¿Quién eres tú ante Cristo crucificado: el ladrón que reconoce su culpa y pide misericordia, o el que se rebela y se condena a sí mismo? ¿Qué significa realmente “salvación”: evitar el sufrimiento o abrazar la cruz como camino hacia la vida eterna? El padre Giovanni Cavalcoli nos invita a contemplar este episodio evangélico no como una anécdota, sino como el espejo de nuestra propia elección radical: o con Cristo en el paraíso, o contra Él en el infierno. [En la imagen: fragmento de "La Resurrección de Cristo" o "La Tumba de Pascua" o "El Triunfo de Cristo sobre la Muerte y el Pecado", óleo sobre lienzo, c. 1616, obra de Pedro Pablo Rubens, que entró en la colección de Fernando de Médici Gran Príncipe de Toscana entre 1713 y 1723 y actualmente se encuentra en la Galería Palatina del Palacio Pitti de Florencia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 4 de abril de 2026
Los dos ladrones. Hoy estarás conmigo en el paraíso
Los dos ladrones
Hoy estarás conmigo en el paraíso
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en dos partes en su propio blog: el 7 de abril de 2023: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/i-due-ladroni-oggi-sarai-con-me-in.html, y el 8 de abril de 2023: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/i-due-ladroni-oggi-sarai-con-me-in_6.html)
El famosísimo episodio de Cristo crucificado entre dos ladrones, que nos disponemos a recordar en el próximo Viernes Santo, no es, como parecen tantos relatos evangélicos, un simple hecho privado accidental, objeto de curiosidad histórica o de gusto por la anécdota, sino que es, como todos los relatos del Evangelio, más allá de su efectiva realidad histórica, el símbolo paradigmático de la condición de la humanidad ante Cristo.
Ante Él todos debemos elegir, todos realizamos nuestra elección: o con Él en el paraíso o contra Él en el infierno. No se puede ser neutrales, no se puede mantenerse al margen; no se puede evitar tomar posición; no se puede elegir a Cristo junto y al mismo nivel que otros valores, así como no podemos poner a Cristo en segundo lugar después de otro valor considerado supremo. O Cristo está por encima de todo, y entonces he aquí el paraíso. O no lo está y entonces he aquí el infierno.
El término «paraíso» viene del hebreo pardes, que significa jardín. El jardín es un ambiente delicioso y por tanto se presta bien a representar el lugar de delicias de la eterna bienaventuranza. Jesús llama reino de Dios o reino de los cielos a este lugar, es decir, la tierra nueva de la cual hablan Isaías (Is 65,17 y 66,22), san Pedro (II Pe 3,13) y el Apocalipsis (Ap 21,1). Se trata de la nueva Jerusalén que desciende del cielo, de la cual habla el Apocalipsis (Ap cc.21-22).
El paraíso para Jesús es también la «casa del Padre». Dice Él de hecho: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si no, ¿os habría dicho jamás: “Voy a prepararos un lugar”? Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré de nuevo y os tomaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros» (Jn 14,2-3). En la casa del Padre nuestra bienaventuranza consistirá en «conocer al Padre y a aquel que Él ha enviado», es decir, al mismo Jesús (Jn 17,3). Y en este conocimiento consiste la «vida eterna» (ibid.). El paraíso es por tanto también la vida eterna.
El paraíso no es de aquí abajo, sino de allá arriba. Es sí una tierra, pero una tierra celestial. Jesús expresa este concepto diciendo a los fariseos: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo» (Jn 8,23). Él es ciertamente el salvador del mundo, pero al mismo tiempo nos eleva a un mundo superior, a un mundo celestial, que Jesús llama simplemente «cielo», donde habita su Padre.
No es el simple mundo de los hijos del hombre, sino el de los «hijos de Dios». ¿De qué, entonces, nos salva Jesús? Jesús nos salva sin duda del pecado, de las miserias de la vida presente, de la muerte y del infierno, y nos hace resucitar de la muerte a la gloria celestial; pero además de esto nos hace superar lo humano y nos eleva con la gracia al mundo de lo divino. Esto es el paraíso.
Los relatos evangélicos contienen enseñanzas que conciernen a cada hombre en su relación con Dios y nos enseñan que cada uno de nosotros está puesto ante la elección de ir o no ir con Cristo al paraíso del cielo. Esto supone que cada uno de nosotros, por más que sea confusamente o implícitamente, sepa qué es el paraíso del cielo, ya que no podemos aceptar o rechazar una cosa que no conocemos. El concepto de paraíso está ciertamente aclarado en la revelación cristiana, pero está implícitamente contenido ya en las religiones naturales.
Los dos ladrones no son dos personajes cualesquiera, casuales, acerca de los cuales nosotros podríamos no reconocernos ni en el uno ni en el otro. Al contrario, ninguno de nosotros puede evitar reconocerse o en el uno o en el otro. No en ambos contemporáneamente, por el hecho de que existe una oposición radical del uno al otro. Podríamos ser tentados de hacerlo, pero sentimos que es una posición inestable y al final imposible. Debemos elegir. Y el objeto de la elección no es entre dos alternativas secundarias que puedan dejar intacta o no comprometida la elección del fin de nuestra vida. No. Tocan el sentido mismo de nuestra vida: o para Dios o contra Dios.
Toda la humanidad se reúne, pues, en torno a los dos ladrones y debe necesariamente dividirse en dos: la parte que está con el buen ladrón y la parte que está con el mal ladrón. Todos nosotros somos ladrones crucificados delante del Inocente crucificado. Es necesario aclarar qué sentido tiene esta situación. El buen ladrón ha comprendido que Cristo ha querido hacer suya nuestro sufrimiento para convertirlo en un camino hacia su reino. El mal ladrón se rebela comprensiblemente contra el sufrimiento, pero no sabe apreciar aquel valor salvífico que solo Cristo puede darle.
Los buenistas, por tanto, se equivocan al no ver esta oposición radical entre los dos ladrones. Para ellos es bueno el buen ladrón, pero en el fondo es bueno también el mal ladrón. El mal ladrón es solo frágil, no se da cuenta. Hay que compadecerlo, es un cristiano anónimo. Somos todos buenos, todos objeto de misericordia, todos perdonados, todos en gracia, todos salvos. Y por el contrario, no es así. No así se expresa Cristo en la cruz. Él promete el paraíso al ladrón arrepentido, que reconoce haber sido castigado justamente, que pide misericordia y pide estar con Él en el reino de Dios. Ciertamente, al ladrón malo Jesús no le dice nada; pero el ladrón, con su actitud incrédula, se condena por sí mismo.
Dice el buen ladrón al malo: «¿Ni siquiera tú, condenado a la misma pena, tienes temor de Dios?», como diciendo: «¿no te conmueve el hecho de que el Hijo de Dios haya querido padecer, Él inocente, por nosotros aquella pena que nosotros sufrimos justamente por nuestros crímenes, dándonos modo de salvarnos uniéndonos a su misma cruz? ¿Cómo es que no tienes respeto por Dios ante tanta prueba de misericordia y de amor? ¿No estás contento de poder expiar tus culpas gracias a su sangre? ¿No quieres ir con Él al paraíso?».
El otro ladrón no reconoce su culpabilidad y en cambio acusa a Jesús de ser un falso Mesías por no ser capaz de salvarse a sí mismo y a ellos dos. Evidentemente no cree en el reino predicado por Jesús y, en consecuencia, no quiere entrar en él. ¿Y adónde irá? ¿Cuál será su elección?
Dice el ladrón malo a Jesús: «¿No eres tú el Hijo de Dios? Sálvate a ti mismo y también a nosotros». ¿Acaso Jesús no había hecho suficientes milagros? ¿No había dado suficientes signos de credibilidad? Y además, ¿qué idea tenía el ladrón de la salvación? ¿Qué era para él la salvación? Simplemente salvar la piel. Pero ¿Jesús no había dicho claramente que la salvación se obtiene mediante la cruz? ¿No había explicado claramente que la salvación consiste ante todo en salvar el alma en el seguimiento de Él?
Hoy se habla continuamente de salvación y no se dice nunca en qué consiste. O se la entiende como la entiende el ladrón malo: el bienestar físico y evitar el sufrimiento. Se considera el sufrimiento como un mal absoluto y se está dispuesto incluso a suicidarse con tal de evitar el sufrimiento.
Ninguna preocupación de descontar los propios pecados o de adquirir méritos, con el pretexto de que la gracia es gratuita. Todos están seguros de salvarse. No se sabe luego bien de qué y de quién. Se consideran inocentes o se piensa que Dios deja pasar todo. No cierra solo un ojo, sino los dos. O se entiende la salvación en el sentido de salir bien librado con todos los medios o como vana seguridad de estar en gracia aunque en estado de pecado. Dios no castiga a nadie. Dios no tiene que ver con las desgracias que nos suceden; vienen solas o de los hombres. Si Dios no nos libra de ellas es porque no lo logra. Sufre con nosotros. Los oprimidos estén tranquilos: nadie los vengará. Estos son los buenistas.
¿De qué, entonces, nos libera Cristo? Ellos dicen: del sentido de culpa y del creer que debemos pagar, expiar, satisfacer y descontar nuestros pecados, que debemos esforzarnos, hacer sacrificios y hacer penitencia, adquirir méritos.
Ellos no saben de dónde viene el sufrimiento, por qué existe y qué finalidad tiene, porque no escuchan las enseñanzas y el ejemplo del Señor y por tanto no comprenden ni aceptan el valor cristiano del sufrimiento. Lo combaten y hacen bien, pero no saben utilizarlo cristianamente cuando contra él no hay humanamente remedio. Y así no saben que es el precio que hay que pagar para ser fieles a Cristo.
No, así no está bien. En realidad Cristo nos libera de la concupiscencia, del odio, del pecado, de la esclavitud de Satanás, del infierno, de la muerte y al final del mismo sufrimiento, pero pasando a través del sufrimiento purificador y redentor de la cruz.
Dios no nos libra en esta vida del sufrimiento, si no en medida limitada, es más, a menudo nos lo envía no ciertamente por el gusto de hacernos sufrir –esto en todo caso es el diablo–, sino para unirnos a su Hijo crucificado, que descuenta por nosotros nuestros pecados y así nos prepara para estar por siempre en el cielo liberados del sufrimiento y de todo mal.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 3 de abril de 2023
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum scena Christi crucifixi inter duos latrones manifestet
electionem radicalem totius humanitatis coram Ipso
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod non manifestet electionem radicalem totius humanitatis coram Ipso.
1. Quia est res mere historica et accidentalis, sine valore universali.
2. Praeterea, aliqui possent dicere quod non omnes homines debent se agnoscere in uno ex duobus latronibus, cum possibile sit manere neutrales.
3. Item, videri posset quod salus consistat in vitando dolorem et adipiscendo prosperitatem corporalem, sine necessitate electionis radicalis.
Sed contra est quod Dominus dicit in Evangelio: hodie mecum eris in paradiso. Per haec verba ostenditur quod electio latronis paenitentis est exemplar electionis cuiuslibet hominis, quia nemo potest intrare regnum Dei nisi agnoscat culpam suam et petat misericordiam.
Respondeo dicendum quod huiusmodi narratio de duobus latronibus est symbolum paradigmaticum condicionis humanae coram Christo. Non est simplex relatio privata, sed ostendit quod unusquisque homo debet eligere: aut cum Christo in paradiso aut contra Eum in inferno. Neutra via non datur, quia oppositio inter duos latrones est radicalis. Bonus latro agnoscit culpam suam, poenam accipit, misericordiam petit et desiderat esse cum Christo in regno. Malus vero latro rebellat contra dolorem, Christum accusat quasi falsum Messiam et se ipse damnationi tradit per incredulitatem.
Ex hoc manifestum est quod salus non consistit in servanda carne, sed in salvanda anima per crucem. Paradisus est domus Patris, vita aeterna, nova Ierusalem de caelo descendens. Christus nos elevat ab humano ad divinum, liberat nos a peccato, ab odio, a servitute Satanae, ab inferno et a morte, transeundo per dolorem purificatorem et redemptorem crucis. Errant qui negant hanc oppositionem radicalem et putant omnes iam esse remissos et salvos, Deum neminem punire et dolorem carere sensu. Revera dolor est pretium fidelitatis ad Christum et medium quo Ipse nos unit cruci suae ut nos praeparat ad gloriam aeternam.
Ad primum dicendum quod non est res mere historica, sed narratio evangelica cum valore doctrinali et symbolico, quae docet unumquemque hominem condicionem suam coram Christo.
Ad secundum dicendum quod neutra via non datur, quia oppositio inter duos latrones cogit unumquemque hominem se agnoscere in altero.
Ad tertium dicendum quod salus non est prosperitas corporalis nec mera fuga doloris, sed vita aeterna in domo Patris, obtenta per unionem cum Christo crucifixo et resuscitato.
JG
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Vincenzo, 10 aprile 2023 alle ore 10:47
ResponderEliminarPersonalmente estoy convencido, expresando mi apoyo y mi consuelo hacia las personas que sufren a causa de una enfermedad, de que el mismo Señor Jesús nos infunde valor y desea que luchemos, en la medida de lo posible, recurriendo a la medicina y a toda sana ayuda humana, técnica o científica, personal o social, contra la enfermedad y el sufrimiento, acompañando esta lucha con la oración.
El Evangelio nos enseña que el sufrimiento, que continúa existiendo a pesar de nuestros esfuerzos por eliminarlo, no debe rechazarse, sino que es un capital que debe aprovecharse, haciéndolo fructificar siguiendo a Cristo en el camino de la Cruz. De este modo, lo que para el mundo es un desecho se convierte para nosotros en fuente de salvación y medio de purificación de nuestras almas.
Solo Cristo nos libera definitivamente del pecado, del sufrimiento y de la muerte; no tenemos recursos ni soluciones humanas alternativas, salvo la resignación y la desesperación. Debemos aceptar el sufrimiento y vivirlo activamente en espíritu de sacrificio para nuestra salvación y para la salvación de las personas que amamos.
Padre Giovanni Cavalcoli, 10 aprile 2023 alle ore 15:37
EliminarEstimado don Vincenzo, comparto plenamente sus observaciones.
Fo, 15 aprile 2023 alle ore 18:18
ResponderEliminarBuenas noches Padre, considerando que en Mateo 26,44 "los dos ladrones crucificados con él lo insultaban de la misma manera" basta suponer que uno de los dos cambie de opinión en un segundo momento, ¿o existe una explicación más profunda?
Gracias. Francesco Orsi
Padre Giovanni Cavalcoli, 16 aprile 2023 alle ore 15:51
EliminarEstimado Francisco,
San Jerónimo, comparando este pasaje de Mateo con lo que cuenta Lucas, dice que uno de los dos ladrones en un momento se arrepintió de haber insultado al Señor, reflexionó sobre los milagros que había realizado, por los cuales surge en él la fe. La luz de la fe le ilumina sobre su situación, por lo que toma nota de haber sido un pecador, se arrepiente de su pasado, cree en Cristo como fundador del Reino de Dios, reprende al otro ladrón que ridiculiza a Jesús y pide a Jesús que lo acoja en su Reino.
San Juan Crisóstomo comenta este episodio conmovedor, señalando la posibilidad de arrepentimiento también en los hombres que han pecado durante mucho tiempo.