jueves, 5 de febrero de 2026

El matrimonio cristiano como misterio grande: lectura bíblica y magisterial frente a interpretaciones reductivas

¿Debe la mujer someterse a su marido, como afirma sin matices el padre Javier Olivera Ravasi en su último video? ¿Puede la Iglesia de hoy seguir sosteniendo una lectura literalista de Efesios 5, cuando el Magisterio ha enseñado con claridad la igual dignidad y la sumisión recíproca? ¿No es acaso reduccionista presentar a la mujer únicamente como “corazón del hogar” y “reina de la casa”, ignorando su plena vocación bautismal y eclesial? En tiempos en que resurgen en algunos sectores pasadistas del seno de la Iglesia discursos cercanos al lefebvrismo, conviene preguntarse si este tipo de planteos no confunden más que iluminan, y si no es hora de volver a la auténtica enseñanza de la Iglesia: el matrimonio como alianza de iguales, reflejo vivo de la comunión entre Cristo y su Iglesia. [En la imagen: fragmento de "El sacramento del matrimonio", óleo sobre lienzo, 1755, Pietro Longhi, conservado en la Galería Pinacoteca Querini Stampalia, Venecia, Italia].

"Después, qué importa del después,
toda mi vida es el ayer
que me detiene en el pasado"
Naranjo en flor, tango,
Homero y Virgilio Expósito

El error de partida: una premisa que la Iglesia no sostiene

Hace unas horas, el padre Javier Olivera Ravasi publicó en su canal de YouTube un video titulado ¿Debe la mujer someterse a su marido?. Desde el inicio, el planteo parte de un supuesto que resulta problemático: se presenta como si la Iglesia todavía enseñara literalmente que la esposa debe estar sujeta al esposo en todo, siguiendo una lectura rígida de Efesios 5. Sin embargo, esa afirmación es engañosa. La Iglesia hoy no enseña eso. El Magisterio actual, en continuidad con la Escritura pero también con el desarrollo doctrinal, ha dejado claro que el matrimonio es una alianza de iguales, fundada en la igual dignidad de varón y mujer y en la sumisión recíproca en el amor.
Resulta difícil pensar que Olivera ignore esta enseñanza, expresada con toda claridad en documentos como la constitución Gaudium et spes n.48, donde se afirma que la comunidad conyugal se establece sobre la alianza de los esposos “con igual dignidad”; en Mulieris dignitatem n.24, donde san Juan Pablo II explica que “el amor hace que el hombre y la mujer se sometan recíprocamente el uno al otro”; y en Familiaris consortio n.25, que habla de la igualdad y la diferencia, la reciprocidad y la complementariedad como principios que deben armonizarse. Por eso, su insistencia en repetir la fórmula “la esposa debe estar sujeta en todo” no puede atribuirse a simple desconocimiento: es, más bien, una elección consciente de ignorar el Magisterio vivo y de apoyarse en una lectura unilateral del texto paulino.
Este mal pie inicial condiciona todo el discurso, pues aunque Olivera reivindica aspectos valiosos —la centralidad de la Escritura, la importancia de la familia, la responsabilidad del esposo de amar sacrificialmente—, lo hace sobre la base de una interpretación que ya no corresponde a la enseñanza oficial de la Iglesia. De ahí que su exposición, lejos de iluminar el sentido actual del matrimonio cristiano, termine transmitiendo una visión parcial y desfasada, que reduce el papel de la mujer y oscurece la riqueza de la doctrina católica sobre la alianza conyugal. Esto debe ser dicho con franca y clara letra: lo que en la tesis central de este video expresa Olivera no corresponde a la doctrina de la Iglesia.

Luces y acentos valiosos en la exposición

Aun partiendo de un planteo equivocado, es justo reconocer que el padre Olivera subraya elementos que forman parte de la riqueza de la tradición cristiana. En primer lugar, destaca la centralidad de la Escritura. Su exposición se apoya en Efesios 5 y en el Génesis, mostrando que el matrimonio cristiano, consubstancial a la naturaleza humana, hunde también sus raíces en la Palabra de Dios. Al citar el texto paulino —“Las esposas estén sujetas a sus esposos como al Señor, porque el esposo es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia” (Ef 5,22-23)—, Olivera recuerda que la unión conyugal está llamada a reflejar el misterio de Cristo y la Iglesia. Aunque su lectura sea unilateral, el hecho de volver a la Escritura es un acierto, porque sitúa el matrimonio en el horizonte de la revelación y no en el mero consenso social.
Otro aspecto positivo es la valoración de la familia como núcleo de la vida cristiana. Olivera denuncia con fuerza lo que percibe como ataques contemporáneos contra la institución familiar: la postergación de la maternidad, la exaltación de la autonomía individual y las técnicas artificiales de reproducción. Más allá de los matices que puedan discutirse, su insistencia en que la familia es el lugar donde se transmite la fe y se custodia la vida es un recordatorio oportuno. Cuando afirma que “la madre es el corazón de la casa. La mayoría hemos recibido la fe de nuestras madres, que nos enseñaron las primeras oraciones”, pone de relieve una verdad pastoral: la transmisión de la fe suele darse en el ámbito doméstico, y las madres han tenido históricamente un papel decisivo en ello.
También merece ser destacada la imagen de complementariedad que utiliza al hablar del esposo como “cabeza” y la esposa como “corazón”. Aunque la metáfora se presta a críticas por su trasfondo jerárquico, pensemos benévolamente que la intención de Olivera es mostrar que ambos son indispensables y que ninguno puede prescindir del otro. “No puede haber un cuerpo con cabeza pero sin corazón, ni con corazón pero sin cabeza: sería monstruoso”, afirma. La idea de que el matrimonio requiere la presencia activa de ambos, en roles distintos pero necesarios, es un acento positivo que puede rescatarse y reinterpretarse a la luz de la doctrina actual sobre la reciprocidad.
Un cuarto elemento valioso es el rescate de la maternidad. Olivera reivindica el papel de la madre como transmisora de la fe y guardiana de la familia, recordando la tradición de las madres cristianas que enseñan las primeras oraciones a sus hijos. En un contexto cultural donde la maternidad suele ser desvalorizada o postergada, su defensa de la madre como “reina del hogar” y como figura central en la vida cristiana tiene un tono contracultural que puede ser leído como una llamada de atención.
Asimismo, el sacerdote argentino recurre al ejemplo de los santos y mártires femeninos —Cecilia, Inés, Anastasia— para mostrar que la Iglesia reconoce la grandeza espiritual de las mujeres. Aunque su interpretación pueda ser parcial, el hecho de recordar que las mujeres han sido protagonistas en la historia de la fe, incluso hasta el martirio, es un aporte positivo que conecta la reflexión sobre la familia con la tradición viva de la Iglesia.
Finalmente, Olivera subraya la responsabilidad del esposo. Aunque insiste en llamarlo “cabeza”, recuerda que el esposo debe amar a su esposa como Cristo amó a la Iglesia, es decir, con entrega sacrificial. “El esposo católico debe buscar por todos los medios que su esposa sea la reina de la casa, y debe estar dispuesto a dar la vida por ella”, afirma. Este énfasis en la responsabilidad masculina es importante, porque contrasta con la tentación contemporánea de desentenderse de la vida familiar y delegar todo en la mujer.

Sombras y errores doctrinales

Sin embargo, el primer problema del discurso de Olivera es su lectura unilateral de Efesios 5. El sacerdote cita con insistencia la fórmula “las esposas estén sujetas a sus esposos en todo” (Ef 5,24), pero omite el versículo inmediatamente anterior, que constituye la clave hermenéutica de todo el pasaje: “Someteos unos a otros en el temor de Cristo” (Ef 5,21). Esta omisión no es menor. San Pablo no presenta la sujeción como un mandato unilateral de la mujer hacia el varón, sino como una dinámica de reciprocidad en el amor, donde cada uno se entrega al otro en Cristo. Al ignorar este marco, Olivera transmite una visión jerárquica y rígida que no corresponde a la enseñanza actual de la Iglesia.
En segundo lugar, se advierte la ausencia de referencia al Magisterio reciente. El discurso se apoya en la mera literalidad del texto bíblico y en imágenes tradicionales, pero no integra la interpretación normativa que la Iglesia ha ofrecido en el último medio siglo. Documentos como Gaudium et spes (n.48), Mulieris dignitatem (n.24) y Familiaris consortio (n.25) han explicitado que el matrimonio es una alianza de iguales, fundada en la igual dignidad de varón y mujer y en la sumisión recíproca en el amor. Al omitir estas enseñanzas, Olivera da la impresión de que la doctrina católica se reduce a un estadio preconciliar, cuando en realidad el Magisterio ha purificado y profundizado la comprensión del matrimonio.
Otro aspecto problemático es la confusión entre autoridad y dominio. La metáfora de la “cabeza y el corazón” pretende suavizar la idea de jerarquía, pero en la práctica sigue sosteniendo que el hombre es el jefe y la mujer la subordinada. Esta visión contradice la doctrina actual, que insiste en la corresponsabilidad y en la igual dignidad. El esposo no es “jefe” de la esposa, sino compañero en una alianza donde ambos ejercen autoridad compartida en la vida familiar y en la misión eclesial.
Además, el discurso incurre en una reducción del papel femenino a la maternidad y al apoyo doméstico. Olivera afirma que “la mujer está allí para dar un apoyo adecuado al hombre” y que su misión es ser “reina del hogar”. Aunque la maternidad y el cuidado de la familia son dimensiones valiosas, la vocación de la mujer no se agota en ellas. El bautismo confiere a varón y mujer la misma dignidad y la misma participación en la misión de la Iglesia. Limitar la identidad femenina al ámbito doméstico es desconocer la plenitud de su vocación cristiana.
También resulta problemática la descalificación sin más del feminismo y del mundo contemporáneo. Olivera contrapone de manera absoluta la “madre católica” al “mundo post-cristiano”, sin matizar ni dialogar con la legítima búsqueda de igualdad de la mujer. Al presentar toda reivindicación femenina como amenaza, se corre el riesgo de generar rechazo y confusión pastoral. La Iglesia, en cambio, ha reconocido que la promoción de la mujer es un signo de los tiempos y ha llamado a integrarla en la vida social y eclesial desde la perspectiva de la igual dignidad. Y esto lo viene enseñando la Iglesia ya desde Pío XII.
Finalmente, se observa un riesgo de instrumentalizar la Virgen y los santos. Olivera invoca a María y a las mártires como modelos de sumisión, pero omite que su grandeza está en la libertad de su fe y en su testimonio activo. La Virgen no fue pasiva: su fiat fue un acto de libertad radical, y las mártires no se limitaron a obedecer, sino que resistieron con valentía a poderes injustos. Reducirlas a ejemplos de docilidad doméstica es tergiversar su verdadero testimonio.

Núcleo revelado y formas culturales: la clave hermenéutica

Para comprender adecuadamente el pasaje de Efesios 5, es indispensable aplicar la hermenéutica católica que distingue entre el núcleo revelado y las formas culturales propias del hagiógrafo (a esto ya se ha estado refiriendo el papa León en sus audiencias generales de estas semanas, comentando la Dei Verbum). San Pablo escribe en un contexto histórico marcado por estructuras patriarcales, donde la mujer era considerada jurídicamente inferior y subordinada en la vida pública y familiar. Es natural que, al dirigirse a comunidades cristianas del siglo I, utilice categorías culturales que reflejan esa mentalidad. Sin embargo, lo que Dios quiso comunicar para nuestra salvación a través de este texto no es la perpetuación de un modelo social patriarcal, sino la revelación de un misterio: el matrimonio cristiano como reflejo de la unión entre Cristo y la Iglesia.
El núcleo revelado que permanece es claro: el matrimonio es un “misterio grande” (Ef 5,32), signo de la comunión entre Cristo y la Iglesia; el esposo debe amar a la esposa como a sí mismo, con un amor sacrificial que imita el de Cristo; la unión es indisoluble, porque el hombre y la mujer se convierten en “una sola carne” (Ef 5,31). La forma cultural, en cambio, se expresa en frases como “las esposas estén sujetas en todo”, que reflejan la estructura patriarcal de la época. La Iglesia, en su Tradición viva, ha purificado esa forma cultural, enseñando que la sujeción es recíproca y que la dignidad de la mujer es igual a la del varón.
Este desarrollo doctrinal se ha dado progresivamente. En la escolástica medieval, incluso autores como santo Tomás de Aquino describían a la mujer como “homo occasionatus” (hombre imperfecto), reflejando la antropología aristotélica de su tiempo. Esa visión no pertenece al núcleo revelado, sino a la cultura filosófica heredada. El Magisterio actual ha corregido explícitamente esa perspectiva. Como ya he dicho, el Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes n.48, afirma que la comunidad conyugal se funda en la alianza de los esposos “con igual dignidad”. San Juan Pablo II, en Mulieris dignitatem n.24, explica que “el amor hace que el hombre y la mujer se sometan recíprocamente el uno al otro”. Y en Familiaris consortio n.25 se insiste en que la igualdad y la diferencia, la reciprocidad y la complementariedad deben ser reconocidas y armonizadas.
De este modo, la Iglesia enseña hoy que el matrimonio no es una relación de subordinación unilateral, sino una alianza de iguales, donde la entrega mutua refleja la unión de Cristo y la Iglesia. La autoridad del esposo no se entiende como dominio, sino como servicio; y la misión de la esposa no se reduce a la maternidad, sino que abarca toda su vocación bautismal y eclesial. La hermenéutica católica, fiel a la revelación y atenta al desarrollo doctrinal, nos permite distinguir lo que es Palabra de Dios para nuestra salvación de lo que es condicionamiento cultural del siglo I.

Un discurso que suena a lefebvrismo

El video del padre Javier Olivera Ravasi, titulado ¿Debe la mujer someterse a su marido?, se presenta como una defensa apasionada de la familia cristiana y de la maternidad, con acentos positivos en la centralidad de la Escritura, la complementariedad de los esposos y la responsabilidad del marido de amar sacrificialmente. Sin embargo, hemos visto que incurre en deficiencias doctrinales serias: parte de una premisa falsa —como si la Iglesia hoy siguiera enseñando la subordinación unilateral de la mujer—, omite el Magisterio reciente que interpreta normativamente la Tradición viva, reduce el papel femenino casi exclusivamente a la maternidad y transmite una visión jerárquica que contradice la enseñanza actual sobre la igual dignidad y la sumisión recíproca.
En estos tiempos, cuando vuelve a ponerse sobre la mesa el conglomerado de herejías en el que viven los cismáticos lefebvrianos, no puede pasarse por alto que el discurso de Olivera se asemeja en gran medida al que se encuentra en cualquier página vinculada a ese movimiento. La insistencia en una lectura literalista de Efesios 5, la desconfianza hacia el Magisterio postconciliar y la reducción del papel de la mujer a un esquema preconciliar son rasgos que coinciden con la retórica lefebvriana. Señalarlo no es un gesto de descalificación personal, sino un acto de honestidad intelectual y pastoral: el mensaje transmitido por Olivera, aunque revestido de celo por la familia, se aparta de la enseñanza auténtica de la Iglesia y corre el riesgo de confundir a los fieles.
La interpretación católica del matrimonio exige integrar la Escritura con el Magisterio vivo. El matrimonio es una alianza de iguales, donde la entrega mutua refleja la unión de Cristo y la Iglesia. La autoridad se entiende como servicio, no como dominio; la maternidad se reconoce como valiosa, pero no exclusiva; y la vocación de la mujer se afirma en toda su plenitud bautismal y eclesial. Sólo desde esta perspectiva puede anunciarse hoy el Evangelio del matrimonio con fidelidad a la Palabra de Dios y con coherencia pastoral.
   
Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 5 de febrero de 2026

Anexo

Por último, para los que quieren una brevísima síntesis de lo aquí tratado, según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, aquí se las brindo:

Utrum mulier debeat subici viro in matrimonio

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod mulier debeat subici viro in matrimonio.
1. Dicitur enim a Paulo: “Mulieres subditae sint viris suis in omnibus” (Eph 5,24). Si Scriptura est norma fidei, non potest sibi contradicere; et ideo mulier debet viro in omnibus obedire.
2. Praeterea, traditio patrum et scholasticorum hanc formulam saepius repetivit, interpretans virum esse caput et mulierem obedire debere. Si Ecclesia hoc per saecula docuit, videtur quod tamquam doctrina vigens sit retinendum.
3. Item, natura videtur indicare quod vir, propter maiorem corporis fortitudinem et aptitudinem ad regimen, ordinatur ad exercendam auctoritatem; mulier autem, propter conditionem debiliorem, subicienda est ei.

Sed contra est quod idem Apostolus dicit: “Subiecti estote invicem in timore Christi” (Eph 5,21). Et Concilium Vaticanum II docet matrimonium esse foedus aequalium (Gaudium et spes, n.48). Ioannes Paulus II vero, in Mulieris dignitatem, n.24, declarat: “Amor facit ut vir et mulier sibi invicem subiciantur.”

Respondeo dicendum quod subiectio unilateralis mulieris ad virum pertinet ad formam culturalem saeculi primi, non ad nucleum revelatum Verbi Dei. Nucleus autem revelatus est quod matrimonium est “sacramentum magnum” (Eph 5,32), signum communionis inter Christum et Ecclesiam, in quo ambo se invicem tradunt in amore sacrificii. Unde Ecclesia hodie docet matrimonium esse foedus aequalium, fundatum in aequali dignitate viri et mulieris, et quod subiectio est reciproca, non unilateralis. Haec reciprocitas intelligitur ut participatio vitae Christi, qui non dominatur sed servit, et qui mulierem et virum ad eandem vocationem baptismalem et ecclesialem elevat. Differentia sexuum ordinatur ad complementaritatem, non ad inaequalitatem; et auctoritas exercetur ut servitium in caritate.

Ad primum dicendum quod textus ad Ephesios legendus est in contextu capitis quinti, versu 21, ubi de subiectione reciproca agitur; et ideo subiectio unilateralis non est intentio ultima Apostoli.
Ad secundum dicendum quod traditio interpretanda est secundum Magisterium vivum, quod purificat expressiones culturales et doctrinam evolvit sine mutatione nuclei revelati.
Ad tertium dicendum quod differentia naturalis sexuum non importat inaequalitatem dignitatis, quia ambo ad imaginem Dei creati sunt et in Christo per idem baptismum regenerati. Diversitas corporalis et psychologica ordinatur ad complementaritatem, non ad subiectionem.

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