martes, 24 de febrero de 2026

Cartas al padre Basile Valuet

¿Son también infalibles las doctrinas nuevas del Concilio Vaticano II, en cuanto desarrollo de las precedentes? ¿Puede lo nuevo en el campo dogmático estar en contradicción con lo antiguo? Estos artículos del padre Giovanni Cavalcoli recuerdan que la continuidad no es mera repetición, sino progreso homogéneo de la fe, una “analogia fidei” que asegura la verdad tanto en lo nuevo como en lo antiguo. ¿No debilita la tesis continuista negar la infalibilidad de las novedades conciliares? ¿No se confunde el legítimo progreso con el modernismo cuando se rechaza lo nuevo por miedo a la ruptura? Frente a los que ven en el Concilio una traición o una ruptura, se propone la verdadera continuidad evolutiva, la que el Papa llama “Tradición viva” y que constituye la grandeza del Vaticano II. [En la imagen: fragmento de “La última aparición de Cristo a sus discípulos”, óleo sobre lienzo, de Herri met de Bles, siglo XVI, conservado en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires].

Carta al padre Basile Valuet

(Traducción a la lengua española de la nota del padre Giovanni Cavalcoli, publicada el 28 de mayo de 2011 en el blog www.chiessa en respuesta a un artículo del benedictino padre Basile Valuet: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1348041.html acerca de la libertad religiosa, debate en el que también intervinieron Gherardini y de Mattei)

Reverendo padre Valuet,
he leído su intervención en este sitio contra monseñor Brunero Gherardini, el profesor Roberto de Mattei y el padre Martin Rhonheimer. Felicitaciones por la docta argumentación. Sólo quisiera observar que, según la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe anexa a la Carta de Juan Pablo II "Ad tuendam fidem" de 1998, no me parece correcto decir que el Concilio Vaticano II en sus doctrinas "no ha empeñado su infalibilidad". Veo que también el prof. Rhonheimer piensa como Usted en este punto.
En efecto, si Usted mira este documento, verá que cuando la Iglesia trata de materia de fe o próxima a la fe -y tal es el caso de algunas doctrinas conciliares- tal doctrina es "definitiva" e "infalible", aún cuando no sea solemnemente definida o bien incluso si la Iglesia no declara expresamente querer definir (estas son precisamente, siempre según el lenguaje del documento, las doctrinas "definidas", es decir, aquello que tradicionalmente llamamos "dogmas ex cathedra"). Ciertamente el Concilio no tiene doctrinas de este tipo, pero las tiene del primer tipo.
En cuanto a las doctrinas a las cuales es debido el "asentimiento religioso", para la "Ad tuendam Fidem" son aquellas de tercer grado, las menos autorizadas de las tres, que comprenden enseñanzas de carácter moral, pastoral o jurídico, que también pueden ser cambiadas o incluso pueden ser incorrectas y, en cualquier caso, no infalibles. Los ejemplos en la historia de la Iglesia son muchos. Es cierto que mons. Gherardini y el profesor de Mattei sostienen que las doctrinas conciliares, no siendo infalibles, pueden ser cuestionadas, y estoy de acuerdo con Usted en que en todo caso es necesario también obedecer las enseñanzas del tercer grado. Pero en mi opinión, Gherardini y de Mattei se equivocan aún más gravemente de lo que Usted dice, porque se oponen a doctrinas de segundo grado y no de tercero.

P. Giovanni Cavalcoli,
Bologna, 28 de mayo de 2011

Respuesta al padre Basile Valuet

(Traducción a la lengua española de la respuesta del padre Giovanni Cavalcoli al padre Basile Valuet, publicada en el blog de Sandro Magister en www.chiessa. Versión original en italiano en: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1348041.html)

Estimado y reverendo Dom Valuet,
permítame replicar de inmediato a un punto de su respuesta a mi intervención, punto que considero particularmente importante y que me parece el centro de este interesantísimo debate, que involucra mentes elegidas y que se está desarrollando de día a día después de la famosa fórmula del Papa ("continuidad en la reforma"). Desde aquí vemos cuánto el Santo Padre es estimulador de vivacidad cultural y teológica.
Es mi convicción que también las doctrinas nuevas del Concilio, en cuanto explicitación o desarrollo de precedentes doctrinas dogmáticas o dogmas definidos, son infalibles. En efecto, me parece que todo el nudo del debate está aquí. De hecho, estamos todos de acuerdo (monseñor Gherardini, el profesor Roberto de Mattei y nosotros) en que las doctrinas ya definidas presentes en los textos conciliares son infalibles. Lo que está en discusión es si son infalibles también los desarrollos doctrinales, las novedades del Concilio Vaticano II.
Yo creo que es necesario responder afirmativamente a esta pregunta porque, de lo contrario, ¿qué sería de la continuidad, al menos tal como la entiende el Papa? Por otra parte, si estas novedades no son infalibles, significa que son falibles. Pero entonces, ¿es admisible que el desarrollo de una doctrina de fe o próxima a la fe ya definida sea falso? ¿Puede lo nuevo en campo dogmático estar en contradicción con lo antiguo?
Le recuerdo entonces que la Carta "Ad tuendam fidem" dice que son infalibles no sólo las doctrinas de primer grado, donde la Iglesia dice que quiere definir, sino también las de segundo grado, aunque no definidas, pero en cuanto también ellas son de fe o próximas a la fe. Ahora bien, los desarrollos doctrinales del Concilio Vaticano II que partan de precedentes doctrinas de fe o próximas a la fe ¿cómo no serán también ellas infalibles, es decir, como dice la "Ad tuendam fidem", "definitivas" y por lo tanto absoluta y perennemente verdaderas ("de fide tenenda")? ¿Acaso no reside aquí todo el valor y toda la grandeza del Concilio? Si nosotros negamos esto, ¿no debilitamos la fuerza de la tesis continuista? ¿No acabamos, al mismo tiempo, socavando el peso innovador del Concilio?
¿Sostener que se trata solo del tercer grado no es quizás demasiado poco? El tercer grado admite también la opinabilidad y la falibilidad, si se trata de doctrinas pastorales, morales o jurídicas. Pero en el caso del Concilio Vaticano II se trata de doctrinas dogmáticas. No son doctrinas "definidas" (primer grado), pero son "definitivas" (segundo grado).
En el primer y segundo caso no basta un simple "religioso obsequio" (tercer grado), sino la fe ("tenenda"), aquella que tradicionalmente también se llama "fe eclesiástica" o "católica", que es menos que la fe divina o teologal ("credenda"), pero está necesariamente conexa a ella. Es ese creer en la Iglesia mediante el cual creemos en la Palabra de Dios.
Quisiera añadir que me parece evidente que cuando el Papa habla de continuidad en la reforma no entiende sostener una pura y simple continuidad repetitiva, es decir, no intenta decir -como les gustaría a Gherardini y a de Mattei- que como católicos debemos asumir como infalibles sólo aquellas doctrinas ya definidas que reaparecen en el Vaticano II, sino que en el Concilio existe un progreso doctrinal, existe algo nuevo, en continuidad con lo antiguo, lo cual nuevo como tal es infalible como lo antiguo. Por lo tanto, debemos hacer entender a Gherardini y a de Mattei que también lo nuevo es infalible. El tradicionalismo exagerado no llega a abrirse a lo nuevo, no comprende cómo lo nuevo está en continuidad con lo antiguo, lo confunde con el modernismo.
Demostrar la continuidad de las doctrinas conciliares con las precedentes no quiere decir demostrar una pura y simple continuidad unívoca: sería una empresa desesperada, que daría razones válidas a Gherardini y a de Mattei. Debemos demostrar que se trata de una continuidad evolutiva, por así decir analógica ("analogia fidei"), que no por eso deviene ruptura, sino que sigue siendo continuidad. Sé que parece una contradicción, pero en cambio no lo es. Podría demostrarlo, pero aquí sería demasiado largo. Me remito solo al tratado clásico del dominico español Francisco Marín Sola, "La evolución homogénea del dogma católico", publicado en la década de 1950. Aquí él muestra el concepto correcto del progreso dogmático contra la falsa concepción del modernismo. Teorías similares se encuentran en el otro gran teólogo dominicano francés, Yves Congar.
En efecto, según nuestros adversarios, que parecen querer enseñar al Papa, el Papa tendría derecho a decir que la continuidad consiste sólo en las repeticiones de lo antiguo presentes en el Concilio, pero que el Papa no puede afirmar la presencia de la continuidad en lo nuevo, porque en cambio para ellos aquí existe ruptura, por lo cual no estamos obligados a asumir estas doctrinas, porque según ellos están en contraste con la Tradición.
Esto significa no comprender la sabiduría de las palabras del Papa. El papa Benedicto XVI, en efecto, presenta el concepto de una continuidad progresiva o evolutiva (no en el sentido modernista sino en el sentido católico), la cual he mencionado anteriormente. Esto vale también para la Tradición, que él llama "viva". En efecto, el Concilio Vaticano II habla de un desarrollo de la Tradición. Pero entonces es necesario demostrar que también este progreso es infalible. Este es el verdadero continuismo correspondiente a la "mens" del Santo Padre.
Una última observación: en este debate entre continuistas y no-continuistas existe una preocupación de fondo que todos, como católicos, tenemos en común: la de la continuidad, básicamente la conciencia de la inmutabilidad del dogma y del dato de la Tradición. Nos divide el hecho de que algunos, como nosotros dos, digamos que hay continuidad, mientras que otros, amargados y escandalizados por una supuesta traición operada por el Concilio, no ven esta continuidad y desconfían de las palabras del Papa, el cual en cambio asegura que existe.
Podríamos preguntarnos: ¿por qué nunca intervienen en este debate los discípulos de Alberigo o los rahnerianos? La respuesta es simple: porque también para ellos, considerando la garantía del Papa como un truco para conquistarse a los tradicionalistas, los cuales, sin embargo, no muerden el anzuelo, el progreso teológico es por su naturaleza ruptura y contraste con el pasado. Ellos tienen una concepción hegeliana y modernista del progreso. Para ellos es evidente que en el Concilio Vaticano II existe ruptura. Pero es precisamente esto, según ellos, lo bello del Concilio. Para ellos, el estar preguntándose preocupados por si hay o no hay continuidad, es ya signo de una mentalidad antigua, preconciliar y superada (presente en el propio Papa que habla de "continuidad"). Por eso, para ellos nuestra discusión es anacrónica y, por tanto, tiempo perdido. Para ellos lo esencial para nuestro tiempo es el Vaticano II (interpretado a la manera de ellos); lo que ha sucedido antes es material de museo.
Yo creo entonces que debemos estar unidos con nuestros adversarios tradicionalistas anti-continuistas contra el neo-modernismo que hoy continúa falsificando el verdadero sentido del Concilio Vaticano II: algo de lo cual los Papas del postconcilio se lamentan continuamente. Por eso, la asimilación que monseñor Marchetto ha hecho de la posición del profesor De Mattei con la de Alberigo, diciendo que ambos en última instancia sostienen la "ruptura" es correcta, pero sólo en modo completamente superficial.
En realidad hay un abismo entre los dos, porque mientras de Mattei, como verdadero católico, bien consciente de la inmutabilidad del dogma, está amargado por la supuesta ruptura, y aquí sin embargo demuestra poca fe en el Papa, los seguidores de Alberigo consideran la ruptura un bien y un progreso (se consideran más avanzados que el Papa), pero solo porque, como malos católicos, están influenciados por el concepto hegeliano-historicista-modernista del progreso dogmático y desprecian la continuidad.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 30 de mayo de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum doctrinae novae Concilii Vaticani II sint infallibiles ut progressus praecedentium,
vel potius sint fallibiles

Ad hoc sic procediturVidetur quod doctrinae novae Concilii Vaticani II sint fallibiles.
1. Quia non fuerunt definitae ut dogmata, et ideo non possunt haberi pro infallibilibus.
2. Praeterea, progressus doctrinalis potest inducere contradictiones cum antiquis, quod ostenderet rupturam et non continuationem.
3. Item quidam tenent quod novum in Concilio est interpretandum ut pastorale vel iuridicum, et ideo pertinet ad tertium gradum doctrinae, qui admittit fallibilitatem et opinabilitatem.

Sed contra est constitutio Dei Filius Concilii Vaticani I, quae docet Magisterium ordinarium et universale Ecclesiae esse infallibile etiam in rebus fidei et morum, quia Ecclesia, columna et firmamentum veritatis, errare non potest in traditione doctrinae revelatae. Praeterea epistola Ad tuendam fidem confirmat infallibiles esse non solum doctrinas primi gradus definitae, sed etiam secundi gradus, etsi non definitae, quatenus sunt de fide vel proximae fidei. Papa Benedictus XVI loquitur de continuatione in reformatione, intellecta ut progressus doctrinalis in continuatione cum antiquo. Negare infallibilitatem novi debilitare est vim thesis continuisticae et minuit magnitudinem Concilii.

Respondeo dicendum quod doctrinae novae Concilii Vaticani II sunt infallibiles ut progressus homogenei praecedentium doctrinarum fidei vel proximarum fidei. Non sunt doctrinae primi gradus definitae, sed sunt secundi gradus definitivas, et ideo tenendae sunt fide ecclesiastica. Continuatio non est mera repetitio, sed continuatio evolutiva, analogica, quae veritatem in novo sicut in antiquo confirmat. Papa intellegit Traditionem ut vivam, et progressum doctrinalem Concilii ut legitimum et verum. Negare hoc est confundere progressum cum modernismo, quod est error.
Praeterea Concilium non se limitat ad repetendum antiquum, sed introducit progressum doctrinalem in continuatione cum praecedenti, quod novum ut tale est infallibile sicut antiquum. Continuatio demonstranda est, sed impossibile est demonstrare eam non existere. Si videtur non existere, hoc est quia nos non intellegimus, non quia obiective desit. Alioquin concludere deberemus Christum Ecclesiam suam decepisse, quod absurdum est. Conceptus rectus progressionis dogmaticae, sicut ostenditur in evolutione homogenea dogmatis catholici, confirmat quod novum non est ruptura, sed legitimus progressus. Ideo continuatio est analogica, non univoca, et tamen vera.  

Ad primum dicendum quod, etsi doctrinae novae non sint definitae, sunt tamen definitivas et infallibiles, quia derivantur ex doctrinis iam fidei vel proximis fidei.
Ad secundum dicendum quod progressus doctrinalis non inducit contradictionem, sed continuationem evolutivam secundum analogiam fidei, quae unitatem inter antiquum et novum confirmat.
Ad tertium dicendum quod non agitur de doctrinis mere pastoralibus vel iuridicis, sed de doctrinis dogmaticis, quae requirunt fidem ecclesiasticam et non solum obsequium religiosum.
   
JG

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