¿Es el progreso dogmático ruptura con la Tradición o traición a la verdad? Los lefebvrianos reducen el progreso a un mero recuerdo de lo ya sabido, negando toda novedad como falsedad. Los modernistas lo convierten en un devenir absoluto, donde nada permanece y todo se disuelve en la contradicción. Pero ¿puede la verdad ser hija del tiempo? ¿No es más bien continuidad en el progreso, como enseñan Aristóteles y santo Tomás, donde lo mutable se ordena a lo inmutable y el desarrollo del dogma se realiza en fidelidad a la Revelación? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra que el verdadero progreso no destruye lo recibido, sino que lo explicita y lo profundiza, salvando la continuidad y desenmascarando tanto el inmovilismo lefebvriano como el historicismo modernista.. [En la imagen: fragmento de "Santo Tomás de Aquino", tempera sobre tabla de álamo, 1476, obra de Carlo Crivelli, conservado en la National Gallery, Londres].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 20 de febrero de 2026
Sobre la idea de progreso
Sobre la idea de progreso
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 8 de junio de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/sullidea-di-progresso-di-pgiovanni-cavalcoliop/)
La actual discusión sobre el lema del Papa1 "progreso en continuidad" nos invita, me parece, a aclarar el concepto de "progreso", ahora ampliamente utilizado, pero entendido de diferentes maneras, como para generar equívocos, que quisiera intentar disipar.
Pienso que todos nosotros, e incluso los más fervientes conservadores o tradicionalistas, vemos con buenos ojos, en general, el hecho del progreso. Todos estamos contentos con el progreso en nuestros estudios o en nuestros ingresos, con el progreso en el tratamiento de una enfermedad, o con los progresos tecnológicos. Por otro lado, las cosas se ponen difíciles y confusas cuando entramos en el campo del espíritu y nos preguntamos, por ejemplo, qué cosa debe entenderse por progreso del pensamiento, progreso histórico, cultural, científico, moral o espiritual. Y en particular (y es aquí donde me gustaría mirar, tratándose de la interpretación del Concilio Vaticano II) cuando nos preguntamos qué es el progreso dogmático y si este tipo de progreso está en juego en este caso.
Como sabemos, los lefebvrianos, efectivamente, ven lo "nuevo" en las doctrinas del Concilio Vaticano II, pero no lo consideran un progreso dogmático, sino un compromiso con la modernidad y una traición o una ruptura con la Tradición. El Concilio, para ellos, no es doctrinal, es solo pastoral, por lo cual no es infalible; el Concilio, por lo tanto, se equivoca, por lo cual es necesario rechazar lo "nuevo" y quedarnos con la "Tradición".
Por el contrario, los modernistas y los rahnerianos ven lo nuevo en el Concilio, de hecho para ellos el Concilio enseña una renovación o revolución total y radical del cristianismo, que no deja nada inalterado, por lo cual las doctrinas precedentes están todas "superadas", un eufemismo que ellos usan para decir que están equivocadas, en el sentido historicista de que ayer eran verdaderas, pero hoy son falsas, es decir, ya no son "actuales", conformes a la "modernidad". Para ellos, la regla de la verdad es la modernidad. O quizás es mejor decir que ponen la modernidad en el lugar de la verdad, en la cual sustancialmente no creen. De hecho, puesto que los tiempos cambian, he aquí que para ellos no existe una verdad absoluta.
Pero precisamente para ellos esto "nuevo" es el verdadero "progreso". De ahí el uso -un uso impropio como veremos- de llamarlos y de llamarse "progresistas". "Modernistas" es su verdadero nombre. Para estos, continuadores de los modernistas del tiempo del papa san Pío X, como ya afirma una de sus proposiciones condenadas por el Santo Pontífice, la verdad no es como sostiene santo Tomás de Aquino inmutable, sino que "cambia" con la evolución de la historia.
A partir de estas señales vemos cómo en las dos interpretaciones del Concilio Vaticano II se suponen dos conceptos contrastantes de "progreso": en la primera el sedicente "progreso" rompe con la Tradición como regla inmutable de la fe; en la segunda, el progreso rompe con un pasado hoy superado y, por tanto, inutilizable e inadecuado para la "modernidad". Y es normal para ellos que el progreso sea ruptura con el pasado, porque, como hemos visto, la misma verdad cambia con el cambiar de los tiempos. Veritas filia temporis.
Por eso creo que es bueno aclarar en este punto cuál es la idea acertada de progreso, en especial de progreso dogmático, una idea que ya podemos oler que en las posiciones antes mencionadas tiene algunas fallas, porque el buen sentido común ya de por sí intuye que no necesariamente todo progreso rompe con el pasado: si he aumentado mi capital en 30.000 euros a partir de los 30.000 que tenía hace diez años, eso no quiere decir que eche a la basura esos 30.000 euros que había ganado entonces y que han sido superados por los que tengo ahora.
De manera similar, para pasar al progreso del saber, si ahora he mejorado mi conocer las obras de Aristóteles, esto no quiere decir necesariamente que cuanto de él sabía hace veinte años estuviera equivocado; de manera similar, para pasar a la historia, si santo Domingo de Guzmán ya era un sacerdote virtuoso antes de fundar la Orden de Predicadores, esto no significa negar ese grado de virtud que el Santo Patriarca poseía cuando era simple canónigo de la catedral de Osma, antes de fundar la Orden de Frailes Predicadores.
Para aclarar nuestro tema en este punto, es útil considerar la palabra "progreso", que viene del latín pro-gradior: avanzo, camino hacia adelante. Es similar a "proceso", pro-cessus, que significa proceder, avanzar, andar avanzando. Se sobreentiende, aunque no necesariamente, la idea de un mejoramiento o de un aumento o de una modernización, incluso si se puede hablar del progreso de una enfermedad.
En la historia del pensamiento occidental, sin embargo, se notan tres ideas de progreso intelectual o de progreso moral, que se refieren a tres grandes filósofos griegos: Platón, Heráclito y Aristóteles. Estos pensadores han tratado de funciones tan importantes y universales del pensamiento humano, que cualquiera que trate de hacerse una idea de lo que es el progreso en todos los campos del pensamiento y de la existencia, debe tomar en cuenta, lo quiera o no lo quiera, lo sepa o no lo sepa, con lo dicho por uno de estos tres.
Por tanto, esto también sucede para los teólogos católicos. El teólogo, en cuanto afirme y crea, como hacen sobre todo los protestantes, basarse exclusivamente en la Biblia y en la "Palabra de Dios", o incluso diga alguno de ellos convertirse en portavoz directo de esta Palabra, libre de cualquier "precomprensión filosófica", es un iluso o un impostor; en realidad ellos, lo sepan o no lo sepan, lo quieran o no lo quieran, no pueden evitar, en el momento en el cual usan su propia razón (¡y guay de no usar la razón en teología!), dejarse influir por una cierta idea de progreso, la cual tiene sus raíces históricas en uno de aquellos grandes pensadores clásicos, y por tanto de aplicar esta idea a la concepción cristiana del progreso.
Así podemos afirmar ciertamente que, mientras los lefebvrianos están influidos por la idea platónica del progreso y los modernistas se ven afectados por la heracliteana mediada por Hegel, los católicos normales, es decir, plenamente fieles al Magisterio de la Iglesia y por lo tanto verdaderos intérpretes del Concilio, se remiten, aunque quizás algunos no lo sepan, a Aristóteles mediante las enseñanzas de santo Tomás de Aquino. Y así sólo ellos, a diferencia de los otros, en virtud de su correcta idea de progreso, son capaces de explicar el rompecabezas o jeroglífico del papa Benedicto XVI según el cual es posible conciliar continuidad y progreso, mutabilidad e inmutabilidad o, para expresarnos en términos metafísicos, ser y devenir.
Tratemos de delinear brevemente las raíces filosóficas de estas tres concepciones del progreso. Para Platón, el progreso se reduce, un poco como en la filosofía india, a recordar o a tomar conciencia de valores ideales, absolutos, eternos e inmutables, existentes ya desde siempre en la conciencia, o mejor podríamos decir en el "inconsciente" del sujeto: lo que la filosofía moderna, a partir de Kant, llamará el "apriori".
Por lo cual, según los platónicos, el verdadero devenir, en el sentido de aprender cosas nuevas o incluso en el sentido ontológico o cosmológico, no existe, porque para Platón la verdadera realidad no es la sensible sino aquella ideal. Todo está en el pasado (en la "Tradición": véase por ejemplo lo que sostiene René Guénon), todo está ya sabido, por lo tanto no hay nada que aprender; sólo debe ser redescubierto, reencontrado, un poco como en el esoterismo masónico la búsqueda de la "palabra perdida".
El devenir en Platón es el manifestarse de lo que ya era desde antes y desde siempre. Por eso, para los lefebvrianos el progreso dogmático es un conocimiento mejorado de la Tradición ya desde siempre inmutablemente presente en la Iglesia. Y eso no está equivocado. Sin embargo, lo "nuevo", para ellos, no es una adquisición o un aumento del saber revelado, sino un alejamiento o desviación de la "Tradición". Lo nuevo es de por sí mismo para rechazar, como el novum hacia el cual tenía terror la religión romana. La "novedad" es sinónimo de falsedad.
Ellos no excluyen en principio que un Concilio pueda dar a conocer mejor esta Tradición con explicitaciones o aclaraciones doctrinales o dogmáticas -toman como ejemplo para esto el Concilio de Trento y el Concilio Vaticano I-, pero según ellos no es éste el caso del Concilio Vaticano II, el cual, como he dicho, ellos sostienen que precisamente con sus "nuevas" doctrinas contradice la Tradición precedente y por lo tanto debe ser rechazado.
En cambio, la idea de progreso propia de los modernistas tiene como trasfondo a Hegel, quien a su vez, como lo conocen los historiadores de la filosofía, se basa en Heráclito. En esta concepción que no admite ni una realidad permanente ni una verdad permanente, el progreso no se da sobre la base de una continuidad o de una identidad, sino que por el contrario se plantea como conflicto o contraste con el pasado, porque, como he dicho, para ellos nada queda sino que todo fluye o, según el famoso dicho de Heráclito, "panta rei".
Hegel dialectiza, según su famosa dialéctica de la contradicción, el devenir absoluto, identificándolo con el ser; los conceptos, dice Hegel, son "fluidos", "no permanecen firmes", "se traspasan el uno en el otro", el subsecuente es la negación del precedente, aunque en todo caso el precedente -no se sabe cómo- sea "superado y mantenido" en el subsecuente.
Es la famosa Aufhebung, efecto -palabras textuales de Hegel- del "poder mágico de lo negativo". Esa fatídica palabra "mágico" parecería un verdadero y propio lapsus freudiano. De hecho, la filosofía en Hegel se convierte un poder demiúrgico de la razón sobre el ser utilizando el principio de la negación, ya teorizado por las especulaciones mágicas de Giordano Bruno, por las cuales, como se sabe, el idealismo alemán nutría una gran admiración.
Por lo tanto, no la distinción-unión, que encuentra el sumo analogado en el misterio de la Encarnación según la fórmula del Concilio de Calcedonia (distinción-unión de las dos naturalezas humana y divina en Cristo), sino la contradicción-separación-identificación, que viene a ser la interpretación hegeliana del devenir y, por tanto, del progreso que caracteriza la esencia misma de Dios, Él mismo absoluto Devenir según una incomprensión de la fórmula joannea de la Encarnación de Dios que "deviene" hombre. Una vieja herejía de los primeros siglos, del monje Eutiques.
¿Cuál es en cambio la correcta idea de progreso doctrinal que nos es sugerida por la Biblia? Su mensaje, como lo ha demostrado santo Tomás de Aquino, recomendado en esto por la Iglesia, encuentra una satisfactoria interpretación gracias a la utilización de la concepción aristotélica del devenir.
De hecho, en esta concepción, el devenir no compromete el principio de no contradicción como ocurre en Hegel; de ahí la afirmación de la continuidad y de lo inmutable, si bien no reduce el devenir a la mera apariencia, ni siquiera a la ilusión, como ocurre en el platonismo, sino que también el devenir, como pasaje de la potencia al acto, pertenece a lo real. Sin embargo, el devenir no tiene el primer lugar. El primado le pertenece a lo inmutable, del cual Aristóteles parte al demostrar la existencia del Motor inmóvil que "mueve el sol y las otras estrellas" como dice Dante, tanto es así que, según un famoso dicho del Estagirita, "si no existiera el inmutable, no existiría el movimiento".
El pensamiento aristotélico -en esto perfectamente acorde con la Biblia- distingue a Dios inmutable del mundo mutable y muy lejos de oponerlos, pone al primero como motor del segundo, aunque, como es sabido, Aristóteles no llega a la idea de una causa creativa y providente.
En el plano del pensamiento, entonces, Aristóteles explica el progreso del pensamiento con la teoría del silogismo demostrativo según la modalidad de la inducción y de la deducción. Por haber captado perfectamente en esto el movimiento natural de la razón, Aristóteles se encuentra en coincidencia con cuanto se puede recabar de la Sagrada Escritura sobre el proceder de la humana razón. De ahí el fundamento bíblico del método teológico y del desarrollo del dogma, que, en la historia del cristianismo, se han realizado precisamente siguiendo las leyes de la deducción y de la explicitación racional inicialmente elaboradas por el Organon aristotélico.
Por lo demás, la conexión con Aristóteles nos hace comprender que el principio de "continuidad en el progreso" no es sólo una clave hermenéutica para la lectura del Concilio, sino que posee también una amplitud sin límites de carácter trascendental hasta llegar a la relación metafísica entre el ser y el devenir, así como a la teoría general del devenir del pensamiento. Este principio es, por tanto, de una incalculable importancia dada la infinidad de campos del ser y del pensamiento en los cuales es posible su aplicación a los fines de una correcta visión de la realidad y de la historia, así como de un correcto modo de pensar y por tanto de una fundamental y armoniosa regulación del actuar moral.
Concluyamos, por lo tanto, diciendo que el progreso dogmático -y esto es lo que generalmente ocurre en los Concilios, sin excluir el último- no es más que una aplicación de las leyes del progreso teórico descubiertas por Aristóteles y perfeccionadas por santo Tomás y por su escuela de investigación del significado y del alcance de la divina Revelación, tal como nos es transmitida por la Tradición y por la Escritura en la interpretación de la Iglesia. Las novedades que se deducen del dato revelado a lo largo de la historia de los dogmas son obtenidas en su mayoría precisamente con la aplicación de este método que salva la continuidad en el progreso y realiza el verdadero infalible progreso del conocimiento de la Palabra de Dios.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 6 de junio de 2011
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Anexo
Habiendo seleccionado lo que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum progressus dogmaticus implicet rupturam cum Traditione
vel potius continuitatem in veritate revelata
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod progressus dogmaticus implicet rupturam cum Traditione.
1. Quia hodie multi, se putantes in linea avantiae Ecclesiae, scilicet modernistae, tenent doctrinas praecedentes omnes esse superatas, ita ut quod heri verum erat hodie falsum sit, cum regula veritatis sit modernitas.
2. Praeterea, alii sunt, scilicet lefebvriani, qui affirmant novitates Concilii Vaticani II contradicere Traditioni praecedenti, unde non constituunt progressum, sed proditionem, et ideo sunt respuendae.
3. Item quidam tenent progressum cogitationis et historiae dari ut conflictum et contradictionem, secundum dialecticam hegelianam, unde progressus dogmaticus debet reinterpretari ut ruptura cum praeterito.
Sed contra est quod papa Benedictus XVI docuit Concilium Vaticanum II interpretandum esse secundum principium progressus in continuitate. Et etiam sanctus Vincentius Lirinensis docet cognitionem mysterii Christi crescere et proficere debere, sed tantum in eodem dogmate, eodem sensu eademque sententia.
Respondeo dicendum quod progressus dogmaticus non est ruptura cum Traditione nec proditio veritatis revelatae, sed continuitas in progressu. Verbum progressus significat progredi, in antea ambulare, et in plano scientiae importat augmentum vel profundationem eorum quae iam cognita sunt, sine negatione acquisitorum. Sicut qui auget suum capitale non abicit quod antea habebat, et qui perficit suam cognitionem Aristotelis non negat quod viginti annis ante sciebat, ita etiam progressus dogmaticus consistit in explicitatione et clarificatione eorum quae iam in Revelatione continebantur.
Progressus platonicus omnia reducit ad recordationem eorum quae iam nota sunt, novitatem negans; unde lefebvriani novum timent tamquam falsitatem. Progressus heracliteano-hegelianus omnem permanentiam dissolvit in absoluto fieri, unde modernistae eum concipiunt ut rupturam et contradictionem. At vero conceptio aristotelica, a sancto Thoma et Ecclesia assumpta, agnoscit fieri esse reale ut transitum de potentia ad actum, sed subditum inmutabili. Si inmutabile non esset, motus non esset. Ideo progressus dogmaticus fit in continuitate cum veritate revelata, quae est inmutabilis, et evolvitur per deductionem et explicitationem rationalem, secundum leges syllogismi demonstrativi.
Sic explicatur quomodo Concilia, etiam Vaticanum II, Traditionem non produnt, sed eam profundant et clarificant. Novitates quae ex dato revelato deducuntur obtinentur praecipue per applicationem huius methodi, quae servat continuitatem in progressu et efficit verum infallibilem progressum cognitionis Verbi Dei.
Ad primum ergo dicendum quod modernitas non est regula veritatis, quia veritas non mutatur cum temporibus. Progressus dogmaticus non consistit in substitutione veri per falsum, sed in meliore comprehensione eiusdem veri.
Ad secundum dicendum quod novitates Concilii Vaticani II Traditioni non contradicunt, sed eam explicant et clarificant, sicut fecerunt Tridentinum et Vaticanum I. Respuere novum ut tale est confundere novitatem cum falsitate.
Ad tertium dicendum quod dialectica hegeliana destruit principium non-contradictionis et falsificat dogma. Verus progressus doctrinalis fit in continuitate cum inmutabili, secundum conceptionem aristotelicam fieri, quae componit esse et fieri, continuitatem et progressum.
JG
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