El padre Giovanni Cavalcoli aborda con fuerza uno de los desafíos más graves de nuestro tiempo: el relativismo y su impacto en el ecumenismo y el diálogo interreligioso. ¿Qué ocurre cuando lo absoluto se relativiza y la misión evangelizadora de la Iglesia se reduce a mera convivencia pacífica? ¿Puede el ecumenismo ser un fin en sí mismo, desligado del mandato de Cristo de anunciar el Evangelio a todas las naciones? En esta reflexión se muestra cómo el relativismo corrompe la universalidad de la fe y cómo el verdadero ecumenismo, lejos de ser relativista, está ordenado a la evangelización. [En la imagen: fragmento de "Followers of God", óleo sobre lienzo, 1978, obra de Dolores Puthod, encargada por el Vaticano tras el Concilio Vaticano II, en honor al Papa San Pablo VI, quien está representado con los brazos abiertos, acogiendo a representantes de diversas religiones cristianas y no cristianas].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 22 de enero de 2026
Relativismo y ecumenismo
Un mal que hoy frecuentemente es denunciado tanto en el campo eclesiástico (véanse las numerosas intervenciones del Papa) como en el campo cultural, incluso secular (hay quienes a este respecto han hablado de "dictadura del relativismo"), es el llamado "relativismo".
¿De qué se trata? De la tendencia a reducir todo a lo relativo, a no ver nada más que lo relativo y, por lo tanto, a relativizar lo absoluto. ¿Quién no ha escuchado alguna vez el dicho corriente: "todo es relativo"? Pero este dicho de una cierta barata sabiduría, ha sido revestido, como es bien sabido, también con las pautas de la filosofía, para las cuales es famoso el principio de Auguste Comte, el fundador del positivismo: "todo es relativo; y este es el único principio absoluto". Podríamos preguntar a Comte: si no existe nada absoluto, ¿cómo puedes decir que todo es relativo? ¡Entonces no todo es relativo! O bien estás relativizando lo absoluto; y por lo tanto abandonas tu principio en el momento en que lo expresas.
El hecho es que lo relativo se define en relación a lo absoluto. Lo uno tiene sentido en relación con lo otro, por lo cual negar lo uno significa negar lo otro. Y es absurdo identificarlos, por lo cual, si lo relativo es absoluto, entonces no existe lo relativo y si lo absoluto es relativo es que no existe lo absoluto.
Si el mundo (relativo) está absorbido en Dios (absoluto), no existe ya el mundo sino que todo es Dios y existe solo Dios. Y tenemos en tal caso el panteísmo. Si Dios está absorbido en el mundo, tenemos solo el mundo y no existe Dios. Y tenemos el ateísmo.
Ciertamente, Dios (absoluto) podría existir incluso sin el mundo (relativo), pero el mundo no puede existir sin Dios. Sin embargo -y vuelvo a decir lo que ya he dicho- también lo absoluto no puede ser definido por nosotros sin hacer referencia a lo relativo. Pero una cosa es el existir y otra cosa es el definir, si no queremos hacer como los idealistas que confunden el ser con el pensamiento.
En realidad, incluso el relativista más convencido, precisamente para sostener su relativismo, no puede no admitir un absoluto, que sin embargo no será ya distinto y trascendente, es decir, ya no será un verdadero absoluto, sino que será, como hemos visto, una absolutización de lo relativo.
A parte del hecho de que la mente humana no puede de ningún modo no afirmar un absoluto. Por lo cual -contrariamente a cuanto sostienen los ateos y los relativistas- la mente humana no puede no tender hacia un absoluto, no puede no desear un absoluto.
Todo lo que le es permitido al libre albedrío humano es la elección de la que no puede escapar: o el verdadero absoluto, por el cual el hombre reconoce el verdadero absoluto que es Dios; o bien un falso absoluto, y es la absolutización del mundo y de la creatura, algo que puede suceder de muchos modos: absolutizando el propio yo o absolutizando la humanidad o la historia o la ciencia o el placer o el poder, etc.
Hay quienes dicen: ¡pero existe también un sano relativismo! ¿Por qué no? Podemos darles la razón: si algo es realmente relativo, debe ser reconocido como tal, especialmente porque existe una gran cantidad de cosas relativas, las cuales son por lo demás indispensables para nuestra vida y para la vida social. El problema es que estén en su puesto, ni infravaloradas ni sobrevaloradas, es decir, que no estén absolutizadas.
Lamentablemente, el relativismo también existe en la Iglesia, existe entre nosotros los católicos, y en muchos aspectos. Y una forma a veces inaparente de relativismo, seductora pero muy peligrosa, es un cierto modo de concebir y llevar a cabo el ecumenismo y también el diálogo interreligioso, un modo por el cual el catolicismo pierde su absolutidad y universalidad divinamente fundadas en Nuestro Señor Jesucristo y la Iglesia católica, y se convierte en algo relativo a los tiempos, a los lugares, a las culturas, a los estados de ánimo de individuos o grupos, una religión particular y limitada entre otras, no privada de defectos y necesitada de ser integrada o completada por otras religiones.
De ahí la necesidad, a menudo predicada por ciertos ecumenistas casi como si fuera un dogma o fuera enseñado por el Concilio Vaticano II, que las áreas de antigua o reciente tradición católica se conserven sí, pero que no se pretenda implementar un "proselitismo" -como ellos dicen- hacia áreas de diferente tradición religiosa, porque esto, dicen ellos, sería violencia, falta de respeto por el "otro", sería "fundamentalismo". El verdadero cristianismo -sostienen ellos- es el de exhortar al protestante a ser un buen protestante, al musulmán a ser un buen musulmán, etc.
Por esta razón, ellos afirman como deber absoluto e inexcusable, plena realización del cristianismo, que cada área viva en paz con las otras, así como en un jardín las rosas deben estar juntas con las violetas, las encinas deben convivir con los pinos y las hormigas con las abejas.
Pero debería quedar claro para todos cómo este modo de realizar el ecumenismo está en absoluto contraste con el mandato perentorio y clarísimo de Cristo a los apóstoles, a la Iglesia y a cada cristiano de anunciar el Evangelio a todo el mundo, amenazando la pena eterna a quienes no lo acogen.
Todos los santos misioneros de todos los tiempos se atuvieron a este irrenunciable mandato de Cristo y el Concilio no ha en absoluto ignorado tal prescripción, sino que la ha confirmado. ¿Y cómo podría hacerlo de otra manera? En todo caso, ha corregido en la ejecución de tal mandado, ciertos errores del pasado.
Hoy la Iglesia está sufriendo este terrible dualismo entre ecumenismo y evangelización malentendidos, dualismo que parece estar lejos de la solución, porque siempre que hablamos de ecumenismo evitamos hablar de evangelización y viceversa.
Cuando se habla de esta última, se está solo hablando de lo general, se hace un discurso abstracto que no toca ni afecta a nadie, ni se habla nunca, por ejemplo, de la evangelización de los protestantes o de los ortodoxos o de los judíos o de los musulmanes o de los budistas. No se habla nunca de desarrollar un método de evangelización para cada religión. Se habla siempre de "pastoral", pero no se sabe qué es la pastoral.
Esta situación corre el riesgo de crear en nosotros los católicos una mala conciencia y una alternativa igualmente perturbadora -al menos para aquellos que aman la coherencia-: o se habla de modo correcto de uno de los dos términos, silenciando al otro en la convicción de que lo niegas; o se habla de uno de los dos de modo falso, en la consiguiente incapacidad de conciliarlo con el otro, que de nuevo se mantiene en silencio.
La cuestión no es la de volver a lo hecho antes del Concilio Vaticano II, enviando al diablo el ecumenismo; pero no es tampoco la de un postconcilio modernista, que renuncia a la evangelización o la concibe como el stand católico de la feria de las religiones.
Esto no quiere decir que cuando el papa Benedicto XVI fue a Inglaterra, debería haber invitado a la Reina a convertirse al catolicismo. El ecumenismo es una cosa sacrosanta, inspirada por el Espíritu Santo, y ay de nosotros si quisiéramos volver a la polémica ácida e injusta de ciertas tendencias preconciliares.
Pero también el Papa ciertamente -no puedo creer lo contrario- en su corazón, quisiera que la Reina se convirtiera al catolicismo y por eso reza y ofrece sacrificios. Y lo desea con ese amor del corazón que habla al corazón, es decir, al corazón de Cristo.
¿Pero por qué no lo dice abiertamente? Este es otro asunto. El verdadero amor no siempre le dice todo a la persona amada. Existen deseos secretos que nutrimos por la persona amada, deseos que precisamente por su bien, por el momento no los revelamos.
El ecumenismo -lo digo siempre- no es un fin en sí mismo, sino que está dirigido a la evangelización. Cuando comprendamos esto, no entendiendo el ecumenismo de un modo meramente instrumental sino como grande y urgente valor, entonces el dualismo que nos está desgarrando y corre el riesgo de hacernos parecer hipócritas, se habrá resuelto, habremos implementado verdaderamente el Concilio Vaticano II y vendrá el "nuevo Pentecostés" que fue profetizado y auspiciado por el Beato Juan XXIII. ¹
P. Giovanni Cavalcoli
30 de septiembre de 2010
Notas
¹ El texto original, en lengua italiana, de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en el blog Riscossa Cristiana, el 30 de septiembre de 2010, lo puede encontrar el lector en el link: https://www.ricognizioni.it/relativismo-ed-ecumenismo-di-pgiovanni-cavalcoliop/ Este artículo pretende ser complementario de lo que se estableció en el artículo "La evangelización de los islámicos".
__________
Anexo
He aquí mi transcripción de lo que a mi entender es la tesis principal este artículo del padre Cavalcoli, tesis y desarrollo sintetizados en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
Articulus unicus
Utrum relativismus applicatus ad ecumenismum et ad dialogum interreligiosum corrumpat missionem evangelizatoriam Ecclesiae
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod relativismus applicatus ad ecumenismum et ad dialogum interreligiosum non corrumpat missionem Ecclesiae.
1. Quia multi tenent verum christianismum consistere in exhortando protestantem ut sit bonus protestans, musulmanum ut sit bonus musulmanus, et sic de aliis; et quod unaquaeque regio pacifice vivat cum aliis, sicut in horto rosae cum violis, quercus cum pinis convivunt.
2. Praeterea, dicitur quod proselytismus versus regiones diversae traditionis religiosa esset violentia, iniuria respectus alterius, et fundamentalismus. Ergo ecumenismus deberet limitari ad pacificam conviventiam et mutuum respectum.
3. Item, cum valores et veritates in aliis religionibus exstent, videtur superfluum Evangelium annuntiare, cum unaquaeque religio haberet suum legitimum iter ad Deum.
Sed contra hoc est in absoluto contrastu cum mandato peremptorio et clarissimo Christi ad Apostolos, ad Ecclesiam et ad unumquemque christianum, ut Evangelium annuntient universo mundo, comminando poenam aeternam illis qui non recipiunt. Omnes sancti missionarii omnium temporum huic mandato irrenuntiabili Christi obsecuti sunt, et Concilium Vaticanum II hoc non ignoravit, sed confirmavit.
Respondeo dicendum quod relativismus consistit in eo quod omnia ad relativum reducuntur et absolutum relativizatur. Sed relativum definitur in ordine ad absolutum; unde negare unum est negare alterum. Propter quod etiam relativista maxime convictus non potest non admittere aliquod absolutum, etsi sit absolutizatio relativi. Mens humana non potest non tendere ad absolutum: vel ad verum absolutum, quod est Deus; vel ad falsum absolutum, quod est absolutizatio mundi et creaturae.
Cum hic relativismus in Ecclesiam introducitur, fit forma seductoria sed periculosa concipiendi ecumenismum et dialogum interreligiosum, per quam catholicismus amittit suam absolutitatem et universalitatem divinitus fundatam in Domino nostro Iesu Christo et in Ecclesia catholica, et fit aliquid relativum temporibus, locis, culturis, affectibus singulorum vel coetuum.
Ecumenismus, semper dico, non est finis per se, sed ordinatur ad evangelizationem. Concilium Vaticanum II correxit errores praeteritos, sed numquam renuntiavit mandato Christi. Ergo relativismus applicatus ad ecumenismum et ad dialogum interreligiosum corrumpit missionem evangelizatoriam Ecclesiae, quia eam reducit ad solam pacificam conviventiam et privat eius finem essentialem: Evangelium omnibus gentibus annuntiare.
Ad primum dicendum quod pacifica conviventia est bonum, sed non potest substituere mandatum Christi de Evangelio annuntiando. Ecumenismus authenticus non limitatur ad exhortandum unumquemque ut maneat in sua religione, sed quaerit plenam communionem in Ecclesia.
Ad secundum dicendum quod proselytismus intellectus ut coactio est quidem contrarius Evangelio; sed annuntiatio reverens et fiduciosa Christi non est violentia, sed verus amor.
Ad tertium dicendum quod valores et veritates praesentes in aliis religionibus sunt reales, sed incompleti; agnosci debent ut ad plenitudinem in Christo, unico vero absoluto, perducantur.
J.A.G.
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