domingo, 8 de febrero de 2026

El Dios del postconcilio

¿Quién es el Dios del postconcilio: el Dios vivo de la fe católica o un ídolo racionalista moldeado por Kant y Hegel? ¿Hasta qué punto el ecumenismo mal entendido ha llevado a ciertos católicos a adoptar concepciones protestantes erróneas sobre la Encarnación y la Redención? ¿No es urgente recuperar la visión auténtica del Concilio, que buscaba diálogo sin renunciar a la verdad revelada? En este artículo el padre Giovanni Cavalcoli denuncia las desviaciones y llama a mostrar con caridad y firmeza las riquezas de la concepción católica de Dios y de Cristo. [En la imagen: una sugestiva fotografía tomada de la web, que muestra a laicos y sacerdotes en medio de la niebla].

El Dios del postconcilio

(Artículo publicado en el blog Riscossa Cristiana, en el año 2010. Enlace al artículo: https://riscossacristianaaggiornamentinews.blogspot.com/2010/11/il-dio-del-postconcilio.html)

Una de las cuestiones teológicas más graves que han surgido en el mundo católico en las últimas décadas del período post-conciliar es la cuestión central de la teología: esto es, la misma concepción católica de Dios.
Como es bien sabido, de hecho, el Concilio Vaticano II promovió un progreso y una renovación de la teología, por una parte en fidelidad a la tradición, pero por otra también abriéndose al diálogo ecuménico e interreligioso. Sin embargo, ha sucedido que la práctica del ecumenismo -pienso aquí ahora de manera particular con los protestantes- no siempre ha sido conducido con la prudencia y el discernimiento que fueron prescritos por el Concilio y, en particular, por el famoso documento dedicado al tema, el decreto Unitatis Redintegratio.
En particular, la confrontación con los hermanos separados acerca de la gran cuestión del concepto de Dios y de los atributos divinos, sobre todo del Dios cristiano, si por un lado registró convergencias consoladoras y prometedoras, por otro lado se planteó en ciertos casos de un modo incorrecto, en el sentido de que no han sido los hermanos separados quienes se acercaron a la verdad católica y, por lo tanto, a la comunión eclesial plena, como esperaba el decreto Unitatis Redintegratio, sino que fueron ciertos católicos quienes se dejaron engañar, por un malentendido espíritu de comunión, por ideas protestantes incorrectas acerca del concepto de Dios y en particular acerca de los misterios de la Encarnación y de la Redención.
El gran interés que, bajo el impulso del Concilio, se ha suscitado en la teología católica por las variadas corrientes protestantes a partir de Lutero hasta llegar a las tendencias actuales, ha conducido indudablemente a la teología católica a conocer mejor las posiciones protestantes, poniendo de manifiesto los aspectos válidos, remediando malentendidos o deshaciendo equívocos, con el resultado de acercarse las respectivas posiciones, pero tal interés también se ha expresado en muchas corrientes a veces estériles, en el deseo de seguir cada una de las variadas y a menudo contradictorias ramificaciones de las teologías que derivan de Lutero.
Un fenómeno característico de la herejía es el hecho de que el hereje -en este caso Lutero- comúnmente conserva mucho del patrimonio doctrinal católico del cual se ha separado, pero sus seguidores, ya no se nutren de la tradición católica y de la integridad doctrinal que la caracteriza, fácilmente se alejan siempre más y más de las raíces católicas para dejarse influenciar por las modas y por los gustos de los tiempos.
La herejía provoca en el sistema teológico una degeneración, un desorden y una grieta acompañada de lagunas, exageraciones y contradicciones, que empeoran siempre cada vez más debido al hecho de que los sucesores del heresiarca ya no obtienen alimento de las fuentes de las cuales se han separado. Los sucesores del heresiarca tienden a un progresivo reduccionismo del patrimonio de la fe hasta hacerlo desaparece por completo en los epígonos más lejanos y aumentando siempre la presencia del error. Los historiadores del pensamiento han demostrado cómo un Marx (educado en el protestantismo) o un Nietzsche (hijo de un pastor protestante) llevan a sus extremas consecuencias los errores de Lutero.
Esto ha ocurrido en dos casos extremadamente significativos y muy famosos, que me gustaría examinar brevísimamente aquí: el de Kant y el de Hegel, con particular referencia al aspecto cristológico de la teología, a saber, el dogma cristológico. Estos dos grandes filósofos están en realidad distantes de la ortodoxia luterana, pero no por esto han perdido su influencia. De hecho, si Kant pertenecía al movimiento pietista, Hegel tenía la intención explícita de construir su sistema filosófico como una interpretación y fundación racional de su fe luterana, de modo que Hegel aparece un poco como el santo Tomás de Aquino del luteranismo.
Sin embargo, no se puede negar la distancia de la concepción kantiana y hegeliana de Dios respecto de la concepción luterana de Dios, mucho más cercana a la concepción católica que las dos primeras. El teísmo cristológico luterano es sustancialmente realista y creyente, ya que emerge claramente de la Biblia, aún cuando ya en Lutero, con su concepción subjetivista de la conciencia, comienzan a aparecer los signos de ese inmanentismo que será llevado al extremo por el idealismo trascendental alemán.
Un momento de ulterior alejamiento del cristianismo después que tuvo lugar el caso de Lutero, como se sabe, sucedió con el Iluminismo, desarrollo de ese racionalismo idealista de Descartes, quien también se profesaba católico, idealismo que, sin embargo, como ya señalaron los protestantes Leibniz, Wolff y Kant, estaba en típica sintonía con el egocentrismo luterano.
Por otra parte, debe notarse cómo el racionalismo iluminista está preparado por la crítica bíblica demoledora de Spinoza, de Reimarus y de Lessing, destructores de la historicidad de las narraciones evangélicas. Así, la trascendencia divina se debilita, la historicidad de Cristo se desvanece, la razón pretende dominar sobre todo y a todos, se diría sobre Dios mismo, rechazando la autoridad del testimonio histórico y la posibilidad de una divina revelación y, por lo tanto, el principio mismo de fe religiosa.
El Cristo de Kant es de hecho un noble personaje, pero al fin de cuentas es un simple maestro de moral, un modelo ideal construido por la razón práctica, mientras que el Dios de Kant es un "ideal de la razón" con la tarea de unificar y organizar en su totalidad el sistema del saber racional, pero la pretensión de hacer de Dios un sujeto y una persona ontológicamente existente es para Kant sin fundamento y, en el mejor de los casos, debe dejarse a la ignorancia de la piedad popular.
El mismo "Dios" postulado por la razón práctica, no es un Dios, cuya existencia sea demostrada partiendo de las cosas, un Dios al cual la razón está sometida, creadora y legisladora de la razón, sino que es un Dios inmanente a la razón y al servicio de la razón, teniendo el propósito de asegurarle la satisfacción de su necesidad de completamiento y felicidad.
Concebir la ley moral como expresión de la voluntad de Dios, para Kant, también se puede hacer, pero es una simple metáfora para representar lo absoluto racional del imperativo categórico. El acto humano del libre albedrío no es en absoluto causado por Dios, sino que está fundado en sí mismo.
Con Hegel luego, por cierto, el clima cambia: a la exangüe abstracción de la racionalidad iluminista sucede una nueva racionalidad agitada, emotiva y sí, románticamente inmersa en la historia y en el devenir, pero al mismo tiempo aún más ambiciosa que la racionalidad kantiana en cuanto, si ésta rechazó en nombre de la razón una divina revelación, la Razón hegeliana es, por su propia naturaleza, divina revelación.
Los contenidos de la teología, como ya para Kant, son rebajados al nivel del mito y de la metáfora, buenos para la mentalidad actual y para el "sentido común" incapaz de elevarse sobre el plano de la "filosofía" y del "pensamiento especulativo" o del "concepto". Por lo tanto, ya no es la fe por encima de la razón, sino, por el contrario, la fe, como "representación" (Vorstellung) por debajo de la razón o del Pensamiento (denken), prerrogativa del filósofo.
¡Curiosa aventura de la razón en la historia del protestantismo! ¡De ser considerada nada menos que "prostituta del diablo" en Lutero, se convierte con Hegel en divina revelación! ¡La razón se venga! La historia del protestantismo está completamente cubierta por estos fenómenos contradictorios, y por añadidura teorizados en Hegel con el nombre de "dialéctica", una exasperante sucesión de tormentosos movimientos pendulares en los cuales continuamente se pasa de uno a otro extremo. La "mediación" es la simple yuxtaposición de contrarios, confundidos entre sí, pero no armonizados.
Es triste y doloroso tener que constatar la influencia que Kant y Hegel aún ejercen sobre nuestra cultura: Kant, por otra parte, privado de su rigorismo moral, más en el mundo laico, por ejemplo en la cultura liberal y masónica, mundo abiertamente contrario a la posibilidad de una revelación divina y a la admisión de la divinidad de Cristo (pero el católico Schillebeeckx no está lejos de estas posiciones), mientras que por el contrario un Hegel, que se presenta como intérprete del misterio de la Encarnación y de la Redención, ha encontrado sorprendentemente un gran favor en la cristología católica contaminante con el resurgimiento de las herejías pre-calcedonenses, la distinción de las dos naturalezas (divina y humana) de Cristo y la pureza del concepto de la divinidad.
Es realmente de esperar que podamos remediar esta situación, que no tiene nada que ver con el verdadero ecumenismo y con la teología promovida por el Concilio. Ciertamente, los católicos no deben tener complejos de superioridad, pero tampoco deben tener complejos de inferioridad, frente a los hermanos protestantes.
Sin despreciar los valores contenidos en la historia del protestantismo, es necesario que los católicos, bajo la guía de sus pastores y de buenos teólogos y evangelizadores (¡recuperación cristiana!), muestren a todos con caridad, coraje y sabiduría las riquezas de la concepción católica de Dios y de Cristo, en la certeza de obrar por el bien de los hermanos separados y de ayudarlos a entrar en plena comunión con la Iglesia católica, solo en la cual existe la plenitud de la divina revelación y de esa libertad y comunión en el Espíritu Santo que Cristo ha querido para su Iglesia.

P. Giovanni Cavalcoli OP
Bologna, 2010

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Anexo

He aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
   
Articulus unicus

Utrum conceptio Dei post Concilium Vaticanum II sit servanda in fidelitate ad Traditionem catholicam, vel assumenda influentias rationalisticas protestantium

Ad hoc sic procediturVidetur quod conceptio Dei post Concilium Vaticanum II non sit servanda in fidelitate ad Traditionem catholicam, sed potius assumenda influentias rationalisticas protestantium.
1. Quia Concilium promovit dialogum oecumenicum et interreligiosum, et multi tenent hoc exigere ut accipiantur ideae protestantium et aliarum religionum.
2. Praeterea, philosophi sicut Kant et Hegel systemata rationalia obtulerunt ad mysterium christianum interpretandum, et quidam theologi catholici ea utilia putaverunt ad christologiam renovandam.
3. Item, critica biblica et rationalismus illuministicus ostenderunt insufficientiam conceptionis traditae; unde videtur necessarium Deum reinterpretari ut idealem rationis vel ut revelationem historiae.

Sed contra est quod docet Concilium Vaticanum II, in decreto Unitatis Redintegratio, quod oecumenismus peragendus est in fidelitate ad veritatem catholicam; et Magisterium affirmat plenitudinem revelationis divinae subsistere solummodo in Ecclesia catholica.

Respondeo dicendum quod conceptio catholica Dei non potest reduci nec reinterpretari secundum schemata rationalistica protestantium, sed servanda est in continuatione cum Traditione et sub ductu Magisterii. Oecumenismus authenticus non consistit in eo quod catholici decipiantur erroribus protestantium circa conceptum Dei et mysteria Incarnationis et Redemptionis, sed in eo quod caritate et firmitate ostendant divitias fidei catholicae.
Historia protestantismi ostendit quomodo haeresis degenerationem et inordinationem inducat in systemate theologico, magis magisque a radicibus catholicis recedens et augmentans praesentiam erroris. Successores haeresiarchae tendunt ad progressivum reductionismum patrimonii fidei, donec omnino evanescat in epigonis remotioribus, sicut apparet in Marx et Nietzsche. Kant et Hegel, quamvis influentes, debilitaverunt transcendens divinum et deminuerunt contenta theologiae ad gradum mythi et metaphorae, contaminantes etiam christologiam catholicam cum redivivis antiquarum haereseon. Kant Christum ad magistrum moralem reducit et Deum ad idealem rationis practicae; Hegel Rationem ipsam in revelationem divinam convertit, fidem subiciens cogitationi speculativae.
Quapropter opus postconcilii est recuperare conceptionem catholicam Dei et Christi, in certitudine quod solummodo in Ecclesia plenitudo revelationis divinae et communio in Spiritu Sancto subsistit, quam Christus suae Ecclesiae voluit. Catholici non debent habere complexus inferioritatis coram fratribus separatis, sed sapientia et fortitudine ostendere divitias conceptionis catholicae Dei, ad bonum omnium et in fidelitate ad Concilium.

Ad primum dicendum quod dialogus oecumenicus, licet incipere debeat ex iis quae cum non-catholicis communia habemus, non requirit errores eorum assumere, sed fratres separatos ad plenitudinem veritatis catholicae ducere.
Ad secundum dicendum quod systemata Kant et Hegel, quamvis influentia, christologiam distortant et fundamentum fidei esse non possunt.
Ad tertium dicendum quod critica rationalistica revelationem divinam non invalida, cum fides nitatur in Verbo Dei ab Ecclesia tradito, non in arbitriis rationis autonomae.
   
JG

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