miércoles, 21 de enero de 2026

La evangelización de los islámicos

¿Son el diálogo interreligioso y el ecumenismo fines en sí mismos o caminos en el amplio recorrido de la misión evangelizadora? ¿Qué significa reconocer valores en otras religiones sin renunciar a la verdad de Cristo? El padre Giovanni Cavalcoli nos invita a explorar cómo el diálogo interreligioso con el islam y el ecumenismo con los cristianos no católicos se integran en la tarea evangelizadora de la Iglesia. ¿Podemos concebir la fe como agua destinada a saciar todas las naciones, y no como una planta que simplemente convive con otras? Una reflexión que interpela directamente nuestra comprensión del Concilio Vaticano II y del mandato misionero que nos une. [En la imagen: la alfombra Ardabil, una de las dos famosas alfombras persas, completadas en el siglo XVI, la más grande y conocida se encuentra ahora en el Victoria and Albert Museum de Londres].

Se está difundiendo en el mundo islámico la convicción de que algún día Europa será islamizada. Algunos predicen que algún día la basílica de San Pedro en el Vaticano se convertirá en una mezquita, como sucedió con la basílica de Santa Sofía en 1453.
No se trata, a decir verdad, de algo nuevo. Sabemos cuántas veces los musulmanes han intentado la empresa penetrando tanto desde Occidente a partir del siglo VIII (España y Francia) como desde Oriente hasta las puertas de la ciudad Viena en el siglo XVII, cuando fueron detenidos precisamente el 12 de septiembre de 1683, curiosamente el día después en el cual Viena estaba al extremo en el terror de ser invadida por las tropas de Mahoma el 11 de septiembre! La fecha nos dice algo. ¿Quizás es que los terroristas de las dos torres de New York fijaron esta fecha no por casualidad? Es posible. Una venganza y una amenaza.
Sí, es cierto, Al Qaeda, como lo ha dicho el presidente Obama, no es el mundo islámico en su conjunto, que cuenta también con muchos moderados, y mucho menos Al Qaeda es el Corán, el cual, si es más bien drástico al inducir a los infieles a abrazar el Islam, sin embargo tiene cuidado de hacer la apología del terrorismo. Al Qaeda son puros criminales. La religión no tiene nada que ver con eso.
Sin embargo, libertad religiosa no debe significar debilidad hacia los musulmanes y no excluye en absoluto nuestro deber como católicos de encontrar formas de anunciarles también el Evangelio a los musulmanes.
Nosotros los católicos debemos aceptar el desafío. Los islámicos nos quieren convertir y nosotros queremos convertirlos a ellos. En definitiva, es un noble concurso, en nombre de aquel único Dios que nos ha creado a nosotros y a ellos. Ese Dios que es suyo y nuestro, aunque ellos lo conocen mal, mientras que nosotros, gracias a Cristo, lo conocemos bien. De hecho, en Cristo es Dios mismo quien nos habla de Sí mismo.
Incluso admitiendo (aunque no concediendo) que Mahoma haya recibido una revelación del arcángel Gabriel, ¿acaso vamos a comparar cuánto un ángel conoce acerca de Dios con lo que Dios sabe de sí mismo? Y si Gabriel anunció a María la Encarnación, ¿cómo podría haberle dicho a Mahoma que él sabe más acerca de Cristo?
Nosotros los cristianos y los musulmanes hemos sido enviados por nuestros respectivos Fundadores, Cristo y Mahoma, a la conquista del mundo. Pero el Señor del mundo no puede ser sino uno solo. De ahí la competición que ha durado catorce siglos entre Cristianos y Musulmanes. ¿A quién pertenecerá el mundo?
Hoy en la Iglesia hay quienes ya no entienden el cristianismo como única verdadera religión, destinada a la conquista del mundo, sino que conciben a las diversas religiones como modos diferentes, igualmente legítimos, de honrar a Dios. Ellos no auspician para todos una única religión -el catolicismo- sino una federación de religiones, conviviendo pacíficamente, un poco como la Federación Suiza. L'Osservatore Romano, hablando recientemente de monseñor Koch, nominado por el Papa para encabezar el Secretariado para la Unidad de los Cristianos, se hizo esta pregunta retórica: ¿quién, más que monseñor Koch, un suizo, era más adecuado para ser ubicado en ese puesto, considerando cómo Suiza se ha habituado desde hace siglos a una coexistencia pacífica entre católicos y protestantes?
Pero una grave cuestión hoy se plantea por el hecho de que el ecumenismo, yendo más allá de los límites legítimos establecidos por el Concilio Vaticano II, tiende a absorberse en sí mismo y, por lo tanto, a anular el trabajo del apostolado, de la evangelización y de la misión, con las respectivas tareas de corregir los errores de otras religiones mostrando cómo pueden encontrar su plenitud solo en Cristo.
Se concibe el cristianismo no como el agua que debe ser distribuida en todo el mundo, sino como una especie de planta o de animal que debe coexistir con los demás. ¿Qué diríamos de un botánico que sostuviera que el abeto es el árbol más perfecto y que, por lo tanto, todos los demás árboles deben ser destruidos? ¿O del presidente de la FIAT que dijera que sus autos son los mejores y que, por lo tanto, todas las demás fabricas deben construir autos según modelos de la FIAT o de lo contrario deberían cerrar sus puertas?
Ahora bien, existen hoy, incluso entre los católicos y también entre los teólogos, algunos que entienden el cristianismo precisamente de ese modo. Tenemos que respetar lo diferente, dicen ellos. Y hasta aquí estamos de acuerdo. Pero, ¿qué entienden ellos con diferente? Entienden lo falso. Entonces es como si uno estuviera diciendo: no se debe pretender curar a una persona que padece cáncer; pues esa persona no está enferma, sino que es simplemente diferente de alguien que no tiene cáncer; debemos respetarlo en su diversidad. Este modo de hablar muestra que no se sabe distinguir lo verdadero de lo falso.
En cambio, Cristo ha concebido su Evangelio como el agua que sacia todas las naciones sedientas por el pecado: es necesario distribuir el agua por todas partes. ¿Y si alguien no quiere beber? Se insiste por un tiempo, con buenas maneras, y si realmente no quiere beber, se lo deja en libertad, aunque sin embargo él habrá de sufrir las consecuencias.
El ecumenismo, el diálogo entre las religiones, la libertad religiosa, no son fines en sí mismos. Esto no es lo que pretendió el Concilio Vaticano II, el cual en el mismo documento dedicado al ecumenismo, Unitatis redintegratio, dice que el fin del ecumenismo es hacer que los hermanos separados entren en plena comunión con la Iglesia católica.
El ecumenismo, por lo tanto, según el Concilio, no es la cumbre de la acción cristiana. Esta es la liturgia, fons et culmen totius vitae christianae, y el apostolado, con el cual se conquista el mundo para Cristo. El ecumenismo es necesario y precioso, pero al fin de cuentas solo como etapa preparatoria de la acción apostólica. Se debe recuperar esta relación entre el ecumenismo y el apostolado , de lo contrario somos traidores de nuestra fe.
Con ese estilo nuevo, más evangélico, que nos ha enseñado el Concilio, debemos volver a las huellas, por ejemplo, de san Francisco de Sales, de san Pedro Canisio, de san Francisco Javier y del beato Marco de Aviano, que convirtieron multitudes de paganos o hicieron volver a miles de protestantes al catolicismo.
No debemos asustarnos por el accionar de los terroristas y de los fundamentalistas islámicos, incluso si quisieran convertirnos por la fuerza y las amenazas. Tratemos de asumir con confianza cuanto el Concilio nos enseña acerca de los valores contenidos en el Corán.
Por primera vez en la historia, ha sucedido que un Concilio reconozca con el peso de su autoridad doctrinal infalible los valores de otra religión, sin por esto ignorar obviamente sus errores. ¿Nos damos cuenta del significado epocal de este punto de inflexión histórico? ¿Nos damos cuenta de la esperanza que esta doctrina debe despertar en nuestros corazones?
Han sido catorce siglos que la cristiandad y el mundo islámico han estado luchando entre sí. ¿Cuánto tiempo más se debería continuar del mismo modo? ¿Podría ser que el Espíritu Santo, con el Concilio, ha abierto una nueva era? Pero nosotros los católicos debemos estar unidos entre nosotros. Prohibido el laxismo, prohibido el modernismo, prohibido el relativismo, prohibidas las herejías, prohibida la religión-hazlo-tú-mismo.
Unámonos todos en torno al Vicario de Cristo para combatir valerosamente la "buena batalla", no tanto la de las armas, sino la del sacrificio, la de la predicación, la de la plegaria, la del buen ejemplo y la del amor. ¹

P. Giovanni Cavalcoli
Septiembre de 2010
   
Notas

¹ El texto original, en lengua italiana, de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en el blog Riscossa Cristiana, en el mes de septiembre de 2010, lo puede encontrar el lector en: https://riscossacristianaaggiornamentinews.blogspot.com/2010/09/levangelizzazione-degli-islamici.html

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Anexo

He aquí mi transcripción de lo que a mi entender es la tesis principal este artículo del padre Cavalcoli, que el diálogo interreligioso y el ecumenismo forman parte de la misión evangelizadora de la Iglesia, tesis y desarrollo sintetizados en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
   
Articulus unicus

Utrum dialogus interreligiosus et ecumenismus
sint partes integrales missionis evangelizatoriae Ecclesiae

Ad hoc sic procediturVidetur quod neque dialogus interreligiosus neque ecumenismus sint partes integrales missionis evangelizatoriae Ecclesiae.
1. Quia hodie non pauci existimant dialogum interreligiosum et ecumenismum esse simplicem reverentiam diversitatis atque pacificam conviventiam, quod excluderet intentionem convertendi alios ad fidem catholicam.
2. Praeterea, cum agnoscantur valores et veritates in aliis religionibus, non videtur necessarium evangelizare, cum unaquaeque religio haberet suum legitimum iter ad Deum.
3. Item, libertas religiosa, ab Ecclesia agnita, videretur excludere omnem conatum annuntiandi Evangelium musulmanis vel fratribus separatis, cum unusquisque deberet manere in propria traditione.

Sed contra est id quod docet Concilium Vaticanum II, circa finem ecumenismi esse ut fratres separati in plenam communionem cum Ecclesia catholica ingrediantur. Et in eodem Concilio, primum in historia, agnoscuntur auctoritate doctrinali valores praesentes in aliis religionibus, non tamen ignoratis erroribus. Ergo tam ecumenismus quam dialogus interreligiosus non sunt fines per se, sed media ordinata ad missionem.

Respondeo dicendum quod ecumenismus et dialogus interreligiosus, secundum intentionem Concilii et traditionem Ecclesiae, non sunt fines autonomi, sed gradus praeparatorii et instrumenta intra missionem evangelizatoriam. Evangelium comparatur aquae quae omnes gentes sitientes peccato satiat: necesse est aquam ubique distribuere.
Ecumenismus aperit vias communionis cum christianis non catholicis, ut plenitudinem fidei in Ecclesia inveniant. Dialogus interreligiosus aperit canales communicationis cum iis qui alias religiones profitentur, ostendens quomodo valores quos possident suam plenitudinem in Christo consequantur. Agnoscere hos valores non significat missionem sistere, sed ostendere quod in Christo ipse Deus plenissime se revelat.
Libertas religiosa coactionem excludit, non autem propositionem apertam et fiducialem Evangelii. Tam ecumenismus quam dialogus interreligiosus curant ut haec annuntiatio fiat cum reverentia et sine violentia, numquam tamen cum laxismo aut relativismo. Ergo ambo integrant missionem evangelizatoriam ut itinera appropinquationis, purificationis et praeparationis ad plenam communionem in Ecclesia.

Ad primum dicendum quod reverentia diversitatis non implicat veritatis renuntiationem; immo aperit dialogum ad eam caritate manifestandam.
Ad secundum dicendum quod quidem aliae religiones veros valores et veritates continent, sed incompletos; dialogus interreligiosus eos agnoscit ut ad plenitudinem in Christo perducantur, et ecumenismus idem facit cum fratribus separatis.
Ad tertium dicendum quod libertas religiosa conscientiam tuetur, sed non tollit officium Evangelium annuntiandi; ecumenismus et dialogus interreligiosus curant ut haec annuntiatio fiat cum reverentia et sine violentia, numquam tamen cum relativismo.

J.A.G.

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