¿Puede la Tradición ser separada del Magisterio, como si fuera un ideal abstracto que corrige a la Iglesia docente? ¿No se corre así el riesgo de caer en los mismos errores de los lefebvrianos, de los modernistas o incluso de Lutero? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos recuerda que el Concilio Vaticano II no debe ser cuestionado en su doctrina, sino interpretado en continuidad con la Tradición, como progreso legítimo y no como ruptura. ¿No es acaso el Espíritu Santo quien asiste también al Magisterio de hoy, garantizando la fidelidad al mandato de Cristo? Los puntos equívocos deben ser clarificados y deben ser refutadas las interpretaciones modernistas y lefebvrianas, para que quede patente la continuidad en el desarrollo de la fe. Modernos, sí; modernistas, no; tradicionales, sí, lefebvrianos, no: he aquí la clave que se nos propone para comprender el Concilio y vivirlo en plenitud. [En la imagen: fragmento de “La entrega de las llaves a San Pedro”, fresco en la Capilla Peruzzi de Santa Croce, Florencia, 1290, obra de Giotto].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 22 de febrero de 2026
Carta a De Mattei, sobre su libro "Apología de la tradición"
Carta al Profesor Roberto de Mattei, sobre su libro "Apología de la tradición"
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 7 de diciembre de 2011 en el blog Riscossa Cristiana. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/lettera-al-prof-roberto-de-mattei-sul-libro-qapologia-della-tradizioneq-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Estimado profesor De Mattei
Leí su libro Apologia della Tradizione ¹. He notado una correcta consideración de la Sagrada Tradición Apostólica, como compendio (traditum) de la doctrina de Cristo confiada a los Apóstoles y a sus Sucesores los Obispos bajo la guía del Sucesor de Pedro y como transmisión (traditio) fiel e infalible de tal doctrina, bajo la asistencia del Espíritu Santo, a las generaciones posteriores hasta el fin del mundo.
De hecho, como Usted sabe, Cristo mandó a los apóstoles enseñar a todo el mundo la doctrina del Evangelio, aquella "Palabra que no pasa", asegurándoles que quienes los escucharan lo escucharían a Él, prometiendo estar con ellos hasta el fin del mundo y que el Espíritu Santo en el curso de la historia los habría de guiar al pleno conocimiento de la verdad divina e inmutable contenida en los datos revelados por Él, datos que los evangelistas pusieron después por escrito (Escritura), mientras continuaban la predicación oral (Tradición) de la doctrina evangélica.
Este oficio de enseñar la verdad revelada o verdad de fe, constituye el Magisterio de la Iglesia (la "Iglesia docente"), tarea principal del colegio apostólico y del colegio episcopal, en unión con Pedro y bajo Pedro. Este colegio también ha recibido de Cristo el mandato de gobernar el rebaño de Cristo siguiendo el ejemplo del Buen Pastor y como guía práctica hacia la salvación (poder pastoral o jurisdiccional).
El Concilio Vaticano II ha distinguido oportunamente la función jurisdiccional (pastoral) de la doctrinal, corrigiendo una precedente opinión difundida entre los teólogos, que reconducía la segunda a la primera, con el riesgo de devaluar la función magisterial, ya que si bien el magisterio pastoral puede equivocarse, la función magisterial, en cuanto atinente en varios modos y grados a la doctrina de la fe, es infalible. Por esto Usted habría debido juzgar aquella opinión teológica a la luz del Concilio y no al revés.
Por otra parte, para que una enseñanza doctrinal del Concilio Vaticano II sea infalible, como se desprende de la carta apostólica Ad tuendam fidem ², no es necesario que esa enseñanza sea declarada como tal, sino que es suficiente que se trate, de hecho, de materia de fe, o como desarrollo de la Tradición o como explicitación de un dogma ya definido o como doctrina conexa con el dato de fe o deducida de un dato de fe. Este es precisamente el caso de las doctrinas del Concilio. Por eso no es correcto decir que ellas no son "infalibles". Si por infalibles se entiende, como se debe entender, "verdaderas", ellas son absolutamente infalibles.
Ciertamente que lo traditum, es decir, lo que es transmitido y enseñado por el colegio episcopal en el curso de la historia, en este sentido la "Tradición", es el conjunto de las verdades de fe, sintetizado en el Símbolo de la Fe y oralmente enseñado por el mismo colegio episcopal cum Petro y sub Petro.
En su libro hay una pregunta central de extrema importancia: ¿cómo hacemos para saber cuáles son las verdades de fe o, como Usted se expresa: "cuál es la regla de la fe"? ¿Quién nos lo dice ¿De donde lo recabamos? ¿Cómo podemos estar seguros? Y Usted responde a la pregunta correctamente: la Tradición.
Pero luego, extrañamente, Usted hace una distinción entre Tradición y Magisterio que indudablemente tiene una parte de verdad, cuando afirma con claridad que la Tradición contiene la Verdad revelada y constituye la regla de la fe, una distinción sin embargo que acaba por separar estas dos cosas presentando la "Tradición" como una especie de abstracto y trascendente ideal platónico por una parte, que Usted presenta aislado del Magisterio viviente y, por otra parte, presenta un "Magisterio" relativizado, confinado en los límites de la historia, falible, discontinuo e incoherente, tal como para ser a veces infiel a la Tradición y que por lo tanto puede ser corregido y puesto en regla por la "Tradición".
¿Pero quién entonces, sobre la base de la "Tradición", tendría la autoridad o la facultad para corregir el Magisterio? Llegado a este punto, Usted se adentra en un sendero muy peligroso, ciertamente contra sus intenciones, un sendero que acaba por asemejarse mucho al camino recorrido por los tradicionalistas del siglo XIX, que han sido condenados por la Iglesia (De Maistre y Lamennais), por Lutero y por los modernistas, con la diferencia de que mientras Usted apela a la "Tradición" aislándola del Magisterio, estos últimos apelan de manera similar a la "Escritura" aislándola del mismo Magisterio.
¿Quién queda para corregir a los Obispos que se desvían de la Tradición? El Pueblo de Dios, supremo custodia de la "Tradición" y en especial modo aquellos valientes historiadores y teólogos ³ (entiéndase los lefebvrianos), que, en base a la "Tradición", identifican los errores de los Obispos, tal vez incluso de un Concilio Ecuménico, por lo cual haciéndose pasar por los custodios y vengadores de la "Tradición", están en grado de corregir y de invitar a retornar a ella incluso a un Concilio, reconduciendo a la Iglesia por el camino de la verdad. ¿Pero, le parece a Usted que todo esto es coherente con lo dicho al inicio sobre la Tradición y sobre el oficio del Colegio Apostólico? ¿Le parece que este discurso es verdaderamente católico?
Ciertamente el Magisterio es distinto de la Tradición en relación al hecho de que mientras que el Magisterio es el oficio doctrinal del Colegio de los Obispos con el Papa y bajo el Papa, la Tradición es el conjunto de las verdades divinamente reveladas (traditum) confiadas por Cristo a los Apóstoles. Pero si consideramos la Tradición como tradere, acción de transmitir, acción de enseñar oralmente (predicación) o por escrito (Escritura, Nuevo Testamento, Concilios, Pontífices hasta el Concilio Vaticano II y los documentos del postconcilio), ¿dónde está la diferencia? ¿El tradere no es acaso un enseñar y un predicar?
En este sentido tiene razón el Concilio Vaticano II cuando afirma que sustancialmente Magisterio y Tradición son la misma cosa, indudablemente en relación con la función del tradere – docere - praedicare, aún cuando, como repito, desde el punto de vista de los contenidos de fe, indudablemente la Tradición Apostólica es la regla de la Tradición Eclesial, que constituye el Magisterio.
Nosotros, los dominicos, tenemos como lema contemplata aliis tradere. Por cual, también nosotros en el momento en el cual predicamos el Evangelio, somos testigos de la Tradición, aunque obviamente debemos hacerlo en comunión con el Magisterio viviente, o sea con el Magisterio de hoy. De hecho, el Espíritu Santo asiste quizás también a este Magisterio. ¿Y acaso este Magisterio podría encontrarse en contradicción con aquel de ayer? ¿Pero entonces, dónde iría a terminar la promesa de Cristo? ¿Y por qué el Papa ha hablado de "continuidad", aunque en el progreso y en la reforma? ¿Por qué en su libro Usted no explica en qué consiste esta continuidad, en lugar de acusar a la doctrina del Concilio de estar equivocada (Usted dice "no es infalible")?
Si, como Usted mismo reconoce, hoy la Iglesia conoce mejor el depósito revelado que en el pasado, entonces ¿eso no quiere decir que las doctrinas del Concilio Vaticano II son más progresistas y más avanzadas que las del Concilio de Trento o las del Concilio de Calcedonia, aunque conservando ellas la misma verdad?
Y entonces ¿esto no quiere decir quizás que el Vaticano II ha desarrollado la Tradición y que, por lo tanto, es posible juzgar no solo el Concilio a la luz de la Tradición expresada, por caso, en el Vaticano I, sino que también es posible y necesario hacer la operación inversa, o sea evaluar el Vaticano I a la luz del Vaticano II? De hecho, mientras que la Tradición del pasado es una Tradición fundante, la del presente es una Tradición desarrollada. Es necesario usar ambos criterios para evitar por una parte el lefebvrismo y por otra parte el modernismo.
En lugar de cuestionar el valor de la doctrina del Concilio Vaticano II, más bien pidamos al Santo Padre que esclarezca aquellos puntos donde efectivamente parece valer la interpretación modernista. Finalmente, me permito señalarle mi libro Progresso nella continuità ⁴, donde precisamente trato de explicar la continuidad con la Tradición y refuto la interpretación modernista, aunque mostrando qué tipo de progreso se ha producido desde el Magisterio preconciliar al Magisterio postconciliar. Debemos ser modernos, pero no modernistas.
Pero la cosa es posible y necesaria. Tratemos de comprender lo que verdaderamente ha intentado decir el Concilio Vaticano II, aunque también se nos permite avanzar críticas acerca de la parte pastoral, pero no podemos ni debemos criticar la parte doctrinal para no poner en duda la fidelidad del Magisterio al mandato de Cristo y a la Sagrada Tradición.
Con calurosa cordialidad.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 7 de diciembre de 2011
Notas
¹ Editorial Lindau, Turín 2011.
² Véase aquí: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/motu_proprio/documents/hf_jp-ii_motu-proprio_30061998_ad-tuendam-fidem.html
³ Obviamente, con lo de "valientes", el padre Cavalcoli está ironizando acerca de tales supuestos teólogos y supuestos historiadores, que, con las mismas ideas lefebvrianas, idealizan una pseudo "tradición" abstracta y desligada de todo vínculo esencial con el Magisterio, quien es efectivamente el custodio, transmisor, explicitador y esclarecedor de la verdadera Tradición apostólica. El hecho de que hoy sean una minoría en la Iglesia, no quita que sea muy ruidosa y sigan ocasionando grave daño al pueblo de Dios. Aquí el padre Cavalcoli identifica en esta corriente al historiador italiano Roberto de Mattei, pero no es el único. Mencionemos también por ejemplo al obispo Athanasius Schneider, con sus interpretaciones siempre reductivas del Concilio Vaticano II y de ideas claramente lefebvrianas, o aquí en Argentina, publicistas como el padre Javier Olivera Ravasi o el mendocino Rubén Peretó Rivas, ambos de ideas claramente filolefebvrianas, cada uno a su modo. Y respondiendo a no pocas preguntas que me hacen amigos y conocidos acerca de la dificultad de identificar a estas corrientes filolefebvrianas presentes hoy, minoritariamente pero ruidosamente, en la Iglesia, puedo mencionar con certeza y sobradas pruebas de lo que afirmo, los portales españoles Adelante la Fe, Infovaticana e Infocatólica (cada uno a su modo y grado) y, en general, las organizaciones y grupos promotores de la vuelta a la liturgia tridentina, los cuales, como ha dicho el papa Francisco en su Carta a los Obispos del 2021, usan el Misal de 1962 como bandera de combate contra el Concilio Vaticano II. (JG)
⁴ Libro también de las Ediciones Fede&Cultura, Verona 2011. Como ya he dicho para otros casos, también dispongo de la traducción completa, literal y correcta de este libro a la lengua española. Sin embargo, lamentablemente, el director de la editorial, Sr. Giovanni Zenone, no nos ha permitido al padre Giovanni Cavalcoli y a mí publicar y difundir gratuitamente esta traducción para todos los lectores de habla hispana. Como ya he dicho en otras ocasiones, ésta es una "buena prensa" que no llega a ser "buena lectura". (JG)
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Traditio possit separari a Magisterio et erigi ut regula superior quae ipsum corrigat, vel utrum ambo sint inseparabiliter in continuatione intelligendi
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Traditio possit separari a Magisterio et erigi ut regula superior quae ipsum corrigat.
1. Quia Traditio continet veritatem revelatam et constituit regulam fidei, dum Magisterium, intra limites historiae conclusum, potest esse fallibile, discontinuum et incohaerens.
2. Praeterea, quidam affirmant Magisterium posse a Traditione deviare, et populum Dei vel theologos fortes et parresiasticos habere officium ipsum corrigendi nomine Traditionis, etiam quoad Concilium Oecumenicum.
3. Item dicitur doctrinas Concilii Vaticani II non esse infallibiles, quod videtur indicare Traditionem debere iudicare Magisterium et non e converso.
Sed contra, Concilium Vaticanum II docet Magisterium et Traditionem substantialiter idem esse quoad munus tradendi, docendi et praedicandi. Spiritus Sanctus etiam hodierno Magisterio assistit, et Christus promisit se cum Apostolis mansurum usque ad consummationem saeculi, continuitatem in profectu et reformatione praestando.
Respondeo dicendum quod Traditio et Magisterium separari non possunt, quia Magisterium est viva transmissio Traditionis a Christo Apostolis et eorum successoribus concreditae. Traditio est complexus veritatum revelatarum, Magisterium vero est officium doctrinale quod eas fideliter sub assistentia Spiritus Sancti tradit. Separare haec ducit ad errores similes illis lefebvrianorum, modernistarum vel etiam Lutheri, qui ad Scripturam vel Traditionem a Magisterio seiunctas provocaverunt.
Magisterium, ut officium docendi collegii episcopalis cum Petro et sub Petro, est infallibile circa doctrinam fidei, licet in munere pastorali vel iurisdictionali errare possit. Non est igitur rectum dicere doctrinas Concilii Vaticani II non esse infallibiles: si infallibilia pro veris accipiuntur, omnino infallibilia sunt, quia de rebus fidei agunt, ut progressus Traditionis, ut explicatio dogmatum iam definitarum vel ut doctrinae cum dato revelato conexae.
Traditio non est abstractum idealum a Magisterio separatum, sed concreta actio tradendi revelata per praedicationem oralem, Scripturam, Concilia et Pontifices. Hoc sensu Magisterium et Traditio sunt inseparabilia, quia tradere est docere et praedicare. Spiritus Sanctus etiam Magisterio hodierno assistit, quod cum praeterito contradicere non potest, alioquin promissio Christi frustraretur. Ideo Papa de continuatione in profectu et reformatione locutus est.
Concilium Vaticanum II Traditionem evolvit, ita ut hodie Ecclesia melius cognoscat depositum revelatum quam olim. Sic doctrinae eius sunt progressiviores quam conciliorum priorum, eandem tamen veritatem servantes. Non igitur agitur de doctrina eius in dubium vocanda, sed de Papa rogando ut puncta aequivoca clarificet et interpretationes modernisticas refutet, ostendens continuationem in progressu fidei. Moderni, ita; modernistae, non. Traditionales, ita; lefebvriani, non.
Ad primum ergo dicendum quod Traditio est regula fidei, sed a Magisterio separari non potest, quia hoc est viva eius transmissio sub assistentia Spiritus Sancti.
Ad secundum dicendum quod neque populus Dei neque theologi auctoritatem habent Magisterium corrigendi; Papae et collegio episcopali competit Traditionem fideliter custodire et transmittere.
Ad tertium dicendum quod doctrinae Concilii Vaticani II infallibiles sunt quatenus verae, et in continuatione cum Traditione interpretandae; diffusio modernismi provenit ex falsis interpretationibus non satis refutatis ab auctoritate ecclesiastica, non ex ipso Concilio.
JG
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