lunes, 11 de mayo de 2026

El politeísmo moderno

El politeísmo no es solo un recuerdo de la antigüedad, sino una tentación permanente que reaparece bajo formas modernas y seductoras. ¿No se esconde acaso en el relativismo que multiplica las “verdades” individuales y disuelve la objetividad? ¿No late en la incoherencia personal que convierte valores aislados en ídolos en conflicto? ¿No se manifiesta en la política sin principios de unidad, donde la democracia se degrada en caos y egoísmo? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la fascinación por lo múltiple, exaltada por Nietzsche y por tantas corrientes culturales, termina siendo un empobrecimiento de la idea de lo divino. ¿No es urgente redescubrir la unidad, la universalidad y la sustancia del ser, para reencontrar la dignidad de la persona y la trascendencia del Dios uno y único? [En la imagen: "El Juicio de Paris" en una cerámica del siglo VI a. C., de la Atenas clásica, conservada en el Museo del Louvre].

El politeísmo moderno

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 15 de diciembre de 2011 en el blog Riscossa Cristiana. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-politeismo-moderno-di-pgiovanni-cavalcoliop/)

Nietzsche sostenía que el monoteísmo es una visión mezquina, estrecha y monótona, aburrida y carente de creatividad, y por eso prefería el politeísmo, aunque luego, al final, él llegó a ser contrario a cualquier religión, sea monoteísta o politeísta. En cambio, para Nietzsche, el politeísmo expresaba al menos la variedad, la diversidad, el devenir, la riqueza de lo múltiple, la belleza de lo nuevo que sustituye la mufa mohosa de lo viejo.
En realidad, el politeísmo no es solo aquel politeísmo de la antigua Roma o el politeísmo de la antigua Grecia o el politeísmo de la colección de los ídolos olímpicos "de piedra, de oro, de plata o de hierro" de los que habla la Biblia. El politeísmo es una tentación continua del espíritu, también en las civilizaciones más evolucionadas, incluso después de dos mil años de cristianismo, solo que se presenta en formas más sutiles o enmascaradas y bajo las apariencias más fascinantes e innocuas, incluso bajo el signo del progreso, del pluralismo y de la libertad; se presenta con aquellos caracteres que han sido exaltados por Nietzsche. Pensemos, por ejemplo, en los famosos "arquetipos" de los cuales habla Jung.
Al mismo tiempo, está hoy muy extendida la concepción relativista y subjetivista de la verdad: la verdad no es un universal objetivo, un dato independiente de nosotros, no es una sola para todos, sino que cada uno tiene o establece a su propio arbitrio (en esto consistiría la libertad) "su verdad". Frecuentemente hoy, cuando leemos las crónicas sobre el desarrollo de los procesos judiciales, no se habla de la "verdad" en sí misma o como tal, sino de la "verdad" propia de cada uno de los participantes en el juicio, sin ninguna preocupación por la objetividad, sino como si la verdad fuera un libre producto de cada uno según los propios intereses personales. ¿Cómo puede en estas condiciones la ley "ser igual para todos"?
Indudablemente se puede hablar de una multiplicidad de verdades, pero entonces no se trata de la relación del intelecto con lo real, por lo cual si lo real es aquello, tal relación, para ser verdadera, no puede sino ser con aquello, o sea, no puede ser más que una; sino que se trata de una multiplicidad de reales, de realidades, o de contenidos diferentes entre sí, y entonces es evidente que en tal sentido cada uno de ellos tiene su propia verdad diferente de aquella verdad de los otros. Pero no se debe confundir el aspecto subjetivo de la verdad (el acto del conocer) con el aspecto objetivo (la verdad de lo real conocido). El acto del conocer un dato objetivo no puede ser sino siempre igual e idéntico en todos los individuos que conocen aquel dato objetivo. La verdad a diferencia de los diferentes objetos, precisamente para ser verdad, no puede sino variar en correspondencia con el variar de los objetos.
En el campo religioso, la verdadera divinidad no puede sino ser una sola, porque Dios se debe concebir como perfectísimo y si hubiera una pluralidad de dioses, habría necesariamente que admitir, para distinguir unos de otros, que uno tiene aquello que no tiene el otro y, por lo tanto, cada divinidad carecería de lo que tiene la otra, lo que evidentemente contradice la idea misma de divinidad. Sin embargo, muy a menudo y desde siempre los hombres se dejan seducir de diversas maneras y formas por este grave error, que introduce profundas divisiones y contradicciones en las culturas, en las religiones, en la vida de los individuos y en las sociedades. El pluralismo de las religiones puede comportar una pluralidad de valores, pero comporta también desviaciones más o menos graves del monoteísmo. De ahí la caída en el politeísmo, el cual, por lo tanto, no es un enriquecimiento sino un empobrecimiento de la idea de lo divino.
El politeísmo de hoy, además de la persistencia de las formas crudas del politeísmo tradicional, sobre todo en los pueblos todavía atrasados (donde todavía podemos encontrar el animismo, o el panpsiquismo, o el totemismo, o el animalismo, o el chamanismo, o la astrología, o el espiritismo, o el satanismo, o los horóscopos, o la magia y, en definitiva, cualquier forma de superstición) se presenta bajo formas insospechables, pero aún así no menos peligrosas, adaptadas a las formas complejas y refinadas de la cultura moderna y bajo ideales o principios ampliamente apreciados, como aquellos que he mencionado antes. Incluso la famosa New Age no es más que una forma moderna de politeísmo. Incluso existe un cierto pluralismo "católico" que no respeta la unidad de la fe, y que es, de hecho, un politeísmo enmascarado.
Sin embargo, el mecanismo psicológico que conduce al politeísmo es fundamentalmente el mismo: la incapacidad para abstraer lo universal de lo particular y, por lo tanto, la incapacidad de elevarse a una visión de la realidad por encima del espacio y del tiempo, así como por encima de la caducidad y de la multiplicidad, la incapacidad para elevarse a la percepción de una superior inmutable y eterna Unidad, que es unificante principio y fundamento de la multiplicidad que de ella proviene y a ella converge.
Exaltamos demasiado lo múltiple, lo diverso, lo cambiante, lo histórico, y descuidamos la unidad y la universalidad, que en cambio, como ya habían intuido Platón, Aristóteles y Plotino, garantizan la existencia, el origen, la armonía y la reciprocidad y, por lo tanto, al fin de cuentas, la riqueza, la bondad y la belleza. Esto es cierto en todos los campos, donde por ejemplo, a propósito de la comedia, Aristóteles hablaba justamente de la unidad de acción o, a propósito del gobierno de la comunidad, él advertía que lo múltiple de por sí conduce al caos, por lo cual si se quiere que una comunidad sea justa y pacífica, es necesario el mando de uno solo, lo que no significa necesariamente ni una monarquía dinástica ni mucho menos la dictadura de quien aplasta o nivela la pluralidad, sino el servicio de quien unifica lo múltiple poniéndose como principio y mediador de concordia, de paz y de mutua colaboración.
También un cierto modo de concebir la libertad religiosa o el diálogo interreligioso o la relación del cristianismo con las otras religiones pueden ocultar el peligro de un sutil politeísmo, que no está para nada alejado de ese relativismo o ese indiferentismo religioso que hoy con frecuencia vienen con razón denunciados. Estos valores muestran su rostro auténtico solo si se llevan a cabo o son fundados en la común percepción de la universalidad de la verdad, sobre todo cuando se trata de los valores fundamentales de la vida y de la existencia, que son aquellos puestos en juego por las religiones y por la moral.
Politeísmo son hoy también la incoherencia y la contradictoriedad de la vida personal, que carece de un principio interior de unidad y de armonía, en la incapacidad de poner de acuerdo entre sí los valores de la persona, que se convierten así en absolutos, separados entre ellos, o incluso en lucha los unos con los otros, hasta llegar al rechazo del principio de no-contradicción, cosa que en el actuar provoca incoherencias y conflictos interiores, mientras que sobre el plano moral esconde la hipocresía, la infidelidad y la volubilidad, así como la debilidad de carácter, mientras que sobre el plano psicológico conduce a la esquizofrenia y, llegándose al límite, a la disolución de la personalidad.
En el plano social tenemos el bien conocido fenómeno de la conflictividad generalizada, de la ingobernabilidad, del individualismo y del choque de egoísmos, el relativismo moral y la deshonestidad política, que permiten que persista la injusticia y mantienen un clima de incertidumbre, de divisiones, de recíproca desconfianza, quitando o impidiendo la concordia y la paz, y por lo tanto el bienestar y el progreso. Tenemos una democracia sin principios de unidad, sin referencias a valores objetivos y universales: signo de politeísmo en el campo político y social.
Nuestra cultura, por lo tanto, tiene una profunda necesidad de redescubrir el deseo y la búsqueda de la unidad en el plano del pensamiento y de la acción, cosas que no pueden sino estar fundadas en la universalidad de la verdad. Es necesario dejar de creer que el acto abstractivo del pensamiento, que es la conceptualización, nos conduzca fuera de lo real o que no nos permite alcanzar lo real, provocando la falsa convicción de que lo real pueda ser alcanzado por otros medios irracionales o emotivos, que en realidad nos rebajan al nivel de la animalidad, ya que es característica propia de ésta la incapacidad de abstraer la esencia universal del dato particular.
El acto abstractivo, cuando es bien conducido y en las debidas condiciones, es esencial al pensamiento humano en la búsqueda y en la conquista de la verdad. Ciertamente no debemos exagerar como ha hecho Platón dando cuerpo (sustancia) a las abstracciones, como sucede en su famosa doctrina de las ideas subsistentes. Sin embargo, ¡cuán actual y útil sigue siendo, purificada del idealismo, la concepción platónica del ideal! ¡Cuántas acciones heroicas esta concepción de Platón ha inspirado en la historia, tanto en el cristianismo como fuera del cristianismo! Tal concepción siempre ha dado óptimos frutos en el campo del pensamiento, de la religión, y de la moral debido a la capacidad que ella tiene para elevarnos al orden de lo eterno y de lo absoluto, y por lo tanto en última instancia, al orden del monoteísmo, aunque esto no aparezca. con toda claridad en la filosofía de Platón.
También encontramos un signo de politeísmo, por más extraño que parezca a primera vista, incluso en la doctrina filosófica de la sustancia, tal como ha sido discutida por el empirismo inglés de los siglos XVII-XVIII desde Locke hasta Hume, para los cuales la sustancia y por consiguiente la persona se resuelve en una mera colección de fenómenos sensibles o interiores ("stream of consciousness"). En efecto, ¿qué sucede en esta concepción y qué se presupone a ella? Precisamente una visión metafísica de la sustancia, y por lo tanto de la sustancia divina, no una sino dispersa sin orden en una multiplicidad inconexa de datos contingentes absolutizados. Los atributos divinos no están ya unificados en la única esencia divina, sino que se encuentran desvinculados entre sí (he aquí el politeísmo) con el riesgo por añadidura de que entre ellos se insinúen algunos atributos que realmente no convienen a la divinidad, como por ejemplo los del devenir y la pasibilidad.
Por el contrario, la sustancia, en el sentido filosófico y antropológico, debe ser concebida como un auténtico e íntimo principio del ser y de unidad no sólo ontológica sino también moral y religiosa. Es necesario, por lo tanto, redescubrir el concepto ontológico aristotélico-tomista de sustancia, también en lo que respecta a la concepción de la persona humana, sin excluir la misma naturaleza divina, como nos lo ha enseñado la propia Iglesia (el Concilio Vaticano I define la naturaleza divina "una singularis substantia spiritualis"), si queremos mantener cuanto el mismo cristianismo nos enseña acerca de la dignidad de la persona humana y la trascendencia del ser divino, del Dios uno y único, el Dios de la verdadera religión, ya percibido oscuramente por la razón natural y ulteriormente iluminado por la revelación cristiana como única esencia en tres personas.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 15 de diciembre de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum polytheismus possit censeri divini ideae incrementum
vel potius sit paupertas et error respectu veritatis monotheismi

Ad hoc sic procediturVidetur quod polytheismus possit censeri divini ideae incrementum.
1. Quia polytheismus, a Nietzsche exaltatus, exprimit varietatem, diversitatem, fieri et divitias multiplicis, contra monotheismi monotoniam et angustiam. Si divinum est creativitas, videtur congruentius multiplicare formas divini quam ad unam reducere.
2. Praeterea, pluralismus religiosus videtur fovere libertatem et tolerantiam, permittens ut unusquisque habeat propriam veritatem et proprium iter ad divinum. Si veritas est subiectiva et relativa, multiplicitas religionum esset legitima huius diversitatis expressio.
3. Item, cultura moderna aestimat multiplicitatem valorum et experientiarum, et polytheismus sub formis cultis apparet, ut New Age, archetypi Jungiani vel dialogus interreligiosus. Si hi valores late accepti sunt, videtur quod polytheismus modernus sit valida forma spiritualitatis.
4. Denique experientia historica ostendit religiones polytheisticas inspirasse mythologias, opera artis et philosophias quae culturam humanam ditaverunt. Si monotheismus creativitatem limitat, polytheismus videtur fecundior et apertior.

Sed contra est quod Scriptura docet Deum esse unum et unicum, perfectissimum, nec posse esse pluralitatem deorum sine contradictione in ipsa divinitatis idea. Apostolus proclamat unum Dominum, unam fidem, unum baptismum. Sanctus Augustinus affirmat polytheismum esse idololatriam et divisionem spiritus. Magisterium commemorat unitatem fidei esse essentialem et pluralismum religiosum, si hanc unitatem corrodere incipit, in errorem converti.

Respondeo dicendum quod polytheismus non est incrementum, sed paupertas divini conceptus. Multiplicitas a Nietzsche et cultura moderna exaltata ducit ad incohaerentiam, ad relativismum et ad veritatis dissolutionem. Mechanismus psychologicus qui illud sustinet est incapacitas abstrahendi universale ex particulari et elevandi se ad perceptionem unitatis aeternae.
Polytheismus modernus sub cultis formis dissimulatur, sed revera contradictiones inducit in vita personali, sociali et religiosa. Incohaerentia interior, valorum contradictio, hypocrisis et levitas sunt signa polytheismi in persona. In plano sociali, democratia sine principiis unitatis et politica sine referentia ad valores universales sunt quoque formae polytheismi.
Vera divitia, bonitas et pulchritudo proveniunt ex unitate, sicut Platoni, Aristoteli et Plotino visum est, et sicut docet metaphysica Aristotelico‑Thomistica substantiae. Persona humana et divinitas concipi debent ut principia unitatis ontologicae, moralis et religiosa. Solus monotheismus christianus, qui Deum unum et unicum in tribus personis agnoscit, dignitatem personae et transcendens divini esse praestat.
Conclusio: polytheismus, antiquus vel modernus, non est incrementum, sed paupertas et error. Solus monotheismus christianus servat universalitatem veritatis, culturam concordiae et dignitatem personae atque Dei.  

Ad primum dicendum quod varietas et diversitas non negantur a monotheismo, sed ordinantur ad unitatem quae eis sensum et concordiam tribuit.
Ad secundum dicendum quod vera libertas et tolerantia non consistunt in multiplicandis veritatibus subiectivis, sed in adhaerendo veritati universali quae liberat.
Ad tertium dicendum quod pluralismus religiosus, si unitatem fidei corrodere incipit, in errorem convertitur; dialogus interreligiosus solum est authenticus si fundatur in universalitate veritatis.
Ad quartum dicendum quod opera culturalia a polytheismo inspirata errorem doctrinalem non iustificant, quia vera creativitas elevatur ad ordinem aeternum et absolutum, qui est monotheismus.
   
JG

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