¿Puede la Iglesia sobrevivir a un enemigo que ya no golpea desde fuera, sino que se infiltra silenciosamente en su interior? ¿No es inquietante que el lenguaje católico se conserve mientras los conceptos se vacían y se sustituyen por ideas gnósticas, inmanentistas y modernistas? ¿Qué significa que Cristo sea reducido a un hombre que deviene Dios y que la gracia sea entendida como mera auto‑trascendencia humana? ¿No es alarmante que el Papa sea presentado como un simple gestor político y que los dogmas se relativicen hasta confundirse con las herejías? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli denuncia con fuerza el proyecto masónico de deformar la Iglesia desde dentro, transformándola en una mera organización sociológica, y nos interpela con una pregunta decisiva: ¿seremos capaces de mantener la fidelidad valiente a la verdad en medio de la tempestad?
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 28 de abril de 2026
La Masonería contra la Iglesia
La Masonería contra la Iglesia
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en el blog Riscossa Cristiana en tres partes: el 30 de mayo: https://www.ricognizioni.it/la-massoneria-contro-la-chiesa-di-padre-giovanni-cavalcoli/, el 29 de junio: https://www.ricognizioni.it/la-massoneria-contro-la-chiesa-di-padre-giovanni-cavalcoli-2/, y el 1° de agosto de 2010: https://www.ricognizioni.it/la-massoneria-contro-la-chiesa-di-padre-giovanni-cavalcoli-3/; pero anteriormente el artículo había sido publicado completo en el número 1 de la revista Vivereln 2008)
Los enemigos de la Iglesia
Una de las enseñanzas del Concilio Vaticano II ha sido la de remediar una actitud generalizada en la Iglesia, tanto entre el pueblo como entre los pastores y teólogos, sobre todo a partir del Concilio de Trento, consistente en concebir a la Iglesia como una especie de bastión fortificado asediado y de ejército en lucha contra diversas escuadras de enemigos (los herejes, los neopaganos del Renacimiento, los Turcos, y el nunca dormido judaísmo anticristiano). También el ascetismo personal insistía mucho en la lucha "contra la carne, el mundo y Satanás".
Se ponía en primer plano la refutación del error, la victoria sobre el pecado, la necesidad de vigilar y de defenderse contra el enemigo, el deber de combatirlo y vencerlo, los peligros y las insidias diabólicas provenientes de la herejía y de la incredulidad, con acentuadas referencias a los temas neotestamentarios y apocalípticos del odio contra el mundo y sus seducciones, de ahí el deber de combatir y vencer el mundo.
La necesidad de la confrontación
El Concilio Vaticano II ha intentado remediar las exageraciones de tal actitud no privada de base bíblica y cristiana, destacando la posibilidad y el deber de un encuentro o confrontación serenos y constructivos con el mundo moderno, con los no-católicos, con los creyentes de las otras religiones y con los propios ateos, obviamente teniendo en cuenta los aspectos positivos. En efecto, la Iglesia puede ayudar al mundo y el mundo puede ayudar a la Iglesia. Deben establecerse así relaciones pacíficas entre Iglesia y Estado, entre religión y cultura, entre fe y ciencia, entre sacerdocio y laicado, entre cristianismo y humanismo.
El mensaje conciliar sobre este tema, como se puede imaginar en un Concilio, es de gran equilibrio: no olvida el deber de la vigilancia y de la lucha contra el mal y los peligros del mundo, pero se concentra sobre todo a remediar aquella actitud de excesivo temor y excesiva polémica contra el mundo, que he mencionado anteriormente.
Quizás el tono del Concilio Vaticano II parece un poco sesgado, desbalanceado, hacia un exagerado optimismo y parece estar dictado por una cierta ingenuidad. Pero esta impresión que puede nacer de la lectura de los textos conciliares puede ser corregida con una adecuada exégesis, que conecte la enseñanza conciliar con el estilo precedente de los documentos magisteriales, los cuales, bajo el aspecto pastoral, debían ser modificados y actualizados a la luz de la enseñanza del Concilio Vaticano II, pero no deben perder cuanto de perennemente válido ellos poseían sobre la base de la enseñanza revelada.
Desastres e ilusiones
En cambio, lamentablemente, después del Concilio, como es bien sabido, surgió en el mundo católico un poderoso movimiento de ideas que, cubriéndose o disfrazándose con la autoridad del Concilio, ha minimizado aún más la referencia conciliar a la hostilidad del mundo contra la Iglesia y, por consiguiente la necesidad de una lucha contra el mundo, acabando por olvidar completamente estos aspectos de la concepción cristiana del mundo y de la existencia, por los cuales se llega a ver la relación Iglesia-mundo sólo en términos de diálogo y de encuentro constructivos, y nos produce la convicción de que la Iglesia no tiene enemigos y que por lo tanto no debería combatir contra nadie.
En algunos casos extremos, se ha llegado incluso a identificar a la Iglesia con el mundo. Así, se ha comenzado a creer que no existen fuerzas que quieran destruir la Iglesia o que cuanto menos ellas han desaparecido; y que querer encontrarlas y vencerlas sería un retorno al pasado, una lucha contra los fantasmas y un combate quijotesco contra molinos de viento. De hecho, lo que es peor, suscitaría viejas, superadas y peligrosas polémicas.
Un fenómeno histórico indudablemente comprobable del período conciliar y postconciliar ha sido el de una atenuación, por parte del mundo no cristiano, de la polémica atea contra la religión, el cristianismo y la Iglesia. Pero al mismo tiempo, como es bien sabido, en el período postconciliar, han surgido tendencias disgregacionistas en el interior de la propia Iglesia, que ilegítima aunque persuasivamente se presentan como intérpretes y continuadoras del mensaje conciliar, incluso contra la interpretación auténtica dada por el Magisterio.
Los proyectos de la Masonería
Entre estas fuerzas históricas tradicional y abiertamente hostiles a la Iglesia, las cuales, en el tiempo de las labores del Concilio, parecían haber atenuado su actividad demoledora, apareció de alguna forma la Masonería, que no es ya citada en el nuevo Código de Derecho Canónico, aunque se haga referencia a sociedades secretas que "maquinan contra la Iglesia".
Creo que tal atenuación se ha dado efectivamente y se da todavía, respecto a la Masonería de fines del siglo XIX, pero con razón la Iglesia continúa considerando a los católicos que se afilian a la Masonería fuera de la comunión eclesial, aunque no oficialmente excomulgados, aún cuando no se prohíbe la colaboración y diálogo con ella en cuanto a objetivos que sean honestos y limitados, concernientes sobre todo al progreso humano y el bien común.
De hecho, la Masonería, aunque no desprecie la religión natural y el valor del principio del "libro sagrado" de las diversas religiones, no acepta en la Logia la discusión religiosa, ni la difusión del cristianismo, y sobre todo por principio considera cualquier forma de religión que se presenta como revelada y sobrenatural -por lo tanto también la religión católica- como impostura, oscurantismo, fanatismo y superstición.
La Masonería y el materialismo
El proyecto masónico, como es bien sabido, se basa en la idea de que el hombre, tanto como individuo y como sociedad, aunque afligido por el mal y capaz de hacer el mal, es capaz con sus propias fuerzas, mediante la educación y la cultura moral e intelectual, para liberarse progresivamente de toda forma de abyección y miseria, para elevarse a niveles siempre más altos de saber y de virtud en vista de la felicidad de todos y de cada uno.
El masón está convencido de que la Masonería tiene los recursos materiales, intelectuales y morales para edificar una sociedad mundial justa, tolerante y pacífica, una sociedad basada en la fraternidad, la igualdad y la libertad, una sociedad respetuosa de todas las religiones, pero libre de toda forma de fanatismo y de superstición.
Masonería y "ateísmo"
La Masonería se siente a sí misma investida del rol de árbitro supremo, en la sociedad humana, de los conflictos en curso entre las diversas formaciones humanas, incluidas las religiones, las cuales, debido a la pretensión de cada una de poseer la verdad absoluta, serían, según la masonería, una fuente continua de conflictos entre los hombres.
La Masonería concibe al hombre dotado de razón y de voluntad y admite un Arquitecto del universo. Admite una ley moral universal y derechos universales. Pero sostiene que el hombre construye su propia felicidad con sus solas fuerzas.
No ignora la existencia del mal; pero según ella las solas fuerzas humanas son suficientes para vencerlo. Admite una divinidad; pero la concibe simplemente como un Ideal supremo de la razón, no por lo tanto como una entidad personal trascendente, distinta del hombre, capaz de comunicar al hombre verdades o fuerzas sobrehumanas o sobrenaturales. La divinidad, para la Masonería, un poco como para Kant, es inherente a la misma razón humana.
Según la Masonería, la razón humana, mediante la ciencia y la filosofía (la "Gnosis" iniciática y secreta, de ahí los diversos grados de la escala jerárquica) es gradualmente capaz de conocer verdades sublimes, incluso atinentes a lo divino, porque la razón es originariamente divina, para que el masón pueda juzgar y criticar cualquier sedicente "revelación divina" de las religiones positivas y conocer el Absoluto mejor que ellas. A lo sumo, estas dan, con su "fe", una figura o un símbolo de cuanto la razón iniciática del Masón puede captar con la Gnosis.
La Masonería no reconoce ni siquiera que el hombre está afligido por males físicos o morales, de los cuales pueda ser liberado por enseñanzas (las "verdades de fe") o por fuerzas (la "gracia") sobrehumanas, recibidas de Dios a través de un organización humana que se presenta como infalible representante de la divinidad (la "Iglesia"), única y suprema garante del orden y correcta organización mundial de la sociedad humana, y capaz de introducir a la humanidad en una vida feliz en el más allá.
Por lo demás, la Masonería no cree en la entidad de personalidades malignas incorpóreas (el "diablo") que tientan al hombre al mal y que, para ser derrotadas, deberían ser combatidas con los medios "sobrenaturales" precisamente provistos por la Iglesia (cono la oración, sacramentos, exorcismos, sacerdocio, liturgia, etc.).
Ideas de este género, para la Masonería, son pueriles, atrasadas, degradantes, falsas e ilusorias, porque reflejan una mentalidad arcaica superada por el pensamiento moderno, humillan la dignidad humana subordinándola a inexistentes fuerzas "sobrenaturales", no corresponden a la verdad de la naturaleza humana y de sus fuerzas, y presentan a los ingenuos utopías absurdas e irrealizables, distrayendo al hombre de un trabajo razonable y eficaz en esta tierra por el progreso, la ciencia, la virtud y la felicidad.
Masonería y culto a Satanás
De ahí viene la lucha implacable, sutil e insidiosa de la Masonería para destruir la Iglesia, juzgada como obstáculo a la luz de la razón y a las fuerzas de la voluntad y de la libertad. En la Masonería, aún cuando no se crea en la existencia de Satanás en el sentido cristiano, como una persona espiritual, sin embargo, en cuanto la misma Biblia lo presenta como rebelde a un Dios trascendente en el sentido del que se habló anteriormente, Satanás, para el Masón (véase por ejemplo, el "Himno a Satanás" de Carducci) es visto como la fuerza de la razón, de la voluntad, que libera al hombre de la propaganda de los sacerdotes y de la Iglesia. En este sentido, puede decirse que en la Masonería existe un "culto a Satanás".
El proyecto masónico contra la Iglesia parece hoy consistir en el intento sistemático de reducir la Iglesia de sociedad que se pretende "sobrenatural", "de fe", fundada en una revelación divina y en energías "sobrenaturales", a una sociedad simplemente humana, solidaria y solamente filantrópica, bajo el control total del Estado, con ideales de simple justicia humana, de honestidad natural, de terrena convivencia pacífica, de progreso cultural y filosófico, fundada únicamente en la religión natural, circunscrita al ámbito de la ética natural, personal, social y política, respetuosa de los derechos humanos, tolerante y abierta al diálogo con todos, sin pretender poseer verdades divinas y absolutas (los "dogmas") o de ser, en nombre de Dios, guía de toda la humanidad hacia la felicidad. De hecho, este rol la Masonería se lo atribuye a sí misma.
¿Infiltración en la Iglesia?
El plan masónico parece hoy no el de un laicismo desbocado, grosero, descarado y crudo, como el de otras épocas, sino más bien la perspectiva de infiltrarse entre el clero, los religiosos, los teólogos y la propia Jerarquía o cuanto menos de influir en sus ideas, convenciéndolos de aquella imagen de Iglesia que he descrito anteriormente.
El laicismo descarado y vulgar sirve sólo a la Masonería para dar a la Iglesia la ilusión de tener un enemigo externo al que combatir (por ejemplo la cuestión de las "sectas"), desviando su atención de los enemigos internos, que son mucho más peligrosos, como ya lo hacía notar san Pío X en la famosa encíclica "Pascendi" a propósito de los modernistas, que hoy como ayer y más que ayer son óptimos vehículos para la infiltración masónica al interior de la Iglesia, sobre todo los rahnerianos, como ha señalado recientemente en una persuasiva exposición el padre Paolo Siano en un congreso internacional sobre Karl Rahner, organizado en Florencia del 22 al 23 de noviembre por los Franciscanos de la Inmaculada.
Vaciamiento por dentro
El plan masónico de destrucción de la Iglesia parece implicar su vaciamiento desde adentro, manteniendo casi inalterados el aparato externo, las estructuras y los comportamientos externos, el lenguaje, los ritos, los lugares y las memorias históricas: operación típica de la hipocresía, como ya dice Yahvé por medio del profeta: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí". En particular, un Rahner, por ejemplo, este plan es habilísimo para conservar casi inalterado el lenguaje católico, solo que para dar a las palabras significados inmanentistas, gnósticos, idealistas, kantianos, heideggerianos o cualquier otro sentido.
En lugar de mantener los conceptos cambiando eventualmente los términos que expresan esos conceptos (lo cual es la verdadera enseñanza del Concilio Vaticano II), en el plan masónico se cambian los conceptos manteniendo las mismas palabras (este es precisamente el método de los modernistas). Así, por ejemplo, se continúa hablando de "Dios", de la "verdad", de la "libertad", de la "fe", de la "caridad", de la "gracia", de lo "sobrenatural", de la "persona", de la "Iglesia" y así sucesivamente, pero el significado no es ya el católico.
Abandono de las verdades absolutas
Pero esto todavía no es suficiente: el plan de destrucción también prevé la supresión de palabras que no se pueden reciclar, como por ejemplo "predestinación", "elegido", "purgatorio", o "infierno", "mérito", "premio", "castigo", o "expiación", o "reparación", "ascética", "inmolación", o como la palabra "transubstanciación", y otras.
Un método de esta infiltración es la conquista de puestos de dirección en la Iglesia y de sus infraestructuras, como son los círculos religiosos, casas editoriales, medios de comunicación, instituciones técnicas y financieras, escuelas e institutos académicos, organizaciones burocráticas, obras parroquiales y diocesanas.
Esta penetración se produce de forma gradual y silenciosa pero del todo determinada y sistemática, sin llamar la atención y mostrando actitudes liberales y tolerantes; pero a medida que el poder va siendo conquistado, se hace sentir cada vez más pesada la prepotencia y el acoso hacia quienes se mantienen fieles a la Iglesia, recurriendo a la calumnia, a la denigración, a la marginación, a la intimidación, a las amenazas, a la exclusión de funciones directivas y de gobierno, a pesar de los méritos adquiridos.
Hacia una Iglesia deformada
Otro aspecto de esta sutil penetración masónica en la Iglesia está dado por el hecho de poder actuar de modo disfrazado, sin revelar abiertamente su verdadero plan, negando más bien desdeñosamente cualquier sospecha en tal sentido, y esto es lógico desde su punto de vista, a fin de poder engañar mejor a los ingenuos.
En tal modo el plan masónico se sirve de eclesiásticos desviados sobre todo del neo-modernismo, los cuales actúan con extrema prudencia y habilidad en esta obra de sistemática deformación de la Iglesia, que, en las intenciones finales de este diabólico propósito, debería implicar su destrucción como sociedad sobrenatural y su reducción a una entidad meramente sociológica, para poder ser plenamente dominada y controlada por los poderes públicos y por el Estado, por un Estado que, por otra parte, se erige en fuente absoluta de la ley y del derecho según el tradicional esquema totalitario, bien descrito por Mons. Luigi Negri en uno de sus hermosos libros (Ripensare la modernità, Editrice Cantagalli, Siena 2003).
En esta obra de demolición se pone todo cuidado por evitar que surjan contrastes o conflictos abiertos, sobre todo a gran escala, con el fin de dar la apariencia de que todo va con normalidad y se desarrolla pacificamente, en el respeto de las opiniones de todos. Las autoridades comprometidas con la masonería nunca o rara vez recurren a sanciones canónicas, también porque no tendrían los motivos jurídicos, pero se esfuerzan en la medida de lo posible de intervenir sin demasiada publicidad, para preservar la reputación de espíritus magnánimos y comprensivos, respetuosos para con los adversarios.
Criminales y poder
No llegan a la desvergüenza de falsificar procesos canónicos (al menos eso es lo que parece), pero igualmente encuentran el modo de frenar la acción de los verdaderos católicos con desleales y abominables métodos psicológicos basados, como ya he dicho, en la calumnia, en la intimidación, en la prepotencia y en el acoso.
Estos criminales (en el sentido preciso usado por el derecho canónico) todavía logran dominar y engañar a grandes sectores del pueblo de Dios atontados por sus imposturas o dispuestos a fuertes compromisos con el espíritu mundano; muchos fieles indudablemente están desorientados, desconcertados, aturdidos, casi incrédulos ante tanta inmundicia, pero también entre ellos tiende a difundirse una amarga y desencantada resignación, que a veces confunden con un espíritu de tolerancia o apertura mental, pero que en la práctica los empuja a un cristianismo cuanto menos tibio, no convencido e indiferente. En casos extremos, ellos se dejan conducir al escepticismo y a la pérdida total de la fe y al abandono de las costumbres cristianas.
Los "pseudo-católicos"
Los infiltrados se quieren llamar a sí mismos y ser llamados "católicos", con el resultado de que a estas alturas la palabra ya ha perdido todo sentido para muchos, aunque en sí misma conserva naturalmente un sentido preciso establecido por el Magisterio de la Iglesia y por la Tradición. Ellos se consideran católicos en el sentido "atemático" y "trascendental"; pero desde el punto de vista conceptual-dogmático hacen las más tremendas e impías mescolanzas con las ideologías más contrarias al verdadero catolicismo. De modo que hoy en el "catolicismo" hay de todo y de todo lo contrario, invocando quizás la coincidentia oppositorum de cusana memoria.
Ecumenismo y Protestantismo
Un instrumento útil de la penetración masónica es un cierto falso ecumenismo sobre todo con el protestantismo liberal alemán, por lo cual no se dirige ninguna invitación a los protestantes a renunciar a sus errores, sino que por el contrario son los católicos los que asumen los errores protestantes, confundidos con los valores del catolicismo "crítico" y "avanzado". Por otra parte, también hay una tendencia a abandonar el nombre "católico" para limitarse simplemente al apelativo de "cristiano", porque el nombre "católico" se considera demasiado "confesional" y demasiado poco "ecuménico".
El rostro del cristianismo masónico-neomodernista
Como en la época del modernismo del papa san Pío X, también el modernismo masónico de hoy, mucho más fuerte, más destructivo, hábil y difundido que el de aquellos tiempos, está dado por una poderosa y compleja organización internacional de intelectuales, que opera desde hace décadas, que conlleva ligados entre sí en una colaboración común a historiadores, escritores, arqueólogos, filólogos, filósofos, teólogos, biblistas, liturgistas, moralistas, sociólogos, cineastas, operadores televisivos, científicos y "místicos".
Es sorprendente cómo, más allá de circunscriptas disensiones entre ellos, han logrado formar una especie de anti-Iglesia que tiene en sí misma una notable coherencia o cohesión interna, por la cual impresiona tanto más a los incautos, cuanto más, siendo el parto de una tal masa de personajes que se muestran autorizados por su saber y su influencia sobre la gente, la concepción que ellos proponen tiene la apariencia de la verdad.
Como el modernismo de los tiempos de san Pío X, también este modernismo masónico puede por tanto ser brevemente descrito con caracteres que tienen una cierta precisión, aunque los infiltrados sostienen que el verdadero cristianismo es "atemático" y "preconceptual". Mas ellos en realidad sacan a relucir esta excusa para combatir el dogma católico. En realidad ellos tienen conceptos muy precisos para proponer como verdad absoluta, y ¡ay de quienes los contradicen!
La autotrascendencia
Veamos por lo tanto esta caricatura del cristianismo que tanto fascina hoy a los tontos o a los ingenuos o a aquellos que quieren servir a dos señores.
En primer lugar, la figura de Cristo. Jesucristo es un simple hombre. ¿Pero qué es el hombre para ellos? Es un mono que evolucionando por fuerza interna se ha convertido en un "espíritu", que se "autotrasciende" hasta convertirse en Dios, Dios, por lo tanto, que no trasciende al hombre, sino que es el "horizonte" de la autotrascendencia humana, de modo que Dios no es Dios sin el hombre, ya que Dios es la plenitud del hombre.
La Encarnación no implica la distinción de "dos naturalezas" (el dogma de Calcedonia), sino el devenir hombre de Dios y el devenir Dios del hombre mediante la negación de sí mismo (Hegel). El Logos no preexiste al hombre Cristo, para "descender del cielo" (que consideran una imagen mitológica), sino que Cristo, el hombre, deviene Dios porque el hombre ya desde su origen es Dios: ésta es la llamada "Cristología desde abajo".
Cristo, por lo tanto, no es propia e inmediatamente "Dios"; sino que es mejor decir que Dios está en Cristo, en cuanto Cristo es hombre que deviene Dios o que progresivamente descubre que es Dios. O bien se puede decir que Cristo es Dios, pero en cuanto el hombre mismo es en última instancia Dios.
Dios como idea
Concebir un "Dios" que está "en el cielo" es una imagen pueril, superada y arcaica. Dios es inmanente a la conciencia del hombre, donde el ser coincide con el ser pensado. Dios por lo tanto no es un ser "fuera" del sujeto pensante, sino que es un "ser de conciencia". Dios, como decía Kant, es un "Dios-Idea".
Cristo es ese hombre que mejor que ningún otro ha hecho al "hombre", es decir, ha entendido que el hombre es Dios que en el hombre toma consciencia de sí. Todo hombre, por lo tanto, es potencialmente Cristo y debe convertirse en Cristo, es decir, debe llegar a ser plenamente hombre, lo que significa llegar a ser Dios.
Cristo, por lo tanto, salva al hombre no con mitológicas expiaciones, sino haciendo al hombre consciente de esta su esencia divina a priori, inconsciente y pre-conceptual, esencia que él debe explicitar y de la que debe tomar conciencia precisamente imitando a Cristo. El hombre se convierte en Dios negándose a sí mismo. Aquí está la "muerte ritual" masónica. No la expiación, sino la negación es el principio de la salvación (cf. la dialéctica hegeliana).
Fases de un colapso predeterminado
La Trinidad no son tres "personas", ya que la persona es autoconciencia. No hay, por lo tanto, en Dios tres autoconciencias, porque así debería haber tres dioses. La "persona" divina es un modo de subsistencia distinto del único Dios.
En la interpretación de la Escritura, la autoridad de los exegetas es superior a la del Magisterio de la Iglesia. El concepto dogmático no es inmutable, sino que es una expresión histórico-relativa de la experiencia atemática de fe.
Los milagros y las profecías no son signos sobrenaturales de credibilidad del Evangelio, sino instrumentos propagandísticos inventados o hechos parapsicológicos, que por consiguiente obstaculizan la fe en lugar de ayudarla.
La persona humana debe imitar la Persona divina que es "relación" subsistente. Por tanto, tampoco la persona humana es sustancia, sino relación-a-los-otros. La naturaleza humana no es algo fijo y universal, sino que es cambiante y relativa a las diversas culturas. Por tanto, no existe una ley moral natural objetiva, universal e inmutable. Todos deben decidir libremente sobre su propia existencia y sobre su propia esencia.
La caridad no se basa en la aceptación de proposiciones dogmáticas ("fe"), sino que es una opción fundamental atemática por Dios, por la cual Cristo nos salva. Las elecciones categoriales particulares, incluso si son "pecados", no comprometen esa elección fundamental por Dios, opción fundamental, que es estructural a la existencia de todo hombre, al menos de modo implícito(cristianismo anónimo).
La distinción alma-cuerpo no es una distinción bíblica, sino que refleja el dualismo griego. Para la Biblia, el hombre es un espíritu que se manifiesta como cuerpo y es cuerpo que se trasciende en el espíritu.
La gracia no es un don o regalo de un Dios trascendente, sino que no es más que el término final de la auto-trascendencia humana; la gracia es Dios mismo; no algo creado, que se añade a la naturaleza humana y que puede existir así como no existir, sino que es estructura a priori y necesaria de todo ser humano, el cual, por tanto, ya está salvado y divinizado: sólo debe tomar conciencia de ello y actuar en consecuencia como "hijo de Dios". Por consiguiente, sin la gracia el hombre no sería hombre.
En la Eucaristía no existe la "transubstanciación" (dañino uso de la categoría griega de "sustancia"), sino la transignificación. La Misa no es sacrificio sino banquete.
Nuestra Señora no es virgen en el parto, sino que ha parido como todas las demás mujeres. El culto mariano no es necesario para la salvación. En las actividades ecuménicas es mejor dejar de lado los dogmas marianos.
El nuevo antropologismo
El cristiano, por lo tanto, no es algo más que un hombre; el cristiano es simplemente el hombre salvado y maduro. La consagración religiosa no es superior a la opción laical, y el sacerdocio no añade nada al simple bautizado, sino que explicita lo que ya está en el bautizado. Por tanto, una mujer también puede ser sacerdote. Cualquier laico, heterosexual u homosexual, puede decir Misa.
El pecado no es ausencia o rechazo o pérdida de la gracia, sino que es la persuasión de que existe un Dios trascendente castigador, es la falta de fe en el hecho de ser salvado. En cambio, Dios es misericordioso, a todos perdona y a todos salva. El diablo no es una persona malvada y tentadora, sino que es el símbolo del mal, mal que por otra parte ha sido vencido por Cristo, por lo cual el mal es solo una apariencia y existe solo para las personas que no confían en la misericordia de Dios. No sabemos si hay o no alguien en el infierno. Es más probable que no haya nadie.
Todos los hombres son buenos, todos están en gracia, todos son de buena fe, nadie peca intencionalmente sino solo sin querer. Todos se salvan. Las herejías por lo tanto, si existen, no deben ser condenadas, porque son expresiones de la buena fe de los demás. Después de todo, todos saben por sí mismos cómo defenderse del error. La verdad de fe no es conceptual sino atemática. No hay necesidad de "defender la verdad", porque es ella la que nos defiende. Los conceptos se contradicen entre sí: con ellos no se puede llegar a una verdad unívoca, cierta, objetiva, inmutable, absoluta y universal.
Todo en realidad está bien así como está, todo está salvado, todo es divino. Es el "Uno-Todo". Dios es Todo en todos. No existe nada fuera de Dios, sino que todo está en Dios. No existe una bienaventuranza después de la muerte: Dios está aquí presente en todos y no hay que buscar mitológicas supervivencias bienaventuradas en la ultratumba. No existe "otro mundo" más allá de este: este es el único mundo.
Un aluvión de demoliciones
No se da "alma separada" después de la muerte: muere todo el hombre e inmediatamente después todo resucita. La Parusía de Cristo no es para ver en un mitológico "futuro"; la Parusía tiene lugar para cada persona en el momento de la muerte. De hecho, la muerte misma es el momento de la suprema libertad.
Decir que Cristo ha "resucitado" no significa que haya sido físicamente "visto" o "tocado" por los discípulos vivo después de la muerte, sino que significa de modo simbólico e imaginativo la fe en que Cristo vive con Dios. El pecado original es la representación mitológica de la maldad del hombre. El hombre, sin embargo, siendo a priori divino, tiene en sí la fuerza divina para liberarse del mal. Esta fuerza divina es Cristo.
La Iglesia no ha sido fundada por Cristo, sino que es una realidad histórico-humana surgida como interpretación histórico-categorial de la obra y acontecimiento de Cristo, que produjo en los discípulos una experiencia atemática, que posteriormente ellos han traducido en conceptos e instituciones humanos. La Iglesia, por tanto, no ha surgido "de lo alto", sino que surge de abajo, del pueblo de Dios, que no aspira a visiones metafísicas o trascendentes, sino simplemente a la paz y a la justicia. Por eso la Iglesia no transmite verdades inmutables y no es infalible en la transmisión de la enseñanza de Cristo.
Por tanto, los errores de la Iglesia deben ser corregidos mediante indagaciones históricas más precisas. No es infalible en la canonización de los santos: por el contrario, a menudo ha canonizado, por intereses políticos, a personas indignas inventando mentiras o exageraciones, que son desenmascaradas por la moderna crítica histórica. El Papa se presenta como pastor de la Iglesia no porque tenga derecho de serlo, sino por su sed de dominio universal.
La fe no es adhesión intelectual a proposiciones conceptuales que deben ser creídas verdaderas y reveladas por Dios, sino que es una experiencia o intuición existencial, vivida, atemática y preconceptual del Misterio inefable, experiencia que posteriormente es expresada o interpretada en conceptos, pero siempre conceptos cambiantes y relativos.
Dios es Misterio absoluto, y Totalmente distinto al hombre: no puede hablarnos con conceptos humanos, sino que lo experimentamos sólo en la experiencia trascendental y atemática. No podemos hablar de él como Ser, sino como Nada. Aquí santo Tomás de Aquino se equivoca y tiene razón más bien el Buda. Éxodo 3,14 no se refiere al "Ser subsistente", sino que significa que Dios está presente y operante.
En la actividad ecuménica, para obtener la unidad, no se deben poner en evidencia los "errores" en los no católicos, porque se debe respetar la conciencia de los demás; y en cualquier caso es bueno que los católicos relativicen los dogmas que no comparten con los no católicos, renunciando por lo tanto a pedirles que los acepten.
El verdadero cristianismo no es el que abraza todos los dogmas impuestos por el Papa, sino el cristianismo ecuménico, que se limita a las verdades comunes a todos los cristianos, católicos y no-católicos. Si el Papa insiste en presentarse infalible intérprete de la Escritura, obstaculiza el ecumenismo. El cristianismo no es la religión superior a las otras, sino solo una religión entre las otras religiones. También podemos ser salvos fuera de la Iglesia. La religión completa es el conjunto de todas las religiones.
Catolicismo y luteranismo no se oponen como verdad y herejía, sino que son dos de los legítimos modos de vivir el cristianismo, para que todos sean absolutamente libres de elegir aquello que prefieran.
El Concilio Vaticano II ha presentado una síntesis completa del cristianismo para nuestro tiempo. La enseñanza anterior de la Iglesia, por lo tanto, debe ser considerada o corregida por el Vaticano II o superada o desprovista de interés para la actualidad.
Los pastores nunca deben usar la severidad o hacer condenas, sino que tan solo deben dialogar y usar misericordia. No es bueno que se definan más dogmas, porque no se resolvería el problema de su interpretación. No existe una verdad universal que domine el pluralismo teológico. Es imposible distinguir con certeza el dogma de la herejía.
El Magisterio de la Iglesia postconciliar ha interpretado en ocasiones al Concilio con una mentalidad preconciliar. El deber de los teólogos y de los buenos pastores es entonces el de dar la interpretación correcta, ignorando o corrigiendo las interpretaciones del Magisterio ("magisterio paralelo", como lo llamó en su momento Paulo VI).
La "barca" y la tempestad
Una crisis de fe como la actual, tan grave y tan extendida en todos los ámbitos y en todos los niveles, sin que sean tomadas intervenciones o medidas significativas por parte de la autoridad eclesiástica competente, nunca se ha verificado en la Iglesia. Y lo asombroso es la perfecta inconsciencia, si no la audacia y presunción, con la que se sigue viviendo en tal situación, la cual, sin presentar efectivamente conflictos o escándalos evidentes, como en los tiempos de las guerras de religión, es vista después de todo como una situación tranquila, también porque, como he dicho, muchas estructuras, instituciones y comportamientos externos siguen funcionando como si todo fuera regular y normal, es más, según algunos, nos hemos encaminado realmente hacia "destinos magníficos y progresistas".
¿Qué están haciendo los "profetas de desventuras"? ¿No son los fastidiosos y atrasados (envidiosos de los progresistas), que nunca han leído el discurso de apertura del Concilio del Papa Juan (el Papa "bueno", quizás porque es el único Papa bueno)?
Sólo unos pocos o poquísimos se dan cuenta de la situación: obviamente el mismo Magisterio de la Iglesia y todos los buenos pastores fieles al Papa y con ellos todos los buenos teólogos y buenos fieles. ¿Pero cuántos son?
¿Y qué poder tienen ellos para influir sobre la opinión pública desconcertada o adulada por las mentiras de los masones modernistas? Casi nada. En general, se prefiere la conspiración del silencio, cuando no se ataca a los católicos más destacados, o al Papa, o a ciertos teólogos, o a ciertos pastores, o a ciertos laicos valientes.
La hipocresía de los modernistas-masones alcanza su culmen y vértice cuando acusan a la autoridad eclesiástica de autoritarismo, mientras que, si actualmente hay un defecto en ella, es precisamente la excesiva indulgencia, la debilidad, la timidez, la inacción.
El camino de la verdad, para quien quiera seguirlo, existe y está al alcance de todos: el Catecismo de la Iglesia Católica. Lo que turba a muchos, sin embargo, es el hecho de que los pastores permiten también a los falsos maestros que enseñan lo contrario. La duda que entonces puede surgir es que, sí, ciertamente, el Catecismo está bien, pero si lo prefiero, también puedo elegir las doctrinas modernistas, porque nadie me dice nada. También porque son más cómodas. La idea que se está extendiendo entre muchos es que las verdades absolutas y universalmente vinculantes no están en juego, sino que se trata de legítimo "pluralismo". ¿Está disminuyendo el número de creyentes? Por ciertos hechos parecería que sí (iglesias que se van vaciando, disminución de la práctica de los sacramentos, crisis de las antiguas Órdenes, disminución de las vocaciones, deserciones, barbarización de las costumbres, corrupción de la juventud, aumento de la criminalidad y del egoísmo).
Lo principal a hacer es la fidelidad valiente a la verdad.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 2008
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Masoneria constituat periculum essentiale pro Ecclesia
eam ab intus deformare conando
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Masoneria non constituat periculum essentiale.
1. Quia hodie Ecclesia pacem cum mundo colit, et multi tenent eam nullos hostes reales habere, sed cum omnibus dialogum exercere debere in spiritu tolerantiae et fraternitatis.
2. Praeterea Masoneria admittit Architectum universi, legem moralem universalem et iura humana, quae videntur compatibilia cum fide christiana et cum valoribus evangelicis.
3. Item Masoneria fraternitatem, aequalitatem et libertatem promovet, quae cum idealibus christianis coincidunt et pacificam conviventiam atque progressum humanum fovere possunt.
4. Denique quidam theologi censent Concilium Vaticanum II superasse defensivas Ecclesiae attitudines praeteritas, et insistere in pugna contra Masoneriam esset reditus ad polemicas iam superatas, contrarias spiritui dialogi conciliari.
Sed contra est quod Scriptura docet Satanam inimicum Dei et Ecclesiae esse, et populum vigilare debere contra errorem et mendacium. Sanctus Pius X in encyclica Pascendi modernismum tamquam vehiculum infiltrationis in Ecclesia denuntiavit. Magisterium prohibitionem adhaerendi Masoneriae servavit, eos qui id faciunt extra communionem ecclesialem existimans. Praeterea admonitio prophetica memoratur: “Populus hic labiis me honorat, cor autem eorum longe est a me” (Is 29,13; Mt 15,8), quae hypocrisim describit eorum qui formas externas servant sed verum sensum evacuant.
Respondeo dicendum quod Masoneria, quamvis se praebeat promotricem valorum universalium, revelationem supernaturalem negat, Deum ad ideam rationis reducit et salutem ut auto‑transcendentiam humanam concipit. Ipsius consilium est Ecclesiam ab intus evacuare, structuris externis retentis sed sensu verborum mutato et dogmatibus supprimendis quae recyclicari nequeunt. Sic Ecclesia ad entitatem sociologicam sub potestate Status redigitur, missione supernaturali privata. In clerum, theologiam et hierarchiam se insinuat, falsum ecumenismum et christianismum deformatum promovens, ubi Christus tamquam homo simplex qui fit Deus conspicitur, gratia ut structura humana, Eucharistia ut transignificatio et salus ut indifferentis universalismus. Conceptus sicut transubstantiatio, expiatio, infernus vel meritum supprimuntur, et dogmata mariana atque christologica relativizantur. Haec omnia constituunt crisi fidei inauditam, quae manifestatur in tepore fidelium, amissione vocationum et corruptione morum. Vera defensio consistit in fidelitate Magisterio, Traditioni et veritati revelatae, infiltrationes modernisticas et masonicas respuendo, et Catechismo Ecclesiae Catholicae tamquam via certa veritatis adhaerendo.
Conclusio: Masoneria periculum essentiale pro Ecclesia constituit, quia eam destruere conatur non ab extra sed ab intus, doctrinam et missionem supernaturalem deformando. Vera defensio consistit in fidelitate forti ad veritatem, in vigilantia contra errorem et in adhaesione Magisterio.
Ad primum dicendum quod pax apparens cum mundo non tollit existentiam hostium internorum, qui periculosiores sunt quam externi, quia dissimulati et silentes agunt.
Ad secundum dicendum quod Architectum universi admittere non est Deum personalem et transcendentalem revelationis agnoscere, sed ad ideam rationalem reducere, quod eius actionem supernaturalem negat.
Ad tertium dicendum quod valores fraternitatis, aequalitatis et libertatis tantum assumuntur si in veritate revelata fundantur; ab ea separati fiunt instrumenta secularizationis et evacuationis doctrinalis.
Ad quartum dicendum quod Concilium Vaticanum II infiltrationem neque deformationem doctrinalem permisit, sed dialogum fidei veritati fidelis postulavit; ergo pugna contra Masoneriam manet necessaria et Magisterio conformis. JG
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