viernes, 1 de mayo de 2026

Curso de Escatología. Capítulo 3: La Parusía de Cristo

La historia humana culmina en un acontecimiento glorioso y definitivo, más allá de toda especulación sectaria o modernista. ¿Qué sentido tiene reducir la parusía a un presente simbólico, cuando la Revelación anuncia un retorno real y futuro de Cristo? ¿No es más razonable vivir en vigilancia constante, atentos a los signos de la apostasía y del Anticristo, que pretender calcular fechas ilusorias? ¿Qué consecuencias trae para nuestra esperanza saber que el mundo no será destruido, sino purificado y transformado en “cielos nuevos y tierra nueva”? Este tercer capítulo del breve curso de escatología del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a redescubrir la Parusía como juicio universal y regeneración cósmica, donde Cristo victorioso inaugura la plenitud del Reino y la Iglesia, esposa fiel, recibe al Esposo que viene pronto. [En la imagen: fragmento superior de "El Juicio Final", óleo sobre lienzo, 1611-1614, obra de Francisco Pacheco, perteneciente a la colección del Museo Goya de Castres].

Curso de Escatología
Capítulo 3: La Parusía de Cristo

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 9 de septiembre de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-parusia-di-cristo-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Retomemos nuestro pequeño curso de escatología. Esta vez trataremos de una promesa que nos ha hecho Cristo antes de dejar este mundo y de retornar al Padre. Él anuncia, en formas veladas y en formas explícitas, que volverá al fin del mundo, victorioso sobre las potencias del mal, para juzgar a los vivos y a los muertos, para hacer resucitar a los muertos de los sepulcros e inaugurar en plenitud el Reino de Dios.
A este retorno glorioso de Cristo se ha convenido en llamarlo "parusía", palabra griega usada por el Nuevo Testamento para significar precisamente esta venida final de Cristo. El término, de por sí, indicaba, en tiempos de Cristo, el regreso triunfal del rey a su sede después de la victoria sobre sus enemigos, circundado de gloria y exaltado tanto por su ejército victorioso como por su pueblo. Para usar un ejemplo moderno, pensemos en el regreso a su patria de un equipo de fútbol ganador de un campeonato mundial.
Esta idea, esta esperanza en la venida del Mesías redentor y liberador de los justos del yugo de los impíos para la instauración del Reino de Dios sobre la tierra, ya aparece en los profetas del Antiguo Testamento. De tal modo, el pueblo judío, destinatario principal de esta promesa del Señor, siempre estuvo en espera de la venida de este Mesías triunfante, sin prestar demasiada atención, sin embargo, al hecho de que el Mesías venía presentado por el profeta Isaías también como sufriente y aparentemente derrotado, pero salvador del pueblo mediante la ofrenda sacrificial de sí mismo, como "manso cordero inmolado" para la expiación de los pecados.
Los cristianos alcanzaron a captar este aspecto aparentemente desconcertante del Mesías ("bendito aquel que no se escandalice de mí"), pero, como es bien sabido, la mayor parte de Israel no entendió y aún no comprende que ya en el Antiguo Testamento la victoria final del Mesías es precedida y condicionada por su sacrificio redentor. Esta corriente mayoritaria del judaísmo, en cambio, se ha mantenido obstinadamente unida a la expectativa del puro triunfador en el sentido político de un Israel dominador sobre toda la humanidad.
Sin embargo, es cierto que sólo con el Nuevo Testamento y, en particular, de las propias palabras de Cristo surge una verdadera y propia distancia histórico-temporal entre una primera y una segunda venida del Mesías: la primera, aquella de Cristo hace dos mil años, finalizada en el sacrificio de la Cruz, aunque con la posibilidad de un inicio del Reino desde ahora mismo gracias a la fundación de la Iglesia y a la vida de la gracia; la segunda -la única que esperan los judíos- aquella efectivamente y definitivamente triunfadora, en la cual ciertamente Israel sigue siendo pueblo elegido, pero no para dominar, sino para servir a la humanidad en el camino de la salvación, tras las huellas del mismo Redentor de Israel, "que no ha venido para hacerse servir, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos".
San Pablo prevé la conversión de Israel a Cristo en el fin del mundo (Rm 9-11). Se podría pensar que Cristo cumple así con las expectativas de Israel de un Mesías glorioso y triunfador. Sin embargo, dado que sin la cruz no hay salvación, podríamos pensar que los sufrimientos de Israel a lo largo de la historia presente suplen su falta de fe en un Mesías sufriente. Israel mismo, como sabemos, es un pueblo mesiánico, por lo cual es posible que este pueblo, quizás sin darse cuenta (pensemos en el Holocausto), haya sufrido y esté sufriendo los dolores del Mesías.
La venida final de Cristo, tal como surge del Nuevo Testamento, se prepara a lo largo de la historia hasta el fin del mundo, por una venida parcial constante, más interior que socialmente relevante, en el Espíritu Santo. Una venida en las conciencias, más que en las realizaciones externas de este mundo. A lo largo de la historia, Cristo continúa viniendo y obrando la salvación en sus discípulos, en los pobres, en los oprimidos, en los que sufren, en los pequeños, en la Iglesia, en los sacramentos, en el año litúrgico: este es el período del "adviento". Pero, así como el Cristo de la historia pareció ser un derrotado, y así como su acción en el mundo parece incomprendida, contrastada y a menudo al borde de la extinción, así la Iglesia, cuerpo de Cristo, en los atormentados acontecimientos terrenos, es igualmente combatida y su acción es constantemente contrastada por el poder de las tinieblas, el "dragón rojo" del Apocalipsis.
Con todo, así como las fuerzas del mal no han podido detener a Cristo en el cumplimiento de su misión, sino que los insultos que Cristo ha recibido de los pecadores se convirtieron en ingredientes de su victoria, así la Iglesia, Reino de Dios iniciado en este mundo, gracias a sus propios sufrimientos, avanza inexorablemente en la construcción del Reino a lo largo de los siglos, protegida por su divino Esposo y todos los que viven en esta comunidad de salvación de por sí invencible devienen a su vez invencibles, aún cuando durante todo el curso de esta vida existe para ellos la posibilidad de ceder por su culpa a las fuerzas del mal.
La parusía es el momento final de la edificación del Reino, es la inauguración del Reino en su plenitud y en cierto modo el inicio de una nueva historia no ya de pecado sino de justicia, no ya de muerte sino de vida, no ya de sufrimiento sino de alegría. En este momento, según las profecías evangélicas, el trigo se separa definitivamente del lolio, los justos reciben el premio eterno y los malvados reciben el castigo eterno. Y todo esto no tanto en el alma, puesto que eso ya ha sucedido en el juicio particular en el momento de la muerte, sino en el cuerpo mismo y en el mundo, como redundancia de la sanción divina, al momento del juicio universal.
En efecto, mientras que el juicio particular es pronunciado por el Juez divino al momento de la muerte en relación con el destino personal de cada uno, de felicidad o de miseria, el juicio universal, pronunciado por Cristo en el momento de la parusía, tiene la función de colocar a cada uno de nosotros en la justa relación con toda la humanidad y con el universo cósmico.
La parusía de Cristo tendrá por otra parte la función de regenerar la entera creación, la cual, como dice san Pablo, actualmente "sufre los dolores del parto", en la espera de la revelación final de los hijos de Dios. En esta conclusión de la historia presente, el Hijo conduce a término la obra divina de la liberación del mundo del mal, lleva a cumplimiento el sometimiento de la creación a su poder, recapitula en unidad y armonía todas las energías cósmicas desorganizadas por el pecado y restituye al Padre, legítimo propietario porque es su Creador, aquel mundo que el pecado había sustraído a su poder benéfico, arrebatándolo del poder de Satanás, ahora arrojado para siempre al infierno, aunque Dios, en su providencia misericordiosa, no permanece ausente ni siquiera de esos lugares tenebrosos y miserables.
Cristo manda a sus seguidores mantenerse siempre preparados para su venida con el ejercicio de las buenas obras: el momento de la parusía, dice Cristo, lo conoce sólo el Padre. Por muy vivo que sea nuestro deseo de saber cuándo vendrá Cristo, Cristo no nos permite satisfacer este deseo. Después de todo, no saber cuándo llegará nos permite estar atentos, vigilar, y estar siempre preparados.
Por eso son ridículos y blasfemos los recurrentes intentos de grupos sectarios de exaltados que siempre de nuevo, con increíble obstinación, pretenden calcular la fecha del fin del mundo, quedándose permanentemente decepcionados y siempre empezando a trabajar de nuevo por nuevas ilusorias predicciones. Pero es igualmente errónea, aunque aparentemente más seria, la idea de ciertos exegetas de que el fin del mundo no es un acontecimiento futuro datado en la historia, sino simplemente, como dice Rahner, "el presente representado con las categorías del futuro". Es cierto que con el advenimiento del Evangelio vivimos los "últimos tiempos"; pero esto no quiere decir en absoluto que estos tiempos escatológicos se agoten en la vida presente sin reservarnos la novedad sobrenatural de un acontecimiento situado en el futuro temporal, que es precisamente la parusía de Cristo.
Aún así, Cristo anuncia algunas señales de su venida. Sin embargo, estos signos, si queremos usar términos tomados de la medicina, no son pronósticos sino sólo diagnósticos. De hecho, Cristo, como se ha dicho, no nos permite predecir por anticipado cuándo vendrá (pronóstico). Sin embargo será posible reconocerlo mientras vendrá (diagnóstico): decadencia de la fe y enfriamiento de la caridad, guerras y convulsiones cósmicas. Estos signos, si bien mantienen un margen de misterio y de equivocidad, son explicitados por san Pablo con el anuncio de la apostasía final y de la venida del Anticristo. Incluso el Apocalipsis describe de un modo impresionante, aunque ante todo oscuramente, las pruebas, los castigos y los desastres que precederán al fin del mundo y al retorno de Cristo.
El "Reino de los mil años" del cual habla el Apocalipsis (c.20) no debe confundirse con una especie de parusía inframundana, sino que, como ya explicó san Agustín en su tiempo, representa la era de la Iglesia en esta tierra, el inicio del Reino de Dios La parusía de Cristo es una sola, la del fin del mundo. El "milenarismo" que representa esta herejía ha sido condenado por la Iglesia. El milenarismo en algún modo reaparece en todas las ideologías que contemplan la posibilidad de una plena felicidad del hombre en el mundo presente, como el marxismo y la masonería.
En la venida de Cristo, este mundo no será destruido excepto en sus aspectos de pecado, de injusticia, de sufrimiento y de muerte. Pero como en sí mismo es creado por Dios, es bueno, Cristo lo purifica y lo salva, lo libera del poder del maligno y lo entrega al Padre. En este sentido, el mundo futuro de la resurrección no es propiamente un "otro mundo" distinto de éste, aunque el Evangelio lo llame así, sino que es este mismo mundo el que redescubre el plan originario de Dios, por él anunciado en el Génesis, y perfeccionado por la vida de los hijos de Dios. "Nuevos cielos y nueva tierra", como ya anuncian los profetas del Antiguo Testamento, "en los cuales habitará la justicia".
Los primeros cristianos, como se desprende de los textos neotestamentarios, por ejemplo los textos de san Pablo, esperaban un retorno de Cristo para su propia generación, considerando algunas de sus afirmaciones que podrían inducir a pensar una cosa de tal género, aunque Cristo por otro lado había dicho que sólo el Padre conoce el día y la hora. Sin embargo, Cristo habla efectivamente de una inminente venida del Reino con poder. Pero no se refiere a la parusía, sino a la victoria de la cruz y a su resurrección, que habría inaugurado el inicio de la edificación del Reino como comunidad eclesial. Por otra parte, el propio san Pablo se preocupa de precisar que es desconocido el momento en el cual el Señor retornará y señala aquellos que serán los eventos relacionados con el fin del mundo.
Algunos exegetas protestantes y modernistas han creído neciamente que Jesucristo, anunciando su inminente venida, "se ha equivocado". Pero esto es, evidentemente, una gran insensatez por no decir una blasfemia, considerando el absurdo de que el Hijo de Dios, Verdad absoluta hecha hombre, se equivocara acerca de un elemento tan fundamental de su misión. En cambio, las palabras del Señor deben interpretarse en el sentido antes mencionado, es decir, como referidas a su resurrección, la cual efectivamente constituye, si no la venida final en gloria, el inicio mismo de esta venida, la cual, como he dicho, constela todo el curso de la historia de una multiplicidad de venidas incoativas -los momentos felices de la historia de la salvación-, que tendrán su cumplimiento final en aquella que propiamente y plenamente se llama "parusía" al fin del mundo, con la resurrección de los muertos, el juicio universal, la derrota total de las fuerzas del mal, la liberación de los justos de manos de los malvados y la inauguración del reino en su plenitud definitiva.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 7 de septiembre de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum spes christiana consistat in futura et gloriosa Christi adventu in fine mundi

Ad hoc sic procediturVidetur quod spes christiana solummodo consistat in vita praesentis saeculi.
1. Quia quidam exegetae tenent finem mundi non esse eventum futurum, sed simpliciter praesentem repraesentatum sub formis futuri. Hoc videtur validum, quia speculationes vitat et in vita actuali consistit.
2. Praeterea quaedam sectariae factiones conantur calculare diem finis mundi, quod videtur rationabile, quia Christus signa adventus sui annuntiavit et haec ad determinandum tempus adhiberi possent.
3. Item quidam tenent parusiam iam factam esse et solummodo restare conscientiam eius. Hoc videtur convincens, quia in Deo omnia sunt in actu et Christus est Deus.
4. Denique quidam interpretantur parusiam ut factum mere spirituale, iam completum in resurrectione Christi et in vita Ecclesiae, sine necessitate exspectandi eventum futurum. Hoc videtur solidum, quia Christus dixit Regnum iam venisse in virtute.

Sed contra est quod Christus ipse promittit: “Veniet hora, in qua omnes qui in monumentis sunt audient vocem Filii hominis et procedent” (Io 5,28‑29). Apostolus annuntiat apostasiam finalem et adventum Antichristi, et docet Dominum rediturum esse in tempore ignoto. Apocalypsis describit tentationes et clades praevias fini mundi. Augustinus interpretatur “Regnum mille annorum” ut aetatem Ecclesiae, et Ecclesia milenarismum damnavit.

Respondeo dicendum quod spes christiana consistit in futura et gloriosa Christi adventu in fine mundi. Christus venturus est victor super potestates mali, ut iudicet vivos et mortuos, corpora resuscitet et creationem regeneret. Mundus non destruetur, sed purificabitur et transformabitur in “novos caelos et novam terram” ubi iustitia inhabitat. Parusia est eventus historicus et cosmicus, distinctus a prima Christi adventu in cruce et a spiritualibus eius adventibus in historia. Signa annuntiata — defectio fidei, refrigescens caritas, bella, apostasia, Antichristus — sunt diagnostica, non prognostica, et ad agnoscendum adventum serviunt, non ad calculandum. Ideo Christus discipulis suis praecipit ut in vigilantia continua vivant, bonis operibus parati, nec falsis praedictionibus nec reductivis interpretationibus decipiantur. Parusia erit iudicium universale, quod singulos in justa relatione cum humanitate et cum universo collocabit, et erit inauguratio definitiva Regni Dei.
In summa, spes christiana consistit in futura et gloriosa Christi adventu in fine mundi, qui mundum purificabit, vivos et mortuos iudicabit et creationem regenerabit, et propter hoc fideles in vigilantia continua vivere debent.

Ad primum dicendum quod finis mundi non ad praesentem reducitur, sed Scriptura eventum futurum et supernaturalem, parusiam, annuntiat.
Ad secundum dicendum quod signa non ad diem calculandum, sed ad adventum agnoscendum valent, et solus Pater diem et horam novit.
Ad tertium dicendum quod parusia nondum facta est, quia est actus historicus futurus Christi in sua humanitate, et tota Ecclesia eam exspectat.
Ad quartum dicendum quod resurrectio Christi et vita Ecclesiae sunt anticipationes parusiae, sed plenitudo solummodo in finali adventu in fine mundi attingitur.
   
JG

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