miércoles, 18 de febrero de 2026

La impronta del Rostro de Cristo en la Síndone

¿Es la Síndone un simple negativo fotográfico o más bien un signo luminoso que trasciende toda explicación técnica? ¿No será que las sombras del Rostro no provienen de obstáculos externos, sino de la misteriosa irradiación que brota del mismo Cristo vivo? ¿Qué nos dicen los cabellos que caen perpendicularmente, como si el cuerpo estuviera erguido en pie, en el instante mismo de la Resurrección? ¿No es acaso esta impronta un testimonio silencioso y estremecedor del paso de la muerte a la vida, más elocuente que miles de voces humanas? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli invita a descubrir un aspecto nuevo y sorprendente del Rostro sindónico, que ilumina nuestra fe y nos interpela con la fuerza de un signo milagroso.

La impronta del Rostro de Cristo en la Síndone

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el día 10 de mayo de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/limpronta-di-cristo-nel-volto-della-sindone/)

En ocasión de la ostensión de la Síndone o Sábana Santa en Turín, un acontecimiento siempre de gran significado y resonancia en el ámbito eclesial y, más ampliamente, en la cultura, en la ciencia y en la historia, creo que nuestros lectores apreciarán mis consideraciones relativas a la interpretación de la impronta del Rostro en la tela de la Síndone. Estas consideraciones nos llevarán a comprender mejor el significado y el valor de esta misteriosa huella, que, con el progreso de las investigaciones científicas, cada vez más y siempre con mayor certeza confirma la tradicional convicción de la Iglesia ¹, que se trate efectivamente del paño en el cual fue envuelto el cuerpo de Cristo, bajado de la cruz y depositado en el sepulcro, según el relato del Evangelio (Mt 27,59; Mc 15,46; Lc 23,53).
Es conocido por todos el sensacional acontecimiento, que tuvo como protagonista en 1898 al abogado turinés Secondo Pia, quien, al preparar la fotografía del Rostro de la Síndone, se dio cuenta, aterrorizado y emocionadísimo, que el negativo de la foto presentaba las facciones o rasgos del Rostro en relieve, como si, en modo similar a cuanto sucede en un retrato fotográfico de un rostro expuesto a la luz, las partes sobresalientes -por ejemplo, la nariz o la frente- estuviesen iluminadas, mientras que las rehundidas u ocultas estuvieran en sombra.
Desde entonces hasta hoy ha sido práctica habitual interpretar este sorprendente negativo de la impronta de la Síndone del mismo modo, o sea, sobre el modelo del negativo de un retrato fotográfico, como si se tratara, para ser precisos, del negativo de un negativo. Me explico. La teoría que se ha formado tras el descubrimiento de Pia es la siguiente: se imagina a la huella sindónica como si fuera el negativo de un retrato fotográfico; por lo cual el negativo de la foto de esta impronta viene lógicamente a constituir un positivo: he aquí, por lo tanto, que aparecen con claridad y en relieve, casi iluminadas por la luz, las facciones del Rostro, como un verdadero retrato, algo que anteriormente no tenía esta eficacia representativa, porque estamos frente a una simple impronta o, podríamos decir, a un simple negativo. Naturalmente, todos siempre han reconocido la huella o impronta del Rostro.
La operación de Pia permitió, ciertamente, que este Rostro se reconociera mucho mejor, en cuanto el ojo, considerando ese negativo, lo percibía como un positivo, aunque al contrario ², casi un Rostro misterioso y solemne que emergía blanquísimo de la oscuridad del negativo fotográfico. Por eso, esta foto, junto a la de la impronta de la Síndone, surgió de inmediato y ganó merecidamente una fama mundial. Sin embargo, se cometió un grave error, del cual todavía hoy generalmente no se toma nota. El error radica en el hecho de que es equivocado parangonar el retrato del Rostro, que surge del negativo fotográfico de la foto de la impronta, con un común retrato fotográfico, como sucede cuando fotografiamos a un amigo nuestro o a un familiar nuestro. De hecho, un común y simple retrato fotográfico representa un rostro iluminado por una fuente de luz, que proviene del exterior del rostro, generalmente una luz que proviene o de la izquierda o de la derecha o de arriba. En el llamado flash la luz golpea al sujeto frontalmente. En cualquier caso, se dan siempre partes del rostro que quedan en la sombra, sombra causada por el hecho de que, por ejemplo, la nariz pone obstáculo a la luz, por lo cual proyecta una sombra sobre la mejilla.
A lo que hasta ahora no se ha prestado atención y que causa el error de la teoría del negativo de un retrato fotográfico, es que las zonas del área en la cual se encuentran las improntas del Rostro, privadas de improntas -por ejemplo el espacio entre la huella de las mejillas y la huella de los cabellos o aquella entre la huella de la nariz y la huella de las mejillas- no son en absoluto comparables a las zonas de sombra como podría ocurrir en un retrato fotográfico, es decir, sombra, como he dicho, causada por el hecho de que ciertas partes obstaculizan la llegada de la luz. Por el contrario, las zonas del Rostro sindónico en sombra sobre la tela, lo son porque no son alcanzadas -como ahora atestigua la ciencia- por la irradiación perpendicular a la tela, golpeada por una misteriosa energía radiante, la cual, saliendo del Rostro vivo del Señor, ha impreso en la tela, o para ser más precisos, ha oxidado mayormente las partes más salientes del Rostro -por ejemplo la nariz, los bigotes y la frente- y siempre menos las partes siempre menos frontales y más oblicuas con respecto a la dirección de los rayos, hasta resultar la irradiación del todo ineficaz respecto a las zonas ubicadas en la misma dirección de los rayos, como por ejemplo las partes izquierda o derecha del cuello y de las mejillas, que no dejan ninguna impronta y están totalmente en sombra.
En cualquier caso -y esto es esencial para la refutación de la mencionada teoría- las partes sombreadas no son en absoluto tales porque otras partes obstaculizan la llegada de la energía radiante, que en ese momento aún no había sido descubierta y era confundida con una fuente de luz, como sucede en las normales fotografías de otros seres humanos. Sino que las partes del Rostro sobre la tela están en sombra o más o menos en evidencia en relación al hecho de estar más o menos cerca de la fuente de la energía radiante, que es el mismo Rostro, hasta el punto de sustraerse del todo a ella en las zonas donde la impronta de la energía está completamente ausente, porque no puede llegar.
Si el retrato del Rostro fuera comparable a un retrato fotográfico, como se ha creído hasta hoy, la imagen del Rostro debería presentar partes en sombra causada por otras partes del Rostro, por ejemplo la sombra de la nariz sobre la mejilla o una parte del Rostro más iluminada que la otra o similares detalles, que son todas cosas que no se encuentran en absoluto. Este tipo de sombra "de obstáculo" está totalmente ausente del Rostro y sólo existe la otra sombra, "por ausencia de contacto", que no depende, como he dicho, de partes que obstaculizan la luz, sino simplemente de partes adonde la luz -para mejor decir, la energía radiante- no podía llegar, porque estaban ubicadas en su misma dirección.
Esta energía radiante era al mismo tiempo calorífica y luminosa, una luz caliente, como diría san Juan de la Cruz, refiriéndose a la luz de la fe, principio del amor, que nos es dada e irradia del Rostro de Cristo. Calorífica por la oxidación de la tela; luminosa, en cuanto ha causado la impronta del Rostro, que es un Rostro de pura luz sin sombras, según cuanto dice san Juan que "Dios es Luz y en Él no hay tinieblas" (1 Jn 1,5). Por el contrario, la teoría de la imagen fotográfica debería suponer sombras de obstáculo, como en cualquier normal fotografía; sombras que en cambio, en el Rostro sindónico, no hay en absoluto. Nada en el Rostro de Cristo, pone un obstáculo a la luz. Sin embargo, como es una luz que procede en línea recta -en Cristo todo es directo, todo es recto-, no puede iluminar lo que está fuera de su dirección y de su alcance. Una lección para nosotros, que en cambio no nos dejamos iluminar totalmente por Cristo y, dado que somos finitos y existe en nosotros el no-ser, no nos extrañemos si la luz de Cristo por consecuencia está en nosotros limitada: no puede iluminar lo que no es.
El Rostro de la Síndone no es, por lo tanto, un rostro iluminado por una luz que viene desde fuera, como el nuestro. Es en cambio un Rostro luminoso, que emana luz, similar al rostro de Moisés, y de hecho mucho más, si es verdad que es el rostro del Verbo de la Verdad, que ilumina a todo el mundo.
Las conclusiones, a las cuales hemos arribado, presentan un singular interés y nos hacen descubrir un aspecto del Rostro sindónico, que hasta ahora no había sido considerado a causa de un malentendido. Después de todo, los descubrimientos que los cristianos hemos estado haciendo desde hace siglos en la Imagen sindónica se suceden uno a otro en una maravillosa y entusiasmante secuela, que parece no tener fin nunca. Algo de este mismo género sucede en la cristología, donde los teólogos y la misma Iglesia no terminan nunca de descubrir nuevos aspectos del Misterio de Cristo, en el Cual "están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2,3).
Existe además otro aspecto de la imagen sindónica, del cual parece que todavía hoy no nos hemos dado cuenta. Y es la impronta de los cabellos. Esta impronta no es en modo alguno aquella que resultaría de un contacto con la energía radiante con cabellos aflojados o sueltos, lo cual sería lógico que fueran los de un cadáver extendido sobre un plano horizontal, como se supone que fuera ubicado el cuerpo de Cristo, cubierto por la tela. En cambio, los cabellos, de como resulta de la impronta, caen perpendicularmente, como si el cuerpo estuviera recto en pie, erguido, por lo tanto vivo, con la tela delante, a una cierta distancia, también perpendicular al piso (¿sostenida por quién?), en modo de poder recibir la impronta del cuerpo del Señor.
¿Qué conclusión extraer? Que la impronta sindónica, aunque perteneciente a la de un cadáver, como es testimoniado por la posición de los brazos y de las piernas, sin embargo es al mismo tiempo testimonio estremecedor del instante en el cual Cristo está resucitando, y nos deja un signo milagroso e impresionante de este instante, al cual nadie ha asistido, nadie ha presenciado, sino sólo este pobre paño mudo, pero más elocuente que miles de testimonios humanos.
   
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 4 de mayo de 2015

Notas

¹ Lex orandi, lex credendi. Desde el siglo XVII existe en mayo en la diócesis de Turín una memoria litúrgica de la Síndone entendida como impronta del cuerpo de Cristo muerto y resucitado. Naturalmente, esta convicción de la Iglesia no es dogma de fe, y sin embargo es de suma autoridad, aunque no se trate de objeto de fe, es decir, de un dato de la divina Revelación. Sin embargo, se trata de materia conexa a la fe, ya que -aparte de la relación con los relatos evangélicos- ¿qué puede estar más conectado con la fe, sino el cuerpo de Aquel que es el Autor y Perfeccionador de la fe (Heb 12,2)? Por otra parte, vale precisar también que la citada convicción eclesial no pretende en modo alguno sustituir o sobreponerse al juicio de la ciencia, la cual, en este campo, que es también de su competencia, puede y debe expresar sentencias, que quedan absolutamente libres y autónomas respecto de la fe, y dotadas de su propia autoridad y certeza fundadas en la experiencia y en la razón.
² Se llegaría casi al hecho de decir, con Martín Lutero: sub contraria specie. Casi parece asistirse a un juego dialéctico hegeliano: lo positivo en lo negativo.

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