En este nuevo artículo, el padre Giovanni Cavalcoli nos introduce en la confrontación del bien y del mal, explorando su distinción trascendental y moral, y su orden en la providencia divina. ¿Es el mal una fuerza autónoma o mera privación del bien? ¿Puede el sufrimiento del inocente tener sentido en el plan de Dios? ¿Qué significa que las penas temporales sean purificativas y las eternas definitivas? ¿Cómo ilumina la pasión de Cristo el misterio del dolor y la libertad? Preguntas que interpelan al lector y lo invitan a adentrarse en el corazón mismo de la teología cristiana. [En la imagen: detalle de la portada miniada del "Caleffo Bianco dell'Assunta", obra de Niccolò di ser Sozzo, de 1336 aprox., perteneciente al Archivo de Estado, Siena, Italia, que representa a María asunta a los cielos entre ángeles y santos].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 23 de enero de 2026
La confrontación del bien con el mal (2/6)
La confrontación del bien con el mal
La voluntad humana y la voluntad divina
Segunda Parte (2/6) ¹
El problema del sufrimiento
Todos advertimos que la pena es merecida por el pecador. Pero ¿por qué jamás el inocente debería sufrir? ¿Y cómo es que el delincuente logra escapar de la justa pena, es más, tiene éxito? El hecho de que todos nosotros, justos o injustos, estemos sujetos en esta vida a una infinidad de sufrimientos suscita inevitablemente la pregunta sobre el porqué y el motivo de tal situación.
¿Cómo es que nacemos defectuosos? Sentimos una necesidad de felicidad: ¿es porque se nos impide alcanzarla? Quisiéramos hacer el bien: ¿y por qué no lo logramos? Buscamos la verdad: ¿y por qué nos equivocamos o quedamos ilusionados o engañados? ¿De qué depende esta nuestra situación desgraciada? ¿Por qué el sufrimiento es inevitable, si nos repugna? ¿Cómo es que nos acontece el mal a pesar de todo el empeño que ponemos en evitarlo? ¿Por qué no logramos alcanzar los fines que nos proponemos? ¿Cómo es que existen problemas y desgracias que no logramos resolver? ¿Por qué el espíritu es contrastado por la carne? ¿Por qué existe la muerte, mientras nosotros quisiéramos vivir y gozar para siempre? Pero ¿quién es el que gobierna el mundo? ¿Es un Dios sabio, bueno y potente o es un dios que se divierte en hacernos sufrir? ¿Qué Dios es aquel que nos ha creado de modo tan defectuoso?
Ya desde la antigüedad los filósofos han intentado dar una respuesta a estas preguntas angustiosas y han intentado frenar el deseo que nos viene de reprochar a Dios, regidor del mundo, para acusarlo de injusticia, crueldad e impotencia. Pero ¿qué ha sucedido? Que ante la vista de esta situación desconsoladora y desesperante los paganos no fueron capaces de comprender que la regencia del mundo, a pesar y más allá de todos los males presentes en él, no podía estar en definitiva en manos de un Dios malvado.
Una excepción está representada por Aristóteles y Platón. El primero, con su doctrina de Dios Pensamiento del Pensamiento, causa primera, motor inmóvil y sumo bien; el segundo, con su visión de Dios como Idea del Bien que se difunde y atrae hacia sí las almas enamoradas del Bien, insinúa la posibilidad de que Dios pueda quitar pecados y sufrimientos. Pero también Aristóteles y Platón no comprendieron que el sufrimiento tiene origen en una desobediencia a Dios.
Platón, sin embargo, se acercó más a la verdad que Aristóteles porque entendió que la humanidad en este mundo está en la esclavitud de las pasiones, en las tinieblas y en las sombras, porque en sus orígenes celestes se ha separado de la luz de las ideas.
Excluyendo a Aristóteles y Platón, que proyectaban un camino de esperanza y de ascenso a las cosas celestes, los paganos pensaron que no había nada que hacer para remediar las miserias humanas y las injusticias, de modo que llegaron a la convicción de que el mundo no está regido por un Dios bueno, sino por un Dios cruel, al que llamaron Hado o Destino, por lo cual cualquier lucha por la justicia era inútil, los impíos siempre habrían de triunfar y los justos siempre habrían de padecer.
La única cosa que quedaba por hacer, entonces, si queríamos conducirnos convenientemente y tener éxito, era aceptar de buen grado este estado de cosas siguiendo la conducta de los impíos y persiguiendo a los justos. Se trataba de juzgar bien el mal y el mal el bien. Era lo que Nietzsche habría llamado la transvaloración de todos los valores.
En esta concepción todo lo que acontece, acontece por necesidad en cuanto decidido por el Hado, al cual nada ni nadie escapa. Inútil intentar cambiarlo o sustraerse de él. Imposible adquirir méritos si está preestablecida la condena. Por el contrario, puede permitirse cualquier licencia quien ha sido predilecto por el destino.
Si uno está destinado al infierno, por más que obre el bien, irá al infierno. Si uno está destinado al paraíso, por más que peque, irá al paraíso. Nada acontece por libre arbitrio, sino todo acontece por necesidad. Lutero abrazó esta concepción.
Es evidente, a este punto, cómo este Dios que hace triunfar el mal y vuelve vano el bien no es otro que el demonio, aquel que Cristo llama «príncipe del mundo» y San Pablo «dios de este mundo».
Esta concepción tiene sus antiguas orígenes en el zoroastrismo persa con el dios Arimán, posteriormente mitigada por el maniqueísmo. En la primera el triunfo del dios maligno es incontrastado; en la segunda el Dios del bien al final vence al Dios del mal.
El culto de Arimán se encuentra también en Leopardi. Después de su muerte fue hallado entre sus papeles el esbozo de un «Himno a Arimán», un escrito que por tanto el poeta nunca publicó, quizá retenido por un vago llamado de su conciencia, que había sido de formación católica. Doy aquí algunos fragmentos de este esbozo que quedó incompleta:
«Rey de las cosas, autor del mundo,
arcana maldad, sumo poder y suma inteligencia,
eterno dador de males y regidor del movimiento,
A ti con diversos nombres el vulgo llama Hado, Naturaleza y Dios.
Y el mundo delira buscando nuevos órdenes
y leyes y espera perfección.
Pero tu obra permanece inmutable,
porque por naturaleza del hombre siempre
reinarán la osadía y el engaño,
y la sinceridad y la modestia quedarán atrás,
y la fortuna será enemiga del valor,
y el mérito no será bueno para abrirse paso,
y el justo y el débil será oprimido.
¿Por qué, dios del mal,
has puesto en la vida alguna apariencia de placer?
¿el amor? para atormentarnos con el deseo,
con la comparación con los otros
y con nuestro tiempo pasado».
Es evidente cómo aquí tenemos una horrible y sacrílega confusión de Dios con el demonio. Leopardi acusa a Dios de aquella maldad que es propia del demonio y el escrito termina con una perversa súplica a Arimán de hacerlo morir pronto, mostrándose desafiantemente dispuesto, es más, deseoso de la muerte. El escrito es de 1835. Leopardi murió dos años después, en 1837. Pero murió con los sacramentos.
Esta visión blasfema del Hado reaparece en Nietzsche, que proclama el «amor Fati», es decir, la adhesión consciente y gozosa a la crueldad del destino, generador necesario de la figura abominable del llamado «superhombre», digno modelo de guardián de los campos de exterminio nazis o de las prisiones de Stalin. Añadamos que esta concepción fatalista de la realidad en clave parmenídea –«el ser no puede no ser»– ha sido retomada recientemente por Severino ².
El drama de Job
La respuesta que viene de la simple razón natural se refleja en las famosas palabras de Job: «Si de Dios aceptamos el bien, ¿por qué no deberíamos aceptar el mal?» (Job 2,10). Como diciendo: debemos fiarnos de Él. Él es infinita bondad, sabe lo que hace, conoce nuestro bien mejor que nosotros. Cada día nos envía gracias y beneficios. Si de vez en cuando nos envía un sufrimiento o una desgracia tendrá un motivo, que nosotros no comprendemos, pero que ciertamente está orientado a nuestro bien.
Pero hay más. Una consideración que no se encuentra en Job, pero está presente en Platón, y es que probablemente nosotros en esta tierra nos encontramos golpeados por las desgracias porque quizá en una vida precedente a nuestro nacimiento hemos cometido alguna falta contra Dios. Platón, ciertamente, se acerca a la doctrina del pecado original, sin embargo no la alcanza, porque basa su teoría no sobre la transmisión de la culpa a lo largo de las generaciones, sino sobre la preexistencia de las almas. Job, por el contrario, se considera inocente y no tiene en absoluto conciencia de las consecuencias del pecado original.
El relato de Job demuestra que la razón, considerando la bondad divina, preside todos los acontecimientos de la historia. Comprende que la irrupción de un sufrimiento, en cuanto querido por Dios, debe tener un motivo razonable, que a nosotros se nos escapa, pero que debe estar puesto en el secreto de las intenciones divinas.
Un paso adelante en la comprensión del porqué del sufrimiento lo da Isaías en el famoso canto del Siervo del Señor en los capítulos 52-53. El profeta, haciendo hablar al mismo Dios, narra la historia de un misterioso Siervo de Dios, el cual, aunque inocente, es puesto a muerte como si fuera un malhechor. Pero esta muerte que sufre desempeña una función salvífica para el entero género humano. Él, en efecto:
«Se ha cargado con nuestras sufrimientos … Ha sido traspasado por nuestros delitos… El castigo que nos da salvación se ha abatido sobre él; … El Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros. … Por sus llagas nosotros hemos sido curados. … Con el rico fue su tumba, aunque no había cometido violencia, ni había engaño en su boca. Pero al Señor le ha placido postrarlo con dolores. Cuando se ofrezca a sí mismo en expiación, verá una descendencia, vivirá largo tiempo, se cumplirá por medio de él la voluntad del Señor. Después de su íntimo tormento, verá la luz. … El justo, mi siervo, justificará a muchos, él se cargará con sus iniquidades. Por eso yo le daré en premio las multitudes, de los poderosos él hará botín, porque se ha entregado a sí mismo a la muerte y ha sido contado entre los impíos, mientras llevaba el pecado de muchos e intercedía por los pecadores» (52,13-15; 53,1-12).
Este pasaje de Isaías arroja luz sobre las palabras de Job: el sufrimiento del justo, que se ofrece en sacrificio de expiación por los pecados del pueblo, tomando sobre sí el peso de sus pecados, se procura fama, gloria y vida eterna. Esta profecía se realizará en la obra redentora de Jesucristo, que ilumina aún más el misterio del bien y del mal revelándonos los secretos del Padre.
Primera parte – Los datos de la filosofía moral
Las principales divisiones del bien y del mal
La noción del bien está estrechamente unida con la del ente y la de lo verdadero. Es imposible entender qué cosa es el bien, si no se comprende el juego sutil que media entre las tres nociones de ens, verum y bonum, las cuales a su vez ponen en juego el intelecto y la voluntad, porque mientras lo verdadero es objeto del intelecto, el bien es objeto de la voluntad.
Pero la voluntad quiere el bien bajo la razón de verdadero, porque si la voluntad se propone el bien sin esta mediación, ella se vuelve mala, porque pone en obra lo falso. Se tiene en efecto el voluntarismo, que en la práctica se expresa con el despotismo, la tiranía y la violencia.
No corresponde a la voluntad establecer la verdad, sino al intelecto. La verdad no depende de un acto del querer, sino del intelecto, que se adecua a las cosas como son. El cuidado espiritual por el ente y la atención al ente debe estar por encima del interés por lo verdadero y por el bien, porque verdadero y bien están fundados sobre el ente. El concepto de ente no dice todavía verdadero o bien, mientras que lo verdadero y el bien son necesariamente ente. El espíritu que no toma contacto con el ente, es decir, con lo real, gira sobre sí mismo y falla el propósito final de su vida.
En base a esto se debe decir que una acción moral es buena si está basada sobre el verdadero bien; y no por el simple hecho de que es querida. En efecto, de por sí la voluntad puede querer también el mal. Por esto corresponde al intelecto regular la acción de la voluntad presentándole lo que es verdaderamente bien y lo que es verdaderamente mal.
Una acción no es buena por el simple hecho de ser querida, sino que debe ser querida porque es buena o porque es querida por una buena voluntad. Algo es bueno no porque es querido por Dios, sino que es querido por Dios porque es bueno, aunque sabemos que Dios no puede sino querer el bien. Y por esto, si sabemos que algo es querido por Dios, pero no sabemos el porqué, podemos estar ciertos de todos modos de que es bueno, aunque no nos aparezca evidente el porqué. Aquí juega la fe.
No corresponde a la voluntad determinar el verdadero bien, sino al intelecto, aunque sea impulsado por la voluntad. Antes de pasar a la acción, a fin de obrar con sabiduría, es necesario que el intelecto se informe sobre lo que es el verdadero bien, conocido el cual, la voluntad tiene la obligación de ponerlo en práctica.
El intelecto interioriza lo real en la representación, pero no tiene la posibilidad por sí solo de obrar sobre lo real, de realizarlo, producirlo y transformarlo. Por el contrario, es la voluntad la que influye sobre la realidad. Si en cambio el intelecto se cierra en la propia autoconciencia y no está atento a la realidad, sino que considera lo verdadero como si fuera independiente del ser o hace coincidir el pensamiento con el ser, se tiene el idealismo, que es ilusión, fanatismo, mentira e inercia moral. Nace la hipocresía de aquellos que, como dice Cristo, «dicen y no hacen», la fe sin las obras. El idealista confunde el obrar con el pensar en obrar o la acción real con la acción pensada.
El concepto del bien es analógico y polisémico y comporta muchas divisiones y distinciones. Y en correspondencia con el bien, también el mal comporta semejantes distinciones. El bien tiene valor en sí mismo. Considerado como tal es el bien honesto o absoluto. En cuanto es amable o agrada al apetito o a la voluntad es el bien deleitable. En cuanto vía o medio para alcanzar un fin o un bien o puede servirnos para alcanzar un bien superior, es el bien útil. El bien útil no es amado por sí mismo, sino en vista de un fin superior.
El bien, dice Aristóteles, es aquello que todos deseamos o apetecemos. Sin embargo, el bien puede atraer de dos modos: o porque es honesto o porque es deleitable. El bien deleitable no es necesariamente el bien honesto, sino que puede ser también un bien falso o solo aparente o deshonesto.
El bien comporta la perfección, la plenitud. El ente de por sí es bueno, pero es bueno en sentido pleno y absoluto cuando ha alcanzado su fin, su perfección, cuando no le falta nada y ha realizado todas sus potencialidades ³.
El logro, consecución y posesión del bien honesto o absoluto es el fin del obrar humano o moral. El bien útil es aquel bien práctico u operativo que sirve como medio para la consecución del sumo bien y fin último.
El bien entendido de este modo, como querido por la voluntad y posible objeto de elección, tiene que ver con la posibilidad del pecado, que es acto de la mala voluntad, por la cual el sujeto, aun conociendo el verdadero bien, lo rechaza y en su lugar apetece un falso bien, decidido por él. De este modo un bien puede estar conectado con el mal moral, es decir, con el pecado.
El bien honesto es objeto del amor desinteresado, por el cual el amante ama el bien por sí mismo. El bien útil puede ser útil a sí mismo o a otro. Tal bien es objeto del amor interesado, por el cual el amante atiende a su propio interés, a lo que le conviene y le es de ventaja.
Claramente el interés, para ser virtuoso, debe ser sano, es decir, tender al verdadero bien del agente, a la satisfacción de sus derechos; de lo contrario tenemos el interés egoísta, que funda un comportamiento pecaminoso. Si el otro al cual queremos bien es superior a nosotros, como por ejemplo Dios, es más grande el amor desinteresado por Dios que aquel interesado en nuestro bien, como por ejemplo el amor por nuestra salvación.
Sin embargo, amar a Dios es nuestro supremo interés, porque de Él nos viene todo bien. La intuición de la retribución o del premio que nos viene de la observancia de los divinos mandamientos (cf. Sal 118,112) no es egoísmo o interés malsano, si ello implica el amor desinteresado por Dios, como es enseñado por el mismo Concilio de Trento (Denz. 1539).
Según la fe cristiana el sumo bien o la bienaventuranza terrena que consiste en el amor del prójimo y de Dios es mejor que el simple ver o saber lo que es bien. En el cielo, en cambio, el sumo bien, es decir, la bienaventuranza, está en ver a Dios y el amor es solo consecuencia y efecto de la visión.
El bien, según Platón, está por encima de la esencia (usía), pero es el ente en el sentido pleno (to pantelós on). En cambio, para Aristóteles el ente es bueno no por sí mismo, sino en cuanto objeto de la voluntad estimulada por el hecho de que el intelecto ve en el ente el bien del espíritu cognoscente y volente, es decir, de la persona.
La distinción entre bien y mal surge en virtud de la existencia de la voluntad de la criatura, hombre o ángel. Si existiera solo Dios habría solo el bien, es decir, Dios, pero el mal no existiría porque éste tiene origen en la voluntad de la criatura que no quiere lo que para ella es verdaderamente bien. De este modo Dios, creando la criatura espiritual, ha creado la condición que hace posible el mal, mal que se distingue en mal de culpa, la mala acción voluntaria, y mal de pena, pena que puede ser física, psíquica o espiritual, así como hay un bien físico, psicológico y espiritual o moral.
Se distingue el mal de culpa, es decir, el pecado, acto de la voluntad, del mal de pena, sufrido contrariamente a la voluntad del sujeto, que es el dolor o sufrimiento como castigo del pecado. El mal de culpa comporta la privación de la voluntad de su rectitud, privación querida por la misma voluntad, por lo cual ella se vuelve mala.
El mal de pena es en cambio la privación en el sujeto de un bien del cual tendría necesidad, pero que le es quitado por el juez o es perdido a causa de la necedad del acto cometido, un bien del cual él mismo se ha privado o que ha perdido a causa de su pecado. Se distinguen penas temporales y penas eternas.
Las temporales acontecen en la vida presente y en el purgatorio y tienen un fin purificativo, reeducativo y correctivo. Las penas eternas acontecen después de la muerte y son aquellas puramente aflictivas del infierno. No pueden tener un fin correctivo porque el condenado está firme para siempre en su decisión de rechazar a Dios. La pena es eterna, porque con esta su elección el impío se ha jugado el valor de la eternidad, que es aquello a lo cual está orientada por esencia la persona.
Por esto ella elige definitivamente o lo eterno o lo temporal. Ella no puede no elegir lo eterno. La diferencia entre justos e impíos está solo en el hecho de que los primeros eligen la vida eterna, mientras que los segundos, rechazando a Dios bien eterno, no pueden sino incurrir, aunque contra su voluntad, en una pena eterna.
El bien puede ser o trascendental o categorial. Trascendental es la bondad del ente como tal: todo ente como tal es bueno o apetecible, de modo que el ente y el bien se convierten el uno en el otro. El ente es objeto del intelecto, el bien es objeto de la voluntad.
Notemos aún que no existe el mal trascendental, porque mientras el bien concierne al ente como tal, el mal concierne solo a una cierta categoría de entes, precisamente aquellos golpeados por el mal, el cual, siendo una particular y determinada carencia de ser, se encuentra solo en aquellos entes en los cuales se da aquella particular o aquella determinada carencia de ser. El mal necesita existir en aquella determinada categoría o especie de entes o en aquel determinado ente para constituir en él un defecto o una deficiencia o una carencia.
El bien categorial, que abarca los géneros, las especies y los individuos, puede ser físico, propio de las sustancias físicas; vegetal, propio de las plantas; psíquico, propio de los animales; espiritual, propio del hombre, de los ángeles y de Dios. El bien moral concierne a la regularidad de la conducta humana.
El bien puede ser natural, sobrenatural y divino. El mal está solo en la naturaleza, pero no existe un mal sobrenatural o divino, porque lo sobrenatural y lo divino pertenecen a un nivel de bondad, precisamente Dios y lo divino, donde el mal no existe.
Bien espiritual es el bien propio del espíritu, alma humana, ángel y Dios. Bien moral es el bien concerniente a la conducta o al obrar del hombre dirigido a su fin. En correspondencia con estas categorías de bienes tenemos los males. Solamente Dios es personalmente ajeno al mal de pena y al mal de culpa, aunque ha querido un mundo en el cual el pecado es extinguido, pero permanece el mal de pena en el infierno. Sin embargo, el castigo infernal es un bien según justicia.
Las consideraciones precedentes llevan a la importantísima distinción entre bien moral y mal moral. La calificación de «moral» significa que concierne a los actos humanos, es decir, del hombre en cuanto hombre, en cuanto agente racional y dotado de libre arbitrio. El bien moral, por tanto, es el bien del hombre en cuanto es el efecto de la obediencia a la ley moral, la cual es el orden del obrar humano querido por Dios creador del hombre y por tanto conocedor de su fin último, que es Él mismo. Por esto la Escritura ha codificado la ley moral natural en los famosos diez mandamientos.
La revelación cristiana añade a la ética natural una ética sobrenatural de los hijos de Dios, que no es otra cosa que la ética cristiana, cuyos deberes son objeto de los mandatos de Cristo, que se resumen en el amor de Dios y del prójimo, es decir, en el precepto de la caridad, que el hombre puede practicar solo si es sostenido por su gracia, imitando el ejemplo de Cristo y participando en su misma obra redentora.
El hábito moral de cumplir el bien fácilmente, con gusto y sin errar, es la virtud. El cumplimiento del bien en la obediencia a la ley divina produce la felicidad. Por el contrario, el mal moral es el pecado y el hábito de hacer el mal con facilidad, gusto y obstinación es el vicio. La práctica del pecado es fuente de conflictos interiores, frustraciones e infelicidad, que sin embargo el pecador, en su orgullo, puede esconder bajo su presunción y fanfarronería. En cambio, el pecador que se da cuenta de cuán miserable es esta su conducta y lo reconoce con disgusto, está ya en camino de salvación.
En el campo del obrar moral encontramos lo lícito y lo ilícito, lo legítimo y lo ilegítimo, lo virtuoso y lo vicioso, lo mandado y lo prohibido, lo permitido y lo no permitido, lo justo y lo injusto, lo sabio y lo necio, lo prudente y lo imprudente. Aquí lo que está en juego son el bien, el destino, la felicidad, el fin, la perfección del hombre y el sentido de la vida.
El espíritu divino es absolutamente bueno, totalmente ajeno a la maldad. El espíritu humano o angélico puede ser bueno o malvado. La materia es siempre buena, porque no posee una voluntad, que es el principio de la maldad en la criatura espiritual. Se dice que una sustancia física es buena si hace bien al organismo. Pueden existir sustancias dañinas, pero esto acontece solo porque son incompatibles con las exigencias del organismo que entra en contacto con ellas. Ellas pueden ser buenas y útiles para otros fines.
El espíritu malvado induce en tentación mediante proposiciones o propuestas inteligibles de falsos bienes. Los cuerpos pueden inducir en tentación no por su naturaleza, sino por el hecho de que atraen hacia sí la inclinación viciosa del hombre. Sin embargo, omnia munda mundis. Quien tiene el ojo puro no es inducido en tentación porque ve solo el bien.
En cuanto respecta al mal de pena, es decir, el sufrimiento, éste propiamente es experimentado solo por los vivientes cognoscentes, como los animales, el hombre y los ángeles, porque el sufrimiento supone la conciencia de que aquello que aflige es nocivo. Las plantas padecen daños, pero no tienen conciencia de ello y en tal sentido se puede decir que no sufren. Ellas, sin embargo, se irritan y tienen reacciones de defensa.
El bien puede ser concebido también sin el concepto del mal, aunque es verdad que para entender qué cosa es el bien es útil saber qué cosa es el mal. Cuando se está mal, se aprecia qué cosa es el bien. Pero cuando estamos bien, no nos interesa en absoluto pensar en el mal. Por esto es verdad que en el campo de los conceptos los conceptos de bien y de mal se iluminan recíprocamente.
Sin embargo, hay que tener cuidado de no transferir a la realidad la necesidad de esta dualidad puramente lógica. Si en efecto en lógica el concepto del bien (como no-mal) está conectado con el del mal (como no-bien) y viceversa, en la realidad la existencia del bien no comporta en absoluto que deba existir también el mal. El bien puede existir solo también sin el mal.
Se puede decir que es bueno que exista el mal; pero si no existiera el mal, no por esto habría problemas para el bien, porque éste puede existir perfectamente sin el mal, es más, existe mejor sin el mal. Los bienaventurados están libres de todo mal, aunque es verdad que existe el infierno, donde sin embargo está el mal de pena, cuya visión, según Santo Tomás, da a los bienaventurados una alegría, que sin embargo no es el placer de verlos sufrir, sino la de ver realizada la justicia divina.
Si reificamos la oposición lógica bien-mal, sucede que la pareja bien-mal vendrá a constituir el ser como tal y vendrá a encontrarse incluso en Dios, terminando por concebir a Dios como principio del bien y del mal, de la justicia y del pecado. Y tendremos la visión maniquea, cabalística, bruniana y böhmiana, hasta Schelling y Hegel. Tendremos la doble predestinación de Godescalco en el siglo IX (Denz. 621), retomada por Lutero y Calvino.
El bien, es decir, el ente bueno, está esencialmente inclinado a difundir el bien, a obrar bien, a cumplir o hacer el bien. Y sin embargo el agente espiritual, dotado de libre arbitrio, tiene, como sabemos bien, también la posibilidad de elegir y cumplir el mal, de pecar. Quien elige el mal, sin embargo, no puede elegir el mal como tal, que es una privación; y la voluntad tiene por objeto un ente; no puede tener por objeto el no-ser. La acción mala comporta en cierto modo un anular, que sin embargo no puede ser total, porque ella no tiene poder sobre el ser y el no-ser. Este poder pertenece solo a Dios creador del ser.
Mal es aquello que nos es odioso, que estamos inclinados a rechazar. El bien puede estar privado de mal, un bien sin defectos, al cual no le falta nada. El mal es la privación de un bien debido. Es un mal la falta de la vista, un saludo no dado, una respuesta no dada. De aquí vemos que si el bien puede existir sin el mal, el mal no puede existir sin un sujeto bueno.
Fin de la segunda parte (2/6)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 20 de enero de 2026
Notas
¹ El texto original del padre Giovanni Cavalcoli, en italiano, puede hallarlo el lector en el siguiente enlace a su blog: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-confronto-del-bene-col-male-la_23.html, un artículo que fue publicado el 23 de enero de 2026.
² Il destino della necessità, Adelphi Edizioni, Milano 1980.
³ Véase: Santo Tomás de Aquino, Sum. Theol., I, q.5, a.1.
__________
Anexo
He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
Quaestio: De confrontatio boni et mali
Articulus 2
Utrum bonum et malum distinguantur secundum rationem transcendentalemet moralem, atque ordinentur in providentia divina
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod bonum et malum non distinguantur secundum rationem transcendentalem et moralem, nec ordinentur in providentia divina.
1. Quia quidam sublineant malum videri necessarium ad intelligendum bonum, cum enim male se habeat, apparet quid sit bonum.
2. Quia quidam ostendunt distinctionem inter bonum et malum oriri ex existentia voluntatis creaturae, quod videtur innuere malum habere propriam entitatem et non solam privationem.
3. Quia quidam ratiocinantur quod passio iusti, sicut in Iob, videtur carere sensu, cum se innocentem reputet nec habeat conscientiam de consequentiis peccati originalis.
4. Quia alii affirmant quod si sunt poenae aeternae in inferno, videtur malum esse substantivum et coaeternum bono, cum poena sit aeterna, quia per hanc electionem impius sibi lusit valorem aeternitatis.
Sed contra est quod dicitur a sancto Thoma: “Omne ens, inquantum est ens, bonum est” (STh I, q.5, a.3). Et dicit sanctus Augustinus: “Malum non est substantia, sed privatio boni.” Scriptura dicit: “Si bona suscepimus de manu Dei, mala quare non suscipiamus?” (Iob 2,10). Propheta Isaias annuntiat de Servo Domini: “Vere languores nostros ipse tulit… et livore eius sanati sumus” (Is 53,4-5), ostendens passionem iusti ordinari ad salutem. Denique dicit sanctus Ioannes: “Deus lux est, et tenebrae in eo non sunt ullae” (1 Io 1,5).
Respondeo dicendum quod bonum et malum in vita humana se opponunt non sicut duo principia substantiva, sed sicut distinctio moralis et categorialis fundata in libertate creata et ordinata per providentiam divinam.
Bonm est transcendens, quia notio boni arcte coniungitur cum ente et vero. Omne ens, inquantum est ens, est bonum et appetibile, ita quod ens et bonum convertuntur.Malum autem non est transcendens, sed categoriale, quia malum solum pertinet ad quandam entium categoriam, existens carentia entis.
Distinguuntur malum culpae, quod est actus voluntatis, et malum poenae, quod patitur contra voluntatem subiecti. Bonum dividitur in honestum, utile et delectabile. Bonum honestum est obiectum amoris gratuiti; utile, amoris interessati; delectabile, appetitus sensibilis.
Passio, quamvis dolorosa, ordinatur in providentia: poenae temporales habent finem purificativum, reeducativum et correctivum; et in Christo revelatur quod mors Servi innocentis habet munus salutare pro humano genere. Sic confrontatio boni et mali illustratur in ethica christiana: revelatio addit ethicae naturali ethicam supernaturalem, quae in amore Dei et proximi summatim comprehenditur.
Unde malum non est substantia nec principium autonomum, sed privatio boni debiti in creatura libera. Passio ordinatur in providentia divina ut poena iusta vel medium redemptionis, consummata in Christo, cuius passio illuminat mysterium boni et mali.
Ad primum dicendum quod, quamvis malum adiuvet ad aestimandum bonum, non est necessarium ad existentiam boni, quia bonum perfecte potest existere sine malo, immo melius existit sine malo.
Ad secundum dicendum quod voluntas creaturae est conditio possibilitatis mali, sed non facit illud substantiam; est privatio ex libertate proveniens.
Ad tertium dicendum quod Iob ostendit passionem innocentis habere sensum in providentia, etsi causam non intelligat; Isaias revelat passionem iusti posse esse redemptivam.
Ad quartum dicendum quod poenae aeternae non probant malum esse substantivum, sed libertas impii in perpetuum figitur in reiectione Dei; poena est iusta consequentia, non principium autonomum. Et sic confirmatur quod confrontatio boni et mali fit in ordine morali et existentiali, non in ontologico.
J.A.G.
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