no en el sentido adulatorio hacia la modernidad, sino en el sentido del conocer los valores presentes en la modernidad, pero también los errores, haciendo un discernimiento a la luz del Evangelio y del Magisterio precedente de la Sagrada Tradición. Pero lo que ha sucedido es que precisamente este lenguaje moderno, a veces impreciso, de hecho ha generado equívocos, lo cual ha hecho que algunos han interpretado el Concilio en un sentido modernista, como si el Concilio hubiera podido contentar esas posiciones modernistas que en su tiempo fueron rechazadas por el papa san Pío X.
Muchos han tenido esta impresión, y entre ellos se han dado algunos que se han sentido complacidos y, de hecho, han interpretado explícitamente el Concilio en este sentido modernista, complaciéndose de ello, alegrándose, y de estos se ha generado una corriente neo-modernista muy difundida que llega hasta la actualidad.
Se ha dado, en cambio, también una tendencia muy minoritaria, pero algo ruidosa, y que también cuenta, formada por aquellos que en nombre de la Tradición (aunque entendida un poco a su modo) siempre ha considerado encontrar en los textos conciliares una tendencia modernista, pero en este caso con dolor, con desagrado, con escándalo, los cuales llegan a decir que los textos doctrinales conciliares son contrarios a la Tradición, rompen con la Tradición. El Santo Padre, como bien sabemos, ha intervenido precisamente a este propósito, afirmando rigurosamente, repetidamente, que esto no es cierto, que esto (agrego yo) no es ni siquiera pensable. Un juicio de ese género no es juicio de católicos, porque el caso es que documentos doctrinales o dogmáticos  (como la misma palabra lo indica) de un Concilio ecuménico, ¡nada menos!, son enseñanzas o de fe o bien próximas a la fe. Por lo tanto no es pensable que este tipo de enseñanzas pueden desmentir o negar una enseñanza precedente.
Lo que en cambio debemos decir, y que debemos demostrar en el próximo apartado, es que estas enseñanzas doctrinales desarrollan la Tradición, la explicitan, la enriquecen, la hacen conocer mejor. Por lo tanto, entonces, para estar con las palabras del Papa, estas enseñanzas están en continuidad con las enseñanzas precedentes, pero no es una continuidad en el sentido del simple repetir, aunque también esto, sino que es, como dice el Papa, continuidad en la reforma o, diría yo, en el progreso. Es decir, los documentos doctrinales del Vaticano II nos hacen conocer mejor aquellas mismas verdades inmutables y divinas que Cristo ha consignado a su Iglesia.
Por consiguiente, como para resumir este breve apartado, podemos decir entonces que el criterio de interpretación lo debemos tomar ante todo del Magisterio de la Iglesia, y en el caso de aquellos pasajes que todavía siguen presentando dificultades, ante todo debemos dar ya por descontado que no pueden ser pasajes modernistas. Porque el modernismo es una herejía. Y por consiguiente las dudas que a veces aparecen de modernismo, la solución de la cuestión es la de una interpretación benévola, la cual es posible, aunque no sea siempre fácil de hacer, una interpretación que ponga en relación de continuidad los textos nuevos del Concilio (porque ciertamente hay novedades doctrinales) con el Magisterio precedente.

Aspectos pastorales y aspectos doctrinales

He señalado ya los dos aspectos de las enseñanzas de los textos conciliares: los aspectos doctrinales o dogmáticos, y los aspectos pastorales o disciplinares. Planteando esos dos temas, parto ahora de un pequeño recuerdo histórico, por otra parte muy conocido, del famoso discurso del beato Juan XXIII ⁴ para la apertura del Concilio, donde el Papa marca una dirección para el Concilio, y el Papa lo entiende como importante para el Concilio, y como el Concilio se siente llamado a escuchar lo que puede entenderse como un discurso programático.
De hecho, en este discurso el papa Juan XXIII presentó algunas líneas que el Concilio debía tener en cuenta. En pocas palabras, recordando cosas bastante conocidas, el papa Juan dice que el Concilio debería presentar la doctrina tradicional, el rico patrimonio doctrinal de la Iglesia acumulado en siglos, en una forma más eficaz, adaptada al lenguaje y a la mentalidad del hombre de hoy, del hombre moderno. Y luego el papa Juan dice también que el Concilio debería tener una actitud más bien conciliadora, expresando aquella famosa frase en la cual el papa Juan dice que hoy la Iglesia prefiere usar la medicina de la misericordia a las intervenciones de la severidad, criticando, por otra parte bastante claramente, aquella otra mentalidad del pasado, la cual era de excesiva severidad, cosa bastante conocida.
También eso sigue siendo importante. Por lo cual el Concilio, si bien presenta la condena de algunos errores, por ejemplo el ateísmo, el secularismo, el relativismo, sin embargo insiste sobre todo, como decía el papa Juan, en aquello que une. Pensemos por ejemplo en el documento sobre el ecumenismo, pensemos en el documento sobre el diálogo interreligioso, pensemos en ese gran documento pastoral que es la Gaudium et Spes, donde la Iglesia ofrece su ayuda al mundo y reconoce también que el mundo posee valores que pueden prestar un servicio a la Iglesia. Vale decir, se trata de un documentos eminentemente pastoral.
Otra cosa que debemos decir es lo que se refiere a la historia de las labores conciliares. Muerto el papa Juan, su sucesor fue Paulo VI. Con Paulo VI, sin embargo, el Concilio se condujo también más allá de aquellas que habían sido las indicaciones del papa Juan XXIII y de sus pensamientos en cuanto hombre, ya que como hombres se comprende que somos todos limitados, por más que el papa Juan haya sido inspirado por el Espíritu Santo. Y entonces lo que sucedió es que después, de hecho, los documentos conciliares, no se han detenido simplemente a poner en acto las indicaciones del beato papa Juan, sino que con Paulo VI, un hombre de doctrina, culto (alguien que era amigo de Maritain, se había nutrido de cultura francesa, del catolicismo francés moderno, amigo de Jean Guitton, del cardenal Journet, y de tantos otros). Y entonces el Concilio comenzó a tener también un aspecto doctrinal muy importante. A tal punto que existen, como bien sabemos, dos constituciones dogmáticas. Pero, y aquí prestemos atención, esto lo dice ya también Paulo VI, cuando se habla de dogma es necesario estar atentos.
¿Qué quiere decir "constitución dogmática"? Ciertamente quiere decir doctrina infalible, porque cuando el Magisterio de un Concilio ecuménico trata de doctrinas que (como ha sido el caso de este Concilio) se pone en relación con doctrinas dogmáticas precedentes, ciertamente son documentos infalibles en el sentido de absolutamente verdaderos, irreformables, inmutables.
Sin embargo, es necesario tener presente que cuando se habla de dogma en el sentido estricto no se entiende simplemente una enseñanza doctrinal conciliar, como la encontramos en este Concilio, que ha desarrollado la doctrina tradicional, como hemos dicho en el apartado precedente. El dogma en el sentido estricto es el así llamado dogma definido. El dogma definido es doctrina de fe, para aceptar con fe teologal, fe divina, propuesto por el Magisterio de la Iglesia, y enseñado en una así llamada definición dogmática. ¿Y qué es una definición dogmática? Es el enunciado de una proposición de fe en la cual la Iglesia interpreta la Palabra de Dios de manera infalible, y en este enunciado la Iglesia precisa, usando fórmulas tradicionales (por ejemplo: "es de fe que...", "es doctrina verdadera que...", "creemos que..."). Pues bien, hay que decir que en el Concilio Vaticano II no existen nuevos dogmas en este sentido.
Pero es necesario prestar atención, porque algunos, por este hecho de que no existen nuevos dogmas en sentido estricto, insisten demasiado sobre el elemento pastoral, y algunos hasta llegan a decir que es un Concilio solamente pastoral. Esta no es afirmación verdadera. Porque el mismo Paulo VI, y los demás Papas siguientes, han dicho claramente que el Concilio Vaticano II no ha sido solo pastoral sino también doctrinal.
Esto es muy importante, porque como decíamos en el apartado anterior, si desde el punto de vista pastoral también un concilio puede dar disposiciones reformables, quizás no oportunas, y eventualmente no infalibles e incluso erróneas (y he aquí la discusión, aunque no entro aquí en esta discusión), en cambio cuando un concilio, como es en este caso, sobre todo en la segunda fase, como ha sido desde Paulo VI, aborda temas doctrinales (como veremos más profundamente en el próximo apartado), como por ejemplo el concepto de la Iglesia, o el concepto de Sagrada Tradición, o el concepto de Revelación, o el concepto de la laicidad, o cuando en el documento del diálogo interreligioso el reconocimiento de algunas verdades teológicas presentes en la religión musulmana (jamás había sucedido que el Magisterio se hubiera pronunciado sobre los valores teológicos presentes en otras religiones), etc., pues bien, en este campo, como buenos católicos, no debemos sino considerar que se trata de doctrina que, si bien no es doctrina definida, la así llamada doctrina fidei, sin embargo ciertamente se trata de doctrina próxima a la fe. Por lo cual, si alguno se permitiera no aceptar esta doctrina, ciertamente daría prueba de no ser un católico verdaderamente fiel al Magisterio de la Iglesia.

Las doctrinas nuevas del Concilio Vaticano II

Sobre todo, la novedad de la doctrina del Concilio Vaticano II se refiere a la Iglesia. Una novedad es la Iglesia como Pueblo de Dios reunido en nombre de la Santísima Trinidad. Naturalmente, esto siempre se ha sabido, pero el Concilio insiste en modo especial sobre este elemento humano de la Iglesia: la Iglesia como comunidad de los discípulos del Señor; y de un modo particular viene puesta en luz la vocación de los laicos, que tienen el así llamado sacerdocio común, fundado sobre el sacramento del Bautismo, pero que, como dice el propio Concilio, es esencialmente distinto del sacerdocio ministerial relativo al sacramento del Orden.
Otro aspecto que viene puesto en luz es la así llamada colegialidad episcopal, la cual no anula en absoluto el primado pontificio, pero pone en luz en modo muy vivo aquello que debe ser la recíproca caridad, la recíproca colaboración entre los obispos en el seno del cuerpo episcopal, obviamente siempre bajo la guía del Santo Padre.
Otro punto sobre el cual se ha discutido mucho es aquella afirmación del Concilio que se refiere a cuando en la Lumen Gentium se dice que la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica. También esta es una novedad importante que, sin embargo, no debe ser vista en ruptura con la Tradición. Tradicionalmente se decía: la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica. Recientemente la Congregación para la Doctrina de la Fe ha explicado que las dos afirmaciones deben ser puestas juntas, son recíprocamente complementarias.
Ahora bien entonces, la expresión tradicional la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica define la esencia de la Iglesia; en cambio, la otra expresión nueva, subsiste en, se refiere a la existencia concreta, histórica, de la Iglesia, que trasluce la plenitud de la verdad que Jesús ha querido consignar a su Iglesia. Pero al mismo tiempo esta expresión significa que además de la Iglesia Católica que tiene en sí la plenitud de todas las verdades reveladas, el Concilio reconoce otras comunidades, otras iglesias, las cuales sin embargo no tienen esta plenitud, aunque poseen algunas verdades que pueden servir para la salvación.
Por consiguiente, se puede decir que la Iglesia de Cristo subsiste ante todo, en su plenitud, en la Iglesia Católica, pero parcialmente subsiste también en otras iglesias, en estos casos con ciertos defectos en estas otras iglesias, por lo cual estas ostras iglesias son llamadas a entrar en la plenitud de la verdad que se encuentra en la Iglesia Católica.
Otro ejemplo que se puede dar de novedad del Concilio Vaticano II, es el concepto de divina Revelación. Tradicionalmente la Revelación era siempre concebida como una enseñanza magisterial, es decir, Jesús que ha revelado la verdad, Jesús portador de la verdad, Jesús maestro. El Concilio, sin desconocer en absoluto este dato que por otra parte es verdad de fe, hace un añadido, a saber, concibe la Revelación, sí, ciertamente como revelación de doctrinas, pero ante todo Dios que se revela en Cristo; y por lo tanto esta Revelación, dice el Concilio, no es solo de las palabras sino también de los sucesos, el hecho, es el suceso Cristo que se ha revelado, para decirlo de un modo bello, es Cristo que se ha revelado como persona más allá de como maestro.
Otro ejemplo de novedad es el concepto de Tradición. En el pasado, la Sagrada Tradición era entendida como netamente distinta de la Sagrada Escritura. Así, el Concilio de Trento habla de dos fuentes profundas de la Revelación que, entonces, provienen entrambas de la boca, de los labios mismos de Nuestro Divino Maestro, precisamente la Sagrada Tradición, que es la transmisión oral, y la Sagrada Escritura, que es la transmisión escrita. El Vaticano II confirma esta distinción, pero está muy preocupado de salvaguardar la unidad. Hay una expresión muy fuerte que dice que Tradición y Escritura convergen en formar una sola cosa, expresión que algunos han malinterpretado y se han escandalizado como si el Concilio confundiera ambas fuentes, pero esto no es admisible. Sencillamente la preocupación del Concilio es la de enseñar la unión estrecha, la unión inescindible entre Sagrada Tradición y Sagrada Escritura. Ambas interpretadas por el Magisterio de la Iglesia, por el Magisterio vivo. Se entiende por "vivo" el Magisterio actual, la palabra del Magisterio de hoy: pensemos en los discursos del Papa, que ofrece todos los días.
Otra novedad es, por ejemplo, la cuestión de la existencia de Dios. Siempre en la Lumen Gentium (n.6) el Concilio habla de una posibilidad de salvación también para aquellos que no han llegado a un conocimiento explícito de Dios. Naturalmente, conocimiento explícito se opone a conocimiento implícito; por lo tanto, el Concilio nos dice que la salvación es posible también para aquellos que en buena fe tiene un conocimiento podríamos decir solamente implícito de Dios. Conocimiento implícito quiere decir a través de las creaturas: pensemos en la famosa parábola de Mt 25 donde Jesús da gracias por aquellos que han realizado misericordia pero quizás sin pensar en el Señor; pero Jesús les agradece precisamente porque han tenido un conocimiento implícito del Señor, porque aquello que habéis hecho con uno de mis más pequeños discípulos considero como que me lo habéis hecho a mí.
Finalmente, otra novedad, como ya hemos dicho, se encuentra en la declaración Nostra Aetate, dedicada al diálogo inter-religioso. El caso es que por primera vez en la historia del Magisterio, un Concilio ecuménico reconoce la existencia de verdades teológicas presentes en otras religiones, por ejemplo en la religión islámica. La Iglesia a través del Concilio, por supuesto de modo infalible y absolutamente cierto, reconoce que tanto el cristianismo como el islamismo, y por lo demás el judaísmo con mayor razón, son religiones monoteístas, creen en un solo Dios.
Naturalmente esto no quita que el islamismo y el judaísmo son religiones que contienen también defectos, carencias, que sabemos todos cuales son. Por consiguiente, cuando la Iglesia dice que cristianos, hebreos y musulmanes creen en un solo Dios no puede decir que tienen de Dios el mismo conocimiento, sino que quiere simplemente decir que Dios es uno solo, el Creador, tanto de cristianos, como de hebreos, como de islámicos. Pero desde el punto de vista del conocimiento sigue siendo siempre verdadero, y esto para nosotros los católicos es evidente, que la plenitud de la verdad acerca de Dios la posee la religión católica, sobre todo con el fundamental dogma de la Santísima Trinidad y los dogmas cristológicos, el dogma de la Encarnación, el dogma de la Redención, que lamentablemente no son conocidos por esas otras religiones, pero que sin embargo la Iglesia con su autoridad infalible considera religiones monoteístas, y de aquí la posibilidad de un diálogo también con estas otras religiones.
   
P. Giovanni Cavalcoli
   
Notas

¹ Téngase en cuenta la fecha de estas conferencias. Por lo tanto, el padre Cavalcoli se refiere al papa Benedicto XVI (J.A.G.).
² El padre Cavalcoli se refiere aquí a la decisión de Benedicto XVI en 2009, de levantar las excomuniones que pesaban sobre los cuatro Obispos consagrados por Lefebvre en 1988 (J,A.G.).
³ Como bien sabemos, estos deseos del padre Cavalcoli no se han cumplido. Aquellas tratativas no fueron eficaces, pues los lefebvrianos se han mantenido en su rechazo herético a las doctrinas del Concilio Vaticano II y de los Papas del postconcilio. Y de hecho, tras década y media después de que el padre Cavalcoli realizó estas conferencias, los secuaces de Lefebvre han endurecido aún más sus posturas cismáticas y heréticas (J.A.G.).
⁴ En la fecha en que el padre Cavalcoli dictó estas conferencias, ni Juan XXIII ni Pablo VI habían sido canonizados como Santos (J.A.G.).

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