La dialéctica, ¿es camino hacia la verdad o hacia la confusión? ¿Qué ocurre cuando se convierte en pura contradicción y se desliza hacia lo diabólico, sembrando división y mentira? ¿No es acaso la analogía (la analéctica), más que la dialéctica, la que permite pensar con coherencia los misterios del ser y de la fe, como la Encarnación y la unión de las dos naturalezas de Cristo? ¿Podemos seguir confiando en un método que, desde Descartes hasta el marxismo, ha terminado por confundir a Dios con el demonio? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli invita a descubrir que sólo la integración de la dialéctica con la analéctica abre el camino a la verdadera dialógica, donde la unidad de los valores eternos se expresa en la legítima pluralidad de la historia. [En la imagen: el padre Tomas Tyn OP].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 12 de junio de 2026
Dialéctica, dialógica y diabólica
Dialéctica, dialógica y diabólica
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 12 de junio 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/dialettica-dialogica-e-diabolica-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
La partícula griega "dia" es rica en significado y hace de preposición a muchos términos italianos derivados del griego, cuya lista sería muy larga y significativa. Quisiera detenerme aquí solamente en algunos de estos términos con una yuxtaposición que a algunos les puede parecer extraña y tal vez incluso impertinente. Y en cambio, si el lector tuviera la bondad de seguirme, considero que no tendrá la sensación de perder el tiempo, sino que podrá nutrir su espíritu.
Múltiples y diversificadas son las sugerencias que provienen de la usadísima palabra "dialéctica": viene a nuestra mente Platón con sus "diálogos" y el debate entre los interlocutores en la búsqueda de la verdad; recordamos la concepción aristotélica de la dialéctica como arte de la argumentación probable. Aristóteles vincula la dialéctica a la opinión, no a la ciencia.
Nos viene luego a la mente Abelardo, con sus disputas en las cuales se llega a la verdad mediante la confrontación entre tesis opuestas: sigue siendo la línea platónica aferrada y regida por el método del sic et non. Saltamos luego a Kant, con su famosa "dialéctica trascendental", con la cual pretende exponer lo que él, influido por el pesimismo luterano, considera ser una frustración o engaño inevitable de la razón respecto de las apariencias trascendentales irresolubles, pertenecientes a la existencia de Dios, del mundo y del hombre.
En Fichte, continuador del dialectismo kantiano, aparecen los albores de aquello que será la dialéctica hegeliana con la concepción del Yo que opone a sí un no-Yo en lo interno del Yo. Luego sigue la dialéctica hegeliana aún más famosa, con su "mágico poder de lo negativo", para el cual de la negación surge la afirmación como negación de la negación, en cuanto la negación se niega a sí misma, así como por otra parte también la afirmación, de modo que la dialéctica se vuelve a poner en movimiento. De esta dialéctica, entonces, como es sabido, "nuevamente puesta con la cabeza arriba y los pies abajo", para usar la misma expresión de Marx, surge la otra conocidísima dialéctica marxiana.
Queriendo tirar de los hilos de este panorámico recorrido histórico a vuelo de pájaro, es posible señalar dos concepciones de la dialéctica en relación con la ciencia: la dialéctica como ciencia y la dialéctica como esbozo de la ciencia. Platón despeja el terreno para entrambos caminos. En el primer grupo Platón nos enseña el movimiento del pensamiento, por lo cual tenemos el idealismo que termina en el ateísmo: ese camino va desde Fichte hasta Hegel y Marx.
Pero Platón también abre el segundo grupo, con la tensión hacia lo eterno y lo inmutable. Y de aquí parten Aristóteles, Abelardo y Tomás de Aquino, que retoma a Aristóteles. Kant constituye un punto de pasaje o transición de la dialéctica de la apariencia a la dialéctica fichtiana y hegeliana como ciencia, sin por ello renunciar a la reducción kantiana del ser (la cosa en sí) al aparecer (el fenómeno).
Aquí chocan dos concepciones opuestas del saber: en la primera, es decir, la dialéctica como ciencia, la primacía pertenece al devenir y al movimiento del concepto; en cambio en la segunda, donde la dialéctica prepara para la ciencia, la primacía pertenece al ser y a la inmutabilidad del concepto, aunque al final de la búsqueda dialéctica.
En la primera no hay nada fijo sino que todo es siempre puesto en discusión; en la segunda, en cambio, se consiguen resultados definitivos e indiscutibles, aunque a estos siempre se pueden añadir otros, pero siempre de este valor, definitivo e indiscutible. El primero es un pensamiento que no encuentra la paz y no resuelve los conflictos sino que siempre los vuelve a abrir. El segundo, en cambio, tras el movimiento y la búsqueda investigativa, conoce la quietud, después del trabajo encuentra el reposo y después del camino alcanza la meta.
Actualmente, con el declive de estas grandiosas visiones totalizadoras, las así llamadas "ideologías", parece hoy que también disminuye la importancia de la dialéctica y el interés por este mecanismo del pensamiento, que ha tenido una historia tan larga, antigua y compleja, no sin notables variaciones de significado.
Sin embargo, ha quedado un sentido de fondo, subyacente: la oposición entre dos términos en contraste con la prospectiva o la esperanza de la síntesis y de la conciliación. La partícula "dia" dice, en efecto, cruce o atravesamiento entre dos términos y por lo tanto al mismo tiempo conexión y oposición, relación y mediación, diferencia y motivación. La dialéctica está pues ligada al hablar, al dialogar, al razonar, al confrontar, al comparar, al debatir, al devenir, al progreso, pero también al contraste, a la contradicción, al conflicto, al litigio, a la contienda, a la laceración, al dilema, a la alternativa insoluble.
A una atmósfera mental completamente diferente parece pertenecer aquella que he llamado "diabólica", inspirándome en la forma verbal "dialéctica", casi como para querer acercarla a ella y confrontarla o compararla con ella, aunque la idea pueda parecer, como he dicho, improbable e indiscreta, ya que se trata de un horizonte -así parece a primera vista- completamente extraño o ajeno al de la dialéctica. Sin embargo, el examen mismo de las palabras ya debería hacernos sospechar que no es así. Y que esto no es así, lo quiero demostrar aquí, con resultados que considero son, culturalmente, moralmente y espiritualmente, útiles.
Muchos ya habrán entendido con qué se conecta inmediatamente la diabólica: con el diablo, acerca del cual ciertamente muchos se preguntarán qué tiene que ver con la dialéctica. En efecto, en la dialéctica se ve la racionalidad, mientras que en el diablo ven la irracionalidad. Sin embargo, y lo repito, en realidad es posible encontrar una relación, una relación precisamente -perdónenme por el aparente juego de palabras- "dialéctica", es decir, de oposición-vínculo lógico no sólo de tipo racional, sino también de tipo moral, religioso y espiritual.
"Diablo" viene de dia-ballo, que significa: "lanzo o proyecto algo violentamente contra alguien", "pongo mal entre dos personas", por lo tanto: "divido", "pongo en contraste o en conflicto" y por lo tanto también: "calumnia", "acuso", aun cuando "acusador" referido al diablo en el Apocalipsis es expresado con el término "katégoros".
El diablo es el que siembra discordia, pone en contradicción, provoca la incoherencia, empuja a la ruptura y a la violencia, difunde mentiras, proyecta descrédito, difama a los inocentes, crea enemistades, fomenta las guerras, separa y divide a los amigos, rompe las uniones, estropea la armonía, rompe los pactos, empuja a la traición, impulsa a la infidelidad y tienta al incumplimiento de la palabra dada. Por eso Cristo llama al diablo "homicida desde el principio" y "padre de la mentira". Él es "príncipe del mundo", en cuanto que el mundo está sujeto al pecado, a la injusticia, al sufrimiento, a la muerte.
El leghein de la dialéctica y del diálogo se opone al ballein del diablo. El primero hace referencia al logos. De aquí tenemos la dialéctica y el diálogo. Leghein dice: recoger, conectar. De ahí el silogismo del razonar, del logos. También la dia-forá, la "diferencia", pertenece a esta familia de vocablos. Ferein dice: conducir, procurar, aducir, aportar, traer a, y por lo tanto también aquí un acto constructivo, edificador. De modo similar diá-airesis, diáiresis, diéresis, significa "distinción". Aireo es: "tomo", "alcanzo", "aferro". Aquí también tenemos la obra de la razón que capta el objeto y lo alcanza.
Por el contrario, ballein dice: golpear, arrojar, herir, perforar o atravesar, violentar. Esta es la obra del diábolos. Ahora bien, la dialéctica, si es búsqueda o investigación, comparación, confrontación, distinción, conexión, relación, síntesis, diálogo, es ciertamente beneficiosa y constructiva. Ella puede devenir saber cierto y definitivo, verdadera ciencia inmutable de lo Inmutable y de lo Eterno. Pero si es contradicción, conflicto, separación, oposición, hostilidad, alienación, enemistad, dualismo, ella es "diabólica", no construye ni la paz ni la justicia, sino que daña el pensamiento y por lo tanto la acción conduciendo al hombre fuera de la verdad y del bien.
La dialéctica de por sí es un procedimiento fundamental y necesario del pensamiento y de la razón, porque se basa directamente en la observancia del principio de no-contradicción, que es el primer principio de la ciencia: la dialéctica procede afirmando A y excluyendo no-A, según al famoso principio del "tercio excluido": A es B o no es B: tertium non datur. Una enunciación de este principio se encuentra en labios de Cristo mismo cuando dice: "Sea vuestro hablar: sí, sí, no, no; lo demás viene del maligno" (Mt 5,37). "Lo demás" es mentira, contradicción, insinceridad, doblez, equívoco, confusión: todos los recursos de la dialéctica diabólica, que podríamos llamar sin más con adjetivo sustantivado: la "diabólica".
Esto quiere decir que si la dialéctica es necesaria, no es suficiente para estructurar y para expresar todas las articulaciones y las formaciones del pensamiento y de la razón, sino que ella tiene necesidad de ser integrada por aquella que Tomas Tyn llama "analéctica", que es el principio del razonar analógico o por semejanzas, el único que es verdaderamente capaz de crear verdaderas relaciones, capaz de concebir y explicar los hechos ontológicos fundamentales como los de la coexistencia del uno con los muchos, de la relación entre lo idéntico y lo diverso, la cuestión del devenir, así como la relación de lo finito con lo infinito.
Es a la analéctica, no a la dialéctica, a la que debe dejarse la última palabra en las cuestiones más difíciles de la ontología, de la antropología, de la moral, de la teología. La buena dialéctica prepara el saber, pero no lo puede sustituir. Si intenta esto, se cae solo en las ilusiones y en los absurdos bajo la apariencia de una fácil claridad.
La buena dialéctica instaura la precisión y la univocidad, excluye lo contrario y salvaguarda la identidad y la coherencia del pensamiento, pero no sabe verdaderamente conciliar en unidad los muchos, los diversos, los distantes, los sucesivos, no sabe resolver las cuestiones más elevadas, no sabe coligar lo finito con lo infinito.
Por tanto, en ciertos campos del saber, como el metafísico, el moral y el teológico, donde estas dimensiones del ser asumen proporciones extremadamente complejas y delicadas, el uso de la sola dialéctica lleva fuera del camino y bajo una falsa claridad induce al error o confundiendo más que a unir o bien separando más que a distinguir. Para esta "dialéctica" la distinción es "dualismo" a suprimir, para crear una "unidad" que es la coexistencia de los incomposibles. Este tipo de falsa dialéctica combina sólo problemas, como lo haría -según la habitual expresión- el elefante que entra en una cristalería.
Pretender resolver todo con la dialéctica, como han empezado a hacer la filosofía y la moral nacidas de Descartes, bloquea el acceso de la razón al misterio y a la trascendencia y la cierra en sí misma, así como conduce a ofender a la propia dialéctica, con la pretensión de encontrar una "síntesis", un tertium, una imposible "mediación", que no concilia los opuestos sino que simplemente los yuxtapone o los confunde, ofendiendo el principio de no-contradicción y creando en el espíritu insanables laceraciones, que en el plano moral incentivan la hipocresía y la falsedad, mientras que desde el punto de vista psicológico conducen a la disociación de la personalidad y a la neurosis. La dialéctica idealista, aplicada a la convivencia social, es fuente de eternos conflictos o de escuálidas confusiones que remueven las legítimas diferencias, como ha demostrado sobre todo su versión marxista.
De esta "dialéctica" salen las insensatas teorías que niegan a Dios o conducen al hombre a hacerse Dios, ponen juntos el ser con el no-ser, lo verdadero con lo falso, el bien con el mal no sólo en el hombre sino también en Dios. De aquí la incoherencia y la deshonestidad en el pensar, en el hablar y en el actuar. Mientras que la Escritura dice que no hay nada en común entre Cristo y Beliar, la falsa dialéctica termina por conciliar o incluso confundir a Dios con el demonio.
Estos graves inconvenientes aparecen sobre todo en teología, cuando, por ejemplo, se trata de distinguir la naturaleza humana de la naturaleza divina. Aquí la Escritura recomienda la analogía (cf. Sab 13,5), que viene expresada también con el concepto del hombre creado "a imagen y semejanza de Dios". En cambio, la dialéctica ciertamente puede llegar a decir que el hombre no es Dios. En efecto, su instrumento es la afirmación y la negación, pero no va más allá de esto. En cambio, cuando se trata de esclarecer la relación entre el hombre y Dios, si no se usa el instrumento de la analogía, se termina o por identificar o por confundir al hombre con Dios o al contrario por oponer el uno al Otro, contraviene sin embargo el mismo principio de la dialéctica que es el de evitar la contradicción.
Por lo tanto es necesario decir que una dialéctica no integrada por la analéctica conduce a la diabólica. Por desgracia, esta es la parábola del idealismo iniciada con Descartes, demasiado apegado a las ideas "claras y distintas", por lo cual él no supo apreciar el valor del método analógico, que indudablemente pide a la razón que renuncie a una cierta precisión o claridad, pero vale la pena pagar este precio, porque es precisamente de tal modo como la razón puede humildemente y valientemente trascenderse a sí misma y pensar coherentemente y plausiblemente los misterios más profundos de la realidad y sobre todo los misterios de la fe cristiana, como por ejemplo el de la Encarnación, donde las dos naturalezas de Cristo, como enseña el Concilio de Calcedonia, deben ser distinguidas pero no separadas, deben estar unidas pero no confundidas.
El buen uso de la dialéctica conjugado con el de la analogía, conduce en cambio a la dialógica, método de la humana conversación y del progreso humano, por el cual la unidad, la inmutabilidad y la universalidad de los valores de fondo se expresan libremente y constructivamente en la legítima multiplicidad y pluralidad de los diversos modos de vivirlos y aplicarlos en la práctica de cada día y en el transcurso de la historia.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 11 de junio de 2012
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum dialectica, sine analogia, ad veritatem an ad confusionem ducat
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod dialectica, etiam sine analogia, ad veritatem ducat.
1. Plato usque ad Hegelium et Marx dialecticam scientiam putaverunt, quae motum cogitationis explicare et contradictiones solvere valet. Ergo videtur quod sola sufficiat ad veritatem consequendam.
2. Praeterea dialectica est processus fundamentalis rationis, innixa principio non-contradictionis et tertio excluso. Ergo videtur quod ipsa sola structurare cogitationem et vitare errorem possit.
3. Item dialectica praecisionem et univocationem constituit, contrarium excludit et cohaerentiam cogitationis servat. Ergo videtur quod nullum aliud complementum requirat.
4. Denique dialectica ad dialogum et disputationem applicata videtur esse via naturalis progressus humani, quia per confrontationem oppositarum thesium ad synthesen pervenitur.
Sed contra est quod Christus dicit: sit autem sermo vester, est est, non non; quod autem his abundantius est, a malo est (Mt 5,37). Scriptura docet nihil commune esse inter Christum et Belial. Concilium Chalcedonense affirmat duas naturas Christi distinctas esse sed non separatas, unitas sed non confusas.
Respondeo dicendum quod dialectica, quamvis necessaria, non sufficit ad cogitationem ordinandam nec ad plenam veritatem attingendam. Si in contradictione et conflictu subsistit, in diabolicum degenerat, quia divisionem, mendacium et violentiam seminat, hominem extra veritatem et bonum trahens. Dialectica indiget analogia, quae est principium ratiocinandi analogici, capax concipiendi et explicandi relationes fundamentales entis, sicut coexistentiam unius et multorum, relationem finiti et infiniti, atque praecipue mysteria fidei christianae.
Bonus usus dialecticae, cum analogia coniunctus, ad dialogicam ducit, quae est methodus humanae conversationis et progressus, per quam unitas et universalitas valorum in legitima pluralitate historiae libere et constructe exprimuntur. Falsa autem dialectica, sicut idealistica et marxistica, principium non-contradictionis laedit, confundit ens cum non-ente, bonum cum malo, etiam in Deo, et tandem Deum cum daemone conciliare conatur. Praetendere omnia dialectica solvere, sicut fecit philosophia a Cartesio orta, aditum ad mysterium et transcendens claudit, et ad incohaerentiam, hypocrisim et neurosim ducit.
Ad primum dicendum quod dialectica scientiam praeparare potest, sed sine analogia ad veritatem non sufficit.
Ad secundum dicendum quod principium non-contradictionis necessarium est, sed non sufficit ad relationes profundiores entis explicandas.
Ad tertium dicendum quod cohaerentia quam dialectica constituit valida est, sed incompleta, quia diversa et finitum cum infinito componere nescit.
Ad quartum dicendum quod verus dialogus non ex sola contradictione nascitur, sed ex dialogica analogia fundata, quae pacem et iustitiam construit.
JG
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