El tiempo que Dios da es limitado y de un momento a otro intervendrá Él mismo para pedir cuentas y remediar todos los agravios cometidos por los hipócritas, los impíos, los prepotentes y por la misma justicia humana. Esta intervención final de Dios en la historia es el Juicio universal. Los humillados y ofendidos tienen, por tanto, motivo de consolación y de esperanza, en la espera de la Venida final de Cristo, que hará justicia de todos los agravios cometidos por los injustos, mientras premiará a aquellos que han tenido paciencia y han temido sus juicios. Esta es la esperanza cristiana.
En cambio, el constructivismo ilustrado por Avvenire prohíbe al hombre esperar —como vana ilusión— un día de la verdad y de la justicia, un día en el cual Dios, como supremo juez de la humanidad, revelará definitivamente los engaños de los hipócritas, tomará la defensa de los justos y mostrará a todos las calumnias de las cuales han sido víctimas, liberará para siempre a los oprimidos de los opresores, pondrá fin definitivamente a las injusticias, dará satisfacción a quienes han sufrido agravios y abusos, castigará a los malhechores, restituirá sus bienes a aquellos que han sido despojados, y dará a cada uno lo suyo.
Para el constructivista un semejante Dios no existe. Entonces podríamos preguntarnos: ¿cuál es el verdadero Dios para el constructivista? ¿Quién establece y sanciona, según él, la norma de lo justo y de lo injusto, del bien y del mal en las acciones humanas y la hace respetar? ¿El hombre tiene suficiente sabiduría, es capaz con sus propias fuerzas de crear una justicia perfecta? ¿Cómo concibe el constructivista el poder del hombre? ¿Qué relación hay según él entre el hombre y Dios? ¿Qué concepto de Dios está subyacente a la visión del constructivista? ¿A quién va la omnipotencia? ¿A Dios o al hombre?
Comencemos por este último punto, que ilumina y explica todo lo demás como consecuencia de las premisas. Es claro que para el constructivista el atributo de la omnipotencia pasa de Dios al hombre. Corresponde solo al hombre premiar y castigar, hacer justicia y reparar los agravios. El Dios de los constructivistas es como el Dios de Bonhöffer. No es un Dios que actúa, sino un Dios que está mirando, mientras quien actúa es el hombre. Es un Dios notario, que toma nota de lo que hace el hombre.
No corresponde a Dios decidir, sostener, confirmar, aprobar o desaprobar las acciones humanas, sino que es el hombre quien actúa, hace, deshace, obtiene y decide, suponiendo la aprobación y la confirmación divina. Es luego un Dios tan distinto del Dios luterano de la «justificación forense», mejor decir: de la hipocresía forense.
Dios, por tanto, para el constructivista no es omnipotente y la justicia divina no consiste en premiar o castigar, sino simplemente en justificar todo lo que hace el hombre, todos los eventos de la historia, tanto el bien como el mal, como el Dios hegeliano ³, un Dios que da siempre la razón al vencedor, mientras quien pierde tiene siempre la culpa.
Por lo demás, también para el constructivista Dios es bondad infinita, aunque el mundo, según él, no está fuera de Dios, sino en el mismo Dios. Ahora bien, en el mundo hay acciones buenas y malas. Entonces quiere decir que el bien y el mal están en el mismo Dios. Ahora bien, puesto que Dios es todo, entonces todo es bueno tal como es y acontece. Por tanto, también el mal es bien. De lo cual vemos cómo el buenismo se convierte en justificación del mal. Si todos son buenos, entonces todos son malvados.
Con esto no queremos negar que, si Dios hubiera querido, habría podido efectivamente salvar a todos, como Orígenes creyó que Dios lo había efectivamente hecho. Pero nosotros, como buenos creyentes, debemos atenernos a lo que Dios ha efectivamente hecho y Cristo nos ha revelado, sin pretender ser más misericordiosos que Dios.
Dios, por tanto, para el constructivista, como el Dios luterano, no quita ni cancela el pecado, si no en apariencia, sino que en realidad lo conserva y lo aprueba. Este permanece escondido y oculto. Por tanto, una hipocresía. Dios finge no verlo, pero sabe perfectamente que está allí.
Al fin de cuentas, entonces, el Dios del constructivista no es un Dios que hace justicia, sino un Dios que considera justo lo injusto, justo el pecado tanto como la justicia, perdona al no arrepentido, absolviendo tanto al justo como al malvado. Es un Dios que manifiesta su esencia divina perdonando y salvando a todos, porque es un Dios que ama tanto el bien como el mal.
¿Y qué puesto tiene el hombre en el constructivismo? Dios no trasciende al hombre, sino que es el vértice y horizonte de la trascendencia humana, como en Rahner. El hombre no es creado por Dios, sino que es el aparecer finito de Dios. Y puesto que Dios es el Uno‑Todo, como en Hegel y en Parménides, es decir, la totalidad de la realidad, el hombre es el Yo divino finitizado que aparece al yo humano, mientras Dios es la infinitud del yo humano.
Dios es el inicio y la plenitud del hombre. Y por esto la ley de la justicia no es una bondad divina precedente a la humana, sino que es la misma voluntad humana elevada a su plenitud. Cuánto esta visión de Dios y del hombre sea conforme a la visión católica lo dejo juzgar al lector.
Nos preguntamos, sin embargo: ¿qué puede «construir» el hombre con sus solas fuerzas? ¿Estamos seguros de que el hombre tiene fuerzas divinas? ¿O acaso debemos contentarnos con lo finito? Es claro que no podemos pedir a Dios aquello que podemos hacer con nuestras fuerzas. Sobre esto Bonhöffer tiene razón en su polémica con el «Dios tapagujeros».
Pero ¿cómo negar o despreciar el hecho de que Dios nos socorre allí donde con nuestras fuerzas no llegamos? Tentar a Dios sería arrojarnos al precipicio y pedirLe socorro. Pero si realmente estamos precipitándonos no por culpa nuestra, ¿por qué no confiar en su ayuda? No podemos pretender pedir más de lo que nos corresponde; pero ¿por qué no pedirLe aquello sin lo cual morimos?
Ciertamente el hombre sabio y valiente es laborioso y constructivo. Sabe utilizar con coraje y diligencia aquellas fuerzas, cualesquiera que sean, de las cuales dispone, aun consciente de su propia falibilidad y fragilidad e inclinado al pecado, necesitado al mismo tiempo de infinito y de absoluto. Si no confía en Dios juez y reparador de las injusticias que él mismo comete o de las cuales es víctima, ¿qué puede obtener, qué puede construir sino bellos sueños de grandeza y castillos en el aire destinados a derrumbarse y desvanecerse al aparecer de lo verdadero?
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