¿Podemos separar la confianza en la Persona de Jesús de la aceptación de su doctrina? ¿No es acaso la credibilidad de sus signos y enseñanzas lo que nos conduce a entregarle nuestra vida? ¿Qué sucede cuando se pretende un encuentro con Cristo desligado de la verdad dogmática y de la interpretación de la Iglesia? ¿No se corre el riesgo de fabricar un Cristo ilusorio que no salva? El padre Giovanni Cavalcoli nos recuerda que la fe cristiana no es simplemente creer en algo, sino creer en Alguien, y que este creer pasa necesariamente por acoger y practicar las palabras de Cristo. La verdadera fe, viva y operosa, es creer en Cristo porque creemos lo que Él nos dice, y demostrarlo poniéndolo en práctica como doctrina salutífera. [En la imagen: fragmento de "Cristo y el joven rico", famosa pintura de Heinrich Hofmann, de 1889, conservada en la Riverside Church, un templo bautista de New York].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 12 de abril de 2026
Creer lo que Cristo nos dice
Creer lo que Cristo nos dice
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 8 de mayo 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/credere-a-cio-che-cristo-ci-dice-di-pgiovanni-cavalcoliop/)
Recientemente el Papa ¹ nos ha recordado que la fe cristiana no es "creer en algo, sino creer en alguien". Esta frase puede al principio sorprender, pero, dicho por el Papa, obviamente debe entenderse en el sentido correcto. No es inusual que el Sumo Pontífice, muy sensible al lenguaje moderno y excelente conocedor del lenguaje protestante, haga uso cada tanto, por motivos ecuménicos, de expresiones muy extendidas entre los cristianos no-católicos, con el fin de subrayar una unidad al menos verbal entre catolicismo y protestantismo.
Naturalmente que nos corresponde a nosotros los católicos interpretar estas frases en el sentido correcto, acogiendo el bueno, que es ciertamente el entendido por el Papa y rechazando el malo, que ciertamente no es su intención. Tampoco podemos ser siempre exigentes en este caso: el Papa confía en nuestro buen sentido católico y en nuestra capacidad crítica. Sería como si un amigo nos ofreciera un buen coco: es evidente que nos invita a comer la pulpa y no la cáscara.
Veamos, pues, en este metafórico coco cuál es la pulpa y cuál es la cáscara. En cuanto a Jesús, se sabe que en el Evangelio Él nos invita tanto a creer en Él como a creer lo que Él nos dice. Entonces, la primera cosa evidente es que no debemos contraponer estas dos invitaciones de Cristo, casi como si una excluyera a la otra, como al principio podrían dar la impresión las palabras del papa Benedicto XVI.
Debemos, pues, preguntarnos qué relación tienen entre sí estas dos invitaciones de Jesús y, puesto que lo más importante es creer en Él, como dejan entender las palabras de Benedicto XVI, cómo se ordena el creer en las palabras de Cristo respecto al creer en su Persona.
Nosotros aprendemos a relacionarnos con Cristo a partir de cómo nos comportamos con el prójimo. De hecho, es imposible la vida social si no creemos, aunque siempre bajo condiciones y solo dentro de ciertos específicos ámbitos, los unos en los otros. El creer en una persona corresponde a tener confianza en tal persona.
Pero, ¿cómo le demuestro tener confianza en él? Creyendo aquello que me dice. ¿Y cómo he llegado a creer en él? Notando la credibilidad de las cosas que me ha dicho. En modo similar, aunque con las debidas diferencias, nace y se demuestra la fe en Cristo. Es verdad que al fin de cuentas es más importante creer en Él que en lo que Él nos dice. Y esto porque el propósito de la fe es el amor y la unión mística con Cristo como Cabeza de la Iglesia y Esposo del alma.
Pero no podría llegar a creer en Él si no me hubiera dado pruebas o signos de que debo creerLe. Y estas pruebas o signos son la sabiduría y la belleza de su doctrina, junto, por supuesto, con sus milagros, el amor que tiene por mí, así como la santidad de sus discípulos y de su Iglesia.
Por lo demás, Jesús mismo, como haría cualquier amigo o guía espiritual, nos ha dicho lógicamente con claridad que si creemos en Él y le queremos bien, debemos escuchar lo que nos dice y ponerlo en práctica. Por tanto, no hay escapatoria para un vago "encuentro existencial y atemático" con Cristo, para una "experiencia o intuición preconceptual de fe" ² como contacto inmediato y personal con Cristo independientemente de la verdad dogmática, como farfullan ciertos ambientes protestantes, los cuales por lo demás ni siquiera reflejan la enseñanza de Lutero, para el cual la Palabra de Cristo en el Evangelio estaba sumamente cerca de su corazón, aunque lamentablemente no la interpretó en fidelidad al Magisterio de la Iglesia.
El encuentro personal con Cristo, en lo íntimo de la conciencia en la vida presente y el encuentro físico directo con su Persona en el paraíso celestial es ciertamente el fin último de una fe sincera, viva, recta y operosa. Pero la fe cristiana como tal, como ya se expresó el Concilio Vaticano I, es de por sí el aceptar por verdadero cuanto Cristo nos dice, obviamente porque Él nos lo dice, por lo cual al fin de cuentas este mismo creer en sus palabras reconduce al creer en su misma Persona. Sin embargo, por la enseñanza dogmática explícita de la Iglesia, la fe cristiana es creer en las palabras de la divina Revelación salida de la boca del divino Salvador.
El creer en Cristo por lo tanto es algo que propiamente se sitúa antes y después del acto de fe teologal en sus palabras: está primero porque yo no creería lo que Cristo me dice si no me fiara de Él o si no creyera en Él. Por otra parte y desde otro punto de vista, la fe en Él no despertaría en mí si yo no viera la credibilidad de cuanto me dice, acompañada de la constatación del amor que tiene por mí y del conocimiento de los frutos maravillosos de su obra, que es la Iglesia en sus dos mil años de historia.
Está claro entonces, para no caer en un círculo vicioso, que el creer en Cristo al principio no es lo mismo que el creer en Cristo después del haber creído en su mensaje. Al principio, sobre la base de los testimonios evangélicos, soy atraído por un hombre extraordinario ("nunca nadie ha hablado como este hombre", dicen los soldados a los sacerdotes que los habían enviado para arrestarlo) y sumamente creíble por las pruebas y los signos que me ofrece; pero una vez que he creído en sus palabras, he aquí que de nuevo surge en mí la voluntad, bajo la inspiración del Espíritu Santo, de confiarme total e incondicionalmente a Él para darle en mano el destino de mi vida en la eternidad. Y esto es el creer al cual se refiere el Papa; lo que, sin embargo, no excluye sino que presupone todo el proceso precedente, como la Iglesia católica siempre ha enseñado y se desprende claramente de los propios relatos evangélicos.
Viceversa, el hablar de un "creer en Cristo" sin tener en cuenta o para manipular a nuestra voluntad en base a doctas y eruditas tonterías (aunque se esté en posesión de un doctorado en exégesis bíblica) sus enseñanzas sin tener en cuenta la interpretación de la Iglesia, recortando, suprimiendo, cambiando, ampliando o dando ciertos contenidos por "adiciones o interpolaciones de la comunidad primitiva" o de san Juan o de san Pablo ³, es una peligrosa ilusión que nos presenta un "Cristo" puramente fantástico y subjetivo, que no salva a nadie, y que de hecho, si la operación es consciente y voluntaria, manda al infierno.
Por lo tanto, la fe cristiana es ciertamente un "creer en alguien", pero pasando a través del creer lo que este Alguien nos ha enseñado y demostrando a este Alguien, como Él justamente nos pide, que creamos en Él porque creemos lo que Él nos enseña como divino Maestro, y lo pongamos en práctica como doctrina salutífera de nuestro Salvador.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 7 de mayo de 2011
Notas
¹ En este artículo del año 2011, el padre Cavalcoli se está refiriendo al papa Benedicto XVI (JG).
² Es evidente que el padre Cavalcoli aquí se está refiriendo a la concepción de la fe según Karl Rahner y las corrientes rahnerianas (JG).
³ Es evidente que el padre Cavalcoli se refiere aquí a las corrientes extremas de la crítica racionalista de las Sagradas Escrituras (JG).
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum fides christiana consistat in credere Christo
vel in credere quae Ipse dicit
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod fides christiana solum consistat in credere Christo et non in credere quae Ipse dicit.
1. Quia Papa Benedictus XVI docuit fidem non esse credere aliquid, sed credere Alicui.
2. Praeterea, finis fidei est amor et unio mystica cum Christo; ergo sufficit in Eum confidere sine necessitate accipiendi verba Ipsius.
3. Item, non pauci tenent quod occursus existentialis cum Christo potest dari independenter a veritate dogmatica; et ideo fides non requirit credere doctrinas Ipsius.
Sed contra est quod Concilium Vaticanum I docet fidem christianam esse accipere pro vero omnia quae Christus dicit, quia Ipse dicit. Et in Evangelio legitur: numquam homo sic locutus est.
Respondeo dicendum quod fides christiana est quidem credere Christo, sed hoc credere necessario transit per credere verba Ipsius. Non potest separari fiducia in Personam Iesu ab acceptatione doctrinae Ipsius, quia credibilitas signorum, sapientia et pulchritudo doctrinae, miracula et amor quem ostendit sunt probationes quae adducunt ad fiduciam in Eum.
Ipse Christus postulat ut, si credimus Ei et Eum diligimus, audiamus quae dicit et ea impleamus. Unde credere Christo est ante et post actum fidei in verba Ipsius: ante, quia non crederem quae dicit nisi Ei confiderem; post, quia semel acceptis verbis Ipsius iterum oritur voluntas totaliter et incondicionaliter Ei se tradendi sub inspiratione Spiritus Sancti.
Occursus personalis cum Christo in conscientia et occursus corporalis cum Persona Ipsius in paradiso sunt finis ultimus fidei, sed hic occursus dari non potest sine acceptatione doctrinae Ipsius.
Fides non est vagus contactus existentialis a veritate dogmatica separatus, quia hoc ducit ad Christum illusorium et subiectivum qui non salvat. Vera fides est credere Christo quia credimus quae Ipse dicit, et hoc ostendere per impletionem doctrinae salutiferae.
Conclusio igitur est quod fides christiana consistit in credere Christo quia credimus quae Ipse dicit, et hoc credere verbis Ipsius reducit ad credere Personae Ipsius, consummans in unione viva et operosa cum Eo.
Ad primum dicendum quod credere Christo non excludit, sed praesupponit credere verba Ipsius, quia fiducia in Eum ostenditur per acceptationem doctrinae Ipsius.
Ad secundum dicendum quod amor et unio mystica cum Christo requirunt doctrinam Ipsius accipiendam, quia sine ea non esset fundamentum traditionis fiducialis.
Ad tertium dicendum quod occursus existentialis cum Christo sine veritate dogmatica est periculosa illusio, quia ducit ad Christum purum subiectivum qui non salvat; vera fides requirit credere quae Ipse dicit et ea exercere.
JG
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