Hemos querido acompañar la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, publicando una serie de artículos del padre Giovanni Cavalcoli acerca del ecumenismo y del diálogo interreligioso publicados en años anteriores. Por cierto, el docto teólogo dominico ha dedicado muchos otros textos al mismo tema, pero por el momento finalizamos aquí la serie, con un artículo más, publicado en el año 2016. [En la imagen: fragmento de "El Concilio Ecuménico", franja inferior del óleo sobre lienzo de 1960, pintado por Salvador Dalí, conservado en el Salvador Dalí Museum, Saint Petersburg, Florida, USA].
Algunas cosas a aclarar sobre proselitismo y ecumenismo ¹
(Artículo del padre Giovanni Cavalcoli OP, firmado junto al padre Ariel S. Levi di Gualdo, en el blog L’Isola di Patmos, el 19 de octubre de 2016, y publicado el 20 de octubre de 2016: https://isoladipatmos.com/davvero-il-proselitismo-e-una-solenne-sciocchezza-come-ha-detto-il-santo-padre-francesco-alcune-cose-da-chiarire-su-proselitismo-e-ecumenismo/ )
En una entrevista de 2013, el Papa Francisco afirmó: "El proselitismo es una solemne tontería, no tiene sentido" ¹. Algunos católicos acusaron al Sucesor de Pedro de demoler la doctrina católica y de contradecir el precepto evangélico que manda: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda creatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado" (Mc 16,15-16).
Hoy, los mismos vuelven a lanzar estas acusaciones mientras el Sumo Pontífice está a punto de viajar a Suecia para participar en la celebración de los 500 años de la pseudo "reforma" luterana; una visita que quizás también podría haberse evitado, dado que los católicos no tenemos nada que celebrar ante el heresiarca Lutero. El Vicario de Cristo en la tierra ciertamente no necesita nuestras defensa de su oficio, sin embargo las injustas críticas hechas al Papa ameritan recordar que el proselitismo, en su acepción negativa, no ha sido condenado sólo por el papa Francisco, sino por el mismo Jesucristo: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorren la tierra y el mar para hacer un solo prosélito y, habiéndolo obtenido, hacen de él un hijo de la gehena peor que vosotros!" (Mt 23,15).
Reiteradamente el papa Francisco ha definido el proselitismo como contrario al ecumenismo, tal vez no aclarando los problemas que de por sí el proselitismo puede crear. Procedamos entonces a esclarecer, a partir del término mismo, que podría ser mal interpretado por quien no conozca en primer lugar la raíz etimológica de las palabras. De hecho, deriva de "prosélito", del griego prosélytos, término utilizado en el Nuevo Testamento para indicar el "convertido", literalmente: el-que-se-acerca (cf. Mt 23,15; At 2,11; 6,5; 8,27; 13,26; 13,43). El origen de la palabra no tiene nada de despectivo o de inconveniente. En su origen, proselitismo simplemente quiere decir "hacer prosélitos", lo cual evidentemente es buena obra. Sin embargo, ya Cristo indica un modo completamente equivocado de hacer prosélitos: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorren la tierra y el mar para hacer un solo prosélito y, habiéndolo obtenido, hacen de él un hijo de la gehena peor que vosotros!" (Mt 23,15).
De aquí nace el sentido negativo del proselitismo. Por tanto, es necesario prestar atención a cómo anunciamos el Evangelio, a cómo exhortamos a los hombres a convertirse y a acercarse a Cristo y a la Iglesia, con cuáles medios, con cual método, con qué ánimo, con qué fin. Es necesario, entonces, interrogarnos: ¿es el verdadero Evangelio lo que anunciamos, o son ideas recogidas de impostores de la teología de moda? En la obra de evangelización, ¿seguimos las indicaciones que nos vienen de la Iglesia o actuamos para atraer las simpatías del mundo? ¿Queremos en esta obra afirmar nuestras ideas y atraer discípulos que nos aplaudan, o enseñar humildemente y valientemente lo que enseña la Iglesia aceptando sufrimientos y contratiempos? ¿Nos mueve un auténtico espíritu de servicio y de compasión por los pecadores, o simplemente el deseo de imponernos a los demás con nuestras innovaciones doctrinales?
El proselitismo no se centra en la persuasión, sino en la sugestión, no proporciona señales de credibilidad, sino que juega con el sentimiento, no muestra las cosas arduas, sino solo las comodidades. No demuestra la razonabilidad del creer, sino que estimula las emociones, por un lado oculta los defectos de los propios correligionarios y exagera sus cualidades, mientras que por otro lado denigra la religión de la contraparte. El proselitismo usa medios desleales para convencer, o ejercer indebidas presiones, prospectando quizás ventajas inexistentes. Calla acerca de las dificultades de la religión que propone y solivianta sus pasiones, no estimula la responsabilidad, sino que crea personas plagiadas. No forma personas libres, sino que crea, como en el caso de los islámicos, ovejas arrebañadas y fanáticos, dispuestos si es necesario a matar a quien no acepta la conversión forzada, ignaros de que el don de la libertad y del libre albedrío está contenido en el misterio mismo de la creación del hombre, a quien Dios a lo largo de todo el Misterio de la Revelación se ha propuesto, nunca se ha impuesto, y mucho menos con violencia.
El proselitismo es contrario al ecumenismo no porque el proselitismo quiera persuadir a la contraparte de la bondad de los valores que le propone, esto también está en el ecumenismo; ni porque el proselitista quiera convencer a su hermano separado para que entre en la Iglesia católica -aunque este es más bien el fin último del ecumenismo-, sino porque el proselitista se niega a admitir que la contraparte conserva ciertos valores del catolicismo, o porque no quiere admitir ciertos errores históricos de la Iglesia, o porque el proselitista trata a su hermano con desprecio o arrogancia. El proselitismo, por tanto, es un exceso de celo, o un celo desleal, por su naturaleza amarga y agresiva en el desempeño de una obra que es en sí misma importantísima y sumamente debida: la evangelización. El proselitismo está desprovisto de motivaciones y finalidades sobrenaturales y se basa en métodos y fines meramente humanos, poco limpios o deshonestos, a veces solo nacionalistas, políticos o de poder. Es una obra en sí buena, pero mal cumplida, de tal manera que se obtienen resultados ilusorios o contraproducentes: o el hermano permanece engañado, o abraza al catolicismo sobre bases falsas, o abraza un falso catolicismo. En estos casos los "conversos" no son verdaderos conversos, sino personas que fingen creer para obtener ventajas temporales o para no ser perseguidos o marginados.
El Concilio Vaticano II enseña en el n.3 del decreto Unitatis redintegratio: "Al único cuerpo de Cristo en la tierra" -la Iglesia católica- "deben incorporarse plenamente todos los que ya pertenecen de algún modo al Pueblo de Dios", es decir, los cristianos no católicos, pertenecientes a "comunidades no pequeñas, que se han desprendido de la plena comunión de la Iglesia católica". Por consiguiente, deben reunirse a la Iglesia católica. Estas comunidades, aunque teniendo a veces "carencias" graves -herejías- que "constituyen impedimentos para la plena comunión eclesiástica", mantienen, sin embargo, "una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia católica". Ellas, en efecto, aunque "no gozan de la unidad, que Jesucristo ha querido dar a todos aquellos que ha regenerado y vivificado juntamente para un solo cuerpo y para una vida nueva", sin embargo "conservan algunos elementos y más aún muchos y señalados" -dogmas-, "por los cuales la misma Iglesia católica es edificada y vivificada. Todas estas cosas proceden de Cristo y a Él conducen, por lo cual ellas pertenecen a la única Iglesia de Cristo", que es la Iglesia católica, la cual posee "la plenitud de la gracia y de la verdad", por lo cual "sólo por medio de la católica Iglesia de Cristo, que es el instrumento general de la salvación, se puede obtener toda la plenitud de los medios de la salvación". Sin embargo, "el Espíritu de Cristo no se niega a servirse de estas comunidades como de instrumentos de salvación", instrumentos útiles pero no suficientes.
Las comunidades no-católicas, por tanto, poseen sólo algunos medios de salvación y por eso, para tenerlos a todos, deben entrar en la Iglesia católica, la cual es la única que posee la plenitud de los medios de la salvación.
De este documento conciliar resulta que, si bien existen divisiones entre cristianos, ello no implica que la Iglesia católica esté dividida en sí misma o que el actual contraste entre la Iglesia católica y las otras iglesias se resuelva en la unión de todas en una supuesta "Iglesia" más vasta y superior, que las abrace a todas, porque esto es falso ecumenismo. Esta supuesta "Iglesia", suprema y superior a la misma Iglesia católica, no existe, porque la Iglesia, la única fundada por Cristo, no es otra que la Iglesia Católica Romana, una e indivisible, por tanto, en este sentido, una Iglesia católica dividida de las otras o en sí misma, que debería confluir con las otras en una super-Iglesia, nunca ha existido ni existirá jamás.
La existencia de comunidades no-católicas separadas de Roma no es la señal de que la unidad de la Iglesia se haya roto, de que la Iglesia esté, por así decirlo, "quebrada", por lo cual las partes o los pedazos de la Iglesia -las diversas Iglesias- deban ser reconducidas a la unidad, a semejanza de un jarrón, que se vuelve a recomponer reuniendo entre sí las piezas, porque las cosas, tal como siempre se desprende del n.3 de este documento, no son así. En cambio, la imagen que nos sugiere -"se han desprendido"- es la del sarmiento separado de la vid (Jn 10,16). El fenómeno de las comunidades no-católicas no es el signo de que la vid se ha desgarrado, no es el signo de que ella, por así decirlo, se haya hecho pedazos: es evidente, en efecto, que en tales condiciones la vid ni siquiera podría vivir, sino que supone una vid muy viva y robusta, de la cual se han desprendido algunos sarmientos. De hecho, una cosa es la separación entre A y B y otra cosa distinta la separación de A de B. El fenómeno de las comunidades disidentes es del segundo tipo y no del primero. Son los sarmientos los que no pueden vivir sin la vid, no a la inversa. Y si las comunidades de hermanos separados todavía viven, eso quiere decir que no se han separado del todo, sino que conservan una cierta unión con la vid. A esto es a lo que se refiere el Concilio cuando afirma que las comunidades disidentes no están en plena comunión con la Iglesia católica.
Sin embargo, también hay falsos ecumenistas que dicen: no debemos decirlo así tan trágicamente. No se trata de laceraciones ni nada por el estilo. Las llamadas comunidades "separadas" de Roma no están propiamente separadas, sino que son simplemente "diferentes". Ahora bien, la diversidad es una riqueza, no es un defecto. Por lo tanto, no debe eliminarse, sino que debe respetarse y promoverse. Por esta razón, Roma no puede pretender que todas las otras comunidades sean iguales a ella. Por tanto, según ellos, se trata de un fenómeno positivo, un fenómeno de pluralismo y diversidad, de modos diferentes, igualmente legítimos, de vivir el Evangelio y de ser cristianos. De ahí las "muchas fes" y el prevalecer del interés por la diversidad a expensas de la verdad, como quien aprecia al enfermo porque es "diferente" del sano. Conciben la fe como si fuera una opinión: así como hay muchas opiniones, así hay "muchas fes". Pero la fe es verdad y la verdad como adhesión al objeto es una sola. Si Jesús es Dios, negar que Jesús es Dios no es una fe diferente, sino que es una fe falsa. Si Dios es Trino, negar que Dios se Trino no es una fe diferente, es una falsedad y así sucesivamente. Existen ciertamente muchas verdades de fe, en el sentido de que existen muchos dogmas; pero para cada uno de ellos se da una sola interpretación, aquella dada por la Iglesia, fuera de la cual no existen otras.
Conciben la unidad y el pluralismo de la Iglesia sobre el modelo de la Confederación Helvética: no un solo redil con un solo pastor, sino una federación de rediles bajo un colegio de pastores. Pero si aquí Jesús habla del futuro -"serán"- no quiso decir que la unidad de la Iglesia bajo Él es una meta escatológica, sino que simplemente se refería al hecho de que entonces Jesús la estaba llamando, estaba juntando las ovejas -"tengo otras ovejas"- porque era el momento de la formación de la Iglesia. Pero ella, en los tiempos de san Pablo, ya está formada, ya es "un solo cuerpo, un solo Espíritu, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo" (Ef 4,4-5), aunque ella sea como un cuerpo orgánico con múltiples funciones diversificadas bajo una sola cabeza, Cristo, cuyo Vicario en la tierra es Pedro (Rm 12,4-8; 1 Cor 10,17; 12,12-31; Col 3,15).
Del modo como el Concilio presenta el ecumenismo, vemos cuán falsas son aquellas concepciones del ecumenismo que quisieran presentarse como interpretación de la doctrina conciliar y que quisieran llamar "proselitismo" precisamente lo que en cambio prescribe el Concilio. Tal falsa interpretación, en efecto, pretende que ecumenismo quiera decir limitarse a reconocer las posiciones del hermano separado en la idea de que ellas reflejan simplemente un camino "diferente" de salvación, que debe ser respetado en su diversidad, por lo cual se pierde de vista la presencia en esas cargos, de errores que necesitan ser refutados y por tanto se descuida abrir al hermano el ingreso a la Iglesia católica.
El vicio por defecto en el campo del ecumenismo, vicio típico del modernismo, está dado por la negligencia, efecto a su vez del indiferentismo y del relativismo, que es un falso ecumenismo. El falso ecumenista confunde el valor de la verdad con el de la diversidad. Al ecumenista modernista no le importa la objetividad y la universalidad de lo verdadero en su absoluta oposición a lo falso, sino que sólo atiende a la diversidad y la hace un absoluto, un ídolo, al que sacrifica la distinción entre verdadero y falso, reduciendo todo a lo subjetivo, a lo opinable y a lo "diferente". Para él, quien ha caído en herejía no es víctima de lo falso, sino que es simplemente un "diferente", así como simplemente un franciscano es diferente de un dominico. Por lo tanto, el hermano separado no debe ser corregido, sino dejado con su idea, así como a ningún dominico se le ocurre decirle a un franciscano que para salvarse debe hacerse dominico, aunque los tomistas no siempre concuerden con los escotistas.
Hoy, con la excusa del ecumenismo, del pluralismo y de la libertad de pensamiento, no se advierte a los hermanos en peligro, a quien vive "en las tinieblas y en la sombra de la muerte", por lo cual no se hace nada para salvarlos. ¿Se responde a Dios que pide cuentas del hermano: "¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?" (Gén 4,9). De ahí que por ignavia, negligencia, escepticismo, miedo, oportunismo o condescendencia al pecado, no se comprende o no se quiere comprender que el amonestar al pecador en los modos debidos y en el momento correcto no es un litigar, un condenar, un importunarlo o hacerle violencia, no es arrancarlo de sus justas convicciones, sino ser un médico premuroso que ofrece la cura, es una obra de misericordia.
Otra concepción errónea del ecumenismo es la que lo concibe como un simple "encontrarse a medio camino" entre católicos y no-católicos, como si la una y la otra parte tuvieran que dejar algo para encontrar a la otra. Ahora bien, esto puede ser cierto y debido en el plano humano y de la caridad, pero no en relación con las exigencias de la verdad, que son las que más caracterizan al ecumenismo. En efecto, para detenernos solamente en la relación con los luteranos, que es el mayor problema del ecumenismo, estos hermanos deben darse cuenta de que no es Roma la que debe dejarse corregir por Lutero, sino que son ellos los que deben dejarse corregir por Roma. Por eso Roma puede y debe ir a su encuentro en la caridad, pero el camino de la verdad deben hacerlo enteramente ellos hasta Roma, que los espera con los brazos abiertos, no podemos ciertamente ser nosotros los que vayamos a celebrar a Lutero, como si verdaderamente hubiera sido un reformador.
El verdadero ecumenismo se encuadra, con todas sus consiguientes dificultades, en el ejercicio más amplio de la evangelización realizada en la caridad, en la justicia y en la misericordia. Por tanto, asume algunos paradigmas evangélicos, como el siguiente: se refiere en primer lugar a las parábolas del hijo pródigo y de la oveja perdida, sin olvidar la parábola del rey que hace un banquete de bodas para su hijo y envía a los siervos a llamar a los invitados a la boda (Mt 22,3). La Iglesia católica es este banquete y los invitados son los hermanos separados. Sabemos bien que muchos de ellos no se sienten en absoluto hijos pródigos u ovejas descarriadas, sino grandes teólogos y biblistas. Y no ven en la Iglesia católica ningún banquete, sino solamente comida pobre y echada a perder, o a lo sumo una de esas reuniones estudiantiles a la canasta, donde para comer hay que llevarse la propia comida. Pero esto quiere decir entonces que la tarea inicial e irrenunciable del ecumenismo es que los católicos hagan comprender a estos hermanos, con toda caridad, competencia y paciencia, que tienen necesidad de conversión y que la luz del mundo no son ellos, sino que la luz viene de Roma.
El beato Papa Pío IX, en la inminencia de la convocatoria del Concilio Vaticano I, escribió la carta apostólica Iam vos omnes (Denz. 2997-2999) a los protestantes, para invitarlos a unirse a la Iglesia Romana. Una iniciativa similar también fue tomada por el venerable Papa Pío XII en la encíclica Mystici corporis (Denz. 3821-3822) de 1943. Lamentablemente, la respuesta ha sido muy débil. Mientras tanto, eran frecuentes los encuentros ecuménicos entre no-católicos, pero el Papado, en ese momento, no era favorable a que también participaran los católicos, por el temor a que de alguna manera pudiera extenderse entre los disidentes la idea que Roma hubiera renunciado a su primacía. En tanto, sin embargo, el deseo de unirse en valores comunes crecía entre muchos cristianos, católicos y no-católicos, quizás también como reacción a los horrores de la reciente guerra mundial. Así sucedió que el Concilio Vaticano II ha ido al encuentro de ese deseo con el decreto sobre el ecumenismo, en el cual, sin embargo, se reafirma con toda claridad el valor del primado pontificio y el primado de la misma Iglesia católica.
Las actividades ecuménicas competen a todos los cristianos deseosos de la unidad y de la comunión, pero es evidente que el Sumo Pontífice, como Vicario de Cristo, padre común de todos los cristianos, principio, garante, custodio y promotor de la unidad de todos los hijos de Dios, no puede dejar de sentir supremamente el deseo de que todos los discípulos de Cristo actualmente separados o disidentes entren plenamente en la Iglesia fundada por Él, y no se sienta involucrado en primera persona en hacer todo lo posible por este fin. Las continuas visitas que los Papas han hecho desde el final del Concilio en sus viajes a los hermanos separados expresan y encarnan la esperanza de todos los católicos de que estos hermanos, como dice el Concilio, "estén plenamente incorporados" a la Iglesia católica.
En el ecumenismo, los teólogos de las dos partes desarrollan una función importante en el esclarecimiento y en la propuesta de soluciones a las disputas siempre abiertas. Los teólogos católicos trabajan con eficacia en los encuentros con la contraparte no-católica mostrándole los puntos de la doctrina católica ausentes en su teología, respondiendo al mismo tiempo a las objeciones contra el catolicismo. Pero es claro que en los puntos que más conciernen a la doctrina de la fe, sólo el Romano Pontífice puede decir la última palabra, para reiterarlos, o para aclararlos, o para corregir o para responder a las dificultades. Tales puntos que comprometen la fe y no la simple teología, por tanto, sólo pueden ser tratados con autoridad definitiva por el Papa.
El hermano separado, por tanto, no es simplemente un "diferente" al que hay que respetar y dejar como es, al que hay que "dejar en libertad", como dicen algunos, porque esa es una cómoda excusa para desentenderse de las propias responsabilidades. El hermano separado es un hermano que se equivoca, en buena o mala fe, que está en peligro de perderse, por lo cual hay que ayudarlo, advertirlo y corregirlo, por supuesto siempre si se deja corregir. Ciertamente, al reprochar o desenmascarar al soberbio a veces sólo se consigue ganar su odio con la consecuencia de que todo vuelva peor. A Jesús mismo le costó caro reprender a los fariseos, pero por otro lado, ¿no deberíamos seguir su ejemplo? ¿Y acaso no han hecho esto todos los santos? ¿Quién es ese santo que no se ha ganado para sí el odio del mundo y de los falsos hermanos? Quien no se preocupa del pecador y no lo reprocha, pudiendo hacerlo, dice amarlo, pero en realidad lo odia a él y a sí mismo. No olvidemos que también la reprensión hecha de los modos debidos es caridad, esto también es ecumenismo. No es caridad sólo la misericordia, sino también la severidad.
El ecumenismo conlleva dos finalidades. Tiene como fin inmediato y más específico el de hacer de modo que, por medio del diálogo y de una búsqueda común, todos los cristianos se rencuentren juntos para compartir las mismas verdades fundamentales, que han permanecido comunes a todos, incluso después de las rupturas. Aquí es necesario conocerse mejor, con mayor benevolencia y con un método histórico-crítico más eficaz que el del pasado, disipar algunos equívocos o corregir algunos errores interpretativos del pasado, ilustrar mejor las verdades comunes.
Este rencontrarse juntos en las mismas verdades, es ya una gran conquista, es una meta alta y bella, fuente de concordia y de paz; sin embargo, no es fin en sí misma, todavía queda mucho camino por recorrer, porque ella es sólo la base para la prosecución de un diálogo fructífero y constructivo, que tiene como fin ulterior el de poner sobre la mesa con franqueza, objetividad, serenidad y esperanza los puntos controvertidos. Es en este punto que es más necesario que nunca invocar al Espíritu Santo. Este es el punto más difícil, donde el diálogo hoy se ha estancado y a veces hasta ha sido falsificado. Es necesario tener el coraje de ir más allá, hacia la meta final. De hecho, mientras los católicos se vuelven demasiado cautelosos, parecen intimidados, sin tomar iniciativas apostólicas frente a las posiciones rígidas y orgullosas de los no-católicos, estos últimos -pensamos sobre todo en los teólogos protestantes- parecen en cambio haber hecho tácitamente o explícitamente un pacto perverso, un liaison dangereuse, con los teólogos modernistas, para hacer penetrar las ideas protestantes entre los católicos, en una forma sutil y enmascarada, bajo el color del "progresismo", de modo que los católicos devienen de hecho protestantes sin darse cuenta y creyendo que permanecen católicos, dando lugar así a una colosal falsificación del ecumenismo.
Pongamos un ejemplo de este estancamiento en el que aparece con evidencia la resistencia de los disidentes y la debilidad de las argumentaciones y tomas de posición de los católicos, quienes frecuentemente, en lugar de sostener la autoridad pontificia con buenas razones, refutando las posiciones protestantes, mostrando escaso respeto por la Autoridad Pontificia o despreciando su ejercicio post-conciliar, como hacen los lefebvrianos; o bien debilitando su fuerza doctrinal, como hacen los modernistas. Pero he aquí el ejemplo: verdad de fe aceptada por todos los cristianos es que Cristo es la cabeza celestial de la Iglesia, pero, fuera de los católicos, todos los demás creen ser verdad de fe que Cristo no gobierna la Iglesia terrena por medio de un Vicario por Él establecido, o sea el Sumo Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza visible de todos los cristianos en esta tierra, sino que la gobierna directamente por medio del Espíritu Santo.
La idea del Romano Pontífice como cabeza de la Iglesia y representante de Cristo en la tierra, a los ojos de los no-católicos sería una invención humana, un abuso de Roma, deseo de dominio, nostalgia del Imperio romano, invención engañosa y peligrosa, porque el Sumo Pontífice, que es un hombre falible como todos los demás, en lugar de conducirnos a Cristo, podría volvernos contra Él. El Papa, a lo sumo, puede ser el Obispo de Roma, o un obispo como todos los otros, Sucesor de Pedro sólo porque Pedro ha sido Obispo en Roma, pero no puede pretender ser el Obispo de la Iglesia universal. Para ellos, Cristo no habría en absoluto querido una cabeza visible como su Vicario, sino que la Iglesia terrena estaría ya bastante bien organizada como un conjunto de comunidades unidas bajo la guía de Cristo y del Espíritu Santo. ¿Qué guías más infalibles que estas? Sería esta, según ellos, la verdadera voluntad de Cristo. He aquí un tema importantísimo, acerca del cual los católicos estamos llamados a ofrecer pruebas y a mostrar a los hermanos separados, con toda caridad y sabiduría, pero también con segura competencia e indefectible firmeza y claridad, el camino para acercarse a Roma y, como dice el Concilio, a fin de que, bajo la moción del Espíritu Santo, "estén plenamente incorporados" a la Iglesia. No debemos, en un punto como este, resignarnos a su incredulidad o darles la impresión de que les damos la razón a ellos, o que vamos a festejarlos, en lugar de corregirlos.
El ecumenismo también implica dos niveles de actuación. Ellos son el doctrinal y el caritativo, los cuales se implican y se apoyan entre sí. Nos basamos en el primero para pasar al segundo. El segundo, sin embargo, es de inmediata y fácil implementación, mientras que el primero, al menos en su plenitud final, es muy difícil de conseguir y no ha sido todavía plenamente alcanzado. El nivel doctrinal es el más específico, y no es otra cosa que una aplicación del deber general de la evangelización en el campo de las relaciones entre católicos con los cristianos no-católicos. La evangelización, en general, es el anuncio del Evangelio, por medio el cual, con la ayuda del Espíritu Santo, conducimos al mundo a obedecer a Cristo.
Con el ecumenismo, nosotros los católicos, sobre la base de la aceptación común, junto con los hermanos separados, de aquellas verdades de fe que tenemos en común con ellos, nos esforzamos para que ellos, liberados de los "impedimentos" y de esas "carencias", que hacen de obstáculo para su asunción de la "plenitud de la verdad que ha sido confiada a la Iglesia católica" puedan, bajo la moción del Espíritu Santo, ser "plenamente incorporados" a la Iglesia católica ².
El católico, en el ejercicio de este delicado aspecto o nivel del ecumenismo, debe prestar mucha atención en distinguir bien la doctrina católica en sí misma, en su divina plenitud, infaliblemente y perfectamente custodiada por el Magisterio de la Iglesia, al cual debe hacer siempre referencia con total fidelidad, de su personal cultura católica, la cual, por más pura y ortodoxa que sea, no puede ser infalible, por lo que ella puede, en algunos puntos, ser lacunosa, incompleta o errónea, sin que él se dé cuenta. Por esto, mientras que un no-católico no puede permitirse el corregir o complementar la doctrina católica como tal, puede muy bien, en virtud de su conocimiento de las verdades de la fe cristiana, corregir o instruir a un católico, que falla en un determinado punto.
El otro nivel de ecumenismo es una aplicación de la virtud general de la caridad al campo específico del ecumenismo. Y aquí está claro que si en el campo doctrinal el católico hará de guia al no-católico y le ayudará a corregirse de sus errores y a llenar sus lagunas, como enseña el Concilio, en este aspecto de la caridad es obligatoria la reciprocidad, ya que tanto el católico como el no-católico no escapan a la común condición de pecadores, hijos de Adán, a la vez dotados por Dios de dones recíprocamente complementarios, que deben fructificar a beneficio de unos y de otros. Y aunque el católico en línea de principio disponga de mayores y mejores medios de gracia que el disidente, no se puede excluir que este último sea más virtuoso y menos pecador, gracias a una mayor buena voluntad y un mejor empeño de los medios sobrenaturales a su disposición.
El ecumenismo, expresión indudable de la caridad fraterna, encierra sus propios y profundos beneficios y es una buena regla de convivencia pacífica entre católicos y no-católicos. Ahora bien, la caridad fraterna se mueve en una doble dirección: hacer el bien y quitar el mal. Existe, pues, una caridad promotora y una caridad correctiva. Entrambas tienen su aplicación en el ecumenismo. En efecto, en el ámbito de la promoción del bien, el ecumenismo incentiva la humildad, la lealtad, la honestidad, el amor a la verdad, la recíproca comprensión y solidaridad, el común empeño por las obras de la justicia y de la misericordia, por el bien público y por los derechos humanos, por la promoción de las ciencias, de las artes y de la cultura, un común testimonio cristiano, allí donde existan valores comunes.
Entonces hay dos modos para quitar el mal en el hermano: o la compasión, gracias a la cual liberamos al hermano del mal de la pena, es decir, del sufrimiento, o la corrección o amonestación, por la cual lo liberamos del mal de culpa, del pecado y del error. En uno y en otro caso, a fin de que la operación tenga éxito, es necesario que el hermano ponga su buena voluntad. No hay peor enfermo que el que no quiere curarse y no hay peor pecador que el que no se arrepiente.
En este campo de la caridad, tanto la compasión como el celo por la corrección deben impulsar al católico a guiar al hermano separado hacia la plenitud de la verdad y de la comunión con la Iglesia. El disidente, por su parte, debe escuchar los impulsos del Espíritu de verdad y de amor, que le empujan a abandonar sus errores y malos hábitos, no conformes a la plenitud de la virtud cristiana, y a buscar la plena comunión con la Iglesia.
P. Giovanni Cavalcoli
19 de octubre de 2016
Notas
¹ En una entrevista del Papa concedida al diario La Repubblica, en diálogo con Eugenio Scalfari: aquí.
² Cf. Unitatis redintegratio n.3.
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