En esta entrada el padre Giovanni Cavalcoli explora la misteriosa relación entre el bien y el mal, recorriendo las interpretaciones de Platón, Aristóteles, Hegel, Rahner y otros pensadores que marcaron la historia del pensamiento. ¿Es el mal una fuerza necesaria o una privación que confunde nuestra razón? ¿Puede el sufrimiento convertirse en camino de salvación? Con preguntas provocadoras y respuestas que iluminan, Cavalcoli invita al lector a adentrarse en un debate decisivo para la vida moral y espiritual. [En la imagen: detalle de "La caída de los ángeles rebeldes", miniatura en tempera sobre vitela, 1416, obra de los hermanos Limbourg, de Las muy ricas horas del duque de Berry, en el folio 64, reverso, libro conservado en la colección del Museo Condé, Chantilly, Oise, Francia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 23 de enero de 2026
La confrontación del bien con el mal (1/6)
La confrontación del bien con el mal
La voluntad humana y la voluntad divina
Primera Parte (1/6) ¹
He hecho lo que es malo a tus ojos
Sal 50, 6
Introducción
Consideraciones generales
Aclarar la relación entre el bien y el mal ² es muy importante para nuestra vida. Equivocarse en esta materia comporta consecuencias morales y vitales muy graves. Tratemos de detenernos en algunas consideraciones que pienso puedan ser útiles.
En línea de principio todos sabemos qué cosa es el bien y qué cosa es el mal. Reflexionando, sin embargo, sobre estas nociones fundamentales que hemos aprendido desde niños, nos damos cuenta de que surgen diversas dificultades, existen errores, aparecen misterios impenetrables.
La distinción entre bien y mal, entre lo benéfico y lo nocivo, lo ventajoso y lo desventajoso está en la base de la acción vital de los vivientes, cuya inclinación práctica fundamental es la de cuidar la propia salud y evitar daños y peligros, de disfrutar del bien o hacer el bien y de huir del mal. También las plantas buscan con sus raíces las sustancias que hacen bien a la planta y se defienden de los agentes que intentan causarles daño. Esta distinción entre bien y mal está luego en la base del obrar moral. La cuestión es la de saber qué cosa para cada uno es bien o mal.
Comencemos con la noción del bien. El bien es fundamentalmente una propiedad del ente como tal. Como dice la Escritura, la criatura, tal como sale de las manos de Dios, es de por sí buena. Repetidamente el Génesis narra cómo en cada momento de su actividad creadora, Dios vio que lo que había creado era cosa buena. Y es lógico que de Dios, bondad infinita, no pueda provenir sino el bien.
El bien es aquello que de por sí es apetecible y deseable. El bien califica lo que es bueno. El bien puede ser un pensamiento, un deseo, una cualidad, un accidente. Buena puede ser una cosa, un fruto, una persona o también una cualidad, una acción, una situación. Pero sobre todo el bien es una sustancia. Es el ente mismo, en cuanto objeto del querer.
El bien es propiedad de lo verdadero; el mal depende de lo falso. Es, por tanto, el conocimiento el que nos permite distinguir el bien del mal. Sin embargo, es imposible descubrir la verdad si no amamos la verdad. Algunas verdades se nos imponen como evidentes y no podemos no verlas. Otras las descubrimos si las buscamos y si, por tanto, hay en nosotros el deseo de conocer la verdad.
Pero también delante de las verdades evidentes siempre nos es posible rehusar considerarlas. Así pues, sin la buena voluntad es imposible conocer nuestro verdadero bien y el bien en general. ¿Cómo van entonces las cosas en el funcionamiento de nuestro espíritu? Su vida comienza con un acto del intelecto que espontáneamente capta las verdades más inmediatas y ciertas por medio de los sentidos. Así descubrimos lo que es bien y lo que es mal. Bien es lo que corresponde a nuestras necesidades, a nuestras exigencias, a nuestras tendencias naturales, a nuestros fines. Mal es lo que las contrasta o las impide o las corrompe.
Conociendo estos valores, conociendo nuestro bien, la voluntad es impulsada a amarlo, desearlo, buscarlo, practicarlo. Nuestro espíritu pasa así del momento especulativo al momento práctico. La verdad suscita el amor. Y el amor impulsa a su vez al intelecto a conocer siempre mejor nuestro bien. Obtenido un conocimiento más profundo, a la voluntad se le ofrecen bienes superiores y así, en este apoyo recíproco que intelecto y voluntad se dan mutuamente, crece y progresa la vida del espíritu.
La voluntad tiene una tendencia natural hacia el bien, no puede no querer el bien en general; pero, encontrándose en la vida presente delante de bienes particulares o de Dios mismo no visto inmediatamente, ella es libre de elegir o rechazar este bien. En cambio, como enseña San Tomás ³, la voluntad que en el cielo ha llegado a la visión inmediata de Dios y a la posesión de Dios sumo bien, no puede no adherirse, por lo cual supera la facultad de elección y se fija definitiva y necesariamente en el Bien querido y elegido.
El mal, en cambio, para nosotros nace de lo falso, es decir, de lo que no corresponde a la verdad o a la realidad, lo que no es conforme a las verdaderas exigencias y a los verdaderos fines de nuestra naturaleza y de nuestra existencia. El mal se configura entonces como el sufrir las consecuencias de nuestros errores, de nuestras ilusiones, de nuestras vanas esperanzas, de nuestras imprudencias e injusticias.
El mal para nosotros, es decir, el mal moral, es el padecer o el hacer el mal ya sea porque nos engañamos o porque somos engañados, algo que no corresponde a los verdaderos fines, a los verdaderos valores, a las verdaderas leyes, a los verdaderos bienes de nuestra existencia. El mal es el obrar voluntario y consciente contra nuestro verdadero bien, contra las leyes y los verdaderos fines de nuestra vida. Este mal es el pecado.
Bien y mal en Platón y Aristóteles
Como es sabido, para Platón el bien es epékeina tes usías, o sea, por encima de la esencia; lo cual, nótese bien, no quiere decir, como mal han entendido algunos, «por encima del ser» (einai) o del ente (on). En efecto, Platón sabía bien que por encima del ente no hay nada. Platón, por tanto, no está en contraste con Aristóteles cuando éste sostiene que el bien es propiedad del ente, sea material o espiritual. Platón, en cambio, se equivoca y se esfuerza sin éxito en comprender qué cosa es el mal.
Platón entiende que es un no-ser, pero por otra parte también tiene dificultad en comprender la bondad de la materia y de la corporeidad. El devenir material lo desconcierta y le parece un ser-que-no-es, por tanto emparentado con el mal. Al mismo tiempo, advirtiendo la violencia de las pasiones, tiende a ver el cuerpo como enemigo del alma y por tanto a concebir el mal como sujeto maligno.
Platón tiende a ver la materia por una parte como no-ser, como vacío o espacio (cora). Será necesario que llegue Aristóteles para dar un estatuto ontológico a la materia entendida como dynamis, potencia pasiva, y por tanto para verla buena, dado que el ente es bueno. Al mismo tiempo Aristóteles entiende que la malignidad no puede provenir de la materia, sino que puede provenir sólo del espíritu, porque presupone el libre arbitrio.
Santo Tomás, por su parte, explica el principio platónico diciendo que Platón, hablando de la primacía del bien, se refiere a la preeminencia del fin respecto a la forma o a la esencia. En efecto, es claro que el agente en acto está por encima del agente en potencia. Por esto el bien alcanzado está evidentemente por encima de la simple esencia del agente en potencia de obrar. En palabras simples: la verdadera bondad moral no está en el simple conocer el bien, cosa para la cual es suficiente la esencia del cognoscente, sino en ser efectivamente buenos, lo que supera el plano de la simple esencia y le añade la actualización de la potencia práctica.
La diferencia entre el bien y el mal
La oposición bien-mal forma parte de una colección de dualidades o díadas, junto con la de ser-no-ser y verdadero-falso, que están en la base de la realidad creada, mientras que están ausentes sólo en Dios, donde hay sólo el ser, lo verdadero y lo bueno. En efecto, aquellas díadas tienen como presupuesto y dependen del libre arbitrio de la criatura espiritual, ángel y hombre.
Dios, sin embargo, en cuanto creador, ordenador y legislador del universo, se reserva el privilegio de supremo juez y legislador de lo que es bien y lo que es mal. Por esto, según el relato bíblico de la creación, Él puso en el centro del jardín del Edén el árbol del bien y del mal, para que Adán y Eva tuvieran presente que sus frutos pertenecían sólo a Dios y por tanto no podían comerlos ellos, como para decir que Dios prohibía al hombre sustituirse a Él en establecer las leyes de lo que es bien y lo que es mal, aunque obviamente dotó a la pareja de una capacidad de juicio moral y de la facultad de hacer leyes, pero sólo dentro del horizonte permitido por la ley divina, sin transgredir sus límites.
Tal capacidad debía, por tanto, hacer referencia, como criterio de juicio, a lo que Dios mismo había establecido como bien y como mal. Y por lo demás era algo lógico, dado que Dios era su creador, por lo cual corresponde a Él establecer las leyes de la acción y de la felicidad humana.
Por otra parte, la necesidad que el espíritu siente de unidad es una instancia correcta, pero nosotros no debemos forzar las cosas con la pretensión de que sea uno lo que es dos. El intento de reducir el dos al uno y de quitar toda dualidad lleva sólo, como le sucedió a Hegel, a confundir el ser con el no-ser, lo verdadero con lo falso, el bien con el mal.
Es necesario suprimir los dualismos, es decir, las falsas oposiciones, pero no aquellas naturales y metafísicas. No se puede conciliar lo inconciliable. La unidad absoluta existe y ésta es la unidad divina. El Concilio de Florencia de 1442 dice: «in Deo omnia sunt unum». ¡Pero sólo en Dios! Es absurdo querer construir una unidad o un «todo» a partir de la identificación de Dios con el mundo, como hacen los panteístas. Pretender que todo sea uno de modo absoluto, con el pretexto de que el ser es uno, como habría querido Parménides, confundir cada cosa con cada cosa es suma necedad, en su tiempo condenada por Aristóteles, y principio de todo mal.
Como el bien es lo atrayente, así el mal es lo repugnante. Como el bien es amable, así el mal es odioso. En esto estamos todos de acuerdo. Los disensos nacen cuando se trata de determinar qué cosa es bien y qué cosa es mal.
El bien existe de derecho, mientras que el mal existe sólo de hecho. Mientras el bien existe necesariamente, no es en absoluto necesario que exista el mal, sino que su existencia es accidental y contingente. Por esto, así como el bien no puede desaparecer, puede en cambio desaparecer el mal. Antes de crear el mundo Dios existía perfectamente solo en su infinita bondad sin tener ninguna necesidad del mal.
El criterio para juzgar del bien y del mal es la ley moral establecida por Dios y conocida por la razón humana, de modo tal que el juicio humano honesto coincide con el juicio divino: el homicidio es mal tanto para el hombre como para Dios. El adulterio es mal tanto para el hombre como para Dios.
Esta coincidencia está en la base del pacto de alianza bíblico, asimilado a una especie de contrato de trabajo, entre el hombre y Dios, por el cual Dios se compromete a ser juez y remunerador justo de nuestras obras y nosotros estamos obligados al respeto de su ley, si queremos conseguir el premio pactado u obtener la recompensa prometida. Este pacto entre Dios y el hombre le permite, al momento de la rendición de cuentas, verificar la justicia y la lealtad de Dios en premiar y castigar.
Sin embargo, Dios posee también un criterio superior de juicio del bien y del mal, ligado al plan de la salvación, por el cual el sufrimiento en unión con Cristo se presenta como un bien salvífico. Esta verdad claramente no es dada por la simple razón, y de hecho al principio aparece repugnante, pero, acogida en la fe, se revela consolantísima fuente de bienaventuranza.
Dios no ha inventado el mal. En su mente no hay intenciones malas. Él ni siquiera sabe qué cosa son. Lo cual no quiere decir que no sepa infinitamente mejor que nosotros qué cosa es el mal. Pero lo sabe sólo intelectualmente, sin cometerlo Él mismo y también sin padecerlo. Es errada la idea de algunos que sostienen que un Dios impasible no podría compadecer nuestros sufrimientos ⁴. Al contrario, Él, aun sin sufrir, las conoce mucho mejor que nosotros y es precisamente este conocerlas lo que le permite quitarlas con su omnipotencia sanadora. Podríamos hacer un parangón con lo que sucede en nuestras vicisitudes humanas: el médico que cura un tumor, lo cura perfectamente sin estar él mismo afligido por el tumor.
Dios conoce el mal en cuanto, como nuestro creador, ha tenido pleno derecho de establecer la ley moral, es decir, qué cosa es bien y qué cosa es mal para nosotros. Y precisamente porque Él conoce esto, tiene derecho como Juez de juzgar nuestro obrar premiando a los buenos y castigando a los malos.
La idea del bien dice naturalmente plenitud, perfección, orden, integridad, correspondencia, proporción, armonía, unión, comunión, unidad, totalidad, belleza, agradabilidad, utilidad. La muerte, castigo del pecado, como enseña la Escritura, ha entrado en el mundo por envidia del diablo (Sap 2,24).
No existe nada naturalmente malo, defectuoso o maligno. Como dice el Concilio Lateranense IV, Dios ha creado a los ángeles en un estado de bondad. Si algunos son malvados, como los demonios, es porque por sí mismos se han hecho malvados. Puesto que Dios es el creador de los demonios, es equivocado descargar sobre Dios la responsabilidad de haber dado origen al mal.
El remitir a la causa primera lo que produce la causa segunda vale sólo en la línea del bien, no del mal. En la línea del mal la causa primera es la criatura. El origen del mal está sólo en la criatura, precisamente en cuanto por su culpa se ha opuesto a la voluntad de Dios. Dios es ser infinito: de Él no puede provenir sino el ser. La criatura confina con la nada: por esto puede ser productora de la privación de ser.
Observemos además que si las criaturas inteligentes hubieran permanecido en el estado de inocencia en el cual Dios las había constituido, no habría existido la infinita historia de pecados y de desgracias de las cuales está constelada la historia. Todo el mundo habría sido un paraíso. Se puede pensar que el Verbo se habría encarnado igualmente, como creía el Beato Duns Escoto, y el infierno no habría existido.
Concepciones erróneas del mal
Reconocer dónde está el mal, saber qué cosa es mal, descubrir el error, lo falso, el engaño, evitar engañar a los demás, guardarse de quien nos quiere engañar, son las premisas para poder hacer el bien y liberarse del mal. La desgracia más grande que nos pueda suceder es la de confundir el bien con el mal, de no ver la diferencia. Es la de equivocarse en la determinación del sumo bien o del fin último. Y en este campo, por desgracia, no faltan los errores filosóficos.
Tenemos, por ejemplo, a Orígenes, que está convencido de que en el futuro desaparecerá todo mal. El origenismo reaparecerá en el siglo XIX con Schleiermacher, iniciador del «todos buenos y salvos» de nuestros días. Tenemos a los maniqueos, los cuales fantaseaban con un dios del mal.
La Kabbala pone en Dios el principio del mal (la «ira» o la «mano izquierda»); en el siglo IX el monje alemán Godescalco sostuvo que Dios predestina al infierno, tesis que será retomada por Lutero y Calvino. Para Spinoza el mal corresponde sólo al punto de vista de lo particular, pero si consideramos las cosas desde el punto de vista de la sustancia absoluta (sub specie aeternitatis) diremos que todo es bien. Leibniz confunde el mal con el no-ser, por lo cual según él la limitación es un «mal metafísico». Esto tiene como consecuencia la necesidad de sobrepasar todo límite creyendo así alcanzar lo infinito o hacerse infinito.
Si Lutero exagera las consecuencias del pecado original, por lo cual el libre arbitrio se ha extinguido y la razón se ha cegado, de modo que todos los actos que realizamos son pecados mortales, para Rousseau y para Teilhard de Chardin el pecado original no ha corrompido la naturaleza, de modo que ella tenga necesidad de ser sanada por el sacrificio de Cristo, el cual fue sólo el trágico episodio con el cual concluyó su vida terrena. Pero el mal, según Rousseau, depende sólo de la conflictividad social, mientras que para Teilhard se reduce a ser un accidente de recorrido en el curso sustancialmente bueno y positivo de la evolución cósmica, que es el Punto Omega, que para Teilhard sería Cristo.
El superhombre de Nietzsche está «más allá del bien y del mal» porque quiere estar desligado de estas categorías para dar libre desahogo a la voluntad de potencia. Y sin embargo, el distinguir el bien del mal es inevitable para la voluntad humana: todo lo que el hombre puede hacer es intercambiar el mal con el bien y el bien con el mal, que es exactamente lo que ha hecho Nietzsche.
Famosa es la teoría de Von Balthasar, según la cual no existe el infierno fuera de Dios, sino en Dios, en cuanto Cristo para salvarnos habría hecho la experiencia del infierno, de modo que la bienaventuranza comporta la presencia del infierno. Von Balthasar confunde el infierno con los infiernos. Aquí parece encontrarse una confusión entre mal de culpa y mal de pena. Como es sabido, para Von Balthasar ⁵ todos los hombres en la parusía son bienaventurados en Dios, donde hay sin embargo el bien y el mal. Por tanto, la misma bienaventuranza está asociada a la pena infernal que ha padecido Cristo para salvarnos. Una tesis semejante se encuentra en Giuseppe Barzaghi, el cual sostiene que la consolación está asociada al sufrimiento. Es la habitual inseparabilidad de bien-mal, presente en la Kabbala, en Böhme, Schelling, Hegel y Severino.
La concepción hegeliana
Para Hegel el bien es incluso la misma cosa que el mal, en el sentido de que de su reciprocidad dialéctica surge la realidad, así como el ser coincide con el no-ser. Bien y mal se sostienen mutuamente, como el ser no puede estar sin el no-ser. El bien causa el mal y el mal causa el bien. Por esto él habla del «enorme poder de lo negativo».
Hegel no se da cuenta de que el mal de por sí es un poder destructivo, y si Dios en el misterio de la Redención (¡o felix culpa!) hace que el mal (la cruz y el mismo pecado) sea productivo de salvación, es sólo porque es omnipotente creador y sabe sacar el bien del mal. Pero vale siempre el antiguo dicho ex nihilo nihil fit, la nada no produce nada.
Ahora bien, es cierto que al decir no a una negación se recupera el sí, pero porque existe la afirmación inicial presupuesta. La negación no puede ser el primer acto del ser, porque supone un sujeto positivo y un positivo que ella niega.
La potencia del mal es la potencia de quitar y de negar, de suprimir, de matar o de desobedecer. El error de Hegel ha sido el de conferir un poder positivo a este poder negativo, como si el mal pudiera producir el bien. Observemos que si Dios ha tomado ocasión de la cruz de Cristo para salvar al hombre, no es que el sufrir como tal sea productivo o que el pecar sea fuente de salvación, sino que si Dios ha sacado el bien del mal ello ha sido posible porque el Crucificado era Dios, capaz de hacer surgir la vida de la muerte.
El defecto de la concepción hegeliana del mal es la identificación del mal con lo negativo, que pertenece a la lógica y no a la realidad, de modo que el mal se convierte en un factor lógico y necesario, por tanto lícito y obligatorio de positividad, es decir, de bondad, así como es obligatorio construir un silogismo verdadero y correcto. La liberación del mal entonces, para Hegel, no depende del sacrificio de Cristo, sino de la misma dialéctica del mal que se suprime a sí mismo. Y es más, el mismo sacrificio de Cristo no es visto como efecto de la libre voluntad de Cristo, sino como un proceso dialéctico.
En línea con esta confusión de la lógica con la ontología, Hegel confunde lo antitético, que es una proposición contraria, opuesta o negativa (antithesis), con el adversario, una fuerza adversa concreta o con el enemigo (antikéimenos). La refutación de una proposición falsa viene así puesta a la par del homicidio. El discurso contradictorio o la conducta moral incoherente ya no son objeto de reproche, sino que se convierten en un procedimiento dialéctico normal.
Para Pareyson el mal, aunque superado por el bien, está también en Dios ⁶. Él queda engañado por la consideración, aunque verísima, de que el mal existe y se hace sentir bien. Por tanto, él concluye, es una realidad. Pero debemos decir que el hecho de que el mal sea un ente de razón concierne simplemente a nuestro modo de pensar, pero no quita nada al daño real que el mal hace, por lo cual Pareyson termina por transformar el mal en un sujeto maligno.
El ver el mal como simple ente de razón parece a Pareyson hacer desvanecer la terrible potencia y lo trágico del mal, que tanto poder tiene en nuestra existencia. Nadie lo niega. Sería necedad si dijéramos que el mal no existe. Pero por otra parte el ser está conectado con el bien. Si ponemos el mal en el orden del ser real, terminaremos por confundirlo con el bien.
La opción fundamental de Karl Rahner
San Juan Pablo II en la encíclica Veritatis splendor de 1993 (n.69) condena aquella concepción de la moral cristiana, de origen luterano, y presente hoy en la ética de Rahner, según la cual, con el pretexto de que en el obrar lo esencial para la salvación es permanecer orientados a Dios, la salvación depende de una «opción fundamental trascendental, atemática» y preconceptual, mientras que los actos categoriales, cumplidos en la cotidianidad, es decir, los actos externos o internos, remitidos a nuestras decisiones concretas, no serían más que la expresión conceptualizada de aquella orientación de fondo originaria. Por lo cual, si esta orientación es la justa, es decir, dirigida a Dios, el hombre estaría de todos modos en camino hacia la salvación, aunque ciertos actos no fueran conformes a la expresión conceptual de la voluntad divina.
Tomas Tyn, en un ensayo dedicado a la ética rahneriana ⁷, aclara el juicio del Papa mostrando la relación de esta doctrina con aquella según la cual Rahner, tomando como pretexto la formulación abstracta de la ley y el hecho de que en cambio la acción está en lo concreto existencial, entiende la aplicación de la ley no como un simple hacer descender lo universal en lo particular, o lo abstracto en lo concreto, sino en el sentido de que el sujeto agente tiene la libertad de completar el dictado abstracto de la ley con la añadidura de una «ley personal» de su propia creación, adaptada a su caso concreto.
Pero es claro que este discurso viene a decir que lo que cuenta en última instancia en el obrar no es la ley abstracta, que luego sería la ley moral, sino la ley personal. Pero, mirando bien la cosa, no hay quien no vea que aquí estamos delante de un expediente para fingir obedecer a la ley, pero en la práctica para evadirla, sustituyendo la ley universal con la ley personal inventada para propia conveniencia según la propia creatividad personal.
Transparece en el fondo de este discurso el principio luterano de que para salvarse basta la fe (sola fides), es decir, creer que se está salvado, aunque la conciencia nos reproche, no importa si pecamos, dado que pecar es inevitable y Dios hace como si nada.
Fin de la primera parte (1/6)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 20 de enero de 2026
Notas
¹ El texto original del padre Giovanni Cavalcoli, en italiano, puede hallarlo el lector en el siguiente enlace a su blog: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-confronto-del-bene-col-male-la.html, un artículo que fue publicado el 22 de enero de 2026.
² Véase: Charles Journet, Il male, Edizioni Borla, Torino 1963; San Tommaso, Il male, in Le questioni disputate, Edizioni ESD, Bologna 2002, vol. VI.
³ Quaestio disputata De Veritate, q.22, a.5; Sum. Theol., I-II, q.3, a.8.
⁴ Il mistero dell'impassibilita' divina, en Divinitas, 2, 1995, pp.111-167.
⁵ Para esta teoría de Von Balthasar, véase mi libro L’inferno esiste. La verità negata, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2011, pp. 54-70.
⁶ Luigi Pareyson, Ontologia della libertà. ll male e la sofferenza, Edizioni Einaudi, Torino 2000.
⁷ Saggio sull’etica esistenziale formale di Karl Rahner, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2012.
__________
Anexo
He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
Quaestio: De confrontatio boni et mali
Articulus 1
Utrum malum habeat entitatem positivam in ordine entis
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod malum habeat entitatem positivam in ordine entis.
1. Plato enim tenet malum esse non-ens et cum materia idem facit, ita quod fieri materiale necessario cum malo coniungitur.
2. Praeterea, quidam dicunt quod, cum Aristoteles materiae statum ontologicum tribuat, ipsa materia posset censeri principium positivum mali, et sic malum haberet entitatem in ordine entis.
3. Item, Hegel affirmat bonum idem esse quod malum, eo sensu quod ex eorum reciproca dialectica oritur realitas, sicut ens cum non-ente coincidere dicitur. Bonum causat malum et malum causat bonum, unde loquitur de magno potestate negativi.
4. Praeterea, Rahner docet salutem pendere ab optione fundamentali transcendentaliter et praecognitivaliter concepta, dum actus categoriales non sint nisi conceptualizata expressio illius orientationis radicalis. Sic, etsi aliqui actus non sint conformes voluntati divinae, homo tamen esset in via salutis.
5. Item, Von Balthasar tenet Christum, ut nos salvaret, inferni experientiam fecisse, ita quod beatitudo secum fert praesentiam mali. Secundum eum, omnes homines in parusia beati sunt in Deo, ubi simul adsunt bonum et malum.
6. Praeterea, Nietzsche proclamat superhominem esse ultra bonum et malum, quia vult solutus esse ab his categoriis, ut libere voluntati potentiae satisfaciat.
7. Denique, Pareyson concludit malum, quamvis a bono superetur, tamen etiam in Deo esse, quia exsistit et se manifestat, ac proinde esset realitas positiva.
Sed contra est quod Scriptura dicit: Deus lux est, et tenebrae in eo non sunt ullae (1 Io 1,5). Praeterea, Concilium Lateranense IV affirmat Deum angelos in statu bonitatis creasse, et si quidam mali facti sunt, hoc ex seipsis provenit. Et Augustinus docet malum non esse substantiam, sed privationem boni. Ergo videtur quod malum non habeat entitatem positivam in ordine entis.
Respondeo dicendum quod malum non habet entitatem positivam in ordine entis. Malum est privatio boni, fructus libertatis creatae quae voluntati Dei resistit. Bonum est necessarium, aeternum et ad ordinem entis pertinet; malum est accidentale, contingens et potest evanescere. Deus malum non invenit, nec in mente eius sunt intentiones malae; cognoscit illud solum intellectualiter, nec facit nec patitur. Malum non a Deo procedit, sed a creatura, quae cum nihilo confinatur et privationem entis producere potest.
Nihil est naturaliter malum, vitiosum aut malignum. Mors, poena peccati, in mundum intravit per invidiam diaboli. Origo mali est solum in creatura, quae ex culpa sua voluntati Dei restitit. Si creaturae rationales in statu innocentiae mansissent, infinita historia peccatorum et calamitatum non fuisset, et totus mundus paradisus fuisset.
Error conceptionum philosophicarum et theologicarum est tribuere malo statum positivum vel necessarium. Sed malum non est principium autonomum nec correlatum boni. Deus, in sua omnipotentia, potest ex malo bonum elicere, sicut in cruce Christi; sed hoc non significat malum esse causam salutis, sed Crucifixum esse Deum, qui potest vitam ex morte producere.
Ergo malum non habet entitatem positivam nec necessitatem ontologicam. Est privatio boni, et solus Deus potest illud vincere et in occasionem gratiae transformare.
Ad primum dicendum quod Plato male intellexit materiam: ipsa non est malum, sed potentia passiva a Deo creata et in se bona.
Ad secundum dicendum quod materia, secundum Aristotelem, non est principium mali, sed potentia bona in se, a Deo creata ut fundamentum possibilitatis. Non habet entitatem positivam mali, sed est condicio ut formae in concreto incarnentur. Malum non provenit ex materia, sed ex usu inordinato libertatis creatae, quae voluntati divinae resistit. Ergo, licet Aristoteles materiae statum ontologicum tribuat, hoc non significat malum habere entitatem positivam in ordine entis.
Ad tertium dicendum quod ad Hegel respondendum est: malum non est correlatum positivum boni, sed negatio. Dialectica non facit malum causam boni; solus Deus potest ex malo bonum elicere, non ex necessitate, sed ex omnipotentia.
Ad quartum dicendum quod optio fundamentalis ad Deum non dispensat ab obedientia legis moralis. Actus particulares valorem realem habent et possunt a salute separare; malum in eis non est necessarium, sed impedimentum.
Ad quintum dicendum quod Christus non experientiam inferni habuit ut damnatus, sed peccati poenas sustinuit ut nos redimeret. Malum non est pars beatitudinis, sed ab ea superatur.
Ad sextum dicendum quod voluntas humana non potest esse ultra bonum et malum, ut vult Nietzsche, quia omnis actio libera necessario ad unum vel alterum ordinatur. Malum non est affirmatio vitalis, sed negatio boni, nec ad salutem ducit.
Ad septimum dicendum quod malum non est realitas positiva, ut vult Pareyson, sed ens rationis; etsi se manifestet in nostra existentia, non pertinet ad ordinem entis realis. Si malum ponitur in ordine entis, tandem cum bono confunditur.
J.A.G.
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