viernes, 20 de marzo de 2026

El problema serio no son los lefebvrianos, sino Rahner (3/5)

¿Puede la Iglesia sobrevivir al embate del modernismo sin traicionar la verdad recibida de Cristo y los Apóstoles? ¿Qué significa realmente obedecer al Concilio Vaticano II: fidelidad o ruptura? ¿Es Rahner el nuevo Lutero que sedujo a episcopados enteros, debilitando la autoridad del Magisterio? ¿Cómo se explica que Pablo VI haya sufrido como un Cristo crucificado, mientras Juan Pablo II y Ratzinger combatían con firmeza el relativismo moral y doctrinal? ¿Qué nos enseña la oposición entre progresismo e integrismo sobre la auténtica Tradición viva de la Iglesia? Esta tercera parte del ensayo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a discernir, con severidad y misericordia, entre lo que edifica y lo que destruye a la Iglesia en nuestro tiempo. [En la imagen: Albino Luciani, papa Juan Pablo I].

El problema serio no son los lefebvrianos, sino Rahner
Cómo resolver las divisiones en la Iglesia?

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, cuya tercera parte ha sido publicada en su blog el 19 de marzo de 2026. Versión original en lengua italiana: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-problema-serio-non-sono-i-lefevriani_01207583365.html)

Tercera Parte (3/5)

El episodio doloroso de la «Humanae vitae»

El inesperado retorno del modernismo se dio ya en el inmediato postconcilio, con la amarga sorpresa de que esta vez no eran solamente los teólogos, como en tiempos de San Pío X, sino incluso ciertos Obispos quienes estaban infectados. Se trata del famoso episodio del Catecismo holandés de 1966, que fue aprobado por la Conferencia episcopal de Holanda y que San Pablo VI tuvo que hacer corregir por una comisión de Cardenales, debido a que contenía numerosas herejías.
De modo semejante, el Episcopado alemán, el 22 de septiembre de 1967, publicó una Carta pastoral en la cual afirmaba que las enseñanzas pontificias, perpetuamente verdaderas y por tanto no revisables ni reformables, que no pueden ser erradas, son solo aquellas que tienen por materia nuevos dogmas, es decir, verdades de fe solemnemente definidas como tales ¹.
Negaban, por tanto, que pudieran ser inerrantes e irreformables también aquellas enseñanzas que tienen por materia verdades de razón, cuya negación implica la negación de una verdad de fe. Recientemente, estos grados de autoridad —según los cuales, por lo demás, los Papas siempre han enseñado— han sido objeto de una especial codificación por San Juan Pablo II en la Carta apostólica Ad tuendam fidem de 1998 ², que he comentado en varias ocasiones en estos últimos años.
Por el contrario, San Pablo VI, en la encíclica Humanae vitae, publicada en 1968, en pleno período turbulento de la llamada «contestación», reivindica esta autoridad del Magisterio de la Iglesia también en materia de ética natural, en cuanto ella está necesariamente conectada con el dato revelado. Si la Iglesia se equivocara en la interpretación de los contenidos de la ética natural, resultaría que también podría equivocarse en el campo de la ética cristiana, cosa que para el católico es inadmisible. Dice el Papa:
«Ningún fiel querrá negar que al Magisterio de la Iglesia le corresponde interpretar también la ley natural. Es, en efecto, incontestable, como han declarado varias veces nuestros predecesores, que Jesucristo, comunicando a Pedro y a los Apóstoles su divina autoridad y enviándolos a enseñar a todas las gentes sus mandamientos, los constituyó custodios e intérpretes auténticos de toda la ley moral, no solo de la ley evangélica, sino también de la natural, esta igualmente expresión de la voluntad de Dios, cuyo cumplimiento fiel es asimismo necesario para la salvación» (n. 5).
¿Se puede acaso pensar que los Apóstoles y, por tanto, sus sucesores bajo la guía de Pedro sean en esta materia falibles? ¿Se equivocan al indicarnos los caminos del Evangelio?
Pero he aquí que, a raíz de la publicación de la encíclica, Rahner osa acusar al Papa de equivocarse, negando su competencia en el campo de la ley natural, haciendo eco al error de los Obispos alemanes y añadiendo de su parte un concepto de la ley natural no como dato objetivo querido por Dios al crear la naturaleza humana, sino como ley establecida por el hombre, al cual, en virtud de su naturaleza, sería lícito «manipular la naturaleza» ³, así como se maneja la masa para hacer el pan; una naturaleza cuyas finalidades no están presupuestas al obrar del hombre ni son regla de dicho obrar, sino que corresponde al mismo hombre determinarlas en virtud de su libertad.
Rahner realiza este acto de rebelión contra el Papa porque se siente apoyado por los Obispos alemanes, quienes evidentemente habían sido seducidos por Rahner, que aparece así como un nuevo Lutero que sacude Alemania. Pero la reacción negativa hacia el Papa no fue solo de los alemanes: otros Episcopados, aunque no con la desfachatez de los alemanes, dejaron entrever que no estaban en desacuerdo con ellos.
¿Qué hizo el Papa? En otros tiempos Rahner habría sido excomulgado. Pero esta vez el Papa se encontraba con que incluso algunos Episcopados apoyaban a Rahner. El Papa no se sintió con fuerzas para censurar a los Obispos; continuó, sin embargo, afirmando la mencionada competencia de la Iglesia, que es un dato cierto de la apologética, de la tradición y de la misma doctrina de la Iglesia. En esta conjura debió de haber tenido parte el mundo protestante y probablemente la misma masonería. En su momento he mostrado, junto con el padre Paolo Siano, estudioso de la masonería, la afinidad del pensamiento rahneriano con el masónico ⁴.
El Papa, al no sentirse en condiciones de tomar medidas disciplinarias, soportó el terrible agravio y la ofensa hecha a Cristo en su Vicario, sufriendo en la cruz. Por esto la santidad de Pablo VI no fue la de un Cristo triunfante, sino la de un Cristo crucificado. En cualquier caso, el Magisterio de Pablo VI contiene de hecho muchas cosas contra Rahner, aunque nunca se lo nombre. Pero también este silencio sobre un teólogo de tan vastísima producción es algo muy significativo.
Posteriormente, Ratzinger, sucesor de Pablo VI, se dio cuenta de la gravísima situación, y al publicar en 1982 Die grundlehre der katholische Theologie(Les principes de la théologie catholique), pronunció esta gravísima acusación ⁶:

«Rahner tiene un concepto de libertad que conviene solo a Dios»

Para Rahner, el hombre es libertad. ¿Cómo podría reconocer y obedecer una ley moral natural fija e inmutable, impuesta por un Dios trascendente mediante un ser humano como el Papa? Estamos en pleno luteranismo, más aún, en pleno panteísmo hegeliano.
La escandalosa rebelión contra la Humanae vitae abrió una brecha en el edificio de la ética sexual, la cual en los decenios siguientes habría de provocar el derrumbe total de la ética sexual, como en nuestros días, en los que se han difundido vicios morales que eran censurados incluso por los antiguos paganos.
A San Pablo VI le sucedió, como es sabido, Juan Pablo I, de quien recordamos su misteriosa y repentina muerte después de apenas un mes de pontificado, mientras se disponía a hacer una severa advertencia a los Jesuitas, que pocas semanas después habrían de tener su XXXIII Congregación. Él era muy consciente de cómo la Compañía había cedido a los errores de Rahner.
Como narra el jesuita Malachi Martin ⁷, el Papa estaba orientado a disolver la Compañía a causa de la presencia en ella del rahnerismo. El jesuita Antonio Caruso ⁸, que fue colaborador de Juan Pablo II en la Secretaría de Estado, cuenta que la XXXIII Congregación de la Compañía, celebrada inmediatamente después de la muerte del papa Luciani, por desgracia no tomó las debidas medidas para evitar el rahnerismo. Solo la muerte impidió al papa Luciani llevar a cabo su proyecto. San Juan Pablo II —relata siempre Martin— apenas elegido Papa, tenía también en mente la misma cosa, si no hubiera sido disuadido por el Secretario de Estado, cardenal Casaroli.
En cuanto a San Juan Pablo II, sabemos con cuánta energía sostuvo la absolutidad de los valores morales y, en especial, defendió la doctrina de la Humanae vitae y la absoluta obediencia que se debe a la ley moral ⁹, que establece lo que es «intrínsecamente» bueno y malo para el hombre, aunque el hombre indudablemente tenga un amplio espacio de libertad en la elección de la aplicación personal y original de la ley ¹⁰ y la facultad de suspenderla en ciertos casos en nombre de la epiqueya ¹¹.
San Juan Pablo II sostuvo ciertamente el tomismo, como lo demostró en la encíclica Fides et Ratio y en la carta personal sobre Maritain que escribió a Giuseppe Lazzati, rector de la Universidad Católica de Milán, con ocasión de un congreso sobre Maritain en 1982 ¹².
Antes de ser Papa, Wojtyla había sido discípulo de Roman Ingarden, un filósofo husserliano, y sin embargo se doctoró en teología en el Angelicum de Roma en 1948 bajo la dirección de Garrigou-Lagrange. Wojtyla interpretó la fenomenología husserliana no como sustitución idealista del realismo tomista, sino como experiencia o intuición del aparecer del ser a la conciencia, preparatoria e introductoria a la intelección del ser externo a la conciencia, puesto por Dios y no por la conciencia, como creía Husserl.
Una operación de este género la realizó Edith Stein, también discípula de Husserl, pero posteriormente pasada al tomismo. Wojtyla supo captar el concepto de intencionalidad común al realismo y al idealismo husserliano, pero al mismo tiempo asumió el sentido tomista de ese concepto, de modo que salvó el realismo de la distinción entre pensamiento (intención) y ser (la realidad), allí donde el idealista confunde lo uno con lo otro.
San Juan Pablo II publicó además, con la ayuda de Ratzinger, contra el rahnerismo dos poderosas encíclicas: la Veritatis Splendor, para afirmar la absolutidad y la fundamentación teológica de los valores morales, contra el relativismo moral de Rahner; y la Fides et Ratio, para mostrar la armonía entre fe y razón, contra el fideísmo, el racionalismo, el cientificismo, el fenomenismo, el idealismo, y a favor de la validez del realismo, proponiendo nuevamente a Santo Tomás.
Mientras tanto, Ratzinger, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante todo el pontificado de Juan Pablo II, publicó numerosos documentos contra los rahnerianos. La misma teología de la liberación, como había demostrado Johann Baptist Metz, podía derivarse de la ética social de Rahner, así como el mismo Marx fundó su materialismo en el idealismo hegeliano.

El caso Severino ¹³

Un enfrentamiento imprudente con la filosofía moderna puede conducir no solo a un falso cristianismo, sino también a la pérdida total de la fe. Es lo que le ocurrió al conocido filósofo Emanuele Severino, antiguo docente de la Universidad Católica de Milán, apartado de la enseñanza en 1970 a raíz de una censura de la Congregación para la Doctrina de la Fe, por haberse dejado influir de tal modo por el monismo panteísta parmenídeo, que terminó cayendo en el ateísmo y acusando al cristianismo de nihilismo.
En todo el pontificado de San Pablo VI este fue el más importante y valiente de los actos disciplinarios en el campo doctrinal, con mención explícita del autor, intervención que demuestra los peligros que se dan al acercarse a la filosofía moderna proveniente de Parménides en la línea Descartes-Kant-Hegel, sin hacer uso de un criterio tomista de evaluación. El caso Severino debe catalogarse, por tanto, como uno de los aspectos del modernismo renacido en el postconcilio. El caso Severino es semejante al de Rahner: ambos se basan en el idealismo alemán en cuanto corrompen el auténtico pensamiento cristiano.
La diferencia está en que, mientras el panteísmo severiniano es de cuño eternalista (el ser es necesario, eterno e inmutable), el de Rahner es de forma historicista (el ser es devenir, temporalidad, historia y cambio), proveniente de Hegel. Además, mientras Severino se convirtió en un claro enemigo del cristianismo, Rahner logró conservar la fe cristiana.
Tanto Severino como Hegel identifican el ser con el devenir, con la diferencia de que, mientras Hegel da el primado al devenir sobre el ser, Severino da el primado al ser sobre el devenir. Para ambos el devenir es contradictorio, con la diferencia de que, mientras para Hegel la contradicción prevalece sobre la identidad según el famoso esquema dialéctico de la identidad del ser con el no-ser, para Severino, en cambio, la contradicción es el aparecer del ser.
Una vicisitud semejante a la de Severino fue la de Gustavo Bontadini ¹⁴, también docente en la Católica, quien, igualmente atraído por el parmenidismo y el idealismo gentiliano, pero como católico atento también a Santo Tomás, pensó que podía encontrar un fundamento idealista para el realismo tomista: un proyecto típicamente modernista, puesto que es a la luz de Santo Tomás que debe examinarse el idealismo y no viceversa. En cualquier caso, Bontadini permaneció católico, pero, como Rahner, propone un progreso del pensamiento católico no en la línea del Concilio Vaticano II, sino con orientación modernista.

Ratzinger y Rahner

Interesante fue la relación de Rahner con Ratzinger. Al inicio, amigos y colaboradores durante los trabajos del Concilio, terminado este surgió la famosa revista Concilium, que se presentaba como destinada a promover la reforma conciliar, pero en realidad inspirada en el modernismo rahneriano, que ya se manifestaba abiertamente después de que, durante los trabajos conciliares, Rahner lo había mantenido oculto, razón por la cual pudo gozar de la estima de muchos, incluso enemigos del modernismo.
Ratzinger, en un primer momento, se unió a los fundadores de la revista, pero pronto, al darse cuenta de la orientación que estaba tomando el periódico, se apartó y fundó junto con Von Balthasar la revista Communio. Ratzinger, al percatarse del trasfondo hegeliano de la teología de Rahner, le dirigió una crítica severísima, acusándolo, como ya hemos visto, de panteísmo ¹⁵.
En ese momento Ratzinger entró en la estima de San Juan Pablo II, quien, habiéndolo hecho cardenal, lo promovió a Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Esto le permitió censurar a diversos rahnerianos. Pero estos se lo guardaron en el corazón, organizaron una campaña denigratoria contra él durante todo el curso de su pontificado, hasta causarle la dimisión por obra de la mafia de San Gallo, encabezada por los rahnerianos cardenales Martini y Lehmann ¹⁶, quienes orquestaron la elección de papa Francisco esperando que recomendara a Rahner, pero tuvieron una amarga decepción cuando el papa Francisco, en 2024, presentó en cambio a Santo Tomás como modelo de teólogo.
¿Por qué motivo la mafia de San Gallo promovió el pontificado de Francisco? Probablemente porque esperaban instrumentalizarlo aprovechando su escasa aptitud para la teología, que, a su juicio, habría permitido la difusión de las ideas de Rahner, y además con la esperanza de que consintiera en la propagación de un rahnerismo popular hecho de buenismo, dialoguismo, misericordismo, laxismo moral, indiferentismo religioso, escaso sentido litúrgico, manía del progreso, antipatía por la tradición, relativismo y historicismo dogmático, desvalorización de la autoridad pontificia, derribo de la jerarquía, populismo eclesial, secularización de la Iglesia, culto de la diversidad.
En cambio, el papa Francisco, desde el inicio de su pontificado, gracias al carisma petrino, dio prueba de no ser tan desprevenido como los martinianos creían: desde su primera encíclica, la Evangelii gaudium ¹⁷, dejó bien en claro que estaba por el realismo contra el idealismo, aunque alguna de sus frases haya podido ser aproximada al rahnerismo y La Civiltà Cattolica se haya esforzado en vano por presentarlo como filorahneriano.
Por lo demás, el papa Francisco ha dado prueba de estar plenamente a la altura de su oficio también desde el punto de vista doctrinal con algunos actos importantísimos, como la condena del gnosticismo ¹⁸, del pelagianismo, del nihilismo, sus enseñanzas sobre el demonio, el acuerdo cristiano-islámico de Abu Dabi y la renovada recomendación de la doctrina de Santo Tomás en 2024. Además, también sus enseñanzas en el campo ecológico y social poseen con pleno derecho el carácter doctrinal que compromete la inerrancia del Magisterio pontificio.
Gravísima oposición rahneriana se presentó contra el papa Benedicto con ocasión de su proyecto de hablar en la Universidad de Roma, proyecto que, como es sabido, fue bloqueado por un grupo de docentes encabezados por el profesor Marcello Cini, quien, en la motivación del rechazo, usó palabras que probablemente provienen de la masonería, pero que reflejan puntualmente la concepción rahneriana inmanentista, de inspiración hegeliana, extrema consecuencia del luteranismo.
Él acusa al Papa de: «haber intentado expropiar la esfera de lo sagrado “inmanente en la profundidad de los sentimientos y de las emociones de cada ser humano, por parte de una institución que reivindica la exclusividad de la mediación entre lo humano y lo divino”».
Estas falsas afirmaciones habrían merecido del Papa una puntual refutación, que habría puesto en evidencia la inspiración rahneriana de aquella declaración. Lamenta uno que el Papa no lo haya hecho, quizá para no provocar a los poderosos rahnerianos. Pero, por desgracia, las delicadezas no sirvieron para atenuar la hostilidad de los rahnerianos, hasta que esta encontró satisfacción al poner al Pontífice en condiciones de no sentirse ya capaz de gobernar. Y no tengo noticia de que algún teólogo católico de relieve haya tomado la defensa del Papa.
La oposición modernista a Benedicto XVI vino sobre todo de los seguidores del cardenal Martini, quien, pocos meses antes de su muerte y aún reinante Benedicto, tuvo la desfachatez de escribir en el Corriere della Sera que la Iglesia nunca había estado tan bien como hoy, que tenemos grandes teólogos como Rahner, mientras que «la Iglesia de Benedicto XVI se ha quedado atrás dos siglos».
San Juan Pablo II, en cambio, encontró un válido colaborador en Ratzinger en la lucha contra el modernismo. Junto a Ratzinger escribió las dos poderosas encíclicas Fides et Ratio y Veritatis Splendor. Ratzinger estuvo a su lado en la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica, publicado en 1992. Testimonio de esta gran confianza del santo Pontífice en Ratzinger es una carta personal suya del 8 de abril de 1988 al cardenal, con la cual lo incita y anima en la difícil y valiente obra de purificación intelectual de la Iglesia. He aquí las palabras del santo Pontífice ¹⁹:
«En este período litúrgico, en el que hemos revivido, en las celebraciones de la Semana Santa, los acontecimientos pascuales, adquieren para nosotros una peculiar actualidad las palabras con las cuales Cristo Señor dio a los Apóstoles la promesa de la venida del Espíritu Santo: “Yo rogaré al Padre y él os dará otro Consolador para que permanezca con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad… que el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 16-17. 26).
La Iglesia en todos los tiempos ha sido guiada por la fe en estas palabras de su Maestro y Señor, en la certeza de que gracias a la ayuda y asistencia del Espíritu Santo permanecerá para siempre en la Verdad divina, conservando la sucesión apostólica mediante el Colegio de los Obispos unido con su Cabeza, sucesor de san Pedro.
La Iglesia ha manifestado tal convicción de fe también en el último Concilio, que se reunió para reconfirmar y reforzar la doctrina de la Iglesia heredada de la Tradición existente ya desde casi veinte siglos, como realidad viviente que progresa en relación con los problemas y necesidades de cada tiempo, profundizando la comprensión de cuanto ya está contenido en la fe transmitida una vez para siempre (cf. Jds 3). Tenemos la profunda convicción de que el Espíritu de verdad, “que habla a la Iglesia” (cf. Ap 2, 7. 11. 17 y otros), ha hablado de modo particularmente solemne y autoritativo mediante el Concilio Vaticano II, preparando a la Iglesia para entrar en el tercer milenio después de Cristo. Dado que la obra del Concilio en su conjunto constituye una reconfirmación de la misma verdad vivida por la Iglesia desde el inicio, ella es, al mismo tiempo, “renovación” de la misma verdad (un “aggiornamento” según la conocida expresión del papa Juan XXIII), para acercar tanto el modo de enseñar la fe y la moral, como también toda la actividad apostólica y pastoral de la Iglesia, a la gran familia humana en el mundo contemporáneo. Y es sabido cuánto este “mundo” es diversificado e incluso dividido.
Mediante el servicio doctrinal y pastoral de todo el Colegio de los Obispos en unión con el Papa, la Iglesia asume las tareas relativas a la realización de todo lo que se ha convertido en herencia específica del Vaticano II. Esta solicitud colegial encuentra su expresión, entre otras cosas, en las reuniones del Sínodo de los Obispos. Un recuerdo particular merece en este contexto la Asamblea extraordinaria del Sínodo de 1985, celebrada con ocasión del 20º aniversario de la conclusión del Concilio, la cual puso de relieve las tareas más importantes vinculadas con la aplicación del Vaticano II, constatando que la enseñanza de dicho Concilio sigue siendo el camino por el cual la Iglesia debe caminar hacia el futuro, confiando sus esfuerzos al Espíritu de verdad. En referencia a tales esfuerzos, asumen particular relevancia los deberes de la Santa Sede en favor de la Iglesia universal, tanto mediante el ministerium petrinum del obispo de Roma, como también mediante los organismos de la Curia romana, de los cuales él se sirve para la realización de su ministerio universal. Entre estos, la Congregación para la Doctrina de la Fe, guiada por usted, señor cardenal, tiene una importancia particularmente relevante.
En el período posconciliar somos testigos de un gran trabajo de la Iglesia para que este “novum” constituido por el Vaticano II penetre de modo justo en la conciencia y en la vida de las diversas comunidades del Pueblo de Dios. Sin embargo, junto a este esfuerzo se han hecho vivas tendencias que, en el camino de la realización del Concilio, crean cierta dificultad. Una de estas tendencias se caracteriza por el deseo de cambios que no siempre están en sintonía con la enseñanza y con el espíritu del Vaticano II, aunque intenten hacer referencia al Concilio.
Estos cambios querrían expresar un progreso, y por ello esta tendencia se designa con el nombre de «progresismo». El progreso, en este caso, es una aspiración hacia el futuro que rompe con el pasado, sin tener en cuenta la función de la Tradición, la cual es fundamental para la misión de la Iglesia, a fin de que pueda permanecer en la Verdad transmitida por Cristo Señor y por los Apóstoles, y custodiada con diligencia por el Magisterio.
La tendencia opuesta, que suele definirse como «conservadurismo» o bien «integrismo», se detiene en el pasado mismo, sin tener en cuenta la justa aspiración hacia el futuro, tal como se manifestó precisamente en la obra del Vaticano II. Mientras la primera tendencia parece reconocer como correcto lo que es nuevo, la otra ve lo correcto únicamente en lo «antiguo», considerándolo sinónimo de Tradición. Sin embargo, no es lo «antiguo» en cuanto tal, ni lo «nuevo» por sí mismo lo que corresponde al concepto correcto de la Tradición en la vida de la Iglesia.
Este concepto significa, en efecto, la fiel permanencia de la Iglesia en la verdad recibida de Dios, a través de las cambiantes vicisitudes de la Historia. La Iglesia, como aquel dueño de casa del Evangelio, extrae con sabiduría «de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas» (cf. Mt 13, 52), permaneciendo absolutamente obediente al Espíritu de verdad que Cristo ha dado a la Iglesia como Guía divina. Y la Iglesia realiza esta delicada obra de discernimiento mediante el Magisterio auténtico (cf. Lumen gentium, n.25).
La posición que asumen las personas, los grupos o los ambientes vinculados con una u otra tendencia puede ser comprensible en cierta medida, particularmente después de un acontecimiento tan importante como lo fue en la historia de la Iglesia el último Concilio. Si por una parte este ha suscitado una aspiración a la renovación (y en ello se contiene también un elemento de «novedad»), por otra, algunos abusos en el camino de esta aspiración, al olvidar los valores esenciales de la doctrina católica sobre la fe y la moral y en otros campos de la vida eclesial, por ejemplo en el litúrgico, pueden y hasta deben suscitar una justa objeción.
Sin embargo, si a causa de tales excesos se rechaza toda sana «renovación» conforme a la enseñanza y al espíritu del Concilio, entonces tal actitud puede llevar a otra desviación que también está en contraste con el principio de la viva Tradición de la Iglesia obediente al Espíritu de verdad.
  Los deberes que, en esta situación concreta, se plantean a la Sede Apostólica requieren una particular perspicacia, prudencia y visión de futuro. La necesidad de distinguir lo que auténticamente «edifica» a la Iglesia de lo que la destruye se convierte en este período en una exigencia especial de nuestro servicio respecto de toda la comunidad de los creyentes.
La Congregación para la Doctrina de la Fe tiene, en el ámbito de este ministerio, una importancia clave, como lo demuestran los documentos que en esta materia de fe y de moral ha publicado vuestro Dicasterio en los últimos años. Entre los temas de los que ha debido ocuparse la Congregación para la Doctrina de la Fe en los últimos tiempos figuran también los problemas relacionados con la «Fraternité de Pío X», fundada y guiada por el arzobispo M. Lefebvre.
Vuestra Eminencia sabe muy bien cuántos esfuerzos ha realizado la Sede Apostólica desde el inicio de la existencia de la «Fraternité», para asegurar la unidad eclesial en relación con la actividad de esta. El último de tales esfuerzos fue la visita canónica realizada por el cardenal E. Gagnon. Usted, señor cardenal, se ocupa de este caso de modo particular, así como se ocupó de él su predecesor de venerada memoria, el cardenal F. Šeper.
Todo lo que hace la Sede Apostólica, que está en continuo contacto con los Obispos y las Conferencias episcopales interesadas, apunta al mismo fin: que se cumplan también en este caso las palabras dichas por el Señor en la oración sacerdotal por la unidad de todos sus discípulos y seguidores. Todos los Obispos de la Iglesia católica, en cuanto por mandato divino solícitos de la unidad de la Iglesia universal, están obligados a colaborar con la Sede Apostólica en bien de todo el Cuerpo místico, que es también el Cuerpo de las Iglesias (cf. Lumen gentium, n.23).
Por todo ello, quiero confirmarle, señor cardenal, mi voluntad de que tales esfuerzos prosigan: no cesemos de esperar que —bajo la protección de la Madre de la Iglesia— produzcan su fruto para la gloria de Dios y la salvación de los hombres. In caritate fraterna».
Es cierto que los rahnerianos, con los diversos Grillo, Bruni, Mancuso, Faggin, Sanna, Neufeld, Sequeri, Forte, Kasper y otros, parecen hasta hoy no desistir. Difícilmente, sin embargo, encontrarán comprensión en el agustiniano papa León, sucesor del gran León XIII, promotor de la renovación tomista del siglo XIX.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 14-18 de marzo de 2026

Notas

¹ Este infausto episodio de los Obispos alemanes parece poder relacionarse con la famosa Nota Previa del Secretario del Concilio del 16 de noviembre de 1964, Mons. Pericle Felici, quien notificó que «conforme a la costumbre de los Concilios y a la finalidad pastoral del presente Concilio, este santo sínodo define como vinculante para la Iglesia solo aquello que en materia de fe y de costumbres haya declarado explícitamente como tal». Cabe notar que aquí se hace referencia a la enseñanza pastoral, no a la doctrinal. En la pastoral la Iglesia puede equivocarse —de ahí la necesidad de reformas—, pero no en la doctrina, cualquiera que sea el grado de autoridad. Por tanto, no vale apelar a esta Nota para rechazar como erradas las nuevas doctrinas del Concilio. En materia de fe y de costumbres la Iglesia no puede equivocarse. Por otra parte, el «vínculo» del que habla la Nota se refiere solo al primer grado de autoridad —el dogma definido como objeto de fe divina y católica—, pero no a los grados inferiores. Indudablemente esta Nota no brilla por claridad y se presta a creer que la Iglesia, en materia de doctrina de la fe, pueda equivocarse. A cualquier grado, si la Iglesia enseña en materia de fe, no se equivoca. Los lefebvrianos y los modernistas instrumentalizan las palabras de Mons. Felici para rechazar las nuevas doctrinas del Concilio con el pretexto de que ellas no contienen nuevos dogmas definidos. [Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 21 noviembre 1964: 
² Ad tuendam fidem, Carta apostólica de San Juan Pablo II, 1998.
³ Junto con B. Häring, Riflessioni sull’enciclica «Humanae vitae», Edizioni Paoline, 1968, p. 12.
⁴ Véase su artículo: «Karl Rahner “massonico”? Il pensiero di Karl Rahner e la cultura massonica messi a confronto», en Fides catholica, 2, 2007, pp. 315-360.
⁵ Trad. francesa: Les principes de la théologie catholique, Téqui, Paris, 1982.
⁶ Ibid., p. 188.
⁷ Véase I Gesuiti, Edizioni Sugarco, Milano, 1988, pp. 37-38.
⁸ Véase Tra grandezze e squallori, Edizioni Vivere in, Monopoli (BA), 2008, pp. 200-204.
⁸ Ibid., p.188.
⁹ El papa Wojtyla, antes de su elección al solio pontificio, fue docente de teología moral. Nos ha dejado un precioso libro, Persona ed atto, donde muestra cómo la universalidad, obligatoriedad e inmutabilidad de la ley moral se conjugan con el acto moral concreto de la persona singular en el variar de las situaciones y exigencias históricas. Consultar los estudios de Rocco Buttiglione sobre el pensamiento del Papa. También el cardenal Caffarra fue un excelente intérprete del pensamiento moral de San Juan Pablo II.
¹⁰ Aquí tiene lugar lo que hoy se llama «creatividad», expresión que, sin embargo, puede dar lugar a equívoco, porque el obrar moral no debe confundirse con el obrar artístico. ¿Confiaríamos en un médico creativo o en un ingeniero creativo? Del mismo modo, la moral no es un arte sino una ciencia, que dicta las reglas del obrar; faltando estas, se produce el fracaso y la infelicidad.
¹¹ Dicho de otro modo, equidad, de la cual ha hablado también el papa Francisco. Se trata de una forma superior de justicia ya conocida por Aristóteles, según la cual, cuando un valor superior se ve puesto en dificultad por uno inferior, este debe ceder el paso al superior, según el antiguo lema ubi maior, minor cessat. No se trata de una excepción a la ley —lícita en el caso de la ley positiva—, sino de una suspensión de la ejecución de una ley. En efecto, a la ley natural o se obedece o se suspende, pero nunca es lícito desobedecerla.
¹² Véase Jacques Maritain oggi, bajo la dirección de Vittorio Possenti, Edizioni Vita e Pensiero, Milano, 1983.
¹³ Véase la crítica que hace Fabro en su libro L’alienazione dell’Occidente, Edizioni Quadrivium, Genova, 1981.
¹⁴ Para un retrato de la personalidad filosófica de Bontadini, véase: Leonardo Messinese, Il filosofo e la fede. Il cristianesimo «moderno» di Gustavo Bontadini, Edizioni Vita e Pensiero, Milano, 2022.
¹⁵ En Les principes de la théologie catholique, Téqui, Paris, 1982, p. 188.
¹⁶ Véase el estudio sobre este perturbador fenómeno realizado por Julia Meloni, en La mafia di San Gallo. Un gruppo riformista segreto all’interno della Chiesa, Edizioni Fede&Cultura, Verona, 2023. 
¹⁷ He comentado el realismo bergogliano en mi artículo «La dipendenza dell’idea dalla realtà nell’Evangelii gaudium di papa Francesco», en PATH, 2014/2, pp. 287-316. 
¹⁸ ¿Qué son el idealismo, el modernismo y el rahnerismo sino gnosticismo?
¹⁹ Juan Pablo II, 8 de abril de 1988.  

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Quaestio: De causa principali divisionum hodiernarum in Ecclesia

Articulus tertius

Utrum Ecclesia possit errare in materia fidei et morum,
ac modernismus sit tamquam legitimus progressus accipiendus

Ad tertium sic procediturVidetur quod Ecclesia possit errare in materia fidei et morum, ac modernismus sit tamquam legitimus progressus accipiendus.
1. Quia multi theologi affirmant doctrinas pontificias esse inerrantes solummodo cum novos dogmata definiunt, non autem cum ad veritates rationis referuntur, quae reformabiles esse possunt.
2. Praeterea, hodie nonnulli tenent legem naturalem non esse datum obiectivum a Deo volitum, sed constructionem humanam quae secundum libertatem hominis manipulari potest.
3. Item arguitur quod progressus requirit rupturam cum praeterito, et Ecclesia debet vetera relinquere ut nova amplectatur tamquam signum renovationis.

Sed contra est quod Magisterium Ecclesiae habet competentiam etiam circa legem naturalem, quia Christus Apostolos et successores eorum constituit custodes et authenticos interpretes totius legis moralis, tam evangelicae quam naturalis, cuius fidelis observantia est necessaria ad salutem.

Respondeo dicendum quod Ecclesia, ad quodlibet gradum auctoritatis secundum litteras Ad tuendam fidem anno 1998 datas, non potest errare in materia fidei et morum. Modernismus postconciliaris, manifestatus in rebellione contra doctrinam moralem et in negatione immutabilitatis legis naturalis, est deviatio quae corrumpit cogitationem christianam. Oppositio inter progressismum et integrismum resolvitur in vera Traditione viva, quae non est nec vetus per se nec novum per se, sed fidelis permanencia in veritate a Deo per historiam tradita. Quapropter Magisterium, a Paulo VI usque ad Ioannem Paulum II, Benedictum XVI, Franciscum et Leonem XIV, defendit absolutitatem valorum moralium et concordiam inter fidem et rationem, tomismum iterum proponens tamquam criterium certum contra relativismum et pantheismum.

Ad primum dicendum quod Nota Praevia Concilii adhiberi non potest ad negandam inerrantiam doctrinarum, quia in materia fidei et morum Ecclesia errare non potest, etiam in suo magisterio ordinario.
Ad secundum dicendum quod lex naturalis non pendet a voluntate hominis, sed est expressio voluntatis Dei inscripta in natura humana.
Ad tertium dicendum quod verus progressus consistit in eo quod Ecclesia de thesauro suo profert nova et vetera, manens oboediens Spiritui veritatis, non autem in ruptura cum Traditione.
   
JG

3 comentarios:

  1. Como es sabido, las reflexiones publicadas por el padre Giovanni Cavalcoli son muy provechosas no sólo por sí mismas, sino también por las respuestas que generosamente ofrece el docto teólogo dominico a las intervenciones de sus lectores. Por eso, no dudo en incluir aquí las más importantes de ellas, donde se advierte también su sabiduría teológica y moral. Traduzco literalmente las intervenciones de los lectores (a veces sintetizadas) y las respuestas del padre Cavalcoli (éstas siempre íntegras).

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  2. Querido Padre Giovanni,
    al inicio de esta tercera parte, usted afirma que el Episcopado alemán, el 22 de septiembre de 1967, publicó una Carta pastoral en la cual se decía que las enseñanzas pontificias, perpetuamente verdaderas y por tanto no revisables ni reformables, no pueden ser erradas solo cuando tienen por materia nuevos dogmas, es decir, verdades de fe solemnemente definidas como tales.
    Con mucha razón usted señala que, por tanto, los Obispos alemanes negaban que pudieran ser infalibles e irreformables también aquellas enseñanzas que tienen por materia verdades de razón, cuya negación implica la negación de una verdad de fe.
    Sin embargo, debe observarse que ellos negaban también que pudieran ser infalibles e irreformables aquellas enseñanzas que tienen por materia verdades de fe y de moral, aun cuando no hayan sido solemnemente definidas como tales, es decir, enseñadas en el magisterio pontificio ordinario, como establece la constitución Dei Filius del Concilio Vaticano I.

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    1. Padre Giovanni Cavalcoli, 20 de marzo de 2026, 11:04 de Italia:20 de marzo de 2026 a las 7:30

      Querido Julio,
      la doctrina de los grados de autoridad, tradicionalmente llamada “notas teológicas”, está en el fondo dictada por el buen sentido y ha existido siempre. Tuvo una explicitación sobre todo a partir del siglo XIX.
      El hecho de que el Vaticano I se haya detenido solo en el primer grado de autoridad permitió, aunque involuntariamente, que los contestatarios del Magisterio aprovecharan la ausencia de una doctrina sobre los grados inferiores para debilitar la autoridad de esos grados.
      Una claridad definitiva vino únicamente en 1998 con la Carta Apostólica Ad Tuendam Fidem de San Juan Pablo II, la cual establece los tres grados.

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