jueves, 12 de febrero de 2026

Mater divinae gratiae. María Madre de Dios y Madre nuestra

¿Puede una simple criatura humana ocupar un lugar tan sublime en el plan divino de la salvación? ¿Qué significa llamar a María Mater divinae gratiae, Mater Ecclesiae y hasta Corredentora, sin caer en exageraciones o equívocos? ¿No es acaso un misterio desconcertante que la Virgen, sin ser sacerdote, obtenga para los ministros de Cristo la gracia misma que administran? El padre Giovanni Cavalcoli nos conduce, con rigor y claridad teológicos, a distinguir entre creación e infusión de la gracia, sirviéndose de los conceptos metafísicos de participación y analogía, entre lo que pertenece sólo a Cristo y lo que María realiza en modo excelso. Una reflexión que aviva certezas y abre preguntas: ¿hasta dónde llega la colaboración humana en la obra de la Redención? [En la imagen: Nuestra Señora del Rosario, en su Basílica de Fontanellato, Italia].

Mater divinae gratiae
María Madre de Dios y Madre nuestra

(Traducción a la lengua española del artículo publicado por el padre Giovanni Cavalcoli
el 12 de febrero de 2026, en su propio blog:

En su caridad materna se ocupa  
de los hermanos de su Hijo aún peregrinos  
Lumen Gentium, n.62

María es Madre porque es hija de Dios

María es Madre de la gracia en el sentido de que ella, como madre sapientísima, en contacto directo con Cristo, inmune de la culpa original, llena de la gracia de Dios, una vez recibida la gracia santificante redentora, ella misma primero salvada por el único Salvador y Mediador Cristo, pide, obtiene, recibe y procura de su Hijo todas las gracias de la salvación, las custodia, las dispensa, de ellas se sirve para hacerse, movida por el Espíritu Santo, mediadora a su vez de salvación y misericordia entre Cristo y la humanidad en favor de todos los hombres y mujeres, para salvar, iluminar, instruir, aconsejar, sanar, confortar, consolar, purificar, convertir, amonestar, corregir, mejorar y conducir al paraíso del cielo a sus hijos devotos de ella, colaboradora eminente y celosísima entre todos los creyentes, de la obra redentora del Hijo.
María, en cuanto Madre amantísima de su Hijo y por Él amadísima, como ninguna otra creatura humana puede serlo, objeto ella misma por parte de Cristo, del Espíritu Santo y del Padre de un amor preferencial entre todas las creaturas humanas, por ello mismo es para nosotros Madre providentísima, premurosísima y amantísima.
La Bienaventurada Virgen María, en cuanto Madre de Dios, es al mismo tiempo don preciosísimo de Dios a la humanidad y ella misma nos dona a su Hijo y nos guía a su Hijo, para que lo conozcamos, lo escuchemos, le obedezcamos, lo amemos como Dios, lo imitemos y nos dejemos por Él conducir hasta la patria bienaventurada.
Jesucristo con su bienaventurada Pasión ha acumulado para nosotros un tesoro ilimitado de gracias que ha puesto a disposición de María, la cual nos las distribuye. Cristo es el autor divino de la gracia, pero quiere que ella nos llegue por las manos de María. En el ministerio sacerdotal es Él quien produce e infunde la gracia en las almas. Pero ha querido que sea María la que haga llegar la gracia a toda la humanidad salvada o salvable reunida en la Iglesia, sacerdotes, religiosos y laicos.
María es nuestra Madre en cuanto, siendo Madre del Hijo, y siendo nosotros hijos en el Hijo, por consecuencia somos sus hijos. Ahora bien, puesto que la familia de los hijos de Dios es la Iglesia, por consecuencia María es Madre de la Iglesia. Y como una madre provee al bien de los hijos distribuyendo a ellos los bienes divinos acumulados por el Esposo, así María esposa del Padre, nos dona y nos hace llegar todas las gracias que provienen del Padre por medio de Cristo su Hijo, en el Espíritu Santo y en sus dones.
Madre de la Iglesia no quiere decir que la Iglesia sea su hija. María no genera a los hijos de Dios. Ellos son generados por el Padre en el bautismo por el ministerio del sacerdote o del fiel; pero ella genera al Hijo que es la cabeza de la Iglesia su cuerpo. Ahora bien, puesto que el Hijo es una sola cosa con la Iglesia su cuerpo y su esposa, se puede decir en este sentido que María genera la Iglesia.
María, además, no es sólo Madre de la Iglesia, sino que es también la primera entre todos los hijos de Dios que componen la Iglesia. En tal sentido, María no está por encima, sino dentro de la Iglesia. Como dice san Agustín, María, aunque Madre de Dios, no está por encima de la Iglesia, sino que es sólo un miembro de ella, aunque el más excelente. Por esto san Agustín concluye diciendo que para María fue mayor gloria ser miembro de la Iglesia que ser Madre de Dios. En efecto, al generar al Hijo ella nos hace llegar la gracia del Hijo, pero con su ser miembro de la Iglesia es ella misma la que está en gracia.
Ninguna criatura humana es tan rica de dones del Espíritu Santo como María, aunque ella no posea las gracias jerárquicas del sacramento del Orden. Ella, sin embargo, posee esa riqueza espiritual en cuanto fue fecundada por el Espíritu Santo para poder ser digna Madre de Dios. No consta, de todos modos, que ella haya recibido dones carismáticos extraordinarios o poderes milagrosos. Podemos pensar que haya recibido el don de la profecía, como resulta claramente del Magnificat. Ella además posee el don de las apariciones.
María misma se ha nutrido de la gracia de los sacramentos. Ciertamente recibió la confirmación el día de Pentecostés. No tuvo, en cambio, la necesidad de ser bautizada ni de practicar el sacramento de la Penitencia, ni tampoco tuvo necesidad de la Unción de los enfermos, dada su inocencia y plenitud de gracia.
La Iglesia es la esposa de Cristo y es el cuerpo místico de Cristo. María es ciertamente imagen y modelo de la Iglesia. Pero sería impropio llamarla «esposa» de Cristo, como algunos hacen. Una madre no puede ser esposa del hijo. María es esposa del Padre, porque único es su Hijo, es Madre del Hijo y fecunda del Espíritu Santo.
Por lo tanto, tampoco está bien llamar a María esposa del Espíritu. Una mujer no es esposa del principio que la fecunda, sino que es esposa del marido, del cual recibe aquello que la hace fecunda. Así María se ha convertido en Madre porque ha acogido al Espíritu fecundante que ha salido del Padre. Ninguna criatura humana, entonces, es tan íntima de la Santísima Trinidad como María, pero es necesario prestar mucha atención a este orden ontológico del cual he hablado, para no incurrir en expresiones inapropiadas o de mal gusto como las mencionadas ¹.
Añadamos que María es Madre de la gracia evidentemente no en el sentido de que su obra cree o produzca la gracia, acto, éste, exclusivamente propio del Hijo. En efecto, siendo la gracia una participación de la vida divina, es evidente que sólo Cristo Dios puede crear y producir la gracia y conferirla e infundirla en las almas, ya sea directamente, fuera de los sacramentos, o por medio de los sacramentos, o precisamente sirviéndose de la mediación de María como de cada cristiano.
Cristo Dios es el único Salvador, el único Redentor, el único Mediador. Pero el Padre, en su misericordia y en el deseo de glorificar al hombre a semejanza del Hijo, ha querido que la obra satisfactoria del Hijo fuese participada e imitada por el hombre, de tal modo que el hombre, aun siendo salvado gratuitamente por la gracia, por don de gracia fuese capaz de colaborar con méritos propios, aunque sólo de congruo, a la obra divina de la propia y ajena salvación. La Virgen María entre todos los fieles es aquella que tiene mayores méritos, aunque siempre de congruo, mientras sólo el Hijo, en cuanto hombre-Dios, ha podido merecer de condigno de estricta justicia.
De este modo la vida cristiana se convierte, participativamente y analógicamente, en una obra divina de salvación y en un instrumento de salvación, una corredención y una mediación mediada. Es necesario aquí hacer uso del método de la analogía ² y de la noción de participación, de otro modo no se entiende el plan de salvación del Padre, no se entiende cuál es la parte de Dios y cuál es la parte del hombre en la obra de la salvación.
Según las intenciones del Padre, la obra de la salvación no pertenece sólo a Dios, aunque principalmente a Él, como causa primera, sino que el hombre colabora en ella como causa segunda, y no sólo con la fe, como creía Lutero, sino también con las obras. Y este obrar es precisamente un corredimir, donde también esta vez María tiene el primado en toda la Iglesia. Y en este sentido no corremos ningún riesgo en llamarla Corredentora.
En el plan divino la vida divina de la gracia, que luego no es otra cosa que la vida cristiana, es un valor analógico según grados de perfección. El sumo analogado es la vida divina de Dios mismo. El grado máximo es Dios mismo, el cual, sin embargo, en la obra de la salvación, quiere asumir también los grados inferiores, aquellos que se pueden encontrar en el fiel.
La Virgen, en estos grados de gracia, en este participar en la vida divina, ocupa el puesto más alto, constituye el grado más alto, el analogado de la vida divina inmediatamente subyacente a la vida divina por esencia, que es Dios mismo. Lo mismo se diga de la participación. Estas nociones de analogía y participación son indispensables para entender la parte del hombre en la obra de la salvación. En efecto, tal obra en el cristiano es una imitación, una asimilación y una participación en la obra divina de Cristo. Cristo es la vida divina por esencia, en cuanto es Dios. La vida cristiana, es decir, la vida en gracia, es participación en la misma vida divina. Es vida divina por participación.
Es necesario aquí por una parte evitar subestimar la obra del hombre reservando la obra salvífica sólo a Dios, pero por otra parte hay que evitar el riesgo del panteísmo, porque descuidando tanto la analogía como la participación, se cae en la univocidad, por la cual, identificando la gracia con Dios, sucede que el hombre en gracia es Dios. En realidad la gracia es una realidad intermedia entre el creador y la criatura: es creada, en cuanto cualidad accidental del alma, adquirible, perdible y recuperable; pero al mismo tiempo la gracia es divina, participación analógica de la naturaleza divina.

Importantes distinciones en el ámbito de la gracia

La noción de Madre de la gracia supone una serie de importantes distinciones en el campo de la gracia, de las cuales algunas ya he hablado. Enumerémoslas brevemente.
1) Es necesario distinguir entre la gracia como don del Espíritu Santo y la gracia donada al hombre como cualidad del alma. La gracia en el primer sentido es la gracia del Bautismo. La gracia en el segundo sentido es el efecto del Bautismo en el alma. En este procedimiento divino la Virgen como cristiana se encuentra en las condiciones de todos los fieles, en cuanto todos nosotros junto con ella somos liberados de la culpa original.
La diferencia entre nosotros y María está en el hecho de que ella, como es sabido, fue concebida no en la culpa, como nosotros, sino liberada de la culpa. Por esto María no ha tenido necesidad como nosotros de trabajar durante toda la vida para quitar los pecados. Sin embargo, ella, como su Hijo, asumió el sufrimiento, que de por sí es consecuencia del pecado, para participar en la Cruz de su Hijo. De este modo la Virgen es la única criatura humana que, como Cristo, no ha tenido que expiar por sus propios pecados, sino que ha participado en el sacrificio de Cristo ofreciendo sus sufrimientos no por sí, sino exclusivamente por nosotros, pecadores. Su progreso en la vida de fe no ha sido accidentado como el de incluso los más santos de entre nosotros, sino perfectamente lineal y coherente, como el aumento tranquilo de la luz del sol desde el alba hasta el mediodía.
2) Es necesario distinguir entre la creación de la gracia, que es obra exclusiva de Dios, y la comunicación o mediación de la gracia, que, en cuanto acto divino, pertenece exclusivamente a Cristo. En cambio, en cuanto acción participada por la criatura, encuentra en María el vértice supremo e insuperable de su realización, de donde el título de María Mediadora de todas las gracias.
3) Se debe distinguir, con el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, n.4), entre gracia jerárquica o sacerdotal y gracia carismática o laical. En el primer caso tenemos la gracia de estado. Pensemos en el carácter sacerdotal. En el segundo caso se pueden dar dones permanentes, como por ejemplo la vida religiosa, o dones ocasionales, como la profecía o el don de los milagros.
La gracia de estado de María es la gracia habitual común a todos los fieles, con la diferencia de que María posee esta gracia en el grado máximo alcanzable por una criatura humana, en el desarrollo de una misión confiada a ella por Dios según un oficio singularísimo y nobilísimo, que constituye uno de los factores esenciales y más importantes de la realización del plan divino de la salvación. Y este oficio es precisamente su maternidad universal.
Ella hace fructificar esta gracia en las buenas obras como todo buen cristiano, con la diferencia de que la caridad de María supera la de todas las demás criaturas humanas y es insuperable. Ella obtiene de Dios todas las gracias de las cuales la humanidad tiene necesidad para la salvación y las distribuye a cada uno. Aunque no sea sacerdote, obtiene de Dios el don de la gracia sacerdotal para todos los sacerdotes y la posibilidad de producir abundantes frutos en su ministerio de administradores de la gracia sacramental.
4) Como ya he tenido modo de decir en mis escritos recientes en este blog, es necesario distinguir entre la infusión de la gracia y la transmisión de la gracia. La infusión de la gracia es obra exclusivamente divina, por la cual la gracia entra en el alma, ya sea directamente de Dios por las oraciones de María, o por medio del sacramento obtenido por las oraciones de María.
En cambio, la transmisión de la gracia es obra humana del cristiano, donde María tiene el primer puesto. Esta obra es fruto de las buenas obras, de la oración y de la intercesión. Tal transmisión puede comportar la administración de la gracia por medio de los sacramentos. Estos confieren la gracia en el sentido de que obran en el alma en virtud de la obra misma realizada por el sacerdote (ex opere operato).
María es Madre de la gracia en el sentido de que su gracia de estado, fundada sobre la plenitud de gracia, la coloca en el vértice insuperable de la gracia santificante accesible a la simple criatura. Su plenitud de gracia ha permitido a María tener aquella humildad excelsa por la cual, realizando el máximo de apertura y disponibilidad a la voluntad de Dios, accesible a una criatura, ha podido convertirse en la Madre de la gracia y Madre de la Iglesia. Lo cual quiere decir que María, sin ser sacerdote, con su oración y su intercesión obtiene para los sacerdotes la gracia del sacerdocio, por la cual ellos administran la gracia de los sacramentos.

Consideraciones conclusivas

Este oficio de María en el cielo, por el cual ella se ocupa de la salvación de todos nosotros y provee a ella con solicitud materna, nos deja a todos en un enorme estupor, porque no logramos comprender cómo pueda una simple criatura humana desempeñar un oficio sobrenatural tan vasto y sublime, que querríamos asignar exclusivamente a la providencia divina. Sin embargo, este cometido de María nos es enseñado por la misma Iglesia, por lo cual debemos estar ciertos de que se trata de una verdad y es una verdad sumamente consoladora, que, en el debido temor de Dios, nos da una inmensa confianza y esperanza de poder salvarnos gracias a la ayuda de nuestra Madre celestial, Madre de la Iglesia y de todos nosotros, míseros pecadores.
De aquí la antiquísima antífona mariana: Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix, nostras deprecationes ne despicias in necessitate, sed a periculis cunctis libera nos semper, Virgo gloriosa et benedicta.
Debemos entonces decir en conclusión que María, dependientemente de Cristo y en colaboración excelsa con Cristo, desempeña tres cometidos que, en su plenitud divina, pertenecen sólo a Cristo, pero de manera participada y analógica pertenecen a todos los cristianos y a ella de modo excelso, es decir: una función mediadora, en cuanto María, subordinadamente a Cristo, nos une a Dios y nos media la benevolencia de Dios; desempeña una actividad corredentora ³, en cuanto realiza de modo excelso aquella colaboración humana a la obra de la Redención, que caracteriza la vida cristiana como tal; y finalmente es nuestra Madre en la gracia y Madre de la Iglesia, en cuanto desempeña de manera única y universal aquel deber que corresponde a todos nosotros cristianos de ocuparnos de la salvación de los hermanos.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 12 de febrero de 2026

Notas

¹ Con esto intento oponerme al uso de ciertas letanías que hacen referencia a estas cosas.
² El método de la analogía es expuesto por la metafísica, la cual elabora el concepto analógico del ente. Ahora bien, la mariología es una disciplina teológica. Pero la teología no puede ser construida sin hacer uso de la metafísica. Esta no es, como creía Lutero, un método interpretativo de la Escritura extraño a la misma Escritura. En efecto, según él, la Escritura debe interpretarse permaneciendo dentro de la misma Escritura, es decir, recurriendo a los mismos conceptos bíblicos. En esto se le puede también dar razón a Lutero. Sin embargo, de lo que él no se dio cuenta es que precisamente la Escritura contiene una metafísica mucho más alta que la de Aristóteles. Es esta, más que la de Aristóteles, la metafísica de santo Tomás, de la cual por desgracia Lutero no entendió nada, de otro modo no habría mandado a la hoguera la Summa Theologiae. De una teología antimetafísica no puede nacer sino una teología herética.
³ Basta precisar el significado analógico y participativo de corredención, como he hecho en mis escritos recientes, y el título se vuelve perfectamente claro y apropiado. Si en cambio se permanece en un lenguaje univocista y monista, como el empirista y occamista de Lutero, es claro que el título mariano se vuelve inaceptable, pero entonces deberíamos renunciar también a muchos otros títulos marianos como aquellos que encontramos en las letanías del Rosario. Las letanías dominicanas del Rosario son 100: ¿cuántas deberíamos quitar? Sin el lenguaje de la analogía y de la participación es imposible entender las cosas del espíritu.
__________

Anexo

Habiendo seleccionado lo que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
   
Articulus unicus

Utrum possit affirmari Mariam esse Matrem gratiae,
Matrem Ecclesiae, Mediatricem et Corredemptricem

Ad hoc sic procediturVidetur quod non possit affirmari Mariam esse Matrem gratiae, Matrem Ecclesiae, Mediatricem et Corredemptricem.
1. Quia Scriptura docet unum esse Mediatorem inter Deum et homines, Christum Iesum (1 Tim 2,5), et ideo non potest alius mediator admitti.
2. Praeterea, Augustinus docet Mariam, licet sit Mater Dei, non esse supra Ecclesiam, sed solum membrum eius, quamvis excellentissimum; quod videtur excludere ut ei tribuatur munus corredemptivum vel mediatorium universale.
3. Item, Concilium Vaticanum II commemorat opus salutis provenire unice a Christo, et gratiam esse donum exclusivum Dei (Lumen Gentium, 62). Ergo attribuere Mariae creationem vel infusionem gratiae esset improprium et ad errorem doctrinalem ducere.

Sed contra, Ecclesia docet Christum esse auctorem divinum gratiae, sed vult ut illa ad nos perveniat per manus Mariae, quae, ut Mater Filii et membrum eminens Ecclesiae, excellenter participat opus salutis, distribuens gratias a Christo congregatas, intercedens pro fidelibus et cooperans in opere redemptivo per suae passionis oblationem pro peccatoribus. Insuper antiquissima antiphona mariana Sub tuum praesidium confugimus testatur Ecclesiam ab initio agnovisse in Maria mediationem maternalem pro fidelibus.

Respondeo dicendum quod Maria non creat nec producit gratiam, quod solius Christi Dei est. Attamen, ut creatura plene aperta voluntati divinae, recipit, custodit et distribuit gratias salutis, et sic est Mater gratiae. Ut Mater Filii et membrum Ecclesiae, est etiam Mater Ecclesiae. Per plenitudinem gratiae et missionem singularissimam, obtinet verticem insuperabilem participationis creatae in vita divina. Ideo, subordinate ad Christum, exercet munus mediatorium, corredemptivum et maternale respectu omnium fidelium.
Virgo obtinet locum supremum in gradibus gratiae, constituens gradum supremum participationis vitae divinae immediate inferiorem vitae divinae per essentiam, quae est ipse Deus. Vita christiana est participatio vitae divinae, et Maria, per plenitudinem gratiae, fit Mater gratiae et Mater Ecclesiae. Ipsa, non sacerdos existens, obtinet ministris gratiam sacerdotii et facultatem producendi uberes fructus in ministerio suo. Caritas eius superat omnium aliarum creaturarum humanarum et est insuperabilis. Participavit Crucem Filii sui, offerens suae passionis dolores non pro se, sed solum pro nobis peccatoribus. Sic, dependenter a Christo et in excellentissima cooperatione cum Eo, exercet tria munera: mediatrix, corredemptrix et mater.

Ad primum dicendum quod, licet Scriptura doceat unum esse Mediatorem, hoc intelligitur proprie et exclusive de Christo. Sed participative et analogice fideles possunt cooperari in mediatione, et Maria hoc facit supremo modo.
Ad secundum dicendum quod Augustinus affirmat Mariam esse membrum Ecclesiae, et quia membrum excellens est, participat gratiam et opus salutis. Ipsa membrum esse non contradicit missioni singulari, sed eam confirmat, quia maior gloria eius est membrum Ecclesiae esse in gratia.
Ad tertium dicendum quod Concilium Vaticanum II docet Mariam, in sua caritate materna, curare fratres Filii sui adhuc peregrinantes (Lumen Gentium, 62). Ergo, licet creatio gratiae sit exclusiva Dei, transmissio et mediato possunt participari a creatura, et in Maria attingunt gradum supremum. Ipsa non substituit ministerium sacerdotale, quia Christus est qui producit et infundit gratiam in animas. Sed Maria, per orationem et intercessionem, obtinet sacerdotibus gratiam sacerdotii et fecunditatem ministerii eorum.
   
JG

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