lunes, 26 de enero de 2026

La confrontación del bien con el mal (4/6)

¿El pecado puede quedar impune o está en su misma naturaleza ser castigado? El padre Giovanni Cavalcoli nos invita a reflexionar sobre la justicia y la misericordia divinas frente al mal y sus consecuencias. ¿Es posible concebir un mundo sin sanción, sin reparación, sin disciplina moral? ¿Qué ocurre cuando la cultura contemporánea suaviza o incluso elimina la palabra “castigo” de su vocabulario? Este artículo abre un debate profundo sobre la verdad del Evangelio, la dignidad humana y el sentido último de la Redención. [En la imagen: fragmento de "Primer Día de la Creación", miniatura de la Biblia Historial, siglo XIII, obra de Guyart des Moulins, cuyo manuscrito más célebre es el Ars. 5057, custodiado en la Biblioteca Nacional de Francia, en París].

La confrontación del bien con el mal
La voluntad humana y la voluntad divina

Cuarta Parte (4/6)

(El texto original de esta cuarta parte del ensayo del padre Cavalcoli ha sido publicado en italiano el 25 de enero de 2026 en su propio blog, y el lector puede encontrarlo en el link:

El propósito de la vida

Todo agente actúa por un fin y, más allá de este fin, actúa por un fin último. Una búsqueda de un fin finito uno tras otro, al infinito, sin llegar nunca a una meta definitiva, creyendo que esto sea un progreso, en realidad es una cosa frustrante, exasperante y desesperante, que lleva a fracasar en el propósito de nuestra vida, que es sí el progresar, pero progresar hacia el bien que nos satisfaga completamente, que es sólo Dios.
Si todo debe terminar en la nada, como creía el pobre Leopardi, ¿de qué sirven tantas fatigas, tantos trabajos, tantos esfuerzos? Tanto vale acabar de inmediato. Habría que abolir de las escuelas la lectura de Leopardi, porque empuja al suicidio. Por esto tantos jóvenes hoy se suicidan, a pesar del bienestar del cual gozan: creen que el vivir no tiene sentido o que no vale la pena fatigarse por algo. Ciertamente muchos son mantenidos en vida por la atracción de los placeres. Ellos parecen también felices. Pero tienen en el corazón el vacío y quizá el infierno.
Por lo tanto, si el movimiento del espíritu en lo finito y en lo contingente puede continuar y progresar indefinidamente, en el movimiento que concierne al sentido último, cuando está en juego el problema del absoluto y del bien infinito, no puede no detenerse. Ananke stenai, decía Aristóteles, es necesario detenerse. Este dicho corresponde exactamente a las palabras de la Escritura: «Deteneos, y sabed que yo soy Dios» (Sal 46,11). ¿Cómo podría cambiar o progresar o mejorar un bien absoluto e infinito, un bien que no carece de nada, privado de defectos, un bien del cual, para decirlo con San Anselmo, no se puede imaginar uno mayor?
Si no nos detenemos en la posesión de este bien o en nuestro referirnos a este bien, caemos en el abismo o, como se expresa Kant, la razón cae en el «báratro». La ausencia del bien infinito, del cual tenemos necesidad y para el cual estamos hechos, es el infierno, que significa precisamente lugar bajo y oscuro, como puede ser un pozo. Pensemos en el «pozo del abismo», del cual habla el Apocalipsis (Ap 9,1).
El infierno es este hundirse sin encontrar apoyo, un buscar sin alcanzar, un trabajar en vano, un fracasar en el propósito, un estar privados de aquello de lo cual se tiene necesidad, la oscuridad en la cual no se ve nada, un devenir sin el sujeto que deviene, un dolor provocado por la insatisfacción y por la falta de lo esencial, un caer en aquello que Kant llamaba el «báratro de la razón». Por el contrario, alcanzando a Dios el movimiento agitado del espíritu se detiene en la paz, en la quietud y en la satisfacción. Esta es la meta última del hombre.
En efecto, todo bien causado es creado por Dios, sumo bien y fin último del universo y de todos los agentes que actúan en el universo. La providencia divina mueve a todos los agentes a actuar con vistas a conseguir su fin, que es la felicidad de su vida. Los agentes inanimados actúan en conformidad con las leyes físicas que Dios ha puesto en su naturaleza y ejecutan por tanto exactamente la voluntad divina que dispone de su bien. Los agentes vivientes actúan mediante una acción inmanente, la acción vital, por la cual realizan su bien y su felicidad poniendo en obra las leyes de su vida y de este modo consiguen su fin, que es el de cumplir en plenitud aquellas acciones vitales a las cuales están inclinados según el plan y la ley de la providencia divina.
Las criaturas espirituales, ángeles y hombres saben cuál es su fin último y su sumo bien. Este es Dios mismo, su creador y Señor, el cual les hace conocer qué deben hacer para alcanzar su fin, cumplir aquellos actos con los cuales satisfacen las exigencias de su naturaleza y ponen en acto sus inclinaciones, entre las cuales la fundamental es la de conocer a Dios, amarlo y servirlo, para gozar de la unión con Él en la eterna bienaventuranza celestial. El propósito de la vida del hombre y del ángel es el encuentro inmediato con Dios habiendo ejecutado los mandatos impartidos por Él, cuya ejecución es precisamente la condición necesaria para este encuentro beatífico.
Dios nos dona a nosotros, los hombres, su gracia, que nos sostiene en el camino que debemos recorrer para alcanzar la patria celestial. Dios nos constituye personas dotadas de razón y libre arbitrio, que son potencias por las cuales nosotros, conscientes de los talentos que Dios nos ha dado, estamos llamados a negociarlos y a hacerlos fructificar con las buenas obras, en la observancia de sus mandamientos.
Tenemos, por tanto, la posibilidad de adquirir las virtudes y de huir de los vicios, de modo que nuestra vida es un camino con el cual progresivamente nos acercamos a la conquista de nuestro fin último y sumo bien, que es Dios. Perfeccionándonos a nosotros mismos, nos acercamos progresivamente a Dios en la unión celestial en la cual encontramos nuestra suma y definitiva felicidad. Nuestro corazón en la vida presente, como dice San Agustín, está inquieto, hasta que repose en Dios.
Así como el buen trabajo merece una retribución, así la indolencia y la pereza merecen el castigo. Quien se esfuerza con celo en hacer fructificar sus talentos consigue el premio celestial. Quien sepulta su talento por una falsa humildad, en realidad porque desprecia al Señor, es castigado.
Quien se lo toma con comodidad con el pretexto de que es la gracia la que salva y quien cree ser transportado por la gracia como la mercancía es transportada por el camión, cree salir indemne, pero en realidad firma su condena. El hecho de que Dios nos dé la gracia no nos exime en absoluto del deber de conquistar la vida eterna con el empleo máximo de todas nuestras fuerzas. Debemos estar prontos a dejarlo todo con tal de obtener entrar en el reino de los cielos.
La consideración del premio celestial que nos espera y del sumo beneficio que proviene de obedecer a Dios es requerida por el cuidado de nuestro interés y de nuestro bien. Ahora bien, esto es exactamente lo que Dios quiere: nuestro bien. Sin embargo, nuestra plena felicidad consiste en mirar a Dios mismo más allá de nuestro propio interés humano. Es claro, en efecto, que Dios, bien infinito, va mucho más allá de la limitación de nuestra perfección humana. Por esto, si queremos alcanzar verdaderamente la felicidad, es necesario que subordinemos nuestros intereses humanos a la búsqueda del rostro de Dios. Nuestro interés supremo es precisamente el olvido de nosotros mismos para proyectarnos totalmente en Dios, supremamente amado más que nuestra propia vida.

Qué quiere decir pecar

La voluntad humana está naturalmente inclinada a la posesión o al cumplimiento del bien. El mal de por sí es un no-ser, más aún, es la privación de un bien debido. Por esto el bien puede existir sin el mal, pero el mal no puede existir sin el bien, porque el bien es su sujeto, al cual el mal hace defectuoso.
El bien de una cosa se da cuando ella tiene todo lo que debe tener. El mal, en cambio, depende de cualquier defecto. El mal, siendo un accidente, puede ser quitado. El bien, en cambio, es necesario e indestructible. Una acción pecaminosa puede destruir algo, puede suprimir la vida, puede falsear un discurso, pero no puede aniquilar aquel bien al cual agrede.
Por el contrario, la culpa del pecado puede ser quitada eventualmente pagando una pena y el pecado puede ser perdonado y por tanto cancelado. En tal caso el sujeto vuelve al estado de gracia, recupera la inocencia que tenía antes, como si nada hubiese sucedido.
Si, por tanto, no existiese el sujeto del mal, que comete o padece el mal, sujeto en sí bueno en cuanto ente, no existiría tampoco el mal. El mal ciertamente existe, pero es equivocado hipostasiarlo o transformarlo en una sustancia, peor aún si se llega a concebirlo como un absoluto, a concebir un Dios del mal, pensando por tanto que el mal sea inevitable, necesario, irremediable, invencible y eterno, como se creía en el zoroastrismo y en el maniqueísmo.
Existen sí sustancias nocivas, pero estamos siempre allí: es necesario distinguir la sustancia en sí misma, desde el punto de vista ontológico, del daño que ella causa. Tanto es verdad que la química o la farmacología saben utilizar con fin curativo sustancias que, dosificadas de otro modo, serían venenosas.
Santo Tomás demuestra la existencia de Dios precisamente partiendo de la constatación de la existencia del mal. Él observa en efecto que el mal presupone un bien. Ahora bien, ¿de dónde viene el bien si no de Dios?
Por tanto, cuando hablamos de una voluntad maligna o de una mala voluntad, que ama o busca o quiere el mal o hacer el mal o actúa mal, quiere decir pecar, ¿qué queremos decir? No podemos ciertamente referirnos a una voluntad que quiere de por sí una privación, un no-ser, que quiere la nada, porque la voluntad por su naturaleza está dirigida a un ente o real o de razón, que en sí ontológicamente es bueno. En efecto, o la voluntad se ejerce, y entonces quiere algo. La voluntad que no quiere nada es un querer sólo potencial, no actual.
También el embrión humano tiene voluntad. Pero ella no quiere nada simplemente porque no puede ejercerse. Pero el bien ontológico no es el bien moral. No se puede querer la nada. Es necesario que la voluntad tenga delante de sí un objetivo. Ahora bien, la voluntad creada no tiene dominio sobre el ser: así como ella no puede crear, así tampoco puede aniquilar. Puede ciertamente apartar el pensamiento de Dios, pero para actuar debe proponerse un fin, debe tener un objeto. Los últimos Papas han denunciado la desgracia del nihilismo. Pero también el nihilismo permanece siendo siempre una concepción de la realidad, con la diferencia respecto al realismo de que para los nihilistas el ser coincide con el no-ser.
La voluntad puede querer el no-ser sólo accidentalmente, en cuanto está presente en un bien defectuoso. Al pecar, por tanto, la voluntad quiere un bien, pero defectuoso porque carece de lo que debería tener o porque está fuera del orden moral o porque es nocivo o porque es sólo aparente y no real.
Hacer el mal es despreciar, falsificar, escandalizar, seducir, engañar, violentar, disminuir, humillar, adular, instrumentalizar, corromper, destruir, desordenar, poner en desorden, crear confusión, provocar conflictos, quitar, robar, contaminar, molestar, herir, matar.
La cuestión del pecado surge si reflexionamos sobre el hecho de que hay algunas cosas, algunas acciones, algunas elecciones, que en el momento nos parecen buenas, nos atraen irresistiblemente, pero luego, por los efectos dolorosos que siguen, abriendo los ojos, nos damos cuenta de haber errado o de haber pecado.
Cuando pensamos en los pecados que hemos cometido a la luz de la conciencia que tenemos actualmente y de cómo debía ser entonces nuestra conciencia, a veces nos viene de hecho preguntarnos: ¿cómo he podido realizar una cosa semejante, que ahora me causaría horror? Puede darse la circunstancia de la buena fe y la respuesta puede ser: quizá no me daba cuenta como comprendo ahora, que entiendo mejor que aquel acto que cometí entonces era pecado. Ciertamente, ahora no lo haría más, pero es posible que entonces creyese hacer el bien.
Esta pregunta de cómo ha podido suceder nos viene espontánea cuando pensamos en la historia trágica de fenómenos como el nazismo y el exterminio de seis millones de judíos, cuando pensamos en la influencia que un hombre como Mahoma desde hace 14 siglos ha ejercido y ejerce sobre miles de millones de hombres contra Cristo, su verdadero Salvador, si pensamos en la resistencia a someterse al Papa por parte de los protestantes, de los anglicanos y de los ortodoxos, si pensamos en la influencia ejercida por el comunismo sobre masas innumerables de personas, si pensamos en el prestigio del idealismo alemán hoy presente también en el ámbito católico en el fenómeno del modernismo.
Ciertamente, muchos habrán estado en buena fe: pero ¿no habrá también quien prefiere servir al dios de este mundo en lugar de a Cristo? ¿Y qué será de ellos? Era la pregunta que Santo Domingo angustiado se planteaba al pensar en el peligro que corrían los herejes albigenses por su alma, angustia dictada por el amor, que lo impulsó a dedicarse heroicamente a la predicación del Evangelio para la salvación de las almas.
Observamos todavía que algunos bienes, algunos deleites o placeres físicos, psíquicos o espirituales nos atraen fuera del orden general del bien, en contraste con bienes superiores, fuera del equilibrio y de la armonía de los bienes, fuera y contra la voluntad de Dios.
Nos hemos engañado o alguien nos ha engañado. O bien sabíamos que aquella acción era mala y era mala a los ojos de Dios, sabíamos que nos poníamos en contraste con un mandamiento o una ley divinos, y la hemos realizado igualmente porque nos gustaba. Tenemos un gusto pervertido. El bien nos repugna, el mal nos atrae. Nos gusta hacer el mal, sentimos disgusto y repugnancia en hacer el bien.
Una mirada honesta sobre nosotros mismos nos lleva a constatar que tenemos un gusto pervertido, una voluntad a la cual le gusta el pecado. El pecado nos parece una cosa buena. El mal nos parece bien. O bien queremos decidir nosotros qué cosa es el bien independientemente de la voluntad de Dios. Este es el pecado verdadero y propio. Esta es la culpa. Aquí nos hemos engañado voluntariamente.
O bien nos sucede lo que dice San Pablo y como decía también Séneca: video bona proboque; deteriora sequor. Vemos lo que es bueno, estamos convencidos de ello, conocemos sus razones, lo enseñamos a los demás, quizá somos docentes de teología moral, apreciamos y gustamos los divinos mandamientos, y quisiéramos ponerlos en práctica, pero en el momento de actuar, cuando se presenta la ocasión, he aquí que un movimiento de rebelión y de desobediencia, una fuerza contraria y sin embargo atractiva, la concupiscencia, vence nuestra débil voluntad y la doblega a hacer valer aquello que, si hubiésemos estado libres de ella, no habríamos hecho. Hay en nosotros una tendencia que nos empuja a hacer aquello que, si fuésemos verdaderamente libres de elegir, no haríamos.
Hoy se ha perdido la conciencia del vínculo del pecado con el castigo. Ya no se comprende por qué al pecado debería seguir una pena. La insistencia indiscreta con la cual hoy se predica la grandeza de la misericordia divina ha inducido a muchos a creer que los pecados ya no son castigados, sino todos perdonados. Pero entonces, si las cosas son así, es claro que el pecado asume el carácter de una cosa buena y lícita, por lo cual este vano misericordismo termina favoreciendo la difusión del pecado.
En esta visión evidentemente de origen luterano, la confianza en Dios comporta la certeza de ser perdonados, cualquiera sea la cosa que hagamos. En efecto, para Lutero el pecado es inevitable y, si tenemos fe, él es perdonado en el mismo momento en que es cometido. No se requiere ningún arrepentimiento ni la oferta de una reparación porque Cristo ya ha pagado Él por todos con su cruz.
Siempre para Lutero, el temor de que Dios esté airado con nosotros y nos esté castigando por nuestras culpas, querría decir que no tenemos un justo concepto de Dios como Padre misericordioso. Querría decir que hemos permanecido en el Dios vengativo y airado del Antiguo Testamento, el Dios que no sería el de Cristo, todo ternura y misericordia, cualquiera sea el pecado que hayamos cometido.
El temor de Dios, según este modo de pensar, querría decir que carecemos de confianza en el Dios misericordioso. Sin embargo, si prestamos atención, aquí nos encontramos delante de nada más que la doctrina de Lutero, ya en su tiempo condenada por el Concilio de Trento. Según Lutero, en efecto, la justificación, es decir, el acto con el cual Dios hace misericordia al pecador y lo vuelve justo, consistiría en el hecho de que el Padre, consciente de que el hombre ha perdido con el pecado la libertad del arbitrio, por lo cual es esclavo del pecado y toda acción que hace es pecado, mirando a la justicia de Cristo Redentor y apartando la mirada de nuestros pecados, no cambia nuestra voluntad de mala a buena, sino que considera como nuestra la justicia de Cristo.
Dicho en palabras simples: el Dios luterano finge no ver y no quita verdaderamente el pecado, sino que lo cubre, de modo que el pecador aparece justo, pero en realidad no lo es y así viene a recibir un premio que no se ha merecido. Preguntémonos entonces qué Dios es jamás este, un Dios que favorece la hipocresía y no quita el pecado sino que lo justifica. Lutero confunde la justificación del pecador con la justificación del pecado. En cambio, en la verdadera justificación el pecador es hecho justo y el pecado es cancelado.

El castigo del pecado

Desde siempre y en todas partes, en la conciencia moral de todos los pueblos ha aparecido como cosa normal y norma intuitiva que la culpa sea castigada o el crimen sea sancionado o el pecado sea castigado. Por esto en todas las civilizaciones han existido órganos judiciales encargados de hacer justicia y de castigar a los malhechores, a menudo con la pena de muerte y a veces con penas también crueles. También en la Escritura esta práctica es citada y justificada y es objeto de numerosísimos pasajes tanto en referencia a la justicia humana como en referencia a la justicia divina.
Hoy en el ambiente católico se ha difundido un estado emotivo por el cual la misma palabra castigo, que sin embargo es muy frecuente en la Escritura y en el mismo derecho civil bajo la expresión «sanción penal», al solo oírla pronunciar pone en agitación y provoca irritación, de modo que se ha difundido el temor o el reparo a pronunciarla para no provocar estos reflejos condicionados sustancialmente irrazonables, dependientes de un falso concepto de la bondad divina, por el cual ella sería incompatible con el castigar.
Si luego la bondad es entendida como misericordia, parece que esta excluya aún más la práctica del castigo. No se atiende al hecho de que ciertamente misericordia y castigo no pueden ser ejercidos simultáneamente respecto al mismo sujeto, pero nada impide, como sugieren la verdadera bondad, justicia y prudencia y como saben los verdaderos maestros y educadores, alternar severidad y misericordia en el mismo sujeto o ejercer una virtud con el uno y la otra con otro.
La palabra castigo y similares, como pena o punición, no parece hoy digna, no parece pertenecer al lenguaje de la caridad y de la fraternidad, y parece casi ser censurada y catalogada entre las palabras inconvenientes que es mejor no pronunciar, como si fuese una palabra obscena.
Se ha perdido de vista que su uso razonable es indispensable no sólo para la vida cristiana, sino para la misma normal convivencia civil, la cual, gracias a Dios, no es víctima de este puritanismo católico y por tanto hay que decir que aquí la cultura laica da una lección de civilización y hace de maestra al comportamiento católico, no haciendo otra cosa, por lo demás, que conservar una antigua tradición católica, ligada al derecho romano, hoy estropeada por las falsas ternuras del buenismo.
Por otra parte podríamos preguntarnos qué sería de una sociedad privada de los institutos judiciales, de las fuerzas del orden o de las fuerzas armadas. Es necesario entonces vencer y alejar aquella reacción de rechazo y aquella fobia insensata y ponerse a razonar con calma, en escucha de la sabiduría bíblica y de la de todos los pueblos, porque aquí están en juego también otros valores fundamentales de la vida cristiana, como los de la justicia, del pecado, de la gracia, de la culpa, del arrepentimiento, de la expiación, de la satisfacción, de la reparación, del sacrificio, de la disciplina moral, del mérito y del temor de Dios, así como de la misma Redención y de la misericordia, todos valores sin los cuales no sólo no puede existir el cristianismo, sino tampoco la dignidad humana.
En este malestar difundido sucede que los sacerdotes, que tienen el encargo de recitar el oficio divino o de decir Misa, y de reflejo también los fieles, si quieren tomar las cosas en serio y no simplemente representar un papel, aquellos fieles que siguen con particular atención estas prácticas religiosas, no pueden no notar el estridente contraste por una parte entre la predicación corriente, que ignora aquella palabra y las expresiones similares, y por otra los numerosísimos textos bíblicos presentes en la Misa y en los Salmos del oficio divino donde es recurrente aquella palabra. Quien quiere vivir bien tanto el momento de la oración como el de la vida cotidiana, experimenta dolorosamente una escisión interior, allí donde mayormente debería realizarse la armonía.
La solución entonces no podrá ser otra que la de recuperar y apreciar el valor moral del castigo, que no es otra cosa que la consecuencia intrínseca y necesaria del acto del pecado. El justo castigo es el resguardo del orden jurídico y judicial humano y divino, es la custodia y defensa del bien público, la satisfacción para quien ha padecido injusticia, es la recomposición del orden quebrantado, la medida que detiene la acción del pecador y que devuelve paz y tranquilidad a aquellos que habían sufrido por la injusticia padecida.
El justo castigo, impuesto conforme a la norma de la ley por el juez justo e imparcial, sereno e incorruptible, favorece el respeto de la ley, restablece el orden social y privado quebrantados, corrige al delincuente, reconduce las cosas a la organización originaria, asigna a cada uno lo suyo, quita la rapiña al ladrón y la restituye al legítimo propietario, devuelve al difamado su buena fama, aplaca la ira del ofendido, abate al opresor y libera al oprimido, reivindica o hace valer los derechos conculcados, estimula al cumplimiento del deber, defiende el derecho de los pobres. El justo castigo no tiene nada que ver con el odio, la venganza o la violencia, sino que es un acto que emana de la bondad y en definitiva del amor.
El amor evangélico por el enemigo significa ciertamente que es necesario evitar el odio, la violencia y la injusticia respecto a los enemigos, es necesario saber tener paciencia, tolerar y compadecer, pero no quiere decir que no se deba desaprobar y odiar el pecado y la injusticia cometidos por el enemigo; no significa que no exista el deber por parte de la autoridad de castigar y hacer justicia, ni que sea bueno dar campo libre a prepotentes y malhechores, ni que haya que abolir la magistratura o los tribunales o disolver las fuerzas armadas, sino que quiere decir que también en el enemigo es necesario encontrar los aspectos buenos en la voluntad de hacer la paz con él sobre la base de valores comunes, en la corrección de las malas acciones y en la reparación de los daños cometidos o sufridos.
El pecado es una desobediencia a la voluntad divina, por lo cual el pecador, en vez de obtener el bien que se sigue de esta obediencia, atrae sobre sí el mal consecuente a la desobediencia. Este mal es lo que todos llamamos castigo o punición. El verificarse del castigo es por tanto necesario a la esencia misma del pecado. Está en la naturaleza misma del pecado ser castigado. Por el contrario podemos afirmar con certeza que un acto humano no castigado es un acto bueno. De aquí vemos la necedad de los buenistas que querrían concebir un pecado no castigado. Esto significa exactamente confundir el mal con el bien.
Ni siquiera Dios podría hacer que un pecado no fuese castigado, porque sería contradictorio, en cuanto habría que admitir un acto productor de sufrimiento que no produjese sufrimiento. Dios ciertamente puede milagrosamente hacer que una acción de por sí nociva, pongamos por ejemplo el fuego, no dañe. Pero no podemos pretender que a quien voluntariamente se rebela contra Él, se le vea luego perdonada la pena que merece.
Una cosa, en efecto, es que Dios impida a la llama quemar, como hizo en el episodio bíblico de los tres jóvenes inocentes Sadrach, Mesach y Abdenego (Dn 3,12). Y otra cosa es el caso de quien se suicida arrojándose entre las llamas. En el primer caso Dios muestra su misericordia salvando a los tres justos; en el segundo caso muestra su justicia con la punición dando curso a la ley natural.
Diversa es, en cambio, la punición que depende de un juicio divino. En tal caso Dios puede diferir el castigo en el tiempo, también para dar tiempo al pecador de arrepentirse, pero llega de todos modos el momento de la rendición de cuentas, como se narra en la parábola evangélica del rico epulón.
Según la divina revelación, el pecado hace perder el estado de gracia y debilita las fuerzas de la naturaleza, de modo que ella, con las fuerzas que le quedan, no es capaz de levantarse, de reparar el mal hecho y mucho menos de volver al estado de gracia. Pero Dios misericordioso inspira al pecador el arrepentimiento de su propio pecado y la petición de perdón, con la voluntad de remediar el mal hecho. Por otra parte el pecador posee la posibilidad de rechazar esta misericordia y permanecer obstinado en su culpa, cuya causa es la soberbia.
La Biblia considera el pecado como un robo hecho a Dios o como el contraer una deuda que el hombre reducido a la miseria no es capaz de pagar. El plan divino de la salvación, sin embargo, comporta que el mismo Hijo de Dios pague por nosotros nuestra deuda con el sacrificio de la cruz, es decir, que nos compre (re-d-emptio) para el Padre pagando con su sangre. Jesús presenta su obra de salvación como el «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28).
Esto quiere decir que la remisión del pecado no puede ser sino obra divina. En efecto, sólo Dios puede devolver al alma aquella gracia que ella ha perdido pecando. Por el contrario, está en nuestro poder y es nuestro deber, precisamente para poder ser perdonados por Dios, perdonar a los hermanos. Este acto está en nuestro poder porque con él dirigimos nuestra voluntad a intentos de paz respecto a nuestro hermano que nos ha ofendido y mostrándole nuestra benevolencia. Una cosa, por tanto, es el perdón divino, que dona la gracia y sana la naturaleza, y otra cosa es el perdón humano que conduce a la reconciliación y a la paz entre hermanos.

¿El uso de la fuerza es pecado?

El uso de la fuerza no es necesariamente pecado. Depende del fin que se propone, de las circunstancias y de la medida que se da a esta fuerza. Es necesario, en efecto, decir que hay pecado cuando hay el querer el mal o querer el pecado o causar daño al prójimo sin motivo. En cambio, la voluntad por ejemplo del juez que para hacer aplicar la ley quiere la pena del criminal, cumple un acto moralmente bueno, en cuanto quiere su mismo bien con la posibilidad que le da de expiar la culpa. Muy justamente la legislación italiana llama a la prisión «penitenziario». Ella es efectivamente un lugar en el cual el criminal arrepentido puede rehacerse una vida e insertarse dignamente en la sociedad después de haber cumplido la pena.
Por el contrario, la pena de muerte, que también desde los tiempos bíblicos en todos los pueblos ha sido un instituto oficial incluso en los países católicos, hoy como nos indica el Papa Francisco, aparece efectivamente como una práctica penal ligada a una concepción de la persona, de la conciencia y del orden judicial, que reflejan un estado atrasado de la conciencia cristiana que ha descubierto nuevas perspectivas del reino de Dios anunciado en el Evangelio y de las ciencias humanas que hoy captan mejor que en el pasado la complejidad, las tortuosidades y los recursos del alma humana.
Diverso es el problema del uso de las fuerzas armadas. Sobre este punto es necesario tener en cuenta la distinción entre armas de fuego y armas atómicas. Mientras permanece siempre urgente la obligación absoluta del desarme atómico, el uso de las armas de fuego mantiene su legitimidad cuando existe un motivo razonable para tal uso.
El uso de la fuerza o de la coerción o de las armas por parte de la autoridad pública no es de por sí violencia ni injusticia, sino que puede ser requerido en nombre de la justicia. El justo uso de la fuerza es ciertamente cosa querida por Dios, como aparece claramente en la Escritura.
Dios ciertamente no quiere el odio, el homicidio o la crueldad, pero ciertamente permite hacer valer también con la fuerza el propio derecho de conquista o de legítima defensa. Dios prohíbe todo expansionismo y todo imperialismo u ocupación de territorios ajenos, pero no prohíbe que un pueblo sustraiga con la fuerza miembros de este pueblo dominados o maltratados por otro pueblo. Dios además tiene en abominación la agresión de un pueblo a otro pueblo bajo pretexto de la difusión de un mensaje religioso.
Por esto, ciertamente es cosa blasfema, como han repetido los últimos Papas, utilizar el nombre de Dios para hacer uso de la violencia militar o para guerras de invasión, pero es lícita y loable la convicción del soldado que combatiendo cumple su deber de obedecer con ello mismo a la voluntad de Dios. Es claro, por otra parte, que si por «guerra» no se entiende el puro y simple conflicto militar entre dos Estados, sino el desahogo colectivo del odio y de la violencia, bajo cualquier bandera o pretexto, la guerra así entendida es siempre condenable.
Además, el amor evangélico por el enemigo no excluye la licitud de combatir al enemigo, cuando haya una causa justa. Por otra parte, es necesario señalar la existencia recurrente de una forma de pacifismo indiferente, quizá revestido de Evangelio, pero que esconde la indolencia de quien, aferrado a sus comodidades, no quiere sacrificarse por el bien común.
Algo semejante podemos decir del soldado que mata al enemigo en guerra. Si él tiene en cuenta el amor por el enemigo enseñado por el Evangelio y ejecuta una orden justa, no sólo no peca, sino que puede incluso cumplir un acto de heroísmo poniendo en riesgo su propia vida por el bien de la patria.
   
Fin de la cuarta parte (4/6).
   
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 20 de enero de 2026

__________

Anexo

He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
   
Quaestio: De confrontatio boni et mali

Articulus 4

Utrum peccatum, eius poena, conscientia moralis et usus virium
ordinentur in iustitia et misericordia Dei

Ad hoc sic procediturVidetur quod peccatum, eius poena, conscientia moralis et usus virium non ordinentur in iustitia et misericordia Dei.
1. Quia peccatum est actus personalis irreparabilis, et poena videtur misericordiae repugnare.
2. Quia videtur quod conscientia moralis non possit esse certa dux ad iustitiam divinam, cum possit errare et decipere.
3. Quia videtur quod usus virium semper sit violentia et iniustitia, et ideo non potest esse a Deo volitus.  
4. Quia videtur quod malum sit inevitabile, necessarium et invincibile, sicut manichaei et alii tenuerunt, et ideo non potest remitti nec vincere per misericordiam divinam.  
5. Quia videtur quod praedicatio assidua misericordiae divinae tollat notionem poenae, et sic peccatum fit res bona et licita.

Sed contra est quod dicitur in Scriptura: «Vacate, et videte quoniam ego sum Deus» (Ps 45,11). Et etiam: «Deus lux est, et tenebrae in eo non sunt ullae» (1 Io 1,5). Praeterea Aristoteles dixit: Ananke stenai, necesse est consistere in bono absoluto. Et Sanctus Anselmus affirmat: «Deus est quo maius cogitari nequit». Et Sanctus Thomas demonstrat existentiam Dei ex consideratione mali, quod bonum praesupponit.  

Respondeo dicendum quod peccatum est privatio debiti boni, non substantia, et ideo non potest existere sine bono. Malum est accidens quod auferri potest, bonum autem est necessarium et indestructibile. Peccatum personale potest remitti per gratiam, et peccatum originale, per generationem transmissum, deletur per Baptismum, licet eius consequentiae maneant. Conscientia moralis, quamvis fallibilis, est vox Dei in interiori hominis. Potest errare per ignorantiam invincibilem, sed si sequitur in bona fide, homo manet innocens. Certitudo obiectiva permittit correctionem, dum subiectiva potest pro obiectiva haberi. Examen conscientiae, etiam cum iudicio probabilitatis, debet committi misericordiae divinae.
Poena est intrinseca consequentia peccati. In ipsa natura peccati est ut puniatur. Poena iusta, ab auctoritate legitima imposita, restituere potest ordinem fractum, corrigere delinquentem, pacem reddere offenso et ius pauperum defendere. Non est odium nec vindicta, sed actus ex bonitate et tandem ex amore proveniens. Misericordia non tollit iustitiam, sed eam perficit, alternando severitatem et veniam secundum prudentiam.
Usus virium non est necessario peccatum. Dependit ex fine, ex circumstantiis et ex mensura. Iudex qui poenam infligit moraliter bene agit, quia quaerit bonum rei in expiatione. Carcer est locus paenitentiae et reinsertionis. Poena capitalis, quamvis olim usitata, hodie apparet contraria maturiori conscientiae christianae. Usus armorum ignivomorum potest esse legitimus in iusta defensione, dum disarmamentum atomicum est obligatio absoluta. Amor evangelicus erga inimicum non excludit licitudinem pugnandi contra eum cum causa iusta, semper vitando odium et violentiam.
Sic peccatum, eius poena, conscientia moralis et usus virium ordinentur in iustitia et misericordia Dei, qui minus punit quam meretur et plus remunerat quam meretur, et qui in Christo hominem redemit solvendo debitum eius sanguine crucis.

Ad primum ergo dicendum quod peccatum, quamvis actus personalis sit, potest remitti per misericordiam divinam, quae culpam delet et gratiam restituit.
Ad secundum dicendum quod conscientia moralis potest errare, sed Deus illuminat et corrigit, et bona fides innocentiam servat.
Ad tertium dicendum quod usus virium, cum sit iustus et proportionatus, non est violentia, sed actus iustitiae a Deo volitus.
Ad quartum dicendum quod malum non est substantia nec absolutum, sed privatio boni, et ideo potest vincere per gratiam.
Ad quintum dicendum quod misericordia divina non tollit poenam, sed eam ordinat ad bonum peccatoris et communitatis, et vera iustificatio non tegit peccatum, sed illud delet.
   
J.A.G.

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