miércoles, 29 de abril de 2026

La esperanza cristiana

¿Puede el hombre construir justicia sin Dios, confiando solo en sus fuerzas? ¿No es acaso el constructivismo una ilusión prometeica que termina justificando el mal y confundiendo el bien con el pecado? ¿Qué esperanza queda si se niega el Juicio universal y se reduce a Dios a un notario impotente que aprueba todo lo que hace el hombre? En esta artículo, el padre Giovanni Cavalcoli nos recuerda que la verdadera esperanza cristiana no está en castillos en el aire ni en sueños de grandeza, sino en la Venida final de Cristo, juez y redentor, que restituirá el orden y dará a cada uno lo suyo. [En la imagen: fragmento de "Prometheus", óleo sobre lienzo, 1882, obra de Arnold Böcklin, perteneciente a la colección Barilla di Arte Moderna, Parma].

La esperanza cristiana

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 29 de abril de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-speranza-cristiana.html)


Et iterum venturus est cum gloria judicare vivos et mortuos

De un diario católico debemos esperar que, prestando atención a las ideas que están en circulación y tienen éxito, sepa señalar aquellas que, si por una parte indican el camino de la verdad, por otra pueden engañar haciendo aparecer en materia de fe verdadero lo falso y falso lo verdadero.
Ahora bien, el cotidiano Avvenire es el único cotidiano nacional que declara inspirarse en el catolicismo y está apoyado por los Obispos italianos, por lo cual es evidente su responsabilidad en representar y estimular el pensamiento católico en el campo del periodismo en fidelidad al actual Magisterio de la Iglesia.
Leo todos los días con gusto y provecho este periódico, pero me sucede de vez en cuando o incluso a menudo darme cuenta de que él, en lugar de señalar y corregir ciertos errores contrarios a la fe, propios sobre todo de los modernistas, se deja engañar por ellos con el resultado de escandalizar o alejar a los fieles del sendero de la verdad causando daño a sus almas.
Como católico y docente emérito de teología, me siento entonces en el deber, todas las veces que Avvenire se desvía del buen camino del Evangelio, de significarle con caridad y franqueza estas desviaciones e indicar el remedio que nos ofrece el Magisterio de la Iglesia. Me refiero esta vez al artículo de Luciano Floridi, «Se “Dio è morto”, dobbiamo trovare il coraggio di costruire», aparecido en el número del 18 de abril último ¹.
El Autor retoma la bien conocida tesis de Nietzsche, según la cual Dios está «muerto», es decir, nos hemos dado cuenta de que su imagen ya no vive en nuestra mente, porque se trataba de una construcción mental privada de fundamento, y por tanto hemos comprendido que Dios no existe, y que por tanto no hay que esperar que en un día futuro decisivo para las suertes de la humanidad Él, semejante a un juez de alta corte de justicia, con sentencias inapelables haga claridad y justicia definitiva de todos los agravios sufridos y repare todas las injusticias cometidas, resarciendo daños, restituyendo bienes robados, dando satisfacción a quien ha padecido injusticia.
El Autor dice en cambio que es necesario que seamos nosotros mismos los operadores y constructores de justicia. De aquí el término «constructivismo». Lo que quiere decir que podemos y debemos arreglarnos solos.
Esta tesis parece presuponer dos posibles concepciones de la situación humana, ambas nihilistas: o la idea de que el hombre pueda resolver por sí mismo sus propios problemas y satisfacer por sí mismo sus propias necesidades, idea prometeica, ilusión y delirio de omnipotencia que reaparece en Marx y que conduce a la catástrofe; o bien la idea de que el hombre debe aceptarse en su frustración e incapacidad, sórdido pesimismo que aparece en Leopardi y en Nietzsche, cosa que igualmente conduce a la catástrofe.
Ahora bien, observamos que, como es bien sabido, en el lenguaje de Cristo encontramos una serie de pares terminológicos que nos hacen comprender claramente que Cristo divide a la humanidad en dos categorías: elegidos y no elegidos, hijos de este mundo e hijos de la luz, hijos del reino e hijos del maligno, ovejas y cabritos, trigo y cizaña, peces buenos y peces malos, benditos y malditos, hijos de Dios e hijos de este mundo, justos e impíos, salvados y condenados.
Hoy, en cambio, se ha difundido una mentalidad buenista ² de tipo rousseauniano, negadora de las consecuencias del pecado original y de la utilidad y de la justicia de los castigos o del uso de la fuerza, según la cual todos en el fondo son buenos y amigos de Dios. El uso de las fuerzas armadas es siempre ilícito. Se deben construir solo puentes y nunca muros. De este modo se volvería ilícito construir un muro de cercado alrededor de una villa o de un monasterio.
Todos están en buena fe, tienen buena voluntad, por lo cual todos se salvan. En el infierno no hay nadie. Para obtener la paz en los conflictos basta el diálogo. Ya no se habla de victoria sobre la carne, sobre el mundo y sobre Satanás. Se ha perdido el sentido agonístico y ascético de la vida cristiana. El sacrificio es visto como masoquismo. Ya no hay enemigos que vencer. Ya no se cita el Apocalipsis con su característica batalla de Cristo contra sus enemigos. Ya no existe la Iglesia militante, sino solo la Iglesia peregrina.
Se cree ingenuamente con Rahner que todos están orientados a Dios, están en gracia y buscan a Dios, por lo cual todo el problema de la relación con el mundo sería el de saber anunciar el Evangelio de modo comprensible y atractivo. El católico no tiene enemigos, sino que tiene delante de sí solo hombres diversos. Ya no se cree que la comunión eclesial, la concordia y la paz estén fundadas en la verdad con exclusión del error, sino solo en la afectividad, en la libre elección y en la empatía. Pero la enseñanza de Cristo es muy distinta. Cristo nos enseña que no puede haber amor y paz sin la preocupación de distinguir lo verdadero de lo falso.
Si en efecto acerca del sentido de la existencia y de la vida es verdadero para mí lo que es falso para ti, si no existen valores morales y teóricos absolutos, comunes, universales, inmutables, compartibles por todos, inteligibles y objetivos, ¿sobre qué basaremos el diálogo, la unidad, la concordia, la colaboración, la comunión y la paz? ¿Sobre la imposición del más fuerte? ¿Qué es lo que puede unirnos? ¿El mandato del duce? ¿No estaremos en un estado irresoluble de guerra permanente? ¿No estaremos obligados a imponer y a sufrir la unidad con violencia? ¿No estaremos obligados o a ser violentos o a ser violentados? Si, como creía Fichte, el otro del yo es un «no‑yo», ¿qué será de la pacífica convivencia humana? ¿Qué será del pluralismo?
Por otra parte, ¿qué sentido tiene un ecumenismo donde se tergiversa y se gira siempre alrededor del problema sin poner nunca las cartas sobre la mesa? No es ciertamente este el verdadero ecumenismo querido por el Concilio. El remedio al pensamiento débil de Vattimo no es el pensamiento absolutista de Severino, sino el realismo tomista, como los Papas nos enseñan.
Sin embargo, una verdad hoy acogida por todos —y esto es algo muy bello— es que Dios quiere salvar a todos, quiere hacer a todos hijos de Dios, que a todos es enviada la buena nueva, que el Evangelio debe ser predicado en todo el mundo, que todos son llamados al arrepentimiento y a la conversión y es ofrecida la remisión de los pecados, que Dios ilumina a todo hombre, que todos son llamados a entrar en la Iglesia, que a todos son ofrecidos perdón y misericordia, que Cristo ha dado su vida por todos, que la salvación es ofrecida a todos, que todos pueden salvarse y tienen los medios para salvarse.
Resta, sin embargo, el hecho de que hoy ¿a quién le interesa Dios? Yo, como teólogo, desde hace decenios predico sobre el misterio de Dios. Pero ¿cuántos son los que me siguen y me escuchan? Existen además diversos conceptos de Dios, algunos falsos, como el concepto panteístico, el idealista, el luterano, el evolucionista. Para salvarse es necesario el concepto correcto y justo de Dios, de lo contrario se tropieza con un ídolo que no salva. Algunos probablemente encuentran a Cristo sin darse cuenta, en el servir a los pobres y a los oprimidos.
Dios ciertamente Se ofrece a todos; pero cada uno de nosotros tiene la facultad de acogerLo o no acogerLo. Dios ciertamente elige a sus elegidos, pero hace que los mismos elegidos a su vez Lo elijan. Y luego se habla mucho de salvación. Pero ¿cuántos de nosotros sabemos que ella consiste en la visión de Dios? ¿Y a quién le interesa la visión de Dios? Entonces vemos por qué no todos se salvan.
Jesús, en efecto, cuando habla de los salvados no dice «todos», sino los «elegidos». Por tanto, no todos. ¿Quiénes son? ¿Por qué Jesús dice que muchos quedarán fuera del reino? ¿Por qué aleja de sí a algunos? ¿Por qué a algunos dice no reconocerlos? ¿Por qué algunos serán expulsados fuera en las tinieblas? ¿Por qué para algunos está reservado el fuego de la gehenna?
Debemos recordar que el cristianismo concibe la historia del hombre como un drama en el cual el hombre en los orígenes destruye con el pecado un orden originariamente instituido por Dios. Pero Dios quiere reconstituir este orden. El Dios juez y misericordioso surge de esta voluntad divina. En la humanidad pecadora se constituyen entonces dos partidos: el de aquellos que reconocen su propio pecado, están arrepentidos y quieren reconstituir con la ayuda de Dios el orden destruido. Y el de aquellos que no quieren convertirse, sino que obstinados en su pecado se complacen en el desorden que han causado y lo quieren sustituir con un orden propio contrario al orden querido por Dios.
Se entiende entonces en este punto cómo Dios acoge a aquellos que quieren la reconstitución del orden originario y aleja de Sí a aquellos que en cambio se niegan a esforzarse por su reconstitución. La justicia consiste en la observancia del orden establecido por Dios y en la reconstitución del orden allí donde ha sido violado.
En el curso de la historia muchos agravios son cometidos sin que sean reparados. Existe ciertamente una justicia humana, pero ella, como sabemos bien, no siempre funciona. En efecto, existen desgraciadamente jueces corruptos, que condenan al inocente y absuelven al culpable. Por esto a muchos que han padecido injusticia no se les hace justicia. Nadie los defiende. Los impostores hacen la figura de profetas y son honrados y seguidos por muchos. Los honestos son burlados, vejados, despreciados y marginados. Dios indudablemente por ahora soporta estas injusticias. Sin embargo, hace esto porque quiere dar tiempo y modo a los injustos de arrepentirse, de reparar y hacer justicia.
Sin embargo, existe un plazo. Las cuentas pendientes deben ser reguladas y serán reguladas. Si Dios por ahora calla y no interviene, no es porque, como el Dios luterano, se resigne al pecado y lo legalice, sino solo porque Dios exhorta a los pecadores a un examen de conciencia.
El tiempo que Dios da es limitado y de un momento a otro intervendrá Él mismo para pedir cuentas y remediar todos los agravios cometidos por los hipócritas, los impíos, los prepotentes y por la misma justicia humana. Esta intervención final de Dios en la historia es el Juicio universal. Los humillados y ofendidos tienen, por tanto, motivo de consolación y de esperanza, en la espera de la Venida final de Cristo, que hará justicia de todos los agravios cometidos por los injustos, mientras premiará a aquellos que han tenido paciencia y han temido sus juicios. Esta es la esperanza cristiana.
En cambio, el constructivismo ilustrado por Avvenire prohíbe al hombre esperar —como vana ilusión— un día de la verdad y de la justicia, un día en el cual Dios, como supremo juez de la humanidad, revelará definitivamente los engaños de los hipócritas, tomará la defensa de los justos y mostrará a todos las calumnias de las cuales han sido víctimas, liberará para siempre a los oprimidos de los opresores, pondrá fin definitivamente a las injusticias, dará satisfacción a quienes han sufrido agravios y abusos, castigará a los malhechores, restituirá sus bienes a aquellos que han sido despojados, y dará a cada uno lo suyo.
Para el constructivista un semejante Dios no existe. Entonces podríamos preguntarnos: ¿cuál es el verdadero Dios para el constructivista? ¿Quién establece y sanciona, según él, la norma de lo justo y de lo injusto, del bien y del mal en las acciones humanas y la hace respetar? ¿El hombre tiene suficiente sabiduría, es capaz con sus propias fuerzas de crear una justicia perfecta? ¿Cómo concibe el constructivista el poder del hombre? ¿Qué relación hay según él entre el hombre y Dios? ¿Qué concepto de Dios está subyacente a la visión del constructivista? ¿A quién va la omnipotencia? ¿A Dios o al hombre?
Comencemos por este último punto, que ilumina y explica todo lo demás como consecuencia de las premisas. Es claro que para el constructivista el atributo de la omnipotencia pasa de Dios al hombre. Corresponde solo al hombre premiar y castigar, hacer justicia y reparar los agravios. El Dios de los constructivistas es como el Dios de Bonhöffer. No es un Dios que actúa, sino un Dios que está mirando, mientras quien actúa es el hombre. Es un Dios notario, que toma nota de lo que hace el hombre.
No corresponde a Dios decidir, sostener, confirmar, aprobar o desaprobar las acciones humanas, sino que es el hombre quien actúa, hace, deshace, obtiene y decide, suponiendo la aprobación y la confirmación divina. Es luego un Dios tan distinto del Dios luterano de la «justificación forense», mejor decir: de la hipocresía forense.
Dios, por tanto, para el constructivista no es omnipotente y la justicia divina no consiste en premiar o castigar, sino simplemente en justificar todo lo que hace el hombre, todos los eventos de la historia, tanto el bien como el mal, como el Dios hegeliano ³, un Dios que da siempre la razón al vencedor, mientras quien pierde tiene siempre la culpa.
Por lo demás, también para el constructivista Dios es bondad infinita, aunque el mundo, según él, no está fuera de Dios, sino en el mismo Dios. Ahora bien, en el mundo hay acciones buenas y malas. Entonces quiere decir que el bien y el mal están en el mismo Dios. Ahora bien, puesto que Dios es todo, entonces todo es bueno tal como es y acontece. Por tanto, también el mal es bien. De lo cual vemos cómo el buenismo se convierte en justificación del mal. Si todos son buenos, entonces todos son malvados.
Con esto no queremos negar que, si Dios hubiera querido, habría podido efectivamente salvar a todos, como Orígenes creyó que Dios lo había efectivamente hecho. Pero nosotros, como buenos creyentes, debemos atenernos a lo que Dios ha efectivamente hecho y Cristo nos ha revelado, sin pretender ser más misericordiosos que Dios.
Dios, por tanto, para el constructivista, como el Dios luterano, no quita ni cancela el pecado, si no en apariencia, sino que en realidad lo conserva y lo aprueba. Este permanece escondido y oculto. Por tanto, una hipocresía. Dios finge no verlo, pero sabe perfectamente que está allí.
Al fin de cuentas, entonces, el Dios del constructivista no es un Dios que hace justicia, sino un Dios que considera justo lo injusto, justo el pecado tanto como la justicia, perdona al no arrepentido, absolviendo tanto al justo como al malvado. Es un Dios que manifiesta su esencia divina perdonando y salvando a todos, porque es un Dios que ama tanto el bien como el mal.
¿Y qué puesto tiene el hombre en el constructivismo? Dios no trasciende al hombre, sino que es el vértice y horizonte de la trascendencia humana, como en Rahner. El hombre no es creado por Dios, sino que es el aparecer finito de Dios. Y puesto que Dios es el Uno‑Todo, como en Hegel y en Parménides, es decir, la totalidad de la realidad, el hombre es el Yo divino finitizado que aparece al yo humano, mientras Dios es la infinitud del yo humano.
Dios es el inicio y la plenitud del hombre. Y por esto la ley de la justicia no es una bondad divina precedente a la humana, sino que es la misma voluntad humana elevada a su plenitud. Cuánto esta visión de Dios y del hombre sea conforme a la visión católica lo dejo juzgar al lector.
Nos preguntamos, sin embargo: ¿qué puede «construir» el hombre con sus solas fuerzas? ¿Estamos seguros de que el hombre tiene fuerzas divinas? ¿O acaso debemos contentarnos con lo finito? Es claro que no podemos pedir a Dios aquello que podemos hacer con nuestras fuerzas. Sobre esto Bonhöffer tiene razón en su polémica con el «Dios tapagujeros».
Pero ¿cómo negar o despreciar el hecho de que Dios nos socorre allí donde con nuestras fuerzas no llegamos? Tentar a Dios sería arrojarnos al precipicio y pedirLe socorro. Pero si realmente estamos precipitándonos no por culpa nuestra, ¿por qué no confiar en su ayuda? No podemos pretender pedir más de lo que nos corresponde; pero ¿por qué no pedirLe aquello sin lo cual morimos?
Ciertamente el hombre sabio y valiente es laborioso y constructivo. Sabe utilizar con coraje y diligencia aquellas fuerzas, cualesquiera que sean, de las cuales dispone, aun consciente de su propia falibilidad y fragilidad e inclinado al pecado, necesitado al mismo tiempo de infinito y de absoluto. Si no confía en Dios juez y reparador de las injusticias que él mismo comete o de las cuales es víctima, ¿qué puede obtener, qué puede construir sino bellos sueños de grandeza y castillos en el aire destinados a derrumbarse y desvanecerse al aparecer de lo verdadero?

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 28 de abril de 2026

Notas

¹ Se «Dio è morto», dobbiamo trovare il coraggio di costruire, por Luciano Floridi, Avvenire del 18 de abril de 2026: https://www.avvenire.it/idee-commenti/se-dio-e-morto-dobbiamo-trovare-il-coraggio-di-costruire_107202
² L’eresia del buonismo. Il buonismo e i suoi rimedi, Edizioni Chora Books, Hong Kong  2017.
³ Véase: Il Dio di Hegel, en J. Maritain, La filosofia morale, Editrice Morcelliana, Brescia 1971, pp.215-248.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum spes christiana consistat in certitudine Iudicii universalis,
in quo Christus restituet ordinem peccato destructum et reddet iustitiam iniuriis illatis,
vel potius homo possit per se iustitiam construere sine divinae interventionis expectatione

Ad hoc sic procediturVidetur quod spes christiana non debeat fundari in Iudicio universali.
1. Quia homo habet facultatem iustitiam propriis viribus construendi. Dicitur enim quod possumus et debemus nosmetipsos componere, quod videtur rationabilius quam exspectare eventum futurum incertum.
2. Videtur quod omnes salventur, quia asseritur Deum velle omnes salvare, omnes filios Dei efficere, et Christum pro omnibus vitam suam dedisse. Si salus est universalis, non videtur sensum habere de iudicio, damnatione vel exclusionibus loqui.
3. Videtur quod malum non existat ut tale, quia dicitur omnia esse bona prout sunt et eveniunt, et ita etiam malum est bonum. Si malum est sola apparentia, non est necessarium iudicium quod illud puniat.

Sed contra est quod Scriptura docet Christum venturum esse ad iudicandum vivos et mortuos. Ipse affirmat non omnes intrare regnum, sed electos, et aliquos mittendos esse in exteriores tenebras. Ioannes in Apocalypsi describit pugnam Christi contra inimicos suos et victoriam definitivam super malum.

Respondeo dicendum quod christianismus concipit historiam hominis ut drama, in quo homo ab initio peccato destruxit ordinem a Deo institutum. Deus autem vult illum ordinem restituere, unde oritur figura iudicis misericordis. In humanitate peccatrice constituuntur duo ordines: illorum qui peccatum suum agnoscunt, paenitentiam agunt et cum auxilio Dei ordinem destructum restituere volunt; et illorum qui peccatum suum non converti intendunt, sed in eo obstinati delectantur et ordinem divinum proprio contrario ordine supplere conantur. Tempus quod Deus concedit est limitatum, et veniet momentum quo ipse interveniet ad rationem exigendam et iniurias reparandas. Haec interventio finalis est Iudicium universale. Humiliati et oppressi habent causam spei in Adventu Christi, qui reddet iustitiam omnibus iniuriis et remunerabit patientes. Constructivismus autem hanc spem negat, Deum ad impotentem notarium redigens qui omnia opera hominis approbat, et tandem bonum cum malo aequans. Asseritur mundum in ipso Deo esse, et ita bonum et malum in Deo. Inde concluditur omnia esse bona, etiam malum. Sed hoc ducit ad hypocrisim et ad peccati iustificationem. Vera spes christiana consistit in fiducia in Deo iudice et reparatore, qui ordinem restituet et maleficos puniet.

Ad primum dicendum quod homo sine Deo tantum aedificat turres in aere destinatas ad ruinam. Iustitia humana est limitata et saepe corrupta, unde necessaria est divina interventio ad ordinem restituendum.
Ad secundum dicendum quod, licet Deus velit omnes salvare et media salutis praebeat, Christus tamen de electis loquitur et non de omnibus. Salus requirit conversionem et paenitentiam, et ideo non omnes salvantur.
Ad tertium dicendum quod malum existit ut inordinatio a peccato causata. Non potest cum bono identificari, quia tunc iniustitia et peccatum iustificarentur. Necessarium est Iudicium universale ad malum puniendum et ordinem a Deo institutum restituendum.
   
JG

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