domingo, 14 de junio de 2026

El complot del idealismo contra la Iglesia

¿No es inquietante que el idealismo, disfrazado de espiritualidad y misticismo, se infiltre en la misma Iglesia como un complot silencioso? ¿Qué sucede cuando la fe se reduce a mera experiencia subjetiva y los dogmas se reinterpretan como símbolos vacíos? ¿No es acaso una traición que la figura de Cristo sea falsificada en nombre de un humanismo secular y que los sacramentos se conviertan en signos de un poder humano divinizado? ¿Qué futuro queda para la Iglesia si se la transforma en una simple asociación filantrópica sometida al Estado? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli denuncia con fuerza el proyecto modernista e idealista que pretende sustituir la verdadera Iglesia de Cristo por una caricatura mundana, y llama a mantener los ojos abiertos, fieles al Magisterio, en especial al Concilio Vaticano II, para resistir la insidia más peligrosa de nuestro tiempo. [En la imagen: fragmento de "El filósofo Georg Wilhelm Friedrich Hegel", óleo sobre lienzo, obra de Jakob Schlesinger, conservado en la Alte Nationalgalerie, Berlín].

El complot del idealismo contra la Iglesia

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 27 de Octubre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-complotto-dellidealismo-contro-la-chiesa-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Hoy el Magisterio de la Iglesia rara vez habla de "idealismo" como peligro para la fe ¹. Es mencionado por Pío XII en la encíclica Humani Generis, y por san Pío X en la encíclica Pascendi bajo el nombre de "inmanentismo", así como por el beato Juan Pablo II en la encíclica Fides et Ratio. Lo mencionó un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe en preparación para la beatificación de Antonio Rosmini, para reiterar el carácter idealista de las famosas 40 proposiciones condenadas por León XIII ut littera sonat, pero para especificar que ellas no reflejan la inspiración de fondo del grande y santo Roveretano. El idealismo es una forma de racionalismo absoluto ("lo real es racional y lo racional es real", como dice Hegel); y bajo este nombre ciertamente también lo ha atacado el Papa actual ², el cual retoma la condena pronunciada por el beato Pío IX en el Syllabus.
Uso aquí el término "idealismo" en sentido amplio, y pienso que no sin razón, que luego explicaré, y sin excluir los méritos del mismo idealismo, del cual, lo digo inmediatamente, existen dos formas fundamentales: la platónico-agustiniana, que reaparece en san Buenaventura, y ésta es digna de todo respeto, aunque no está privada de defectos, y aquella, verdaderamente peligrosa, que nace con Descartes y culmina con Hegel y sus seguidores hasta nuestros días, presente hoy incluso dentro del Iglesia, por lo cual se está hoy difundiendo por ejemplo una cristología de tipo panteísta bajo la influencia de Hegel. Véase, por ejemplo, Küng y Rahner. El idealismo es como las especies de las setas: hay que recoger las sanas y evitar las venenosas.
Lo que es común a las dos formas de idealismo y que hace de hecho que se utilice el mismo término en los dos casos es la exaltación de lo ideal, como ente mental, visto como modelo inmutable de perfección, íntimo a la conciencia, de algún modo hipostasiado, como fin y principio del actuar moral y como superior a lo real, el cual es su imagen o participación.
Si este ideal, como en Platón, es divino y trascendente, no hay ningún peligro para la verdad y la salvación del hombre. Pero si la idea deviene un principio originario constitutivo de la conciencia humana, idea que niega la exterioridad del ser al pensamiento y resuelve lo real en lo ideal, y el pensar humano puede así elevarse por sí ("autotrascendencia") a la conciencia de la propia divinidad en virtud de esta estructural, implícita, "preconceptual" y originaria divinidad, entonces nacen los problemas y la salvación del hombre falsamente embriagado por su propia divinidad está en realidad condenada al fracaso.
La Iglesia no ha condenado nunca, de hecho más bien ha elogiado la primera forma de idealismo, sobre todo el agustiniano, aunque ha condenado algunas de sus deformaciones como en Lutero y Jansenio, y sabemos cuánta simpatía tiene el Papa actual por Agustín y Buenaventura. Sin embargo, es necesario decir con franqueza que la Iglesia -y una infinidad de documentos lo atestiguan ³.- prefiere a santo Tomás de Aquino, con su realismo ligado a Aristóteles, más acorde con el realismo bíblico.
En cambio, la Iglesia ha condenado netamente la segunda forma de idealismo, el así llamado "idealismo trascendental", para retomar el título mismo de una obra programática de Schelling, precisamente uno de los máximos exponentes de este idealismo.
Es a esta segunda forma de idealismo, por lo demás en un significado amplio, a la que pretendo referirme en este artículo. Entonces: ¿idealismo por qué y en qué sentido? Habría podido hablar más genéricamente de "modernismo" o quizás también de masonería, para referirme a ese artículo del Código de Derecho Canónico que excomulga a todo aquel afiliado a una sociedad secreta que "conspira contra la Iglesia". En el Código anterior se hacía referencia explícita a la masonería. En el nuevo ha desaparecido el término, pero no porque hoy no haya asociaciones que comploten contra la Iglesia, sino porque no sólo existe la masonería.
Mi venerado profesor de derecho canónico, el padre Antonino Berizzi OP, nos decía frecuentemente: ningún canon del Derecho Canónico es una mera precaución abstracta, sino que cada uno de ellos está motivado por el hecho de que aquello a lo cual se refiere es un caso efectivamente existente o que ha efectivamente existido. Por eso es sencillamente ingenua por no decir hipócrita la observación de ciertos buenistas según la cual hoy no existirían sociedades que "complotan contra la Iglesia", atendiendo al hecho de que la Iglesia según ellos, desde hace tiempo está dialogando tranquilamente con el mundo y la cultura moderna, por lo cual el hablar de Iglesia perseguida o sufriente o amenazada sería un discurso de aguafiestas o la aparición de una aterradora bruja en el hermoso jardín, como sucede en la fábula El Mago de Oz, se trataría un el retrógrado "profeta de desventuras", contra el cual, como se sabe, la tomó en su tiempo el beato papa Juan XXIII.
Las traiciones, las rebeldías, los escándalos, las herejías, los abusos litúrgicos, los vicios morales, las injusticias y las persecuciones de hermanos contra hermanos que se repiten desde hace décadas, estos buenistas no las ven, porque para ellos, para retomar una frase del cardenal Martini, la Iglesia nunca ha ido tan bien como hoy, salvo que luego está la observación del mismo Cardenal -la paz sea con su alma- en los últimos días de su vida, que "la Iglesia se ha quedado retrasada doscientos años", manifestando claramente, si no quería contradecirse, que para él existen dos Iglesias: la suya, moderna, actualizada y tranquila, y otra Iglesia (¿la del Papa?), quejumbrosa y recriminadora, retrasada no sólo respecto al Concilio Vaticano II, sino también respecto al Concilio Vaticano I y que aún no ha recuperado -como comentó ingeniosamente un periodista de la BBC- el mensaje liberador del Iluminismo precisamente de hace dos siglos, como lo ha hecho la Iglesia del cardenal Martini.
Así, bajo el término "idealismo" quisiera poner aquellas doctrinas que de variados modos pueden estar conectadas con él, por tener en común con él una misma alma: no solo aquello que desde hace tiempo se ha convenido llamar "antropocentismo" ( el "giro antropológico" de Karl Rahner, que es una extrema consecuencia del antropocentrismo renacentista), sino también más explícitamente todas las formas de panteísmo antiguo o moderno, desde los Vedas indios hasta el parmenidismo que llega hasta nuestros días, desde la antigua sofística hasta el hermetismo, hasta el gnosticismo, al racionalismo absoluto, a la mística protestante, judeo-cabalista e islámico-sufí, al apofatismo budista o zen y a la teosofía de Elena Blavatsky, hasta la New Age y la propia masonería esotérica.
En su larga historia, los peligros más graves la Iglesia los ha sufrido no tanto por parte del materialismo, fácilmente identificable por quienes tienen un mínimo de sensibilidad por la dignidad humana, cuanto sobre todo por el falso espiritualismo, que engaña incluso a los pastores, a los teólogos y a las almas entregadas a la perfección. El cristianismo es un anhelo de lo divino, por lo que el cristiano se engaña más por aquello que parece sublime que por aquello que es vulgar. Engaña más el falso teísmo que el ateísmo abierto. Ahora bien, radica precisamente aquí la peligrosidad del idealismo respecto a todas las otras ideologías de tipo sensista, hedonista, empirista, positivista, evolucionista, materialista, ateo.
Por tal motivo, para referirme a este complot internacional podría hablar simplemente de "modernismo", pero prefiero citar el idealismo en el sentido antes mencionado, porque, disfrazado como está de misticismo, biblicismo y espiritualidad, bajo las vestimentas, como ha dicho alguien, de una "audaz especulación", es la insidia o trampa más peligrosa y al mismo tiempo más fascinante para la Iglesia, sobre todo respecto a su clase dirigente, o, si queremos usar la expresión tradicional, "Iglesia docente", es decir la jerarquía y los teólogos.
De hecho, en el modernismo de hoy, mucho más complejo que aquel de los tiempos del papa san Pío X, es posible constatar la presencia de muchas otras tendencias, como el cientificismo, el positivismo, el marxismo, el existencialismo, la fenomenología, el empirismo, el protestantismo, los disidentes ortodoxos, que no me parecen constituir el peligro que en cambio proviene del idealismo.
Es de todos modos, en su conjunto, esta compleja, intrincada y poderosa red de personajes, tendencias, grupos, asociaciones, movimientos a nivel internacional que hoy, en formas ora abiertas ora sobre todo ocultas, complotan contra la Iglesia, a través de elementos infiltrados que son los modernistas. Y su plan no es ya el del choque frontal global, es decir, el del ateísmo y materialismo de los siglos XVIII y XIX, descaradamente anticlerical, abiertamente, duramente, arrogantemente y descaradamente impío y blasfemo: pensemos por ejemplo en un Voltaire, en un Reimarus, en un Strauss, en un Feuerbach, en un Marx, en un Renan, en un Comte, en un Freud o en un Nietzsche. Y hoy los herederos de estos son legión.
En sustancia, ¿cuáles son las miras de dicho complot? Se pueden resumir en el proyecto de una nueva Iglesia, en ruptura con la precedente, y por tanto una falsificación de la Iglesia tal como ha sido querida por Jesucristo y es conservada por la Iglesia Católica bajo la guía del Papa.
¿Y en qué consiste tal falsificación? En el mantenimiento de las estructuras jurídico-externas, incluido el Papa revisado y corregido, luego la organización en los variados niveles y en las diversas formas de la autoridad en el campo de la jerarquía, de los institutos académicos, culturales, educativos, religiosos y laicales, así como la praxis sacramental y litúrgica debidamente reinterpretada, las obras sociales, asistenciales y misioneras de la Iglesia.
Todo esto sucede sobre la base de una "fe" entendida no como conocimiento o doctrina, sino como "experiencia atemática" o un vago y equívoco "encuentro con Cristo", donde, en el mejor de los casos, la fe es confundida con la caridad. La emotividad irracional sustituye a la voluntad (nihil volitum nisi cognitum). Sin embargo, así como la mente humana no puede prescindir de los conceptos, bajo el manto de la "experiencia trascendental", los conceptos ortodoxos vienen sustituidos con conceptos heréticos, que resultan ya sea de reduccionismos o de sincretismos con otras ideologías y otras religiones.
Contemporáneamente a este vaciamiento de los contenidos doctrinales y por tanto comportamentales, se reduce la Iglesia, aunque conservando en las palabras sus títulos de fe, a una colectividad simplemente humana, y se abandona la idea de Iglesia como sociedad fundada en la Revelación divina según la interpretación de la misma Iglesia.
De este modo, eliminando o relativizando o reinterpretando la dogmática, la Iglesia deviene una simple asociación filantrópica basada en una ética meramente natural, racional o científica, en suma, una especie de entidad política, sociológica o humanitaria entre las otras, sin pretensión alguna de poseer verdades divinas obligatorias para todos, con la sustitución por un ideal humanista de aquel de la santidad, en una palabra, una sociedad meramente humana a la par de todas las demás bajo la autoridad del Estado, solamente al cual le compete en última instancia y por encima de toda otra instancia el cuidado del bien y del progreso de la humanidad. El Estado toma el lugar de la Iglesia en el intento de procurar al hombre el máximo bien posible.
Siempre según este proyecto, todo lo máximo que la Iglesia cree o hace se convierte en una simple figura, un símbolo, un signo o una metáfora de lo que efectivamente el Estado divinizado cumple. Por ejemplo, los sacramentos no son ya signos del poder de un Dios trascendente, sino del poder divino del hombre-Dios. Por tanto, prácticamente se cae en la magia.
La obra misionera no es ya el anuncio perentorio del Evangelio con el intento de convertir a los pueblos a Cristo, purificándolos del error y del pecado, sino la serena convivencia de las diversas "fes", entre las cuales, una entre las otras, es también la fe católica. Cada uno debe seguir la propia "fe". Ninguna exhortación, ningún reclamo, ninguna advertencia, ninguna corrección, que olería a abuso o a violencia, sino solamente "diálogo" y pacífica "confrontación", así como se confronta con placer la diferencia entre las rosas, las violetas o los ciclámenes. De hecho, todos se salvan, cualquiera que sea la religión a la cual se pertenezca y los pecados que se hayan cometido. Pretender que todos se hagan católicos sería como pretender que todas las flores tengan la forma de las rosas o de las amapolas.
Este proyecto que no dudaría en definir como "diabólico", a tal punto es falso respecto al verdadero Evangelio, a tal punto es nocivo y a la vez insidioso, suprime en el dato revelado sobre todo la protología, la Encarnación del Verbo y la escatología, las cuales devienen simples mitos o figuras de fuerzas o dinamismos operantes en el interior de la historia: el estado de inocencia y el pecado original devienen respectivamente la originaria bondad o divinidad del hombre; el pecado deviene el polo negativo de la dialéctica de la evolución histórica o del aparecer del Absoluto.
La Encarnación y la Parusía no son ya la venida de un Dios trascendente a la historia, sino que devienen el proyecto de la final divinización del hombre. La figura de Jesucristo es mantenida (he aquí la trampa), pero es falsificada (¡los "falsos Cristos"!). La figura de Cristo es o bien reducida a dimensiones meramente humanas (el "profeta escatológico" de Schillebeeckx), si se admite el teísmo, o bien, en el caso de la antropología panteísta ("trascendentalista"), aparece como el vértice supremo de la divinidad del hombre (la "cristología trascendental" de Rahner).
En el fondo, todo se podría resumir en ese demoledor error, tomado demasiado a la ligera por algunos, que el Magisterio denuncia desde hace décadas bajo el nombre de "secularismo", que se asocia al liberalismo, al indiferentismo religioso y al relativismo moral, al tiempo que niega cualquier autoridad infalible del Magisterio de la Iglesia, y por lo tanto niega la credibilidad del dato revelado. Como teoriza el mismo Rahner, ya no hay distinción entre sagrado y profano, sino que lo sagrado es la "radicalidad de lo profano" y lo "profano se autotrasciende en lo sagrado".
En este cuadro, las instituciones eclesiásticas, las creencias, las doctrinas teológicas y la guía de los pastores, comprendido el Papa, se convertirían, en sus contenidos y en sus directivas prácticas, en simples símbolos, figuras o imágenes, sobre todo a nivel popular, de la suprema verdad o de la "ciencia" absoluta custodiada por el nuevo clero: los filósofos y los sabios laicos, herederos de Hegel. La antigua mistagogía o anagogía cristiana es sustituida por el esoterismo gnóstico y por la falsa mística de la "experiencia trascendental preconceptual y atemática" de Karl Rahner, derivada de la filosofía de Heidegger.
En efecto, en este proyecto que se está convirtiendo cada vez más evidente y adquiriendo credibilidad en la Iglesia, a medida que sus ejecutores se sienten seguros de poderlo realizar, el Magisterio de la Iglesia debería perder su pretensión de infalibilidad y de definitividad, y sólo serviría para interpretar y para avalar la dirección verdadera de la estructura eclesial, que pertenecería -como sostiene Rahner- al mismo pueblo creyente que se expresaría en una clase de doctos -los ministros del culto (hombres y mujeres), los teólogos y los biblistas-, solamente a los cuales pertenecería la guía doctrinal y moral del conjunto de los creyentes, mientras que los obispos, siempre según la propuesta de Rahner, tendrían una tarea solo pastoral y no doctrinal, limitando su campo a recibir y a registrar o dejar constancia de las decisiones del pueblo de Dios que es inspirado por Dios. Por lo tanto no una forma de ateísmo abierto, sino un aparente teísmo que es en realidad ateísmo, que pone al hombre en el puesto de Dios.
De hecho, el nombre de Dios, como un espejito para las alondras o un atrapachitrulos, vendría mantenido, pero indudablemente se tendría o un Dios meramente naturalista, como en la teología de Schillebeeckx, donde la "gracia" es sólo un nombre para significar una genérica benevolencia divina, que se encuentra también en el Judaísmo (hesed) o en el Islam o el Hinduismo, o bien un Dios como "horizonte de la trascendencia humana", de una humanidad que es ya a priori divina (el "existencial sobrenatural"), según el proyecto panteísta rahneriano, o una cristología "cósmica", "punto Omega" del mundo como materia que evolutivamente "se autotrasciende", según el proyecto teilhardiano, ideas todas ellas que ya han sido sistematizadas o aceptadas por la masonería iluminista y esotérica. No hay ningún contraste con la masonería: ¡la paz está hecha!
Incluso más, luego, desde principios del siglo pasado, para quien lo deseara y no llegara a digerir a santo Tomás de Aquino ad litteram, se está produciendo una domesticación de la teología del Doctor Angélico, por la cual será posible autodenominarse tomistas, o según un "tomismo" kantiano, como hizo Maréchal, o un tomismo hegeliano-heideggeriano, como intentó Rahner, o como han intentado otros, cosa que podría andar bien con la pizza napolitana (a las anchoas, al salmón, a la cebolla, etc.), pero que es una cosa simplemente deshonesta y peligrosísima si se hace con el Doctor Común de la Iglesia.
El Catecismo Holandés y el Curso Fundamental sobre la Fe de Rahner son, entonces, la carta magna de esta nueva Iglesia, claramente en contraste con el Catecismo de la Iglesia Católica. Estos innovadores, como es bien sabido, se manifiestan como referentes del Concilio Vaticano II, pero interpretándolo del todo equivocadamente, como los Papas vienen gritando hasta desgañitarse desde hace cincuenta años, y sin embargo, muchos estúpidos lo creen.
¿Qué se puede hacer? Mantener los ojos abiertos y no dejarse engañar, no dejarse asustar por las amenazas, fueran incluso las de las personas constituidas en autoridad. La suprema autoridad es el Papa con el Colegio de los obispos unido a él y quien se atreve a mandar sin esta comunión con el Magisterio, manda ilegalmente y en vano, y sería culpa moral obedecer. De hecho, en este caso el desobediente no es el súbdito sino la autoridad que desobedece al supremo Magisterio y con eso mismo desobedece a Dios.
Ciertamente es paradojal que la persecución hoy venga de hermanos en la fe, de aquellos que primero deberían sostenernos y ayudarnos en la fe y en la refutación de las falsas doctrinas. Pero Jesús lo había previsto y Él mismo por lo demás fue rechazado por las autoridades religiosas de su tiempo.
Es necesario que los obispos de los países de antigua tradición cristiana, hoy comprometida, tomen mano valientemente de la situación, sin temer críticas, impopularidad, escarnios, marginación, y mirando a aquellos obispos que están en la primera línea en medio de los no creyentes, por ejemplo en los países islámicos. Los Franciscanos desde hace ochocientos años conviven junto con judíos y musulmanes en Tierra Santa: ¿cómo han hecho para no hacerse judíos o sin hacerse musulmanes?
Un obispo que entre nosotros tiene miedo de pasar por anticuado, integrista o conservador, que renuncia a corregir a los errantes y se niega a sostener a los pocos fieles normales, ¿qué haría en las circunstancias en las cuales a Monseñor Padovese le sucedió que un fanático le degollara? ¿Sería capaz de afrontar una situación similar? Pero la debilidad favorece la prepotencia del adversario.
Existe un complot dentro de la Iglesia, pero está también el avance del Islam, el cual ciertamente no oculta sus propósitos como hacen los modernistas, sino que nos los refriega en la cara con arrogante y fanfarrón desparpajo, presentándose abiertamente, como una alternativa al cristianismo, como verdadera salvación y como enemigo de Cristo y de la Iglesia. Si algún infiel ofende a Mahoma, se desencadena la revolución. Si algún desgraciado entre nosotros los católicos insulta la figura de Nuestro Señor, se invoca, siempre entre nosotros, quizás con la intervención de algún obispo, la libertad de pensamiento o de expresión artística. Los modernistas temen más ofender a Mahoma que a Jesucristo.
Sin embargo, hay que reconocer que al menos el Islam admite la religión natural. Entonces lo ideal sería, como prescribe el Concilio, y como hacen algunos sabios siguiendo el ejemplo del Papa, el poder dialogar con el Islam sobre este común terreno de la religión natural, en la esperanza de su conversión. Pero con el fideísmo sobre este punto de tantos teólogos en ambos frentes, la empresa parece dificilísima, también por la reticencia de los islámicos a convertirse y la debilidad con la cual los católicos proponen su fe, cuando la proponen. Sin embargo, no debemos perder el ánimo. La Iglesia, con la fuerza divina de su Señor y Esposo, sigue manteniendo el timón de la historia. ¡Mantengámonos entre las olas en la barca de Pedro!
En efecto, este proyecto diabólico solo podrá ser frustrado con una fiel interpretación y aplicación del Concilio, que nos ha sido dado por el Espíritu Santo por intercesión de la Santísima Virgen María. Nadie, por consiguiente, se lamente del Concilio por ningún motivo, sino que debe verlo como luz y ancla de salvación para los terribles peligros que Satanás ha ideado para nuestro tiempo.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 27 de octubre de 2012

Notas

¹ En este artículo publicado en octubre de 2012, el padre Giovanni Cavalcoli no podía saber que pocos años después un Romano Pontífice, el papa Francisco, habría nuevamente de condenar explícitamente el idealismo, precisamente en la exhortación apostólica Gaudete et exsultate, del 19 de marzo de 2018, donde advierte contra dos formas de falsificación de la santidad: el gnosticismo y el neopelagianismo. En ese contexto, identifica el gnosticismo como una forma de idealismo que absolutiza el pensamiento y lo separa de la realidad. JG
² Aquí el padre Cavalcoli se está refiriendo al papa Benedicto XVI. JG
³ Un historiador dominico de mediados del siglo pasado recogió los testimonios de 82 Papas, evidentemente sin poder sumar los posteriores hasta la fecha.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum idealismus modernus periculum Ecclesiae constituat
vel cum veritate catholica componi possit

Ad hoc sic procediturVidetur quod non constituat periculum, sed possit cum veritate catholica componi.
1. Quia idealismus, exaltans ideam tamquam exemplar perfectionis, videtur confirmare dimensionem spiritualem hominis et eius aperturam ad divinum, vitando materialismum vulgarem.
2. Praeterea, in forma platonico‑augustiniana, idealismus ab Ecclesia aestimatus est et sanctum Bonaventuram inspiravit, unde apparet non omnem idealismum esse nocivum.
3. Item, idealismus modernus, loquens de autotranscendentia et conscientia propriae divinitatis, videtur fovere profundam experientiam Dei in homine, quasi continuationem mysticae christianae.
4. Denique, proponendo re‑interpretationem fidei ut occursum cum Christo et dialogum cum mundo, videtur praebere viam ad Ecclesiae renovationem in cultura hodierna, vitando isolationem.

Sed contra est quod Scriptura dicit: In principio creavit Deus caelum et terram. Et: Nihil volitum nisi cognitum. Magisterium docet fidem esse cognitionem veritatis revelatae, Ecclesiam a Christo fundatam et a Papa gubernatam, modernismum autem et inmanentismum errores esse damnatos. Sanctus Thomas docet cognitionem ab experientia sensibili incipere et esse analogicum esse, distinctum a cogitatione humana.

Respondeo dicendum quod idealismus modernus periculum Ecclesiae constituit et ad errorem ducit, quia exterioritatem entis a cogitatione negat, reale in ideali dissolvit et fidem in experientiam subiectivam convertit. Sub eius influxu Ecclesia ad collectivitatem humanam redigitur, dogmatica relativizatur et figura Christi falsificatur. Sacramenta fiunt symbola potestatis humanae divinizatae, missio ad convivium religionum reducitur et gratia in meram autotranscendentiam transformatur.
Complot idealismi consistit in vera Ecclesia Christi substituenda per novam Ecclesiam saecularizatam, subiectam Statui et auctoritate infallibili privam. Consequens est quod Ecclesia identitatem divinam amittit et fit societas mere philanthropica. Remedium est fidelitas Magisterio, doctrinae sancti Thomae et rectae interpretationi Concilii Vaticani II, tamquam lumen et ancora salutis contra pericula modernismi.

Ad primum dicendum quod exaltatio idearum veritatem non praestat, si realitatem externam cogitationi negat et reale in mentale dissolvit.
Ad secundum dicendum quod idealismus augustinianus est honestus, sed ab idealismo moderno, qui est rationalisticus et pantheisticus, distinguitur et ideo damnatus est.
Ad tertium dicendum quod autotranscendentia idealistica non est vera experientia Dei, sed illusio divinizationis hominis.
Ad quartum dicendum quod re‑interpretatio modernistica fidei Ecclesiam falsificat, quia veritatem revelatam substituit experientia subiectiva et saecularizata, Ecclesiam ad societatem mere humanam redigens.
   
JG

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