Ya en los últimos días del Octavario de Oración por la unidad de los cristianos, seguimos publicando artículos del padre Giovanni Cavalcoli de años atrás, en los que reflexiona sobre el ecumenismo y, en ocasiones, también en referencia al diálogo interreligioso. En esta ocasión se trata de un artículo publicado a mediados de 2011, durante el pontificado de Benedicto XVI, y en vistas de la Jornada de Oración de Asís. [En la imagen: fragmento de "El Concilio Ecuménico", franja superior del óleo sobre lienzo de 1960, pintado por Salvador Dalí, conservado en el Salvador Dalí Museum, Saint Petersburg, Florida, USA].
El falso ecumenismo *
Acercándose la Jornada de Oración por la Paz en Asís el próximo mes de octubre, se nos ofrece una oportunidad para reflexionar sobre la actual situación del ecumenismo. Ante todo, expreso mi profunda convicción de que el decreto Unitatis Redintegratio del Concilio Vaticano II, que es para nosotros los católicos el programa fundamental del ecumenismo, constituye una novedad epocal en la historia del Magisterio de la Iglesia: por primera vez en su historia, en este documento la Iglesia nos enseña, con su infalible autoridad doctrinal, cuáles son las verdades que nosotros los católicos tenemos en común con los hermanos separados y estimula a los teólogos y al entero pueblo de Dios a profundizar tales verdades con la esperanza de que llegue un día en que, movidos por el Espíritu Santo, los hermanos separados de Roma, quieran pedir entrar en la Iglesia católica, donde se da en plenitud aquella verdad, que sólo parcialmente, mezclada con errores, existe en otras confesiones cristianas.
Uno de los objetivos de las actividades ecuménicas es, por lo tanto, evidentemente, la edificación de la paz entre hermanos de diferentes y opuestas confesiones. En efecto, la paz, entendida como concordia, se construye sobre la verdad y sobre una verdad aceptada en común: se trata precisamente de aquellas verdades de fe que nosotros los católicos tenemos en común con los cristianos no católicos.
Sin embargo, quedan otros puntos de doctrina acerca de los cuales los hermanos separados no aceptan la verdad católica. Aquí aparece el momento delicado del ecumenismo. Aquí surge la tentación para nosotros los católicos de guardar silencio, minimizar o cohonestar estos errores, tomándolos por verdades y por lo tanto renunciando a reclamar a los hermanos separados en estos puntos o incluso cediendo a sus posiciones erróneas, ya sea por falso espíritu de paz, ya sea por impreparación, ya sea por inadvertencia, ya sea para no parecer demasiado severos o, ya sea, en el peor de los casos, por un concepto relativista de la verdad. Nace entonces el falso ecumenismo, que podríamos caracterizar en los siguientes puntos.
Primero. Concepto erróneo o cuanto menos confusionario del valor de la "paz". En efecto, la paz tiene dos dimensiones fundamentales: tiene una dimensión personal, sobre todo interior, y una dimensión social, constituida por una pacífica relación interpersonal. Hablamos entonces de concordia, armonía y, en los casos más bellos, de comunión. El primer tipo de paz depende exclusivamente de nosotros como individuos -suponiendo obviamente la gracia divina-; por lo cual la podemos tener en cualquier momento durante el tiempo que queramos. Se trata de la virtud de la mansedumbre, objeto de la bienaventuranza evangélica "bienaventurados los pacíficos". En cambio, el otro tipo de paz es algo que requiere mayores condiciones, es más difícil y compleja y, a veces, imposible, al menos por el momento y tal vez incluso durante mucho tiempo.
De hecho, este tipo de paz no depende solo de mí que quiero la paz, sino también del otro, que puede no quererla y puede despreciarme, puede agredirme, puede odiarme o puede ser un peligro para los demás y causar daño a la sociedad. En tal caso sería utópico y casi hipócrita hablar del deber de ser pacíficos y de tener relaciones pacíficas, como si esta paz dependiera solo de nosotros. Aquellos que piensan en tal modo confunden la paz social con la paz personal.
Personalmente yo puedo y debo siempre estar en la paz y tener sentimientos de paz hacia todos; pero esto no quita que o para defenderme a mí mismo, o para no ser maltratado por una persona belicosa o para no ser engañado por un impostor -y el error quita la paz- o, si estoy constituido en autoridad, para defender la Patria del enemigo o para castigar al malhechor, yo no sólo esté autorizado, sino que deba taxativamente como deber de oficio, renunciar a una conducta pacífica para recurrir a un justo uso de la fuerza o a legales métodos coercitivos.
Mas, se dirá, ¿qué tiene esto que ver con el ecumenismo? Ciertamente, gracias a Dios, ya no estamos en tiempos de las guerras de religión o de la pena de muerte para los herejes. Sin embargo, esto no nos autoriza a dejarnos engañar por un ingenuo pacifismo, que al fin de cuentas podría ocultar la debilidad de nuestra fe o una cierta pereza o pusilanimidad, que "por amor a la paz" se estaría dispuesto también a vender la conciencia.
¿Qué decir entonces? Que cuando se trata de paz social nosotros debemos ser pacíficos en el sentido de ser constructores de paz o quizás de sufrir por la paz. Pero para obtener este objetivo, en ocasiones también hay que saber luchar, refutar y corregir, hablar con claridad y coraje al hermano para decírselo con total franqueza. "¡Te equivocas, tienes que convertirte!". Este es el verdadero ecumenismo.
Segundo. Siendo así las cosas, es necesario, en este sentido, saber reconocer, imitar y proponer el ejemplo de Cristo: ¿el Señor no será acaso Maestro de ecumenismo? El ecumenismo no es una invención del Concilio Vaticano II. Y entonces, ¿qué nos dice Cristo? Debemos liberarnos de una imagen edulcorada del Señor, en la cual se resalta solo la mansedumbre y la misericordia del Salvador y no también su fuerza, su coraje, su espíritu de sacrificio y su espíritu combativo, que son los que, después de las polémicas contra los Fariseos, los Sumos Sacerdotes y los Escribas, lo condujeron al martirio y al sacrificio de la cruz y, en el Apocalipsis, lo presentan como el "León de Judá" o como Caballero terrible para los enemigos, con la mirada llameante, la espada saliendo de la boca y el manto empapado en sangre.
Ya los romanos lo sabían cuando decían: "si vis pacem, para bellum". La paz, para el cristiano, es ciertamente ante todo un don de Dios, porque no es la paz que viene del mundo sino de Cristo, y sin embargo también para el cristiano como para cualquier hombre de honor, la paz es también conquista, y a veces dura conquista; por esto el cristiano honra también las virtudes militares, aun cuando para el cristiano la batalla más dura es contra el pecado, contra las malas pasiones y contra el demonio.
Sin embargo, nos hemos olvidado de cuando Jesús dice: "No vine a traer la paz, sino una espada" (Mt 10,34; Lc 12,51). El cristiano, para permanecer fiel a Cristo, está dispuesto a recibir hostilidad y ¿por qué no se debería defender y sobre todo defender, como decía Catalina de Siena, el "honor de Dios y el bien de las almas"? Y si se da cuenta de la existencia del mal, del error, de la injusticia, ¿por qué no debería combatirlos? El cristianismo implica una lucha: o vencemos o somos derrotados.
Pero, dicen algunos, ¿adónde va a terminar el evangélico "amor por el enemigo"? Se trata de entenderlo en el sentido correcto. Cuando el Señor nos da este importantísimo precepto, no entiende evidentemente decir que debamos amar la acción enemiga que el enemigo lleva a cabo contra nosotros, porque nos convertiríamos en conniventes con él y pecaríamos a la par de él. Sino que Cristo quiere decir que incluso en el enemigo debemos saber ver los lados buenos y apreciarlos, ya que el amor no puede ir al mal sino al bien.
He aquí que entonces, volviendo al tema de la religión, para implementar un sano ecumenismo debemos distinguir tres modos de relacionarse la verdad con el error: en primer lugar se da una verdad absoluta y completa, privada de cualquier error, porque es divina; y esta es la verdad del catolicismo, única religión del mundo fundada y guiada por Dios mismo en Cristo. Este es el criterio supremo de verdad por el cual valorar todas las demás religiones, y la verdad más elevada a la cual todas las religiones están llamadas.
En segundo lugar, se puede dar la verdad mezclada con el error, propia de las religiones cuyo fundador es una simple criatura humana, por lo cual aquí se refleja esa mezcla de positivo y negativo que existe en todo hombre pecador. Este es el terreno en el que se ejercita el ecumenismo. Finalmente, está la pura negación de la verdad, que es el error. Esto simplemente debe rechazarse sin condiciones.
Esto quiere decir entonces que no debemos confundir al católico individual con el catolicismo. El católico individual, aunque en la gracia de Dios, es un hombre pecador como todos, aunque en posesión, sin mérito suyo, de esa verdad absoluta y plena que es Cristo. Sin embargo, en la práctica, y de hecho, puede ignorar o malinterpretar ciertas verdades de su fe y desde este punto de vista puede ser corregido incluso por un hermano no católico, que sin embargo conoce esas verdades de fe.
A la inversa, está claro que el catolicismo en sí mismo es la plenitud de la verdad divina, porque está guiado infaliblemente por el Espíritu de Cristo, que ciertamente ilumina también a las otras religiones, pero no con esa plenitud con la que ilumina la religión católica.
Confundir el catolicismo con el católico individual es otra de las características del falso ecumenismo que, de ese modo, relativiza indignamente el valor del catolicismo, creando la ilusión de que, por ejemplo, ser católico o ser protestante son simplemente dos formas diferentes e igualmente legítimas de ser cristianos, como por ejemplo el ser un religioso dominico o el ser un religioso franciscano.
No es esto el verdadero ecumenismo. El verdadero ecumenismo nos es enseñado por el Evangelio, cuyo desarrollo y explicación para el hoy es el ecumenismo enseñado por el Concilio Vaticano II y por las indicaciones de la Iglesia postconciliar.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 7 de julio de 2011
* El artículo original del padre Giovanni Cavalcoli, en lengua italiana, firmado en Bologna el 7 de julio de 2011, fue publicado en la misma fecha en el blog Riscossa Cristiana (luego Ricognizioni), y puede hallarlo el lector en el siguiente enlace: https://www.ricognizioni.it/il-falso-ecumenismo-di-pgiovanni-cavalcoliop/
__________
Anexo
He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
Quaestio: Utrum verus oecumenismus consistat in quaerenda pace
super veritate catholica, vel potius admitti possit oecumenismus qui,
nomine pacis, veritatem relativizat aut tacet
Articulus 1
Utrum verus oecumenismus consistat in silentio circa errores doctrinales
Ad primum sic proceditur. Videtur quod verus oecumenismus consistat in silentio circa errores doctrinales fratrum separatarum.
1. Quia, sicut dicunt quidam, finis oecumenismi est unitas et concordia inter christianos. Sed ostendere errores doctrinales fratrum separatarum parit divisionem et contentionem. Ergo, ad unitatem conservandam, expedit errores tacere.
2. Praeterea, sicut dicunt alii, Christus praecipit diligere inimicum et esse mansuetos corde. Sed corrigere errores potest videri severitas et duritia. Ergo verus oecumenismus debet exerceri in silentio circa differentias doctrinales.
3. Item, dicunt quidam Concilium Vaticanum Secundum hortari ad agnoscendas veritates in aliis confessionibus praesentes. Si autem in erroribus insistantur, obscuratur quod est positivum et impeditur dialogus. Ergo oecumenismus debet errores tacere.
Sed contra est quod dicit Apostolus: “Praedica verbum, insta opportune, importune, argue, increpa, exhortare in omni patientia et doctrina” (2 Tim 4,2). Et ipse Dominus ait: “Cognoscetis veritatem, et veritas liberabit vos” (Io 8,32). Ergo verus oecumenismus non potest consistere in silentio circa errores doctrinales.
Respondeo dicendum quod verus oecumenismus non consistit in silentio circa errores doctrinales, sed in integra veritatis catholicae proclamatione, caritate et mansuetudine comitata. Tacere errorem propter amorem pacis est falsus oecumenismus, quia pax sine veritate est mera apparentia. Amor fratris exigit ut ei veritas ostendatur et corrigatur cum errat, quia caritas quaerit bonum spirituale eius.
Authenticus oecumenismus agnoscit veritates in aliis confessionibus praesentes, sed non renuntiat ad errores ostendendos qui plenam communionem impediunt. Silentium circa errorem est conniventia et relativismus, fidem debilitans et missionem Ecclesiae prodens. Ergo verus oecumenismus consistit in veritatem clare proclamare, agnoscere quod verum est in aliis, et mansuete errores corrigere, ut unitas in veritate fundetur et non in illusionibus.
Ad primum ergo dicendum quod unitas authentica non acquiritur per occultationem differentiarum, sed per illuminationem earum veritate. Tacere errorem parit falsam concordiam.
Ad secundum dicendum quod mansuetudo non excludit correctionem fraternam. Diligere fratrem significat quaerere bonum eius, quod est veritas, etiam si hoc implicet contradicere.
Ad tertium dicendum quod Concilium hortatur ad veritates agnoscendas in aliis confessionibus, sed numquam ad errores tacendos. Immo invitat ad veritatem communem profundius investigandam, ut fratres separati ad plenitudinem veritatis in Ecclesia catholica perveniant.
Articulus 2
Utrum pax sit fundamentum oecumenismi
Ad secundum sic proceditur. Videtur quod pax sit fundamentum oecumenismi.
1. Quia oecumenismus quaerit unitatem inter christianos, et unitas sine pace esse non potest. Ergo pax est fundamentum oecumenismi.
2. Praeterea, Christus ipse discipulis suis promisit: “Pacem relinquo vobis, pacem meam do vobis” (Io 14,27). Ergo, cum pax sit donum Christi, videtur quod ipsa sit fundamentum oecumenismi.
3. Item, Dies Orationis pro Pace Assisii ostendit pacem esse principale propositum dialogi interreligiosi et oecumenici. Ergo pax est fundamentum oecumenismi.
Sed contra est quod dicit Apostolus: “Pax Dei, quae exsuperat omnem sensum, custodiat corda vestra et intelligentias vestras in Christo Iesu” (Phil 4,7). Haec autem pax provenit ex veritate Christi. Ergo pax non est fundamentum oecumenismi, sed fructus veritatis.
Respondeo dicendum quod pax quidem est finis et fructus oecumenismi, sed non eius fundamentum. Fundamentum enim oecumenismi est veritas a Christo revelata et in plenitudine ab Ecclesia catholica custodita. Pax vera non potest esse sine concordia in veritate.
Distinguendum est autem duo genera pacis: pax interior, fructus mansuetudinis et gratiae, quam quilibet christianus semper servare potest; et pax socialis, quae requirit concordiam inter personas et communitates, et quae solum obtineri potest cum veritas communicatur.
Si pax quaeritur sine veritate, inciditur in pacifismum ingenuum vel falsum oecumenismum, qui errores tacet et fidem debilitare facit. Verus autem oecumenismus veritatem cum caritate proclamat, errorem corrigit et pacem super veritate communi construit. Sic pax est consequentia et perfectio oecumenismi, non autem fundamentum.
Ad primum ergo dicendum quod unitas requirit pacem, sed pax vera solum in veritate acquiritur. Ergo veritas est fundamentum, pax autem fructus.
Ad secundum dicendum quod Christus pacem dat, sed pax eius non est sicut pax mundi, sed quae ex veritate Evangelii emanat.
Ad tertium dicendum quod dies orationis pro pace ostendit pacem magni momenti esse tamquam finem oecumenismi, sed non ostendit eam esse fundamentum. Fundamentum est veritas revelata, ex qua pax consequitur.
J.A.G.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.