sábado, 21 de febrero de 2026

El aspecto social de la santidad

¿Es la santidad un asunto meramente social o se funda en la contemplación del misterio divino? ¿Basta con organizar obras de asistencia y promoción humana para ser santo, o es necesario que esas obras broten de la caridad sobrenatural y de la unión con Cristo? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la Iglesia ha promovido innumerables iniciativas de caridad, pero advierte que lo decisivo no es cuánto se hace, sino cómo y por qué se hace. ¿No corremos el riesgo de preferir a Marta sobre María, de valorar más la utilidad social que la adoración? ¿Estamos más cerca de Napoleón Bonaparte, que despreciaba a los contemplativos, o de san Agustín de Hipona, que distinguía entre el otium sanctum y el negotium justum? Esta reflexión nos invita a redescubrir que la verdadera santidad social sólo florece cuando es fruto de la gracia y de la caridad heroica que hace decir: el amor de Cristo nos apremia. [En la imagen: Santa Teresa de Calcuta alimentando a un hambriento].

El aspecto social de la santidad

(Traducción a la lengua española del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 1° de agosto de 2010. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/laspetto-sociale-della-santita-di-pgiovanni-cavalcoli-op/)

No debemos maravillarnos al constatar cómo en el curso de la historia desde los inicios del cristianismo hasta hoy el ideal de santidad, sin dejar de estar caracterizado por sus esenciales e inmutables exigencias, respondiendo a la definición misma del concepto católico de santidad, ha estado sujeto a una cierta evolución, por la cual la Iglesia, profundizando la Palabra de Dios y liberándose progresivamente de equívocos y errores provenientes del paganismo, ha comprendido y comprende siempre mejor las características propias del ideal evangélico de la santidad.
Un aspecto propio de esta evolución, sobre todo desde el Humanismo y el Renacimiento, es la aparición de una santidad ligada a la vida activa, secular, social. Una santidad que exalta todo el campo de los valores terrenos de la familia, del trabajo, de la economía, de la política, del arte, de la cultura. Con anterioridad, como es bien sabido, los santos canonizados eran elegidos sobre todo entre los monjes, los ermitaños, los religiosos, los sacerdotes. Toda la santidad era, por así decirlo, proyectada hacia el cielo, mientras que la santidad moderna, como para volver a influirse mejor por los efectos de la Encarnación, siempre permanece proyectada hacia el cielo, pero resalta mayormente la posibilidad de la santificación del mundo presente.
La situación actual, casi en reacción a la concepción pasada, que exageraba el desprecio por el cuerpo, el desapego del mundo y el ascetismo individual, ve las preferencias de muchos católicos por aspirar a un género de santidad todo embargado por preocupaciones sociales, por la organización de centros de asistencia a los pobres y necesitados, hasta el punto extremo de sacerdotes y religiosos que parecen no tener otro interés que el de procurar al prójimo un bienestar material, quizás con el eventual uso de medios políticos a veces cuestionables y evangélicamente improbables: véase por ejemplo la teología de la liberación.
Se invoca, en apoyo de esta nueva concepción, que suele ser referida con gusto y placer a la espiritualidad del Concilio Vaticano II, la eficacia del testimonio frente a la gente común, quizás no creyente: las necesidades de los pobres, se dice, sobre todo en los países menos desarrollados, son muy grandes; Cristo indudablemente ha mostrado una gran entrega en beneficio de los pobres; la solidaridad hacia ellos es una actitud moral que todos, incluso los no-creyentes, pueden comprender y apreciar. De ahí el cambio producido sobre todo en el postconcilio en muchos institutos misioneros, los cuales parecen limitarse a la sola promoción humana, económica y social, minimizando la instrucción catequética y la exposición cuidadosa de los misterios de la fe, con la consiguiente disminución de la administración de los sacramentos y de la organización de las comunidades eclesiales.
En algunos casos es la propia situación sociopolítica la que obliga a ciertos institutos a limitarse al trabajo social, ya que un intento de evangelización sería tomado como indebido "proselitismo" y en ocasiones sería formalmente prohibido por las autoridades locales, tal vez expresión de otras religiones, como por ejemplo el islamismo.
¡Con qué frecuencia, cuando se habla de "pobres", nos limitamos a pensar sólo en los pobres en sentido material, y cuando se habla de "caridad" se piensa sólo en la asistencia a los pobres en sentido material! El Catecismo de San Pío X ¹ enumeraba, en cambio, junto a siete obras de misericordia corporal, siete obras de misericordia espiritual, en sí mismas más preciosas, así como son más importantes las necesidades del alma respecto a las del cuerpo, aunque sea evidente que en muchos casos es más urgente socorrer las necesidades del cuerpo. Y es cierto que dando testimonio en el campo de la caridad material, se obtiene aquella confianza y aquella credibilidad que nos permiten tocar de modo persuasivo los más delicados y difíciles temas del espíritu y del mundo sobrenatural. ²
No hay duda de que la laboriosidad social -asistencia a los enfermos, a los ancianos, a los minusválidos, la instrucción y promoción económica de base (pensemos en las famosas "reducciones" de los Jesuitas en el Brasil del siglo XVII), la atención a los peregrinos, el interés por los huérfanos, los desocupados, los nómadas, los emigrantes, los presos, los ex-convictos y cosas afines- puede ser una excelente materia para construir la propia santidad, aparte del hecho de que ciertos institutos religiosos tienen estas finalidades entre sus competencias institucionales.
Y una característica de la caridad social de las instituciones cristianas siempre ha sido la de atender aquellas necesidades en las cuales nadie pensaba o de las cuales nadie se preocupaba, necesidades que cambian con el correr de los tiempos y con el variar de las situaciones. Por lo que son incontables las iniciativas de caridad impulsadas por la Iglesia y por los santos, iniciativas que después subsecuentemente han sido asumidas por el gobierno civil, de por sí destinado al cuidado del bien común temporal y a la promoción de la justicia y de la dignidad humana.
Pensemos, por ejemplo, en la asistencia a los enfermos a domicilio, a la cual han seguido los hospitales, los "montes de piedad" que después han dado origen a los bancos, pensemos en los hospedajes para peregrinos, a los cuales han sucedido los albergues, en las escuelas catedralicias, que han sido los primeros inicios de las modernas universidades, etc.
Sin embargo, no basta el ejercicio de tal laboriosidad para hacer al santo: es necesario ver con qué espíritu, para qué fines, sobre qué base, con cuáles motivaciones de fondo se cumple una determinada actividad social. De hecho, existen modos y modos de cumplirla. Y con una mirada atenta se puede ver la diferencia entre cómo una cierta actividad, quizás de por sí buena e incluso óptima, es desarrollada por un santo y cómo en cambio es desarrollada por uno que santo no es.
La actividad del santo surge ciertamente de un mínimo de competencia humana y, a veces, también de alta profesionalidad (pensemos por ejemplo en un San Giuseppe Moscati), pero el resorte o palanca de fondo que impulsa al Santo a la actividad es la contemplación y la adoración del misterio divino, es la práctica sacramental, es la conciencia de ser instrumento de la divina bondad, es un ejercicio ferviente de todas las virtudes, es la capacidad de ver a Cristo en el pobre y en el necesitado y, si se trata de un Religioso, es la observancia diligente de la Regla. Sobre todo es una intensa caridad, llevada a veces hasta el heroísmo, es aquella caridad que hacía decir al apóstol San Pablo: "El amor de Cristo nos apremia", porque "ya no soy yo que vivo, sino que es Cristo quien vive en mí".
Y los otros, en cierto punto o llegado cierto momento, lo advierten, quedan asombrados y maravillados y comienzan a preguntarse el por qué de tanta generosidad y cuál es la fuerza que empuja a cumplir actos de tanta virtud. Lo que sorprende en el santo no es tanto cuánto hace, sino cómo y por qué lo hace. Los estadounidenses en la post-guerra (y ciertamente fue un bellísimo gesto) distribuyeron una cantidad inmensa de bienes de todo tipo a las poblaciones italianas empobrecidas y postradas por la guerra.
Yo también tengo el agradecido recuerdo de estos beneficios recibidos cuando era niño. Y, sin embargo, siempre se podría decir: ¿pero no habrá sido este un modo, aunque disimulado, por parte de los estadounidenses, de obtener en tal modo una sumisión de los italianos? ¿Una manera de mostrar a los italianos el gran poder de la democracia estadounidense? La acción del santo está, por el contrario, caracterizada por el total desinterés y el único propósito de hacerse mediador y transmisor de la bondad divina y de la gracia de Cristo.
El problema todavía vivo en nuestro mundo católico es el de la relación entre Marta y María. Me temo que muchos de nosotros preferimos la primera a la segunda, a pesar de las claras palabras del Señor a favor de la primera. El próximo agosto será el centenario del nacimiento de Santa Teresa de Calcuta; el 24 de julio ha sido la memoria litúrgica de san Charbel Makhlúf, un ermitaño libanés del siglo XIX: ¿cuál de los dos es más popular? ¿Cuál de los dos tipos de santidad es más apreciado? Pienso que no es necesaria la respuesta.
Si nos viene espontáneamente apreciar más a Marta que a María, eso es señal de que algo anda mal en nuestro concepto de la santidad. Estamos más cercanos a Napoleón que a Jesucristo. Se sabe de hecho que cuando Napoleón Bonaparte suprimió los institutos religiosos, se deshizo de los monasterios y de los contemplativos, pero dejó que subsistieran muchas congregaciones de Hermanas, en cuanto las juzgaba "útiles" a la sociedad, mientras que los primeros mencionados eran considerados parásitos y ociosos. Sin embargo, san Agustín, como verdadero cristiano, decía: "Otium sanctum quaerit caritas veritatis; negotium justum quaerit necessitas caritatis". ¿Estamos acaso inclinados a encontrar más cristianismo en san Agustín que en Napoleón?
   
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 1° de agosto de 2010

Notas

¹ El Catecismo Mayor de San Pío X es un breve y sencillo catecismo, escrito por el Papa San Pío X cuya primera edición data de 1905, con el importante objetivo de popularizar la enseñanza del Catecismo en la Iglesia católica y así hacer que los católicos conozcan su fe y doctrina frente a lo que Pío X llama "la amenazante difusión de errores en los fatídicos tiempos modernos". Desde 1992 los católicos contamos con el Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por San Juan Pablo II. (JG) 
² Es interesante notar cómo el padre Cavalcoli se refiere aquí al tema del proselitismo y de la relación del anuncio evangelizador con las obras de misericordia hacia el prójimo, un tema al que se referirá años más tarde el papa Francisco, y que habrá de generar polémicas. Oportunamente, en años del pontificado del Papa argentino, el padre Cavalcoli iluminará esta cuestión con sabias distinciones acerca del proselitismo en su sentido positivo y en su sentido negativo. (JG)

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Anexo

Habiendo seleccionado lo que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum sanctitas consistat principaliter in labore sociali
vel in unione contemplativa cum Deo

Ad hoc sic procediturVidetur quod sanctitas consistat principaliter in labore sociali.
1. Quia multi instituta missionaria hodie se dedunt ad promotionem humanam et oeconomicam, minimizando instructionem catecheticam et administrationem sacramentorum, et invocatur quod solidarietas erga pauperes est habitus moralis etiam non credentibus intellegibilis.
2. Praeterea, efficacia testimonii coram populo communi videtur exigere ut sanctitas manifestetur in operibus visibilibus auxilii et promotionis socialis, cum necessitates materiales sint urgentes et Dominus noster Iesus Christus ipse magnam dedit operam in beneficium pauperum.
3. Item historia Ecclesiae ostendit multas inceptationes caritatis socialis postea a gubernio civili assumptas, quod videtur indicare sanctitatem metiri per utilitatem socialem operum eius.

Sed contra est quod Iesus dicit: Marta, Marta, sollicita es et turbaris erga plurima; porro unum est necessarium. Maria optimam partem elegit, quae non auferetur ab ea (Lc 10, 41-42). Et sanctus Augustinus addit: Otium sanctum quaerit caritas veritatis; negotium iustum quaerit necessitas caritatis. Ergo sanctitas non ad utilitatem socialem reducitur, sed fundatur in contemplatione et unione cum Deo.

Respondeo dicendum quod sanctitas non consistit principaliter in labore sociali, sed in unione contemplativa cum Deo, ex qua vera caritas emanat. Actio socialis potest esse optima materia ad aedificandam propriam sanctitatem, sicut assistentia infirmis, senibus, emigrantibus vel captivis, sed non sufficit exercitium talis laboriositatis ad faciendum sanctum. Oportet videre quo spiritu, quibus finibus et quibus motivis aliqua actio perficiatur.
Actio sancti oritur ex contemplatione et adoratione mysterii divini, ex usu sacramentali, ex conscientia se esse instrumentum divinae bonitatis, ex capacitate videndi Christum in paupere et indigente. Praecipue oritur ex intensa caritate, interdum usque ad heroismum, quae facit Apostolum dicere: Caritas Christi urget nos; iam non ego vivo, sed vivit in me Christus.
Ideo quod mirum est in sancto non est quantum faciat, sed quomodo et cur faciat. Actio sancti distinguitur per totalem desinteressum et unicum propositum transmittere bonitatem divinam et gratiam Christi. Si plus aestimatur Marta quam Maria, hoc signum est quod aliquid male se habet in conceptu sanctitatis. Vera sanctitas socialis tantum floret cum fructus est contemplationis et unionis cum Deo.

Ad primum ergo dicendum quod promotio humana bona est, sed per se sola sanctitatem non constituit. Sanctitas requirit ut opera ista ex caritate supernaturali et unione cum Christo proveniant.
Ad secundum dicendum quod urgentia necessitatum materialium non tollit primatum necessitatum spiritualium, quae sunt potiores. Caritas materialis est medium ad aperiendum cor caritati spirituali.
Ad tertium dicendum quod utilitas socialis operum est effectus secundarius sanctitatis, non autem eius essentia. Essentia sanctitatis est unio cum Deo, ex qua opera socialia tamquam fructus et testimonium emanant.
   
JG

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