sábado, 11 de abril de 2026

La cuestión del valor del episcopado

El padre Giovanni Cavalcoli nos recuerda que el obispo no es un simple administrador, sino —como enseña Dionisio— un verdadero ángel de su Iglesia, llamado a conducir al pueblo de Dios hacia la visión beatífica. En tiempos en que el modelo pastoral del Concilio Vaticano II parece imponerse con su acento en la caridad y la humildad, Cavalcoli advierte que no debemos olvidar la grandeza espiritual y sobrenatural del episcopado, su carácter divino y divinizante. “La jerarquía eclesiástica está modelada sobre la angélica”, escribe, y por eso el obispo es ministro de bendición y de salvación, pero también puede convertirse en “demonio encarnado” si se deja seducir por el espíritu de las tinieblas. ¿Se ha reducido hoy la autoridad episcopal a un igualitarismo secular? ¿No será necesario recuperar con sabiduría el ideal dionisiano para que el episcopado vuelva a resplandecer en toda su sacralidad? [En la imagen: fragmento de "San Carlos Borromeo en oración", óleo sobre lienzo, de alrededor de 1614, obra de El Guercino, conservado en la Collegiata di San Biagio, Ferrara].

La cuestión del valor del episcopado

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado el 26 de marzo de 2026. Artículo original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-questione-del-valore-dellepiscopato.html, presentando el texto de una conferencia suya del 1° de junio de 2012 en Campagna (SA), titulada "Episcopato e angeli: quale relazione?", en el II Meeting sugli Angeli, organizado por el padre Marcello Stanzione. Una información sobre este congreso puede hallarlo el lector aquí: https://www.telediocesi.it/2012/05/14/a-campagna-studiosi-da-tutta-italia-per-lviii-meeting-sugli-angeli/)

Pienso hacer cosa grata a los Lectores, al publicar mi conferencia Episcopado y ángeles: ¿cuál es la relación?, que tuve en 2012 en un Congreso teológico organizado por Don Marcello Stanzioni, conocido experto en angelología.
Esta conferencia puede ayudarnos a comprender que la iniciativa de los Lefebvrianos de ordenar nuevos Obispos, por una parte, denota en ellos la apreciación de lo que es el poder del Obispo en el orden de la gracia para la salvación de las almas. Por lo tanto, viene a la luz de modo particular lo que es la dignidad del carisma episcopal. Pero, dicho esto, los Lefebvrianos demuestran no saber apreciar lo que es la jurisdicción del Obispo.
En efecto, el Obispo, como Sucesor de los Apóstoles, que fueron en su tiempo enviados por Cristo a fundar Comunidades, que hoy llamaríamos Diócesis o Iglesias locales, necesita también él de un mandato. ¿Y quién es el que hoy lo envía? Evidentemente es el Sucesor de Cristo, es decir, el Papa.
Ahora bien, los Lefebvrianos, desde el punto de vista doctrinal, carecen de una adecuada adhesión a las doctrinas nuevas del Concilio Vaticano II, hasta el punto de considerar filoluterano el rito del Novus Ordo Missae. Ahora bien, es evidente que esta posición suya los coloca objetivamente en una insuficiente comunión con el Papa y con la Iglesia.
Este hecho nos hace entender el motivo por el cual Don Pagliarani se limitó a informar al Card. Fernández acerca de la intención de la Fraternidad de ordenar próximamente nuevos Obispos. Comprendemos por qué Don Pagliarani no pidió al Papa la autorización para la ordenación de estos Obispos.
El motivo es porque los Lefebvrianos se dan cuenta de que sus ideas están en contraste con las nuevas doctrinas del Concilio. Su desgracia es que creen tener razón ellos, mientras no se dan cuenta de que se equivocan queriendo acusar al Concilio Vaticano II de neomodernismo.
Ellos tienen la pretensión de corregir a la Iglesia desde el punto de vista doctrinal, pero es evidente que esta pretensión es indigna de un verdadero católico. Por esto no pueden esperar que el Papa apruebe la próxima ordenación.
¿Qué decidirá el Papa León XIV? Oremos por él para que el Espíritu Santo lo ilumine en esta circunstancia muy delicada que concierne a la paz en la Iglesia.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 26 de marzo de 2026

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Episcopado y ángeles: ¿cuál es la relación?

Conferencia del P. Giovanni Cavalcoli para el VII Meeting sobre los Ángeles  
Campagna (SA) – 1 de junio de 2012 – Don Stanzione  

El don jerárquico

Como dice el Concilio Vaticano II, el Espíritu Santo provee a la Iglesia de diversos dones jerárquicos y carismáticos, con los cuales la dirige y la embellece con sus frutos (cf Ef 4,11-12; I Cor 12,4; Gal 5,22) (Lumen gentium, n.4). Se trata aquí, como enseña San Pablo, de dones de servicio o ministerios, es decir, dones finalizados al bien del prójimo y a la edificación de la Iglesia (I Cor 12). Entre todos los dones del Espíritu, como siempre enseña el Apóstol, el más grande es el don santificante de la caridad (c.13).620
Los dones jerárquicos están constituidos por los tres grados del sacramento del Orden: episcopado, presbiterado, diaconado, reservados a las personas de sexo masculino. Estos dones permanecen por toda la duración de la Iglesia, es decir, son eternos: tu es sacerdos in aeternum. Están destinados al gobierno de la Iglesia, a la enseñanza pública de la divina Revelación y a la administración de los sacramentos. Son conferidos por el obispo mediante la ordenación sobre la base de la aptitud del candidato. Aquí el don, que es un mandato, es conferido por el obispo, aunque por virtud divina. Santo Tomás habla a tal respecto de missio a praelato.
Los dones carismáticos, en cambio, ordinarios o extraordinarios, comunes o milagrosos (c.14), destinables a hombres y mujeres, son de número indefinido o indeterminado, con finalidades y duración diversas según las necesidades de los tiempos y de los lugares.
Estos dones son conferidos al candidato directamente por Dios: missio a Deo. El obispo tiene, si acaso, el cometido de discernirlos y verificar su autenticidad. Sin embargo, no los confiere él, sino que tiene el cometido, cuando es oportuno o necesario, de reconocer su existencia, de confirmarlos, regularlos, darles una forma jurídica, promoverlos y protegerlos.
Las palabras gerarca, gerarchia son de origen griego, respectivamente hierarches, hierarchìa. Se trata de palabras compuestas: de hierós, sagrado o santo, o hiereus, sacerdote, y arché, principio, lo que es capital, principal o principial. Hierós, de la raíz sánscrita isirah, implica la idea de fortaleza, vigor, solidez, excelencia, admirabilidad. Tenemos la idea del principado, de la dirección, de la guía.
El gerarca es el jefe, el comandante, el presidente, el príncipe, el sumo sacerdote. La jerarquía es el conjunto o el orden o el estamento de los jefes, de los sacerdotes, de los jerarcas. Como dice Santo Tomás, la jerarquía es un “principado sagrado” (Summa Theologiae, I, q.108, a.1).
El término gerarca, gerarchia no existe en la Escritura. Sin embargo, ciertamente existe el concepto. En hebreo el sacerdote es el kohén. En el Nuevo Testamento tenemos el epískopos, que literalmente quiere decir: el-que-vigila-desde-lo-alto, el superintendente, el vigilante, el que vela, la centinela. Además, sobre todo en Mateo, tenemos el sumo sacerdote, el archieréus. Sin embargo, en el paso del sacerdocio de la Antigua Alianza a aquel de la Nueva la terminología cambia: el gerarca sacerdotal ya no es el archiereus, sino el episkopos.
Hoy es frecuente el uso del término “pastor” para designar al obispo. Es un uso difundido por el reciente Concilio, también por motivos ecuménicos (el “pastor protestante”). El concepto es ciertamente óptimo, dado que recuerda a Cristo “buen pastor”. Sin embargo, si no se entiende bien, corre el riesgo de tener un significado reductivo, mientras que el término “obispo” expresa más plenamente el ministerio del jefe de la jerarquía.

La jerarquía eclesiástica

Como explica Dionisio el Areopagita en La jerarquía eclesiástica, de Cristo Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza desciende la concesión de los poderes sacerdotales a los grados inferiores de la jerarquía, de tal modo que: “el jefe del orden jerárquico” a nivel humano, es decir, el Obispo, como se expresa Dionisio el Areopagita, “conforme a su esencia, a su capacidad proporcionada y a su puesto, por una parte es iniciado en las cosas divinas y deificado, por otra transmite a sus subordinados, según los méritos de cada uno, la santa deificación recibida de Dios; los miembros subordinados, a su vez, por una parte siguen a los superiores, por otra dirigen a los miembros inferiores hacia lo alto; estos últimos, finalmente, progresan y en cuanto es posible guían a los demás”, es decir, al pueblo de Dios ¹.
Según San Pablo, Cristo es la cabeza de la jerarquía eclesiástica y aun la cabeza de toda jerarquía ontológica, espiritual, material y cósmica. En efecto, como dice Pablo, el Padre celestial “Lo hizo sentar a su derecha en los cielos por encima de todo principado y autoridad, de todo poder y dominación y de todo otro nombre que se pueda nombrar. Todo, en efecto, ha sometido a sus pies y Lo ha constituido sobre todas las cosas como cabeza de la Iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que se realiza enteramente en todas las cosas” (Ef 1,21-23).
Se supone que aquel que, participando del poder de Cristo, desempeña este importante y delicado oficio de guía y pastor sea un hombre instruido en la Palabra de Dios, prudente, sabio y experimentado, por lo tanto un anciano. De aquí el término neotestamentario presbýteros, “más anciano”. Mientras que notoriamente de episkopos viene obispo, de presbýteros viene presbítero y por tanto sacerdote.
Como se sabe, en el Nuevo Testamento episkopos y presbyteros no tienen funciones claramente distintas y se acompañan también de apostolos, apóstol. Los apóstoles de los Evangelios, instituidos por Cristo, son sin embargo virtualmente obispos. Pero la clara distinción entre apóstoles, obispos y presbíteros se tiene solo con los escritos de los Padres apostólicos, por ejemplo San Ignacio de Antioquía o San Clemente. A este punto se añaden también los diáconos como grado ínfimo del sacramento del Orden, mientras que en el Nuevo Testamento el diaconado no aparece con claridad ligado al sacramento del Orden.
Aquellos que el Concilio llama “dones jerárquicos” aparecen, pues, ya delineados desde los primerísimos tiempos del cristianismo como los tres grados del sacramento del Orden: diaconado, presbiterado y episcopado. He aquí constituida la jerarquía eclesiástica. En cuanto al sacerdocio, el Concilio prohíbe llamar “sacerdote” al diácono, mientras que este nombre está reservado al presbítero y sobre todo al obispo, que tiene la plenitud del sacerdocio.
Como enseña Dionisio el Areopagita, de la Escritura deducimos que existe un nexo entre la jerarquía de los ángeles y la jerarquía sacerdotal.
Dice en efecto: “gracias a esta armonía divina propia de la jerarquía cada miembro participa, en cuanto puede, de la verdadera belleza, de la verdadera sabiduría y del verdadero bien. Pero las esencias y las huestes superiores a nosotros, que ya he recordado santamente” –es decir, las de los ángeles–, “son incorpóreas, así como inteligible y superior al mundo es su jerarquía; nuestra jerarquía, en cambio” –es decir, los grados del sacramento del Orden– “conforme a nuestras capacidades, la vemos multiplicada en la variedad de los símbolos sensibles, de los cuales somos elevados por vía jerárquica a la deificación semejante al Uno” –es decir, a Dios– “según la medida adecuada a nosotros” ².

El Obispo

El jefe de la jerarquía eclesiástica, el Obispo, según esta comparación con la jerarquía angélica, encuentra su modelo en tal jerarquía, de la cual Cristo mismo es la cabeza. Por lo tanto, el Obispo, tomando como modelo a Cristo buen pastor, participa con ello mismo de la santidad y de la sabiduría de los ángeles. Así Dionisio delinea el ideal del Obispo sobre la base del modelo angélico:
“El divino orden de los obispos es el primero de los órdenes que contemplan a Dios, y al mismo tiempo el más alto y también el último: precisamente con él, en efecto, se concluye y se completa toda la estructura de nuestra jerarquía. Vemos que así como toda jerarquía culmina en Jesús, así cada conjunto jerárquico culmina en su obispo animado por Dios.
“La potencia del orden de los obispos penetra en todas las colectividades sagradas y mediante todos los órdenes sagrados pone en acto los poderes sacramentales que son propios de su grado jerárquico. A él especialmente, más que a los restantes órdenes, la ley divina ha atribuido las funciones sacramentales más divinas, para que las pueda ejercer autónomamente; estas funciones son las imágenes consagrantes de la potencia divina, aquellas precisamente que consagran todos los simbolismos divinos y todos los órdenes sagrados.
“En efecto, aunque algunos venerandos ritos simbólicos sean celebrados por los sacerdotes, el sacerdote no puede nunca celebrar el nacimiento sagrado divino” –es decir, el bautismo– “sin el divinísimo ungüento” –conferido por el obispo en la ordenación– “ni el rito sacramental de la divina comunión” –es decir, la Santa Misa– “si en el divinísimo altar no han sido puestos sus símbolos sensibles” –poder que le deriva de la ordenación sacerdotal–.
“Pero ni siquiera el mismo sacerdote puede ser tal, si no ha sido ordenado por el acto consagratorio cumplido por el obispo. Por estas razones la ley divina ha asignado conjuntamente la santificación de los órdenes sacerdotales, la consagración del sagrado ungüento y la sagrada celebración de los ritos cumplidos sobre el altar al poder consagratorio de los obispos animados por Dios” ³.

Los ángeles

Ya el Antiguo Testamento pone el sacerdocio en relación con el ángel (hebreo maleák, embajador, enviado o mensajero del rey, mientras que el griego viene del verbo anghello: anuncio). Dice en efecto el profeta Malaquías: “los labios del sacerdote deben custodiar la ciencia y de su boca se recibe la instrucción, porque él es el mensajero (maleák) del Señor de los ejércitos” (2,7). Y ya en el Antiguo Testamento existe una jerarquía sacerdotal, que Dionisio llama “jerarquía legal” para distinguirla de la cristiana.
Y dicho cometido de anunciador de los mensajes divinos está precisamente asignado al ángel por la Carta a los Hebreos, que retoma el salmo 104,4: “Él hace a sus ángeles semejantes a los vientos y a sus ministros como una llama de fuego” (1,7). Y más adelante: “¿no son ellos todos espíritus encargados de un ministerio, enviados para servir a aquellos que deben heredar la salvación?” (1,14). Ellos son además ejecutores de las órdenes divinas, ministros tanto de misericordia como de justicia, como aparece claramente en el Apocalipsis y se encuentra en las profecías del Señor en los Evangelios.
Por esto la Carta a los Hebreos recuerda que la Palabra de Dios “ha sido transmitida a Israel por medio de los ángeles” (2,2) y asimismo Esteban recuerda que Israel ha recibido la Ley “por mano de los ángeles” (Hch 7,5) y que “Moisés fue mediador entre el ángel que le hablaba y nuestros padres” (Hch 7,38). Así Pablo recuerda que “la Ley fue promulgada por medio de ángeles” (Gal 3,19).
En este cuadro de manifestación de la palabra y de la voluntad de Dios, Cristo mismo aparece como el Ángel por excelencia, llamado precisamente por el profeta Malaquías “Ángel de la Alianza” (Ml 3,1). Y Cristo mismo, según los Evangelios, se presenta como Señor de los ángeles, mientras estos se convierten en sus ministros así como antes eran ministros de Yahvé.
Al mismo tiempo Jesús, en su humanidad, nos enseña a confiar en el socorro de los ángeles, como por ejemplo cuando se encuentra en el huerto de Getsemaní, poco antes del supremo sacrificio, cuando es consolado por ellos, o después de las tentaciones en el desierto, cuando los ángeles se le acercan y lo confortan.
El ángel es mediador y anunciador de la Palabra de Dios de manera diversa en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. En el Antiguo tiene una parte más importante: aquí la revelación divina está en devenir, por lo cual ella llega al pueblo de Dios mediante el “espíritu del Señor”, es decir, precisamente el ángel que investe al profeta. En cambio, con la Nueva Alianza la Revelación está completada gracias a la obra de Cristo y del Espíritu Santo. Al ángel ahora le queda la función, siempre importante, de guiar las almas al conocimiento y a la aplicación del dato revelado ya completo.
El ángel, según la Escritura, comparado al “viento”, es también un espíritu (rúach: Ez 3,12; 11,1; 43,5; Tb 12,19; Hb 12,9; 1 Re 22,21; Hch 23,9; Ap 1,4; Sab 7,20.23; 1 Cor 12,10), es decir, una sustancia inmaterial, definida por el Concilio Lateranense IV como “criatura espiritual”, distinta de la “criatura corporal”, mientras que el hombre, siempre según aquel Concilio, está compuesto de espíritu y cuerpo (Denz. 800). También el viento, que “no se sabe de dónde viene y adónde va” (cf Jn 3,8), movimiento veloz e impulsivo, representa bien la misteriosidad y la fuerza propulsiva del espíritu.
En el Salmo 104, como hemos visto, el ángel es comparado también al fuego, símbolo, en la Escritura, de potencia divina iluminante, purificante y calefactora. El fuego, con su veloz motilidad, representa bien la rápida actividad del espíritu. El fuego actúa pero no padece: también en esto representa bien al espíritu. Como observa Santo Tomás, el fuego tiende hacia lo alto, acción esta típica del espíritu. El fuego inflama el corazón pero también quema las inmundicias. El ángel santo tiene de Dios también estos cometidos en favor de los hombres.
Santo Tomás de Aquino, utilizando las categorías aristotélicas de materia y forma, dirá que el ángel es una pura forma subsistente sin sujeto material, diversamente del hombre y de todas las demás sustancias infrahumanas, las cuales son formas que informan un sujeto material y están limitadas por este sujeto.
Sin embargo, mientras la forma humana es espiritual e inmortal, semejante por tanto a la forma angélica, las formas inferiores son corruptibles como lo son los compuestos materiales que ellas informan. Mientras, sin embargo, la forma angélica es una esencia completa, la forma humana, es decir, el alma humana, es una esencia solo parcial, en cuanto que la esencia humana completa es solo aquella dada por el compuesto alma-cuerpo.
El ángel, según la Escritura, es una entidad personal, dotada de intelecto y voluntad, capaz de entender los misterios divinos, los pensamientos y el obrar del hombre y los secretos del universo. Esto es tan verdadero que algunos ángeles en la Escritura son llamados con un nombre propio, como Miguel, Gabriel y Rafael.
En el respeto de las leyes puestas por Dios en el mundo, el ángel posee un gran poder sobre la naturaleza y capacidad de influir en la conducta del hombre. En cuanto ente personal, el ángel puede hablar tanto con Dios como con el hombre, puede escuchar al uno y al otro y por tanto hacerse portador de mensajes de Dios al hombre y del hombre a Dios.
El ángel, sin embargo, no puede leer en lo íntimo del hombre, no puede escrutar el santuario de nuestra conciencia, donde en cambio solo Dios puede entrar y saber. Por lo tanto, no puede tampoco mover nuestra voluntad, si nosotros no lo queremos, a diferencia de Dios que en cambio, en cuanto Causa primera y Motor primero de todo el universo, causa también nuestros actos voluntarios precisamente en cuanto voluntarios, así como la gracia que nos conduce a la salvación. Al contrario, el acto pecaminoso es causado solo por nosotros y solo nosotros, por tanto, llevamos la responsabilidad.
Siendo el ángel puro espíritu y debiendo en cambio nosotros sacar nuestros conocimientos de las cosas materiales, la Biblia muestra cómo las comunicaciones angélicas, como del resto también las divinas, acontecen mediante signos, imágenes, figuras, objetos, apariciones o símbolos sensibles, de los cuales podemos remontarnos, por analogía, para comprender los mensajes y las revelaciones angélicas o divinas.
Sin embargo, las manifestaciones visibles de los ángeles, como enseña la Escritura, son eventos muy raros. Normalmente el ángel se nos manifiesta en lo íntimo de nuestra conciencia sugiriéndonos determinadas imágenes, pensamientos, juicios, acciones, estímulos, finalidades o inspiraciones, a veces con insistencia y de modo argumentativo. Es necesario, como dice Juan, examinar con atención, cribar y valorar estos fenómenos interiores, sobre la base de buenos criterios, para verificar si son de Dios (1 Jn 4,1), ya que –nos advierte San Pablo (2 Cor 11,14)– “también Satanás se disfraza de ángel de luz”.
El Antiguo Testamento, a propósito del ángel, tiene una típica expresión muchas veces repetida: “el ángel de Yahvé”. Para comprender esta expresión, es necesario ver caso por caso: a veces se trata de verdadera y propia criatura angélica distinta de Dios, como por ejemplo a propósito del “ángel del Señor” (Lc 1,11), que aparece a Zacarías para anunciarle el nacimiento de Juan, tanto es así que este ángel da también su propio nombre: “Gabriel” (v.19).
En cambio, en otros casos la expresión “ángel del Señor” equivale al Señor mismo en cuanto habla y se muestra, como si se dijera: el mensaje del Señor. Un caso de este género es el episodio de la lucha de Jacob contra el “ángel del Señor”. Se comprende que se trata del Señor mismo, aunque revelado a través de algún signo, ya que luego Jacob al final de la lucha no dice “he visto al ángel”, sino “he visto a Dios cara a cara” (Gen 32,31).
De la Biblia resulta asimismo que los ángeles, además de constituir la corte celestial en torno al trono de Dios, están reunidos en huestes (shébaoth) bajo la dependencia de Dios, de modo que Dios es el Dios de las huestes, expresión muchas veces traducida como Dios de los ejércitos, término que quizá recuerda demasiado la idea de un despliegue bélico, aunque indudablemente las huestes celestiales son poderosas contra las huestes de los ángeles rebeldes.
La espiritualidad angélica representa para la Biblia una alta perfección, de por sí superior a la del hombre. Por esto el Salmo 8, sin desmentir la grandeza del hombre creado a imagen de Dios, enseña sin embargo que el hombre es “poco inferior a los ángeles” (v.6). Y por tanto Jesús presenta como ideal de perfección una vida angélica (Mt 22,30), lo cual no significa obviamente que la última perfección comporte, como cree Platón, la subsistencia de la sola alma, ya que el cristiano cree en la resurrección de la carne, sino que significa el pleno dominio del espíritu sobre el cuerpo.
La Biblia, además, como es sabido, conoce dos colectividades o estamentos de ángeles: ángeles santos y ángeles malvados. Estos últimos reciben diversos nombres: Satanás, demonio, diablo, espíritu impuro o espíritu inmundo. En el Génesis el demonio está representado bajo las apariencias de una serpiente. Los primeros, es decir, los ángeles santos, guían al hombre hacia la salvación –aquí aparece el ángel custodio–, mientras los segundos intentan inducirlo al pecado. Mientras el ángel santo es indefectiblemente santo y nada puede apartarlo del camino del bien, al contrario del hombre en esta vida, en la cual por desgracia oscila entre el bien y el mal, el demonio está irremediablemente fijo en el mal y nada puede persuadirlo a buscar el bien. Por esto la Iglesia ha condenado la tesis de Orígenes acerca del “perdón” al demonio.
Como observa el Aquinate (q.109, a.1), no solo la ciudad celestial sino también la infernal está sujeta al gobierno divino. Mientras la primera es el reino de la bienaventuranza y el triunfo de la misericordia, en la segunda se realiza la justicia punitiva, aunque también allí no falta la misericordia.

El ángel modelo del Obispo

Según el Apocalipsis, el Obispo es el ángel de su propia Iglesia. Por esto Juan, al inicio del Apocalipsis, envía paz y gracia a las siete Iglesias de Asia de parte de Cristo y de los “siete espíritus que están delante del trono de Dios”. Esto no quiere decir que el trono divino esté rodeado solo de siete espíritus, sino que con toda probabilidad esos siete espíritus son los ángeles protectores de las siete iglesias y en particular son los ángeles guía o protectores de los respectivos siete obispos, los cuales también son llamados “ángeles” de su Iglesia.
Surge así una tradición eclesiástica que no solo ve en el obispo al ángel de su Iglesia, sino que, considerando la jerarquía angélica, asocia o al menos compara esta jerarquía con la jerarquía eclesiástica. Nace así, como observa Santo Tomás (ibid., q.108, a.4, ob.3), la convicción de que “la jerarquía eclesiástica está modelada sobre la angélica”.
Santo Tomás, siguiendo a Dionisio, encuentra en la Escritura nueve coros angélicos, agrupados en tres diferentes jerarquías, cada una de las cuales modela los tres grados del sacerdocio. Los nueve coros son los siguientes, partiendo de lo alto: “los Serafines, citados en Is 6,2; los Querubines, citados en Ez 1; los Tronos en Col 1,16; las Dominaciones, las Virtudes, las Potestades y los Principados en Ef 1,21; los Arcángeles en Jds 9 y los Ángeles en muchos lugares de la Escritura” (ibid., a.5).
La tríada de las jerarquías y, dentro de cada jerarquía, está dada por tres actos anagógicos que son, partiendo de lo bajo, el purgar, el iluminar y el perfeccionar, de modo que tenemos, como enseña Tomás, que “el orden de los Diáconos es purgativo, el de los Sacerdotes es iluminativo, el de los Obispos, perfectivo” (ibid., a.2).
Esta tripartición ha devenido luego clásica en los maestros espirituales como vía o trazado del camino de perfección, en conexión con otra tríada que comporta la sucesión de los grados de incipiente, progresante y perfecto. Un tratado clásico sobre este argumento es la obra del Padre Reginald Garrigou-Lagrange, OP, Las tres edades de la vida interior.
El acto purgativo introduce a la vida de gracia –se trata del bautismo– quitando la culpa del pecado original e instruyendo al catecúmeno con la Palabra de Dios. El acto iluminativo nutre el alma con el alimento eucarístico, que contiene la luz de la verdad, expulsa las tinieblas del engaño diabólico y de la impiedad y refuerza la gracia bautismal con el sacramento de la reconciliación y la unción de los enfermos.
El acto perfectivo lleva a cumplimiento la santidad cristiana, confiriendo la fuerza del Espíritu mediante el sagrado crisma, reconoce, confirma y promueve los dones carismáticos y confiere los dones jerárquicos, destinados a formar y guiar la Iglesia hacia el Reino de Dios y la eterna bienaventuranza.
Según Dionisio, como se ha dicho, estos tres actos encuentran su modelo espiritual en los oficios de las tres mencionadas jerarquías angélicas, aunque obviamente, en el caso del hombre, estos actos comportan un elemento material y corporal, que no existe en los actos angélicos. Por lo tanto, el modelo angélico no debe entenderse como una vanificación gnóstica de aquellos actos físicos, sino simplemente como su ennoblecimiento gracias a una más elevada espiritualización.
Así, los actos anagógicos de los grados del sacerdocio comportan, partiendo de lo bajo, la administración del Bautismo por parte del Diácono, el ministerio de la Eucaristía, de la Penitencia y de la Unción de los enfermos por parte del Presbítero, y la administración de la Confirmación y la Ordenación Sacerdotal por parte del Obispo. El sacramento del Matrimonio no comporta un elemento jerárquico, porque es el sacramento del pueblo de Dios gobernado por la jerarquía eclesiástica.
En la jerarquía celestial como en la eclesiástica el grado superior puede hacer lo que hace el inferior, pero no viceversa. El inferior participa del superior, el cual por tanto tiene en plenitud lo que el inferior tiene solo por participación. El grado supremo es el sumo análogo de un valor –el ministerio angélico y el sacerdotal– conectado con una pluralidad de análogos inferiores, por lo cual, así como a un peldaño de la escala de valores corresponde su propia acción, así proporcionalmente al peldaño inferior o al superior corresponde la propia acción. De este modo, tanto en la jerarquía angélica como en la eclesiástica se tiene un conjunto de elementos coordinado y unificado en perfecta armonía y divina belleza.
El cometido perfectivo del Obispo está así indicado por el Concilio Vaticano II: “Como encargados de conducir a la perfección, los obispos se esfuercen en hacer avanzar en el camino de la santidad a sus sacerdotes, a los religiosos y a los laicos según la particular vocación de cada uno; persuadidos de estar obligados a dar el ejemplo de santidad, de caridad, en la humildad y en la sencillez de vida. Conduzcan las iglesias que les han sido confiadas a tal punto de santidad que en ellas resplandezca plenamente el sentido de la Iglesia universal de Cristo” (Decreto Christus Dominus, n.15).
“En el ejercicio de su deber de padres y de pastores, los obispos en medio de sus fieles se comporten como aquellos que prestan servicio, como buenos pastores que conducen sus ovejas y son por ellas conocidos, como verdaderos padres que sobresalen por su espíritu de caridad y de celo hacia todos y a cuya autoridad, recibida en verdad de Dios, todos con ánimo agradecido se someten. Reúnan en torno a sí a toda la familia de su rebaño y den a ella tal formación que todos, conscientes de sus deberes, vivan y obren en la comunión de la caridad” (ibid. n.16).
El Obispo, según el Concilio, posee la plenitud del sacerdocio, es sacerdote por esencia, mientras en los grados inferiores tenemos el sacerdocio por participación. Posee el sumo análogo del sacerdocio, mientras los otros grados constituyen los análogos inferiores. Desde el punto de vista del sacerdocio, es la cabeza y el vértice de la jerarquía eclesiástica, en esto a la par del Papa, mientras que considerando la jerarquía católica desde el punto de vista jurisdiccional, es claro que el obispo por institución divina está sometido al Papa.
Solo a Pedro en efecto Cristo ha dicho pasce oves meas y confirma fratres tuos. Pero al margen de esto, el poder magisterial, pastoral y sacramental del obispo es del todo igual al del Papa. Por esto los obispos cismáticos orientales, aunque no sometidos al Papa, son verdaderos obispos como los católicos.
Dice el Concilio: “Con la consagración episcopal viene conferida la plenitud del sacramento del Orden, aquella precisamente que en la costumbre litúrgica de la Iglesia y por la voz de los santos Padres es llamada el sumo sacerdocio, el vértice del sagrado ministerio” (Constitución dogmática Lumen Gentium, n.21).

El modelo angélico y el modelo pastoral

Queriendo confrontar el modelo de obispo presentado por el Concilio con el tradicional de la enseñanza dionisiana, que enorme influjo ha ejercido por siglos en la Europa cristiana, podríamos notar que mientras Dionisio presenta un modelo angélico, que subraya la sacralidad y la nobleza del oficio episcopal, divino y divinizante, el Concilio ofrece un modelo pastoral, inspirado sobre todo en la caridad, en la humildad, en la acogida y en el servicio fraterno. Los dos modelos no se excluyen, sino al contrario se integran mutuamente, por lo cual, en la comprensible actual difusión del modelo conciliar, no sería malo recuperar con sabiduría el ideal dionisiano.
En efecto, el peligro o el equívoco de hoy es el de una concepción demasiado humana y secularista del obispo, cuya autoridad jerárquica corre el riesgo de desvalorizarse y de aplanarse en un falso igualitarismo. En verdad estas cosas han sido siempre una tentación del episcopado, por oficio en relación con los poderes de este mundo, políticos, económicos, culturales y sociales, con el riesgo sin embargo del temporalismo y del apego al poder y de la timidez frente a los poderosos de este mundo, aunque indudablemente los buenos y santos obispos han sabido siempre utilizar riquezas y poder para numerosas obras de caridad y de misericordia en favor de los pobres y de los necesitados o protegiendo institutos dedicados a esta misión o de cualquier modo interponiéndose ante fuerzas políticas, económicas o sociales, para favorecer el logro de estos fines.
Por el contrario, Dionisio nos recuerda la elevación espiritual y sobrenatural del oficio pastoral, que tiene como primer cometido el de conducir al pueblo de Dios a la salvación y a la visión beatífica del cielo, asociándolo consigo en el culto litúrgico y en la alabanza de Dios, purificándolo de sus pecados, iluminándolo con la sana doctrina, expulsando al lobo del rebaño y refutando los errores, en especial las “doctrinas diabólicas” (1 Tim 4,1), que se interponen al conocimiento del Evangelio y a la perfección del camino cristiano.
En tal sentido el obispo es un hombre del espíritu, es un ángel, es un hombre de Dios, experto en los divinos misterios e iniciador a la contemplación mística. Si, pues, él imita a los ángeles santos, es ministro de bendición y de salvación, pero si de algún modo se deja seducir, quizá inconscientemente, por el espíritu de las tinieblas, se convierte en un obstáculo para la salvación del rebaño y merece aquel terrible nombre de “demonio encarnado” que la Santa Sienesa no se avergonzaba de asignar a los malos pastores, que no apacientan el rebaño sino que se apacientan a sí mismos.

P. Giovanni Cavalcoli, OP
Bolonia, 13 de febrero de 2012

Notas

¹ La Gerarchia ecclesiastica, c.I, n.2, edición dirigida por Salvatore Lilla, Città Nuova Editrice, Roma 2002, p.46.
² Ibid., pp.46-47.
³ Ibid., c.V, n.5, pp.122-123.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum episcopus principaliter sit intelligendus ut pastor humanus
vel ut angelus divinizans

Ad hoc sic procediturVidetur quod episcopus sit solum pastor humanus.
1. Concilio Vaticano II describitur ut pater et minister, humilis et proximus populo Dei, deputatus ad perficiendos sacerdotes, religiosos et laicos, persuasus ad exemplum sanctitatis et caritatis in simplicitate vitae praebendum.
2. Praeterea dicitur quod se gerere debeat ut bonus pastor qui oves suas ducit et ab eis cognoscitur, ut verus pater qui excellit spiritu caritatis et zelo erga omnes. Ex hoc videtur quod episcopus sit praecipue pastor humanus, non angelus.

Sed contra, Dionysius docet quod hierarchia ecclesiastica formatur ad similitudinem hierarchiae angelicae, et quod episcopus est culmen hierarchiae, divinus et divinizans, minister benedictionis et salutis, qui subditis suis sanctam deificationem a Deo acceptam tradit. Paulus affirmat Christum esse caput omnis hierarchiae ontologicae, spiritualis, materialis et cosmicae, et omnia subiecta esse pedibus eius et constitutum esse caput Ecclesiae, quae est corpus eius et plenitudo. Ergo episcopus participat huius missionis divinae et angelicae.

Respondeo dicendum quod episcopatus plenitudinem sacerdotii possidet et dupliciter est intelligendus: ut exemplar angelicum et ut exemplar pastorale. Exemplar angelicum sublineat sacralitatem et nobilitatem officii episcopalis, eius indolem supernaturalem et missionem populum Dei ad visionem beatificam ducendi. Episcopus est vir spiritus, angelus, vir Dei, peritus divinorum mysteriorum et initiator ad contemplationem mysticam. Si sanctos angelos imitatur, minister est benedictionis et salutis; si autem se permittit seduci spiritu tenebrarum, fit impedimentum salutis gregis et meretur nomen terribile daemonis incarnati. Exemplar pastorale vero extollit caritatem, humilitatem et servitium fraternitatis, vitans periculum temporalismi vel falsi aequalitarismi. Haec duo exemplaria non se excludunt, sed se invicem complent, ita ut episcopus simul angelus et pastor sit, Ecclesiam ducens auctoritate divina et spiritu servitii. Periculum hodiernum est conceptio nimis humana et secularistica episcopi, quae eius auctoritatem hierarchicam minuit et in falsum aequalitarismum deprimit. Ideo necesse est sapienter recuperare idealem dionysianum, sine detrimento divitiarum exemplaris conciliarii.

Ad primum dicendum quod exemplar pastorale verum est, sed incompletum si angelica dimensio obliviscitur. Auctoritas hierarchica periclitatur ne in conceptionem mere secularisticam degeneret, dum exemplar angelicum revocat sublimitatem spiritualem et supernaturalem officii episcopalis, cui primum est munus populum Dei ad salutem et ad visionem beatificam caeli ducere.
Ad secundum dicendum quod exemplar angelicum caritati et humilitati non contradicit, sed eas elevat, ostendens episcopum esse ministrum benedictionis et salutis, qui populum purificat a peccatis, illuminat sana doctrina, lupum de grege expellit et errores confutat, praesertim doctrinas diabolicas quae cognitioni Evangelii et perfectioni itineris christiani obstare conantur.

JG

5 comentarios:

  1. Anónimo, 26 de marzo de 2026 a las 19:43

    Estimao Padre Giovanni,
    Recientemente el Cardenal Ouellet, Prefecto emérito del Dicasterio para los Obispos, ha pronunciado las siguientes palabras:
    "Entre las decisiones audaces del Papa Francisco está el nombramiento de laicos y religiosos en posiciones de autoridad normalmente reservadas a ministros ordenados, obispos o cardenales, dentro de los dicasterios de la Curia Romana. El Papa ha justificado esta innovación con el principio sinodal, que desea una mayor participación de los fieles en la comunión y en la misión de la Iglesia. Esta iniciativa, sin embargo, se enfrenta con la consolidada costumbre de confiar las posiciones de autoridad a los ministros ordenados. Tal costumbre encuentra ciertamente fundamento en el Concilio Vaticano II, que ha definido la sacramentalidad del episcopado (LG 21). [...]
    El Papa Francisco discierne la autoridad del Espíritu Santo en acción más allá del vínculo consolidado entre el ministerio ordenado y el gobierno de la Iglesia. No se trata de sustituir el gobierno carismático al gobierno jerárquico. Pero, según la orientación ya sancionada por el derecho canónico (can. 129, 2), los ministros ordenados deben poder contar con personas dotadas de carismas, reconocidas como tales e integradas plenamente en el aparato administrativo, jurídico y pastoral de la Curia romana.
    [...] Los carismas del Espíritu Santo tienen un peso de autoridad intrínseco en ámbitos en los que la ordenación sacramental no es requerida, donde puede ser oportuno que la competencia sea de naturaleza diversa.
    [...] Cuando el Papa nombra a una mujer como responsable de un dicasterio, no delega su jurisdicción a una persona cualquiera; confía a una persona reconocida como competente en un cierto nivel de experiencia eclesial, en virtud de un carisma, una responsabilidad superior que permanece enmarcada y garantizada por la jurisdicción suprema del Santo Padre sobre la Curia Romana.
    [...] No tengo dudas de que el gesto del Papa Francisco es prometedor para el futuro, pues inaugura un reconocimiento de la autoridad de los carismas por parte de la autoridad jerárquica, en conformidad con las líneas del Concilio, que invita a los pastores a reconocer en los laicos tan claramente los ministerios y los carismas, que todos cooperen, según sus capacidades y con un solo corazón, en la obra común (LG 30, 33)."

    Los lefebvrianos han intentado utilizar estas palabras en su propio beneficio (véase comentario siguiente).

    Bruno V.

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  2. Anónimo, 26 de marzo de 2026 a las 19:44

    Jean-Michel Gleize, sacerdote y teólogo de la FSSPX, comentando tales reflexiones del cardenal Ouellet, ha afirmado que tales nombramientos suponen que el poder de jurisdicción no deriva en modo alguno ni de la consagración episcopal ni, mucho menos, de la ordenación sacerdotal. Y esto lo presupone necesariamente, hasta el punto de que, si se postula que el rito de la consagración episcopal confiere ambos poderes, el de orden y el de jurisdicción, se vuelve absolutamente imposible, en cuanto contrario al derecho divino, confiar cargos de autoridad en la Iglesia a personas distintas de los ministros ordenados.
    La Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que ha anunciado la consagración de nuevos obispos el próximo 1 de julio, sin aprobación pontificia, pretende justificar y legitimar este gesto basándose precisamente en la distinción esencial y radical antes recordada. Don Gleize llega a decir que la distinción entre los dos poderes estaría en oposición a la nueva eclesiología del Vaticano II, en cuanto ella postula, en el número 21 de la constitución Lumen Gentium, que la jurisdicción es conferida por el mismo acto de la consagración episcopal, mientras la intervención del Papa interviene solo para moderar su ejercicio."
    Comenta la filósofa y oblata benedictina Luisella Scrosati:
    "A los ojos del abate y de la Fraternidad, los nombramientos del Papa Francisco permiten así matar dos pájaros de un tiro: por un lado, subrayando la separación entre poder de orden y poder de jurisdicción, legitimarían las consagraciones del 1 de julio; por otro, condenarían la eclesiología expresada en LG 21, confirmando así aquellas críticas que la Fraternidad levanta al respecto desde hace décadas.
    [...] Gleize confunde el munus con la potestas, y no comprende adecuadamente la aclaración aportada en la *Nota explicativa prævia*. Resumiendo al máximo: la ordenación episcopal confiere tres cualidades interiores, tres munera, que provienen de la conformación a Cristo cabeza, y que disponen interiormente al nuevo obispo al ejercicio de su ministerio. Pero es solo la determinación jurídica la que da al obispo la potestad de regir la Iglesia y enseñar (como también de ejercer legítimamente la potestad de orden).
    [...] La argumentación de Gleize es un lapalissiano *non sequitur*: de la distinción de los dos poderes sigue simplemente que el poder de orden es conferido de modo diferente al poder de jurisdicción: el primero mediante el sacramento, el segundo mediante la determinación canónica. No sigue en absoluto, en cambio, que la consagración episcopal pueda ser lícitamente conferida contrariamente a la voluntad de la Autoridad competente, ni tampoco que el ministerio episcopal, incluida la potestad sacramental, pueda ser legítimamente ejercido fuera de la comunión jerárquica.
    [...] Con la consagración episcopal se recibe un orden al Cuerpo místico, y no solo al Cuerpo sacramental del Señor; el obispo existe para regir, para gobernar la Iglesia, y no solo para administrar los sacramentos. Por esta misma naturaleza del episcopado, por esta su intrínseca relación con el gobierno de la Iglesia, la designación de un obispo contra la voluntad del Papa constituye de por sí un acto cismático, porque significa conferir un sacramento que conforma a Cristo cabeza, contra el jefe visible de la Iglesia, que es el Papa."
    Padre Giovanni, ¿comparte usted las palabras de Scrosati?

    Le agradezco.
    Bruno V.

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    1. P. Giovanni Cavalcoli13 de abril de 2026 a las 4:43

      Padre Giovanni Cavalcoli, 27 de marzo de 2026 a las 11:45

      Estimado Bruno,
      el discurso de Scrosati es correcto y está en plena línea con las leyes de la Iglesia.
      La observación que quisiera hacer es que los lefebvrianos, para justificar su proyecto de nuevas consagraciones episcopales, se remiten ilegítimamente a las recientes disposiciones del Papa Francisco de confiar a una religiosa, sor Simona Brambilla, M.C., el papel de Prefecta del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.
      Ahora bien, este gesto del Papa no puede ser en absoluto un acto al cual los lefebvrianos puedan aferrarse para justificar su intención de ordenar nuevos obispos.
      En efecto, ellos argumentan de este modo: el Papa con este gesto ha demostrado conferir un poder de jurisdicción eclesial a un sujeto no sacerdote. Si, por tanto, un sujeto no sacerdote recibe una jurisdicción eclesial, con mayor razón un obispo, en virtud de su episcopado, tiene derecho a poseer una jurisdicción eclesial. Pero, como observa justamente Scrosati, el hecho es que el obispo, aunque válidamente ordenado, en cuanto sucesor de los Apóstoles debe recibir un mandato de jurisdicción por parte del Papa relativo a la guía de una Iglesia local.
      Resta al obispo lefebvriano el poder de administrar los sacramentos. Sin embargo, considerando que estos obispos no aceptan las doctrinas nuevas del Concilio, podemos preguntarnos cómo aquellos fieles que acuden a ellos podrán acoger las doctrinas nuevas conciliares.

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  3. Anónimo, 27 de marzo de 2026 a las 13:52

    Estimado Padre Giovanni,
    Usted ha escrito:
    “El obispo, tomando como modelo a Cristo buen pastor, participa con ello mismo de la santidad y de la sabiduría de los ángeles”.
    Sin embargo, quizá sea oportuno recordar que los obispos, es más, todos los sacerdotes ordenados, en la celebración de los sacramentos, actuando *in persona Christi*, poseen poderes que están vedados a los ángeles, y además por méritos pueden superar, en santidad, a los mismos ángeles.

    Como ha escrito su hermano de Orden, el padre Angelo Bellon:
    “[...] En conclusión: los ángeles tienen una naturaleza más perfecta que la nuestra porque son puros espíritus.
    Pero en el orden sobrenatural de la gracia, así como el cristiano puede superar con el mérito el grado de santidad de los ángeles y ser más santo que los ángeles (María es su Reina), así el sacerdote, siempre en el orden sobrenatural de la gracia, recibe poderes divinos que a los ángeles no les es dado tener.
    Los ángeles son ministros de Cristo, pero el sacerdote en la celebración de los sacramentos no es un simple ministro, sino algo más: actúa *in persona Christi*, es decir, identificándose con Cristo”.

    Bruno V.

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    1. P. Giovanni Cavalcoli13 de abril de 2026 a las 4:49

      Padre Giovanni Cavalcoli, 27 de marzo de 2026 a las 15:12

      Estimado Bruno,
      lo que usted dice es muy verdadero y muy importante, y viene a integrar lo que yo he dicho.
      Si yo he callado sobre estas cosas, ciertamente no ha sido porque las niegue, sino por el simple hecho de que, tratando un tema, no siempre es necesario decir todo lo que se refiere a ese tema.

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