¿Es la herejía un simple error intelectual o la más grave amenaza contra la caridad? ¿Qué sucede cuando el ecumenismo se convierte en relativismo y la verdad revelada se diluye en opiniones humanas? ¿Podemos servir a Dios y al mundo al mismo tiempo, o estamos llamados a una elección radical entre Cristo y el demonio? El padre Giovanni Cavalcoli nos conduce, con rigor escolástico y fidelidad al Magisterio, a enfrentar el misterio del mal y la urgencia de la verdad en tiempos de confusión. [En la imagen: fragmento de "Pantokrator en el trono", ícono de 1762, obra de Kostandin Zografi, conservado en el Museo Nacional Medieval de Korça, Albania].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 27 de enero de 2026
La confrontación del bien con el mal (6/6)
La confrontación del bien con el mal
La voluntad humana y la voluntad divina
Sexta Parte (6/6)
(El texto original de esta cuarta parte del ensayo del padre Cavalcoli ha sido publicado en italiano el 27 de enero de 2026 en su propio blog, y el lector puede encontrarlo en el link:
¿Qué es la herejía?
De la herejía se podría dar una definición simplísima: es el rechazo, en un cristiano, de una verdad de fe, o bien de una doctrina de Cristo interpretada por la Iglesia en el dogma. O, más simplemente, se trata de una doctrina falsa en materia de fe. Este rechazo puede provenir de un no cristiano o de un cristiano. En el primer caso puede ser inculpable. Se trata de la llamada «herejía material». En el segundo, en cambio, es fácilmente culpable. Aquí tenemos la «herejía formal».
La herejía, además de ser una proposición errada en el campo de la fe y de revestir una connotación de culpa moral, se configura también en el campo del Derecho canónico (can. 1364) como un delito penalmente perseguible.
Así el Derecho canónico de 1917 define al hereje: «el hereje es aquel que, después de haber recibido el bautismo, conservando el nombre cristiano, pertinazmente niega o pone en duda alguna de las verdades que deben creerse con fe divina y católica» (can. 1325, §2). El Código de 1983 define la herejía en estos términos: «la negación obstinada, después de haber recibido el bautismo, de alguna verdad que se debe creer por fe divina y católica, o la duda obstinada sobre ella» (can. 751).
Según Santo Tomás, la herejía es «aquella especie de infidelidad que concierne a quienes profesan la fe de Cristo, pero corrompen sus dogmas». ¹ La herejía, explica el Aquinate, «es una falsa opinión concerniente a las verdades de fe. A ella algo puede referirse de dos modos: o directamente y principalmente, como cuando está en juego un artículo de fe, o bien indirectamente y secundariamente, cuando se trata de cosas de las cuales se sigue la corrupción de algún artículo de fe» ².
Tomás hace notar que, acerca de las cuestiones de fe, cuando no es cierto si una cosa es o no es de fe, hay libre discusión entre los teólogos. Si, en cambio, uno mantiene su propio parecer contra la sentencia pronunciada por la Iglesia, en tal caso es hereje ³.
Para el Nuevo Testamento, así como la fe y por tanto el dogma es luz que guía a la salvación, así quien es hereje o víctima de la herejía se encuentra en las tinieblas y no sabe adónde va. La fe concede el don de la visión de las verdades que salvan. La herejía vuelve ciegos o da sólo la ilusión de ver, pero en realidad quien la acoge es ciego y no ve el camino de la salvación.
La mayor desgracia que nos pueda suceder es la de equivocarnos en materia de fe. El daño más grave que podemos hacer al prójimo es el de engañarlo en materia de fe. Como dice Santo Tomás, la mayor obra de misericordia que podemos hacer en favor del prójimo es la de conducirlo de las tinieblas del error a la luz de la verdad.
La Carta apostólica de San Juan Pablo II Ad tuendam fidem de 1998 establece tres grados de asentimiento a las doctrinas de la Iglesia en materia de fe, añadiendo un párrafo 2 al can. 750 del Código de Derecho Canónico, de modo que en el primer grado, el principal, el asentimiento es el de la «fe divina y católica a todas aquellas cosas que están contenidas en la palabra de Dios escrita o transmitida, es decir, en el único depósito de la fe confiado a la Iglesia y que al mismo tiempo son propuestas como divinamente reveladas, sea por el magisterio solemne de la Iglesia, sea por su magisterio ordinario y universal».
El segundo grado, el del segundo párrafo, prescribe el deber de «acoger y mantener firmemente todas y cada una de las cosas que son propuestas definitivamente por el magisterio de la Iglesia acerca de la fe y las costumbres, aquellas cosas que son requeridas para custodiar santamente y exponer fielmente el mismo depósito de la fe».
El tercer grado contemplado en el can. 752 prescribe «no propiamente un asentimiento de fe, sino un religioso obsequio de la inteligencia y de la voluntad a la doctrina que proponen el Papa y los Obispos acerca de la fe y las costumbres, ejerciendo el magisterio auténtico, aunque no tengan intención de proclamarla con un acto definitivo».
Rechazar las primeras verdades es «herejía» ⁴. Rechazar las verdades del segundo nivel es «error contra la doctrina católica» (n. 6). Rechazar las verdades del tercer nivel es proposición «errónea, temeraria, peligrosa y que no se puede enseñar con certeza» (n. 10).
Es necesario prestar atención a la diferencia entre la doctrina «definida» (can. 749 §3) y la doctrina «definitiva» (can. 749 §2). Doctrina definida es la doctrina expresamente definida por la Iglesia como revelada o de fe o introducida por la declaración «creemos». Doctrina definitiva es aquella que no puede cambiar ni ser errada. El nivel máximo de autoridad contiene doctrinas definidas y, por tanto, definitivas. Los grados inferiores contienen doctrinas sólo definitivas y como tales irreformables, pero no definidas. Estas en el futuro pueden ser elevadas a dogmas definidos.
La expresión «ex cathedra» fue usada por el Concilio Vaticano I para la fórmula de la infalibilidad pontificia en las definiciones dogmáticas solemnes de un nuevo dogma. Pero ella no significa otra cosa que ex cathedra Petri. Por lo tanto, todas las veces que el Papa, como pastor universal de la Iglesia y Maestro de la fe, enseña a la Iglesia en materia de fe, enseña infaliblemente, es decir, verazmente, sin equivocarse, ex cathedra Petri.
Cómo hablar hoy de la herejía
El problema pastoral respecto a la herejía es el de saber usar con verdadera prudencia y sabiduría esta palabra a tiempo y en lugar, no con los acentos ásperos y agresivos del pasado, casi más por una necesidad de prevalecer que de servir, sino siempre con tonos motivados por la caridad, con la serenidad con la cual el médico habla de las enfermedades, con la intención de curarlas.
El pecado de herejía nace de la soberbia por la cual el yo, por propia conveniencia, no quiere adherir con el pensamiento a la realidad tal como es revelada por Cristo y por la Iglesia, en la Escritura y en la Tradición, sino que quiere decidir él mismo lo que es verdadero y lo que es falso, y por tanto lo que es bueno y lo que es malo.
Desde el punto de vista de la perfección cristiana, el pecado contra la caridad es el máximo y más dañino de los pecados, el peor mal que podemos hacer, porque se opone de la manera más radical a nuestro bien, que es la comunión con Dios y con los hermanos.
Pero desde el punto de vista de la causalidad del pecado, el pecado contra la fe o el pecado de incredulidad o de herejía es más grave que el pecado contra la caridad, porque es la causa del pecado contra la caridad. El hereje en cuanto hereje, pecando contra la verdad, peca contra la caridad. El fiel ciertamente puede faltar a la caridad. Pero al menos, poseyendo la fe, le queda a disposición el principio de la salvación, mientras que el hereje está privado de la posesión del principio mismo de la salvación, que es el conocimiento de la verdad salvífica.
Por lo tanto, el pecado de herejía, que hace imposible o falsifica la caridad, desde el punto de vista de la causalidad, es más grave que el pecado de odio, que es contra la caridad, así como en el proceso causal, la falta de la causa es desgracia mayor que la falta del efecto, ya que, si existe la causa, puede existir el efecto; pero si no existe la causa, no puede existir tampoco el efecto.
La herejía es una forma de ceguera mental por la cual el hombre, no viendo la verdad que salva, o engañándose acerca de ella, queda impedido en el camino de la salvación y está en la vía de la perdición. La salvación resulta de la puesta en práctica, en las obras de la caridad y en la observancia de los mandamientos divinos, de aquello que la fe prescribe.
Es claro que si uno pone en práctica un precepto equivocado no puede salvarse. Pues bien, la herejía enseña una moral que no es verdaderamente conforme al Evangelio, sino que tiene sólo la apariencia. De este modo, quien escucha al hereje queda engañado y se pierde. Se entiende, sin embargo, que queda engañado porque él mismo no ama la verdad. Si, en cambio, es engañado de buena fe, se salva igualmente.
Una cuestión importante es saber cuántas y cuáles son las verdades de fe. No se trata sólo de los dogmas definidos, sino también de los no definidos, pero definibles. Estas están sintetizadas en el Símbolo de la fe y expuestas en el Catecismo.
Es importante saber asimismo cómo podemos reconocerlas, quién las establece, de dónde se derivan y cuáles son los grados de autoridad de las doctrinas de la Iglesia. Respondo a estas preguntas en mi libro Le verità di fede. Tutti i dogmi e le dichiarazioni dottrinali della Chiesa Cattolica ⁵. La famosa recopilación del Denzinger es muy útil, pero es incompleta y contiene muchos pronunciamientos pastorales del pasado ya superados.
En efecto, en el curso de la historia la Iglesia ha aclarado cada vez mejor el significado de la doctrina de Cristo con la formulación de nuevos dogmas. Por esto, para ser buenos católicos, debemos atenernos a lo que enseña el Magisterio de hoy, sin sospechar que esté en contraste con el del pasado, sin ver contradicciones donde no las hay, porque del Evangelio el Magisterio es sólo una interpretación infalible, una explicitación y un desarrollo coherente sin rupturas, sino en perfecta continuidad ⁶, porque las palabras de Cristo no pasan y Cristo es siempre el mismo ayer, hoy y mañana.
Ciertamente puede perderse también quien acepta todas las verdades de fe, pero no las pone en práctica. No basta conocer la verdad moral, si no la ponemos en práctica. La fe salvífica no es un simple acto del intelecto, sino que es la fe formada y vivificada por la caridad. Por esto, el hermano separado que en buena fe ignora algunas verdades de fe, pero pone en práctica aquellas de las cuales está en posesión, se salva igualmente, mientras que si un católico conoce todas las verdades de fe, pero no las pone en práctica, claramente no se salva.
Entre las cosas que son enseñadas por los Santos Padres, por la Escritura o por el Magisterio de la Iglesia, es importante saber cuáles son las verdades vinculantes en conciencia, a las cuales es necesario adherir con la virtud de la fe, y cuáles en cambio son las doctrinas acerca de las cuales no se sabe o no es seguro si son o no son de fe, y acerca de las cuales es lícito discutir o disentir, estando permitido considerarlas superadas.
Este es el campo de las simples opiniones teológicas, o donde se da un legítimo pluralismo de escuelas, o donde una ulterior profundización puede servir para comprender que se trata verdaderamente de verdades de fe, o bien de simples opiniones que serán abandonadas ⁷.
Un error pastoral, a mi parecer, del Concilio Vaticano II ha sido el de abandonar la tradicional reprobación de los errores y de las herejías bajo forma de cánones, para adoptar una exposición de tipo literario u homilético o parenético, ciertamente agradable y de fácil comprensión, donde sin embargo no es fácil distinguir las observaciones opinables o contingentes de los verdaderos pronunciamientos doctrinales.
El método de los precedentes Concilios presentaba con claridad, precisión e inequívocamente las proposiciones que debían mantenerse y las erradas, de modo tal que, por una parte, el fiel común sabía con exactitud qué debía asumir y de qué debía guardarse.
El hereje sabía en qué se equivocaba y por qué; la autoridad tenía en mano un claro y seguro punto de referencia en base al cual podía formar sus juicios y sus censuras. Con este método los herejes no tenían posibilidad de escapar a sus responsabilidades, porque la claridad de las acusaciones los ponía contra las cuerdas. En cambio, sucede que en el estilo actual de las intervenciones de la Iglesia, donde no está bien claro qué cosa es lícita y qué cosa es prohibida, los herejes tienen la posibilidad de escabullirse y salir airosos con el pretexto de que no han sido comprendidos o bien interpretados o mal entendidos.
El problema del falso ecumenismo
Cabe notar al respecto que en el postconcilio ha surgido un grave inconveniente en el campo del ecumenismo. Este concierne de modo especial a la relación con los luteranos y con el idealismo alemán, que es una derivación del luteranismo. Si antes del Concilio la tendencia de la teología católica se limitaba a la refutación de las herejías de la modernidad, en el postconcilio han surgido poderosas personalidades de teólogos, como por ejemplo Rahner y Kasper ⁸, quienes, si por una parte han realizado una ejemplar obra de contacto con la modernidad, por otra sin embargo han quedado infectados por ella.
Kasper, en su libro Misericordia. Concepto fundamental del Evangelio y clave de la vida cristiana, habla de lo que según él sería el «gran descubrimiento de Lutero», es decir: «El reconocimiento de que la justicia de Dios no es una justicia que castiga al pecador, sino que lo justifica, es el gran descubrimiento protestante de Martín Lutero, un descubrimiento que liberó también a él del miedo al pecado y de los tormentos de la conciencia» ⁹.
Kasper atribuye a Lutero la coincidencia de la justicia divina con la misericordia, por lo cual según él el Dios del Nuevo Testamento ya no castiga, sino que sólo hace misericordia. Ahora bien, en verdad esto no corresponde a las auténticas convicciones de Lutero, para el cual existen condenados en el infierno. Sin embargo, es cierto, como lo advirtió Schleiermacher en el siglo XIX, que así como Lutero se había aplicado a sí mismo su principio de la fe confiada en la propia salvación, era posible extender esta convicción a todos aquellos que hicieran propias las ideas de Lutero. Y fue así como Schleiermacher concibió la idea de la salvación universal y negó la existencia del infierno.
Kasper es consciente de cómo la cristología hegeliana deriva de la de Lutero, por lo cual en su intento de confrontarse con los luteranos de hoy, se confronta también con Hegel. Pero, desgraciadamente, Kasper elabora una cristología que, en este intento de diálogo con Hegel, se aleja de la dogmática católica y asume también los errores de Hegel ¹⁰. Esto no quita la importancia del trabajo que ha realizado en favor del ecumenismo, que le mereció la nominación a Cardenal en 2001 por parte de San Juan Pablo II.
El ecumenismo promovido por Kasper ciertamente ha servido para promover el diálogo, la recíproca colaboración en favor del bien común, la puesta en relieve de valores recíprocamente complementarios, corregir ciertas interpretaciones, promover el perdón recíproco, deshacer ciertos prejuicios, quitar excesivas y apresuradas puntas polémicas, y una mejor recíproca comprensión; pero ha desatendido el deber que sin embargo está expresamente impuesto por el Concilio ¹¹, que tienen los católicos de mostrar a los hermanos separados el deber de abandonar sus errores para acoger aquellas verdades de fe que les faltan, a fin de alcanzar la plena comunión con la Iglesia católica.
Este defecto del ecumenismo de Kasper depende del hecho de que él parte de un concepto relativista de la metafísica, que provoca un relativismo dogmático, a su vez causa de relativismo moral. Aquí entonces vemos cómo está en juego el problema del bien y del mal. Si verdadero y falso se vuelven relativos, necesariamente también bien y mal se vuelven relativos.
La posición de Kasper depende del hecho de que él no parte de una metafísica basada en el ser, como la tomista, sino que parte de la metafísica hegeliana, en la cual el ser se identifica con el devenir, con lo múltiple, con lo concreto, con el variar, con el mutar y con la historia.
El Dios de Kasper es el mismo de Hegel, que para encarnarse pierde su inmutabilidad e impasibilidad y se convierte en carne, historia, mundo. En sustancia se trata de una reanudación de la antigua herejía de Eutiques, que cambia la naturaleza divina en la naturaleza humana. La cristología de Hegel, que parece toda envuelta por el Espíritu, en realidad es una cristología materialista, una cristología «carnal», diría San Pablo.
Y Kasper, desgraciadamente, por un malentendido diálogo ecuménico, abandona a Tomás y por tanto el dogma cristológico, para seguir a Hegel, cuya cristología, por su planteamiento dialéctico, está aún más alejada del cristianismo de lo que lo estaba la de Lutero, el cual mantiene la fe en el dogma calcedonense de la única persona en dos naturalezas.
La consecuencia de todo esto es que para Kasper no existe el ser, sino los seres; no existe lo verdadero, sino los verdaderos; no existe el bien, sino los bienes; no existe la filosofía, sino las filosofías; no existe la fe, sino las fes. Kasper sustituye la unidad del saber con la multiplicidad de las opiniones. Para Kasper la Iglesia no es una, sino una unión de Iglesias. No hay Iglesias falsas, sino simplemente Iglesias diversas. No existe lo universal, sino sólo lo singular. Se trata de una sustancial reanudación del occamismo.
Resulta entonces que para él el catolicismo y el luteranismo no son otra cosa que dos realizaciones diversas del mismo cristianismo, así como dominicos y franciscanos son dos maneras distintas de ser católicos. Así como sería ridículo que un dominico exhortase a un franciscano, si quiere salvarse, a hacerse dominico, así para Kasper no tiene sentido que un católico trabaje por la conversión del luterano al catolicismo.
Según el ecumenismo de Kasper, en la oración por la unidad de los cristianos nosotros, los católicos, no debemos pedir a Dios que conduzca a los hermanos separados a la comunión con el Papa, sino que podamos amarnos entre nosotros, en el respeto de las diversidades y en la recíproca colaboración.
El resultado del ecumenismo de Kasper es que ya no ocurren conversiones de luteranos al catolicismo ¹², sino que, al contrario, el luteranismo ha penetrado clandestinamente en la Iglesia, quizá con el pretexto de la reforma conciliar, corrompiendo la misma fe católica. El resultado de esta manera de hacer ecumenismo es desastroso: si el católico evita mostrar al luterano sus errores, el luterano creerá estar de parte de la razón y se sentirá confirmado en su error. Si además es un pastor católico el que se comporta así hacia los luteranos, los católicos serán inducidos a creer que es lícito asumir las opiniones del luterano, tanto más cuanto que la ética luterana es mucho menos exigente que la católica. Así, en la práctica, los católicos se convierten de hecho en luteranos, aunque conserven el nombre de católicos, mientras que los luteranos, lejos de hacerse católicos, estarán muy contentos de seguir siendo luteranos.
Muy distinta es la cuestión de la libertad religiosa. Aquí estamos en el plano civil, que debe distinguirse bien del plano eclesial. Es claro que en el plano civil vale el derecho a la libertad religiosa, puesto que el Estado no tiene competencia para distinguir verdadero y falso en el campo de una religión revelada, como la cristiana. Este es cometido de la Iglesia. Por esto, si es normal en la sociedad civil la pacífica convivencia de grupos o comunidades de diversas religiones, la Iglesia conserva siempre el deber de llamar al redil o de buscar a las ovejas dispersas o extraviadas, a fin de que se haga un solo redil bajo un solo pastor.
Dios y el demonio
El plan divino de la salvación y de la glorificación del hombre prevé, al final de los tiempos, es decir, a la conclusión de la historia terrena, la Venida de Cristo, rey del universo. Él, en la potencia del Espíritu, a la cabeza de las huestes celestiales y de los justos, entablará la batalla final contra las fuerzas de los malvados capitaneados por Satanás. Vencidos sus enemigos, y después de haber recapitulado todas las cosas en torno a sí y bajo de sí, será juez de vivos y de muertos, obrará la reconciliación entre los justos, la separación definitiva entre bienaventurados y condenados, y entregará el Reino al Padre.
San Pablo sobre este punto es categórico: «¿Qué relación puede haber entre la justicia y la iniquidad, o qué unión entre la luz y las tinieblas? ¿Qué entendimiento entre Cristo y Belial? ¿O qué colaboración entre un fiel y un infiel? ¿Qué acuerdo entre el templo de Dios y los ídolos?» (II Cor 6,14-16).
¿Se muestra aquí Pablo quizá contrario al ecumenismo y al diálogo interreligioso o al diálogo entre creyentes y no creyentes? En absoluto. Sabemos bien, de hecho, qué habilidad tenía en dialogar con los paganos. Pero con el fin de conducirlos a Cristo. ¿No es acaso Pablo llamado el Apóstol de las gentes? Él sabía perfectamente respetar las diversidades, pero no tomaba la diversidad como pretexto para poner lo falso a la par de lo verdadero o lo malo a la par de lo bueno. La diversidad es un bien y se realiza en el horizonte del bien. Pero la existencia y el respeto de lo diverso no pueden hacernos aprobar lo falso y lo malvado. Este es el sentido de las palabras de Pablo que he citado.
Existe, por tanto, una conciliación posible y obligatoria allí donde los dos términos son composibles y conciliables, y, para evitar la doblez y el oportunismo, existe el deber de separar y de mantener separado lo que no puede ser unido, sino que es conflictual.
Se equivoca Hegel al creer que la conciliación nace del conflicto. La conciliación nace sólo de quitar lo que es causa de conflicto, si la cosa es posible. El conflicto produce sólo conflicto, si no interviene un factor superior de conciliación que ponga en relieve los valores comunes y quite las faltas de las dos partes.
Pero allí donde el contraste es insanable, es necio querer la conciliación. No se trata aquí de permitir dualismos, sino de honestidad intelectual y de respeto del principio de no-contradicción.
El amor tanto por el bien como por el mal, el apego al pecado y la confianza en Dios, el rendir culto simultáneamente a Dios y al demonio, son una doblez que Cristo condena duramente cuando nos dice que no podemos servir a dos señores y que debemos elegir entre el sí y el no. O Cristo o Satanás ¹³. No podemos simultáneamente adorar a Dios y al mundo, a Dios y a nosotros mismos. Debemos encontrar el acuerdo allí donde puede y debe ser encontrado. Pero debemos saber estar en contraste irrevocable con quien nos odia irrevocablemente por nuestro nombre cristiano.
Es necesario además notar que en la visión cristiana la separación final y eterna entre justos e impíos, consecuente al futuro Juicio universal, que responde a las exigencias de la oposición entre el bien y el mal, de la coherencia intelectual y de la honestidad moral, debe entenderse sobre la base de un horizonte ontológico, en el cual la unidad y la armonía de fondo prevalecen sobre la separación y la inconciliabilidad, que de todos modos permanecen y mantienen en eterno su existencia contingente y no necesaria, como condición de posibilidad del ejercicio y del triunfo definitivo de la justicia divina.
En este cuadro apocalíptico, debemos recordar, si fuese necesario, que también los hombres condenados y los demonios son criaturas de Dios, las cuales, como tales, continúan siendo amadas por Dios, el cual, aceptando su elección, no ha querido, como habría podido, suprimirlas ¹⁴, sino que ha mostrado respetar tanto su voluntad hasta aceptar ser puesto de lado, con tal de dejarlas libres de ejercer su libre arbitrio. En cuanto al consiguiente castigo, ni siquiera Dios, en estas condiciones, podría ahorrárselo a ellas. Ni siquiera Dios puede, de hecho, hacer que pueda existir un hacer el mal sin que quien lo hace sufra el mal. Porque esto contradiría la misma realidad del pecado: el pecado no sería pecado.
La Revelación presenta el enfrentamiento decisivo entre el bien y el mal también bajo el aspecto de un conflicto bélico escatológico entre Cristo y sus seguidores, los justos, los hijos de Dios, oprimidos en esta vida por los impíos, y las fuerzas de los mismos impíos, «hijos del diablo» (I Jn 3,10) o «de este mundo» (Lc 16,8).
La acción de Cristo y de sus discípulos comporta dos aspectos: uno de edificación del bien, que es la evangelización, la obra misionera y la expansión de la Iglesia en el mundo; y otro, de tipo conflictual, defensivo, polémico, correctivo y medicinal, que es la lucha contra el mundo y la victoria sobre el mundo, que se rebela contra la Señoría de Cristo.
Según el Apocalipsis, toda la historia está recorrida y agitada por este conflicto cósmico irreductible, que Juan representa en la lucha de la Mujer, es decir, la Iglesia, contra el Dragón, símbolo de las potencias satánicas anticrísticas. Esta guerra se concluirá en el retorno parusíaco de Cristo al final del mundo, con la victoria de Cristo, la liberación de los justos de la opresión de los impíos, la expulsión de los impíos en el infierno. Como se expresa San Pablo: «El fin será cuando Cristo, en su venida, entregue el reino a Dios Padre, después de haber reducido a la nada todo principado y toda potestad y poder. Es necesario, en efecto, que Él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser aniquilado será la muerte, porque todas las cosas las ha puesto bajo sus pies» (I Cor 15,21-23).
Por lo tanto, ya sea por amor o por fuerza, la entera humanidad un día estará sujeta a la realeza de Cristo: por amor, aquellos que están en el paraíso; por fuerza, aquellos que están en el infierno. Dios ha querido no impedir la existencia del mal.
Aristóteles tuvo una profunda intuición cuando colocó el bien en la categoría de la sustancia y el mal en la categoría del accidente. Habiendo mostrado el bien como eterno, activo, perfecto y necesario, habiendo asociado el bien a lo divino, y mostrando el mal como carencia, como originado, contingente y no necesario, habiendo mostrado el mal como acción deficitaria de limitada potencia, como extraño a lo divino, él puso las premisas sobre las cuales el cristianismo habría de edificar su doctrina de la salvación. Él puso las bases metafísicas que constituyen la condición de posibilidad de la doctrina cristiana de la vida eterna, de la victoria del bien sobre el mal y de la liberación de la humanidad del dominio fatalista del mal.
El cristianismo nos aclara la diferencia entre el bien y el mal, distingue mal de culpa y mal de pena, nos explica la esencia del uno y del otro, las causas y los orígenes del bien y del mal, nos enseña cómo quitar el mal y potenciar el bien, cómo hacer el bien y evitar el mal.
Con todo ello, el tema del mal reserva un margen de misterio que Cristo no nos ha revelado, y este misterio consiste en el hecho de que no sabemos por qué Dios ha querido no impedir el mal, cuando, si hubiese querido, habría podido hacerlo. En efecto, si Dios hubiese querido, habría podido crear un mundo feliz, en el cual el mal habría estado ausente.
En cambio, de hecho, Él ha creado un mundo tal que, en el momento del Juicio universal, Cristo separará a los justos de los impíos. Los justos gozarán de una alegría eterna, totalmente libres del mal, mientras que los impíos serán castigados con una pena eterna. Si, por tanto, Dios al final de esta historia terrena eliminará el mal de culpa en la Jerusalén celestial, quedará el mal de pena en la ciudad infernal, que Cristo llama gehenna, tomando como referencia el vertedero de residuos que entonces se encontraba junto a Jerusalén.
Habiendo Dios decidido crear criaturas inteligentes y libres, que se asemejasen a Él en su poder creativo, no podía no introducir en el mundo la posibilidad del mal, es decir, que estas criaturas eligiesen el mal en lugar del bien. Dios, una vez creadas estas criaturas, si hubiese querido, habría podido impedir que pecasen.
En cambio, ha querido no impedirlo, de modo que el pecado ha entrado en el mundo. ¿No habría hecho mejor en impedir una desgracia semejante? ¿Cómo es que no lo ha hecho? Ya San Agustín notó que Dios, en su misericordia, ha sacado del mal un bien mayor que el que habría habido si el mal no hubiese existido.
Es verdad, pero en definitiva, si Dios hubiese querido, habría podido crear un mundo en el cual desde el origen hubiese podido haber todo aquel bien y aún más del que ha querido sacar del mal, sin la existencia del mal mismo. Por esto, al final no sabemos por qué motivo Dios ha querido no impedir el mal.
Sin embargo, puesto que Él es bondad infinita, debemos estar ciertos de que ha tenido una razón muy válida, que sin embargo para nosotros es tan incomprensible, que no ha sido ni siquiera objeto de la divina revelación que nos ha comunicado Cristo.
Recordemos además que la voluntad de un superior puede ser o imperativa o permisiva. Es imperativa o preceptiva cuando es efecto de su iniciativa, o manda, o da orden de hacer algo. Es permisiva o concesiva cuando el superior da un permiso o consiente una petición o propuesta razonable de autorización, o se le pide el permiso de hacer algo.
Ahora bien, mientras la voluntad humana puede dar un permiso por el hecho de que puede ser prevenida por la voluntad de quien pide el permiso, la voluntad divina, que es anterior a cualquier voluntad distinta de ella, no da ningún permiso a nadie que lo haya pedido, tanto más si se trata de una acción mala. Por esto, el hablar de «permisión del mal», como hace por ejemplo Maritain en un libro por lo demás muy bien hecho ¹⁵, no me parece oportuno. A lo sumo se trata de una permisión ontológica, en el sentido de que es una cosa que no implica contradicción, pero no parece conveniente hablar de permisión en el sentido moral.
Creo, en cambio, que es mejor hablar con toda franqueza en espíritu de fe, de verdadera y propia voluntad, una voluntad no impeditiva y no positiva, pero siempre una verdadera voluntad, que demuestra cómo cuando Dios abre, nadie cierra, y cuando cierra, nadie abre.
Fin de la sexta parte (6/6).
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 20 de enero de 2026
Notas
¹ Sum.Theol., I-II, q.11, a.1.
² Ibid., a.2.
³ Ibid.
⁴ Nota doctrinal ilustrativa, n.5 de la CDF en apéndice a Ad tuendam fidem.
⁵ Ediciones Fede&Cultura, Verona 2021.
⁶ Véase mi libro Progresso nella continuità. La questione del Concilio Vaticano II e del post-concilio, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2011.
⁷ Sobre esta cuestión del paso de la opinión a la certeza dogmática, véase Sisto Cartechini, Dall’opinione al dogma, Edizioni La Civiltà Cattolica, Roma 1953.
⁸ El Card. Walter Kasper es una de las personalidades más fuertes e influyentes de la reforma iniciada por el Concilio Vaticano II concerniente a la relación con los cristianos no-católicos. Él ha favorecido ampliamente durante decenios aquel clima de intercambio fraterno que está en los auspicios del Concilio. Kasper es muy estimado entre los protestantes tanto por su cordialidad como porque calla sobre sus errores. De hecho, siempre ha evitado poner en práctica la disposición del Decreto conciliar Unitatis redintegratio, n.3, según la cual nosotros, los católicos, debemos ayudar a los hermanos separados a superar los obstáculos y a colmar las lagunas que todavía les impiden llegar a la plena comunión con la Iglesia Católica.
⁹ Misericordia. Concetto fondamentale del Vangelo e chiave della vita cristiana, Queriniana, Brescia 2013, p.121.
¹⁰ Véase mi libro Il mistero della Redenzione, Edizioni ESD, Bologna 2004, pp.318-329.
¹¹ Decreto Unitatis redintegratio, n.3.
¹² Una de las últimas es el caso de una alemana mía, Eva, de una antigua familia de colaboradores de Lutero.
¹³ He escrito un opúsculo en el cual sostengo que, en definitiva, nuestro destino se decide ante la elección entre dos propuestas: la que nos viene de Cristo y la que nos viene del demonio. En medio no se puede estar. Véase: Il progetto del demonio. La prospettiva di Satana e quella di Gesù Cristo, Edizioni Chorabooks, Hong Kong 2021.
¹⁴ Esta idea sostenida por Schillebeeckx no es conforme al dato revelado.
¹⁵ Dieu et la permission du mal, Desclée de Brouwer, París 1963.
__________
Anexo
He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
Quaestio: De confrontatio boni et mali
Articulus 6
Utrum haeresis sit gravissimum periculum pro fide et salute hominis
Ad hoc sic proceditur. Ad hoc sic proceditur. Videtur quod haeresis non sit gravissimum periculum pro fide et salute hominis.
1. Caritas enim est virtus excellentissima, et peccatum contra caritatem videtur esse gravius quam peccatum contra fidem. Ergo haeresis, quae est contra fidem, non esset maximum periculum.
2. Praeterea, oecumenismus et dialogus interreligiosus pacem et unitatem inter homines quaerunt. Si haeresis in hoc contextu toleretur, non videtur esse tam periculosa, sed magis via ad concordiam.
3. Item, Deus permittit malum in mundo, etiam peccatum haeresis, et ex eo maiora bona elicit. Ergo non videtur quod haeresis sit maximum periculum, sed potius occasio ut Deus suam misericordiam manifestet.
Sed contra est quod dicitur II ad Corinthios VI: «Quae participatio iustitiae cum iniquitate? aut quae societas lucis ad tenebras? quae conventio Christi ad Belial?». Non ergo potest esse conciliatio inter fidem veram et haeresim.
Respondeo dicendum quod haeresis est gravissimum periculum pro fide et salute hominis, quia consistit in pertinaci recusatione veritatis a Deo revelatae et ab Ecclesia tamquam divinitus revelata propositae. Ipsa destruit ipsum principium salutis, quod est fides, et corrumpit caritatem, quia qui peccat contra veritatem peccat etiam contra amorem. Haeresis est caecitas spiritualis: dat speciem visionis, sed privat visione veritatis salutiferae.
Praeterea, haeresis non solum est culpa moralis, sed etiam crimen in campo iuris canonici, quia impugnat unitatem Ecclesiae et communionem fidelium. Unde Magisterium distinguit gradus assensus: veritates quae credendae sunt fide divina et catholica; quae firmiter sunt accipienda tamquam definitivae; et quae requirunt religiosum obsequium intellectus et voluntatis. Reiectio primarum est haeresis; reiectio secundarum est error contra doctrinam catholicam; reiectio tertiarum est propositio erronea et periculosa.
Falsus oecumenismus, qui de erroribus tacet et veritatem relativizat, periculum haeresis auget, quia confirmat fratres separatos in erroribus suis et debilitare facit fidem catholicorum. Sic relativismus dogmaticus et moralis, ex metaphysica non fundata in ente derivatus, ad corruptionem fidei et vitae christianae ducit.
Denique mysterium mali nos admonet quod Deus voluit non impedire existentiam peccati, etiam haeresis, libertatem creaturarum respiciens. Sed haec permissio non est consensus moralis, sed voluntas non impeditiva, quae sinit malum agere ut ex eo maius bonum oriatur. Nihilominus, pro homine, haeresis manet maximum periculum, quia privat eum ipso principio salutis et ad perditionem aeternam ducit.
Ad primum dicendum quod, quamvis caritas sit virtus excellentissima, haeresis est gravior ex parte causalitatis, quia destruit fidem, quae est fundamentum caritatis. Sine vera fide caritas subsistere non potest.
Ad secundum dicendum quod, verus oecumenismus unitatem in veritate et in communione Ecclesiae quaerit. Falsus autem oecumenismus, qui de erroribus tacet, non est caritas sed deceptio, et ideo haeresis in hoc contextu est adhuc periculosior.
Ad tertium dicendum quod, quamvis Deus ex malo bona eliciat, malum tamen manet malum, et haeresis manet maximum periculum homini, quia eum privat veritate salutifera. Permissio divina non minuit gravitatem haeresis, sed magis manifestat necessitatem verae fidei.
J.A.G.
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