jueves, 5 de febrero de 2026

Cartas sobre la interpretación del Concilio Vaticano II (2/3)

El papa Benedicto XVI, subrayando repetidamente la necesidad de una interpretación auténtica de los documentos del Concilio Vaticano II, y sentando un principio hermenéutico claro, el de "la continuidad en la reforma" (o continuidad en el progreso), renovó el debate teológico sobre el tema, produciéndose sobre todo en 2010 y 2011 ardorosas discusiones -no siempre profundas-, también con la celebración de congresos, que pusieron de manifiesto lo alejadas que están de esa interpretación auténtica del Concilio de nuestro tiempo las posturas de los modernistas y de los lefebvrianos. Precisamente en esos años, el padre Giovanni Cavalcoli publicó una serie de cartas abiertas a diversos publicistas y teólogos, que aquí reproducimos, por su indudable valor teológico y su permanente actualidad. En esta segunda entrega publicamos la carta abierta al profesor Piero Vassallo y una segunda carta al padre Serafino Lanzetta (en respuesta a otra de éste).

Carta Abierta a Piero Vassallo ¹

Estimado profesor Vassallo,
coincido con su artículo dedicado al debate sobre la autoridad del Concilio Vaticano II en su crítica a Alberigo y a Dossetti. En cuanto a este último, precisamente he leído hace poco la crítica que el cardenal Biffi hizo a Dossetti en una de sus publicaciones.
Sin embargo, mi opinión es diferente sobre el matrimonio Maritain, cuyas figuras y cuyos pensamientos conozco desde hace más de cuarenta años. En cuanto respecta a Jacques, es verdad que él ha sido un progresista, pero en un sentido íntegramente católico. El progreso es un fenómeno normal en la cultura y en la espiritualidad católica. En cambio, el modernismo es otra cosa distinta: se trata de una verdadera y propia herejía, que el propio Maritain combatió con su libro "Antimoderne", ya en los inicios del siglo pasado. Además, el pensamiento maritainiano, ya apreciado por Pablo VI, ha sido recomendado por Juan Pablo II.
Maritain volvió a manifestar su oposición al modernismo en "Le paysan de la Garonne", donde destaca las verdaderas y aceptables novedades del Concilio Vaticano II, mostrando su continuidad con la tradición, especialmente tomista.
También estoy de acuerdo en el hecho de que la neoescolástica de finales del siglo XIX y principios del XX descuidó la filosofía de la historia; pero este no es el caso de Maritain, quien con notable precisión meticulosa y rigor crítico, en su obra "Por una filosofía de la historia", recuperó en sentido católico la concepción hegeliana de la historia, sin por ello caer en el historicismo, que a diferencia de Maritain es el defecto de muchos teólogos católicos de hoy.
En cuanto al hecho de que Raissa había respaldado a la Unión Soviética, es un rumor sin fundamento. Ella en realidad, ha sido una mujer de gran virtud y de alta espiritualidad, muy ligada a la Orden Dominicana, sobre todo al gran teólogo Réginald Garrigou-Lagrange.
Raissa Maritain estuvo en Roma de 1946 a 1948, junto con su marido, Embajador de Francia en el Vaticano bajo el pontificado de Pío XII, de quien conocemos bien su oposición al comunismo. ¿No bastaría un hecho de ese género para desmentir esa injusta acusación?
Luego, en cuanto a las doctrinas dogmáticas del Concilio Vaticano II, no es lícito dudar de su infalibilidad y de su continuidad con la Tradición, porque sería como dudar acerca de la doctrina de la fe. En cambio, como digo en mis palabras que amablemente usted cita, es permitido hacer críticas en todo aquello que se refiera a ciertos aspectos pastorales del Concilio Vaticano II, los cuales, ulteriormente llevados a los extremos, han favorecido la regurgitación modernista por la cual hoy la Iglesia está sufriendo.
Pero este mal será vencido no con una crítica hacia las doctrinas conciliares, como hacen los lefebvrianos, sino con su correcta interpretación como enseña el magisterio y con la corrección de las deficiencias pastorales del Concilio, demasiado indulgente con los errores de la modernidad. ¡El Concilio se ha olvidado de la Humani Generis de Pío XII!
Cordialmente,

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 14 de enero de 2011


Carta abierta al padre Serafino Lanzetta ²

Querido P. Serafino,
después de tu última intervención, rica en argumentos y caracterizada, como es tu costumbre, por la fraterna franqueza, como corresponde a la discusión entre un hijo de San Francisco y un hijo de Santo Domingo, ahora me toca a mí. Al responder, sigo los puntos que has tratado, reconocibles, creo, por lo que iré diciendo.
No puedo sino desaprobar contigo el tono con el cual el padre Paolo Cortesi elogia las innovaciones conciliares. Se advierte la típica interpretación modernista filo-protestante, aunque naturalmente, como en todo error, no falta la parte de verdad.
Indudablemente estoy profundamente impresionado por la vastedad mundial y por la duración de más de cuarenta años de este mala comprensión de las enseñanzas conciliares, extendida a todos los sectores de la Iglesia, desde el pueblo de Dios hasta los ambientes de la jerarquía, tanto en la mentalidad corriente como en los ambientes de la teología. Por lo tanto, me confirmo cada vez más en la convicción, recientemente sugerida por los amigos tradicionalistas, de que, efectivamente, este enorme e impresionante malentendido, que todos los Pontífices del postconcilio se esfuerzan inútilmente por corregir, depende en realidad de un cierto modo de expresarse del propio Concilio.
Por otra parte, me confirmo cada vez más en la convicción -y de esto me he convencido desde hace tiempo a través de mis estudios- que el Papa debe decidirse por una operación quirúrgica dolorosa pero necesaria: corregir, siguiendo el ejemplo de los grandes Papas de la historia -ya que estamos en un momento particularmente dramático, que requiere la intervención del Papa con toda su fuerza- los errores de interpretación de los modernistas, comenzando por los de Rahner, que son los más peligrosos, los más extendidos y los más seductores.
El Romano Pontífice no debe preocuparse por las reacciones de los obispos recalcitrantes o tergiversadores, sino asumir con apostólica energía, sostenido por la gracia de Pedro, el bastón del mando (ya en el pasado hablaba de "bastón" haciendo temblar a los enemigos); estoy seguro que el episcopado, animado por su gesto de autoridad, lo seguirá, porque muchos -estoy seguro- sufren en silencio o vacilan, intimidados por la arrogancia modernista; es necesario, por lo tanto, como muy bien expresó monseñor Atanasius Schneider en vuestro congreso, un "nuevo syllabus" contra los errores antes mencionados, aunque esta expresión suene horrible a los oídos de los modernistas. Pero en el fondo es por su bien, para que ellos se arrepientan y se conviertan, y porque no podemos seguir como hasta ahora. También hoy, Francisco y Domingo deben sostener y restaurar la casa de Dios.
Siempre válida es también la apelación al Papa de mons. Gherardini, reflejando la de mons. Schneider, que esclarezca definitivamente per articulos vel per canones, como siempre se ha usado en los Concilios, que son las doctrinas absolutamente vinculantes ("infalibles", les llamo yo) del Concilio, mostrando al mismo tiempo su novedad y su continuidad con la Tradición.
Pero con todo esto y precisamente en nombre de todo esto -y aquí quizás comienza nuestro desacuerdo- insisto en defender la validez absoluta de la doctrina, que a mi modo de ver y con las nuevas razones que te diré, es verdaderamente "infalible", en el sentido que me parece se debería dar a esta palabra. Me parece que el eje de toda nuestra discusión gira en torno a este adjetivo y por lo tanto también en esta carta me detendré mucho sobre este problema.
En efecto, sostengo que cuando un Concilio desarrolla o explicita o explica doctrinas de fe precedentemente definidas, es infalible, es decir, que no se puede equivocar. Estos desarrollos doctrinales, aún en el caso que no sean dogmas definidos, son sin embargo dogmas definibles y en todo caso son doctrinas definitivas, al menos según el lenguaje de la carta Ad tuendam fidem.
Y si se trata de dogma reiterado, es evidente que se trata de una doctrina infalible. Jamás he dicho que la infalibilidad resida en el Concilio en cuanto tal, sino solo en algunas doctrinas y, por otra parte, también sostengo que ciertas directivas pastorales son incluso erróneas o cuanto menos cuestionables. La Nota previa distingue las doctrinas definidas ("obligantes para toda la Iglesia") de las doctrinas definitivas ("doctrina del magisterio supremo de la Iglesia"): las unas y las otras son infalibles, aunque las primeras tienen una mayor autoridad.
El Magisterio revisable ciertamente no es infalible. Y no niego que algunas doctrinas pastorales del Vaticano II sean de este tipo. Pero este es solo el tercer grado de autoridad según la Ad tuendam fidem. En el Concilio también existen doctrinas de segundo grado ("definitivas"), mientras que no existen las de primer grado ("definidas"). En esto concuerdo con Gherardini, también porque ha sido declarado explícitamente por Pablo VI. Pero incluso aquellas doctrinas de segundo grado son infalibles, es decir, perennemente verdaderas e irreformables.
Nadie quiere dogmatizar todas las enseñanzas del Vaticano II, como he dicho líneas arriba. Estoy de acuerdo en que se trata de un Concilio sui generis, por muchos motivos que no voy a enumerar. Pero esto no impide que el Concilio Vaticano II contenga doctrinas nuevas infalibles, en cuanto correspondientes a un estadio más avanzado de la Tradición y a la explicitación de dogmas precedentemente definidos o definibles.
Por cuanto respecta a las novedades del Concilio, yo no las tomo indiscriminadamente como testimonios avanzados de la Tradición, porque en el Concilio existen también novedades pastorales, algunas de las cuales son indudablemente providenciales y han dado óptimos frutos, pero de otras se puede dudar por no decir que en definitiva, después de cuarenta años de ciertas experiencias pastorales, se necesitaría decir que se debe hacer una corrección de rumbo o retornar a lo antiguo. Aquí el Concilio ha roto con ciertas actitudes y lo ha hecho bien. Y si ciertas líneas pastorales del Concilio se nos revelan equivocadas, será necesario romper también con ellas. Por lo demás, en el plano pastoral, ni siquiera un Concilio ecuménico es infalible.
Aquello que intento decir es simplemente que, en cambio, las novedades doctrinales, en cuanto explicitaciones del depósito revelado o de los precedentes dogmas, no podemos dejar de considerarlas como avance de la Tradición, si por Tradición se entiende precisamente la transmisión fiel e infalible de la Palabra de Dios, que permanece eternamente (Verbum Domini manet in aeternum).
Y en cuanto avance o progreso de la Tradición, infalible porque está divinamente asistida, aquellas novedades no pueden a su vez no contener una doctrina infalible, o sea absolutamente verdadera y cierta, inmutable, definitiva, irreformable y, por lo tanto, como dice la Ad tuendam fidem, dogmatizable (de fide tenenda o de "fe eclesiástica" o próxima a la fe), si la Iglesia lo considera oportuno o pastoralmente útil.
En mi opinión, las proposiciones doctrinales infalibles del Concilio no son muchas. Para reconocerlas, no podemos hacer hincapié en el lenguaje tradicional ni en declaraciones explícitas en tal sentido, sino que debemos prestar atención ante todo al contenido, es decir, ver si, incluso en la novedad del lenguaje o más allá del tono modesto de la exposición, se encuentran enunciados reconducibles a datos de la Tradición o a dogmas ya definidos o en todo caso a doctrinas definitivas.
Me permito dar algunos ejemplos. El concepto de Revelación es claramente doctrina ya definida. Ahora bien, el Concilio retoma este concepto y lo desarrolla. Si precedentemente la Revelación era simplemente vista como enseñanza verbal o magisterial (Jesús Maestro), el Concilio agrega un aspecto de la Revelación como evento o manifestación o revelación de Jesús como persona. Aquí tú ves la novedad en la continuidad. Lo antiguo no desaparece, pero se le agrega lo nuevo. Augere vetera novis.
Otro ejemplo: la relación entre Tradición y Escritura. El Concilio de Trento distingue netamente y subraya la necesidad de la Tradición. La revelación resulta del aporte conjunto de las dos fuentes, ambas originadas de los labios del divino Maestro. El Concilio Vaticano II, sin negar en absoluto cuanto ha dicho Trento, está particularmente preocupado por unir las dos fuentes, hasta el punto de tener aquella fuerte expresión de que convergen in unum, pero evidentemente esto no debe ser entendido -cosa inconcebible-, como algunos han creído, que el Concilio, a la manera luterana, quisiera reducir la Tradición a la sola Escritura!
Tercer ejemplo: la libertad religiosa. Ya el Concilio de Trento había definido la existencia del libre albedrío. Por consiguiente, el Concilio Vaticano II, entrando en el tema de la libertad, entra en un argumento de fe definida. Por esto, las conclusiones y los desarrollos que extrae de este tema, aún cuando no se produzca un dogma definido, son sin embargo doctrina infalible y definitiva. ¿Y qué cosa se agrega? Se hace referencia a la dignidad de la conciencia moral y a la libertad con la cual se debe abrazar la fe, cosas por lo demás ya presentes en el derecho canónico, el cual también aquí está fundado en el dogma.
Concluiría, por lo tanto, con tus propias palabras: "Ciertamente, la libertad religiosa de la cual habla el Concilio Vaticano II es un desarrollo del concepto mismo de libertad, que tiene en cuenta el dato de la modernidad, pero no agota el contenido de la doctrina clásica: es un ir más allá, que, sin embargo, necesita de la Tradición para ser comprendido, dado su fin de cara al diálogo con los hombres".
En referencia a la próxima Jornada en Asís, reflejo de la pastoral promovida por el Concilio, hablas de una "tensión" en el Concilio, "entre dogmática y pastoral": por una parte el primado del cristianismo, por otra la oración en común con fieles de otras religiones. He intentado conciliar las dos cosas en un artículo mío reciente en Riscossa Cristiana.
¿No resuelve el Concilio la tensión? No me lo parece. Basta leerlo en la totalidad de sus documentos. Por ejemplo, Dignitatis humanae y Nostra Aetate deben ir acompañados por Ad Gentes o Lumen Gentium. Es en estos últimos documentos donde mayormente se destaca el primado del cristianismo, que toca la religión revelada. En cambio, el proyecto de Asís se basa en la religión natural, por la cual todos sabemos, aunque en modos imperfectos o implícitos, que Dios existe y que se le debe orar.
¿No ha enseñado siempre la Iglesia con el apóstol san Pablo (Rom 1,20) que la razón puede demostrar la existencia de Dios? ¿Y no dice Juan que el Logos ilumina a todo hombre? ¿Y no tendremos que rendir cuentas a Dios algún día? ¿Y no quiere Dios que todos se salven? Entonces todos sabemos que Dios existe, creyentes y no creyentes, monoteístas y politeístas, teístas y panteístas, ateos y agnósticos, animistas e idólatras. Ciertamente, esto no quita que algunos no se salven, pero también ellos saben que Dios existe.
Es Dios más allá de cualquier error o ignorancia sobre Él, a quien se rezará en Asís. Pero esto no quita -y la Iglesia lo dice continuamente- que sea Cristo Dios el Salvador del mundo. Incluso hoy, como san Francisco, debemos decírselo al Sultán, y como santo Tomás dialogaba con los sabios musulmanes de su tiempo, nosotros también debemos saberlo hacer hoy.
Fraternalmente, en los santos Francisco y Domingo,

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 20 de enero de 2011
   

Notas

¹ Esta carta al profesor Piero Vassallo fue publicada en el blog Riscossa Cristiana el 14 de enero de 2011. El lector interesado puede encontrar todavía el original en lengua italiana en el siguiente enlace: https://www.ricognizioni.it/lettera-aperta-di-padre-giovanni-cavalcoli-a-piero-vassallo/ El padre Cavalcoli publicó esta carta tras la publicación de la segunda parte del ensayo "Consideraciones sobre el Concilio Vaticano II" de Piero Vassallo, en el mismo blog Riscossa Cristiana.
² Esta segunda carta abierta del padre Cavalcoli al padre Serafino Lanzetta, fue publicada en el blog Riscossa Cristiana el 20 de enero de 2011. La versión original en lengua italiana el lector la encuentra aquí: https://www.ricognizioni.it/a-padre-serafino-lanzetta-di-p-giovanni-cavalcoli-op/. La carta está escrita en respuesta a la publicación del padre Lanzetta, el 16 de enero de 2011 en el mismo blog; aquí: https://www.ricognizioni.it/quel-concilio-che-ci-fa-pensare-in-risposta-a-p-giovanni-cavalcoli-di-p-serafino-lanzetta/.ncilio Vaticano II, que se desarrolló en la ciudad Roma, durante los días 16 al 18 de diciembre de 2010.

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