miércoles, 17 de junio de 2026

La herejía del buenismo (Cuarta Parte)

Completamos hoy con esta última entrega la publicación íntegra del libro del padre Giovanni Cavalcoli: "La herejía del buenismo. El buenismo y sus remedios", publicado en 2016 por las Ediciones Chora Books. Lo hemos ido publicando gradualmente, en sus diversos capítulos, una sección por semana. Agradecemos al Maestro Aurelio Porfiri, quien nos ha permitido esta publicación, con la cual los lectores de habla hispana pueden así acceder a una profunda e integral exposición de uno de los errores que más está intoxicando la fe cristiana en nuestros días. [En la imagen: fragmento de la ilustración de la carátula de la edición original en italiano de este opúsculo del padre Giovanni Cavalcoli].

La herejía del buenismo
El buenismo y sus remedios

Chora Books
Hong Kong 2016

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ISBN: 9789887726050


IV. Las principales enseñanzas de la Iglesia acerca de la existencia de los condenados ¹

1. El status quaestionis

A lo largo de toda la historia de la Iglesia los fieles no han dudado jamás de la existencia de los condenados, tan claro son los testimonios de la Escritura y sobre todo del Evangelio. Por otra parte, jamás se ha dudado, sin embargo, de la divina misericordia, ni del hecho que Dios da a todos la posibilidad de salvarse.
Con referencia al espontáneo sentido de justicia que todos tenemos, al menos si somos honestos, siempre ha sido obvio que el pecado merece el castigo y que la virtud merece el premio, por lo cual, procediendo por analogía con la justicia humana, la cual sin embargo es falible, y fundándose sobre textos de la Escritura, nunca se ha experimentado dificultad para reconocer que Dios, infinitamente más justo que el hombre, premia a los buenos y castiga a los malvados ², y pone remedio a las frecuentes lagunas de la justicia humana.
Nunca se ha sentido la necesidad de excluir la justicia como "crueldad" en nombre de la misericordia, sino que siempre se ha sido consciente de que para gobernar bien la comunidad, para disuadir a los malvados y para animar a los buenos, así como para desarrollar una sabia obra educativa, es necesario saber cuando usar misericordia y cuando hacer justicia, en la consciencia del nexo que liga la una a la otra.
Siempre se ha conocido el primado de la misericordia sobre la justicia. Siempre se ha sabido que sería bello persuadir al bien e inducir a los demás o gobernar a los hombres con serenos razonamientos, sin recurrir jamás a las amenazas, a la severidad o al uso de la fuerza.
Pero puesto que la humanidad presente no se encuentra ya en el edén, sino que sufre las consecuencias del pecado original, para inducir a los transgresores al respeto de la ley, no basta aducir siempre argumentos de razón o de fe, sino que cuando se encuentra a sordos o renuentes, es necesario atemorizarlos con la amenaza del castigo, así como un buen médico advierte al paciente de los riesgos que corre al no regularse en los alimentos. Y si en ciertos casos no basta el tratamiento farmacológico, él recurre a la intervención quirúrgica.
Nadie en absoluto niega que en los siglos pasados los gobiernos y la misma Iglesia hayan sido a menudo demasiado severos en el gobierno de los hombres, por no hablar de cuando las más terribles crueldades han sustituido no digo a toda forma de misericordia sino incluso al más elemental sentido de humanidad, por ejemplo en las dictaduras comunistas como en las dictaduras nazifascistas del siglo pasado.
Por esto, ha sido providencial el Concilio Vaticano II en darnos un poderoso estímulo a la misericordia en todas sus formas. El problema es, como se ha dicho, que en este impulso de generosidad y amplitud de corazón, ha pecado de ingenuidad y de exagerado optimismo, como si creyera dirigirse a una humanidad toda hecha de hombres de buena voluntad.
La tarea urgente para el hoy, como desde hace cincuenta años nos dicen los espíritus más advertidos, es la de -por así decir- corregir el tiro o levantar la puntería, o sea, la tarea de recuperar con prudente sabiduría una moderada severidad, sin volver a caer en los excesos del pasado y sin olvidar las conquistas del presente.

2. Documentos de la Iglesia

1) De la Profesión de fe del papa san Dámaso (siglo V): “Limpios nosotros por su muerte y sangre, creemos hemos de ser resucitados por El en el último día en esta carne en que ahora vivimos, y tenemos esperanza que hemos de alcanzar de El o la vida eterna, premio de nuestro buen mérito, o el castigo de suplicio eterno por nuestros pecados. Esto lee, esto retén, a esta fe has de subyugar tu alma. De Cristo Señor alcanzarás la vida y el premio” (Denz. 72).
2) El Concilio de Orange (Arelatense) del 473, afirma: "Profeso que están preparados el fuego eterno y las llamas del infierno para los pecados mortales, porque merecidamente a aquellos que han perseverado hasta el fin en las culpas humanas, se sigue la sentencia divina, en la cual justamente incurren aquellos que no han creído con todo el corazón a estas cosas" (Denz. 342).
3) Del Símbolo “Quicumque” (siglo V): “Aquellos que han hecho el bien irán a la vida eterna; aquellos que han hecho el mal, al fuego eterno” (Denz. 76).
4) Canon 9 del Concilio de Constantinopla del 543: “Si alguno afirma o considera que el suplicio de los demonios y de los impíos sea temporal, que en un cierto momento tendrá fin, y que se dará una reconstitución o reintegración de los demonios y de los impíos, sea anatema" (Denz. 411).
5) La existencia de condenados se recaba también de la enseñanza de san Pablo, el cual, refiriéndose a aquellos que son salvados, habla de "aquellos que Dios ha predestinado" (Rm 8,29), lo cual hace comprender que con ese pronombre partitivo ("aquellos que ha predestinado") que no todos están predestinados a la salvación.
Y es precisamente aquello que el capítulo 1 del Concilio de Quierzy del 853 (Denz. 621) confirma. Luego el Concilio de Valence del 855, precisa que "Dios conoce por anticipado la malicia de los condenados, pero no los ha predestinado, porque tal malicia no viene de Él, sino que viene de ellos" (Denz. 628).
La predestinación divina ³ para la salvación, de la que habla san Pablo, es el plan y la realización de la misericordia divina, es decir, el hecho de que Dios ha elegido desde la eternidad a quienes desea salvar, aunque ofrece a todos la posibilidad de salvación. Según san Pablo el primero de los predestinados es el mismo Jesucristo (Rm 3,25).
El concepto de la predestinación está conectado con el de la elección (cf. Mt 22,14; 24,22; Lc 18,17 Rm 8,33; 2 Tm 2,10; Ap 17,14), que por lo demás es otro concepto fundamental de la Biblia, también él marginado por los buenistas, porque está claro que, si Dios salva a todos, no tiene sentido hablar ni de predestinación ni de elección, dado que, también este concepto, como el primero, supone un conjunto de sujetos, entre los cuales son elegidos algunos, dejando de lado a los otros.
El pensamiento de la predestinación, según el cual debemos esperar salvarnos, debe suscitar en nosotros, sí, un saludable temor, pero sobre todo una inmensa gratitud y una firme esperanza, al pensar que hemos sido proyectados y amados por Dios antes de la creación del mundo. ¡Ay de nosotros si no correspondemos a tanto amor! Pero, como enseña el Concilio de Trento, no podemos tener en esto una certeza de fe ⁴, como presumía Lutero, y por otra parte no sabemos quien y cuantas personas están en el infierno.
No se debe entender la predestinación en un sentido fatalista, confundiéndola con la concepción griega del destino -la así llamada anánke o eimarméne-, que concibe la voluntad divina avulsa de la sabiduría, niega el libre albedrío y el mérito.
Predestinación no es el hecho de que estamos predestinados a perdernos, que nos perdemos no obstante las obras buenas. O bien, a la inversa, no es la fe de salvarnos, aún sin las obras y sin hacer penitencia. Este es el error de Lutero. Ciertamente no podemos cambiar la decisión divina. Pero no es necesario: basta que, con la gracia de Dios, cumplamos nuestro deber cotidiano, pidamos insistentemente, por ejemplo recitando el Ave María, el don de la perseverancia final, y podremos estar ciertos, en la esperanza, de estar predestinados.
El misterio de la divina misericordia está por tanto conectado con el de la predestinación. Dios hace misericordia a quien quiere, como quiere, cuando quiere y cuanto quiere.
¿Por qué favorece a aquél más que a éste? ¿Por qué ha favorecido más a aquél que a peste? ¿Por qué ha aprobado a Abel y desaprobado a Caín? ¿Por qué ha elegido a David y ha rechazado a Saúl? ¿Por qué ha favorecido a la Virgen más que a todos los santos? ¿Por qué, para salvarnos, ha elegido a un Judío y no a un Griego o a un Romano? No lo sabemos y no nos debe interesar. Debemos simplemente tomar nota y confiar, sin críticas ni murmuraciones. Nuestro deber es, como dijo Manzoni en el lecho de muerte del beato Antonio Rosmini: "agradecer, adorar, callar".
6) El capítulo 3 del Concilio de Quierzy afirma: "Dios todopoderoso 'quiere salvar' sin excepción a 'todos los hombres' (1 Tm 3,4), aunque no todos se salvan. Que algunos se salven, es don del Salvador; que algunos perezcan, es mérito de aquellos que perecen" (Denz.623).
7) El Cap.4: "No hay nadie por quien Cristo no haya sufrido, aunque no todos sean redimidos por el misterio de su pasión" (Denz.624).
8) En el Canon Romano, el celebrante pide a Dios para sí y para los fieles que participan en la Misa que sean contados "en el número de los elegidos". También el Concilio Vaticano II recuerda la existencia de los "elegidos" (Lumen Gentium, n.2).
9) El cap.1 del Concilio Lateranense IV de 1215 profesa que Cristo "vendrá al fin del mundo a juzgar a los vivos y a los muertos, y a rendir a cada uno según sus obras, tanto a los reprobados como a los elegidos, todos los cuales resucitarán con su propio cuerpo que ahora poseen, para recibir según sus obras, sean buenas, sean malas, aquellos una pena perpetua con el diablo, estos la gloria eterna con Cristo" (Denz.801).
10) La profesión de fe del II Concilio de Lyon de 1274 enseña que "las almas de los que mueren en pecado mortal o con solo pecado original, descienden inmediatamente al infierno, para ser sin embargo castigadas con penas dispares" (Denz.858). Este texto es retomado por el Catecismo de la Iglesia Católica n.1035.
11) El Concilio de Trento enseña que "aunque Cristo murió por todos (2 Cor 5,15), no todos reciben el beneficio de su muerte, sino solo aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión" (Denz.1523).
12) Así el Catecismo Tridentino de 1556 define el infierno: "Prisión terribilísima y oscurísima, en la cual con un fuego perpetuo e inextinguible son atormentadas las almas de los condenados junto con los espíritus inmundos, lugar que es llamado también gehenna, abismo y con su propio nombre 'Infierno'" ⁵.
13) El Catecismo Mayor de san Pío X define al infierno "el extremo mal que tendrán los malos" ⁶.
14) El Concilio Vaticano II, en la Lumen gentium recuerda que "todos nosotros compareceremos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno lleve consigo (komísetai) lo que habrá hecho cuando estaba en su cuerpo, tanto en bien como en mal' (2 Cor 5,10) y al fin del mundo 'saldrán de él, quien ha obrado el bien, a resurrección de vida, y quien ha obrado el mal, a resurrección de condenación'(Jn 5,29; cf Mt 25,46)" (n.48).
15) La Carta sobre algunas cuestiones relativas a la escatología de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 17 de mayo de 1979, entre algunos puntos "pertenecientes a la esencia de la fe", cita lo siguiente: "La Iglesia, en fiel adhesión al Nuevo Testamento y a la Tradición, cree que una pena para siempre espera al pecador, el cual será privado de la visión de Dios, como cree en la repercusión de tal pena en todo su ser" (n.7).
16) El Catecismo de la Iglesia Católica en el n.1034 recuerda que "Jesús anuncia con palabras severas que 'él enviará a sus ángeles, los cuales recogerán... a todos los que obran iniquidad y los arrojarán en el horno ardiente' (Mt 13,41-42) y que pronunciará la condena: '¡Aléjense de mí malditos, id al fuego eterno!' (Mt 25,41)".

Conclusión

Las herejías atraen por su apariencia de verdad, de razonabilidad o de conveniencia. Otras son aceptadas precisamente en su irracionalidad o absurdidad, porque algunos creen que la fe esté contra la razón. La herejía buenista pertenece a las de la primera especie.
En efecto, partiendo de la idea de que Dios es bueno, omnipotente y que quiere salvar a todos(1 Tm 2,4), no se ve por qué no se debería admitir que de hecho Él salva a todos, dado que todos buscan espontáneamente la felicidad y Dios es el fin último y el supremo bien del hombre. No se entiende -dice John Bertrand Russell junto a muchos otros- cómo un Dios bueno podría permitir una pena eterna.
Y sin embargo la fe y en el fondo la sana razón, como encontramos en las religiones, nos enseñan que es un hecho el mal con sus consecuencias, y la historia no es una consideración de posibles, sino de hechos.
Dios, si hubiera querido, habría podido crear un mundo donde el mal hubiera estado ausente. Si no lo ha hecho, dado que Él es bondad infinita, debe haber tenido un motivo que a nosotros se nos escapa, aún cuando puedan ser alegados motivos de conveniencia, como han hecho san Agustín y santo Tomás. ⁷
Sin embargo Cristo, si bien no nos ha explicado el por qué de la existencia del mal, porque eso está por encima de nuestra comprensión, nos ha desvelado el sentido del mal, vale decir, del pecado y del sufrimiento, y nos ha enseñado cómo liberarnos de él. Por lo tanto, la tesis puesta a circular por Enzo Bianchi, por Schillebeeckx y por otros, aún cuando se autodenominen cristianos, según la cual el sufrimiento no tiene sentido y que por tanto no se puede sacar de él nada de bueno, por lo cual debe ser combatido siempre, en cualquier caso y con todos los medios, sic et simpiciter, es ignorancia del Evangelio y es una gran estupidez, que conduce a la blasfemia, al nihilismo y a la desesperación.
El Evangelio nos enseña que el pecado debe, sí, ser absolutamente combatido, pero no el sufrimiento, porque de él Cristo con su cruz ha obtenido la salvación de la humanidad y es la justa pena de los condenados.
Por otra parte, es necesario señalar que, para evitar totalmente el buenismo y poseer la recta fe, no sólo se debe rechazar la idea de que todos se salvan, sino que también no basta limitarse a sostener la simple “posibilidad” de la condenación. En efecto, éste es un error del Catecismo Holandés, que fue hecho corregir por el Beato Paulo VI, quien hizo sustituir esa tesis con el pasaje de Mt 25,31-46, citado por el Concilio y por el Catecismo de la Iglesia Católica, donde aparece claramente el hecho de la existencia de los condenados ⁸.
El buenismo crea en el ánimo una falsa confianza en Dios, que vuelve demasiado seguros de la propia salvación. El buenista está convencido que Dios está de tal manera inmanente en su conciencia, como para rozar el panteísmo. Esta falsa confianza en Dios hace perder el santo temor de Dios ⁹ impulsando a tratarlo como alguien que está a la par, tal vez incluso con sentido de superioridad, que puede desembocar en la magia y en el gnosticismo.
Esta falsa confianza hace perder la reverencia que le es debida al Altísimo y el culto debido al Misterio, por lo cual genera una liturgia manipuladora, privada de sacralidad y el celebrante termina por asemejarse a un cocinero, que cada vuelta inventa una nueva comida para sus clientes.
El Catecismo Tridentido ¹⁰, exhorta a meditar sobre el Día del Juicio universal, del cual habla Mt 25, porque él da esperanza a los buenos y atemoriza a los malos. Esta meditación, en efecto, “tiene una eficacia inmensa para refrenar las malas pasiones del alma y apartar a los hombres de los pecados. Y así se lee en el Eclesiástico: ‘En todas tus acciones acuérdate de tus novísimos, y nunca jamás pecarás’ (Sir 7,40).
Pues, a decir verdad, apenas habrá alguien que se deje arrastrar tan locamente hacia el pecado, a quien no detenga, llamándole a la práctica de la pedad, el pensar que ha de llegar un día en que habrá de dar cuenta ante el rectísimo Juez, no sólo de todas sus obras y palabras, sino hasta de los pensamientos más recónditos.
El justo, por el contrario, debe excitarse más y más, y resolverse con suma alegría a practicar el bien, aunque pase la vida en la miseria, deshonrado y perseguido, cuando vuelve la consideración a aquel día en que, después de los combates de esta miserable vida, se le declarará vencedor en presencia de todos los hombres, y, recibido en la Patria Celestial, será ensalzado con los honores divinos y ciertamente eternos. Por consiguiente, lo que resta es exhortar convenientemente a los fieles a que se procuren un modo de vivir rectamente y a que se ejerciten en todos los actos de piedad, para que puedan esperar con mayor tranquilidad de ánimo aquel día grande del Señor, que está próximo, y desearle con grandes ansias, como corresponde a sus hijos” (Parte I, capítulo VII).

Notas

¹ Cf B.Gherardini, L’inferno nel Magistero supremo della Chiesa, in Inferno e dintorni, op.cit., pp.67-77; C.V.Héris,OP, Il dogma dell’inferno e la teologia, en AA.VV., L’inferno, Morcelliana, Brescia 1953, pp.169-214; G.Cavalcoli,OP, L’inferno esiste. La verità negata, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2010.
² C.Spicq, OP, La rivelazione dell’inferno nella Sacra Scrittura, en AA.VV., L’inferno, op.cit., pp.63-103; S.M.Manelli, L’inferno e la dannazione eterna secondo il Nuovo Testamento, en L’inferno e dintorni, op.cit., pp.25-65.
³ Summa Theologiae, I, q.23.
 Denz.1540.
 Citado por Gherardini, op.cit, p.74.
Citado por Gherardini, op.cit, p.75.
Summa Theologiae, I, q.22, a.2 I-II, q.79; III, q.46, aa.2-3. J.Maritain, Dieu et la permission du mal, Desclée de Brouwer, París 1963; mi Introducción Il mal, en las Cuestiones disputadas de Santo Tomás de Aquino, vol.VI, Ediciones ESD, Bolonia 2002.
 Cf. Il Nuovo Catechismo Olandese, Edizioni LDC, Torino-Leumann, 1979, pp.581-582 y (82). Versión española: Nuevo Catecismo para Adultos, Versión íntegra del Catecismo Holandés, Editorial Herder, Barcelona 1969, pp. 104s, 459s.
 Summa Theologiae II-II, q.19.
¹⁰ Edizioni Cantagalli, Siena 1981, pp.113-114.

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