sábado, 24 de enero de 2026

La confrontación del bien con el mal (3/6)

En este nuevo artículo, el padre Giovanni Cavalcoli nos conduce al corazón del misterio del pecado y de la justicia divina. ¿Cómo puede ser remitido un acto personal que parece irreparable? ¿Por qué el pecado original se transmite a toda la humanidad y qué sentido tiene esta herencia? ¿Es la conciencia moral una guía segura o puede engañarnos en nombre de la buena fe? ¿Cómo se armonizan la justicia y la misericordia de Dios en el castigo y en la salvación? Preguntas que interpelan y que invitan a descubrir la hondura de la teología escolástica en diálogo con nuestra vida cotidiana. [En la imagen: fragmento de "El pecado original, Adán y Eva expulsados del Paraíso", miniatura, obra de Pol De Limburg, hacia 1410, en "Las muy ricas horas del duque de Berry", libro de horas conservado en el Museo Condé en Chantilly, Francia, en el inventario Ms. 65].

La confrontación del bien con el mal
La voluntad humana y la voluntad divina

Tercera Parte (3/6) ¹ 

Lo bello y lo bueno

La naturaleza humana es ya de por sí una cosa buena, pero es plenamente buena cuando ejerce la virtud. Al bien conviene la belleza, por la cual éste es apetecible a la vista ². A lo bello conviene la unidad, el correcto modo, la forma, la especificidad o medida de lo entero o del todo y el orden armonioso y la buena y proporcionada distribución de las partes ³.
Recordemos, sin embargo, que si lo bello es un bien para la vista, no necesariamente es un bien moral, si esta belleza empuja al pecado o si es contemplada con el fin de pecar. Entrando en el campo de la producción artística, es necesario prestar atención a la relación de lo bello con el bien moral. En este campo el artista tiene una especial responsabilidad ⁴, en el sentido de que su producción es moralmente justificada y formativa sólo si él no se propone únicamente satisfacer el gusto estético, sino que procura con su obra estimular al público hacia la virtud, considerando el hecho de que la misma virtud, como enseña Platón, posee una belleza sublime capaz de atraer la voluntad a la práctica del bien.
Lo bello es un bien tanto para el intelecto como para la voluntad: para el intelecto, en cuanto el ver agrada al intelecto. Bello, en efecto, como observa Santo Tomás, es aquello que, visto, agrada. Por el contrario, el mal es feo. Sin embargo, puede existir una belleza fascinosa y seductora, que atrae al mal, así como una persona fea puede ser buena. San Leopoldo Mandić medía un metro y medio, pero su estatura moral era gigantesca.
Por esto lo bello pone en juego tanto el intelecto como la voluntad. El placer estético depende de un bien deleitable, objeto de la voluntad. Pero dado que agrada a la vista y el ver corresponde al intelecto, lo bello es lo verdadero, objeto del intelecto, en cuanto agrada al intelecto al verlo. El gusto estético es una virtud del intelecto unido al sentido, por la cual el hombre sabe juzgar sabiamente acerca de la belleza de los productos del arte o de la naturaleza. Lo bello que induce a la virtud no posee sólo un valor estético, sino también un valor moral.

El pecado y su remisión

La noción del pecado es una noción natural de la razón práctica, conocida también por los paganos. En Cicerón encontramos una definición tanto simple como verdadera, intuitiva y profunda: el pecado es una mala actio, una acción mala a la cual evidentemente corresponde la acción buena.
El pecado es un acto del cual es capaz sólo la criatura espiritual, ángel u hombre. La posibilidad de pecar reside únicamente en una criatura dotada de libre arbitrio. En efecto, el acto de pecar consiste en privar voluntariamente a algo o a alguien de lo que le pertenece por derecho.
Pecar es el acto con el cual la criatura encuentra gusto en hacer el mal. Pecar es un acto con el cual el sujeto elige un falso bien. Pecar es el rechazo de obedecer a la ley divina. Pecar es el acto con el cual la criatura, en vez de elegir a Dios, elige a una criatura o se elige a sí misma o decide servir al diablo. Pecar es el acto de aquella voluntad que, en vez de normarse según la voluntad divina, se norma según sí misma. Ahora bien, es evidente que todos estos actos son posibles a la criatura y no a Dios.
Distinto es el modo de pecar en el hombre y en el ángel. El hombre tiene un intelecto ligado al sentido y una voluntad ligada a las pasiones. Esto hace que en la vida presente las decisiones de la voluntad sean mudables, convertibles, retractables o revocables, de donde proviene la posibilidad del arrepentimiento. Por esto, Dios, después del pecado, ha ofrecido al hombre una posibilidad de rescate y de salvación. El ángel, en cambio, dotado de un intelecto dispensado del uso de los sentidos, ejerce un poder intuitivo intelectual que no necesita de la mediación de los sentidos, por lo cual en el momento de actuar juzga con una seguridad y decide con una firmeza inflexible e irrevocable desconocida para nosotros, y por esto su pecado ⁵ no ha sido perdonado, ni él mismo por su orgullo ha querido ser perdonado, considerando que no lo necesitaba.
Ciertamente la razón natural se esfuerza en descubrir el sentido profundo del pecado con sus graves consecuencias, pecado que consiste en ser una ofensa a Dios desobedeciendo a su ley y rechazando su amor, y muchos de nosotros creemos, como Kant, que todo el problema de la virtud y de la rectitud moral está en seguir el dictamen de la razón, en el respeto por la ley moral y por el derecho, en el ejercicio de la virtud, en poseer el sentido del deber y en la escucha de la propia conciencia. De todos modos, no hay duda de que quien actúa de este modo, aunque no tenga clara conciencia de ello, finaliza su vida en Dios.
Ya la teología natural, incluso prescindiendo de la Revelación, puede demostrar que, habiendo Dios decidido crear criaturas inteligentes y libres, que se asemejasen a Él en su poder creativo, no podía no introducir en el mundo la posibilidad del mal, es decir, que estas criaturas eligiesen el mal en lugar del bien.
Como sabemos en cambio por la Revelación y por la historia, esta terrible posibilidad se ha realizado, primero con el pecado de los ángeles y posteriormente con el pecado del hombre, aquel que la Iglesia llama «pecado original», que ha consistido en el pecado cometido por nuestros primeros progenitores, los cuales, en cuanto en sus individualidades estaba contenida la entera especie humana, hicieron que su culpa se convirtiera en culpa de toda la humanidad y por tanto de todos los individuos humanos que de aquella pareja habrían de derivar.
Es importante sobre este tema distinguir el pecado de la culpa, así como el pecado de la tendencia al pecado, llamada “concupiscencia”. El pecado es un acto de mala voluntad. La culpa es el estado de malestar o turbación de la conciencia consecuente a la comisión del pecado, de modo que la conciencia se siente oprimida por un peso que la obstaculiza en sus movimientos y la frena en su apertura a Dios y al prójimo.
Mientras el acto del pecado, una vez cometido, pertenece al pasado, la culpa permanece. La conciencia, sin embargo, puede ser liberada de este peso gracias al arrepentimiento, que Dios mismo inspira. Este dolor saludable devuelve el alma a la paz con Dios, que la libera de la culpa con la concesión de su perdón.
Ya la conciencia moral natural conoce el deber de la clemencia, de la misericordia, de la compasión y de la piedad hacia los que sufren, los frágiles, los débiles y los incapaces, así como el deber de perdonar, de hacer gracia, de condonar las deudas a los pecadores arrepentidos.
Además, todos los pueblos desde la más remota antigüedad conocen la práctica de la religión, no importa si en clima monoteísta o politeísta, la cual religión supone la conciencia de estar en deuda o en culpa con Dios, se perciben sus castigos, y por lo tanto se siente la necesidad de reconciliarse con Él para obtener perdón, gracias, favores y beneficios. A tal fin vemos la práctica de la oración y de los sacrificios cultuales con el fin de aplacar la ira divina y propiciarse la benevolencia de Dios.
Una forma degenerada de religión es la magia, por la cual no es el hombre que, dispuesto a hacer la voluntad de Dios, implora y suplica a Dios que tenga misericordia, sino que es el hombre, es decir el mago, que, recibida la fuerza del demonio, se considera dotado de poderes divinos, y que presume poder doblegar a Dios a su voluntad.
Dios sería injusto si no premiase al justo y no castigase al pecador obstinado, pero, si se abstiene de castigar porque el pecador, dispuesto a expiar, está arrepentido y pide perdón, Dios obra para él un bien aún mayor, dándole más allá de cuanto el arrepentido merecería.

El pecado original

La existencia en nuestra vida de una serie infinita de males, de conflictos, de desgracias y de pecados hasta la existencia de esa muerte, que repugna a nuestro deseo de inmortalidad, la presencia del dolor, de la maldad, de las injusticias, la potencia destructiva de las calamidades naturales, de la hostilidad de la naturaleza hacia nosotros, ha conducido ya a los filósofos paganos a suponer, como por ejemplo Platón, que nosotros ahora nos encontramos en esta mísera tierra, a consecuencia de una caída originaria nuestra desde la visión de las ideas divinas donde éramos bienaventurados, por lo cual ahora el problema es el de liberarnos de este estado de miseria para volver a ver la verdad.
En base a la simple razón no es difícil elaborar un proyecto de perfección humana y determinar cuáles son las condiciones de su salud física, psíquica y espiritual, cuáles son las condiciones y los medios de la felicidad humana. Ya en este campo Aristóteles ha hecho un trabajo excelente con su psicología y su ética.
La visión aristotélica es mejor que la de Platón, porque éste, con su dualismo de alma y cuerpo, no logra justificar la unidad de la persona, mientras que Aristóteles, aunque distingue también alma y cuerpo, haciendo uso de las categorías de materia y forma nos hace comprender cómo se unen en la unidad de la persona, tanto que la doctrina del alma espiritual como forma sustancial del cuerpo entrará, a través de Santo Tomás, incluso en el dogma católico en el Concilio de Vienne de 1312.
Como es sabido, la Revelación bíblica nos proporciona el relato de lo que sucedió a la pareja primitiva, vale decir, nos proporciona el relato del llamado pecado original, de sus consecuencias y de la promesa de redención hecha a la pareja por Dios de enviar un Salvador.
La dificultad presentada por este relato está en el concepto de pecado, precisamente el pecado original, que se presenta como un pecado del todo diverso de aquel que comúnmente llamamos pecado, que es un acto personal, del cual es responsable sólo quien lo ha cometido y cuya culpa pertenece sólo a aquel que ha cometido el acto, de modo que él solo merece ser castigado por este acto.
En cambio, en el caso del pecado original se tiene que, sí, el pecado ha sido un acto personal de la pareja primitiva, pero al mismo tiempo la culpa de este acto se expande y se transmite a través de la generación a toda la humanidad. Aparentemente se trata de un absurdo que consistiría en multiplicar lo que es uno y no puede ser más que uno (el acto de Adán y Eva) y de una injusticia que comporta el ser castigados por una culpa no cometida.
Estamos, por tanto, obligados a ver qué diferencia hay entre la culpa personal y la colectiva del pecado original. Desde el punto de vista personal, cada uno tiene sus propias culpas, mientras que la culpa original, siendo culpa de la humanidad, es compartida por todos los miembros de la especie humana, con excepción de la Bienaventurada Virgen María, preservada de la culpa original en vista de los méritos de Cristo.
En otras palabras, la culpa original se transmite a todos los descendientes de la pareja primitiva en cuanto cada uno de estos descendientes es miembro de la especie humana. Por esto, la culpa original que cada uno de nosotros hereda de los primeros progenitores no tiene nada que ver con nuestras culpas personales, de las cuales es responsable cada uno de nosotros, porque no es una culpa nuestra como individuos, sino nuestra como especie.
Es claro que de la culpa original no tenemos ninguna responsabilidad, porque no proviene de un acto personal nuestro. El acto del pecado no nos pertenece, sino que perteneció a la pareja originaria. A nosotros, sin embargo, nos es transmitida la culpa, que es el estado de desorden de la voluntad privada de la gracia, estado consecuente al pecado. Cómo sea posible una culpa sin el acto precedente que normalmente la ha causado es cosa misteriosa, de la cual debemos tomar nota en base a la fe, pero no es posible dar una explicación racional.
De todos modos sabemos que esta culpa es borrada por el Bautismo. Quedan las consecuencias penales por toda la duración de la vida terrena, así como la tendencia a pecar, es decir, la concupiscencia, también ellas misteriosas, porque normalmente la pena debería sufrirla quien ha cometido el pecado. Las cosas parecen haber sucedido como si en Adán y Eva toda la humanidad hubiese pecado, y de hecho Santo Tomás llama a tal pecado peccatum naturae.
El pecado original, por tanto, no es una culpa del individuo, sino de la especie. Lo cual quiere decir que en el caso del pecado original la especie ha funcionado como sujeto agente y no se ha limitado a ser, como sucede ahora, simplemente la especie a la cual pertenecemos, que nada tiene que ver con nuestros actos personales. En sustancia, en la pareja primitiva hubo una unidad entre especie e individuo, que no se ha repetido más en los descendientes, en cada uno de los cuales el pecado es del individuo y no de la especie.

Intelecto y voluntad en el bien y en el mal

La distinción entre el bien y el mal tiene su principio, criterio, origen, fundamento y razón de ser en la actividad del intelecto y de la voluntad finitos. El primer paso que nuestro espíritu da hacia el mal es el de caer en el error por el cual toma involuntariamente por verdadero lo que es falso, o bien es el rechazo voluntario de reconocer la verdad conocida, que contrasta con nuestra voluntad.
El pecado original ha puesto en nuestro espíritu, intelecto y voluntad, una hostilidad hacia la verdad, aunque Dios nos haya creado con un deseo natural de verdad y de conocimiento, señalado honestamente, como se sabe, también por Aristóteles al inicio de su Metafísica.
Es sorprendente la honestidad, la objetividad y la corrección del modo de pensar y de proceder de Aristóteles, que aunque era un pagano, se pone en contraste con la doblez, las tortuosidades y los sofismas de ciertos teólogos autodenominados o tenidos por católicos. Por el contrario, las acusaciones que Lutero lanzaba contra Aristóteles de ser un sofista, pueden muy bien volverse contra el mismo Lutero.
Principio del mal en el espíritu humano es la voluntad de fingir que las cosas son como queremos nosotros y no como son en sí mismas. Para justificar nuestro subjetivismo sacamos la excusa de que la cosa en sí es incognoscible o que la objetividad es imposible o que nuestros juicios no reflejan la realidad en sí misma, no dejan la palabra a las cosas mismas, sino que reflejan nuestros intereses egoístas, por los cuales hacemos decir a las cosas no lo que realmente son, sino lo que queremos nosotros.
El querer, junto con el intelligere o entender, es la potencia activa propia del espíritu. Como observa Aristóteles, tanto el intelecto como la voluntad se relacionan con el ente, con lo real, con las cosas. El intelecto alcanza lo real mediante el concepto, por lo cual tiene presente lo real en la conciencia mediante la representación conceptual.
La voluntad se dirige directamente a lo real externo y lo considera de dos modos posibles: o de modo afectivo, uniéndose al bien deseado o querido. Y aquí tenemos el amor. La voluntad no modifica el bien amado, que es sobre todo la persona, sino que lo acoge tal como es porque se alegra por esta misma unión.
O bien la voluntad asume una actitud operativa, es decir, produce actos que ponen en práctica una idea o una intención práctica o fáctica. Y aquí tenemos la praxis, que puede ser técnica, cuando la voluntad da forma a una materia en el artefacto, o puede tratarse de un acto moral, cuando la voluntad actúa por el bien del hombre, poniendo en práctica la ley moral.

La conciencia moral

La conciencia moral es la voz de Dios en nuestro interior que nos ordena qué debemos hacer y qué debemos evitar o juzga nuestro obrar. Ella, por tanto, es la guía en nuestras acciones que nos da la certeza de comportarnos según la voluntad de Dios y nos advierte reprochándonos si no la hemos cumplido. Ella suscita en nosotros el arrepentimiento y el dolor por nuestros pecados y la alegría cuando hemos cumplido nuestro deber o nos sentimos perdonados por Dios.
Al juzgar lo que se debe hacer, nuestra conciencia puede equivocarse, de modo que puede inadvertidamente juzgar como bueno lo que es malo o juzgar como malo lo que es bueno. Dios no nos deja por mucho tiempo en esta situación humillante, sino que, o por medio de una iluminación que recibimos de nuestra conciencia o gracias a una mejor información desde el exterior, nos hace comprender que hemos errado y nos indica la verdad.
La certeza de obrar bien o mal puede ser objetiva o subjetiva. Subjetiva no quiere decir «me parece» (videtur), sino que es una verdadera certeza. Como tal, es norma de la acción. Es, sin embargo, subjetiva para indicar que no está basada en el objeto, sino en lo que el sujeto piensa del objeto.
Esto sucede cuando hay una ignorancia invencible de la verdad, o, como suele decirse, cuando estamos en buena fe y no nos damos cuenta de que erramos. En este caso, si seguimos esta nuestra conciencia permanecemos inocentes. En cambio, la certeza objetiva comporta la seguridad absoluta de estar en la verdad. Es este tipo de certeza el que nos permite darnos cuenta de que habíamos errado y, por tanto, nos permite corregirnos. Cuando hay certeza absoluta, sabemos que la tenemos, mientras que cuando hay certeza subjetiva, ésta se toma por objetiva.
No se puede estar siempre del todo seguros de obrar bien, pero no es siempre necesario antes de actuar tener la certeza absoluta de obrar bien, porque ésta es rarísima. Es suficiente que haya una probabilidad. En la duda de si obramos bien o mal, es mejor no actuar.
En el examen de conciencia no podemos estar siempre seguros en la valoración de lo que hemos hecho, si hemos obrado bien o hemos obrado mal, valorar la entidad de la responsabilidad o de la materia del pecado. A menudo debemos contentarnos con un juicio de probabilidad. Si no sabemos cómo juzgarnos, es bueno que nos pongamos en manos de la misericordia de Dios. Dios sabe cómo juzgarnos mejor de lo que sabemos hacerlo nosotros mismos, por lo cual el ponernos en su juicio es causa de consuelo y serenidad. Nosotros debemos juzgarnos sin hacer descuentos, pero evitando los escrúpulos. En lo que respecta a Dios, Él no nos hará nunca sentirnos más culpables de lo que tenemos conciencia de ser, sino más bien menos.

Dios es justo y misericordioso

Dios actúa siempre según justicia y misericordia, según las circunstancias, los méritos, las necesidades y los derechos de cada uno. Da siempre más allá de los méritos con una generosidad que no tiene límites, según sus inescrutables juicios, a unos más y a otros menos. Siempre por su misericordia, como observa Santo Tomás, castiga al pecador menos de lo que merecería y premia al justo más de lo que merece.
La justicia divina desempeña una doble función: por una parte, es el poder que Dios tiene de justificar al pecador, es decir, de hacerlo justo, induciéndolo al arrepentimiento y a la conversión, de modo que pase del estado de privación de la gracia al estado de gracia, perdonando sus pecados.
La otra función de la justicia divina es la de dar a cada uno según sus méritos y sus obras. Dios, por tanto, premia a aquellos que han adquirido méritos en virtud de su misericordia. La salvación, entonces, es por un lado gratuita y por otro es el premio por las buenas obras; debe ser merecida y adquirida a precio de fatigas y sacrificios. Es gratuita, en cuanto su causa primera es la gracia y la misericordia divina, y es adquirida en cuanto el justo, justificado por Dios, es capaz con las buenas obras de merecer el premio celestial.
El Dios del Nuevo Testamento es más misericordioso pero también más exigente que el Dios del Antiguo Testamento. Es más misericordioso, en cuanto, como dice San Juan, mientras el Dios del Antiguo Testamento nos ha dado la ley, el Dios del Nuevo nos ha dado la gracia. Pero al mismo tiempo, como nos advierte la Carta a los Hebreos (10,26-31), precisamente el hecho de haber recibido con Cristo mayor misericordia, hace más culpable el rechazo del don de Dios y, por tanto, hace al pecador merecedor de un mayor castigo. El hombre del Antiguo Testamento era castigado menos porque había recibido menos, aunque es verdad que Dios con el Nuevo Testamento ha añadido mayor gracia de la que había concedido antes y es más comprensivo respecto a las debilidades humanas.
Dios desconoce la experiencia del pecado, aunque sabe compadecerlo con su misericordia, sabe juzgarlo con justicia y lo destruye con su omnipotencia. Él, sin embargo, no puede cometer el mal de culpa, pero en su justicia puede imponer a la criatura rebelde el mal de pena, es decir, el castigo, que puede ser medicinal o aflictivo.
El castigo divino presenta sí un aspecto doloroso y penoso, digamos incluso un aspecto de mal, pero suponiendo el arrepentimiento en el pecador, es sustancialmente un bien salvífico, una pena que da una profunda paz en el alma, porque el alma sabe bien que está viviendo un acontecimiento de salvación, y por esto esa pena puede ser querida y causada por Dios bondad infinita. Por esto, cuando en el lenguaje popular tradicional se dice que Dios manda las cruces, las pruebas, las desgracias, los flagelos, los castigos, la cosa es exacta y plenamente conforme al lenguaje bíblico y a la verdadera piedad.
Tal pena es medicinal o correctiva cuando Dios la impone para estimular al pecador al arrepentimiento y a corregirse; es puramente aflictiva, cuando se trata de la pena eterna del infierno. La corrección divina es un bien para el pecador, que es estimulado a corregirse, mientras que la pena del infierno es un bien para el mismo condenado, en cuanto entra en lo que él mismo ha querido, es decir, el rechazo de Dios, sabiendo bien que tal rechazo comportaba el castigo.
El condenado recibe de Dios lo que él mismo ha querido y considerado bien para sí. Cristo lo aparta de Sí, pero para enviarlo adonde él mismo ha querido ir. La pena infernal para el condenado, a pesar del terrible dolor del fuego eterno, es aquel mal de pena que él ha indirectamente querido como condición para estar lejos para siempre de aquel Dios que odia, para seguir al dios de este mundo. Por tanto, ningún arrepentimiento en el condenado, sino la satisfacción perversa de haber obtenido lo que él ha querido.
Al condenado le interesa estar lejos de Dios; si esto comporta la pena del infierno, bienvenida sea la pena del infierno. Como el piadoso desea ver a Dios, el impío no quiere en absoluto verlo, aunque se le prometiera el paraíso. Si Dios es el ipsum Esse subsistens, quien desprecia la metafísica demuestra no tener interés en ver a Dios.
Ciertamente lo que ha buscado el condenado no ha sido el castigo para sí mismo, sino la rebelión contra Dios: esto él ha juzgado ser su bien. Pero dado que sabía que tal elección tendría como consecuencia la condenación eterna, hay que decir que también la pena, aunque lo irrite terriblemente, ha sido por él querida como un bien.
En lo que respecta a la relación de la justicia divina con la misericordia, la virtud de la religión obtiene la misericordia divina. Maritain ⁶, comentando a Santo Tomás, muestra cómo Dios usando misericordia no va contra la justicia, sino que abunda en bondad, como un acreedor que no sólo perdonase la deuda del deudor, sino que le añadiese de lo suyo.

Fin de la tercera parte (3/6)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 20 de enero de 2026
   
Notas

¹ El texto original del padre Giovanni Cavalcoli, en italiano, puede hallarlo el lector en el siguiente enlace a su blog: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-confronto-del-bene-col-male-la_54.html, un artículo que fue publicado el 24 de enero de 2026.
² Ibid., a.4.
³ Ibid., q.5.
⁴ Véase, de Jacques Maritain, La responsabilità dell’artista, Edizioni Morcelliana, Brescia 1963.
⁵ Cf. Charles Journet - Jacques Maritain - Philippe de la Trinité, Le péché de l’ange. Peccabilité, nature et surnature, Beauchesne Paris 1961.
⁶ Nove lezioni sulle prime nozioni della filosofia morale, Edizioni Vita e Pensiero, Milano 1979, p.242.

__________

Anexo

He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
   
Quaestio: De confrontatio boni et mali

Articulus 3

Utrum peccatum et eius remissio, peccatum originale et conscientia moralis
ordinentur in iustitia et misericordia Dei

Ad hoc sic procediturVidetur quod peccatum et eius remissio, peccatum originale et conscientia moralis non ordinentur in iustitia et misericordia Dei.
1. Quia peccatum est mala actio, actus personalis cuius solus reus est qui committit, et ideo videtur impossibile quod remittatur.
2. Quia peccatum angelorum non est remissum, et ideo videtur quod nec peccatum hominis remitti possit.
3. Quia peccatum originale, transmissum ad totam humanitatem, videtur iniustum, cum multiplicet id quod est unum et puniat eos qui non commiserunt.
4. Quia conscientia moralis potest errare, iudicans bonum pro malo et malum pro bono, et ideo videtur quod non possit esse certa dux ad iustitiam divinam.
5. Quia poena aeterna inferni videtur esse malum absolutum, quod misericordiae Dei repugnat.

Sed contra est quod scriptum est: Omne ens, inquantum est ens, bonum est. Item: Malum non est substantia, sed privatio boni. Preterea Scriptura dicit: Si bona suscepimus de manu Dei, mala quare non suscipiamus? (Iob 2,10); et propheta Isaias annuntiat: Vere languores nostros ipse tulit… et livore eius sanati sumus (Is 53,4-5); et Apostolus declarat: Deus lux est, et tenebrae in eo non sunt ullae (1 Io 1,5).

Respondeo dicendum quod peccatum est actus proprius creaturae spiritualis, angeli vel hominis, et consistit in eo quod aliquem voluntarie privat eo quod iure ipsius est. Est eligere falsum bonum, legem divinam recusare, creaturam vel se ipsum praeferre Creatori.
Peccatum angelorum, propter irrevocabilem firmitatem intellectus, non est remissum. Peccatum autem hominis potest remitti, quia voluntas eius est mutabilis et retractabilis, et Deus ei offert facultatem redemptionis et salutis.
Peccatum originale, a progenitoribus commissum, ad totam humanitatem transit non ut culpa personalis, sed ut culpa speciei. Est status inordinatae voluntatis gratia privatae, mysteriosus quidem quia non provenit ex actu nostro, sed realis quia per generationem traditur. Haec culpa per Baptismum deletur, quamvis poenales consequentiae et concupiscentia remaneant.
Intellectus et voluntas sunt principium distinctionis inter bonum et malum. Primus gradus ad malum est cadere in errorem aut veritatem cognitam recusare. Peccatum originale posuit in spiritu nostro hostilitatem adversus veritatem, quamvis Deus nos creaverit cum naturali desiderio veritatis et cognitionis. Velle, una cum intelligere, est potentia activa spiritus: intellectus attingit reale per conceptum, voluntas se dirigit ad bonum in amore vel in praxi, quae potest esse technica vel moralis.
Conscientia moralis est vox Dei in interiori hominis, quae praecipit quid agendum sit et quid vitandum. Potest errare per ignorantiam invincibilem, sed si sequitur in bona fide, homo manet innocens. Certitudo obiectiva permittit correctionem, dum certitudo subiectiva potest pro obiectiva haberi. In examine conscientiae saepe sufficit iudicium probabilitatis, et bonum est se committere misericordiae Dei.
Deus semper agit secundum iustitiam et misericordiam. Minus punit quam meretur et plus remunerat quam meretur. Iustitia divina peccatorem iustificat, eum ad paenitentiam et conversionem inducens, et unicuique reddit secundum merita. Salus est gratuita per gratiam et misericordiam, et acquisita per bona opera. Poena divina potest esse medicinalis vel afflictiva; poena aeterna inferni est malum poenae indirecte a damnato volitum, qui perverse obtinet quod voluit: longe esse a Deo. Sic iustitia et misericordia in providentia divina concordant.

Ad primum ergo dicendum quod peccatum, quamvis sit actus personalis, potest remitti per misericordiam divinam, quae culpam delet et gratiam restituit.
Ad secundum dicendum quod peccatum angelorum non est remissum propter voluntatem irrevocabilem, peccatum autem hominis potest remitti propter voluntatem mutabilem.
Ad tertium dicendum quod peccatum originale non est culpa personalis, sed speciei, per generationem transmissum, et per Baptismum deletum.
Ad quartum dicendum quod conscientia moralis potest errare, sed Deus illuminat et corrigit, et bona fides innocentiam servat.
Ad quintum dicendum quod poena aeterna est iusta consequentia reiectionis Dei, et quamvis sit dolorosa, est malum poenae indirecte a damnato volitum.
   
J.A.G.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.