jueves, 22 de enero de 2026

El Padre Tomas Tyn y el ecumenismo

¿Qué significa realmente el ecumenismo después del Concilio Vaticano II? ¿Es suficiente “buscar lo que nos une”, como pedía san Juan XXIII, o corremos el riesgo de diluir la identidad católica en una falsa concordia con el protestantismo? El padre Giovanni Cavalcoli, en su artículo sobre el Siervo de Dios Tomas Tyn, nos recuerda que la caridad no consiste en ocultar la verdad, sino en mostrarla con claridad y firmeza. ¿Podemos seguir llamando ecumenismo a un camino que termina por protestantizar el catolicismo? Este texto invita a repensar, con la lucidez de Tyn y la fuerza del Magisterio, cuál es el verdadero sentido del ecumenismo hoy.

El Siervo de Dios padre Tomas Tyn vivió los primeros años de su vida en la Orden Dominicana en Alemania en el período inmediatamente posterior al Concilio Vaticano II, época en la cual algunos teólogos católicos, en cumplimiento de las directivas conciliares concernientes al ecumenismo, se esforzaron por reajustar la confrontación entre catolicismo y protestantismo para resaltar mejor los puntos de contacto entre las dos confesiones cristianas.
En esta obra compleja, difícil, pero necesaria y obligatoria, se destacaron teólogos como Hans Küng, que había sido perito del mismo Concilio, y que escribió un tratado titulado "La justificación", publicado en Italia por la Queriniana en 1972, libro que gozó del aplauso del teólogo calvinista Karl Barth, y de Otto Pesch, quien en cambio publicó un voluminoso estudio en el que sostenía una fuerte convergencia entre Santo Tomás de Aquino y Lutero.
Fue así que el joven Fray Tomas, quien todavía no era sacerdote, sino simple estudiante de teología, se sumergió con extremado ardor en este arduo, difícil y arriesgado tema, poniendo en obra su extraordinaria inteligencia y pudiéndose valer de la rica biblioteca del Estudio Teológico Dominico de Walberberg, donde entonces se alojaba.
Fray Tomas no era para nada contrario al ecumenismo promovido por el Concilio Vaticano II, dada la amplitud de sus opiniones y dado su espíritu inclinado a la benevolencia y a la armonía. Sin embargo, Tomas Tyn también poseía una gran lealtad y honestidad intelectual y una sutil capacidad de discernimiento, por lo cual bien pronto se dio cuenta del giro equívoco y comprometedor que estaba tomando un cierto "ecumenismo" bajo el pretexto del principio del papa Juan "busquemos lo que nos une".
Estaba emergiendo un ecumenismo que conciliaba lo inconciliable, forzaba la realidad de los hechos y creaba confusión, para buscar convergencias que en realidad no existían, y así se perfilaba una reinterpretación del catolicismo, la cual, para atenuar su oposición al protestantismo, terminaba por protestantizarse manteniendo para sí mismo la etiqueta de "católico".
Fray Tomas se dio cuenta con lucidez de este engaño, así como de la enorme apuesta en juego y de cómo este encuentro catolicismo-luteranismo se perfilaba cada vez más como uno de los fundamentales, si no el fundamental, problema eclesial de nuestro tiempo. El encuentro con el protestantismo traía consigo el encuentro con el pensamiento nacido de Descartes, ya que los protestantes bien pronto se habían dado cuenta en su momento de cómo la filosofía cartesiana, por su subjetivismo y voluntarismo, podía acordarse con el pensamiento luterano y, como saben los historiadores del pensamiento cristiano, el luteranismo y el cartesianismo puestos juntos habrían de llegar a formar esa mezcla explosiva que habría de conducir a la Ilustración, al idealismo alemán y de aquí al marxismo y a Nietzsche, hasta llegar a Sartre y Heidegger.
Pero el intento fallido de esta asunción por parte de algunos católicos del pensamiento postcartesiano, que a sí mismo se llamaba abusivamente "pensamiento moderno" -¡a decir verdad, el pensamiento moderno no es solamente eso!- ya había sido intentado por algunos teólogos católicos alemanes en el siglo XIX y luego en una forma aún más compleja por el modernismo, pero, como es bien sabido, tanto el primer intento como el segundo habían sido condenados respectivamente por el Beato Pío IX y por San Pío X.
En 1879 el papa León XIII había publicado una poderosa encíclica, la famosa Aeterni Patris, con la cual exhortaba a los teólogos a utilizar a santo Tomás de Aquino como criterio de evaluación en el encuentro con el pensamiento moderno. Pero muy pocos, por no decir poquísimos, siguieron las sabias directivas del gran Pontífice y nuevamente, como había sucedido anteriormente, los desobedientes al Papa repitieron la operación sin la adecuada preparación tomista, pero enredados en esos mismos errores modernos que habrían debido refutar. Por eso la operación no podía no fracasar, como ya había sucedido con la realizada en tiempos de Pío IX. De aquí que, para reparar tal daño, nació la famosa encíclica Pascendi Dominici gregis de San Pío X.
Ahora bien, en el postconcilio nuevamente -¡parece increíble cómo ni siquiera los teólogos pueden aprender de la historia!- se repitió el mismo malentendido de los intentos fallidos del pasado. Y de nuevo, evidentemente, la operación no podía no fracasar.
De hecho, el principal representante de este neomodernismo filoprotestante, Hans Küng, fue debidamente condenado. Pero en este punto ocurrió un hecho desconcertante: que muchos de sus seguidores y maestros, entre ellos por ejemplo Karl Rahner, han tenido fortuna en el interior de la Iglesia sin que de parte de la Iglesia misma, al menos hasta ahora, se hayan dado eficaces o significativas intervenciones encaminadas a corregir también esta operación, que sustancialmente no difiere de aquellas pasadas, por no decir que es aún peor.
Una explicación de tal lamentable situación tal vez pueda ser ofrecida por una mala interpretación del Concilio, el cual, como se sabe, fue convocado con el objetivo prevalente de ofrecer al mundo una doctrina constructiva y positiva, moderando las condenas. Pero moderar no debería ser entendido como suprimir del todo.
Ha sido así que precisamente de este punto aprovecharon los neo-modernistas (los así llamados "progresistas"), para sentirse exonerados de refutar los errores de Lutero y, de hecho, para sentirse autorizados a llamar verdadero lo que es falso y ortodoxo lo que es herético.
Fray Tomas Tyn, dando muestras de una profunda y exacta lectura del momento histórico que estaba viviendo, comprendió la urgencia de construir una teología ecuménica que reconociera ciertamente "lo que une", pero sin olvidar que al fin de cuentas Lutero es un hereje. Por esto, Tyn, transferido en 1972 al convento dominico de Bologna, inició su actividad como teólogo con una voluminosa tesis de licencia en teología de 340 páginas (en latín, como todavía se seguía usando entonces), tesis defendida en 1976 en el Estudio Teológico Académico Boloñés, titulada: "De gratia divina et iustificatione. Oppositio inter theologiam S.Thomae et Lutheri", dirigida por el inolvidable, ingenioso y muy erudito dominico padre Alberto Galli, fallecido en 1990, quien también fue mi maestro.
En esta tesis el padre Tomas, que era sacerdote desde 1975, no dijo nada particularmente nuevo sobre cuanto ya se sabía de Lutero, pero su mérito fue mostrar, sobre la base de una óptima preparación teológica fundada en la doctrina del Aquinate, cómo en realidad, la pretendida concordancia entre Santo Tomás y Lutero, aunque sostenida con abundancia de argumentos por Pesch, no tenía fundamento. No era ése el modo de hacer ecumenismo.
Es lamentable que este claro reclamo del padre Tomas Tyn haya sido poco escuchado en gran parte de la praxis ecuménica que se ha venido desarrollando a lo largo de estas últimas décadas, contraviniendo por otra parte el mismo documento conciliar dedicado al ecumenismo, el decreto Unitatis redintegratio, donde se afirma explícitamente que el propósito último del ecumenismo es obtener, con la ayuda de Dios, que los hermanos separados entren en la Iglesia católica. Lo que alguna vez ha sido llamado "conversión".
Y para lograr este objetivo no basta evidentemente con destacar los puntos de contacto, sino que es necesario continuar, aunque con mayor desenvoltura y mayor caridad que en el pasado, mostrando los errores de los hermanos separados, con la esperanza de que quieran rechazarlos. En cambio, lamentablemente, ha ocurrido en muchos casos que no solo algunos católicos no han cumplido esta obra de caridad, sino que han continuado llamándose católicos, pero de hecho habiéndose casi convertido en protestantes.
Los católicos necesitamos recuperar la tradicional capacidad que han tenido muchos de nuestros Santos, como San Juan Nepomuceno, San Pedro Canisio, San Francisco Javier, San Francisco de Sales o el Beato Marco d'Aviano para conducir a los hermanos protestantes a corregirse de sus propios errores y entrar en la Iglesia católica. De modo que, hasta que, con la ayuda del Espíritu Santo, no podamos reanudar esta obra de gran caridad, todos nuestros buenos votos y todas nuestras oraciones al Espíritu Santo no tendrán sentido, porque Dios los juzgará insinceros. La máquina del ecumenismo girará sin sentido, en el vacío, como las ruedas de un automóvil sin cadenas sobre el hielo.
El padre Tomas Tyn es para todos nosotros un fuerte llamado en este sentido. Solamente siguiendo su ejemplo es que podremos obtener resultados eficaces y decir que hemos logrado implementar verdaderamente el Concilio Vaticano II. ¹

P. Giovanni Cavalcoli
2010
   
Notas

¹ El texto original, en lengua italiana, de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en el blog Riscossa Cristiana, en algún momento del año 2010, lo puede encontrar el lector en el link: http://riscossacristianaaggiornamentinews.blogspot.com/2010/06/padre-tomas-tyn-e-lecumenismo.html
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Anexo

He aquí mi transcripción de lo que a mi entender es la tesis principal este artículo del padre Cavalcoli, tesis y desarrollo sintetizados en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
   
Articulus unicus

Utrum verus oecumenismus consistat in sola concordia quaerenda
inter catholicismum et protestantismum

Ad hoc sic procediturVidetur quod verus oecumenismus post Concilium Vaticanum II consistat in sola concordia quaerenda inter catholicismum et protestantismum, vel etiam cum aliis christianis non catholicis.
1. Quia Concilium Vaticanum II hortatum est ut “quaeramus quod nos unit”, sicut praecepit sanctus Ioannes XXIII; ergo oecumenismus debet in convergentias intendere, relictis differentiis.
2. Praeterea, nonnulli theologi, ut Hans Küng et Otto Pesch, tenuerunt magnam concordantiam inter sanctum Thomam Aquinatem et Lutherum, quod ostendere videtur oppositionem non esse tam radicalem, et posse fundari oecumenismum in tali convenientia.
3. Item, caritas exigit vitare confrontationes et concordiam extollere; nam errores indicare videri posset quasi defectus amoris fraterni et impedimentum unitatis.
4. Denique, historia recens ostendit conatus ad moderandas condemnationes et ad doctrinam positivam exhibendam, sicut voluit Concilium, permisisse ut theologi “progressistae” prosperitatem in Ecclesia consequerentur, quod videtur indicare hunc iter legitimum et fructuosum.

Sed contra est quod decretum Unitatis redintegratio affirmat finem ultimum oecumenismi esse, auxilio Dei, ut fratres seiuncti in Ecclesiam catholicam ingrediantur. Praeterea, Leo XIII, in Aeterni Patris, hortatus est ut sanctus Thomas adhibeatur tamquam criterium ad aestimandum cogitationem modernam, ad falsas concordias vitandas. Sanctus vero Pius X, in Pascendi, damnavit modernismum qui conari volebat conciliare inconciliabilia, ostendens caritatem exigere ut error refutetur. Denique, pater Thomas Tyn, in sua thesim De gratia divina et iustificatione. Oppositio inter theologiam S. Thomae et Lutheri, demonstravit praetensam concordantiam inter sanctum Thomam et Lutherum carere fundamento.

Respondeo dicendum quod verus oecumenismus, secundum Concilium Vaticanum II et traditionem Ecclesiae, non consistit in conciliatione inconciliabilium neque in protestantizatione catholicismi sub praetextu unitatis, sed in agnitione eorum quae nos uniunt, non obliviscendo quod Lutherus plures haereses protulit.
Pater Thomas Tyn, cum honestate intellectuali et subtili discretione, cito animadvertit quoddam oecumenismum postconciliarium in errorem labi. Sub lema “quaeramus quod nos unit” conciliabantur inconciliabilia, fiebat falsificatio rerum et confusio, atque catholicismus in clave protestantica reinterpretabatur, debilitata sua identitate.
Intellexit etiam Tyn congressum cum protestantismo secum trahere congressum cum cogitatione Cartesiana, cuius subiectivismus et voluntarismus affinitatem ostendebant cum lutheranismo. Ex hac coniunctione orta est catena quae duxit ad Illuminationem, ad idealismum Germanicum, ad marxismum, ad Nietzsche, et tandem ad Sartre et Heidegger. Huiusmodi conatus iam saeculo XIX et in modernismo factus est, sed a beato Pio IX et a sancto Pio X damnatus. Leo XIII, in Aeterni Patris, praecepit ut sanctus Thomas adhiberetur tamquam norma ad cogitationem modernam aestimandam; pauci tamen secuti sunt, unde iterum factum est naufragium, quod movit encyclicam Pascendi.
In postconcilio idem error iteratus est. Hans Küng, princeps huius neomodernismi philoprotestantici, damnatus est; alii vero, ut Karl Rahner, prosperitatem in Ecclesia adepti sunt sine correctione efficaci. Hoc ex mala interpretatione Concilii provenit: moderatio condemnationum intellecta est quasi suppressio. Inde progressistae se putaverunt exoneratos a refutatione errorum Lutheri, et ausi sunt falsum pro vero, haereticum pro orthodoxo declarare.
Contra haec, Tyn in sua thesim ostendit concordantiam inter sanctum Thomam et Lutherum esse fictam et inanem. Non est hic modus faciendi oecumenismum. Verus oecumenismus debet agnoscere quae nos uniunt, sed etiam errores fratrum seiunctorum ostendere, ut eos speremus abicere.
Dolendum est quod haec admonitio parum audita sit, contra decretum Unitatis redintegratio, quod docet finem oecumenismi esse ut fratres seiuncti in Ecclesiam ingrediantur. Ad hoc non sufficit puncta communia extollere, sed necesse est errores demonstrare, sicut fecerunt sancti et beati qui protestantes ad conversionem adduxerunt: sanctus Petrus Canisius, sanctus Franciscus Xaverius, sanctus Franciscus Salesius, sanctus Ioannes Nepomucenus et beatus Marcus d’Aviano.
Donec hanc caritatis operam resumamus, orationes nostrae ad Spiritum Sanctum sensu carent, quia Deus eas insinceras iudicabit. Oecumenismus inanis erit, sicut rotae currus sine catenis super glaciem. Pater Thomas Tyn est nobis omnibus vehementissimum monitum: solummodo eius exemplum sequentes fructus efficaces obtinebimus et vere dicere poterimus nos Concilium Vaticanum II implevisse.

Ad primum dicendum quod mandatum Concilii “quaeramus quod nos unit” non significat omittere quae nos separant, sed ea integrare in itinere ad unitatem veritatis. Moderatio condemnationum non est eorum suppressio.
Ad secundum dicendum quod praetensa concordantia inter sanctum Thomam et Lutherum est illusoria. Doctrinae eorum de gratia et iustificatione sunt irreconciliabiles, sicut Tyn in sua thesim demonstravit.
Ad tertium dicendum quod caritas non est veritatem occultare, sed eam mansuetudine et claritate ostendere, ut fratres seiuncti errorem abiciant et fidem catholicam amplectantur.
Ad quartum dicendum quod prosperitas nonnullorum theologorum progressistarum in Ecclesia errores eorum non legitimat. Defectus correctionis efficacis non est approbatio doctrinalis, sed tantum defectus disciplinae, qui sanari debet.
   
J.A.G.

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