Un tema candente atraviesa hoy la vida de la Iglesia: ¿qué lugar corresponde a la mujer en el ámbito de los ministerios eclesiales? ¿Es posible pensar en un diaconado femenino sin traicionar la Tradición, sino más bien potenciando los dones propios del alma femenina? El padre Giovanni Cavalcoli propone una reflexión que va más allá de la polémica: muestra cómo la mujer, revestida de carismas y de gracia, puede ser colaboradora del Obispo y del sacerdote en la obra evangelizadora, sin confundir carismas con sacerdocio. ¿No será esta la ocasión para comprender mejor la complementariedad entre lo masculino y lo femenino en la Iglesia, y para distinguir con claridad entre la verdadera dignidad de la mujer y las falsas reivindicaciones que reducen el sacerdocio a un derecho humano? Este artículo invita a pensar con profundidad en la armonía entre naturaleza y gracia, y en la misión que Dios confió al varón y a la mujer desde el principio. [En la imagen: fragmento de "El Señor presenta a Eva a Adán", mosaico bizantino, siglos XII-XIII, de la Catedral de S. Maria Nuova, Monreale, Sicilia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 6 de febrero de 2026
Consideraciones sobre el diaconado femenino. El ministerio de la mujer en la Iglesia
Consideraciones sobre el diaconado femenino
El ministerio de la mujer en la Iglesia
(Artículo publicado por el padre Cavalcoli en su blog el 19 de diciembre de 2025: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/considerazioni-sul-diaconato-femminile.html).
No es bueno que el hombre esté solo
El Obispo tiene de Cristo, en virtud de la participación de su poder sacerdotal, el poder de hacer partícipes de su poder sacerdotal a otros miembros del Pueblo de Dios que muestren actitudes o disponibilidad a participar de la gracia de estado, de la cual el Obispo en cuanto tal está revestido. En virtud de este poder el Obispo tiene la virtud sobrenatural de comunicar a otros, oportunamente dispuestos y disponibles, tanto su propia gracia ministerial de estado, como parte de esta gracia.
El Obispo, cuando comunica con un rito litúrgico apropiado la gracia de estado que posee como Obispo, ordena a otros como Obispos, como Presbíteros y como Diáconos. Cuando en cambio, siempre con un rito litúrgico apropiado, comunica su gracia ministerial a un nivel inferior al del sacramento del Orden, instituye no por voluntad de Cristo, sino por voluntad de la Iglesia, en virtud del poder de las llaves que Cristo ha concedido a la Iglesia, los ministerios laicales, propios del sacerdocio común de los fieles, hombres y mujeres. Entre estos ministerios tenemos el diaconado instituido, es decir, el diaconado femenino.
Es necesario sin embargo tener presente que el Espíritu Santo suscita y confiere en el Pueblo de Dios no solamente dones jerárquicos, como son los tres grados del sacerdocio, sino también dones carismáticos, santificantes y ministeriales, ordinarios y extraordinarios. Quien recibe el don jerárquico es ordenado por el Obispo y es enviado a la Iglesia y al mundo por el Obispo en nombre de Dios. Aquí es necesario el Obispo, para entender si el candidato es apto para el sacerdocio.
Quien en cambio recibe el don carismático, lo recibe interiormente directamente del Espíritu Santo y es enviado a la Iglesia y al mundo por el Espíritu Santo, como por ejemplo los profetas, los videntes y los místicos. Aquí es el mismo sujeto, hombre o mujer, que recibe el don, quizá confirmado por otro profeta o por un guía espiritual, quien se da cuenta de poseerlo.
Este es el campo de los carismas femeninos, donde la mujer, si por una parte está sujeta al sacerdote en cuanto de él recibe los sacramentos, por otra parte ella, si posee aquellos dones, puede ser maestra de sabiduría y de prudencia para los mismos Pastores, Papa incluido, a imitación de María, Sede de la Sabiduría, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia.
De este modo la mujer carismática integra y completa la obra del Obispo, porque añade a su obra de magisterio y gobierno de la comunidad la contribución, precisamente proveniente de los dones del Espíritu, de los cuales la mujer, si está abierta a estos dones, puede estar revestida.
De este modo, como es imposible edificar una familia sin la unión del hombre con la mujer, así es imposible edificar la Iglesia sin la convergencia y la colaboración recíproca de los dones masculinos y femeninos, que se basan en la diferencia de las cualidades propias del alma masculina y femenina.
La tarea que hoy se impone a la Iglesia es por lo tanto la de estudiar el modo de reforzar y potenciar, con la concesión de una especial y apropiada gracia de estado, a aquellas mujeres que muestren de modo eminente poseer y poner en práctica las cualidades espirituales propias del alma femenina, con la institución de apropiados ministerios, entre los cuales parece emerger el del diaconado, entendido como colaboración al servicio del altar; como administración de los bienes eclesiásticos, con particular atención a las necesidades y a los sufrimientos de los pobres, de los ancianos y de los enfermos; como actividad educativa o formativa, con especial referencia a los jóvenes y a los niños; como colaboración a la obra evangelizadora del sacerdote y cooperación con él en la obra de la dirección y de la guía de las almas y en la enseñanza de la teología mística y espiritual; como capacidad de traducir en la práctica la enseñanza masculina de la teología escolástica y especulativa; como animación, bajo la guía del Espíritu Santo, de la comunidad guiada por su Pastor.
Conjuntamente a este trabajo tendente a aclarar cuáles podrían ser las funciones y los oficios propios de la diaconisa, es necesario aclarar mejor cuál es la diferencia entre el alma masculina y la femenina y cuáles son los recursos, potencialidades, actitudes e inclinaciones propias de los dos sexos teniendo en cuenta las cualidades propias de cada uno de los dos sexos. En efecto, a los fines de una conveniente concesión del diaconado a la mujer, la Iglesia deberá tener en cuenta esta diferencia. En efecto, Dios es el creador tanto de la naturaleza como de la gracia. Las operaciones divinas de la gracia están siempre en armonía con aquellas que conciernen a la naturaleza. Para que por lo tanto la empresa de la Iglesia tenga buen éxito será necesario que ella tenga en cuenta esta correspondencia entre el sexo y el espíritu.
Será necesario aclarar ulteriormente la diferencia entre el intelecto masculino, más fuerte en el raciocinio y en la deliberación, y el intelecto femenino, más vigoroso en la intuición y por consecuencia más dotado de una voluntad afectiva, de modo que mientras la mujer es dócil a la racionalidad del varón, éste encuentra luz en intuir e inspiración para obrar en las intuiciones e inspiraciones que le vienen de la mujer.
Esta investigación concerniente al diaconado femenino ofrece la ocasión a la Iglesia para comprender mejor la conveniencia del sacerdocio ordenado con el sexo masculino y por lo tanto para entender mejor cómo el sacramento del Orden tiene una especial conveniencia con las cualidades propias del alma masculina.
Esta obra de clarificación servirá para hacer comprender a aquellos que querrían el sacerdocio femenino, en nombre de la igual dignidad de la mujer con el hombre, que aquí no está en absoluto en juego la debida operosidad para la conquista de dicha paridad.
Si hasta hoy en muchos países, sobre todo musulmanes, la mujer está injustamente sujeta al hombre, bloqueada en su deseo de afirmar su dignidad y libertad, esta situación merece ciertamente provocar nuestra indignación, pero debe empujarnos a obrar todo lo posible para que las mujeres sometidas y maltratadas puedan liberarse de tal humillante condición y realizar aquella su natural dignidad y paridad con el hombre que Dios mismo ha querido para la mujer, creándola como compañera y socia del hombre para formar con él una sola carne.
Sin embargo es necesario hacer entender a los sostenedores del sacerdocio femenino que ellos falsean o malinterpretan la verdadera promoción de la dignidad femenina y paridad con el hombre, que el sacerdocio no es en absoluto un derecho de la emancipación femenina, sino un puro don de la bondad y de la misericordia de Dios, que Él por otra parte, como es bien sabido, no concede al varón como tal, sino solo a algunos misteriosamente por Él escogidos.
La clarificación del papel de la mujer en la Iglesia conducirá por lo tanto a la Iglesia a entender mejor qué cosa Dios ha querido hacer cuando ha creado al hombre y a la mujer, cuando ha dicho que no es bueno que el hombre esté solo, cuando ha querido hacerle una ayuda semejante a él, ha conducido a Adán a ver en Eva el hueso de sus huesos y la carne de su carne, cuando les ha mandado ser una sola carne, cuando los ha hecho generadores de la vida y cuando ha mandado no dividir lo que Él ha unido: evidentemente no se refería solo a la reciprocidad física en generar en sentido físico, sino más profundamente se refería a la reciprocidad espiritual en generar a los hijos de Dios.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato 15 de diciembre de 2025
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Anexo
He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
Articulus unicus
Utrum diaconatus mulierum naturae et missioni Ecclesiae respondeat
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod diaconatus mulierum naturae et missioni Ecclesiae non respondeat.
1. Diaconatus enim pertinet ad sacramentum Ordinis, viro reservatum, et ideo mulieri conferri non potest.
2. Praeterea, aequalis dignitas viri et mulieris exigere videtur ut mulier ad sacerdotium ordinatum accedere possit; ergo diaconatus mulierum esset gradus ad sacerdotium mulierum, quod Traditioni repugnaret.
3. Item, carismata mulierum per se sufficiunt ad vitam Ecclesiae ditandam, sine necessitate ministerium speciale instituendi.
Sed contra est quod Concilium Vaticanum II in Lumen Gentium docet Spiritum Sanctum inter fideles, viros et mulieres, dona sua hierarchica et charismatica distribuere ad aedificationem Ecclesiae et ministerium salutis.
Respondeo dicendum quod quaestio de diaconatu mulierum recte intelligitur solummodo si distinguatur inter ordinem sacramentalem et ministeria ab Ecclesia instituta virtute clavium. Sacramentum Ordinis, in tribus gradibus —episcopatus, presbyteratus et diaconatus sacramentalis—, viro divinitus competit, quia Christus solummodo viros elegit ut Apostolos, et Ecclesia se definitissime illi electioni obligatam agnoscit. Unde Ecclesia nullam potestatem habet sacerdotium ordinatum mulieri conferendi, et haec impossibilitas non pendet ex condicionibus culturalibus nec ex convenientiis psychologicis, sed ex voluntate ipsius Christi et ex constitutione sacramentali Ecclesiae.
Attamen, praeter dona hierarchica, Spiritus Sanctus suscitat in Populo Dei dona charismatica et ministerialia, quae vitam ecclesialem ditant et quae ab auctoritate Ecclesiae agnosci et ordinari possunt. Mulier, virtute suarum qualitatum spiritualium et intuitionis, vocatur ad munus insubstituibile in communitate aedificanda, complementum operis Episcopi et sacerdotis praebens. Quapropter Ecclesia potest instituere ministeria laicalia propria sacerdotii communis fidelium, tam pro viro quam pro muliere, inter quae diaconatus mulierum emergit, non ut gradus Ordinis, sed ut ministerium institutum.
Hic diaconatus mulierum se configurat ut servitium altari, administratio bonorum ecclesiasticorum cum cura pauperum, senum et infirmorum, actio educativa et formativa, cooperatio in evangelizatione et in spirituali animarum directione, traditio theologiae mysticae et spiritualis, atque animatio communitatis sub ductu Spiritus Sancti. Sic mulier in praxi tradit doctrinam speculativam viri et divitias suorum charismatum Ecclesiae confert.
Institutio talium ministeriorum Traditioni non contradicit, sed eam evolvit in harmonia cum natura et gratia. Deus, utriusque ordinis creator, voluit ut operationes gratiae responderent differentiis animae masculinae et femininae. Sicut familia sine unione viri et mulieris aedificari non potest, ita Ecclesia sine coniunctione donorum complementariorum aedificari non potest. Agnoscere ministeria mulierum est igitur affirmare plenam dignitatem mulieris in Ecclesia, sine confusione cum sacerdotio ordinato, quod viro ex voluntate Christi reservatur.
Ad primum dicendum quod diaconatus mulierum non participat sacramentum Ordinis, sed est ministerium laicale ab Ecclesia institutum. Unde non contradicit reservationi Ordinis viro, sed in ambitu sacerdotii communis fidelium collocatur.
Ad secundum dicendum quod aequalis dignitas viri et mulieris non implicat identitatem functionum. Sacerdotium ordinatum non est ius humanum nec vindicatio emancipationis, sed donum gratuitum Dei, quod ipse mysteriose solis quibusdam viris concedit. Mulier suam promotionem invenit in propriis ministeriis et in plenitudine suorum charismatum, sine implicatione accessus ad sacerdotium.
Ad tertium dicendum quod carismata mulierum, quamvis vera et pretiosa, indigent recognitione et ordinatione ab Ecclesia, ut in vita communitaria inserantur. Diaconatus mulierum est praecise modus huius contributionis institutionalizandae, quo actio charismatica cum actione hierarchica et pastorali componitur, vitata dispersione et securata continuitate in missione Ecclesiae.
JG
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