martes, 16 de junio de 2026

La gran maniobra del idealismo

¿No es inquietante que desde el modernismo se haya intentado dar ciudadanía eclesial al idealismo alemán, presentándolo como “pensamiento moderno” frente a la escolástica? ¿Qué significa que el Vaticano II, abierto al diálogo, haya permitido que los idealistas se reanimen bajo su sombra, buscando disolver la claridad doctrinal en un pluralismo confuso? ¿No es grave que el idealismo hegeliano, raíz del marxismo y del totalitarismo, se disfrace de espiritualidad y seduzca incluso a hombres doctos? ¿Qué consecuencias tiene el intento de conciliar a santo Tomás con Kant, con Hegel o con Heidegger, cuando la Iglesia siempre ha condenado estos híbridos engañosos? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra que sólo distinguiendo entre un idealismo lícito, como el de san Agustín y san Buenaventura, y un idealismo ilícito, como el de Descartes y Hegel, la Iglesia podrá custodiar la verdad y permitir que el genio del pueblo alemán dé lo mejor de sí en obediencia a Cristo. [En la imagen: fragmento de "El filósofo Georg Wilhelm Friedrich Hegel", óleo sobre lienzo, obra de Jakob Schlesinger, conservado en la Alte Nationalgalerie, Berlín].

La gran maniobra del idealismo

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 23 de noviembre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-grande-manovra-dellidealismo-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Desde la época del modernismo, condenado por san Pío X, se viene gestando en el seno de la Iglesia una compleja maniobra de los filo-idealistas para obtener en lo interno de la doctrina católica un derecho de ciudadanía también para el idealismo alemán, el llamado "idealismo trascendental" una operación similar -esto sea dicho sin desprecio hacia nadie- a aquella por la cual en el campo político Turquía se ha ido esforzando para demostrar a Europa contar con los papeles en regla para formar parte de la Comunidad Europea.
La del idealismo es una secular cuestión, que se arrastra desde el Medioevo, desde los tiempos de Meister Eckhart, gran místico dominico alemán, el cual ideó una espiritualidad cristiana de tendencia panteísta, que sin embargo no fue aprobada por la Iglesia y de hecho fue condenada. Hoy existen quienes se esfuerzan por demostrar las buenas intenciones de Eckhart, sosteniendo que su mística sería defectuosa sólo desde el punto de vista del lenguaje y reflejaría la modalidad propia de la espiritualidad alemana, conducida a una especie de subjetivismo o a un acentuado interiorismo que se asemejaría al inmanentismo y al panteísmo pero sin llegar a serlo, expresión de lo que los alemanes llaman con un término intraducible, el Gemüt, una especie de síntesis entre sentimiento, emoción e intuición.
Una cierta presencia de idealismo o de apriorismo siempre ha sido admitida en la Iglesia: se trata de la vena o filón platónico, que está presente en el gran san Agustín de Hipona e inicia toda una escuela de espiritualidad que brilla por ejemplo en san Anselmo y en san Buenaventura. Al mismo tiempo, sin embargo, con el surgimiento del genio de santo Tomás de Aquino, la Iglesia, hasta nuestros días, no ha ocultado nunca su preferencia por el realismo tomista respecto al por lo demás moderado y aceptable idealismo, propio sobre todo de la tradición mística.
Sin embargo, hay que decir que: hay idealismo e idealismo. Con Descartes ha nacido un nuevo y más extremo idealismo que ha comenzado a crear preocupaciones para la Iglesia. Ya las obras de Descartes en 1663 fueron puestas en el Índice. Y desde entonces el idealismo cartesiano, aliándose en Alemania con el luteranismo, inició una tendencia de pensamiento la cual, aunque declarándose "cristiana", culminando en el pensamiento de Hegel, entraba en un conflicto cada vez mayor con la doctrina de la Iglesia Romana, hasta llegar a la condenas del idealismo en el beato Pío IX, al Concilio Vaticano I, en el papa san Pío X y en el papa Pío XII. Los retoños y esquejes de esta oposición al idealismo inmanentista todavía se pueden encontrar hoy, por ejemplo, en la encíclica Fides et Ratio del beato papa Juan Pablo II.
Extrañamente, el idealismo subjetivista y panteísta no ha sido condenado por el Concilio Vaticano II. Algunos se lamentan de que el Concilio ni siquiera ha reiterado la condena del comunismo. Pero esto no me parece una grave laguna, ya que existe desde 1937 la espléndida encíclica Divini Redemptoris del papa Pío XI, un documento de amplio alcance con el cual el comunismo viene detalladamente descripto y refutado.
Nunca jamás nada similar la Iglesia ha hecho con respecto al idealismo ¹, que también es una doctrina compleja, no desprovista de valores, pero donde el error es sutil y fascinante, tal como para engañar incluso a espíritus escogidos y hombres doctos, porque se presenta con el rostro de la alta especulación, de la mística y de la espiritualidad. Además, el idealismo alemán, heredero de Descartes y de Lutero, se presenta con el nombre seductor de "pensamiento moderno", más allá y superador de la "teología escolástica", considerada ya anacrónica, por no decir equivocada. Y esto, naturalmente, involucra también la doctrina de santo Tomás de Aquino. ¿Y quién no quiere ser moderno y rechaza quedarse estancado en el Medioevo? Tanto más porque hemos tenido hace cincuenta años un Concilio que precisamente ha tenido entre sus intenciones la de asumir los valores de la modernidad. ¿Y entonces?
Sin embargo, el Concilio no ha abandonado en absoluto la tradicional preferencia por el realismo tomista, expresión excelente del realismo bíblico y del tradicional realismo de la Iglesia y de todos los Padres, de los Santos y de los Doctores, aunque en el pleno respeto de la tradición agustiniana, cuyo idealismo sin embargo es del todo innocuo y de hecho recomendable, porque, al exaltar el verdadero valor de la conciencia y de la interioridad, admite la trascendencia divina y la limitación del hombre, mientras que el idealismo moderno "trascendental" cae sin embargo en el inmanentismo y en una concepción del hombre que se identifica con Dios, quizás bajo el pretexto de la "Encarnación del Verbo" y de la vida de gracia.
Por eso, no estamos de acuerdo aquí en absoluto, y la Iglesia no puede más que rechazar absolutamente, sin medios términos, este tipo de idealismo, el cual, como he dicho, tiene su máximo representante en Hegel y en su escuela hasta el día de hoy, como por ejemplo en Italia, con Giovanni Gentile.
Por otra parte, este idealismo, como ha sido demostrado por Fabro y Cottier, no es más que un cripto-ateísmo, que vendrá a ser explicitado luego por Marx, el cual precisamente parte explícitamente de Hegel y no hace más que explicitar las potencialidades contenidas en el pensamiento hegeliano. En efecto, si con el idealismo el hombre viene absorbido en Dios (la famosa Erhebung), nada impide la operación contraria de un Dios que se disuelve y desaparece en la absolutidad del hombre, como lo decía el mismo Marx: "El hombre es Dios para el hombre". La "alienación" (Entfremdung y Entäusserung), por la cual el hombre es esclavo de un Dios trascendente, ya existe en Hegel, y Marx no hará más que "liberar" al hombre de este Dios trascendente y esclavizante. Y si en Hegel el Dios inmanente es el hombre mismo, en Marx sólo queda la absolutidad del hombre, que ya no se llama "Dios", sino simplemente "Hombre". Y es significativo que hoy ciertos ateos, como refería el cardenal Ravasi, no quieran llamarse "ateos" (aunque lo sigan siendo), sino "humanistas seculares".
Ni siquiera la masonería, que aunque rechaza toda religión positivo-revelada, llega a la impiedad, que es fingida espiritualidad, del idealismo hegeliano que desemboca en el ateísmo marxista, ya que al menos la masonería oficial (si queremos excluir la masonería esotérica) se detiene en la religión natural-racional del iluminismo y admite la existencia de Dios.
Por no hablar de la salida o resultado totalitario (fascista, nazi y comunista) de los principios hegeliano-marxistas, que hemos abundantemente experimentado en el siglo pasado. La masonería, al menos, por más que sea anticlerical, se pone en el plano de la democracia y de los derechos humanos. Pero las consecuencias últimas del hegelianismo marxista conducen a la humanidad a la más atroz barbarie.
Sin embargo, ha sucedido que con la atmósfera del Vaticano II, abierta como se sabe al diálogo con las culturas y las religiones, hasta el contacto con los no-creyentes, los idealistas han vuelto a vivir con más fuerza que nunca, decididos a ser admitidos en el horizonte oficial de la doctrina católica, o bien intentando disolver la tradición dotada de univocidad, precisión y unidad propios de la doctrina católica en nombre de un confuso y contradictorio "pluralismo" que podría dar espacio y cabida también a Lutero, Hegel, Descartes y quizás incluso a Marx.
No se puede negar que la atención dada por la Iglesia al idealismo en general haya dado resultados positivos, conduciendo por ejemplo a la valorización de personajes antaño marginados por una tendencia tomista quizás demasiado prevalente en la Iglesia: pensemos, por ejemplo, en un Blondel, en un Rosmini, en un Newman, en Duns Scoto, en una Edith Stein. El mismo Eckhart viene visto con simpatía y alguno ha sugerido promover su Causa de Beatificación. Todo esto es ciertamente positivo.
Es necesario, en cambio, bloquear y frustrar de una vez por todas otra forma de apoyar el idealismo, que no puede conducir y no conduce a nada bueno. Se trata de una maniobra idealista que tiene sus orígenes explosivos en el modernismo de los tiempos de san Pío X, pero que ya había iniciado en sordina en el siglo precedente, cuando la Iglesia, con Gregorio XVI y el beato Pío IX, desaprobó el intento de algunos teólogos alemanes, Hermes, Günther y Frohschammer, de reconciliar el catolicismo con el hegelianismo.
En la Escuela de Lovaina, a principios del siglo pasado, se produjo entonces el intento, aunque también fallido, por más que haya tenido mucho éxito, del jesuita Joseph Maréchal, de conciliar a santo Tomás con Kant. Tal intento fue precursor de aquel, mucho peor, también él fallido (pero pocos hoy se dan cuenta), de Karl Rahner de conciliar a santo Tomás con todos los errores del idealismo moderno hasta Husserl y Heidegger.
Esta última tentativa, aunque ya haya suscitado justas críticas desde hace cuarenta años, todavía no ha sido condenada oficialmente por la Iglesia, pero espera serlo, como la Iglesia siempre ha condenado estos engañosos hibridismos, sobre todo cuando vienen a difundirse peligrosamente. Hasta ahora los rahnerianos, con su astucia, se han cubierto bajo la sombra del Concilio Vaticano II, pero cuando sea realmente claro para todos aquello que el Concilio ha dicho verdaderamente (algo que aún después de cincuenta años todavía está por aclararse, al menos en el problema de la teología), los errores de Rahner vendrán a ser claros para todos.
De modo similar en la Universidad Católica de Milán se produjo en los años cincuenta-sesenta el intento generoso pero ingenuo y sustancialmente ilusorio de Giuseppe Bontadini, desenmascarado y refutado por el padre Fabro, de conciliar el catolicismo con el idealismo de Giovanni Gentile, que descaradamente se declaraba "católico" (y tal era considerado por muchos), no obstante su apertísimo inmanentismo panteísta.
Bontadini intentó iniciar un catolicismo de inspiración idealista e incluso parmenídea, rechazando a Aristóteles. Las consecuencias últimas de tal insensata empresa las sacó un discípulo suyo, Emanuele Severino, el cual incluso cayó en una forma de monismo eternalista ateo, con la acusación de "nihilismo" hecha al cristianismo y al entero pensamiento occidental. ¿Acaso queremos refugiarnos en el Oriente? ¿En el nihilismo budista? Hay alguno que hoy se lo está pensando seriamente.
Es necesario que el genio alemán, que se expresa en el idealismo trascendental, pero no sólo en él, se deje disciplinar por la doctrina católica, intérprete infalible de la Palabra de Dios, como lo ha hecho mucho tiempo antes la cultura greco-romana, dando así lo mejor de sí misma en la obediencia a Cristo.
Lo que quiere decir que es necesario que la Iglesia distinga claramente de una vez por todas un idealismo lícito y compatible con el Evangelio, fuente de humildad y santidad, como el de un san Agustín de Hipona y un san Buenaventura, de un idealismo ilícito e incompatible con Cristo, fuente de soberbia y de impiedad, como el que iniciando con Descartes mixturado con Lutero, culmina con Hegel.
En estas condiciones, el genio alemán dará verdaderamente lo mejor de sí mismo en el concierto pluralista del pensamiento católico y de la plena comunión eclesial, según su más bella tradición que comienza con san Alberto Magno, prosigue con Corrado Köllin para llegar a los Kleutgens, a los Weiss, a los Schmaus, a los Bartmann, a los Pieper, a los Guardini, hasta llegar a la actual estrella de la sabiduría alemana, el mismo Joseph Ratzinger, hoy Sumo Pontífice felizmente reinante, papa Benedicto XVI. El Papa, como doctor privado, es evidentemente muy libre de seguir a san Agustín o a san Buenaventura o a Guardini, aun cuando oficialmente recomiende a santo Tomás, pero nunca encontraremos a un Ratzinger, ni siquiera como doctor privado, seguidor de Lutero o de Hegel.
Igualmente también Juan Pablo II, como Papa, no podía dejar de recomendar a santo Tomás, pero, como doctor privado -como me dijo un día el padre Fabro que se lo había oído al mismo Papa-, Wojtyla prefería a Duns Scoto. El pluralismo teológico es una de las riquezas y de las glorias de la Iglesia Católica, pero sobre el camino de la verdad hay límites y vallas que no se pueden traspasar.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 23 de noviembre de 2012

Notas

¹ Recordemos que este artículo del padre Cavalcoli es del año 2012. Cabe recordar que el papa Francisco, en la exhortación apostólica Gaudete et exsultate (2018), ha condenado el idealismo bajo la forma del gnosticismo, señalando que se trata de una falsificación de la fe que absolutiza el pensamiento y lo separa de la realidad. JG

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum idealismus modernus possit admitti in doctrina catholica

Ad hoc sic procediturVidetur quod possit admitti.
1. Quia ab Augustino et Bonaventura in Ecclesia invenitur vena idealistica quae extollit interioritatem et conscientiam, et habetur tamquam fons spiritualitatis et sanctitatis. Si talis idealismus receptus et commendatus est, etiam modernus recipi posset.
2. Praeterea, Concilium Vaticanum II, apertum ad dialogum cum culturis et religionibus, non expresse damnavit idealismum, unde videtur quod locum habere possit in cogitatione catholica. Si Concilium intendit assumere valores modernitatis, idealismus, qui se praebet ut cogitatio moderna, recipi deberet.
3. Item, nonnulli auctores sicut Blondel, Rosmini, Newman et Edith Stein in Ecclesia revalorati sunt, quorum cogitatio ostendit idealismum posse esse compatibile cum fide. Si tales cogitatores rehabilitati sunt, etiam idealismus germanicus rehabilitari posset.
4. Denique, idealismus se praebet ut alta speculatio et spiritualitas, quae etiam viros doctos allicit. Si Ecclesia vult ditare horizontem intellectualem, non debet eum excludere.

Sed contra est quod dicit sanctus Thomas, quod intellectus humanus cognoscit ens per analogiam a sensibilibus, distinguens inter ens creatum et ens divinum. Magisterium, a Pio IX usque ad Pium XII, damnavit idealismum inmanentisticum et pantheisticum. Beatus Ioannes Paulus II in Fides et ratio confirmat primatum realismi tomistici tamquam fundamentum certum philosophiae christianae. Praeterea, idealismus modernus, ex Descartes et Luthero ortus, in Hegel et Marx consummatur et ad impietatem atque ad totalitarismum ducit.

Respondeo dicendum quod idealismus modernus, praesertim hegelianus, est periculosa machinatio quae conatur se inserere in doctrinam catholicam sub nomine cogitationis modernae. Ecclesia quidem agnoscit idealismum licitum apud Augustinum et Bonaventuram, qui interioritatem extollit sed simul admittit transcendens divinum et limitationem hominis; sed omnino recusat idealismum transcendentalem qui in inmanentismum et in identitatem hominis cum Deo labitur. Hic idealismus est crypto‑atheismus qui in Marx et in totalitarismis saeculi XX consummatur. Memorandum est quod iam a modernismo, a sancto Pio X damnato, tentatum est dare civitatem idealismo germanico intra Ecclesiam, et quod tales conatus iterum apparuerunt apud Rahner et Bontadini, cum eventu hybridorum fallacium quos Ecclesia semper damnavit. Ecclesia clare distinguere debet inter idealismum compatibilem cum Evangelio et idealismum illicitum qui ad impietatem ducit. Realismus tomisticus, expressio realismi biblici et patristici, manet tamquam criterium certum veritatis.

Ad primum dicendum quod idealismus augustinianus et bonaventurianus licitus est, sed non idem cum moderno, qui est inmanentisticus et pantheisticus. Obiectio solvitur quia idealismus modernus non servat transcendens divinum.
Ad secundum dicendum quod Concilium Vaticanum II non expresse damnavit idealismum, sed nec approbavit; servavit praerogativam realismi tomistici et numquam locum dedit hegelianismo.
Ad tertium dicendum quod revaloratio quorumdam auctorum non implicat acceptationem idealismi hegeliani, sed recognitionem partium compatibilium cum fide. Ecclesia distinguit inter cogitatores qui ditant traditionem et doctrinas quae eam corrumpunt.
Ad quartum dicendum quod alta speculatio idealismi moderni est fallax, quia sub specie spiritualitatis abscondit inmanentismum qui ad impietatem ducit. Ecclesia eum admittere non potest, cum eius munus sit custodire veritatem revelatam.
   
JG

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