domingo, 25 de enero de 2026

¿Ecumenismo? Con tal que se haga en la verdad y por la verdad: el éxito de Lutero

Transcribimos aquí al español otro artículo del padre Giovanni Cavalcoli de años anteriores. En 2014, en los primeros años del pontificado del papa Francisco, el docto dominico ofreció una reflexión lúcida sobre el ecumenismo y el legado de Lutero. Su análisis muestra cómo ciertos equívocos y falsas interpretaciones han llevado lamentablemente al debilitamiento de la comprensión católica de la unidad de la Iglesia en algunos sectores, y advierte contra la tentación de concebir el luteranismo como una opción legítima dentro del cristianismo. El texto examina las raíces históricas de la herejía, la relación con el Magisterio y el papel del Papa en la custodia de la fe, distinguiendo con rigor entre reforma auténtica y deformación. Esta entrada presenta su pensamiento para ayudar a los lectores a situar el debate ecuménico en la verdad y por la verdad. [En la imagen: fragmento de "El Concilio Ecuménico", franja media del óleo sobre lienzo de 1960, pintado por Salvador Dalí, conservado en el Salvador Dalí Museum, Saint Petersburg, Florida, USA].

¿Ecumenismo? Con tal que se haga en la verdad y por la verdad: el éxito de Lutero ¹

Hoy más que nunca, en época de ecumenismo, nos preguntamos cuál es el sentido o el significado del luteranismo. Y sobre este punto continúan las discusiones y las interpretaciones contrastantes, no obstante los pasos dados por el ecumenismo. ¿Cuáles son los orígenes y las causas del luteranismo? ¿Cuáles son sus intenciones, sus instancias o demandas, sus temas esenciales? ¿Cuáles son sus resultados? ¿Cómo es posible que a cinco siglos de disancia, después de las condenas de la Iglesia, el luteranismo siga todavía vivo, y a tal punto que hoy influye en la teología católica? ¿De qué depende el poder de su seducción? ¿Cómo es que también atrae a grandes inteligencias y a hombres valiosos? ¿Y qué se podría hacer para reconducir a los hermanos separados a la comunión con la Iglesia Romana?
Una idea equivocada que se ha difundido en el mundo católico por un falso ecumenismo, es que, en definitiva, el luteranismo ha sido una opción o elección como cualquier otra, en lo interno del cristianismo o de la Iglesia, como fueron por ejemplo las familias religiosas fundadas por san Benito o san Francesco o santo Domingo. El luteranismo no sería una falsa interpretación del cristianismo y de la Iglesia, sino que sería simplemente una elección diferente. Para otros, luego, Lutero habría sido un gran reformador de la Iglesia, un gran genio religioso sediento de Cristo y de su justicia, un clarín profético, un azotador de escándalos, abusos, vicios y herejías, que habría hecho tomar conciencia a la Iglesia y a Roma de sus desviaciones doctrinales y morales medievales y habría conducido con energía e intransigencia al redescubrimiento del verdadero Evangelio y de la verdadera relación salvífica con Cristo, rechazando muchas concepciones y prácticas espurias, puras tradiciones de hombres, que se habían acumulado en el pasado, como escombros que con el tiempo recubren un monumento ocultando su genuina belleza.
Los modernos seguidores de Lutero, considerando también el clima ecuménico, ya no hacen suya la violencia de los ataques del "Reformador" contra el Papa, la doctrina y la moral católicas, y sin embargo, si legitiman la existencia de la Iglesia Romana, la ven con una cierta suficiencia, con un cierto tolerante y benévolo compadecimiento, como un respetable remanente del pasado, por lo cual jamás soñarían con considerar a Roma la guía de la Iglesia, rol, éste, que celosamente se reservan sólo para ellos mismos, que desde hace cincuenta años se les engalana con el título de "progresistas" y son venerados y proclamados como tales.
Otros, creyendo entonces obrar de tal modo por la unión de los cristianos, se han hecho la idea de que católicos y protestantes representan a la par, en pie de igualdad, aunque de manera diferente y recíprocamente complementaria, dos grandes fragmentos de la Iglesia, divididos en la época de Lutero a causa de errores e incomprenciones recíprocos y por lo tanto debido a culpas en ambos lados. Por lo cual la solución o el remedio de esta escisión, ruptura, fractura o división o como queramos llamarla, no estaría en el hecho, como ordena y espera el documento conciliar sobre el ecumenismo ², que los hermanos separados, renunciando a sus errores, sean "plenamente incorporados" a la Iglesia católica, sólo en la cual está la plenitud de la verdad, sino que ellos pueden mantener tranquilamente sus posiciones. Lo importante es que exista el diálogo y la recíproca colaboración. Al mismo tiempo, se continúa "orando por la unidad". Pero me pregunto si en estas condiciones de ánimo y de mentalidad tal oración no se convierte en una hipocresía.
Así, para rencontrar la unidad, y reacomodar o recomponer el vaso roto, cada una de las dos partes debería renunciar a aquello que la opone a la otra, como propuso Karl Rahner en su libro Unión de las Iglesias posibilidad real ³. En la práctica, él sugirió que la Iglesia católica debería pedir a todos, católicos y protestantes, la adhesión a aquellos dogmas que ya todos tenemos en común, mientras que debería hacer "facultativos" para todos y sobre todo para los protestantes aquellos dogmas que ellos no aceptan.
Es necesario decir con claridad que en realidad es erróneo concebir la recuperación de la unidad parangonando la operación con la de un ortopedista que recompone la fractura de un fémur roto. La referencia correcta aquí en cambio la da Cristo mismo: los herejes son sarmientos que se han desprendido o casi desprendido de la vid, que es la Iglesia Romana; por lo cual, mientras la Iglesia como Iglesia (¡no como católicos individuales!) no tiene agravios ni errores que reparar, sino que tiene sólo la totalidad del Evangelio para proclamar a todo el mundo, disipando las tinieblas del error, a la inversa, los hermanos separados se salvan sólo si, corregidos sus errores, alcanzan la plena comunión con Roma, comunión que, por lo demás, como señala el Concilio, no está ahora totalmente ausente, sino que es sólo parcial, imperfecta e incompleta, lo que no excluye la posibilidad del luterano de buena fe de salvarse.
La Iglesia en sí misma es esencialmente una e indivisible. Ninguna fuerza disgregadora la puede escindir o dividir y poner una parte contra la otra desde el interior o desde el exterior. Pueden haber y hay divisiones entre cristianos, pero no en la Iglesia y mucho menos desde o por la Iglesia. Los herejes y los cismáticos no dividen a la Iglesia, sino que se dividen de la Iglesia; no son una parte de la Iglesia, sino que se separan de la Iglesia, la cual permanece esencialmente entera y una. Por ende no se trata de reunir a la Iglesia, sino de que los herejes y los cismáticos retornen a la Iglesia. Y será difícil que la Iglesia, como ellos quisieran, vaya para su lado. Los verdaderos católicos están, a la inversa, en cuanto católicos, no en cuanto pecadores, todos unidos entre sí en la Iglesia, lo que obviamente no quita que existan conflictos o disensiones entre ellos, conflictos que sin embargo no afectan su fundamental comunión en la Iglesia y su pertenencia a la Iglesia. Y compete supremamente al Papa definir, procurar, custodiar, proteger e incrementar la unidad de la Iglesia promoviendo la unión o la reunión de los cristianos, la concordia y la reconciliación entre los partidos adversarios -por ejemplo modernistas y lefebvrianos- y el reencuentro con las ovejas. Esta misión del Papa no es entendida en absoluto por los cismáticos y los herejes. Ellos creen que el Papa es principio de división porque exige, para ser verdaderos cristianos, condiciones que ellos no quieren admitir. Así entonces, hoy también existen tontos que creen que el ecumenismo andaría mejor si no hubiera Papa.
A esta búsqueda de los alejados, por lo tanto a esta llamada a la unidad con Roma -el "centro"- se refiere el papa Francisco cuando habla de la necesidad de que la Iglesia "salga" y vaya "a las periferias"; no se trata tanto de los barrios marginales, sino ante todo de los áreas humanas más desnutridas desde el punto de vista espiritual. La periferia puede ser también el párroco o el laico que enseña el catecismo que no vive en plena comunión con la Iglesia. Todavía otros, como Hans Küng ⁴ y Edward Schillebeeckx ⁵, ampliando al máximo el sincretismo indiferentista, y malinterpretando la famosa tesis del Concilio, según la cual "la Iglesia de Cristo subsiste" (subsistit) "en la Iglesia católica"  ⁶, llegan a prospectar una "Iglesia de Cristo" o un "cristianismo" que resulte de la síntesis de todas las religiones preocupadas por los derechos humanos, por la justicia y por la paz en la humanidad, donde los dogmas católicos no son negados sino privados de su universalidad y obligatoriedad, son integrados por las doctrinas de las otras religiones, evidente secularización iluminista del cristianismo que excluye lo sobrenatural, considerado mito, fanatismo y superstición, según el muy conocido módulo de la masonería. Ciertamente una cosa de este tipo no hubiera complacido ni siquiera a Lutero, apegado al fin de cuentas, aunque a su modo, al contenido irrenunciable de la fe del Evangelio ⁷. Sin embargo, Lutero no se daba cuenta de que una vez abatido el Magisterio de la Iglesia, el puro y simple referirse privado a la Escritura, aún en la convicción de estar iluminado por el Espíritu Santo y admitiendo sin dificultad la claridad de muchos pasajes de la misma Escritura, no es en absoluto suficiente para garantizar con certeza y precisión los contenidos de la fe. Pero sobre todo no corresponde a la voluntad de Cristo expresada en el mismo Evangelio.
A tal respecto debemos recordar que la Iglesia y la doctrina de la fe son organismos creados y protegidos por la infinita sabiduría divina, tales por ende para poder resistir, bien custodiados, a todo ataque del enemigo, pero al mismo tiempo, en cuanto criaturas, son el resultado de un armonioso conjunto de elementos y factores, "articulaciones y ligamentos" (Col 2,19), donde los eslabones no tienen todos la misma solidez, sino que algunos son menos sólidos que otros, por lo cual pueden ser rotos o divididos más fácilmente por una voluntad maligna. Así, por ejemplo, en el cuerpo humano, que también es maravillosa obra divina, algunas estructuras son más vulnerables que otras: si uno pone mal el pie, fácilmente sufre una torcedura; si no mantiene limpios sus dientes, fácilmente les salen caries, etc. La Palabra de Dios mantiene efectivamente unidas "las articulaciones y la médula" (Heb 4,12); pero si el alma no se mantiene a salvo de las insidias y de las mentiras del demonio, estos delicados ligámenes corren el riesgo de romperse. Es cuanto sucede en las herejías. Es cuanto le sucedió a Lutero, el cual, si bien tenía por sí mismo una fuerte personalidad capaz de influir sobre los demás, no es que haya inventado de la nada sus herejías, como Júpiter que hace salir a Minerva de su cabeza, armada con todo punto. Por el contrario, Lutero había comenzado a afectar puntos o junturas frágiles de la estructura eclesial, otras veces puestas en crisis en la historia de la Iglesia, como son por ejemplo la relación Papa-Iglesia o Escritura-Iglesia o gracia-libre albedrío o gracia-pecado o fe-razón o fe-obras.
Por otra parte, ya no se puede ve en Lutero sólo la herejía, sino que en cierto sentido es más importante evidenciar sus instancias o demandas positivas de reforma, que han contribuido a su éxito y que, debidamente purificadas e insertas en contexto católico, han encontrado en cierto modo su satisfacción en las doctrinas y en la pastoral del Concilio Vaticano II. El mismo fenómeno del modernismo de la época de san Pío X, fue en gran parte un intento fallido de obrar esta recuperación, que en cambio ha sido hecha por el Concilio con toda la autoridad que compete a un Concilio ecuménico.
En cuanto a la cuestión de la reforma, debemos decir que la esencia de la Iglesia es inmutable en sí misma, pero esto no quita que ella tenga periódicamente necesidad de reforma: Ecclesia semper reformanda, dice un antiguo adagio. El temor de Romano Amerio de que el Concilio Vaticano II haya "cambiado" la esencia de la Iglesia no tiene ningún fundamento y Amerio tiende a confundir la verdadera eclesiología del Concilio con las interpretaciones dadas por los modernistas.
Sin embargo, para obrar una verdadera reforma de la Iglesia, que sea cosa benéfica y conforme a Cristo, su Fundador, es necesario saber qué cosa en la Iglesia puede cambiar y qué cosa no puede cambiar sin con ello mismo destruir, mutilar o corromper la esencia de la Iglesia. A decir verdad, la Iglesia es en sí misma indestructible (portae inferi non praevalebunt). El problema es que su esencia puede corromperse en la mente de falsos reformadores, los cuales creen reformarla, pero en realidad construyen una falsa iglesia, que es contraria a la voluntad de Cristo. Por tanto, es necesario distinguir reforma de deformación. La reforma periódicamente necesaria y requerida por la misma esencia humana e histórica de la Iglesia, tiene la tarea de rencontrar, mantener y fortalecer la forma ofuscada por adiciones o sustracciones arbitrarias, espurias o puramente humanas.
En cambio, una reforma que pretendiera cambiar la esencia de la Iglesia o concibiera esta esencia como naturalmente mutable, según el módulo modernista, en lugar de renovarla, purificarla y mejorarla, la destruiría. En la obra de Lutero existen ambos aspectos, por lo cual es sumamente necesario, bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, obrar esta distinción para acoger lo positivo y rechazar lo negativo.
El éxito de Lutero es así en gran medida debido al hecho de que él recopiló y desarrolló instancias heréticas que ya existían en la historia de la Iglesia, como por ejemplo aquellas más inmediatamente precedentes de Hus y Wycliff, así como de los valdenses, de los maniqueos, de los cátaros, de Ockham y del Cusano, si bien es cierto que todo heresiarca da siempre un carácter peculiar a las doctrinas que inventa, y esto evidentemente permite distinguir las herejías de Lutero de aquellas de otros herejes.
Por otra parte, como he dicho, es necesario también encontrar en Lutero huellas de instancias reformadoras auténticas, que ya caracterizaron a los grandes reformadores medioevales como san Bruno, san Pedro Damián, san Romualdo, san Bernardo, san Juan Gualberto, san Francisco, y santa Catalina de Siena.
Uno de los motivos por los cuales el luteranismo no arraigó en ciertos países como Italia, fue que ya antes de Lutero ciertas Órdenes religiosas, como por ejemplo los Dominicos, habían promovido una reforma contra las sugestiones paganizantes del naciente Humanismo, como de hecho sucedió con la escuela cataliniana del beato Raimondo da Capua, del beato Giovanni Dominici, de san Antonino de Florencia y de Girolamo Savonarola.
La herejía, por su parte, ataca siempre algún punto débil, algún pasaje difícil, rompe algún nexo o ligamen frágil, donde muchos pueden caer, y por eso tiene éxito, aun cuando también puedan existir herejías tan absurdas, que siempre encuentran el chitrulo que con entusiasmo las hace suyas, especialmente en nuestros días.
Un punto delicado de la fe católica es el del oficio petrino. Por eso todos los herejes niegan de diversos modos la autoridad del Papa. Y se sabe con cuánta violencia rechazó Lutero el carisma de Pedro. En efecto, acerca de la misión del Papa, en línea de principio existen dos dificultades, donde fácilmente juega el espíritu de la mentira.
La primera dificultad es que en el Papa es necesario distinguir dos cosas: la infalibilidad de su ministerio como maestro de la fe y la fragilidad de su humanidad de hijo de Adán, la cual puede cometer también acciones injustas, imprudencias o pecados sobre el ámbito, además del plano personal, también en el plano del gobierno o de la pastoral. La táctica usual de los herejes, a la cual ni siquiera Lutero escapa, es la de partir de críticas o reivindicaciones quizás justas acerca de la pastoral o la conducta moral del Papa, para atacarlo como maestro de la fe y guía a la salvación.
La segunda dificultad radica en el comprender y apreciar el ligamen del Papa con la Iglesia. Que la Iglesia sea guiada por Cristo, lo admiten generalmente los herejes. Aquello que para ellos no va es que sea guiada por el Papa en la interpretación de la Escritura y de la Tradición, en sustancia, de la verdad de fe y de la revelación divina.
Según ellos, es suficiente Cristo o la inspiración del Espíritu Santo. Y en línea de principio, esto podría ser cierto. Si Dios hubiera querido, habría podido fundar una comunidad de salvación guiada directamente por Él, sin mediaciones literarias, magisteriales, catequéticas, jerárquicas, litúrgicas o sacramentales, sacerdotales o pontificias. Dios no tiene problema en darse a conocer directamente a cada uno en su propia conciencia, y en mandarle directamente lo que debe hacer y en guiarle con la gracia al paraíso del cielo.
Salvo sin embargo que el caso es que Dios ha querido regular las cosas de manera diferente. Y tratándose de problemas que sólo Dios puede resolver, como aquellos relativos a la salvación, es lógico que debamos fiarnos de aquello que Él positivamente e históricamente ha querido ("derecho divino") a través de sus apóstoles y sobre todo de Jesucristo. El problema de la herejía no es el de no creer en Cristo; el problema es el de aceptar todo aquello que Cristo ha enseñado y ha querido.
El hereje puede también hablar de Iglesia, de fe, de caridad, de Escritura, de Tradición, de Revelación, de sacramentos, de Espíritu Santo, de gracia, de virtud, de pecado, de salvación, de mística. Puede hablar de la Santísima Trinidad, de Cristo y de Dios. Pero se trata de ver uno por uno cómo concibe estos valores. No debemos prestar atención a las solas palabras, porque ellas en la herejía son vaciadas de su verdadero significado. Por eso no siempre es fácil desenmascarar las herejías, bien disfrazadas bajo apariencias de piedad, interpretaciones de la Escritura o de la Tradición, proyectos de santidad, proclamas reformadoras, ideas teológicas geniales, profecías apocalípticas, visiones celestiales…
En el caso de Lutero, la rebelión contra el Papa surge del hecho de que él, en sus tendenciosas lecturas paulinas, estaba convencido de haber encontrado la paz de su alma y esa sustancia del Evangelio que, según él, Roma había perdido. De ahí su repudio a la doctrina del Magisterio de la Iglesia. De ahí entonces la oposición a muchos otros dogmas en cuanto sancionados por esa infalibilidad pontificia que él ya no quiso reconocer.
Por otra parte, como enseña san Agustín, nosotros llegamos a creer en Cristo creyendo en el testimonio de la Iglesia. Es de la Iglesia y bajo el patrocinio de la Iglesia que nosotros recibimos la Biblia, es decir, la verdad de fe y por lo tanto llegamos a la fe en Cristo.
Una fe en Cristo inmediata, a priori, atemática, preconceptual, dada a todos, como la entiende Karl Rahner, sin ninguna pertenencia, ni siquiera invisible o implícita, a la Iglesia, no existe. No es que se deba creer en la infalibilidad de la Iglesia solo porque nos lo diga la Iglesia. Sería un círculo vicioso. En cambio, se llega a creer en la infalibilidad de la Iglesia mediante los signos de credibilidad que la Iglesia ofrece. Pero una vez que llegamos a descubrir a Cristo en la Iglesia, tenemos el deber de creer en la infalibilidad de la Iglesia porque, sabiendo que la Iglesia es infalible, la Iglesia misma enseña ser infalible en nombre de nuestra fe en Cristo.
Lutero, como era de suponer, gracias a la formación católica recibida, había llegado a creer en la Iglesia, e incluso llegó a formar parte de una Orden religiosa. ¿Por qué entonces en un cierto momento repudió la fe en la Iglesia? ¿Cómo llegó Lutero a perder la fe en la autoridad del Papa? ¿Era una verdadera fe? Si era verdadera fe ¿por qué perderla? ¿Perderla en nombre de qué? ¿Bajo qué empuje? ¿Bajo qué sugestión? ¿Estaba verdaderamente preocupado por su propia seguridad o por alguna otra cosa no tan noble? No supo conservar la verdadera fe en Cristo porque perdió la fe en la Iglesia.
Creyendo haber encontrado la verdadera fe, en realidad Lutero la perdió en el momento en cual perdió la fe en la autoridad doctrinal del Papa, con la pretensión de interpretar la Escritura mejor que él. Creía haber descubierto la verdad y cayó en la ilusión; y quien lo sigue es víctima de la misma ilusión. ¿Qué mayor tragedia para un hombre que confundir por fe lo que es ilusión? Es como cambiar a Cristo por Beliar. ¿Y qué mayor daño se puede hacer al prójimo que conducirlo fuera del sendero de la verdad? ¿Qué sentido tiene entonces toda la predicación de Lutero? Son preguntas serias, a las cuales todavía hoy, después de cinco siglos de estudios sobre Lutero, es difícil responder. Una cosa es cierta. Una lección que nos viene de Lutero es esta: tener cuidado de procurarnos una fe sólida y auténtica y custodiarla siempre a costa de la propia vida.
   
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 31 de octubre de 2014
   
Notas

¹ El texto original del padre Giovanni Cavalcoli, en italiano, puede hallarlo el lector en el siguiente enlace al artículo publicado en el blog L’Isola di Patmos el 2 de noviembre de 2014: https://isoladipatmos.com/ecumenismo-purche-fatto-nella-verita-e-per-la-verita-il-successo-di-lutero/
² Unitatis redintegratio, n.3.
³ Morcelliana, Brescia 1986. Versión española: La Unión de las Iglesias. Una posibilidad real, editorial Herder, Barcelona 1987.Versión en español: ¿Tiene salvación la Iglesia?, editorial Trotta, Madrid 2013.
⁵ Cf. Umanità. La storia di Dio, Queriniana, Brescia 1992, pp. 218-223. Versión española: Los hombres. Relato de Dios, ediciones Sígueme, Salamanca 1995.
⁶ Constitución dogmática Lumen Gentium, n.8.
⁷ Su tremenda obstinación en el permanecer apegado a la herejía era precisamente su convicción de estar en la verdadera fe, mientras que según él era Roma la que había caído en la herejía.
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Anexo

He aquí mi transcripción de lo que considero la idea principal de este artículo del padre Cavalcoli sintetizada en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
   
Articulus unicus

Utrum Lutherus fuerit verus Ecclesiae reformator

Ad primum sic procediturVidetur quod Lutherus fuerit verus Ecclesiae reformator.
1. Multi enim eum exhibent ut magnum ingenium religiosum sitientem Christum et iustitiam eius, ut tuba prophetica et flagellum scandali, abusuum, vitiorum et haeresum, qui ad verum Evangelium rediscopertum duxerit.
2. Praeterea, dicitur eius successum ex eo provenisse quod collegit instantias verae reformationis, similes illis sancti Bruni, sancti Petri Damiani, sancti Bernardi, sancti Francisci et sanctae Catharinae Senensis.
3. Item, affirmatur eius postulata positiva reformationis satisfactionem invenisse in Concilio Vaticano II, quod optima eius consilia susceperit.
4. Denique dicitur eius rebellio contra Papam fuisse legitima reactio contra abusum et errores Romae, et eius praedicatio novam vitam fidei christianae attulerit.

Sed contra est doctrina Concilii Vaticani II, quae sic docet: Filius Dei, naturam humanam sibi uniendo et mortem sua morte ac resurrectione vincendo, hominem redemit et in novam creaturam transformavit (cf. Gal 6,15; 2 Cor 5,17). Spiritum suum communicando, mystice constituit ut corpus suum fratres, quos ex omnibus gentibus congregat. In illo corpore vita Christi diffunditur in credentes, qui per sacramenta arcano ac reali modo ei patienti et glorioso uniuntur (Lumen gentium, n.7). Ex quo patet Ecclesiam essentialiter manere unam et indivisam, nec haereticos aut schismaticos eam reformare, sed ab ea secedere.

Respondeo dicendum quod Lutherus non fuit verus Ecclesiae reformator, sed heresiarcha qui reformationem cum deformatione confudit. Eius successus magna ex parte ex eo provenit quod collegit et evolvit instantias haereticas iam in historia praesentes, sicut illas Hus, Wycliff, Valdensium, Manichaeorum, Catharorum, Ockham et Cusani. Haeresis semper aliquem punctum debilem aggreditur, aliquem nexum fragilem rumpit, et sic multos seducit. Lutherus, lectionibus suis tendenciosis Pauli, credidit invenisse pacem animae suae et substantiam Evangelii quam Roma amisisset, unde eius repudium Magisterii Ecclesiae et auctoritatis Papae.
Verum est quod in Luthero inveniri possunt vestigia postulatarum verae reformationis, sed haec, rite purificata et in contextu catholico inserta, a Concilio Vaticano II suscepta sunt. Ecclesia per se indestructibilis est, licet periodicam reformationem requirat: Ecclesia semper reformanda. Sed vera reformatio consistit in forma obnubilata per additiones humanas reperienda et roboranda, dum deformitas nititur mutare essentiam Ecclesiae, quod eam destruit. Lutherus, amissa fide in auctoritatem doctrinalem Papae, veram fidem in Christum amisit, incidens in illusionem Scripturam melius quam Ecclesiam interpretandi. Putavit se invenisse veritatem et in errorem cecidit, et qui eum sequuntur eadem illusionis victimae sunt.
Conclusio: Lutherus non fuit verus Ecclesiae reformator, sed heresiarcha qui reformationem cum deformatione confudit. Ecclesia manet una et indivisa, et vera eius reformatio sub Magisterii ductu perficitur, non contra ipsum. Postulata positiva quae in Luthero reperiuntur a Concilio Vaticano II suscepta et perfecta sunt, dum errores eius reiciendi sunt.

Ad primum dicendum quod Lutherus non ad Evangelii rediscopertum duxit, sed illud mutilavit, auctoritatem Magisterii et Papae reiciens.
Ad secundum dicendum quod vestigia verae reformationis in Luthero eum non faciunt verum reformatorem, quia ab Ecclesia suscepta sunt, non ab eius haeresi.
Ad tertium dicendum quod Concilium Vaticanum II Lutherum non legitimum fecit, sed purificavit et assumpsit positiva, negativa reiciens.
Ad quartum dicendum quod rebellio contra Papam legitima non fuit, quia vera fides in Christum in Ecclesia recipitur et sub patrocinio Ecclesiae; amissa fide in auctoritatem doctrinalem Papae, Lutherus veram fidem in Christum amisit.
   
J.A.G.

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