¿Puede la Virgen María ser llamada Corredentora sin poner en riesgo la unicidad de Cristo Redentor? ¿Por qué el Papa Francisco rechazaba, también en expresiones suyas del 2021, este título que tantos Pontífices y teólogos han defendido? ¿Se trata de una cuestión de palabras o de una verdad profunda de la Tradición que espera ser reconocida? En este artículo que el padre Giovanni Cavalcoli publicó en aquella época, se examina con rigor la raíz bíblica, teológica y magisterial de la corredención, y se plantea si un día este título podrá ser elevado a dogma. [En la imagen: la Pietà, escultura en mármol, obra de Miguel Ángel Buonarroti, entre 1498 y 1499, expuesta en la Basílica de San Pedro, Ciudad del Vaticano].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 29 de enero de 2026
Somos colaboradores de Dios. ¿Qué ha intentado decir el Santo Padre a propósito de la Corredentora?
Somos colaboradores de Dios
¿Qué ha intentado decir el Santo Padre a propósito de la Corredentora?
(El artículo original, en lengua italiana, fue publicado por el padre Giovanni Cavalcoli
en su propio blog el día 26 de marzo de 2021:
Un título con una ilustre tradición precedente
Sabemos cómo al Santo Padre ¹ no le cae bien el título mariano tradicional de Corredentora atribuido a la Virgen. Ha repetido esta su convicción en la Audiencia General del miércoles 24 de marzo ². Esto puede resultar sorprendente, porque este título también ha sido utilizado por algunos Papas, como Benedicto XV y san Juan Pablo II, mientras que otros, como el beato Pío IX, León XIII y Pío XI han utilizado expresiones tales que pueden hacernos comprender qué cosa quiere decir Corredentora sin que con ello se ponga a María a la par de Cristo, como si fuera una diosa al lado de otro Dios, por lo cual recaeríamos en pleno paganismo.
Estos Pontífices llegan a admitir el principio de que María ha merecido de modo congruo para nosotros aquella salvación que Cristo nos ha merecido en modo digno, y afirman que María "está indisolublemente unida a su Hijo en el merecer y satisfacer" (san Pío X), la definen "reparadora de todo el mundo" (León XIII), "consorte de Cristo en la redención del género humano" (Pío XI), dicen que "ella ha redimido al género humano junto con Cristo" (Benedicto XV) ³.
En efecto, estos Papas nos explican que Corredentora no quiere decir redentora a la par, porque esto significaría asignar a María un rol divino que no le conviene en absoluto, porque esto comportaría la negación de la unicidad de Dios y la admisión de dos divinidades salvadoras. En efecto, Cristo es el único Redentor y el único Mediador, porque Dios es uno solo y, como reconoce el propio Corán, no existen otros dioses fuera de Él.
Ninguna criatura, por santa que sea, puede pretender completar o perfeccionar la obra redentora de Cristo o agregarle algo, como si alguna cosa faltara para su plena eficacia, como si Cristo tuviera necesidad de una ayuda de la criatura para cumplir su obra, como si la criatura pudiera tener el mismo poder de Cristo en el merecer de condigno la salvación para la humanidad. ¿De qué ayuda puede Dios tener necesidad Dios de parte del hombre? En esto los luteranos tienen razón. Aunque se equivocan cuando creen que el hombre no puede ser colaborador y ministro de Dios mereciendo de congruo la propia salvación.
No se trata de añadir algo propio nuestro a algo ya perfecto, sino de participar indignamente por gracia y por misericordia en algo divino que nos trasciende.
Es cierto que san Pablo dice "yo completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo" (Col 1,24). Pero él evidentemente no pretende referirse a la obra divina, sino más bien a la parte humana, dado que habla de "padecimientos", "sufrimientos", y es evidente que solo el hombre y no Dios puede sufrir, porque un atributo divino que distingue a Dios del hombre es precisamente el de la impasibilidad.
Pablo, por lo tanto, se refiere a toda aquella infinidad y variedad de sufrimientos físicos, psíquicos y morales, privaciones, frustraciones, traumas, enfermedades, deformidades, malformaciones, discapacidades, desgracias, de las cuales está afligida la humanidad, incluso hasta la más feliz, todos sufrimientos que Cristo no ha sufrido en vida, sino que el alma piadosa sufriente puede ofrecer a Dios en unión con la Cruz de Cristo.
¿Cómo no ver entonces en esta referencia al padecer con Cristo y para Cristo una referencia paradigmática a los sufrimientos de María? ¿Cómo no pensar en la participación suprema, perfectísima y ejemplar para todos nosotros de María en la Pasión redentora de su Hijo? ¿Y qué es, esta participación, sino corredención?
¿Quién entre todos nosotros, uniéndose a la Pasión expiatoria de Cristo, siguiendo su ejemplo, se ha hecho cargo más que María de las penas y castigos por los pecados de la humanidad? ¿Y no es esto corredención? Ciertamente, María, por su inocencia, no es para nosotros modelo de penitencia, porque, inmaculada como era, no tenía nada de qué arrepentirse y de qué hacer penitencia. Pero, por amor nuestro, en perfectísima imitación de su Hijo inocentísimo, como lo hizo Él, ella de todos modos ha querido, en nuestro lugar, sufrir los padecimientos debidos por nuestros pecados. ¿Y no es esto corredención?
En el afirmar que Cristo es el único Redentor porque cumple una obra divina de salvación que solo Dios puede cumplir, nosotros, los católicos estamos de acuerdo con los luteranos, quienes, sin embargo, se equivocan en el rechazar a María el título de Corredentora, porque no comprenden que la obra de la redención es, claro que sí, una obra divina, pero obra en la cual estamos llamados a participar mediante la gracia, que es precisamente "participación de la naturaleza divina" (2 Pe 2,4).
La corredención es un rol subordinado a la redención
Con-redimir es como con-trabajar, colaborar: ¿qué significa ese "con" en nuestro caso? No debe entenderse en el sentido de completar el trabajo de aquel con quien se colabora, porque solo no puede hacerlo, sino en el sentido de participar, de hacer imperfectamente lo que el otro, con el cual se colabora, hace perfectamente y completamente y podría hacer también por sí solo.
Cuando Pablo nos dice que somos colaboradores de Dios (synerguntes: 1 Cor 3,9; 2 Cor 6,1), precisamente entiende referirse a lo que desde el siglo XV se ha empezado a llamar "corredención", comenzando a referirla a la Virgen, sin comprenderse o sin darse cuenta de que el título, aunque en un grado inferior, podía y debía ser atribuido al cristiano como tal.
De ello nos han hecho conscientes los Papas a partir del beato Pío IX, los cuales nos han explicado el concepto de corredención de modo tal que se comprendía que se podía aplicar muy bien, mutatis mutandis, a todo cristiano. Por consiguiente, el título no nace en absoluto de un maximalismo mariano o incluso de una mariolatría, sino que es una rigurosa afirmación teológica, que deriva o se infiere lógicamente de la plenitud de gracia de María, ya que de esta verdad la Iglesia ha deducido los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la Asunción al Cielo.
Y por esto la verdad de la Corredención, rectamente entendida, no en el falso sentido que justamente ha condenado el papa Francisco, sino en el sentido correcto aquí expuesto, podría ser dogmatizada, por lo cual se comprende cómo bajo el pontificado de san Juan Pablo II, sucedió que un grupo de Cardenales se dirigió a él para pedirle que elevara a dogma el título de Corredentora.
Por otra parte, los colaboradores del Papa, por ejemplo, ¿qué cosa hacen? ¿Acaso tienen el mismo poder que el Papa? ¿Lo podrían sustituir? ¡De ninguna manera, ni en sueños! Aunque quizás a alguien le gustaría. Por el contrario, ellos son humildes y leales (así lo esperamos) partícipes de su poder y de su autoridad, son simples ejecutores de su voluntad y transmisores de sus órdenes y de sus enseñanzas al mundo y a la Iglesia.
En el fondo, todo cristiano es un corredentor
Así, la actividad del cristiano como tal, y no solo de María Santísima, se podría comparar a la de la colaboradora doméstica, es decir, de una trabajadora que bajo la dirección de la patrona de la casa, posiblemente una generosa nobildonna, realiza algún trabajo modesto, que la patrona todavía en buen estado de salud muy bien podría hacerlo sola, pero que se alegra de que los lleve a cabo la doméstica o criada para realzarla, para valorizarla, y darle la satisfacción de recibir un buen estipendio en pleno acuerdo con los sindicatos.
Ahora bien, María, como ha dicho el mismo Pontífice, realiza en modo "excelente", lo que todo cristiano en gracia realiza en variados grados y diversa medida, según su fuerza, según el número de talentos y de la gracia recibida. María, siendo la única criatura gratia plena y, por lo tanto, exenta de la culpa original y de la inclinación al pecado que le es consecuente, da claramente el máximo de su fuerza humana sostenida por una gracia, cuya cantidad y cualidad supera la de todos los más grandes santos, tanto que una gracia mayor sería imposible, como cuando un vaso está lleno: no se puede añadir nada. En cambio, todas las demás criaturas humanas son vasos no perfectamente limpios y no del todo llenos. Pero esto, naturalmente, no quiere decir que los otros cristianos no puedan contribuir, en la medida en que estén en gracia y libres del pecado, en la obra de la redención.
Mas con todo esto, María no hace más que hacer perfectísimamente y ejemplarmente por toda la humanidad lo que todo cristiano, incluso el más pecador pero arrepentido y dotado de gracia santificante, en el fondo básica y sustancialmente hace: colabora para hacer su parte en la obra de la redención. Por consiguiente, todo cristiano como tal es sustancialmente un corredentor: en Cristo y gracias a Cristo nos redimimos y nos salvamos unos a otros.
¿Nos damos cuenta, entonces, de lo que quiere decir ser cristiano? Sin ser Dios, colaboramos en una obra divina. Los luteranos, que creen salvaguardar la grandeza de Cristo, negando o malinterpretando la corredención de María, en realidad limitan el poder de Cristo que nos hace sus colaboradores.
Precisiones y aclaraciones
Ciertamente, no debemos exagerar en el culto a la Virgen, como hacen hoy algunos que, valiéndose de supuestas apariciones y mensajes de Nuestra Señora, afirman que la Virgen ocupa el lugar del Papa en la enseñanza de la sana doctrina, en la fidelidad a la Tradición y en el gobierno de la Iglesia, o anuncian como próxima la revelación mariana de supuestos secretos sobrenaturales, cuya revelación debería constituir un llamado milagroso a la humanidad en preparación para una supuesta inminente Venida de Cristo, que apesta a milenarismo, como si los signos de credibilidad del cristianismo no existieran ya desde hace 2000 años, sin necesidad de anunciar otros nuevos, el cual anuncio, por lo demás, para ser creído, a su vez tendría necesidad de hacerse creíble mediante signos de credibilidad, que no existen, lo que crea un círculo vicioso, que hace temer la impostura.
Se puede decir, por otra parte, que María como mujer ha completado con sus propias cualidades femeninas, la misma masculinidad de Cristo, como por lo demás y efectivamente esta masculinidad ha completado a su vez la personalidad femenina de María, de modo que entre Jesús y María en el plano humano se realiza perfectísimamente esa reciprocidad, que Dios ha querido en el acto de la creación del varón y de la mujer.
Por otra parte, la misma virginidad milagrosa de María estuvo motivada no por la necesidad de vencer la carne, ya que María estaba libre de la concupiscencia, sino por la excelsa y única relación de cercanía de María como Madre de Dios a su divino Esposo, el Padre celestial, purísimo Espíritu infinito asexuado. Ahora bien, es evidente que también este privilegio de la Virgen entra en su obra corredentora, aunque para el cristiano común el voto religioso de castidad está motivado por la necesidad de un mayor dominio del espíritu sobre la carne y, al mismo tiempo, de mayor libertad de la carne.
Pablo no usa el término corredimir, sino el de colaborar, que sin embargo significa lo mismo. Así que no hagamos cuestión de palabras: el concepto es el mismo. No litiguemos sobre palabras, sino preocupémonos por compartir el mismo concepto y luego designémoslo con el término preferido. No es este el problema. El problema, en cambio, es que hoy en día existen conceptos erróneos de la gracia y de la redención.
El concepto de redención es analógico y participativo
Una cosa fundamental a tener presente es que el concepto de redención no es unívoco, sino analógico y participativo. Redención no se dice en un único sentido o en un único modo, sino a diversos niveles y en diferentes sentidos. En efecto, mientras que el concepto analógico es poli-sentido, el unívoco es mono-sentido.
Decir que la noción de redención es una noción analógica y participativa, quiere decir que es una noción graduada, sujeta a grados de perfección, con significados proporcionalmente similares entre sí, que van de un mínimo a un máximo. La noción de redención no es una noción unívoca como por ejemplo el comprar o el vender. No se vende ni se compra más o menos. O se vende o no se vende. O se compra o no se compra. Igualmente por cuanto respecta, por ejemplo, a la noción del crear divino; no existen grados de creación: la creación existe o no existe.
En el diálogo ecuménico, no debemos ser aquiescentes respecto al insuficiente concepto luterano de redención, de sabor monofisita, sino que debemos tratar de corregir con toda caridad pero también con franqueza a nuestros hermanos luteranos, los cuales, con el pretexto de que la redención es obra divina, están erróneamente apegados a un concepto unívoco de redención, como si se tratara de un absoluto monolítico e imparticipable y, por consiguiente, no admitiera grados inferiores y analógicos de participación o semejanza.
Con el pretexto de que es sólo Cristo en cuanto Dios quien redime al hombre, no conceden al hombre y por lo tanto ni siquiera a Nuestra Señora parte alguna en la obra de la redención, no conceden ninguna colaboración humana. Su principio de la sola gratia es de tal modo extremista, al punto de no concede parte alguna a la naturaleza, para ellos totalmente corrupta.
Es necesario ayudar a los luteranos a comprender este atributo de María
Aquello que falta en ellos, como es sabido, es la percepción de nuestra colaboración humana en la obra de la gracia por medio del libre albedrío, de la sana razón, de las virtudes humanas, de las buenas obras y del mérito. Lo que debemos tratar de obtener de nuestros hermanos, es el reconocimiento de la necesidad, para salvarnos, de nuestra libre y voluntaria contribución a la obra de nuestra propia redención. Desde la gracia del niño de la Primera Comunión hasta la gracia de la Virgen Santísima es siempre la misma gracia que le permite al hombre ser corredentor y colaborador de la obra de Cristo, aunque esto obviamente suceda en grados diferentes.
Así, el redimir a la humanidad es ciertamente en sí misma una acción divina, de por sí incomunicable como lo son los atributos divinos. Sin embargo, es incomunicable pero no imparticipable. El hombre en gracia no deviene Dios, sino que sigue siendo una criatura, pero enriquecida de una vida divina, que le hace actuar en modo sobrenatural.
Sin embargo, si bien la divinidad de Cristo no está sujeta a grados, la maravilla y el milagro de la gracia son precisamente los de ser una vida divina sujeta a grados, porque Dios, en su bondad y misericordia, ha querido que el hombre pudiera ser partícipe por grados y colaborador y por los tanto libre instrumento de esta obra divina.
Cómo esto puede suceder no lo sabemos, porque nos esforzamos hasta el agotamiento intentando comprender cómo una vida divina como la gracia no sea Dios, sino su don creado, que recibimos en el alma y podemos destruir con el pecado. Sin embargo, esta vida sobrenatural es un hecho que nos es asegurado por la Revelación y es también, aunque de modo conjetural, un dato de la experiencia cristiana, un hecho, que al menos se puede ver en los efectos maravillosos y milagrosos de la presencia de la gracia en el alma del justo.
Uno podría objetar: es cierto que el título de Corredentora ha sido usado por otros Papas; pero cada Papa hace avanzar el conocimiento de los misterios de la fe, por lo cual podemos creer que esta idea de los Papas precedentes ha sido superada por la posición del papa Francisco, así como ningún Papa piensa hoy en las Cruzadas o en la pena de muerte para los herejes, y por consiguiente ya no sea el caso hablar de Corredentora, también para no disgustar a los luteranos, que la rechazan.
En realidad, este no es el caso, las cosas no son así. No es que en sentido absoluto sea mejor negar la corredención que afirmarla. Y el papa Francisco ni siquiera sueña con censurar un atributo mariano que tiene a sus espaldas una tradición secular tan insigne. Simplemente él expresa un parecer, su opinión, que podemos aceptar como no aceptar. No se trata de doctrina, sino de lenguaje pastoral más conveniente.
No es una cuestión de verdadero y de falso, sino de conveniencia o menos conveniencia en el actual clima ecuménico, porque el título de Corredentora, en sí mismo certísimo, debe ser sin embargo explicado porque se presta a equívocos, que es necesario disipar para hacer resplandecer una verdad de la Tradición, que un día podrá ser dogmáticamente definida, como sucedió con los demás dogmas marianos.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 25 de marzo de 2021
Notas
¹ N. del T.: El padre Cavalcoli, en su artículo original, en italiano, del año 2021, se refiere aquí al papa Francisco.
² Audiencia: https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2021/documents/papa-francesco_20210324_udienza-generale.html
³ Extraigo esta información del tratado clásico de mariología del ilustre mariólogo Gabriele M. Roschini, Mariologia, vol. II, Pars prima, Editrice Ancora, Milano, 1942. El autor dedica 200 páginas al tema de la corredención: de la p. 272 a la p. 479.
__________
Anexo
He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
Articulus unicus
Utrum Beata Virgo Maria dici possit Corredemptrix
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Beata Virgo Maria non possit dici Corredemptrix.
1. Christus enim est solus Redemptor et Mediator, et attribuere Mariae hunc titulum esset ponere eam ad aequalitatem Christi, quasi esset divinitas iuxta aliam divinitatem, quod redundaret in paganismum.
2. Praeterea, Concilium Vaticanum Secundum vitavit vocabulum “Corredemptrix”, quod videtur indicare illud non esse adhibendum, ne oriatur aequivocatio et confusio doctrinalis.
3. Item, quidam —ut Lutherani— contendunt quod loqui de corredemptione implicet quod christianus, et praecipue Maria, sua parte opus Christi suppleat, ac si opus Domini non esset perfectum et sufficiens.
4. Denique, obiici potest quod Papa Franciscus, hunc titulum reiciens in variis occasionibus, superaverit sententiam Pontificum praecedentium, et ideo non sit opportunum amplius loqui de Corredemptrice, praesertim ne offendamus fratres Lutheranos.
Sed contra est quod docet Sanctus Pius X, quod Maria “indissolubiliter est unita Filio suo in merendo et satisfaciendo” (Ad diem illum, 1904). Leo XIII eam appellat “reparatricem totius mundi”. Pius XI eam definit “consortem Christi in redemptione humani generis”. Benedictus XV affirmat quod “ipsa redemit genus humanum una cum Christo”. Et Concilium Vaticanum Secundum docet Virginem “modo omnino singulari cooperatam esse operi Salvatoris ad vitam supernaturalem animarum restituendam” (Lumen gentium, n.61).
Respondeo dicendum quod titulus Corredemptricis, recte intellectus, non significat quod Maria opus Christi perficiat aut compleat, nec quod se ad eius gradum extollat, sed exprimit participationem eius singularem et subordinatam in opere redemptorio. Corredemptio est sicut cooperatio: non est addere aliquid proprium ad id quod iam est perfectum, sed est participare indignissime, per gratiam et misericordiam, in re divina quae nos transcendit.
Ait enim Apostolus Paulus: “Adimpleo ea quae desunt passionum Christi in carne mea” (Col 1,24). Hoc autem non refertur ad opus divinum in se, sed ad partem humanam passionum, quas Christus non passus est in tota varietate, quas tamen fideles possunt Deo offerre in unione cum Cruce Christi. Maria vero, modo supremo et exemplari, dolores pro peccatis humani generis assumpsit, quamvis ipsa nihil haberet unde paeniteret.
Praeterea, conceptus redemptionis non est univocus, sed analogicus et participativus. Christus est solus Redemptor in pleno et divino sensu, sed christiani participant in diversis gradibus illius operis, et Maria hoc facit in gradu maximo, propter plenitudinem gratiae. Negare hanc participationem esset minuere virtutem Christi, qui nos facit suos cooperatores. Ergo, etsi vocabulum “Corredemptrix” nondum est dogma definitum, exprimit conceptum verum et legitimum, radicatum in Traditione et Magisterio, et potest in futurum ad dogma evehi.
Ad primum dicendum quod vocare Mariam Corredemptricem non significat eam aequare Christo nec tribuere ei munus divinum, sed agnoscere eius cooperationem subordinatam. Christus est solus Redemptor et Mediator, et Maria singulariter participat eius opere.
Ad secundum dicendum quod Concilium Vaticanum Secundum vitavit vocabulum ob rationes prudentiae et pastorales, sed conceptum affirmavit. Doctrina Concilii clare ostendit cooperationem unicam Mariae in opere Christi.
Ad tertium dicendum quod accusatio de “complendo” opus Christi provenit a Lutheranis, sed numquam fuit doctrina catholica. Opus Christi est perfectum et sufficiens; participatio Mariae et fidelium non est complementum, sed cooperatio subordinata et participativa.
Ad quartum dicendum quod reiectio vocabuli a Papa Francisco exprimit opinionem pastoralem, non magisterialem. Non est doctrina, sed quaestio convenientiae in sermone oecumenico. Titulus manet legitimus et verus, et potest in futurum dogmatice definiri, sicut factum est cum aliis dogmatibus Marianis.
J.A.G.
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