¿No es decisivo preguntarnos qué significa vivir ya desde ahora los “últimos tiempos”? ¿Qué sentido tiene la esperanza cristiana si se reduce a un simple futuro terreno, como pretenden los modernistas? ¿No es ingenuo pensar que la justicia y la paz puedan realizarse plenamente aquí abajo sin penitencia, ascesis y sacrificio? ¿Qué consecuencias trae olvidar la unidad de la historia de la salvación y disolver la escatología en un dualismo platónico que borra el juicio particular, el purgatorio y la parusía? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli abre un curso de escatología que nos invita a redescubrir la continuidad y la discontinuidad entre tierra y cielo, entre naturaleza y gracia, entre Iglesia y Reino, para mantener viva la fidelidad a la verdad revelada frente a las ilusiones del “buenismo” y del inmanentismo contemporáneo. [En la imagen: fragmento superior de "El Juicio Final", témpera y hoja de oro en panel, obra de Georgios Klontzas, de finales del siglo XVI, perteneciente a la colección del Instituto Helénico de Estudios Bizantinos y Posbizantinos de Venecia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 29 de abril de 2026
Curso de Escatología. Introducción
Curso de Escatología
Introducción: ¿Qué es la escatología?
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 6 de agosto de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/corso-di-escatologia-di-p-giovanni-cavalcoli-op-introduzione-che-cose-lescatologia/)
Damos inicio con este artículo a un breve curso de escatología. La escatología es aquella disciplina teológica que nos habla de los actos, de los acontecimientos y de los hechos finales de la historia de la salvación, según cuanto resulta de la Revelación cristiana.
El término "escatología" proviene del griego éscaton, que significa "último", "final" no principalmente en el sentido ontológico, como sería por ejemplo "fin último" u "objetivo final", sino en relación con el tiempo y el desarrollo de la historia. Sin embargo, el primer sentido no está excluido, porque en realidad la escatología también tiene que ver con la plenitud final del destino del hombre en la consecución final y definitiva de Dios, fin último y supremo bien del hombre.
Se trata, por lo demás, de cosas que no están necesariamente todas en el futuro, más allá de la muerte, ni todas son necesariamente algo después de lo cual no queda nada. Por ejemplo, la muerte es una realidad escatológica; pero el alma humana después de la muerte continúa subsistiendo. O bien se da también el hecho de la muerte de los que están ya muertos. De hecho, a esta muerte sucederá nuestra muerte, hasta que, como anuncia el libro del Apocalipsis, llegará el día en el cual la muerte, cualquier muerte, ya no existirá.
Lo que es esencial en el contenido escatológico es que representa algo concluyente o final, que se encuentra al término de un devenir precedente; es indiferente el hecho que ese algo se encuentre en el pasado, o en el presente o bien en el futuro, aunque sin duda los principales acontecimientos escatológicos conciernen al futuro, como por ejemplo la parusía, la resurrección de los muertos, el juicio universal o el fin del mundo. Por el contrario, realidades escatológicas como el infierno, el purgatorio y el cielo se encuentran tanto en el pasado como en el presente y en el futuro, en relación con aquellas almas que han llegado o llegarán a sus respectivos lugares.
Los acontecimientos escatológicos o están en el más acá o de este lado, como la muerte y el fin del mundo, o comienzan en el más acá o de este lado para completarse en el más allá, como el camino de la salvación, la renovación del mundo, el juicio particular y la parusía o están totalmente en el más allá, como el juicio universal, la resurrección de los muertos, el cielo, el purgatorio y el infierno, los nuevos cielos y la nueva tierra, en los cuales habita la justicia.
Dado que la obra de salvación o en todo caso lo que se refiere a la salvación, aun cuando esta salvación no sea conseguida, se refiere tanto a nuestro actuar como al de Cristo, se da una escatología antropológica y una escatología cristológica. La primera considera nuestros actos y a cuanto nos concierne directamente: la muerte, el aspecto escatológico de la vida cristiana presente (ya desde ahora el cristiano vive, aunque sólo incoativamente, "los últimos tiempos", gozando de la "prenda" o de las "primicias" del Espíritu), pero considera sobre todo las posibles condiciones del hombre después de la muerte: el cielo, el infierno y el purgatorio, la resurrección, los nuevos cielos y la nueva tierra.
La segunda considera lo que realiza o realizará Cristo: el don del Espíritu Santo, la filiación divina, la gracia y la verdad, el perdón de los pecados, su venida final (parusía), el juicio con el cual él nos juzga a cada uno de nosotros al momento de la muerte (juicio particular) y aquel con el cual al fin del mundo juzgará a la humanidad entera colectivamente (juicio universal), los actos con los cuales nos hará resucitar, llevará a término la edificación del reino de Dios, derrotará definitivamente a todas las potencias del mal, inaugurará los nuevos cielos y la nueva tierra y entregará el premio a sus fieles.
De cuanto llevo dicho aparece claro que la escatología involucra también dos etapas temporales fundamentales: una etapa, que concierne a la vida presente y otra sucesiva, posterior, la principal, después de la muerte, en la cual se dará el cumplimiento final de esa "escatología" que inicia y podemos vivir desde ahora mismo. Este aspecto terreno de la escatología ha sido particularmente destacado por el Concilio Vaticano II.
Algunos lo han entendido mal, viendo en ello con preocupación y escándalo, no sé qué "antropocentrismo", o un "iluminismo", o un "utopismo secularista", o un "naturalismo", o bien un espíritu terreno y mundano, o carencia de lo sobrenatural, evolucionismo teilhardiano o incluso marxista, pero todo esto lo han visto equivocadamente.
Indudablemente, los modernistas interpretan en este sentido el escatologismo conciliar, como por ejemplo el fundador filomarxista de la "teología de la liberación", Gustavo Gutiérrez, quien afirma que no se debe hablar de "dos mundos": el terreno, presente y el celestial, sobrenatural, ultraterreno y trascendente, después de la muerte; sino que el mundo es uno solo, es este mundo, para el cual, como precisa Albert Nolan, el cristianismo no lleva la felicidad a un "más allá", sino a este mundo: el "futuro" escatológico del cual habla el cristianismo, no se trataría de una condición ultraterrena y celeste, sino simplemente el futuro de este mundo. Ningún "más allá", sino todo está de este lado, en el más acá, aunque en perspectiva futura.
Pero tales interpretaciones son falsas, porque, si leemos atentamente sin prejuicios el texto conciliar, nos daremos cuenta de cómo el escatologismo conciliar no es en absoluto terreno, inmanente e historicista, sino que, en perfecta adhesión a la enseñanza paulina, tiene sus raíces, está radicado, en la visión sobrenatural de fe de la plenitud final del reino más allá de la muerte y deja intacto el misterio trascendente del cumplimiento final de este reino, fruto de la gracia y no de las simples fuerzas del hombre. Y de todos modos, la gracia no sirve solo para el progreso terreno, sino también y sobre todo para su cumplimiento ultraterreno.
Indudablemente el Concilio, según el método que programáticamente se ha fijado, ha querido salir al encuentro de las aspiraciones válidas del pensamiento moderno, acerca del cual los historiadores de la filosofía saben bien como a partir del iluminismo y sobre todo con las grandes visiones totalizadoras del idealismo y del materialismo del siglo XIX (las así llamadas "ideologías") el pensamiento occidental ha intentado diseñar una nueva humanidad plenamente libre, fundada sobre sí misma y en control de sí misma a nivel del individuo y de la sociedad.
Estos proyectos modernos, como se sabe, similares a la construcción de la Torre de Babel, fracasaron trágicamente con las dos guerras mundiales del siglo pasado, dando lugar a lo que después ha sido llamado el pensamiento "postmoderno", surgido de la disolución de las ideologías y empantanado en el irracionalismo y nihilismo existencialistas, o bien en la estrechez mental del cientismo-tecnologista, para decirlo con Marcuse, de la reducción del hombre "a una dimensión".
El Concilio Vaticano II ha aceptado estas aspiraciones de plenitud definitiva (final) de la humanidad y de la historia, quitándoles el veneno del orgullo racionalista, superhomista y prometeico que las estropeaba y recordando a todos los hombres de buena voluntad como la verdadera civilización del hombre, el humanismo pleno, si bien por un lado requiere el esfuerzo de la razón y del trabajo humanos, no conduce a nada, sino que lleva a tragedias, si no está sostenido por la gracia de Cristo, según la advertencia del Salmo: "Si el Señor no él construye la casa, en vano trabajan los constructores".
De esta forma el Concilio Vaticano II ha remediado una visión dualista del pasado, por lo cual se exageraba en la distinción entre "cielo" y "tierra". Parecía que todo el bien y todo lo verdadero deberían estar sólo en el más allá, mientras que aquí abajo sólo había que sufrir, expiar, esperar y soportar con actitud casi fatalista. El mundo presente debía ser despreciado y "huir", mientras que todo el interés tenía que ir al más allá, del cual, por otra parte, se tenía una visión exageradamente espiritualista olvidando el dogma de la resurrección, y sobre todo olvidando que al fin de cuentas en el más allá no existe más que la plenitud de esa vida de gracia y de virtudes humanas que deben comenzar en el más acá, de este lado.
Pero al mismo tiempo también estaba el revés de la moneda. Dada la indeterminación y la nebulosidad con la cual se concebía el más allá, no era entonces difícil dar en último análisis más importancia al más acá, por lo que se verificaba una curiosa inversión de perspectivas: que lo que el más allá que de palabra se declaraba ser la meta, en realidad terminó convirtiéndose en una especie de pretexto o de cubierta casi superflua, como el "frontón de un gran edificio", por decirlo con Maritain, para poder disfrutar de la realidad en cual realmente se creía, es decir, la de este lado, la del más acá. Lo sobrenatural, inicialmente también demasiado exaltado, acababa por desaparecer ante el corpulento encanto de la "naturaleza".
El Concilio ha remediado estas distorsiones mostrando por una parte el aspecto de continuidad entre tierra y cielo, entre natural y sobrenatural, entre mundo e Iglesia, pero salvando al mismo tiempo el tradicional aspecto de discontinuidad y la trascendencia de lo sobrenatural en relación a la naturaleza, y de la Iglesia y del reino de Dios frente al mundo.
En efecto, si la continuidad está dada por el hecho de que la vida cristiana es ya una vida escatológica, si es cierto que el cristiano, mediante el bautismo, es ya ese "hombre nuevo", "resucitado", del cual habla san Pablo, por el cual con el cristianismo el futuro ya ha comenzado, es asimismo cierto que en esta vida el "hombre viejo" aún no está del todo muerto, porque permanecen las consecuencias del pecado original, que requieren una serie de actos, de virtudes y de precauciones, como la penitencia, la ascesis, la renuncia, el sacrificio, la lucha espiritual, el uso correcto de la fuerza, todas cosas de las cuales en la futura sociedad de la comunión, de la libertad, de la universal bondad, del diálogo generalizado, de la justicia y de la paz, ya no serán más necesarias, por lo cual si se cree con algunos ilusos que estos últimos valores puedan ser plenamente realizados aquí abajo sin el concurso de los primeros (el así llamado "buenismo"), se muestra una ingenuidad reprobable que fácilmente roza con la hipocresía y la irresponsabilidad.
Otra cosa que hay que señalar es que en las últimas décadas del postconcilio ha surgido una escatología dualista, de tipo platónico, quizás influenciada por el hinduismo, la cual intenta sin embargo mantener el dogma de la resurrección y de la parusía de Cristo. Ella olvida la sustancial unidad temporal de la historia de la salvación, que es simultáneamente historia terrena e historia celestial, historia del más allá e historia del más acá, la Iglesia terrena y la Iglesia celestial formando una única Iglesia que camina hacia la plenitud de Reino.
Por el contrario, en esta escatología existe una escisión entre el más acá, en el cual sólo existe la duración, y el más allá, visto sin más como reino de la "eternidad", por lo cual surge la consecuencia de que no existe más un después de la muerte caracterizado por una duración, lo que la teología clásica llama "eviternidad", que inicia precisamente con la muerte, llega hasta la parusía y va más allá; sino que la resurrección sucede inmediatamente después de la muerte o, como sostiene Rahner, incluso "en la muerte", por lo que no se ve ya como se conservan los dogmas de la inmortalidad del alma, de la reasunción del cuerpo por parte del alma al momento de la futura parusía, de la distinción entre juicio particular y juicio universal, de la duración del purgatorio, del privilegio mariano de la asunción al cielo en alma y cuerpo.
Según quienes apoyan esta tesis, la parusía aparece como futura solo para quienes viven aquí abajo; pero para los que están en la "eternidad", el Cristo glorioso aparece inmediatamente después de la muerte o en la muerte misma, sin que sea necesaria ninguna espera de la parusía, como sucede para los que están aún vivos, como si el mundo de aquí abajo fuera el reino de las sombras y de las apariencias, mientras que la verdad se encuentra sólo en el más allá, cosa que nos hace recordar el mito platónico de la "caverna", pero se adapta mal a la enseñanza cristiana acerca de la relación del más allá con el más acá. Ya tendremos modo de aclarar y resumir estas cosas en el transcurso de nuestra futura exposición, que esperamos pueda ser del agrado y de utilidad para nuestros lectores.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 4 de agosto de 2011
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum escatologia christiana consistat in continuatione inter hoc saeculum et futurum
sine amissione transcendentalis supernaturalis
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod escatologia christiana ad futurum terrenum tantum reducatur.
1. Quia quidam theologi moderni tenent non esse duo mundi, sed unum tantum, et christianismum solummodo felicitatem in hoc mundo promittere. Hoc videtur validum, quia respondet aspirationi humanae ad plenitudinem historicam et vitat evasionem ad nebulosum aliam vitam.
2. Praeterea Concilium Vaticanum II aspectum terrenum escatologiae sublineavit, quod videtur indicare salutem in historia praesenti effici. Hoc videtur fundatum, quia Concilium voluit respondere aspirationibus modernis iustitiae et libertatis, et ita escatologia limitari videtur ad constructionem novae humanitatis hic infra.
3. Item christianus iam vivit ultimos dies ex baptismo, participans vitam novam et fruens primitiis Spiritus. Hoc videtur convincens, quia si futurum iam incoepit, non esset necessarium aliam vitam post mortem exspectare.
4. Denique quidam theologi affirmant resurrectionem in ipsa morte fieri et parusiam esse immediatam pro iis qui in aeternitatem intrant. Hoc videtur solidum, quia vitat difficultatem explicandi durationem intermediam, iudicium particulare et purgatorium, et escatologiam simpliciter ad visionem directam Christi gloriosi reducit.
Sed contra est quod Apostolus docet christianum iam esse novum hominem et resuscitatum, sed adhuc contra peccatum pugnare et plenitudinem futuram exspectare (Col 3,9‑10). Psalmus commemorat: “Nisi Dominus aedificaverit domum, in vanum laborant qui aedificant eam” (Ps 126,1). Concilium Vaticanum II affirmat veram civilisationem hominis sine gratia Christi non obtineri. Patres Ecclesiae, sicut Augustinus, docent Civitatem Dei in historia aedificari, sed plenitudinem suam solummodo in aeternitate attingere.
Respondeo dicendum quod escatologia christiana continuitatem et discontinuationem coniungit. Ex una parte christianus iam vitam escatologicam vivit, quia per baptismum participat vitam novam et resurrectionem anticipat. Ex altera parte manet vetus homo, consequentiae peccati originalis et necessitas paenitentiae, asceseos, sacrificii et certaminis spiritualis. Plenitudo Regni non hic infra perficitur, sed ultra mortem, in parusia et resurrectione finali. Concilium Vaticanum II correxit et dualismum exaggeratum, qui mundum praesentem contemnebat, et inmanentismum saecularisticum, qui spem christianam ad historiam redigebat. Ostendit vitam christianam iam esse escatologicam, sed eius complementum a gratia pendere et solummodo in Regno definitivo obtineri. Sic vitatur ingenuitas bonismi, quae iustitiam et pacem hic infra sine paenitentia et sacrificio implere praesumit, et reicitur escatologia platonica quae unitatem historiae salutis dissolvit. Ecclesia terrena et Ecclesia caelestis unam Ecclesiam constituunt quae ad plenitudinem Regni progreditur.
In summa, escatologia christiana consistit in continuatione inter hoc saeculum et futurum, sed sine amissione transcendentalis supernaturalis. Vera spes iam nunc vivitur, sed plenitudinem suam solummodo in communione definitiva cum Deo attingit.
Ad primum dicendum quod christianismus non ad futurum terrenum tantum reducitur, quia plenitudo promissa historiam transcendit et in Deo attingitur.
Ad secundum dicendum quod Concilium aspectum terrenum sublineavit ad continuitatem ostendendam, sed mysterium transcendens futuri intactum reliquit.
Ad tertium dicendum quod vita nova iam incoepit, sed solummodo incoative; plenitudo post mortem, in resurrectione et parusia, attingitur.
Ad quartum dicendum quod resurrectio non immediate in morte fit, sed tempus intermedium est, cum iudicio particulari et universali, purgatorio et resurrectione finali, secundum doctrinam traditionis et Magisterii. JG
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