viernes, 30 de enero de 2026

Redención y corredención

¿Es posible hablar de la corredención sin disminuir la obra única de Cristo? ¿No es acaso la vida cristiana misma una participación en la Redención, donde cada fiel se convierte en instrumento de salvación para los demás? ¿Por qué tantos rechazan el título de Corredentora para María, cuando ella es la primera y más perfecta colaboradora de su Hijo? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli invita a redescubrir la fuerza y la verdad de un concepto que toca el corazón mismo de la fe y que, lejos de ser un exceso, revela la grandeza de la gracia que nos hace partícipes de la obra divina. [En la imagen: fragmento de "Piedad", óleo sobre panel de roble, de alrededor de 1441, obra de Rogier van der Weyden, conservado en los Museos Reales de Bellas Artes de Bruselas, Bélgica].

Redención y corredención

(El artículo original, en lengua italiana, fue publicado por el padre Giovanni Cavalcoli

Cristo nos hace partícipes de su obra redentora

Como sabemos, la obra que Cristo cumplió sacrificándose por nosotros en la cruz es llamada por la Escritura con un nombre metafórico tomado de las transacciones comerciales o de compra-venta. De aquí la imagen de la sangre de Cristo como precio de nuestro rescate. De aquí la idea de que Cristo nos ha comprado a caro precio. De aquí la imagen de Cristo que ha pagado por nosotros, deudores insolventes. De aquí la imagen del pecado como deuda de la cual pedimos al Padre la remisión.
En efecto, el término redención quiere decir comprar de nuevo (re-d-emptio). Cristo nos ha comprado o adquirido dos veces pagando en persona. Pero ¿a quién ha entregado el dinero? ¿A quién nos ha restituido? Cristo, en cuanto Dios creador, nos ha comprado una primera vez haciéndonos propiedad del Padre al habernos creado. Por tanto, el Padre es nuestro legítimo propietario. Nosotros somos propiedad del Padre porque somos obra suya, sus criaturas.
Con el pecado, cediendo a la tentación del demonio, nos hemos sustraído al dulcísimo dominio del Padre y nos hemos convertido en prisioneros del demonio. Cristo, con su sacrificio, nos ha arrancado del dominio tiránico del demonio, desenmascarando sus engaños, y con el sacrificio de la cruz nos ha restituido al Padre, resarciendo al Padre del daño recibido por el robo sufrido por obra del diablo.
Así pues, Cristo, expiando en la cruz nuestras culpas y pagando aquella deuda al Padre, que nosotros no podíamos pagar, por medio de sus méritos adquiridos en la cruz, rico como era en cuanto Dios, nos ha comprado una segunda vez, de modo que hemos vuelto gracias a Él a ser propiedad del Padre. Esta es la obra redentora de Cristo, gran misterio de salvación y de glorificación del hombre, expresado en los humildísimos y comprensibilísimos términos de una operación económica.
El Padre ha querido que el Hijo fuese el Redentor gracias a una obra meritoria que solo Cristo en cuanto Dios podía cumplir; es decir, ha querido que el Hijo encarnado no solo restituyese al hombre la gracia perdida con el pecado, sino también ha querido elevarlo a una vida de gracia sobrenatural y crística de hijo de Dios, superior a aquella misma de la cual el hombre había gozado en el Edén.
Es decir, ha querido que el hombre, liberado del pecado gracias a Cristo, fuese elevado por Cristo a participar de su misma divina Filiación y gloria, a una vida sobrenatural partícipe en la gracia de la misma naturaleza divina, obviamente sin que el hombre se convierta en Dios, cosa absurda e imposible.
Gracias a la obra de la Redención, por tanto, el hombre se convierte en corredentor, obviamente en subordinación, como instrumento de Redención, no en el sentido de convertirse en otro Dios a la par de Dios, a la par del Hijo, puesto que solo el Hijo es Deus de Deo. El hombre nace de Dios con el bautismo, pero ciertamente no es hijo de Dios desde la eternidad como el Hijo. Y sin embargo, en Cristo es llamado a «nacer de lo alto», es decir, del Padre a imagen y semejanza del Hijo.

En la corredención el hombre permanece redimido por Dios

Corredimir no quiere decir actuar a la par del Redentor, compartir su acción, obrar junto con Él o hacer lo mismo que ha hecho Él, dividirse a la mitad el acto y la obra de la Redención. Aquel «co» de corredentor no significa ni paridad ni compartición ni mucho menos identidad, sino subordinación, inferioridad, dependencia. Significa participación.
¿Pero qué significa participación? El término viene de partem capere, tomar una parte de un todo. Estamos, pues, inmediatamente en la categoría de la cantidad y por tanto de las cosas materiales. Ahora bien, evidentemente el acto divino de redimir es absolutamente espiritual y simple y por tanto no es un todo participable, del cual pueda tomarse una parte. ¿Por qué entonces San Pedro dice que la gracia es una participación ¹ (koinonìa, consortium) de la naturaleza divina? Habla evidentemente por analogía, en el sentido de ser semejante, asemejarse, ser a imagen según cierta proporción. Es decir, que la gracia es participación de la naturaleza divina de modo semejante o analógico a aquel con el cual la parte material de un todo material es parte de ese todo. La gracia es algo divino, y sin embargo es creada y es solo una cualidad o accidente amisible del alma.
Para entender qué quiere decir San Pedro debemos enlazarlo con lo que dice San Juan cuando afirma que en el paraíso del cielo seremos semejantes a Dios, y con lo que dice el Génesis del hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Aquí se habla de la vida natural; pero también la vida de gracia es un ser semejante a Dios, un asemejarse a Dios. El corredimir debe entenderse de este modo, como la realización concreta del estar en gracia.
Dios, causa primera, obra sí directamente, pero también por medio de las causas segundas e instrumentales. Dios ha querido salvar y glorificar al hombre por medio del hombre Jesucristo. La acción divina de Cristo es única, pero la acción humana es múltiple porque Cristo actúa no solo por medio de su humanidad, sino también por medio de la humanidad de los fieles.
Esta acción de Cristo en la humanidad de los fieles, miembros del Cuerpo místico del cual Él es la Cabeza, es la corredención operada por los fieles, que coincide con la misma vida cristiana. Solo la única divinidad de Cristo redime, pero no únicamente su humanidad. También la humanidad de los discípulos de Cristo es salvífica en cuanto instrumento de la humanidad de Cristo.
La Redención, obra divina, cumplida por la divino-humanidad de Cristo, es única y una sola; pero los efectos de la Redención de Cristo son las muchas corredenciones, de modo que, y gracias a Cristo, los fieles son corredentores los unos de los otros. Cristo dona la gracia directamente, pero se sirve también de sus ministros y de sus santos para redimir a la humanidad. La Redención produce la corredención. No hay redención sin corredención, así como no hay vida de Cristo sin la vida del cristiano, el obrar de Cristo sin el obrar cristiano.
El cristiano en gracia es y permanece hombre, dotado sin embargo de una vida superior, la vida de gracia, la cual, imagen y semejanza del poder de Cristo, lo hace capaz, a imitación de Cristo, de ser salvador y glorificador de los hermanos y disponible a ser a su vez salvado y glorificado por los hermanos en la fe, también ellos partícipes, instrumentos, mediadores y ministros de la obra redentora de Cristo.
La corredención no es otra cosa que este maravilloso obrar sobrenatural cristiforme donde los unos, en Cristo y en el Espíritu, obran, dan y reciben los unos de los otros, los unos en favor de los otros, todos miembros del Cuerpo místico, animados y guiados por la Cabeza que es Cristo, por medio de sus ministros, servidores, distribuidores y administradores de la multiforme gracia de los sacramentos y de los dones carismáticos ordinarios y extraordinarios del Espíritu. Este intercambio de gracia, este recíproco colaborar, iluminarse, instruirse, salvarse, sanarse, corregirse, purificarse, enriquecerse, completarse, perfeccionarse y divinizarse en la comunión de la caridad fraterna y en la comunicación y distribución de las gracias recibidas para el provecho propio y de los demás. Todo esto es la obra de la corredención.
El hombre que así vive en Cristo, se convierte en templo del Espíritu Santo, se convierte en instrumento y ministro de Cristo en la obra de la Redención. Como dice San Pablo, ya no es él quien vive, sino que Cristo vive en él, de modo que, hecho por el bautismo hijo de Dios a imagen y semejanza del Hijo, ahora puede imitar al Hijo en comunicar y transmitir la gracia a los hermanos.
El cristiano, revestido de la gracia de Cristo y miembro del Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia, prolonga en el mundo y en la historia la obra de Cristo, contribuye, colabora, coopera y participa en la obra divina de la salvación y glorificación del hombre; se convierte en Cristo y por Cristo en la Iglesia en causa instrumental, administrador, distribuidor, mediador, ministro, transmisor y comunicador de salvación y de gloria para los demás hombres, salvando y por tanto redimiendo a los otros.
Es necesario además hacer presente que la noción de corredención no es unívoca, sino analógica. María no es la única corredentora, sino la corredentora por excelencia. En virtud de su altísima santidad, ella corredime en el grado más elevado y eficaz y más extenso, es decir, al máximo alcanzable por la simple criatura, con la consecuencia de que su influjo materno y providente se extiende a toda la humanidad.
María presenta a Cristo todas las peticiones que le llegan de los fieles y al mismo tiempo transmite a los fieles todas las voluntades de su Hijo, excepto aquello que Él quiere comunicar por medio de la Jerarquía de la Iglesia. Comunicar la gracia de los sacramentos corresponde a los sacerdotes. María hace llegar a cada uno, lo pidan o no lo pidan, todas aquellas gracias y favores que no entran en la gracia sacramental y que sin embargo son necesarios para una digna vida cristiana.
Por debajo del vértice de corredención alcanzado por ella existen infinitos grados inferiores y formas variadísimas, que son las de todos los demás discípulos de Cristo. Solo el concepto de Redentor es unívoco, y ello es lógico, puesto que aquí no se trata de la criatura, sino de Dios mismo, cuyo concepto es evidentemente unívoco, ya que Dios es uno solo.
Solo Cristo, en efecto, en cuanto Dios, es el Redentor. Dios es uno solo. En cambio, los corredentores son muchos. Por esto el corredentor no es otra cosa que el cristiano. O el cristiano es un corredentor o no es cristiano. El corredentor no es un superhombre ni tampoco el hombre en sentido panteístico como lo entiende Rahner. El cristiano es un pobre pecador, el cual, sin embargo, correspondiendo a la gracia bautismal, es colaborador de Cristo en la obra de la salvación. Esta cooperación o participación o imitación, como se quiera decir, no es otra cosa que la corredención.
La Virgen alcanza la máxima e inalcanzable perfección y universalidad de una obra a la cual todos estamos llamados y que cada cristiano en cuanto tal debe desempeñar según la medida de sus fuerzas y las capacidades sobrenaturales recibidas de Dios. La Virgen, por tanto, no es la única corredentora, sino que entre todas las criaturas humanas en gracia es aquella que, siendo Madre de Dios, Inmaculada, llena de gracia y Madre de la Iglesia, es Madre de la gracia y distribuidora de todas las gracias.
María no confiere la gracia santificante y no es tampoco sacerdote, pero su radio de acción es universal y cubre todo el curso de la historia; ella provee y se ocupa como una madre de cada uno de nosotros para que esté provisto de las gracias que le son necesarias para ser un buen cristiano según su particular vocación y sus necesidades espirituales.
No sabemos cómo esto pueda ser realizado por una simple criatura humana. Y sin embargo esta es la enseñanza de la Iglesia hasta el Concilio Vaticano II. Su poder de intercesión (omnipotentia supplex) es el más alto entre todas las criaturas en gracia, en cuanto Madre de Dios.
Cristo la ilumina acerca de las gracias de las cuales tenemos necesidad. Él ciertamente dona a cada uno directamente la gracia santificante en virtud de su poder divino sacerdotal. Pero ha querido que su Madre, la más santa de las criaturas, la Llena de gracia, distribuyese a todos las gracias actuales necesarias para la salvación. En este oficio María obviamente obedece a Cristo, es guiada por Cristo, es movida e inspirada por Cristo.
Y sin embargo Cristo le ha confiado la administración del patrimonio de gracia y de méritos que se ha adquirido para nosotros con su Santa Pasión. Por esto María es la primera Crucificada junto al Crucificado y nos enseña cómo ser crucificados también nosotros junto a Jesús y con Jesús.
Como ha dicho recientemente el papa Francisco, el ministerio de María es más importante que el de los Apóstoles. Ella es la Reina de los Apóstoles. El sacerdote, ciertamente, administra la gracia de los sacramentos. Pero si el alma es indigna, no recibe la gracia. María obtiene la gracia santificante tanto para los sacerdotes como para los fieles.
Es interesante la hipocresía de los modernistas que rechazan el título de corredentora porque la Virgen no es una diosa, cuando son precisamente ellos quienes, con su idealismo panteísta, convierten al hombre en Dios o a Dios en hombre.
La cuestión de la Corredentora no es si sea verdadero o falso que María es Corredentora, no es una cuestión doctrinal, sino que se trata exclusivamente de una cuestión de lenguaje, por tanto pastoral, es decir, si sea o no conveniente, oportuno o apropiado hablar de ello desde el punto de vista pastoral o del diálogo ecuménico usar el término corredentora. Observo, sin embargo, que si San Juan Pablo II ha llamado nueve veces a María con el título de Corredentora, ¿ha dicho acaso lo falso? ¿Ha dicho una herejía?
El Documento del Dicasterio considera el término corredentora un término impropio e inconveniente porque la disipación de los equívocos o la obra de clarificación requeriría explicaciones demasiado largas. Pero se podría objetar que muchos otros términos de la teología y de la dogmática requieren explicaciones y aclaraciones. ¿Qué hacemos, entonces? ¿Los dejamos de lado también?
Por otra parte, sabemos bien que los protestantes desde hace cinco siglos rechazan a la Virgen el título de Corredentora a causa de su univocismo teológico, por el cual la divinidad ininteligible, imparticipable y fideística de Cristo hace quedar bien a una humanidad radicalmente corrompida y aparentemente inocente, salvo luego absolutizar la conciencia subjetiva puesta por encima del Magisterio de la Iglesia.
En vez de callar sobre ese título mariano, ¿no habría llegado el momento de explicárselo a ellos de modo que puedan llevar a perfección su culto mariano liberándolo del error? De lo contrario, ¿para qué sirve el ecumenismo?
   
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 6 de noviembre de 2025
   
Notas

¹ La noción metafísica de participación, tomada de Platón (méthexis) está ligada a la noción puramente platónica de imitación (mimesis) y es indispensable para entender qué es la gracia y por tanto la vida cristiana y por lo tanto la corredención. Ver sobre este tema: Cornelio Fabro, La nozione metafisica di partecipazione secondo San Tommaso d’Aquino, Società Editrice Internazionale, Torino 1950; Tomas Tyn, Metafisica della sostanza. Partecipazione e analogia entis, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2009.

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Anexo

He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
   
Articulus unicus

Utrum christianus, et in gradu supremo Virgo Maria,
dici possit corredemptor una cum Christo

Ad hoc sic procediturVidetur quod christianus, nec etiam in gradu supremo Virgo Maria, dici possit corredemptor.
1. Christus enim est solus Redemptor, et attribuere aliis hunc titulum esset minuere perfectionem operis eius et ponere creaturam ad aequalitatem Creatoris.
2. Praeterea, opus Redemptionis est actus divinus, simplex et imparticipabilis, et ideo non potest communicari nec dividi in partes cum hominibus.
3. Item, quidam tenent quod loqui de corredemptione implicat quod homo sua actione suppleat quod Christus implere non potuit, quasi opus Domini esset insufficiens.
4. Denique, obiici potest quod titulus Corredemptricis applicatus Mariae est improprius et pastoraliter inconveniens, quia se praebet ad aequivocationes et confusionem, praesertim in dialogo oecumenico cum protestantibus.

Sed contra est quod dicit sanctus Petrus gratiam esse “participationem divinae naturae” (2 Pet 1,4). Et sanctus Paulus affirmat: “Iam non ego vivo, sed vivit in me Christus” (Gal 2,20). Ergo christianus in gratia participat opus Christi et prolongat in mundo actionem eius redemptivam.

Respondeo dicendum quod Redemptio est opus unicum et divinum Christi, per eius divino-humanitatem completum, et solus ipse est Redemptor in pleno et univoco sensu. Effectus tamen Redemptionis necessario producunt corredemptionem, quia Christus voluit fideles, membra Corporis mystici, suae operi participare ut causae secundae et instrumenta. Sic vita christiana ipsa coincidit cum corredemptione: fideles, gratia induti, fiunt cooperatores, mediatores et ministri Christi, se invicem salvantes et glorificantes in communione caritatis.
Illud “co” in vocabulo corredemptor non significat paritatem nec divisionem operis, sed participationem analogicam et subordinatam. Gratia, cum sit creata, est similitudo divinae naturae, et per eam homo assimilatur Christo et potest pro fratribus operari. Unde non est Redemptio sine corredemptione, sicut non est vita Christi sine vita christiani.
Inter omnes fideles, Maria est Corredemptrix excellentissima, quia plenitudo gratiae, maternitas divina et universalis eius missio efficiunt eam distributricem omnium gratiarum actualium ad vitam christianam necessariam. Christus ei commisit administrationem patrimonii gratiae in Passione acquisiti, et ipsa, prima crucifixae iuxta Crucifixum, docet fideles quomodo se Crucifixo uniant. Ministerium eius, Apostolorum maius, se extendit ad totam humanitatem.
Ergo, etsi vocabulum “Corredemptrix” possit in plano pastorali disputari, res quam exprimit est certa et ad Traditionem Ecclesiae pertinens: omnis christianus est corredemptor in Christo, et Maria est in gradu supremo et inimitabili.

Ad primum dicendum quod vocare christianum corredemptorem non significat minuere opus Christi, sed agnoscere quod ipse voluit nos suae actioni participes facere ut instrumenta subordinata.
Ad secundum dicendum quod opus divinum est imparticipabile univoce, sed participabile analogice: gratia nos facit similes Deo et cooperatores Christi.
Ad tertium dicendum quod opus Christi est perfectum et sufficiens; participatio fidelium non est complementum, sed fructus ipsius Redemptionis, quae producit corredemptionem.
Ad quartum dicendum quod quaestio vocabuli est pastoralis et sermonis, non doctrinalis. Conceptus est verus et legitimus, et quamvis quidam propter aequivocationes eum reiciant, debet explicari et non sileri, praesertim in dialogo oecumenico.
   
J.A.G.

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