sábado, 14 de febrero de 2026

El Papa y la Tradición

Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli aborda la relación entre el Papa y la Tradición, así como la conducta correcta hacia él. ¿Está el Papa por encima de la Tradición o más bien sujeto a ella como primer discípulo de Cristo? ¿No es cierto que sus enseñanzas oficiales son siempre interpretaciones auténticas e infalibles de la Revelación, mientras que sus gestos pastorales pueden ser falibles? ¿Qué actitud debemos tener hacia el Papa: juzgarlo desde fuera o servirlo con confianza, benevolencia y colaboración? ¿No es la verdadera caridad hacia el Papa la de ayudarlo, corregirlo con respeto y sostenerlo en sus fragilidades? El texto qe aquí presentamos invita a reconocer que servir al Papa es servir a la Iglesia y a las almas, y que la fidelidad al Papa en materia de fe es fidelidad a Cristo mismo. [En la imagen: una fotografía de monseñor Marcel Lefebvre y otros obispos durante el Concilio Vaticano II].

El Papa y la Tradición

(Traducción del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en su propio blog
el 1° de agosto de 2021. Versión original en italiano:

El Papa nos explica la Tradición, pero está sujeto a la Tradición

Como sabemos, de viva voz de nuestro Señor Jesucristo ha venido la Revelación de los misterios de la fe de nuestra salvación eterna. Las palabras del Señor han sido religiosamente recopiladas por los apóstoles y por los discípulos en un complejo de proposiciones, las verdades de fe, formalizadas luego en el Símbolo de la Fe, en parte memorizadas y transmitidas oralmente, en parte puestas por escrito para formar el Nuevo Testamento, que se agrega al Antiguo, para formar la Sagrada Escritura.
En todo caso, Cristo ha encargado a Pedro, príncipe de los apóstoles y a sus sucesores, los Obispos, asistidos por Él y por el Espíritu Santo, el conservar, enseñar, transmitir, interpretar, defender, explicar y hacer aplicar su doctrina en todo el mundo hasta el fin de los siglos.
Todo esto quiere decir que la doctrina de Cristo nos está mediada por la Tradición Apostólica y por la Sagrada Escritura, cuya interpretación y explicación ha sido confiada por Cristo a Pedro, es decir al Papa, quien, por lo tanto, cuando, como sucesor de Pedro, Vicario de Cristo, maestro de la fe y pastor universal de la Iglesia, trata de materias de fe o conexas con la fe o nos enseña en forma ordinaria o solemne aquellas que son las verdades de fe o conexas con la fe en campo dogmático o moral, las defina o no las defina como tales, las declare o no las declare definitivamente, nos dice siempre la verdad, es decir, no se puede equivocar, no puede engañarse y no puede engañar, porque esto recaería sobre Jesucristo, a quien entonces deberíamos acusar de habernos engañado confiando a Pedro la tarea de transmitirnos el depósito de la Revelación.
En base a esto, está claro que el patrimonio divino e inmutable de la Palabra de Dios contenido en la Sagrada Escritura y en la Sagrada Tradición han sido consignadas ante todo por Cristo al Papa, quien, en su magisterio, tiene en ellas la regla de su enseñanza y a ellas está sujeto como primer discípulo de Cristo.
Las enseñanzas pontificias oficiales, ordinarias o solemnes, a comenzar por los dogmas definidos, no definidos o definibles, no son más que interpretaciones auténticas, ciertas, inmutables e infalibles de la divina Revelación contenida en la Sagrada Escritura y en la Sagrada Tradición.
Cuando el Papa se pronuncia en materia de fe o conexa con la fe en esta forma, en estas condiciones y en estas circunstancias, es necesario aceptar con fe divina (doctrina dogmática) o fe eclesial (doctrina dogmatizable) o religioso obsequio de la inteligencia (doctrina auténtica) cuanto el Papa enseña según los tres grados decrecientes de autoridad respectivamente correspondientes a esos tres grados de asentimiento por parte de los fieles.
Si en un documento pontificio oficial, especialmente si es de alto nivel como la encíclica, pero también una homilía, una audiencia general o un motu proprio, hay frases ambiguas, es necesario interpretarlas en buen sentido. Quien teme encontrar herejías no han entendido lo que quiere decir el Papa, como por ejemplo en el caso de Amoris laetitiae o de Fratelli tutti.
En estos casos no está permitido juzgar la enseñanza del Papa a la luz de la Tradición y de la Sagrada Escritura, porque en cambio somos nosotros los fieles quienes tenemos que aceptar con confianza la interpretación pontificia del dato bíblico y del dato de la Tradición. Por lo tanto, no nos es lícito apelar directamente a Cristo saltándose al Papa, porque Cristo nos respondería: "Hijo, si escuchas al Papa, me escuchas a mí: ¿acaso no he nombrado a Pedro mi vicario?".

Tradición sagrada y usos tradicionales de la Iglesia

Es necesario distinguir la Sagrada Tradición de los uso y las costumbres eclesiásticas tradicionales. El dato de la primera es de institución divina, porque contiene verdades de fe transmitidas oralmente y subsecuentemente dogmatizadas por la Iglesia, como ha sucedido para el sacramento de la Unción de los Enfermos, para el dogma del Purgatorio, para el sacramento de la Confirmación y para los dogmas marianos de la Inmaculada Concepción y de la Asunción.
Hablar de "desarrollo de la Tradición" es ambiguo. No es el dato de la Tradición el que se desarrolla, porque se trata de un dato inmutable, es Palabra de Dios que no pasa. Lo que se desarrolla, lo que crece, lo que progresa, lo que se profundiza, es el conocimiento del dato de la Tradición. De modo que podemos decir que con las doctrinas del Concilio Vaticano II hemos podido conocer el dato de la Tradición mejor que con el Concilio de Trento. No puede ser el Papa, sino que son los herejes, como por ejemplo Lutero o los modernistas, los que han traicionado la Tradición.
En cambio, los usos y costumbres eclesiásticos tradicionales son instituidos y conservados por los Sumos Pontífices en virtud del poder de las llaves, lo que les permite a su discreción la facultad de abolir tradiciones precedentes, aún cuando sean antiguas.
Pongamos un ejemplo con el rito de la Misa. Ella en sí misma es un misterio de fe fundado en las palabras de Cristo en la última Cena, como tal inmutable e inabrogable incluso por parte del Papa, quien en cambio sólo tiene la tarea de mantenerlo intacto hasta el final de los siglos. En tal sentido está claro que un Papa no puede cambiar ni menos abolir, ya se trate del vetus como del novus ordo, en cuanto entrambos son Misa.
En cambio, la reforma de la Misa promovida por el Concilio Vaticano II ha tenido facultad de instituir un nuevo orden del rito, precisamente el novus ordo, abandonando los usos del precedente, que, sin embargo no ha sido abolido, sino que pasa a ocupar un segundo orden con respecto al nuevo, juzgado por la reforma más adecuado a las exigencias y a los valores de la espiritualidad moderna.
Si, por el contrario, sucediera que un Papa hablara de temas atinentes a la fe o a la moral de forma improvisada, extemporánea, a modo de broma o de slogan, como doctor privado u opinionista particular o en foro no oficial -por ejemplo una entrevista periodística o en un libro personal- o bien si se le escapa alguna frase ambigua, equívoca, mal expresada, escandalosa, impulsiva, mal sonante, imprudente o incluso aparentemente herética, no hay necesidad de tomar en consideración tales externalizaciones, extrañas a la auténtica autoridad pontificia y de carácter meramente humano o psicológico, aunque eventualmente sea lícito reconvocar respetuosamente al Papa al dato de la Biblia o de la Tradición.

Enseñanzas doctrinales y enseñanzas pastorales

Es necesario distinguir en un Papa las enseñanzas doctrinales de la conducta moral y de la enseñanza pastoral. En las enseñanzas doctrinales, el factor-guía o rector es la verdad de fe. Y aquí el Papa es infalible, a menos que pensemos, como he dicho antes, que Cristo nos ha engañado o se ha equivocado al confiar a Pedro el mandato de confirmarnos en la fe. O a menos que, como creen los luteranos, el Papa no sea el sucesor de Pedro.
En cambio, en la conducta moral y en la pastoral el Papa es pecable. Aquí el factor-guía o rector son la prudencia, la justicia y la caridad. La ley canónica, las disposiciones judiciales o disciplinarias en materia de administración de los sacramentos, el motu-proprio, entran en esta categoría. No está excluido que un motu-proprio no sea perfecto en la prudencia, en la justicia y en la caridad.
El papa Benedicto XVI les dijo a los lefebvrianos que si quieren estar en plena comunión con la Iglesia deben aceptar todas las doctrinas del Concilio. En cambio, algunos documentos pastorales pueden ser discutidos. Ciertamente se refería a la tendencia buenista y a la excesiva estima por el mundo moderno.
Así también, los Papas del postconcilio nos han explicado la continuidad del Concilio con la Tradición y con la Escritura. No nos es lícito cuestionarlos en esto, sino que debemos aceptar con confianza sus explicaciones. La interpretación modernista del Concilio es obra de los propios modernistas, a quienes les gustaría poner al Concilio de su parte.
Un defecto de la pastoral de un Papa puede ser la reticencia acerca de algunas verdades de fe, no porque no crea en ellas, sino porque quiere callarlas, ya sea por oportunismo o por respeto humano o para no malquistar a los herejes y a los modernistas. Pero incluso aquí no es que el Papa peque contra la fe, sino contra la prudencia y el coraje. Podría suceder que un Papa enseñara la verdad, pero no corrigiera a los que enseñan lo contrario. Tenemos aquí los mismos vicios anteriores.

La conducta correcta hacia el Papa

La conducta correcta a tener hacia el Papa no es cosa fácil de adquirir. Hay que aprender de los Santos, por ejemplo de una santa Catalina de Siena o de un san Bernardo o de un san Pedro Damiano o de un Savonarola o de un beato Rosmini.
¿Cómo poder tener un criterio de juicio proporcionado a las dimensiones de un personaje semejante? ¿Cómo poder tener la suficiente información sobre él y sobre la materia sobre la cual se puede basar el juicio? ¿Podemos decir que tenemos la misma información que él tiene sobre el estado de la Iglesia? ¿Podemos ser nosotros capaces de aconsejarlo o corregirlo sobre el modo de gobernar la Iglesia o sobre cómo enseñar el Evangelio?
Y, sin embargo, el Papa sigue siendo siempre un ser humano como todos nosotros, con sus virtudes y defectos, con sus cualidades y fragilidades, con sus limitados conocimientos, sufrimientos, problemas de salud, susceptible de ser engañado o de cometer errores de juicio, si bien no en doctrina, ciertamente sobre personas y acontecimientos, necesitado de ayuda y también de ser corregido en ciertos defectos, de ser alentado, confortado, defendido y consolado, sujetos a entusiasmos, ilusiones y tristezas. ¡Qué importante es la caridad hacia el Papa!
Puede ser difícil obedecerle; pero, ¿acaso creemos que para él sea fácil mandar? ¡Qué rápido podemos considerarlo como un tirano o a la inversa, un débil, sin pensar en la extrema complejidad de ciertas situaciones, a las que debe enfrentarse y al riesgo de estar mal informado o que le falten las informaciones necesarias!
La conducta correcta hacia un Papa no es la de juzgarlo desde fuera de nuestra torre de marfil, no es la de decir: yo hago mis asuntos y él hace los suyos; no es la de querer hacerse su maestro; tampoco es la de ser fotocopias de algunas de sus actitudes exteriores; no es la de instrumentalizarlo para nuestra conveniencia, sino que es la de ponerse en actitud de confianza y benevolencia en la escucha y disponibilidad para el servicio y la colaboración, en la imitación de sus virtudes y comprensión de sus defectos, porque servir al Papa quiere decir servir a las almas y servir a la Iglesia.
Para asumir la actitud correcta y volvernos verdaderamente útiles a él y a la Iglesia, pensando que el Papa tiene necesidad de buenos ayudantes y colaboradores, hay que preocuparse por dos cosas: comprender cuál es el programa de su pontificado y conocer las necesidades de la Iglesia.
Es necesario ayudarlo en lo primero y compensar lo suyo en lo segundo, por ejemplo, si es demasiado severo con los lefebvrianos, resaltar los lados buenos de estos últimos; si es demasiado indulgente con los modernistas, combatir a los modernistas; si guarda silencio sobre ciertas verdades de fe, recordarlas; si cae demasiado en el buenismo del Concilio, recordar que el mundo está bajo el signo del maligno; si es demasiado indulgente hacia el laxismo sexual, recordar la gravedad de los pecados sexuales; si no habla nunca de santo Tomás, recordar a santo Tomás; si es demasiado bueno con Lutero, recordar las herejías de Lutero, etc.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 31 de julio de 2021

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Anexo

Habiendo seleccionado lo que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
   
Articulus unicus

Utrum Papa subiaceat Sacrae Traditioni
vel eam superet tamquam fontem autonomum doctrinae

Ad hoc sic procediturVidetur quod Papa non subiaceat Sacrae Traditioni, sed eam superet tamquam fontem autonomum doctrinae.
1. Quia Christus ei dedit charisma infallibilitatis exclusivum, ita ut non possit errare in materia fidei et ideo non indigeat regula superiore.
2. Quia eius doctrinae officiales, ordinariae vel sollemnes, sunt semper interpretationes authenticae Revelationis, et ideo non requirunt comparationem cum Traditione.
3. Quia etiam cum apparent locutiones ambiguae in documentis pontificiis, necesse est eas interpretari in bono sensu, sine directa appellatione ad Traditionem tamquam criterium.
4. Quia potestas clavium ei concedit facultatem mutandi vel abolendi usus et consuetudines ecclesiasticas traditionales, quod videretur ostendere eum etiam posse disponere de Traditione.

Sed contra est quod Apostolus dicit: Tradidi enim vobis in primis quod et accepi (1 Cor 15,3). Ex quo ostenditur quod Papa non est fons autonomus doctrinae, sed accipit et tradit quod a Christo per Traditionem apostolicam est transmissum.

Respondeo dicendum quod Papa subiaceat Sacrae Traditioni tamquam regulae suae doctrinae, quamvis sit eius interpres authenticus et infallibilis. Patrimonium divinum et immutabile Verbi Dei, quod continetur in Scriptura et Traditione, a Christo est commissum Papae, qui in suo magisterio habet in eis normam doctrinae et eis subiicitur tamquam primus discipulus Christi. Doctrinae pontificiae officiales non sunt nisi interpretationes authenticae Revelationis, et recipiendae sunt fide divina, fide ecclesiali vel religioso obsequio intellectus, secundum gradus auctoritatis.
Necesse est distinguere Traditionem sacram, quae est immutabilis et divina, ab usu et consuetudinibus ecclesiasticis, quae a Papa mutari possunt. Sic ritus Missae est immutabilis quatenus mysterium fidei, sed eius formae rituales reformari possunt. Item distinguendum est doctrinas Papae, ubi est infallibilis, a moribus et pastorali eius, ubi potest esse fallibilis et subiacere erroribus prudentiae vel iudicii.
Recta conversatio erga Papam requirit fiduciam, benevolentiam et cooperationem, imitationem virtutum eius et comprehensionem defectuum. Papa manet homo cum fragilitatibus et limitationibus, indiget auxilio et correctione reverenti. Servire Papae significat servire Ecclesiae et animabus.

Ad primum dicendum quod charisma infallibilitatis non ponit Papam supra Traditionem, sed eum reddit fidelem interpretem eius, cum Magisterium ipsius sit pars Traditionis ut magis explicata.
Ad secundum dicendum quod infallibilitas Papae in doctrina praesupponit eius subiectionem ad Traditionem, quae est regula doctrinae. Nemo tamen potest iudicare doctrinam Papae per Traditionem praecedentem, quia eius doctrina est status actualissimus Traditionis, qui iudicat Traditionem praecedentem.
Ad tertium dicendum quod locutiones ambiguae interpretandae sunt in bono sensu, sed semper cum relatione ad Traditionem et Scripturam, depositum divinae Revelationis cui Papa est supremus custos.
Ad quartum dicendum quod usus et consuetudines mutari possunt quia non constituunt Traditionem, sed sunt traditiones humanae vel ecclesiales, dum Traditio sacra manet immutabilis et Papa eam semper melius explicat infallibiliter. 
   
JG

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