¿Son realmente útiles las etiquetas de “conservador” y “progresista” para hablar de la Iglesia? ¿No se trata más bien de una cortina de humo que marea la perdiz y confunde lo político con lo doctrinal? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo el modernismo se ha escondido durante décadas bajo el título honorable de progresismo, mientras que el verdadero progreso cristiano es fidelidad dinámica a la verdad revelada. ¿Por qué se calumnia a los defensores del dogma como “conservadores” y se exalta a los relativistas como “progresistas”? ¿No es hora de recuperar el lenguaje claro de la Iglesia, que distingue entre verdad y error, entre ortodoxia y herejía? Esta reflexión del docto dominico invita a desenmascarar impostores y a exigir un Magisterio valiente que llame a las cosas por su nombre, para que la barca de Pedro no se pierda en la tempestad.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 21 de febrero de 2026
Conservadurismo y progresismo, dos categorías periodísticas, no del Magisterio de la Iglesia
Conservadurismo y progresismo, dos categorías periodísticas,
no del Magisterio de Iglesia
(Traducción a la lengua española del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 7 de noviembre de 2014. Artículo original en italiano: https://isoladipatmos.com/conservatorismo-e-progressismo-due-categorie-giornalistiche-non-del-magistero-della-chiesa/)
¿Qué valor tienen estas dos categorías periodísticas, que han estado en los principales medios de comunicación durante cincuenta años, y que nunca se han hecho propias del lenguaje del Magisterio de la Iglesia? Reflejan una visión superficial y extremadamente aproximativa de las cuestiones morales y doctrinales, confundiendo el debate y la problemática eclesiales con las controversias y las contrastantes y efímeras corrientes y opiniones del mundo político. Como intentaré demostrar en este artículo, tales categorías son absolutamente inadecuadas y engañosas con respecto al problema doctrinal que se ha vuelto hoy gravísimo en la Iglesia. Son una especie de hipócrita cortina de humo o, como se suele decir, de "specchietto per le allodole", humo y espejos, que durante cincuenta años los modernistas y los enemigos de la Iglesia, abiertos u ocultos, han logrado imponer a la opinión pública con una potentísima propaganda, con la connivencia de la debilidad o la imprudencia de la autoridad eclesiástica, para difundir impunemente sus errores y vicios morales en la Iglesia.
Por eso ha llegado la hora de decir basta y de desenmascarar de una vez por todas a los impostores, recuperando la sabiduría, la honestidad, la seriedad, la precisión y la claridad del lenguaje de la Iglesia, atestiguada en la historia de dos mil años de cristianismo y basado sobre el mismo sentido común, que advierte la necesidad fundamental de distinguir, en las cuestiones vitales, no tanto el conservar del progresar, cosas ciertamente respetables pero no decisivas, cuanto ante todo lo verdadero de lo falso, el bien del mal, la justicia del pecado. Es admisible en el lenguaje, cuando el tema o la oportunidad lo imponen, un cierto estilo indeterminado, diplomático o esfumado o matizado; no se puede proceder siempre a golpes de hacha, con el riesgo también de resultar ofensivo ¹, esto es cierto, pero también la costumbre hoy difundidísima de la ambigüedad sistemática, de la deslealtad habitual, de ese decir y no decir que irónicamente viene llamado lo políticamente correcto, es cosa repugnante y fuente de infinitos males.
Es cierto que estas categorías engañosas, aunque en sí mismas no ilícitas, son favorecidas por esa ala del mundo y de la teología católica que hoy es muy poderosa, que se pavonea narcisistamente del título de "progresista" marginando con condescendencia, altiva indulgencia e intolerancia apenas disimulada, a todos los que en la Iglesia no comparten su modernismo, desde los lefebvrianos y sedevacantistas hasta los católicos más puros, rectísimos y fieles, e incluso a los progresistas como Maritain o Congar. Pero este progresismo para ellos no es todavía suficiente, dado que se sienten de tal modo adelantados hacia la Iglesia del futuro, que consideran al propio Concilio Vaticano II y al pontificado posterior como superados y todavía ligados a los restos del pasado. El cardenal Carlo Maria Martini, pocos meses antes de su muerte, declaró en el Corriere della Sera que la Iglesia de Ratzinger se había quedado dos siglos retrasada.
El papa Francisco en su reciente discurso en el sínodo ² ha condenado a los "progresistas", pero es evidente que se refería a los modernistas, los cuales durante cincuenta años han resucitado y logrado sobrevivir hasta ahora como parásitos de la Iglesia, figurando como los primeros de la clase, y cosechando el éxito escondiéndose bajo el honorable título de "progresistas". En efecto, es indudable que el Concilio ha tenido un carácter progresista, en cuanto ha promovido el progreso de la piedad cristiana, de la eclesiología, de la teología, de la moral, del diálogo con el mundo y de la vida espiritual. Por otra parte, podemos entender por qué los Papas hasta ahora no han hablado de "modernismo" salvo en rarísimas ocasiones; porque todos conservamos el recuerdo dramático del modernismo de la época de san Pío X, quien definió el fenómeno como la "suma de todas las herejías". Sin embargo, durante cincuenta años, destacados eruditos y pastores autorizados de la Iglesia, como Jacques Maritain ³, Dietrich von Hildebrand ⁴, Cornelio Fabro ⁵, el cardenal Giuseppe Siri ⁶, el cardenal Pietro Parente ⁷ y el cardenal Alfredo Ottaviani, señalaron proféticamente el retorno de un modernismo que se verificó inmediatamente después del Concilio. Es cierto que también estuvo monseñor Marcel Lefèbvre, el cual sin embargo, desgraciadamente, cayendo en un gravísimo equívoco, acusó al propio Concilio de modernismo. Por eso la palabra "modernismo" es sin duda aterradora. Sin embargo, tras un análisis cuidadoso de la situación de la Iglesia y de la teología de hoy, las cosas están precisamente así. Naturalmente, no debe decirse que esta enfermedad del espíritu afecta a todos los pacientes al máximo grado; sin embargo, sabemos que para hablar de neoplasia maligna no es necesario que el organismo se encuentre en metástasis, sino que es suficiente una presencia inicial que, gracias a una pronta intervención, puede ser también eliminada. Por tanto, es legítimo utilizar el apelativo de "modernista" incluso para temas en los que sólo se encuentran rastros de esta grave enfermedad del espíritu.
Lo importante es no confundir progresismo con modernismo. El progresismo, como he dicho, es un aspecto del todo normal y yo diría obligatorio de la sana vida cristiana. "La caridad, dice san Agustín, si no progresa, no es caridad". Y san Pablo exhorta a todos a tender con todas las fuerzas y a avanzar continuamente hacia la perfección. Por su parte, la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, avanza continuamente en la historia hacia la plenitud de la verdad. El modernismo, en cambio, es un falso progresismo; es un intento engañoso y equivocado que, pretendiendo referirse dolosamente al Concilio, quiere modernizar la vida cristiana a través de una asunción acrítica de la modernidad, la cual, en lugar de ser juzgada por el Evangelio, pretende ella misma juzgarlo. El progresismo legítimo, por lo tanto, puede ser expresión de una sana propensión a lo nuevo, efecto de una libre elección o preferencia completamente normal de ciertos fieles dentro de la Iglesia, más interesados que otros en el elemento dinámico, evolutivo y propulsivo. Nada malo, de hecho es un gran bien. Un precioso servicio, ciertamente no exento de riesgos, que vale la pena correr para sugerir nuevos caminos, proyectos de búsqueda y de realización, para favorecer el avance de la Iglesia en la historia hacia la plenitud escatológica.
Indispensable y vital, tanto en la Iglesia como en la teología, es también un cierto elemento u oficio de conservación o de tradición, en cuanto se trata de profundizar, esclarecer, explicitar, desarrollar, mejorar, hacer crecer y progresar un patrimonio, podríamos decir un tesoro divino, incorruptible, inmarcesible e inmutable de valores teóricos y morales, "no negociables", universales y absolutos, revelados, ordenados y fundados por Cristo y confiados por Él a los apóstoles. En esta luz san Pablo ordena a Timoteo: "Guarda el depósito" (1 Tm 6,20). Evidentemente no se trata de permanecer apegados a costumbres, instituciones, cosas, doctrinas del pasado que, habiendo agotado su función, o bien se mostraron dañosas, o ya no sirven más, o no tienen nada más que dar y de hecho se vuelven peligrosas: he aquí el "tradicionalismo" condenado por el Papa en el discurso mencionado. Este "tradicionalismo" no sería fidelidad, sino atraso e impedimento para el progreso, como suele decirse, "un palo en la rueda" o incluso un veneno, como sería por ejemplo consumir un alimento caducado o "poner bozal al buey que trilla" (1 Cor 9,9).
El progresismo y el sano conservadurismo se reclaman entre sí, así como un organismo tiene necesidad al mismo tiempo de crecer manteniendo su propia identidad. Un fijismo rígido y cerrado, sin movimiento y sin adaptación, o por el contrario el movimiento desordenado propio de la disolución de un cuerpo privado de la identidad, no son los fenómenos de la vida, sino de la muerte. El conservador, como el lefebvriano, que se opone al progresista o el progresista modernista, que rechaza al conservador, son ambos extremistas que arruinan la Iglesia y la conducen fuera de la verdad. Por tanto, es urgente aportar algunas modificaciones a un cierto modo de expresarse sobre estas cuestiones. Por ejemplo, en el gran debate que ha tenido lugar recientemente en torno a lo sucedido y a las conclusiones del sínodo de obispos sobre la familia, es necesario hacer algunas puntualizaciones. La gran prensa modernista y masónica se ha complacido en presentar la corriente del cardenal Walter Kasper como "progresista" y cercana al Papa, mientras que la corriente de los ahora famosos cinco cardenales, incluyendo entre ellos al cardenal Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe ha sido calumniosamente o al menos impropiamente hecha pasar como "conservadora" y contraria al Papa "progresista". Esto significa, como suele decirse, cambiar las cartas sobre la mesa de forma pérfida y desleal. Pongamos por consiguiente las cosas en su lugar. Los cinco cardenales, que no han hecho más que recordar los valores esenciales y dogmáticos del matrimonio y la familia, no son en absoluto "conservadores", sino perfectos católicos. El cardenal Kasper y sus amigos, por el contrario, con sus mal ocultos presupuestos relativistas e historicistas, no deberían ser llamados "progresistas", sino sobre todo modernistas.
Al Papa entonces, que está obviamente super partes gracias al carisma de Pedro y como maestro de la fe, si queremos precisamente darle una calificación, podríamos asignarle como máximo la de progresista, pero no al modo de Rahner o de Kasper o de Küng, sino al modo de Pablo VI, o al de Maritain o al de Congar, ciertamente no, por lo tanto, un modernista, con el debido respeto a los modernistas que quisieran apoderarse de él. Incluso un Pontífice es libre de preferir una determinada corriente teológica o de expresar su propia línea cultural personal, que nada tiene que ver con su oficio de infalible doctor universal de la Iglesia, más allá de todas las opiniones o posibles tendencias teológicas. Por consiguiente, si existe alguien contra el Papa, maestro de la fe, más allá de sus alardeadas y inatendibles declaraciones de representar al Papa, es el propio Kasper; y si existe alguno con el Papa maestro de la fe, será el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Por lo tanto, no se venga a decirnos tonterías. Los periodistas improvisados teólogos, antes de escribir tonterías, se deberían dejar instruir por quienes saben un poco más de teología que ellos.
Una última consideración sobre este tema, y es ésta. El problema del modernismo es en sí mismo mucho más serio que el del conservadurismo o del lefebvrismo. Por no decir que el primero es mucho más difícil de resolver que el segundo, porque mientras los lefebvrianos y afines constituyen una pequeñísima minoría, y por lo tanto de muy escaso poder, los modernistas, después de una incansable labor de escalada hasta los vértices, que se ha prolongado durante cincuenta años, ahora han logrado conquistar un poder enorme en la Iglesia y en la jerarquía misma. Se entiende entonces cómo, mientras es fácil intervenir frente a los lefebvrianos, a los conservadores y a los tradicionalistas, es mucho más difícil eliminar el modernismo, dado que en él están involucradas las propias autoridades que deberían intervenir. Es, como ha dicho humorísticamente un buen periodista, como poner los ratones para vigilar como se hace el queso. En tal modo es evidente la injusticia que hoy se está produciendo. Son los así llamados "dos pesos y dos medidas". Ejemplos llamativos y paradigmáticos son, por una parte, la persecución permanente frente a los Franciscanos de la Inmaculada y, por otra, la impunidad y la continuidad del enorme éxito de los cuales todavía disfruta el rahnerismo, que perduran aún después de cincuenta años, no obstante la oposición y denuncias de ilustres teólogos. De hecho, hay que considerar que, si por un lado los lefebvrianos tienen al menos respeto por la inmutabilidad del dogma mientras se equivocan rechazando el progreso dogmático, los modernistas son mucho peores, a causa de su relativismo y evolucionismo dogmático, que los lleva a destruir todos los dogmas y socavan los cimientos de la fe ⁸ conduciendo a las almas a la apostasía y a la inmoralidad, más allá de todo su simulado catolicismo.
El remedio o por lo menos un importante remedio a este clima de falsedad y de injusticia, por el cual, según una eficaz expresión del cardenal Raymond Leonard Burke, sentimos el "mal de mareo" en el barco de la Iglesia que parece sin timonel en medio de la tempestad, parece ser de parte del Magisterio, una decidida, sabia y valiente reanudación del auténtico y genuino lenguaje doctrinal y pastoral, que siempre ha distinguido a los grandes guías líderes de la Iglesia, a los grandes reformadores y a los santos pastores y maestros, aquella sabiduría pedagógica, catequética, terapéutica, sanadora y evangelizadora de la Iglesia, inspirada por la Palabra de Dios, guiada por el Espíritu, sabiduría educadora que sobresale sobre cualquier otra escuela de teología, de espiritualidad y de perfección moral y de virtud de la humanidad. En particular, es necesario que la Iglesia vuelva a hablar de la distinción entre herejía y dogma, entre ortodoxia y heterodoxia, es decir, en sustancia, entre lo verdadero y lo falso en el campo de la fe, así como es normal que el médico hable de enfermedad y de salud. ¿Cuál es ese médico que no se atreve a decirle al enfermo que está enfermo? Hay demasiado escrúpulo en las autoridades y entre los pastores para hablar francamente del error, como si esto pudiera ofender a quien está en el error. Por supuesto, es necesario saber hablar, pero saber hablar es en realidad toda una ventaja para quien está en el error y para quienes son engañados por él. Hoy en día hay cientos de miles, por no decir millones de católicos o en todo caso de personas engañadas por los herejes.
No sirve de nada pretender simular no ver o limitarse a condenas o denuncias vagas y genéricas, que no perturban a nadie, sino que empeoran la situación de quienes se mantienen en el error, y acaban dando vía libre a los impostores. Parece que el Magisterio durante mucho tiempo haya sido presa de una excesiva consideración por los descarriados, por quienes están en el error, a tal punto que esto luego da un vuelco en su propio detrimento. No debería tenerse temor de afectar a teólogos o pastores famosos o populares, aunque sean cercanos a la misma Santa Sede o pertenecientes a la misma Curia romana o a Facultades pontificias. La franqueza con la cual los cardenales fieles han criticado, en defensa del Magisterio de la Iglesia, a los co-hermanos que se equivocan, es ejemplar y reconfortante. Era hora que los buenos cardenales salieran al descubierto. Por supuesto, los modernistas se lamentan de que Roma es demasiado severa. Pero esto es muy bien comprensible y no debemos tenerlo en cuenta. La denuncia del error sirve precisamente para corregir al que está equivocado, mientras que una consideración excesiva, un lenguaje impreciso y genérico, demasiado blando e indulgente, no es misericordia, sino que al final es connivencia con el error, con evidente daño del equivocado.
Un lenguaje tímido, balbuceante y tergiversante muestra falta de convicciones, deseos de aplauso y no genera ningún respeto, no sirve para moderar a los arrogantes y de hecho suscita solo la risa o la compasión. Las cosas deben ser llamadas por su nombre. Hay que tener cautela antes de calificar una proposición como herética; pero si tomamos consciencia con certeza de que es herética, se debe decir que es herética. Ciertamente es necesario a veces, incluso habitualmente, ser suave y delicado en las intervenciones, tener paciencia y saber esperar. Pero para sacudir una conciencia adormilada o jactanciosa, se necesita energía y severidad. Las expresiones alusivas y eufemísticas, los circunloquios, la paráfrasis o perífrasis, si son elevadas a sistema, entonces son absolutamente ineficaces para mostrar los males y para corregir las costumbres y las ideas erróneas, como lo demuestra ad abundantiam la experiencia de quienes se dedican a la educación, a la formación del prójimo o a la guía de las almas.
El timonel de la barca está durmiendo. No es necesario despertarlo, para no sentirnos reprochados de tener poca fe. Sabe Él cuándo y cómo intervenir. En todo caso, depende de Él despertarse. En cuanto a nosotros, continuamos remando, por ineficaz que nos parezca nuestra acción. Si la barca corriera realmente el peligro de hundirse, Él se encargará de calmar las aguas.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 3 de noviembre de 2014
Notas
¹ A propósito de no usar un lenguaje que resulte ofensivo, recientemente el papa León XIV, en su mensaje para la Cuaresma de 2026 titulado “Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión”, ha exhortado explícitamente a practicar un “ayuno de la lengua”. Con ello invita a los fieles a abstenerse no solo de alimentos, sino también de palabras ofensivas, juicios precipitados, críticas dañinas y cualquier forma de calumnia. La idea es que el ayuno alcance también al lenguaje, para reducir las palabras que hieren y abrir espacio a la escucha y al respeto mutuo. En sus propias palabras: “Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás”. El Pontífice vincula así la práctica tradicional del ayuno con la conversión del corazón y la transformación de nuestras relaciones cotidianas, tanto en la vida pública como en la comunicación digital. (JG)
² El padre Cavalcoli se refiere aquí al discurso del papa Francisco en la clausura de la III Asamblea General Extraordinario del Sínodo de los Obispos, el sábado 18 de octubre de 2014, véase el texto completo aquí. (JG)
³ Cf. Jacques Maritain, Le paysan de la Garonne. Un vieux laïc s’interroge à propos du temps prèsent, Desclée de Brouwer, Paris 1966
⁴ Cf. Il cavallo di Troia nella città di Dio, Edizioni Giovanni Volpe, Roma 1969.
⁵ Cf. L’avventura della teologia progressista, Rusconi Editore, Milano 1974.
⁶ Cf. Getsemani. Riflessioni sul movimento teologico contemporaneo, Edizioni della Fraternità della SS.Vergine Maria, Roma 1980.
⁷ Cf. La crisi della verità e il Concilio Vaticano II, Istituto Padano di Arti Grafiche, Rovigo 1983.
⁸ ¿Acaso una "fe", por ejemplo, como aquella predicada por el cardenal Martini, en la que el ateísmo es intrínseco, o como la preconizada por el cardenal Ravasi, que llevaría consigo la duda, o la fe "atemática" de Rahner, o la la fe no como doctrina sino como "encuentro" o "experiencia", qué fe es?
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum categoriae conservatismi et progressismi sint aptae
ad exprimendum progressionem dogmaticam Ecclesiae
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod categoriae conservatismi et progressismi sint aptae ad exprimendum progressionem dogmaticam Ecclesiae.
1. Quia per quinquaginta annos praecipua instrumenta communicationis hasce categorias adhibuerunt ad describendas diversas correntes in Ecclesia, et multi fideles eas facile intellegunt.
2. Praeterea, Concilium Vaticanum II indolem habuit progressivam, in quantum promovit profectum pietatis christianae, theologiae, praesertim ecclesiologiae, atque dialogum cum mundo; unde videtur legitimum loqui de progressismo in Ecclesia.
3. Item, in recentibus disputationibus de familia, quidam cardinales ut conservativi, alii ut progressivi sunt praesentati; quod videtur indicare has categorias utiles esse ad distinguendas opiniones oppositas.
Sed contra est dicendum quod Magisterium numquam sibi assumpsit categorias conservatismi et progressismi, quia non est principale conservare vel progredi, sed discernere inter verum et falsum, inter bonum et malum, inter orthodoxiam et haeresim. Praeterea Benedictus XVI in oratione ad Curiam Romanam die 22 Decembris 2005 docuit Concilium Vaticanum II interpretandum esse secundum hermeneuticam reformationis in continuatione unius subiecti Ecclesiae, non autem ut rupturam.
Respondeo dicendum quod categoriae conservatismi et progressismi sunt inaptatae et fallaces ad exprimendum progressionem dogmaticam Ecclesiae. Sunt velut velamen fumosum quod confundit politica cum theologia et permittit modernistis errores suos diffundere sub honesto titulo progressismi. Verus progressismus est pars normalis et necessaria vitae christianae, quia caritas, si non proficit, non est caritas, et Ecclesia in historia tendit ad plenitudinem veritatis. Modernismus autem est falsus progressismus, qui vult vitam christianam modernizare per acritiam receptionem modernitatis, quae se constituit iudicem Evangelii.
Praeterea necessarius est sanus conservatismus, qui custodit depositum a Christo Apostolis traditum, profundando et explicando patrimonium incorruptibile et immutabile valorum revelatorum. Conservatismus et progressismus se invicem postulant, sicut corpus organicum indiget crescere servando identitatem suam. Extremismi vero, sive rigiditas lefebvriana sive relativismus modernistarum, Ecclesiam corrumpunt.
Problema modernismi multo gravius est quam conservatismi, quia lefebvriani sunt minima minoritas parvi roboris, modernistae autem magnum potentiam in Ecclesia et in ipsa hierarchia obtinuerunt, fundamenta fidei subruentes et animas ad apostasiam trahentes. Remedium est audax resumptio sermonis doctrinalis clari et genuini Magisterii, qui discernat inter haeresim et dogma, inter orthodoxiam et heterodoxiam, vocando res propriis nominibus.
Ad primum ergo dicendum quod usus periodisticus harum categoriorum non facit eas aptas Ecclesiae, quia confundunt politica cum doctrinali et obscurant veritatem.
Ad secundum dicendum quod Concilium vere fuit progressivum sensu christiano, non autem modernisticum. Vocare progressismum quod est modernismus est deceptio.
Ad tertium dicendum quod cardinales qui dogma anno 2014 defenderunt non sunt conservativi, sed fideles catholici, licet modus quo se ad Romanum Pontificem retulerunt non omnino rectus fuerit. Qui vero relativismum inducunt non sunt progressivi, sed modernistae. JG
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