jueves, 19 de marzo de 2026

¿Qué sentido tiene ser hoy comunistas?

¿Qué significa todavía hoy ondear la bandera roja con la hoz y el martillo frente a los símbolos de la fe y de la cultura cristiana? ¿Cómo puede subsistir el comunismo después de tantas tragedias que ha causado a la humanidad? ¿No es acaso la obstinación en un ideal fracasado una ilusión que nace de la soberbia del hombre que quiere ser causa de sí mismo? ¿No deberían los principios de justicia que atraen a las masas reconocerse más bien en sus raíces bíblicas y en la tradición social de la Iglesia? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli invita a preguntarse si tiene sentido seguir llamándose comunistas, o si más bien conviene dejar que la belleza de la civilización cristiana ilumine el camino de la libertad y de la verdadera justicia.. [En la imagen: Banderas rojas frente al Duomo de Milán en 2011].

¿Qué sentido tiene ser hoy comunistas?

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 4 de junio. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/che-senso-ha-essere-oggi-comunisti-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Me ha llamado la atención la foto que apareció días atrás en el diario "Il Giornale" en primera página, con la noticia de la victoria electoral de Pisapia como alcalde de Milán: se vio a un hombre ondeando una bandera roja con el retrato del Che Guevara, que ocultaba casi por completo en el fondo la estupenda fachada del duomo de Milán. Me ha parecido una fotografía altamente simbólica que nos puede hacer reflexionar.
No pretendo entrar aquí en el ámbito de la confrontación política directa. No tengo la competencia suficiente para hacer eso. No estoy hablando de Moratti ni de Pisapia en cuanto exponentes de dos partidos opuestos, sino que mi discurso quiere ser más amplio, inspirándome en cuanto ha ocurrido en Milán. En efecto, me pregunto, como observador de los hechos sociales que intenta dar una explicación de fondo de lo que está sucediendo: ¿cómo es posible todavía el comunismo después de tantas tragedias que el comunismo ha causado a la humanidad? Cuando se ha experimentado que un proyecto de sociedad, puesto en acto, implementado, no solo no da los resultados esperados sino que ni siquiera mantiene sus promesas, la sabiduría nos dicta que el proyecto venga a ser abandonado.
Esto es lo que ha sucedido con los grandes proyectos imperialistas de la antigüedad, con los programas heréticos y subversivos del medioevo y, en el siglo pasado, con los alocados objetivos políticos del fascismo y más aún del nazismo. Solo el programa social y humanista del cristianismo persiste y funciona desde hace dos mil años, cargado (aunque en medio de la miseria humana) de frutos de justicia, civilización, cultura, moralidad, belleza. Y durará hasta el fin del mundo. Y sistemas probados y experimentados como el de los Estados Unidos y el de Inglaterra no son ajenos a la inspiración cristiana.
Me pregunto por qué -y el caso de Milán es un signo de esto entre otros mucho más conspicuos- tantos seres humanos todavía hoy continúan confiando en el comunismo, nacido de Marx y de sus colaboradores, aunque después de hecho en algunos aspectos sean infieles al propio Marx o se mezclen con otros principios y factores, sin excluir la idea de conciliarlo, al menos en algunos de sus elementos, con el mismo cristianismo.
Considero que una explicación puede ser la fuerte carga utópica que posee el marxismo: una sociedad libre, una sociedad de iguales, donde todo es común, donde son realizados el progreso, la paz y la justicia social y donde el hombre domina el universo con el trabajo, el arte y la ciencia, en suma, la esperanza de una felicidad perfecta en esta tierra. Considerando tal ideal, ¿cómo puede el hombre, no obstante sus fracasos, renunciar a buscar su realización? Pero, por otra parte, ¿cómo no se ha comprendido todavía (y la historia de la santidad cristiana lo demuestra) que tal perfección humana no se puede obtener sin el socorro de la religión? Entonces, ¿es sincera o es ilusoria, la búsqueda de esta perfección, dado que los medios han existido durante dos mil años y no se los quiere usar?
Por otra parte, en esta desesperada obstinación por volver a proponer un ideal que ha fracasado, entran en juego otros factores no ciertamente nobles, que sin embargo constituyen constantes de la existencia humana en este mundo, consecuencia, como enseña el cristianismo, del pecado original: la soberbia del hombre que no acepta tener que rendir cuenta de su propio actuar a un Dios trascendente, sino que quiere ser causa de sí mismo y regla de sí mismo con su sola razón y voluntad, el instinto del hombre "carnal", para expresarnos con san Pablo, que quiere seguir apegado a los intereses materiales, en desprecio por los valores morales absolutos fundados sobre la metafísica y la religión, para una ética colectivista de la autonomía absoluta, el hombre es lo que cuenta, a los efectos de la propia auto-liberación, en la socialización de los medios económicos de la producción, de los cuales se espera como efecto y consecuencia la liberación espiritual del individuo y de la sociedad. No el espíritu que guía las fuerzas de la materia, sino las energías de la materia, como manantial de la elevación del espíritu. Un absurdo: como si lo menos pudiera ser la causa de lo más.
Ciertamente se puede decir que las formas más inhumanas del comunismo -pensemos en el stalinismo o en las dictaduras del bloque soviético o en las crueldades de China- han sido una lección para los propios comunistas. De hecho, no podemos ignorar cómo en la historia de este movimiento han intervenido periódicamente medidas correctivas tomadas de otras filosofías, como por ejemplo la contribución humanista de Gramsci, el existencialismo de Sartre, la inspiración personalista del comunismo polaco, el aspecto libertario de la escuela de Frankfurt, el aporte del freudismo en Marcuse, el diálogo con los cristianos en Garaudy, el proyecto de "compromiso histórico" de Enrico Berlinguer, la atención a la filosofía de la estética de Natalino Sapegno, las concesiones al liberalismo por parte de la economía china, hasta las tendencias democráticas, pacifistas y pluralistas contemporáneas favorables al mismo principio de la libertad religiosa o incluso a la mística (véase Cacciari).
Por no hablar de los imprudentes intentos de relación con Nietzsche por parte de cierta izquierda aristocrática en los años recientes. Añádase el impulso dado por el Concilio Vaticano II al diálogo con los no-creyentes, y los resultados positivos de este diálogo, preparado por la revista francesa Esprit y seguido por movimientos eclesiales por lo demás no del todo ortodoxos, como el de los "Cristianos por el socialismo" de los años sesenta y la teología de la liberación de los años setenta.
Llegados a este punto, sin embargo, podríamos preguntarnos, después de este fenómeno de reinterpretación, de transformación y de refundación, qué sentido podría todavía tener el seguir proclamándose comunistas conservando el inconfundible y bien característico símbolo de la hoz y el martillo. De hecho, todos saben desde hace casi doscientos años, qué significa ese símbolo, qué es lo que partidos políticos, gobiernos, pueblos y naciones han hecho en nombre de ese símbolo, y cuál es la historia de ese símbolo.
Ahora bien, el símbolo de un movimiento político, económico, cultural, social o filosófico -y tal es el comunismo marxista en su realidad y en su historia- representa evidentemente los principios esenciales y característicos de ese movimiento, cambiados los cuales, el símbolo ya no tiene más razón de ser. Si se utiliza entonces el símbolo, se supone que se continúan aceptando aquellos principios que, en el caso del comunismo marxista, son muy bien conocidos por los historiadores del pensamiento y de la política.
¿Acaso ha cambiado el movimiento? ¿Ha recibido nuevas influencias? ¿Se ha corregido en algunos puntos? Muy bien. Pero preguntémonos: ¿en qué y por qué ha sucedido todo esto? ¿Ha cambiado en lo esencial o en un contorno de corolarios o elementos adicionales o suplementarios o accidentales, en suma, no esenciales? En el primer caso, ya no hay razón para hablar de comunismo con su correspondiente símbolo; en el segundo, por el contrario, se justifica el mantenimiento. Ciertamente, se podría cambiar el símbolo y mantener lo esencial; pero ¿cómo no considerar que el mantenimiento del símbolo significa la conservación de lo esencial? Y si el movimiento se hubiera alejado de lo esencial en algún punto, el mantenimiento del símbolo ¿no conduciría a recuperar cuanto se había perdido recordando el ideal primitivo?
Pío XI, como es bien sabido, en la famosa encíclica Divini redemptoris de 1937 definió el comunismo como un "sistema intrínsecamente perverso" a causa de su materialismo, del ateísmo, del colectivismo, del repudio de las verdades y de los valores morales absolutos, de la apología de la violencia, de la dictadura política, del desprecio por la persona. Esto no quiere decir que en las ideas de Marx no haya también cosas buenas, que por ende son aquellas que atraen a las masas que desean justicia y ser liberadas de la explotación de los poderosos.
Sin embargo, podríamos preguntarnos si estos principios de justicia son verdaderamente originales en Marx o no podríamos encontrar sus inconfesadas raíces en la Biblia o en la tradición social de la Iglesia. En cualquier caso, si los comunistas abandonaran sus errores y mantuvieran cuanto de bueno existe en sus ideas, ¿seguirían siendo todavía comunistas?
Y el hecho de que todavía hoy existan los partidos comunistas con mucho de hoz y de martillo, ¿qué está significando eso? ¿Una vibrante protesta contra la línea Berlusconi? ¿La simple propuesta de una alternativa política razonable? ¿Contra las corrientes de derecha? ¿Contra las injusticias perpetradas por el gobierno? ¿Por el apoyo de los trabajadores, de los desocupados, de los pobres, de las familias, de los marginados, de los inmigrantes?
¿O significa el mantenimiento de cuanto Pío XI condenó en su encíclica? En el primer caso, me pregunto: ¿es necesario para los fines antes mencionados ser comunistas o se podría igualmente y quizás mejor liderar una oposición verdaderamente sana en un partido que respete los valores morales absolutos ("no negociables", como por ejemplo la vida, la familia o la justicia), la religión, la Iglesia y los principios de la Constitución? Y si, por el contrario, se quiere seguir siendo comunistas en aquella línea que ha sido condenada por Pío XI y que tantos desastres ha causado a la humanidad, ¿qué sentido tiene todavía hoy llamarse y querer seguir siendo comunistas? ¿Debería la bandera roja eclipsar el duomo de Milán o es mejor hacerse a un lado para dejarnos ver la inestimable belleza de este imponente edificio, que desafía los siglos de la civilización, de la libertad y de la cultura?

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 2 de junio de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum hodie sensum habeat communistas esse

Ad hoc sic procediturVidetur quod hodie sensum habeat communistas esse.
1. Quia communismus servat fortem vim utopicam: societatem liberam, aequalium, ubi perficiuntur progressus, pax et iustitia socialis.
2. Praeterea, multi credunt communismum corrigi posse ex aliis philosophiae fontibus, ut humanismo Gramsci, existentialismo Sartre, personalismo Polonico vel etiam dialogo cum christianis.
3. Item, putari posset quod conservatio symboli falcis et martelli significet servari essentiale certamen pro iustitia et liberatione pauperum.
4. Denique, quidam tenent ideas Marxi continere elementa bona quae multitudines alliciunt, et si illa serventur, adhuc dici possit communistas esse.

Sed contra est quod Pius XI docuit communismum esse systema intrinsece perversum, propter materialismum, atheismum, collectivismum, repudiationem valorum moralium absolutorum, apologiam violentiae et contemptum personae.

Respondeo dicendum quod hodie sensum non habet communistas esse. Historia ostendit communismum humanitati clades intulisse et promissa eius non impleta esse. Proiecta politica quae deficiunt relinquenda sunt, sicut factum est de antiquis imperialismis, haeresibus mediaevalibus, fascismo et nazismo. Solum programma sociale et humanisticum christianismi perdurat et fructus iustitiae, culturae et civilitatis producit.
Communismus subsistit ex illusioni utopica felicitatis perfectae in hac terra, sed talis perfectio sine auxilio religionis obtineri non potest. Obstinatio in eius conservatione nascitur ex superbia hominis qui nolens Deo rationem reddere vult esse causa et regula sui ipsius. Praeterea communismus confundit vires materiae cum elevatione spiritus, quod est absurdum, quasi minus posset esse causa maioris.
Quamvis correctiones et re-interpretationes inductae sint, symbolum falcis et martelli servat nucleum essentialem communismi marxistici. Si principia essentialia mutantur, iam non est ratio de communismo loquendi; si servantur, perpetuatur quod Ecclesia damnavit et quod nocivum probatum est. Elementa bona quae multitudines alliciunt radices habent in Bibliis et in traditione sociali Ecclesiae, et si sine erroribus servantur, iam non de communismo agitur. Ergo hodie sensum non habet communistas esse.

Ad primum dicendum quod utopia communistica est illusoria, quia sine religione perfectio humana obtineri non potest.
Ad secundum dicendum quod correctiones philosophicae nucleum essentialem perversum communismi non mutant.
Ad tertium dicendum quod symbolum servat essentiale communismi marxistici, et ita errores perpetuat.
Ad quartum dicendum quod elementa bona Marxi non sunt originalia, sed radices habent in traditione christiana, et si sine erroribus servantur, iam non de communismo agitur.
   
JG

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