Por enésima vez, el sitio web Infovaticana pretende enseñarle al Papa lo que es católico y lo que no es católico y, en su obstinación pasadista, repite ahora sus consabidas críticas a las enseñanzas del papa León XIV, tal como lo hiciera con las enseñanzas del papa Francisco y con la de los demás Romanos Pontífices del postconcilio, cuando su magisterio no coincide con sus ideas copiadas exactamente de los cismáticos lefebvrianos. En una expresión en sus redes sociales, el papa León, actualmente desarrollando su viaje apostólico en África, ha expresado que “bajo el manto de Nuestra Señora de África, se construye la comunión entre cristianos y musulmanes”, e Infovaticana, incapaz de aceptar las nuevas doctrinas del Concilio Vaticano II, como la del diálogo interreligioso, pretende decirle al Papa que lo que él dice no es católico. De ahí que me ha parecido útil ofrecer este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, escrito en ocasión del recordado viaje apostólico del papa Francisco a Ur en 2021. [En la imagen: fotografía en la que aparece el papa León XIV en su visita a la Gran Mezquita de Argel, ayer, lunes 13 de abril, durante su viaje apostólico a Argelia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 14 de abril de 2026
El Dios de Abraham
El Dios de Abraham
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 16 de marzo de 2021. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-dio-di-abramo.html)
Abraham, nuestro padre según la carne
(Rom 4,1)
¿Cuál es la acción pastoral más urgente?
El reciente discurso del Santo Padre en Ur nos muestra claramente cuál es su preocupación pastoral más urgente: la fraternidad y la paz de la humanidad en esta tierra. Viene a la mente la famosa encíclica de san Juan XXIII Pacem in terris.
Es ahora claro lo que entiende decir el papa Francisco con su expresión "Iglesia en salida": una Iglesia que, dejando a un lado sus dificultades internas, ha comprendido que hoy por hoy la necesidad pastoral más urgente, aunque no la más elevada, es hacer todo lo posible por promover la fraternidad humana puesta en peligro por una humanidad descarriada que se olvida de Dios, razón última de la hermandad y, por lo tanto, de la paz entre los hombres.
En la acción pastoral es necesario, de hecho, distinguir los fines más elevados de los más urgentes, que no coinciden siempre con los más elevados. La explicación de la Palabra de Dios y la administración de los sacramentos para el pastor es una actividad más elevada que la de ayudar y recordar a los hombres, creyentes y no creyentes, cristianos y no cristianos, católicos y no católicos, a su sentido de responsabilidad como personas humanas de igual dignidad, todos llamados a adorar al mismo único y verdadero Dios, si quieren entre ellos paz y concordia y la común solución de los problemas vitales, que atenazan hoy a una humanidad, que se está perdiendo y desintegrando dividida por el odio recíproco y corre el riesgo de ser destruida por una enorme conflagración atómica.
El Papa no se ocupa del contraste entre modernistas y tradicionalistas, entre rahnerianos y lefebvrianos, entre el cardenal Kasper y el cardenal Burke, entre el cardenal Müller y el cardenal Madariaga, entre el cardenal Brandmüller y el cardenal Lehmann, entre mons. Schneider y mons. Sánchez Sorondo, entre mons. Negri y mons. Forte, entre mons. Gherardini y mons. Galantino, entre mons. Livi y Enzo Bianchi, entre Andrea Grillo y mons. Williamson, entre el padre Davide Pagliarani y Kiko Arguello, entre Roberto de Mattei y Alberto Melloni, entre el padre Radclyffe y el padre Lanzetta, entre el padre Minutella y el padre Verzè, entre el padre Sosa y el padre Livio, entre el padre Spadaro y mons.Carlo Maria Viganò, entre Leonardo Boff y Plinio Correa de Oliveira, entre Aldo Maria Valli y Andrea Tornielli, entre Marco Tarquinio y Eugenio Tosatti.
Y esto, no porque el Papa no sea consciente de estos contrastes entre opuestos extremismos, sino porque se ha dado cuenta de que una humanidad "que no sabe distinguir la mano derecha de la mano izquierda" (Gn 4,11) y que se arriesga a confundir lo humano con lo inhumano, antes de explicarle el misterio de la Santísima Trinidad o el valor cristiano del sufrimiento o la esencia de la visión beatífica o los dogmas marianos o aquel de Calcedonia, pero precisamente con la intención última de llegar a este anuncio, es necesario crear en lo próximo las condiciones, incluidas las económicas, para volverlo disponible para acoger los misterios sobrenaturales de la fe católica.
Se trata de aquel modo de evangelizar que Cristo mismo nos ha enseñado con su conducta y sus palabras, comenzando con el diálogo y con el ejemplo de la misericordia fraterna pasando sucesivamente al anuncio explícito de los misterios del reino, sabiendo muy bien que habría de pagar con la vida este anuncio.
Este método educativo y formativo es el requerido por el normal camino de la mente humana, que aprende las cosas pasando de las cosas causadas a su causa, de las visibles a las invisibles, de las materiales a las espirituales, de las humanas a las divinas, de las terrenales a las celestiales, de las racionales a las reveladas, de las naturales a las sobrenaturales. Primum ditari -decían los antiguos- deinde philosophari.
Algunas sugerencias al papa Francisco
Sin embargo, si está bien apreciar esta línea pastoral del Papa, no está mal escuchar algunas objeciones y darles respuesta. Algunos objetan sosteniendo que, precisamente a fin de hacer creíble al mundo su predicación a favor del diálogo interreligioso, de la paz y de la fraternidad, Francisco debería considerar más urgente obtener o al menos trabajar por el diálogo, la reconciliación y la pacificación de los opuestos extremismos de modernistas y de lefebvrianos, ya que parece contraproducente presentar al mundo una Iglesia tan interiormente dividida, con la pretensión de ser maestra de paz y de reconciliación para el mundo, mientras Cristo ha advertido que sus discípulos se reconocerían por el amor recíproco ejercitado entre ellos (Jn 13,35).
Se puede responder diciendo que el papa Francisco encuentra probablemente más fácil y quizás más acorde con sus particulares dotes pastorales esta actividad de apelación a toda la humanidad y a las religiones, por lo demás en perfecta línea con el Concilio, y quizás se sienta menos capaz -y por supuesto esto se comprende, dada su gravedad- para enfrentar la gravísima oposición entre los dos partidos de los modernistas y de los lefebvrianos, cada uno de los cuales ejerce una reprobable oposición al Papa: una, la modernista, tortuosa, solapada, enmascarada, ocultada por una falsa amistad y caracterizada por el servilismo y la conducta aduladora.
La otra es la de los lefebvrianos, capaces sólo de quejarse, lamentarse y regañar con ánimo rencoroso, soberbio y pedante, transformando la Tradición en un ídolo, oposición obstinadamente cerrada a interpretaciones benévolas; una oposición abierta, injusta, martilleante y despiadada.
En el medio está el pobre pueblo de los católicos normales, fieles a Francisco, un rebaño arrojado a derecha e izquierda por sacerdotes, religiosos, moralistas, teólogos e intelectuales en conflicto y perenne litigio entre ellos, sin consuelo ni ayuda o asistencia por parte de los obispos, que no dan señales de vida, tanquam non essent, un pueblo que se las arregla como mejor puede, desconcertado, sufriente, calumniado, tironeado y cortejado por ambos bandos.
Este pueblo, que es la verdadera Iglesia, que ha comprendido el verdadero significado y la verdadera utilidad del Concilio Vaticano II, a pesar de sus defectos pastorales, fieles que saben distinguir el Concilio en sí mismo como magisterio infalible de la Iglesia de su falsificación modernista, este pueblo constituye, asistido por el Espíritu Santo mediante sus profetas y el sensus fidelium, un factor indispensable de mediación entre los dos bandos. Este pueblo es, en manos del papa Francisco, instrumento preciosísimo de reconciliación y de paz en la Iglesia.
Las cosas que en mi opinión debería hacer el papa Francisco para sanar este doloroso y escandaloso conflicto entre modernistas y tradicionalistas, deberían ser:
1. ante todo, tener mayor cuidado de su lenguaje, de modo tal que no se preste a equívocos o malentendidos o a instrumentalizaciones;
2. no repetir sin explicarlas aquellas frases que han suscitado polémicas entre los dos bandos;
3. debería aclarar el sentido de algunas de sus afirmaciones que causan escándalo entre los tradicionalistas y vienen a ser entendidas en sentido modernista por los modernistas;
4. corregir las desviaciones de los modernistas y disociarse de las instrumentalizaciones de las cuales ellos lo han hecho objeto;
5. responder a las objeciones y a las dificultades de los tradicionalistas;
6. reconocer que, mientras las doctrinas del Concilio son enseñanzas vinculantes en conciencia y absolutamente verdaderas, aunque no nos transmiten definiciones dogmáticas, enseñanzas que confirman y desarrollan la tradición, la parte pastoral del Concilio, después de sesenta años de experimentación, se ha revelado necesitada de algunas correcciones y modificaciones, que, sin desmentir la recuperación de los valores de la modernidad, alejen el riesgo del buenismo y de una visión excesivamente positiva e indulgente del mundo moderno.
¿Pero nuestro Dios es el mismo que el de ellos?
En este punto, sin embargo, surge un problema: algunos sostienen que la comparación entre el concepto cristiano de Dios y el concepto islámico de Dios no implica un problema de verdadero y de falso. Es decir, para ellos no se trata de establecer quién tiene razón y quién está equivocado, sino que se trataría de una simple diversidad de puntos de vista, una diversidad de opiniones sobre un tema acerca del cual nadie está en posesión de la verdad, como para poder decirle al otro: estás equivocado. Incluso si el otro no piensa como nosotros, debemos respetar su opinión. Sería en efecto para ellos como preguntarse quién tiene razón entre los que prefieren los espaguetis y los que prefieren los macarrones.
Según ellos, el Papa pensaría de este modo, por lo cual su referencia al Dios de Abraham no implica que nosotros los cristianos y ellos los musulmanes tengamos el mismo concepto de Dios. Tal vez se pregunten: ¿quién sabe qué concepto Abraham tenía de Dios? ¿Qué sabemos? Ni siquiera el Papa lo sabe. Por lo tanto, ellos no tienen ningún problema en ver a un Papa (cosa que nunca antes hasta ahora había sucedido, pero que ya era hora de que sucediera) hablando con los musulmanes sobre el Dios de Abraham como si el concepto de este Dios fuera el mismo que el nuestro.
Ellos entienden que el Papa se ha expresado como se expresó suponiendo falsamente que el Papa no reconoce que sobre Dios se puede admitir lo verdadero pero también lo falso y por eso, según ellos, entre las religiones existe solo diversidad y de ningún modo error, así como los que prefieren los espaguetis no dicen que quienes prefieren los macarrones se equivoquen, sino simplemente que tienen gustos diferentes.
Ellos creen falsamente que el Papa sostiene que la concepción cristiana de Dios no sea la mejor de todas las demás religiones, sino que es una opinión entre las otras, a la par de las otras. El Papa sabría muy bien que nuestra opinión al respecto contrasta con la opinión de los musulmanes, ya que nadie sabría realmente qué pensaba Abraham de Dios. Pero se trataría de una maniobra diplomática del Papa similar a la que, hablando a dos personas, de las cuales una ama los espaguetis y la otra los macarrones, les dijera que a ellos les encanta la pasta, sin juzgar las preferencias de uno u otro, y sin hacer cuestión sobre quién tiene razón, porque no tendría sentido.
Hay otros, en cambio, a los cuales les preocupa saber cuál es la verdad sobre Dios, algunos que saben muy bien que sobre Dios no solo existen opiniones, sino también verdades de fe certísimas y necesarias para la salvación de todos, saben muy bien que la concepción cristiana de Dios es la única verdadera entre todas las demás religiones, pero expresan esta convicción diciendo, por ejemplo, que el Dios cristiano es el verdadero, mientras que el Dios del Corán es falso, es un ídolo.
El Dios de Abraham, como lo entiende el Corán, no sería el verdadero Dios uno y único, sino un ídolo. Otros, como he dicho, sostienen que ni siquiera nosotros los cristianos sabemos cuál era el concepto que Abraham se había hecho de Dios. Por esta razón, según ellos, el papa Francisco, pretendiendo dirigirse al Dios de Abraham como si fuera un Dios común a nosotros los cristianos y a ellos los musulmanes, habría caminado sobre lo incierto o, como dicen otros más audazmente, sobre el "vacío".
Ahora bien, es necesario decir que para nosotros los católicos un Papa o un Concilio, cuando, como doctores de la fe, tratan sobre Dios o sobre sus atributos, incluso expresando valoraciones o juicios sobre la concepción de Dios de las otras religiones, son infalibles. Por ello, la enseñanza del Concilio Vaticano II acerca del concepto y los atributos de Dios en la religión islámica, debe ser recibida con obsequio de la mente y de la voluntad como enseñanza auténtica de la Iglesia, aunque no esté formulada a modo de definición dogmática y, sin embargo, debe ser aceptada como absolutamente verdadera y expresión de la divina Revelación.
Suponer, por lo tanto, que el Papa, hablando a los musulmanes sobre el Dios de Abraham y también invocándolo junto con ellos y en su nombre en la oración, pueda haberse equivocado al interpretar qué concepto Abraham se había hecho de Dios y cuál es la concepción que se hacen los musulmanes, considerando que el Papa retoma cuanto el Concilio mismo enseña sobre este tema, quiere decir falta de respeto a la autoridad doctrinal del Papa, lo cual es inadmisible para un católico.
Podemos y debemos rezar juntos
Algunos, como Mons. Schneider, objetan que esta nuestra oración junto con los musulmanes es un acto de irreverencia hacia la Santísima Trinidad, porque, dicen ellos, nosotros los cristianos, cuando rezamos, no rezamos al simple Dios Uno de la religión natural, sino al Dios Trino de la fe.
Esto es cierto. Pero Mons. Schneider evidentemente no ha recibido, no ha hecho propia, no ha acogido la distinción entre plegaria cristiana y plegaria interreligiosa introducida por el Concilio en Nostra Aetate n.3, distinción que explica y justifica la oración interreligiosa, practicada ya desde los tiempos de san Juan Pablo II.
Ella se puede comparar con la solicitud hecha a un Jefe de Estado por parte de una delegación de ciudadanos, para pedir una gracia. Supongamos como hipótesis que en esta delegación algunos miembros conocen todas las competencias del Jefe de Estado en este campo, mientras que otros conocen solo algunas, entre las cuales precisamente esa solicitud de gracia en la que todos los miembros han concordado.
¿Qué importa si algunos miembros de la delegación no conocen todas esas competencias? Lo importante para alimentar la esperanza de ser escuchados y asistidos por el Jefe de Estado es que todos tengan confianza en el Jefe de Estado y todos estén de acuerdo en pedirle la misma gracia, sabiendo que está en su facultad concederla.
A ninguna persona sanae mentis se le ocurriría pensar que, como entre los miembros de la delegación hay un abogado constitucionalista junto al joven empleado de la panadería, el Jefe de Estado para el primero no sea el mismo que para el segundo, sino que se trata de dos personas distintas: una para el abogado y otra para el chico de los mandados de la panadería. Del mismo modo razonan o sin-razonan, aquellos que dicen que el Dios de nosotros los cristianos no es el mismo Dios del Corán, como si se tratara de dos dioses distintos: el verdadero sería el Dios cristiano, mientras que el del Corán sería un ídolo, como dice Magdi Allám.
En base a estas consideraciones, debemos decir que con todo el ateísmo que hay dando vueltas, el poder rezar juntos cristianos y musulmanes al Dios de Abraham es ya una gran gracia para todos y un poderoso llamamiento a los ateos para que se conviertan a Dios. Por eso, la Plegaria que el Santo Padre ha hecho en Ur es un ejemplo y un magnífico modelo que nos ha sido dado por el Vicario de Cristo.
Ha sido un acontecimiento de dimensión trascendental que abre el ánimo de todos a la esperanza. De hecho, nunca jamás había sucedido desde el nacimiento del Islam hace 14 siglos que un Romano Pontífice, concordara con los musulmanes, en tierra islámica por lo demás amenazada por el terrorismo, en dirigirse a Dios para pedir en nombre de todos los hombres de buena voluntad el don de la concordia, de la justicia, de la reconciliación, de la misericordia, de la fraternidad y de la paz.
Está claro que en una plegaria interreligiosa, desarrollada en el respeto a la conciencia de los otros, no podemos pedirle a Dios nada más que aquello que la razón y la religión naturales nos sugieren que le pidamos a Dios. Pero nadie nos impide a nosotros los cristianos, cuando nos encontramos juntos en el compartir nuestra santísima fe, que imploremos a la Santísima Trinidad, para que ilumine las mentes e inflame los corazones de los musulmanes y los conduzca a Cristo y a la Iglesia católica.
El error de los que creen que no rezamos al mismo Dios
Es necesario, sin embargo, dar una respuesta a la objeción antes mencionada haciendo una distinción, porque no está desprovista de un lado de verdad. Ella, sin embargo, depende de un equívoco o malentendido muy grave y serio que consiste en el hecho que el objetor, quizás sin darse cuenta, ha caído en la trampa del idealismo hegeliano, que reduce lo real al concepto de lo real y, por tanto, confunde con la realidad las ideas que tiene en su cabeza, tal vez incluso correctas. Ellos, de hecho, confunden el concepto de Dios con la realidad de Dios. Para ellos, en último análisis, el concepto de Dios que tienen es Dios.
Por el contrario, no es así, aunque el concepto de Dios como Trinitario sea correctísimo y el más elevado concepto de Dios, revelado por el mismo Cristo, concepto del cual la mente humana, iluminada por la fe, es capaz. Este concepto ciertamente representa a Dios, pero al fin de cuentas es una entidad mental, es un contenido de nuestra mente, formado por nuestra mente, pero no es en absoluto ese Dios creador, que existe en sí mismo, fuera, e independientemente de nuestra mente, antes y por encima de nuestra mente.
Está claro a partir de la Sagrada Escritura que el Dios de Abraham es el mismo que el Dios de Moisés, Aquel que es, el Yo soy, el ipsum Esse per se subsistens de santo Tomás: lo ha revelado Él mismo a Moisés. Y es notorio, bien sabido, que Cristo es hijo de Abraham. Por lo tanto, si hay quien adora sinceramente y con corazón puro al Dios de Abraham, ignorando de buena fe que es el mismo Dios de Moisés y de Cristo, está ya en comunión con el Dios Trinitario sin saberlo y va al paraíso del cielo.
Dios es el mismo para todos, pero no todos lo conocen al mismo nivel
Se debe decir que Dios, en sí mismo, en su realidad, es uno solo y el mismo para nosotros y para ellos, es el mismo Dios. Diversos, en cambio, son los conceptos de Dios que nosotros y ellos tenemos. Por consiguiente, en tal sentido se puede decir que nuestro Dios no es el de ellos, en el sentido de que lo que nosotros los cristianos sabemos acerca de Dios es infinitamente más de lo que ellos saben, porque el Dios del Islam, como el Dios de todas las religiones monoteístas, Judaísmo incluido, no es otro que Dios conocido por la razón y por lo tanto por la religión natural, fundamento de la fraternidad universal, regulada por la ley moral natural.
Por esta hermandad somos hijos de un único Dios Padre, no en el sentido trinitario, sino en sentido metafórico, mientras que el Dios trinitario, conocido en la fe gracias a la revelación cristiana, es el fundamento de la filiación y fraternidad cristiana, sobrenatural, fundada en el bautismo. No hay duda de que Dios es el Dios trinitario y que Dios es Trinidad y que la Trinidad es Dios. Pero es posible, por medio de la simple razón, saber que Dios existe, conocer los atributos de su naturaleza ¹, sin tener, y no por culpa propia, esa fe teologal que hace posible saber que Dios es trino.
O bien, es posible saber que Dios existe, como por ejemplo el musulmán y rechazar el misterio trinitario no por malicia, sino por error o equívoco invencible. Dios es el mismo para los cristianos y para los musulmanes, aún cuando ellos no admiten en buena o mala fe que Dios es Trino. Este Dios, que es el Dios trinitario, es común a los unos y a los otros, porque es el creador y Salvador de los unos y de los otros, aunque no sea conocido en el mismo nivel de conocimiento por los unos y los otros.
El Dios de Abraham, reconocido por nosotros los cristianos y por los musulmanes,
es el verdadero y único Dios de Moisés y de Jesucristo
Si bien el Corán presenta la figura de Abraham con algunos aspectos legendarios, que no coinciden con aquellos presentados por la Sagrada Escritura, es evidente que el Corán y la Biblia se refieren con suma veneración a la misma persona por los caracteres esenciales con los cuales la describen: se trata del profeta, quien fue el primero en la historia de la humanidad en haber abandonado el politeísmo y la idolatría, presentes tanto en su propio país como entre los miembros de su propia familia.
Según la Biblia, Abraham es quien, en la humanidad caída después del pecado, fue el primero en haber descubierto con claridad la existencia del único verdadero Dios, un Dios que lo ha fascinado y atraído, un Dios que se le ha revelado en su infinita bondad y generosidad hasta llegar a prometerle ser padre de una infinita multitud de razas.
Este Dios, como es sabido, exhorta a Abraham a dejar su patria Ur: "Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición" (Gen 12,1-2).
La Escritura nos presenta la decisión de Abraham de dejar su tierra como obediencia a un mandato divino. Pero esto no excluye una parte humana en tal decisión, es decir, es posible que Abraham sintiera la necesidad de una mejor estructuración humana y económica. Como deducimos de la revelación divina hecha a Moisés de la tierra prometida, Dios presenta a Abraham y a sus descendientes la perspectiva de una tierra "en la que mana leche y miel" (Ex 3,8). No es otra, como más tarde Abraham descubrirá, que la Palestina, por entonces llamada "país de Canaán" (Gen 13,12; 16,3).
Pero al mismo tiempo no hay que dudar de que Abraham, después de haber descubierto al Dios Altísimo, el Dios del cielo, decidió emigrar también para liberarse del ambiente idólatra en el cual vivía y encontrar una tierra donde poder rendir culto libremente a su Dios.
La Carta a los Hebreos nos presenta a un Abraham sediento de una patria celestial en el más allá, en la ultratumba. Ella dice que Abraham: "vivió como extranjero en la Tierra prometida, habitando en carpas, lo mismo que Isaac y Jacob, herederos con él de la misma promesa. Porque Abraham esperaba aquella ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios" (Hb 11,9-10). Abraham, según la misma Carta, dejó su patria porque aspiraba a "una patria mejor, nada menos que la celestial" (Hb 11,16).
Es verdad que Abraham se enamora del Dios del cielo. Y esto supone ciertamente, al menos en modo implícito, una secreta aspiración al cielo, que sin embargo, a decir verdad, no aparece explícitamente si se siguen los acontecimientos de su vida, ciertamente inspirada en la obediencia a Dios, con episodios de gran piedad religiosa, pero al mismo tiempo signados por grandes negocios y conquistas terrenales, actos bélicos, agitados asuntos maritales, poligamia y polémicas, ningún atisbo de ascetismo o de austeridad, que serán el signo de la santidad cristiana sedienta de vida celestial.
Sin embargo, queda que la figura de Abraham es grandísima por haber entendido sobre Dios las siguientes cosas:
1. La verdadera divinidad no puede más que una sola, porque ella debe contener todas las perfecciones, que en cambio están dispersas en el politeísmo. Por lo tanto, no es posible que exista un dios que no tenga lo que tiene otro dios. El verdadero Dios debe tener y debe ser todo lo que de verdadero y de bueno puede existir. El politeísmo es, por lo tanto, falso.
2. La verdadera divinidad no puede ser un ídolo hecho por el hombre, porque es Dios quien crea al hombre y no al revés. El verdadero Dios protege y ayuda al hombre; pero, ¿cómo hace el hombre para encontrar ayuda y protección en algo que él mismo ha producido, tan frágil como él?
3. El verdadero Dios no puede ser un dios entre otros dioses a la par con él, independientemente de él. El verdadero Dios debe dominar todo, debe estar por encima de todo, porque debe contener en sí todas las perfecciones, incluso las más sublimes, debe ser, por decirlo como diría hace mil años san Anselmo, id quo nihil maius cogitari potest. Debe ser el óptimo, el sumo y el máximo.
4. Mas ¿cómo podemos representar este concepto? ¿Con qué imágenes? Abraham inventó dos, muy eficaces y muy intuitivos: el de la altura y el del cielo. Corresponden, porque el cielo está en lo alto. De ahí el atributo del verdadero Dios: es el "Altísimo", el "Dios de los dioses" (El eliòn), sobre todos los dioses, "creador del cielo y de la tierra" (Gn 14,22). Está en la cúspide de toda la realidad, la cual depende de Él porque él la ha creado.
5. Abraham comprendió que, siendo Dios creador del hombre, y siendo el hombre una persona, Dios solo podía ser supremamente un Dios personal, por lo tanto un Dios providente, que habla al hombre, conversa con él, escucha sus plegarias y sus súplicas, le muestra su voluntad, lo guía por el camino del bien, lo protege y lo salva.
6. Abraham concibió a Dios como un Señor, con quien establecer un pacto, un contrato de trabajo: el Señor le da al trabajador un trabajo para hacer, protege al trabajador contra los enemigos, lo ayuda en su trabajo, le promete compensarlo cuando haya terminado el trabajo, siempre que el trabajador haya realizado el trabajo en obediencia a sus directivas. Esto es lo que la Biblia llama "alianza" (berìth) entre el hombre y Dios.
7. Abraham, como hombre humilde, honesto y religioso, tiene consciencia de ser pecador y de tener que reparar ante Dios, por lo que entendió que es necesario ofrecerle sacrificios para obtener su perdón, su benevolencia y su gracia. Ha entendido también que necesita sacrificar a Dios lo que tiene de más preciado, porque es justo que Dios, de quien nos vienen los bienes más preciados, reciba de nosotros lo que tenemos de más preciado.
8. Abraham sabe que Dios tiene para cada uno de nosotros un maravilloso plan de salvación. Pero este plan para nosotros es misterioso: nos lo debe revelar Él. El no deja de revelárnoslo, y es verdaderamente un plan estupendo, lo cual es increíble, considerando nuestra pequeñez y nuestra miseria.
9. Por lo tanto, es necesario que confiemos en aquello que Dios nos manda hacer para que este plan pueda realizarse en nosotros.
10. Abraham sabe que Dios nos quiere poner a prueba para ver si verdaderamente confiamos en Él. No se trata de una auténtica verificación por parte de Dios, porque Él sabe muy bien por anticipado cuáles son nuestras fuerzas y cuál será nuestra respuesta, sino que se trata de una acción divina con la cual Dios, haciéndonos superar la prueba gracias a su ayuda, quiere darnos la alegría de haber superado la prueba y de amarlo más que antes.
11. Abraham ha entendido que esta puesta a prueba consiste en el hecho que Dios nos manda algo que parece en contradicción con sus promesas o bien consiste en pedirnos que nos pongamos a total disposición de su guía y de su voluntad, momento a momento, prontos y listos para grandes renuncias, sin saber de antemano adónde exactamente nos quiere conducir y cómo nos liberará de los peligros que tememos, con la absoluta confianza de que, obedeciéndole, todo andará bien e incluso mejor de cuanto imaginábamos. Y así, de hecho, sucede. Por esto, habiendo experimentado su lealtad, estamos prontos para afrontar pruebas aún más grandes, ciertos de que incluso en esas circunstancias, si nos mantenemos fieles, su ayuda no faltará.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 14 de marzo de 2021
Notas
¹ Cf. R.Garrigou-Lagrange, Dieu, Son existence et sa nature, Beauchesne, Paris 1950.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Deus Abrahae, a christianis et musulmanis invocatus,
sit idem verus Deus et utrum sit legitima oratio interreligiosa
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Deus Abrahae, a christianis et musulmanis invocatus, non sit idem verus Deus et ideo non sit legitima oratio interreligiosa.
1. Quia musulmani mysterium Trinitatis negant, et ideo non adorant eumdem Deum quem christiani. Si Deus est Trinitas, hoc mysterium recusare est idolum adorare. Praeterea quidam opinantur Papam, cum loquitur de Deo Abrahae tamquam communi, veritatem revelatam confundere cum mera opinione diplomatica.
2. Praeterea oratio christiana semper dirigitur ad Deum Trinum a Christo revelatum. Cum musulmanis orare esset irreverentia erga Sanctissimam Trinitatem, cum oratio christiana non possit reduci ad Deum religionis naturalis.
3. Item, conceptus Dei in Alcorano est alius a conceptu christiano. Si conceptus cum re confunditur, periculum est affirmandi eosdem Deum esse, cum revera sint duae conceptiones irreconciliabiles. Ergo oratio interreligiosa esset fallax et fidei periculosa.
Sed contra est quod Concilium Vaticanum II docet musulmanos, una nobiscum, adorare unum Deum vivum et subsistentem, misericordem et omnipotentem, creatorem caeli et terrae, qui hominibus locutus est. Scriptura affirmat Abraham agnovisse Altissimum, creatorem caeli et terrae, et Christum ipsum esse filium Abrahae. Sanctus Anselmus Deum definivit ut id quo nihil maius cogitari potest, et sanctus Thomas eum descripsit ut ipsum Esse per se subsistens.
Respondeo dicendum quod Deus, in seipso, est unus et idem omnibus, licet conceptus de Ipso diversi sint. Error consistit in confusione conceptus mentis cum ipsa realitate Dei. Deus Abrahae est idem Deus Moysi et Iesu Christi, quamvis musulmani eum cognoscant tantum per rationem naturalem et non per revelationem trinitariam. Qui sincere adorat Deum Abrahae, bona fide ignorans eumdem esse Deum Moysi et Christi, iam est in communione cum vero Deo.
Oratio interreligiosa legitima est si distinguatur inter precem naturalem, quae a Deo communia bona, sicut pacem et iustitiam, petit, et precem christianam, quae expresse Trinitatem invocat. Sic orare simul ad Deum Abrahae est signum fraternitatis et vocatio ad atheos, nec impedit christianos, in propria fide, ut implorent conversionem aliorum ad Christum et Ecclesiam.
Papa, cum loquitur de Deo Abrahae, doctrinam Concilii resumit nec veritatem ad opinionem reducit. Figura Abrahae ostendit veram divinitatem non posse esse multiplicem nec idolum, sed Altissimum, creatorem caeli et terrae, personalem et providentem, qui foedus cum homine constituit et eum probat ad fidem confirmandam. Ergo fraternitas universalis fundatur in lege naturali et consummatur in plena revelatione Christi.
Conclusio: Deus Abrahae est unus et verus Deus, communis christianis et musulmanis, licet diversis gradibus cognitus. Oratio interreligiosa, cum reverentia et distinctione exercita, legitima est et potest esse signum spei, iter ad pacem et praeparatio ad conversionem ad Christum.
Ad primum dicendum quod negare mysterium Trinitatis ex ignorantia vel errore invincibili non facit Deum idolum. Deus quem musulmani adorant est idem Deus realis, quamvis non plene cognitus.
Ad secundum dicendum quod oratio interreligiosa non substituit precem christianam, sed se limitat ad postulanda bona communia quae ratio naturalis agnoscit. Reverentia erga Trinitatem integra manet in oratione propria christianorum.
Ad tertium dicendum quod conceptus Dei in Alcorano est limitatus, sed non ideo alius a Deo reali. Deus est unus et verus, quamvis homines eum diversis gradibus cognoscant. Confundere conceptum et rem est error idealisticus; realitas Dei transcendit conceptus humanos.
JG
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

Bruno V., 20 de marzo de 2021 a las 13:52
ResponderEliminarEstimado Padre Giovanni,
Sobre la oración interreligiosa, aun apreciando esta su valiosa y estimulante reflexión, yo siento un cierto malestar interior.
Cuando recitamos el “Padre nuestro”, aunque tal oración esté dirigida a Dios Padre, en nuestra íntima participación, en lo profundo de nuestro corazón… nosotros no excluimos a Aquel que nos la enseñó, el Verbo encarnado, ni al Espíritu Santo, amor increado, donado por el Padre y el Hijo, que en la misma oración nos asiste.
¿Cómo puedo entonces, como católico bautizado y confirmado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, durante la oración interreligiosa dirigirme solamente al Dios abrahámico, excluyendo interiormente a Nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo? Sería como realizar una especie de “suspensión” de mi fe por “respeto a la conciencia ajena”, en espera de poder reapropiarme plenamente de ella cuando nuevamente me encuentre rezando solo con los hermanos en Cristo. Pero ¿qué paso de la Escritura me autorizaría a realizar una mutilación tan dolorosa, aunque sea temporal, de mi credo?
¿Cómo puedo entonces, como católico bautizado y confirmado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, durante la oración interreligiosa dirigirme solamente al Dios abrahámico, excluyendo interiormente a Nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo? Sería como realizar una especie de “suspensión” de mi fe por “respeto a la conciencia ajena”, en espera de poder reapropiarme plenamente de ella cuando nuevamente me encuentre rezando solo con los hermanos en Cristo. Pero ¿qué paso de la Escritura me autorizaría a realizar una mutilación tan dolorosa, aunque sea temporal, de mi credo?
No me es posible. Por tanto, encontrándome a recitar la oración interreligiosa, aun dirigiéndome al Dios de Abraham, no podría dejar de saber y sentir, en lo profundo, que Él es el Padre que desde siempre engendra al Hijo en el Espíritu Santo.
Pero en una situación interior análoga se encontraría el hermano musulmán que está recitando, junto a mí, la misma oración interreligiosa. Se dirigiría sí al Dios abrahámico, pero a su modo “sabiendo” y sintiendo que Él coincide con Alá, absolutamente no trino, que nada tiene que ver con el Crucificado, dado que el Hombre en la Cruz, para el Islam, ni siquiera era Jesús de Nazaret.
Y luego, si realmente amo cristianamente a mi prójimo, es decir, si me importa sobre todo su salvación eterna, mientras recito la oración interreligiosa o al término, ¿debería, respecto al hermano islámico, renunciar a pedir que pueda encontrar la luz de la verdadera fe trinitaria, o bien rezar: “Señor, hoy, en este momento, no puedo pedirte que ilumines a este hermano mío en Abraham, porque no sería respetuoso hacia él… pero en la primera ocasión en que pueda, ciertamente te lo pediré”? ¿Qué sentido tendría una actitud semejante? Mientras manifiesto al Señor una intención buena como oración de intercesión, pido al mismo tiempo a Dios que espere para cumplirla…
Naturalmente, no es difícil imaginar también en esto una reciprocidad por parte del musulmán que, con las mejores intenciones desde su perspectiva, no podrá dejar de rezar a Alá para que ayude a hacer comprender al pobre cristiano, que reza junto a él, que Dios no puede tener hijos porque no tiene esposa, etc…
He aquí entonces que, en la oración interreligiosa, nosotros cristianos junto a los musulmanes, aun pronunciando juntos las mismas palabras dirigidas al Dios de Abraham, casi inevitablemente, desde nuestro interior, comunicaríamos al Señor también pensamientos, devociones e intenciones discordantes y contradictorias entre sí.
Es lícito entonces preguntarse si una oración semejante, más allá de los posibles efectos beneficiosos sobre la paz y la fraternidad humana, es realmente grata a Dios.
Padre Giovanni Cavalcoli, 20 de marzo de 2021 a las 15:51
EliminarQuerido Bruno,
se puede explicar la oración interreligiosa de una manera muy simple. Piensa en la relación de una maestra con el alumno. ¿Qué hace la maestra? Comunica al alumno una noción, que ella ya conoce, y que el alumno comprende. ¿Qué sucede? Que ella y él comparten la misma verdad. Sin embargo, la maestra, en su mente, posee muchas otras nociones, que el niño en ese momento no podría entender, por lo cual no es el caso que se las comunique, sino que las guarda para sí, esperando que el niño poco a poco, escuchando la enseñanza de la maestra, aprenda aquellas nociones que por ahora no sería capaz de comprender o que podría malinterpretar.
Espero que hayas entendido esta metáfora. En efecto, podemos comparar al niño con el musulmán y a la maestra con nosotros los cristianos. En este punto comprendes bien que la maestra, ocultando al niño las nociones que ella ya posee, no desmiente en absoluto esas nociones, sino que más bien realiza un acto de caridad y de prudencia hacia el niño, el cual, si llegara a conocer de improviso una de esas nociones, podría no comprender o escandalizarse.
También Jesús ha usado esta metodología, cuando dijo a sus apóstoles: “Otras cosas tendría que deciros, pero por ahora no sois capaces de soportarlas”.
Por otra parte, cuando recitamos los Salmos, rezamos a Dios sin citar a la Santísima Trinidad.
¿Es grata a Dios esta oración? Ciertamente, porque a Él le agrada que recemos juntos, como hombres razonables de buena voluntad. Por otra parte, Dios ve las buenas intenciones de todos, y por tanto excusa la ignorancia invencible de todos, también la nuestra, y acoge ese tipo de oración, de parte de todos, que cada uno de nosotros es capaz de expresar con amor, dentro de los límites de nuestros conocimientos.
Bruno V., 21 de marzo de 2021 a las 21:14
ResponderEliminarQuerido Padre Giovanni,
la metáfora de la maestra que enseña una noción al niño, por la cual, en la oración interreligiosa, el papel de la maestra corresponde a nosotros los cristianos y el del niño a los islámicos, si como estrategia pastoral puede parecer válida a los fines de la misión cristiana, ciertamente no podría ser compartida por los islámicos si se les manifestara, o bien podría ser igualmente adoptada por ellos mismos, con los papeles invertidos.
Pero en ambos casos, en el espíritu de la amistad social, no sería muy correcta, porque frente a un pacto explícito tendente a reforzar una relación hasta la fraternidad, ocultaría un segundo fin, de una o de ambas partes, poco confesable…
Por otra parte, tengo alguna duda de que el Santo Padre aprobaría tal interpretación de la oración interreligiosa, aun en coloquios privados y en presencia de solos católicos.
Padre Giovanni Cavalcoli, 22 de marzo de 2021 a las 10:30
EliminarQuerido Bruno, te respondo en los siguientes puntos.
1. Se supone que se trata de musulmanes de buena fe, abiertos a la verdad. Es evidente, en efecto, que aquellos que pretenden tener razón contra nosotros, permanecerán hostiles.
2. En este método no hay ningún engaño ni ningún segundo fin, sino que se trata del método pedagógico normal por el cual el maestro oculta al alumno las nociones que posteriormente le enseñará, no porque tales nociones no sean beneficiosas para el alumno, sino simplemente porque en ese momento el alumno no es capaz de entenderlas o podría malinterpretarlas, como puede suceder con la Eucaristía y la Santísima Trinidad.
3. Es comprensible que los musulmanes, si han aceptado la oración del Papa, sin embargo en su interior mantengan su contraste con nuestra fe y secretamente se propongan imponernos su fe. Pero tú comprendes que una actitud semejante es muy distinta de la nuestra, porque, mientras en nuestro caso nosotros los cristianos, sin mérito nuestro, conocemos la plenitud de la Verdad, ellos, sean o no de buena fe, lamentablemente, como es sabido, rechazan algunos misterios de fe que conciernen a Dios y que nos han sido revelados por Jesucristo.
4. Debes considerar la diferencia de método entre nosotros y ellos en la propuesta de los contenidos de la fe. En efecto, como sabemos bien, nosotros los cristianos, al menos en principio, sentimos la obligación de proponer el Evangelio con gradualidad, en el respeto de la libertad de conciencia ajena, produciendo pruebas y signos de credibilidad, esperando con paciencia la conversión del hermano, rezando por él, dando el ejemplo de obediencia al Evangelio, sabiendo que la gracia en todo caso los impulsa a la conversión. En cambio, sabemos cómo lamentablemente muchas veces su método es de tipo impositivo y fácil a la amenaza, lo cual corre el riesgo de conducir no a una fe convencida, sino a una fe por miedo. Y se trata precisamente de lo que el Papa llama “proselitismo”.
5. Considerando estas cosas, podemos estar segurísimos de que este es el método que está siguiendo el Santo Padre, porque no podemos dejar de estar convencidos de que él, como nuestra guía en la predicación del Evangelio, alimenta la firme esperanza de que también los musulmanes se acerquen a Cristo.
En efecto, Jesucristo murió en la cruz también por ellos.
Bruno V., 21 de marzo de 2021 a las 21:15
ResponderEliminarSobre el hecho de que al recitar los salmos no se cite (explícitamente) la Trinidad, estoy de acuerdo; pero en el plano de la participación interior más profunda, esto sigue siendo válido solamente “antes” del nacimiento, Pasión y Resurrección de Cristo.
Después, por parte de quien ha abrazado la fe católica, vale para mí lo que ya he dicho respecto al “Padre nuestro”: cualquier oración que recite no puedo ni debo olvidar o remover de mi interior al Hijo y al Espíritu Santo.
Por lo demás, usted me enseña que la Sagrada Biblia debe ser leída como una única Revelación, el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo… y cuántas referencias encontramos entre los Salmos y los mismos Evangelios.
Padre Giovanni Cavalcoli, 22 de marzo de 2021 a las 15:15
EliminarQuerido Bruno,
yo también naturalmente, leyendo los Salmos, pienso siempre en la Santísima Trinidad, porque nosotros tenemos el don de la fe católica.
Pero el problema del diálogo interreligioso está precisamente en el hecho de que no todos están iluminados por esta fe, no solo los islámicos, sino también los judíos. Y, sin embargo, todos aceptamos, mediante la razón, la existencia de Dios, Creador del cielo y de la tierra, Providente, Justo y Misericordioso.
Esta conciencia común de nosotros cristianos, judíos y musulmanes, es la verdad teológica universal conocida por la razón natural, que todos poseemos, verdad sobre la cual muy oportunamente el Papa se ha basado, siguiendo la sugerencia del Concilio, para la formación de la oración a Dios que recitó en Ur.
Ahora, estoy seguro de que el Santo Padre, mientras recitaba aquella oración, pensaba en la Santísima Trinidad, pero pensaba también en aquellos que en buena fe no la conocen, aunque saben que Dios existe.
Este hecho fue suficiente para poder rezar juntos, con la esperanza de poder ser escuchados y de vivir juntos la fraternidad universal de criaturas creadas a imagen y semejanza de Dios.
Es necesario tener presente también lo que Jesús nos ha enseñado con su vida. Él, como judío, rezó en el templo de Jerusalén y llamó a ese templo judío “Casa de mi Padre”.
Bruno V., 21 de marzo de 2021 a las 21:16
ResponderEliminarResta el hecho de que en la oración interreligiosa yo veo posibles dos vías, y ambas me dejan con desasosiego, porque comportan no poca problematicidad y ambigüedad. Intento explicarme mejor.
La primera vía la sintetizaría como el esfuerzo recíproco y riguroso, entre nosotros, los islámicos y los judíos, de atenerse al “máximo común compartible” en el plano religioso, identificado en rezar al Dios único de Abraham, creador misericordioso, por el cual los hombres que lo reconocen, sus criaturas, deben sentirse como hermanos.
Esta primera vía, si realmente se persiguiera con el máximo rigor y lealtad recíproca entre los participantes de las tres religiones, debería excluir lo que no entra en el “máximo común compartible”. Pero para ser verdaderamente tal, esta exclusión no puede limitarse a las solas palabras que se pronuncian juntos, sino que debería extenderse también a toda la actitud interior, porque la oración que sube al Señor no está constituida puramente por el conjunto de las palabras dichas, ni solo por la concentración que intentamos mantener para no distraernos, sino por la participación de fe con la cual las acompañamos, las hacemos resonar en nuestro interior, las sentimos a la luz de la totalidad de nuestro credo… Por lo demás, si bastaran las solas palabras para rezar bien, no se entendería la reciente reprensión del Papa hacia quienes rezan como loros.
Si esta premisa es verdadera, se sigue que, mientras se recita juntos la oración interreligiosa, para atenerse lo más posible al pacto del “máximo común compartible”, los musulmanes deberían intentar excluir o remover, de su actitud interior, la figura de Mahoma por ejemplo; los judíos, a su vez, el Talmud por ejemplo; los cristianos, al Dios Uno y Trino.
¿Pero es esto realmente, humanamente posible?
Y aun cuando lo fuera, como ya he escrito, ¿es lícito para mí, católico bautizado, realizar esta especie de “suspensión” de la totalidad de mi fe por “respeto a la conciencia ajena”, casi como si el credo trinitario fuera para mí un vestido que, de regla visto, pero en ciertas ocasiones puedo también quitarme?
Padre Giovanni Cavalcoli, 22 de marzo de 2021 a las 15:57
EliminarQuerido Bruno,
estoy de acuerdo contigo en la necesidad de que nosotros y ellos hagamos un esfuerzo por buscar un “máximo común denominador”.
Estoy convencido de que el Papa, junto con Al-Sistani, están realizando este esfuerzo común, que me parece ha dado buenos resultados en la oración común.
En este punto ciertamente se abren nuevos horizontes, que indudablemente para nosotros los cristianos crean problemas y preguntas: ¿qué paso próximo podemos proponer a los musulmanes? Siguiendo lo que el Papa Francisco está enseñando, podríamos pedir con mayor fuerza que se conceda la libertad religiosa a cada fiel individual, también musulmán.
De este modo, cualquiera, ateo, musulmán, judío, hindú, etc., tiene la posibilidad de conocer la verdad y de expresarse según conciencia. Por su parte, la gracia de Cristo y el Espíritu Santo llevan adelante su obra misteriosa de salvación para los individuos y para toda la humanidad.
Esta oración común que ha hecho el Papa no es simplemente un conjunto de palabras, que podrían generar equívoco, sino que es un conjunto de conceptos. Y que ellos sean compartidos por los musulmanes resulta, por lo que sé, del hecho de que no se han escuchado contestaciones ni protestas. Y esto es algo que da mucha alegría y es un signo de esperanza en el progreso del diálogo.
En cuanto a la eventualidad de que los musulmanes deban suspender las ideas de Mahoma, yo diría que, en cuanto son erróneas, ellas gradualmente y en los individuos deberán ser superadas, corregidas y abandonadas.
Quienes en cambio están de buena fe, no tienen en absoluto el deber de apartarlas, del mismo modo que hacemos nosotros los cristianos. Más bien, respecto a todas estas ideas, las suyas y las nuestras, que por el momento no están puestas sobre la mesa, es necesario que nosotros los cristianos, junto con el Papa, estudiemos el próximo paso que dar.
El hecho, además, de que el Papa Francisco haya ido a Irak con un mensaje de paz y de perdón, nos indica el camino principal para proponer a todos el Evangelio.
Bruno V., 21 de marzo de 2021 a las 21:18
ResponderEliminarLa segunda posible vía para la oración interreligiosa es aquella que, reconociendo al menos la impracticabilidad de la primera vía, proponga sí una misma oración para recitar juntos, pero dejando a cada creyente, libremente, en su propia disposición interior, integrarla en la totalidad del credo al que adhiere.
Esto comporta que mientras yo y el musulmán pronunciamos las mismas palabras dirigidas al Dios de Abraham, yo pienso y siento que ese Dios de Abraham ha generado desde siempre al Verbo encarnado muerto por mí en la Cruz, y Padre e Hijo viven en la unidad del Espíritu Santo; el musulmán piensa y siente que ese Dios de Abraham es el Dios uno no trino revelado por el profeta Mahoma.
Así que, aun rezando juntos las mismas palabras, en realidad, nosotros los cristianos y los no cristianos, no estamos elevando al Señor la “misma” oración, dado que, como he intentado con mis limitados medios explicar, la oración no consiste solo en las palabras pronunciadas, sino también en toda la disposición interior del orante, que las acompaña.
Para hacer una metáfora, es similar a una orquesta que está ensayando antes del concierto: algunos instrumentistas ejecutan partes diferentes de las piezas de su competencia, otros se sueltan con las escalas musicales… el resultado sonoro global es inevitablemente un estruendo disarmónico.
¿Usted considera que semejante oración disonante y contradictoria sea de todos modos grata a Dios, porque Él sabe ver las buenas intenciones de todos y excusar la ignorancia invencible de todos?
Yo sigo sintiéndome incómodo.
Padre Giovanni Cavalcoli, 22 de marzo de 2021 a las 16:17
EliminarQuerido Bruno,
como ya te he dicho, no se trata de decir todos juntos las mismas palabras. Esto no sirve de nada y, es más, si se me permite, parece casi una burla unos hacia otros.
Lo que ha ocurrido en Ur no ha sido un encontrarse juntos en las mismas palabras, sino en los mismos conceptos, es decir, en el concepto común a nosotros y a ellos, como dice el Concilio, de un Dios Único y Verdadero, Creador del cielo y de la tierra.
Esto no quita que en nuestro patrimonio religioso y en el suyo, como dice el Papa, haya diversidades de las cuales puede nacer una integración recíproca. Por ejemplo, los musulmanes podrían ser más sensibles a nuestro concepto de misericordia divina, mientras que nosotros los cristianos podemos imitarlos en la franqueza con la cual ellos juntos rezan también de manera pública delante de todos, incluso de no musulmanes.
La metáfora de la orquesta no debe hacernos pensar en un conjunto de cacofonías, como ocurre en la orquesta antes de iniciar el concierto, sino que debe hacernos pensar en estas diversidades recíprocamente integrables, de las cuales hablaba el Papa Francisco cuando dijo que la diversidad de las religiones es querida por Dios.
Al respecto, sin embargo, debemos tener cuidado de no confundir lo diverso con lo falso. El hecho de que Mahoma no admita la Trinidad no es una diversidad, sino una falsedad.
Dios, sin embargo, ve los corazones, y percibe la armonía de la oración que sube a Él de parte de quienes rezan con corazón puro y sincero, según su propia religión. De este modo, esta orquesta ejecuta una perfecta sinfonía, muy grata a Dios, aunque a nosotros, por el momento, nos parezca casi una cosa imposible.
El Papa Francisco, en efecto, habla de un “sueño”, que, si Dios quiere, un día podrá convertirse en realidad.
Bruno V., 24 de marzo de 2021 a las 20:27
ResponderEliminarQuerido Padre Giovanni,
Usted ha escrito: “poder rezar juntos cristianos y musulmanes al Dios de Abraham es ya una gran gracia para todos”. ¿No le parece, sin embargo, que existe una diferencia sustancial también entre la concepción judeo-cristiana de Abraham y la coránica?
Paolo Pasqualucci, ya docente de Filosofía del Derecho y de Historia de las Doctrinas Políticas, pero estudioso también de teología y filosofía de la religión, ha escrito a propósito de la figura de Abraham:
“El Abraham de los musulmanes (Ibrahim) no tiene nada que ver con el auténtico de la Biblia. Como ha recordado varias veces, y ciertamente no ha sido el único, el insigne arabista e islamólogo Padre Antoine Moussali, lazarista libanés (1921-2003), perfecto conocedor del mismo Corán, el verdadero Abraham, en el Antiguo Testamento, es el protagonista de la Alianza con Dios, de la cual recibe la Promesa de salvación para el género humano. Abraham, nuestro padre en la fe (Hb 11, 8), es por tanto el hombre de la Alianza con Dios Padre y de la Promesa de salvación recibida de Él. [...] El concepto mismo de una Alianza entre Dios y el hombre es del todo impensable e incluso blasfemo para los musulmanes. Sería, en efecto, en contradicción con la absoluta alteridad de Dios respecto al hombre, absolutidad que no puede admitir ni siquiera una promesa hecha unilateralmente por Dios, por bondad hacia la criatura. Alá no nos requiere nuestra participación, con nuestro libre albedrío, en su designio de salvación. No existe en realidad ni siquiera el concepto de un designio o economía de la salvación, todo aparece predeterminado desde la eternidad en el decreto inescrutable de Alá, dependiente exclusivamente de su voluntad, que crea la realidad continuamente, en todos sus aspectos.
Los apelativos de “clemente, misericordioso” dados a Alá no deben, por tanto, inducir a engaño. “Misericordioso”, referido a la divinidad, es además preislámico, se lo ha encontrado esculpido en las lápidas de las tumbas. Se trata, en cualquier caso, de una “misericordia”, nota el Padre Moussali, que es más bien benevolencia de un dueño absoluto hacia su siervo. Ella no incluye el concepto de “amor al prójimo” (y “por amor de Dios”), noción del todo desconocida para el islam, para el cual “el prójimo” (prochain) es en realidad “el vecino” (proche), determinado inicialmente por la solidaridad tribal y luego por la pertenencia a la comunidad musulmana, a la Ummah o comunidad de los creyentes en Alá, que avanza como una compacta falange contra todo el resto del mundo, para conquistarlo.
Muy distinto es, por tanto, el Ibrahim coránico del auténtico. Él es presentado como el tipo del sometido a Dios (muslim) porque habría profesado un monoteísmo puro o sincero (hanif), absoluto, representado por una incondicionada sumisión a un Dios único como el que aparece en el Corán: “Yo, en verdad, vuelvo el rostro hacia aquel que ha creado los cielos y la tierra, como hanif, y no soy politeísta” (sura 6 o del rebaño, 79). [...]
Este Dios que se presenta de tal modo, no hace por tanto pactos con el hombre. Él es sobre todo “el Altísimo”, “el Dueño”, “el Dominador” (sura 49 o de las habitaciones internas, 23), del cual el hombre es el siervo, el esclavo (abd). [...] Mahoma construye la figura de Abraham como prototipo del “musulmán” de manera que excluya Antiguo y Nuevo Testamento de la verdadera Revelación. Dice, en efecto, el Corán: “¡Oh gente del Libro [judíos y cristianos], por qué disputáis acerca de Abraham, mientras que la Torá y el Evangelio no han sido hechos descender sino después de él? ¿No comprenderéis nunca la verdad? Abraham no era judío ni cristiano: era más bien hanif y muslim y no era politeísta” (sura 3, 60-61).
El Corán pone, por tanto, a Abraham en oposición al Antiguo y al Nuevo Testamento, afirmando que no era “ni judío ni cristiano” y lo une directamente al Corán, el cual, contra los dos Testamentos, testimoniaría el verdadero monoteísmo abrahámico, de modo que permita al islam autodefinirse “religión de Abraham” (millat Ibrahim)”.
Padre Giovanni Cavalcoli, 24 de marzo de 2021 a las 21:06
EliminarQuerido Bruno,
he leído con gusto la interesante síntesis que has presentado acerca de la concepción islámica de la figura de Abraham.
Es necesario, sin embargo, tener presente que, para el católico, la Iglesia, cuando trata de los atributos divinos, también en referencia a la religión islámica, nos da una interpretación veraz de la naturaleza divina, una interpretación mejor que la de los mismos islámicos.
Así también, en lo que respecta a la figura de Abraham, como bien sabes, la Nostra Aetate 3, para nosotros los católicos interpreta verazmente la figura de Abraham de un modo compartible también para los musulmanes.
Esto no impide apreciar las interpretaciones de la figura de Abraham hechas por estudiosos cristianos y musulmanes. Sin embargo, como católico, yo estoy obligado a considerar decisivamente autoritativo en esta materia la enseñanza del Papa y del Concilio.
Como ya te he dicho al respecto, es muy significativo el consenso que a la oración del Papa ha venido del mundo islámico.
Siendo así las cosas, debemos darnos cuenta de que el Papa Francisco, por primera vez en la historia de las relaciones de los Papas con el islam, es el primer Papa que, por gracia de Dios, ha logrado obtener el consenso del islam en la interpretación del monoteísmo y de la figura de Abraham.
Sea bien entendido que, si queremos ser realistas, sobre esta cuestión del verdadero Dios y de la verdadera figura de Abraham, permanecen puntos de contraste entre el Corán y la Biblia. Sin embargo, el paso que el Papa Francisco ha logrado dar junto con el mundo islámico sobre estos puntos fundamentales relativos a la salvación de la humanidad, se presenta como un giro histórico de capital importancia que abre el ánimo de todos los amantes de la paz y los cultivadores de la religión a la esperanza de que, sobre esta base común, podamos construir ulteriormente, disipando equívocos y corrigiendo errores, una humanidad fraterna que pueda olvidar los seculares conflictos sangrientos del pasado.
Dorotea Lancellotti, 17 de marzo de 2021
ResponderEliminar¿Puedo hacer una reflexión con preguntas para recibir, si es posible, una respuesta sencilla? ¿Para qué sirve entonces convertirse a Cristo? Si yo fuera musulmana, ¿qué razones tendría para hacerme cristiana? Si mi imán está “iluminado por Dios” (como ha afirmado el Papa), ¿para qué me sirve el sacerdote y el mismo Cristo? Comprendo todas las necesidades del momento crítico (y contra Dios) que estamos viviendo y sé bien que se esconden detrás de estas elecciones muchas buenas intenciones, pero no es con estas que se salva uno, no solo con estas… ¿o me equivoco?
Y finalmente, ¿qué fin tiene la advertencia de Cristo: «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura. Quien crea y sea bautizado será salvado, pero quien no crea será condenado…» (Mc 16,15-20)?
Mi intención no es polémica, lo sigo y he leído las entregas que usted ha dedicado al tema, pero… no encuentro en absoluto respuestas para comprender… mientras que la doctrina de los santos evangelizadores me enseña algo muy distinto. ¿O me equivoco? 🙏
Quisiera, si es posible, una respuesta con los “sí, sí y el no, no”… doctrinalmente hablando 😉
Padre Giovanni Cavalcoli, 18 de marzo de 2021
EliminarQuerida Dorotea,
veo en ti el espíritu misionero dominicano, franco y abierto, diría un espíritu ardiente cateriniano. Debes, sin embargo, comprender que el Papa, en su actitud hacia los musulmanes, está siguiendo el ejemplo de gran sabiduría evangelizadora de Santo Tomás, aunque no lo nombre. Me explico. Tú sabrás que para Santo Tomás la fe se alcanza partiendo de la razón. Es el mismo método de Jesucristo. Por lo cual, si quieres conducir a alguien a creer en Cristo, debes partir de aquellas verdades racionales que ya acepta.
Sería impío pensar que el Papa no quiera conducir a los musulmanes a Cristo. En cambio, no hace otra cosa que enseñarnos, con su modo de tratar con ellos, el método justo para alcanzar este fin. ¿Qué verdad admiten ahora los musulmanes? Que existe un único Dios creador del cielo y de la tierra, omnipotente y providente, justo y misericordioso. Pues bien, esto es ya un paso para que un día lleguen a descubrir a Cristo.
Las razones que pueden inducir a un musulmán a hacerse cristiano las he expuesto brevemente en un artículo mío en este blog. El Papa por ahora no las expone a ellos porque los musulmanes no están todavía dispuestos a comprenderlas, aún demasiado fascinados por su Mahoma.
Si el Papa ha hecho elogios de sus imanes, no significa que él no tenga en su ánimo la secreta esperanza de hacerles comprender cuánto es más importante, para alcanzar a Dios, seguir la guía del sacerdote cristiano. Pero estamos siempre en lo mismo: es necesario que Dios abra su corazón a la escucha. Cuando nos demos cuenta —y esperamos que pronto, después de 14 siglos de espera— de que están listos para acoger a Cristo, entonces se lo anunciaremos.
Mientras tanto, el Papa les ha hecho tomar el camino justo al hacerles aceptar la verdad de que somos todos hermanos bajo la única paternidad de Dios. Un paso a la vez, sin prisa, como una buena madre que enseña a su niño a caminar: no puede pretender que tenga el mismo paso que ella.
Dorotea Lancellotti, 18 de marzo de 2021
ResponderEliminarEstimado padre Giovanni Cavalcoli – gracias de corazón 🙏🤓 sí… muy interesante y en efecto es lo que estoy madurando lentamente yo misma… un recorrido arduo iniciado con Juan Pablo II teniendo en cuenta su primer discurso pronunciado en Casablanca a los musulmanes…
Una sola pregunta me deja todavía perpleja: ¿cómo se puede aceptar, para un católico, que un musulmán, en cuyo Corán está escrita la negación de Jesús-Dios y la negación literal de la Santísima Trinidad, pueda ser, como afirma el papa Francisco, “ILUMINADO POR DIOS”?
No me escandaliza que un papa pueda y deba (como todos nosotros) tener sentimientos de esperanza y hacer también elogios a quienes los merecen, aunque fueran no católicos… entendiéndose bien sobre el verdadero BIEN COMÚN… Lo que me deja perpleja es ese ser iluminado por Dios de quien, al Dios verdadero, no lo conoce en absoluto y que lee, en su Corán, que Él NO es el Cristo… y de tal modo actúa…
Una cosa, como bien sabemos, es la permisión de Dios, otra cosa es iluminar… como por lo demás nos enseña el mismo Evangelio, sin por ello excluir los caminos misteriosos del Espíritu Santo, los caminos extraordinarios… pero deteniéndose siempre en el principio de no contradicción, a partir precisamente de los Evangelios que en la materia son clarísimos, ¿o me equivoco?
Gracias por su paciencia…
Querida Dorotea,
Eliminarun imán de buena fe y de buena voluntad, que adora al Dios Único, con recta conciencia, es iluminado no en el sentido de que reciba verdades sobrenaturales, sino que es iluminado en su razón, sobre lo que es el Dios de la razón, del cual, tú sabes bien, con cuánta sabiduría habla Santo Tomás.
Padre Giovanni Cavalcoli, en efecto el Papa va con pies de plomo… porque si comienza el discurso: “Jesús es el verdadero Dios muerto y resucitado” obtendría un rechazo categórico… El Papa lanza la palabra y cuando sea el momento nuestro Señor actuará con poder. ¿Recuerdan que el Papa donde va celebra la Misa?.. ellos la escuchan con alegría… El momento de Jesús llegará… El Papa lanza la semilla y en el momento oportuno nuestro Señor cumplirá el milagro… muchísimos durante la oración en el Espíritu se convierten a Cristo… y pienso que también muchos se convertirán cuando sea el momento y acogerán a nuestro Señor. Y ellos mismos pedirán el bautismo.
ResponderEliminarLa semilla es lanzada y en el tiempo justo dará sus frutos.
EliminarEstimado Salvatore,
Eliminaróptimas consideraciones. Estoy perfectamente de acuerdo. Esto significa razonar como cristiano.
Padre, son 40 años que los varios Papas del post Concilio usan el presunto método de Santo Tomás. ¿Resultados a la vista? No se ven.
ResponderEliminarAdemás, no parece que Santo Tomás con la religión islámica fuera indulgente.
Fran Catini los resultados no debemos necesariamente verlos “nosotros” 😉 nosotros mismos somos fruto del martirio y de los verdaderos cristianos del pasado y de su testimonio de Fe 😉
EliminarQuerido Fran,
Eliminardebes considerar los pasos adelante que se han dado con el mundo islámico, a partir del Concilio. Se trata de superar 14 siglos de guerras sangrientas. Sé que la meta está todavía lejana, pero lo importante es caminar. El Papa Francisco nos hace caminar. ¿Su paso te parece demasiado lento? Respetemos los tiempos de Dios.
No creo que, para poder seguir siendo católicos, debamos ir contra nuestra inteligencia. Quizá baste decir que la Iglesia ha errado mucho en el pasado por exceso de defensa y exceso de poder contra otras religiones y ha tenido que pedir perdón; en el futuro quizá, en cambio, deba pedir perdón a sus propios fieles por haber dejado de lado las verdades católicas. Por el momento no queda más que rezar.
ResponderEliminarQuerida Martina,
Eliminarestaría bastante de acuerdo en reconocer que hoy en la pastoral estamos viviendo un período de descuido y de secularismo, al cual es necesario poner remedio.
Padre, se trata de ilusiones. Peligrosas, además.
ResponderEliminarUn poco como hace treinta años se charlaba de familia europea y de muerte de los particularismos nacionalistas: son todas cosas que conciernen a las élites, no a la base. Las élites son más semejantes entre sí de lo que lo son con su propia base de referencia. Es obvio que el Papa Francisco está más cercano culturalmente y por vocación a los representantes del islam que encuentra en los congresos oficiales de lo que lo está con las ancianas de la parroquia. De modo semejante, el imán de turno con el que se encuentra está más cercano a los Papas de lo que lo está con las masas que representa.
Pero, luego, a determinar el curso de los acontecimientos son precisamente esas bases. Las élites pasan, las culturas, las naciones, las identidades permanecen.
Todo el llamado “diálogo” no es nada más que un espectáculo televisivo.
Querido Fran,
Eliminaryo creo que debemos tener confianza en los guías espirituales tanto cristianos como islámicos. Pienso también que las masas, hoy por hoy, están más atrasadas respecto a los resultados alcanzados en el encuentro de Abu Dabi. Sin embargo, creo y espero que el prestigio moral de los respectivas guías, que han realizado este encuentro, pueda tener en las masas algún efecto benéfico.
Aclaro a los lectores, que esta última serie de intervenciones, tanto de lectores como del padre Cavalcoli, datan de la misma fecha del artículo, es decir, de marzo de 2021, y han sido publicados en las redes sociales del padre Cavalcoli.
ResponderEliminar