jueves, 12 de febrero de 2026

La desobediencia al Papa

La desobediencia al Papa es un fenómeno que atraviesa la historia de la Iglesia, pero que tras el Concilio Vaticano II ha adquirido formas nuevas y más dolorosas. ¿No se ha debilitado a veces la Curia Romana hasta dejar al Papa aislado frente a presiones episcopales y teológicas? ¿No es escandaloso que incluso entre sus colaboradores más cercanos se insinúe rebelión y traición, como muestran pasados episodios vergonzosos hasta en la Secretaría de Estado? ¿No compromete nuestra misma obediencia a Cristo el hecho de desobedecer al Papa cuando habla como Vicario suyo? ¿No es intolerable que algunos modernistas se permitan desobedecer tranquilamente al Sucesor de Pedro en materia de fe, mientras pretenden imponer sus propias desviaciones doctrinales? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos interpela con fuerza: la fidelidad al Papa es condición de la fidelidad al Evangelio, y sólo un renovado “resurgimiento cristiano” podrá sanar la crisis de obediencia que amenaza la vida misma de la Iglesia. [En la imagen: fragmento de "Cristo entregando las llaves a san Pedro", boceto en óleo sobre lienzo, hacia 1667, obra de Bartolomé Esteban Murillo, conservado -no expuesto- en el Museo Nacional del Prado, Madrid, España].

La desobediencia al Papa

(Traducción al español del artículo publicado en el blog Riscossa Cristiana el 30 de Octubre de 2012. Versión original: https://www.ricognizioni.it/la-disobbedienza-al-papa-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

El Concilio Vaticano II, como nos dicen los estudiosos, en el campo de la eclesiología, ha tenido, entre otras, la función de completar la obra del Concilio Vaticano I, el cual, como es bien sabido, fue interrumpido tras el ingreso en Roma de la tropas piamontesas.
Así, el Vaticano II, después de que el Concilio precedente había tratado de los poderes del Papa, pasó a tratar de los de los otros organismos eclesiales, comenzando, como sabemos, por la doctrina del Pueblo de Dios, es decir, la Iglesia como conjunto de fieles, y luego la funciones de los obispos, de los presbíteros, de los religiosos y de los laicos: un cuerpo doctrinal imponente e importantísimo, que nos hace conocer mejor, con orden y con las debidas distinciones, cuáles son los diversos ministerios, oficios, servicios, misiones y carismas estructurales de la Iglesia.
Con ello el Concilio Vaticano II ha querido valorizar, activar y estimular, en su justa autonomía pero también en las recíprocas relaciones, todas las energías, las fuerzas y las potencialidades de la Iglesia, para así asegurarle ese nuevo impulso evangelizador y misionero que notoriamente fue, según las indicaciones del beato Juan XXIII ¹, uno de los propósitos, si no precisamente el propósito principal del Concilio. En esta línea de fortalecimiento de las estructuras de la Iglesia, el Concilio elaboró una más profunda doctrina del Colegio Episcopal y de la Iglesia local. De ahí han nacido luego las Conferencias episcopales nacionales.
Sin embargo, en mi modesta opinión, en este enorme cuerpo de doctrina, en el momento en que se reafirmaron con total claridad el primado, las prerrogativas y los poderes del Romano Pontífice, se descuidó proponer una doctrina suficiente acerca de ese indispensable instrumento de su magisterio y de su gobierno que es la Curia Romana con el conjunto de sus dicasterios y de sus oficiales, comenzando por la Secretaría de Estado.
Es cierto que inmediatamente después de la finalización del Concilio Vaticano II, el papa Pablo VI lo dispuso sabiamente, aunque venía de la Secretaría de Estado, pero -aunque no soy un experto en este campo- debo expresar mi modesta opinión de que no sé cuánto tal reforma haya sido verdaderamente eficaz. Nos debíamos liberar de la secular antipatía hacia la Curia Romana que incluso se remonta al nacimiento del luteranismo y tal vez no se tuvo el coraje de dotar a este precioso organismo, que media entre el Papa y el Pueblo de Dios, la suficiente funcionalidad, energía y claridad.
Impresionado por el rancio cliché anticlerical de la "prepotencia de la Curia Romana", la reforma ha producido una Curia demasiado débil y escasamente útil para una conducción eficaz de la Iglesia por parte del Papa, mientras que han emergido excesivamente las demandas del episcopado y de los teólogos, los cuales en ciertos casos han subestimado y visto mal ese órgano de gobierno del Papa. ²
Esta laguna, en mi opinión, es uno de los motivos que están en el origen de la nefasta separación que habría de surgir en modo dramático desde el inmediato postconcilio y que dura hasta el día de hoy, entre el Papa y sus inmediatos, confiables y fieles colaboradores, por un lado -¡al fin de cuentas, la Curia todavía sigue existiendo!- y por otro lado el resto del Pueblo de Dios, comenzando por el colegio cardenalicio y episcopal, para llegar a todos los demás componentes del cuerpo eclesial.
Ha sucedido así, y eso todos lo han notado, que la justa valorización del Pueblo de Dios promovida por el Concilio, en muchos casos ha sido falsificada por un estilo y por un enfoque de excesiva autonomía frente a la Santa Sede, para no decir de abierta desobediencia y rebelión con disputas de todo tipo, tanto en el campo disciplinar como, y esto es mucho peor, incluso en el campo de la doctrina de la fe.
El Papa ha comenzado a quedar aislado, desatendido, ignorado, incluso traicionado. Basta para todos recordar el horrendo episodio de Paolo Gabriele ³ con el proceso que ha seguido, del cual parecería resultar que él habría actuado "solo", cosa absurda con solo pensar que cualquier persona de buen sentido común que reflexione sobre lo sucedido, por lo demás bien conocido por los mismos órganos del Vaticano: ¿cómo se puede pensar que un cualquier oscuro -aunque debía haber sido muy digno de confianza- doméstico privado del Papa habría podido solo por sus propios fines privados sustraer furtivamente al Sumo Pontífice durante seis años 82 cajas de documentos privados y secretos, probablemente muy importantes, sin que nadie en la Secretaría de Estado se haya dado cuenta? ¿Qué estaba haciendo Gabriele con todo este inmenso y delicado material? ¿Quería crear un archivo histórico por cuenta propia?
Y quien está hablando es alguien que ha trabajado en la Secretaría de Estado durante ocho años, de 1982 a 1990. ¿A quién quieres convencer? ¿Por qué no reconocer ante todo en cuanto ha sucedido un hecho horrible e inaudito, que ciertamente ha procurado un enorme sufrimiento al Vicario de Cristo, que lo ha soportado con altísima dignidad? ¿Por qué no se encuentran comentarios autorizados sobre este episodio? ¿Acaso no es conveniente hacer ulteriores investigaciones para quitar aquella "sporcizia" de la cual habló el propio Papa en una famosa homilía?
¿Acaso no podría ser ésta la punta del iceberg de la rebelión que desde hace mucho tiempo se ha deslizado hacia el Papa incluso entre sus colaboradores más cercanos? ¿Acaso no se nota desde hace tiempo disenso y contraste con el Papa incluso en algunos Cardenales ? ¿No hay rebelión contra el Papa incluso en las Órdenes que tradicionalmente han sido su brazo derecho, como los Dominicos y los Jesuitas?
Esta vez los modernistas infiltrados incluso en la Secretaría de Estado, sintiéndose seguros, han dado un imperdonable paso en falso, por el que ahora no puede ser todo como antes, aunque lograron hacer un proceso judicial en una semana, ingenuamente elogiado por su velocidad por parte de ciertos juristas italianos: ¡por supuesto! se ha querido cubrir todo lo antes posible, en la esperanza (vana) de que este embarazoso episodio sea olvidado cuanto antes. Pero, como dice el proverbio: "Tanto va la gatta al lardo che ci lascia lo zampino". Se ha encontrado la zampa, ahora tenemos que encontrar al gato.
Un día en la Secretaría de Estado vi casualmente un apunte para el Papa del cardenal dominico Luigi Mario Ciappi, dignísima persona que me honró con su amistad. Fue el Teólogo de la Casa Pontificia. La nota decía con tono alarmado y la franqueza típica del dominico: "Santidad, hay desviaciones doctrinales incluso en la Pontificia Facultad de Teología".
Lo tragicómico es que los modernistas se permiten desobedecer tranquilamente al Papa incluso en materia de fe, mientras ¡guay de quienes los desobedecen a ellos!, siempre en materia de "fe", por supuesto "fe" tal como la entienden ellos, que implica todo tipo de desviaciones de la auténtica ortodoxia. De tal modo, por un lado, ellos dejan hablar o defienden a los herejes, y por otro lado quisieran cerrar la boca a los defensores del Papa, del Magisterio y de la sana doctrina. La situación se está volviendo intolerable. ¡Realmente necesitamos un "resurgimiento cristiano"! ⁴
El Papa solo como está, con traidores en casa, difícilmente está en capacidad de defender a los buenos y corregir a los rebeldes. Él sin duda nos da óptimas directivas. No faltan los instrumentos para conocer la sana doctrina. Falta la herramienta para imponer la disciplina y para corregir a los desviados. Con esto no niego los grandes méritos de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Pero necesita ser ayudada, sostenida, alentada, porque repetidamente los sabios observadores han señalado cómo el mismo personal de este importantísimo Organismo parece demasiado escaso y desigual respecto a la enorme masa de estos problemas que se acumulan en este sector fundamental de la "obediencia de la fe" (Rm 1,5; 15,18; 2 Cor 10,5; 1 Pe 1,22).
Obedecer al Papa, cuando nos habla como Vicario de Cristo, pone en juego nuestra obediencia a Cristo como Maestro de la Fe. Nuestra fe de católicos en Cristo nos es mediada por nuestra obediencia al Papa, por supuesto, se entiende, en cuanto nos enseña el Evangelio. Es obvio que fuera de este altísimo oficio que caracteriza al Papa en cuanto Papa, él es una persona falible y puede fungir simplemente, como suele decirse, como simple "doctor privado", como aparece claramente de los libros, aún cuando sean siempre hermosos e importantes, que Benedicto XVI, "Ratzinger", como dice significativamente el subtítulo, ha escrito sobre Jesucristo, invitando al lector a entrar en discusión con él, cosa que evidentemente no haría si nos hablara como Maestro de la Fe y por otro lado, ¿cómo podría un teólogo tan grande como él no tener la libertad de expresar sus opiniones?
Indudablemente esta doble línea de enseñanza del Papa puede ser mal entendida por católicos no preparados. Por este motivo, creo, los Papas del pasado siempre se han abstenido de escribir libros en ese tono, aunque obviamente en otros documentos ordinarios no siempre han empeñado su infalibilidad pontificia.
Sin embargo, hoy podemos pensar en un Pueblo de Dios lo suficientemente maduro como para saber apreciar no solo la enseñanza oficial del Papa, sino también sus discutibles opiniones, sobre todo si se trata de un teólogo de primera magnitud, como Ratzinger, por otra parte fuerte, si se tienen en cuenta sus veinte años de experiencia lograda en la CDF.
Las instancias autoritativas intermedias que están entre el Papa y el Pueblo de Dios, aunque obviamente no son meros transmisores mecánicos de directivas y de enseñanzas pontificias, deben hoy comprender, en muchos casos, donde ellas están contaminados por el modernismo, que si quieren tener autoridad entre los fieles y súbditos, primero deben obedecer al Papa y a la Santa Sede.
De lo contrario, el fiel prudente y juicioso no podrá seguirlos, y también está dispuesto a sufrir persecución, como lamentablemente está sucediendo en muchos casos. Para ser santos es necesario saber sufrir incluso de parte de los hermanos sin tener la timidez ni el oportunismo de huir del sendero de la verdad desobedeciendo al Evangelio enseñado por el Sucesor de Pedro.

P. Giovanni Cavalcoli,
Bologna, 30 de octubre de 2012

Notas

¹ Al momento de redactarse este artículo, Juan XXIII aún no había sido canonizado como Santo. (JG)
² Una nueva aclaración debe hacerse aquí: más de una década después de la publicación de este artículo, durante el pontificado del papa Francisco se ha dispuesto un nuevo ordenamiento y funcionalidad de la Curia Romana, y el actual papa León XIV, como quedó probado en el consistorio extraordinario de enero del 2026, tiene este asunto entre sus principales preocupaciones. (JG)
³ Recordemos que este artículo se escribió durante el último año del pontificado de Benedicto XVI. (JG)
⁴ Cavalcoli parece estar haciendo aquí alusión al nombre del blog en el que escribe este artículo: Riscossa Cristiana. (JG)
__________

Anexo

He aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
   
Articulus unicus

Utrum inoboedientia erga Papam sit phaenomenon accidentale et limitatum,
vel potius malum profundum quod vitam Ecclesiae afficit

Ad hoc sic procediturVidetur quod inoboedientia erga Papam sit tantum accidentale et limitatum.
1. Quia Concilium Vaticanum II voluit dare novum impetum Ecclesiae, populum Dei extollendo et structuras episcopales ac locales firmando.
2. Quia Curia Romana post Concilium reformata est, et ideo non esset causa loquendi de isolatione Papae.
3. Quia Papa adhuc dat claras directivas et Dicasterium pro Doctrina Fidei suam custodiam orthodoxiae servat.
4. Quia obedientia erga Papam semper intelligitur in ambitu libertatis theologorum et legitimae autonomiae instantiarum intermediariarum.

Sed contra est quod in rebus observatur: Papa coepit remanere solus, neglectus, ignoratus, etiam proditus. Facta est separatio nefasta inter Papam et proximos cooperatores eius, et ex altera parte reliquum Populi Dei, cum disputationibus variis, etiam in campo doctrinae fidei.

Respondeo dicendum quod inoboedientia erga Papam non est phaenomenon accidentale, sed malum profundum quod unitatem Ecclesiae minuit. Concilium Vaticanum II, simul ac clare confirmavit primatum et praerogativas Romani Pontificis, neglexit proponere doctrinam sufficientem de Curia Romana, instrumento indispensabili eius magisterii et regiminis. Reformatio subsequens produxit Curiam nimis debilem et parum utilem ad efficacem gubernationem Ecclesiae, dum crescebant postulata episcopatus et theologorum.
Itaque iusta valorizatio Populi Dei a Concilio promota falsificata est per stilum nimiae autonomiae contra Sedem Apostolicam, usque ad apertam inoboedientiam et rebellionem. Papa remansit solus, cum proditoribus in domo, sine instrumento sufficiente ad disciplinam imponendam et deviantibus corrigendis. Quamvis Dicasterium pro Doctrina Fidei magnos meritos habeat, eius personale videtur nimis exiguum et inaequale respectu ingentis multitudinis problematum quae in campo obedientiae fidei cumulantur.
Obedire Papae, cum loquitur ut Vicarius Christi, ponit in discrimine nostram obedientiam ipsi Christo ut Magistro fidei. Fides nostra in Christum mediatur per obedientiam Papae, in quantum Evangelium nobis docet. Ideo instantiae intermediae quae sunt inter Papam et Populum Dei, si volunt auctoritatem habere, primo debent obedire Papae et Sedi Apostolicae. Aliter fidelis prudens eos sequi non poterit et paratus erit persecutionem pati, quia ad sanctitatem necessarium est scire pati etiam a fratribus, nec timide nec opportunistice fugere a via veritatis inoboediendo Evangelio a Successore Petri tradito.

Ad primum dicendum quod impetus Concilii deformatus est in clave autonomiae et rebellionis, debilitando obedientiam Papae.
Ad secundum dicendum quod reformatio Curiae non fuit sufficiens et Papam sine efficaci auxilio reliquit.
Ad tertium dicendum quod directivae Papae et actio Congregationis sustineri et roborari debent, quia solae non sufficiunt.
Ad quartum dicendum quod libertas theologorum et autonomia instantiarum intermediariarum non possunt praevalere super obedientiam Papae, quia in ea versatur obedientia Christi.
   
JG

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